Amadeo I : 18

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Amadeo I : 18​ de Benito Pérez Galdós

Maravillado me dejó la presencia de Mariclío, pues aunque bien conocía yo sus naturales tendencias a la ubicuidad, no esperaba verla en aquel lugar de Vasconia, donde nada ocurría digno de los borceguíes ni aun de las sandalias de mi ilustre amiga. Hice propósito de visitarla en su posada, en cuanto tuviera un rato disponible. Viéndola escurrirse entre el gentío saliente, acompañada de otra mujer que acaso sería su posadera, pensé que mi discurso debió de causarle gran regocijo, y de ello me alabé, pues yo también de dientes adentro me reía de mí mismo, y celebraba el gracejo y socarronería con que supe tomar el pelo a los inocentes y fanáticos durangueses. Ni en aquella tarde ni en todo el día siguiente pude ver a Mariclío, porque en mi casa menudeaban las visitas. Tras de las visitas venían las invitaciones a comer, y hasta de las monjas de Santa Susana y Santa Clara llegaron recaditos tiernos, con la coletilla de que me verían con gusto en el locutorio.

Heme aquí de visiteo todo el santo día, sin olvidar a las monjitas, y menos a mi predilecta, la que di en llamar señora gorda, y ahora designo por su verdadero nombre, doña Josefa Izco de Larrea. Ya comprenderá el ladino lector que, encontrándola sola en mi primera visita, juzgué oportuno aprovechar la buena coyuntura para colocar, entre los tópicos vacíos de un vago parloteo, una pérfida declaración de amor. Díjele que por las singulares circunstancias de mi vida y por la exaltación a que había llegado, mi espíritu necesitaba un amor puro, un amor místico, y que en ella veía el único ser capaz, por su exquisita idealidad, de acoger aquel amor... enteramente angélico, sin el menor atisbo ni vislumbre de melindre sensual. Poniéndose colorada y haciendo con su boca linda unos repliegues muy monos, contestó que siendo el amor rematadamente puro, en toda la extensión de la palabra, afecto espiritual, sutilísimo y sonrosado, no tendría inconveniente en... Al siguiente día, después de acompañarla a misa, le conté, como yo sabía hacerlo, la vida de Santa Cecilia y San Valeriano, que fueron novios y tuvieron el gusto de ser martirizados antes de casarse. Oíame Josefa Izco con arrobamiento, y encomiaba la castidad como la virtud preeminente para ganar el cielo. Yo decía para mi sayo: «Déjate estar. Ya hablaremos de eso dentro de ocho o diez días».

La primera vez que pude hacer un hueco en mis preocupaciones para visitar a Mariclío, tuve la desdicha de no encontrarla en su casa. Díjome la posadera que había ido a Elorrio, y que ignoraba cuándo volvería. ¿Qué pasa en Elorrio? A mi pregunta me contesta la buena mujer: «No sé, señor. Sólo sé que allí está el General Serrano, alojado en la casa de los señores de Urquizu... Dos hermanos muy principales. El uno fue a la facción, el otro está con Serrano. Andan sobre esto muchos decires... Parece que allá van los señores de la Diputación de Vizcaya, o que Serrano y Urquizu irán a ponerse so el árbol de Guernica para tratar paces duraderas con don Carlos. No sé si doña Mariana es amiga del Serrano; pero allí está, viendo lo que guisan. Es señora muy leída, que todo lo quiere saber, y no hay olla en que no meta sus narices...».

En tanto que esto ocurría, el éxito y fama de mi discurso, Proclamación de la República Hispano-Pontificia, repercutían lejos o cerca de mí con diferentes efectos. Por una parte, mi padre recibía de Madrid la noticia de que la conferencia, reproducida por la prensa neocatólica, había levantado polvareda de alegría y entusiasmo. Gabino Tejado, Carulla, Carbonero y Sol y otras encumbradas figuras del ultramontanismo, me ponían sobre su cabeza. Se decía en Madrid que en la Curia Romana era ya conocido el discurso, y que el propio Pontífice, oído el dictamen de la Propaganda Fidæ, lo consideró como documento digno de ser comunicado a todo el mundo católico. Esto me aseguró mi buen padre, babeándose de emoción; mas como no me mostrara las epístolas en que tan lisonjeras cosas se le comunicaban, pensé que algún ángel se lo había contado en sueños.

Por otra parte, llegaron a mí referencias totalmente desfavorables a mi persona y discurso. Mi amiga mística Josefa Izco, cuando ya sus tiernas afecciones iban derivando por suave pendiente hacia la impureza, me informó con íntimo secreteo, de que dos curánganos aviesos, el uno coadjutor en Santa María, capellán el otro de las Claras, tramaban atroz conjura contra mí. Andaban diciendo que informados de mi persona y antecedentes por sujetos llegados de Madrid, sabían que yo era un pícaro redomado, un zascandil de la literatura y el periodismo, federal de abolengo, masón y revolucionario callejero, y que mi famosa perorata fue una burla infame de la honrada inocencia de los durangueses. Creía Pepita Izco que los tales clérigos procedían así movidos de la envidia y del reconcomio de su barbarie, y que yo sufría la injusta persecución que siempre recae sobre el verdadero mérito. Pero me prevenía contra la maldad de mis enemigos, que ya se preparaban para vilipendiarme públicamente. El uno se proponía desenmascararme desde el púlpito, contando mi vida de disipación y escándalo, y mis propagandas demagógicas y ateas. El otro andaba ya en tratos con una pandilla de mozos de brío, que me obsequiarían con una somanta, toreándome por las calles y arrojándome del pueblo.

Ambas versiones archivé en mi mente para resolver, a su debido tiempo, el partido que debía tomar. Pepa Izco no me engañaba; los optimismos de mi padre me inspiraban confianza poca, y no era santo de mi devoción el ángel que le traía los cuentos de Roma. Prevenido para lo que pudiera ocurrir, volví a la morada de Mariclío, que por dicha mía llegó de Elorrio horas antes de pasar por Durango el Duque de la Torre, con su séquito militar y civil en dirección a Zornoza. Di cuenta a la Madre Mariana de mis inquietudes, y me dijo que según sus noticias no tendría yo más remedio que salir por pies, antes que se descubriera la superchería picaresca del sermón con que embobé a los durangueses. Había sido yo un diablo metido a predicador y profeta, y aunque lo hice con donaire sutilísimo, tendría que pagar con el pellejo mi descocado atrevimiento... A estas severas razones añadió después otras más blandas que me infundieron cierta tranquilidad: «Hazte el desentendido de esos rumores contra ti, y esta tarde y mañana irás con tu padre a Santa María, y con Choribiqueta darás tu acostumbrado paseo. Yo me encargo de sacarte de esta rinconada en que te has metido. ¿Cómo? Por de pronto antes de media noche recibirá tu padre un telegrama del encargado de la Nunciatura en Madrid, diciéndole que el Papa desea y pide que vayas sin pérdida de tiempo a Roma...

-¡Yo...; a Roma yo!

-No te alborotes, hijo. Tú has hecho la historia jocosa, la profecía burlesca. ¿Qué otra cosa es tu República Hispano-Pontificia más que un divertido sainete? Pues yo, en estos días de horroroso tedio, endulzo mis amarguras dándome un paseíto por el campo de la Historia burlesca, de la Historia chismográfica, de la Historia juguete... De varios modos nombro estos vagos esparcimientos de mi triste vida. ¿No lo entiendes, tontín? Pues vete a tu casa, y espera los acontecimientos. Aunque estos sean acontecimientos de puro recreo infantil para pasar el rato, no quedarás mal servido, querido Tito, predilecto de las Musas bufonescas... Yo me iré esta noche en persecución de mi Duque de la Torre. Deseo saber si hace algo que me obligue a cambiar estas rústicas alpargatas por el alto y dorado coturno. Luego volveré aquí, donde espero verte, y me contarás si te han dado la solfa y carrera en pelo que te corresponde por haberte metido a intérprete del Espíritu Santo.

Obediente a su mandato, me retiré pian pianino a mi casa y esperé tranquilo los pícaros acontecimientos. A la hora de la siesta, llegó el telegrama en que el secretario de Estado de Pío IX..., no reírse..., comunicaba..., no sé cómo decirlo para que mis lectores no me tengan por loco... En fin, que piensen lo que quieran... Los visajes que hacía mi padre al fijar sus ojos en el telegrama, la cara que puso leyéndomelo, después de haberse enterado él detenidamente, no caen dentro del dominio de la literatura descriptiva... Yo, al menos, no encuentro palabras para expresar el trémulo acento, la..., la... transfiguración, el éxtasis final de mi buen viejo en tan sublime instante. Y para complemento de la función, llegó una hora más tarde el rector de Santa María con otro telegrama notificándole que la Propaganda Fidæ quería que yo explanase mi tesis ante ella...; vamos, que Roma me llamaba, Roma me reclamaba, no sé si para ponerme en un altar, o para quemarme vivo.

Corrí a llevar la noticia a Pepita Izco, que no se resolvió a creerlo, y aun indicó la idea de que en ello andaban los demonios. De vuelta a mi casa, recibí el tercer telegrama. Era del encargado de los negocios puramente eclesiásticos de la Nunciatura, diciéndome que a mi disposición tenía los fondos necesarios para mi viaje... ¿Creéis que era broma?...; y añadía que no perdiese el tiempo, pues el 25 salía vapor de Marsella para Civitta-Vecchia, y si me descuidaba no tendría vapor hasta el 31... Aquella noche nadie durmió en casa. Todos parecían locos. Zubiri, mi padre, mi hermana, se reunían en consejo de familia, y se separaban sin decidir cosa alguna. Trigidia, un tanto recelosa de la procedencia de los telegramas, inclinábase a suponerlos, como Pepita Izco, invención del mismo Infierno.

Lo primero que me dijo mi buen padre a la mañana siguiente, cuando tomaba su chocolate, fue que antes de partir para la capital del Orbe Católico, debía dejar concertadas solemnemente mis nupcias con Facunda, dando cuenta de ello al Sumo Pontífice en la primera entrevista que con él celebrara, para que nos concediese su santa bendición, regalo de boda el más preciado que la chica de Iturrigalde podía ambicionar. Con todo me mostré conforme. Trató luego de la necesaria provisión de dinero, y haciendo un gran esfuerzo y torciendo la boca como si algo le doliera, sacó un envoltorio de papel con cuatro monedas de cinco duros, que me enseñó diciéndome: «Esto para el viaje a Madrid, que harás en primera, para que en primera te vea el Nuncio, Pro-nuncio, o lo que sea, si baja a la estación a recibirte... Ya sabes que tienes viaje pagado desde Madrid a la capital del Orbe Católico. Te recomiendo, hijo del alma, que no te detengas en la Villa y Corte más que el tiempo preciso para visitar al señor Pro-nuncio. Huye de los amigos malos y de toda la pestilencia de aquel pueblo corrupto».

Por la noche me dio las monedas de oro con tanta solemnidad como si pusiera en mis manos hostias consagradas. Y al siguiente día me asaltaron los padres de Facunda con arrumacos y zalamerías, amenazándome con su enojo si volvía de Roma sin traer para su hija el espléndido regalo de la bendición papal. En tanto la mozarrona corpulenta me perseguía, como camella desmandada, por las calles y callejas del pueblo, llamándome a su lado, pidiéndome conversación de amores cual si me necesitara para inmediatas expansiones afectivas. También me acosaba mi padre, dándome prisa para emprender mi viaje; no se me escapara el vapor de Civitta-Vecchia.

Estaba yo en ascuas, pues Pepita Izco me dio noticias alarmantes de los dos clerizontes que trataban de lanzar contra mí la brutal plebe, armada de estacas. Indicios de esta ignominia observé al pasar por algunas calles. Frente a la botica de Anabitarte vi un grupo que a mi paso profirió voces chanceras acompañadas de siseos y carcajadas, y de la lonja de Basterrechea salieron chiquillos desvergonzados que me arrojaron hojas de berza y algunas peladillas... En previsión de un escandaloso conflicto, mi primer cuidado fue correr en busca de mi protectora la Madre Mariana, y tuve la suerte de verla entrar en su posada a poco de estar yo allí. Sabedora ya de mis afanes, y tomándolos a broma, me dijo sonriente: «¿Qué le pasa al ingenioso Tito?... ¿Quieres quedarte en esta feliz Arcadia?».

-No, Madre. Por todo el oro del mundo no estaría un día más en la metrópoli de mi República Pontificia. Se la entrego al Papa y a sus negros lugartenientes... El problema es salir de aquí sin la cabeza rota. Ampáreme usted, y si como parece abandona estos lugares beatíficos, lléveme en su compañía y séquito, en calidad de secretario, maletero, paje o como le plazca.

Sin otra forma de expresión que una sonrisa tranquilizadora, cogiome de la mano y me llevó a su habitación, que era baja, obscura. Al entrar en ella, encandilado por la luz solar, no pude distinguir si los informes bultos que allí se parecían eran muebles, baúles o personas. Doña Mariana me arrojó, con empujón leve, en un asiento que no supe si era sillón o sofá. Inciertas blanduras de muelles rotos y de pelotes gastados me lastimaban las carnes. La señora me habló de viajar en coche y en trenes, y cuando de mí se alejaba la reconocía tan sólo por la voz, pues su figura se perdía en las tinieblas de aquel antro. Me consolaba la idea de que doña Mariana me llevaría consigo, y mi única contrariedad era el tener que partir sin ropa, pues ni a tiros volvería yo a casa de mi hermana para recoger mi equipaje...

Pensando en esto, mis oídos, más que mis ojos, se sintieron como sumergidos en una atmósfera de somnolencia, jugando con la ilusión y la realidad. En el charloteo murmurante de doña Mariana con personas no vistas, se destacó un acento que me sonaba como la propia voz de Graziella, mi hechicera y amiga en las noches febriles de la gruta de marras. El dejo italiano de la invisible parlante y su gracia voluble delataban a la ninfa; mas yo nada veía; la luz era escasa, temblorosa. Creyérase que la producían llamas moribundas de candiles colocados en el suelo de la estancia. Esta era de tal configuración, que desde mi asiento yo no distinguía su término.

De improviso, vi a la Madre Mariana junto a mí, no puedo decir si sentada o en pie. Su voz sonaba quejumbrosa, diciéndome lo que, por ser de ella, intento copiar ad pedem litteræ...

«Me vuelvo a los Madriles, porque ya he visto lo que dan de sí los últimos acontecimientos de Navarra, y el fracasado intento de guerra civil. Bien poca cosa es lo que puedo aprovechar de esta ráfaga histórica, que pudo ser incendio, y no es más que fogata o llamarada efímera. En un palacio de Amorevieta (Dos Amores), he dejado a Serrano, que ayer trataba de paces con los diputados de este Señorío. Con él hablé, y sus pensamientos y los míos han coincidido en la necesidad nacional de poner cerrojos, candados y barrotes al templo de Jano... En los medios para lograr tal ventura no estamos acordes. Serrano, ya lo sabes, es un león en los campos de batalla; pero en los descansos de la guerra, toda la hiel se le endulza, y en su inocente optimismo cree que con tratos y avenencias amistosas puede desarmar a sus encolerizados enemigos. Yo le dije que sólo con la guerra cruda y eficaz se puede obtener el beneficio de paces duraderas. No le convencí, y allí estuvo parlamentando con los primates vizcaínos, y entre unos y otros dejaron escritas unas que llaman bases, y que son montoncitos de arena movediza sobre los cuales nunca podremos asentar un sólido edificio».

Yo quise decir algo; pero las ideas que de mi cerebro bajaron a mis labios helados, murieron en ellos sin producir el más leve sonido. Doña Mariana prosiguió así:

«Estaba el Duque en lo cierto diciendo a los carlistas, por conducto de Urquizu, que en guerra formal jamás vencerían. ¿A qué sostener una campaña, que no tendría más consecuencias que convertir el risueño País Vasco en campo de ruinas y desolación? Algunos cabecillas, como Iriarte y Valdespina, no se daban a partido; otros firmaron en Mondragón un acta en que autorizaban a Urquizu para tratar de paces con Serrano». De la boca de la Madre Mariana salieron con limpia dicción nombres de esos que se resisten a permanecer en la memoria del oyente: Garibi, Cengotita, Arguinzonis... Entendí que los dos primeros eran apellidos de cabecillas, el otro de un diputado del Señorío de Vizcaya... Luego pronunció otros nombres, que yo con atención muy afilada intenté clavar en mi memoria. Pero entraban en ella y al instante salían a perderse en el ambiente ahumado y tenebroso de aquella estancia de aplastado techo y largura de túnel.

Turbado yo y soñoliento, pude formular en mi magín este razonable juicio: «El suceso que la puntual Mariclío trata de referirme es de aquellos que se desvanecen en la Historia, y a los treinta o más años de acaecidos, no hay memoria que los retenga, ni curiosidad que en ellos quiera cebarse. El humo y la penumbra borran todo hecho que no tuvo eficacia, y de él sólo queda un epígrafe, la etiqueta de un frasco vacío». Yo vi el letrero: Convenio de Amorevieta, y ante él la Madre Mariana y su humilde interlocutor bostezábamos.

Pronunció luego la señora nombres vascos, que al salir de la clásica boca cruzaban el aire con ruidillo comparable al del diamante que raya el cristal... Arguinzonis, Urquizu, Urúe. Eran estos los individuos con quienes Serrano hizo tratos para dar la paz a la noble Vizcaya. ¿Qué convinieron? Indulto general a todos los insurrectos carlistas que se presentaran con armas, dándoles todo género de garantías para su seguridad... Los que vinieran de Francia podían quedarse en sus hogares sin ser molestados... Los generales, jefes y oficiales procedentes del Ejército, que se hubiesen alzado en armas por la causa carlista, podrían ingresar en el Ejército con los mismos empleos que tuvieron antes de su deserción. La Diputación de Vizcaya se reuniría con arreglo a fuero, a la sombra venerable del Guernicaco arbola, para determinar la forma y manera del pago de los gastos de la guerra... La cuestión foral se trató vagamente en una carta del Duque, ofreciendo que todo se arreglaría de común acuerdo, mirando a la paz duradera...

¿Qué resultó de esto? Nada. Vinieron días de una paz artificiosa. Fue remisión de la fiebre carlista, cuyo germen permanecía latente en la sangre vasco-navarra, prolongando el descanso para resurgir con más fuerza. El tiempo no quiso hacer nido entre los papeles del Trato de Amorevieta, y la guerra dormida, o tan sólo amodorrada, despertó y se puso en pie en los comienzos del año que venía... De esto nada puedo decir, y sigo mi cuento refiriendo sensaciones personales que no carecen de miga histórica.

Cuando menos lo pensaba, sirviéronnos comida frugal. Yo vi a la Madre Mariana sentada frente a mí, con la separación de una mesilla en que aparecían diferentes platos y viandas del género pobre y barato. Servían mujeres, de las que yo no veía más que las manos y antebrazos. Eran dos, pues yo distinguía tres manos, a veces cuatro; pero de esta cifra no pasaban. Sus voces sonaron como un murmullo, vago silabeo mezclado de inflexiones de jácara. «Que me maten, pensaba yo, si esta voz y estas manos no son las de la ninfa hechicera». Confirmaron tal sospecha el olor y el gusto del vinillo blanco, en quien reconocí la poción somnífera que me dieron en la gruta señalada en mis recuerdos con la sencilla marca del número 16... Me dormí, mas no tan profundamente que dejara de advertir la partida, el arrastrar de baúles, la cháchara de las viajeras, que en vilo me llevaron a un coche, y en él me acomodaron como un bulto más. Rodó el vehículo con estruendo...; rodó con él el tiempo descuidado, sin señalar las horas; rodó la noche vaga, en cuyo seno las horas se dormían también olvidadas de sus minutos... y uno de estos despertó de súbito y me dijo: «Excelso Tito, estás en Vitoria».


Episodios Nacionales : Amadeo I de Benito Pérez Galdós

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