Amalia: 37

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Amalia: De cómo se leen cosas que no están escritas
Tercera parte, Capítulo 12 de José Mármol



En la mañana siguiente a la noche en que ocurrieron los sucesos que acaban de conocerse, es decir, en la mañana del 6 de agosto, la casa del dictador estaba invadida de una multitud de correos de la campaña que se sucedían sin interrupción.

A ninguno de ellos se le detenía en la oficina. El general Corvalán tenía orden de hacer entrar a todos al despacho de Rosas. Y el edecán de Su Excelencia, con la faja a la barriga, las charreteras a la espalda, y el espadín entre las piernas, iba y venía por el gran patio de la casa, cayéndose de sueño y de cansancio.

La fisonomía del dictador, sombría, estaba como la noche lóbrega de su alma. El leía los partes de sus autoridades de campaña, en que le anunciaban el desembarco del general Lavalle, los hacendados que pasaban a encontrarlo con sus caballadas, etc., y daba las órdenes que creía convenientes para la campaña, para su acampamento general de Santos Lugares, y para la ciudad. Pero la desconfianza, esa víbora roedora en el corazón de los tiranos, infiltraba la incertidumbre y el miedo en todas sus disposiciones, en todos los minutos que rodaban sobre su vida.

Expedía una orden para que el general Pacheco se replegase al sur, y media hora después hacía alcanzar al chasque, y volaba una orden contraria.

Ordenaba que Maza marchase con su batallón a reforzar a Pacheco; y diez minutos después ordenaba que Maza se dispusiese a marchar con toda la artillería a Santos Lugares.

Nombraba jefes de día para el comando interior de las fuerzas de la ciudad; y cada nombramiento era borrado y sustituido veinte veces en el trascurso de un día, todo era así.

Su pobre hija, que había pasado en vela toda la noche, se asomaba de cuando en cuando al gabinete de su padre, a ver si adivinaba en su fisonomía algún suceso feliz que lo despejase del mal humor que le dominaba después de tantas horas.

Viguá había asomado dos veces su deforme cabeza por la puerta del gabinete que daba al cuarto contiguo al angosto pasadizo que cortaba el muro, a la derecha del zaguán de la casa; y el bufón de Su Excelencia había conocido en la cara de los escribientes que ese no era día de farsas con el amo; y se contentaba con estar sentado en el suelo del pasadizo, comiéndose los granos de maíz que saltaban hasta él del gran mortero en que la mulata cocinera del dictador machacaba el que había de servir para la mazamorra; que era de vez en cuando uno de los manjares exquisitos con que regalaba el voraz apetito de su amo.

Rosas escribía una carta, y los escribientes muchas otras, cuando entró Corvalán, y dijo:

-¿Su Excelencia quiere recibir al señor Mandeville?

-Sí, que entre.

Un minuto después el ministro de Su Majestad Británica entró haciendo profundas reverencias al dictador de Buenos Aires, que, sin cuidarse de responder a ellas, se levantó y le dijo:

-Venga por acá -pasando del gabinete a su alcoba.

Sentóse Rosas en su cama, y Mandeville en una silla a su izquierda.

-¿La salud de Vuestra Excelencia está buena? -le preguntó el ministro.

-No estoy para salud, señor Mandeville.

-Sin embargo, es lo más importante -contestó el diplomático pasando la mano por la felpa de su sombrero.

-No, señor Mandeville, lo más importante es que los gobiernos y sus ministros cumplan lo que prometen.

-Sin duda.

-¿Sin duda? Pues su gobierno y usted, y usted y su gobierno, no han hecho sino mentir y comprometer mi causa.

-¡Oh, Excelentísimo Señor, eso es muy fuerte!

-Eso es lo que usted merece, señor Mandeville.

-¿Yo?

-Sí, señor, usted. Hace año y medio que me está usted prometiendo, a nombre de su gobierno, mediar o intervenir en esta maldita cuestión de los franceses. Y es su gobierno, o usted, el que me ha engañado.

-Excelentísimo Señor, yo he mostrado a Vuestra Excelencia los oficios originales de mi gobierno.

-Entonces será su gobierno el que ha mentido. Lo cierto es que ustedes no han hecho un diablo por mi causa; y que por culpa de los franceses hoy está Lavalle a veinte leguas de aquí, y toda la república en armas contra mi gobierno.

-¡Oh, es inaudita la conducta de los franceses!

-No sea usted zonzo. Los franceses hacen lo que deben, porque están en guerra conmigo. Son ustedes los ingleses los que me han hecho traición. ¿Para qué son enemigos de los franceses? ¿Para qué tienen tanto barco y tanta plata, si cuando llega el caso de proteger un amigo, les tienen miedo?

-Miedo no, Excelentísimo Señor; es que la conveniencia de la paz europea, los principios del equilibrio continental...

-¡Qué equilibrio, ni qué diablos! Usted y sus paisanos pierden a menudo el equilibrio y nadie les dice nada. Traición y nada más que traición, porque todos son unos, o quizá porque usted y todos sus paisanos son también unitarios como los franceses.

-Eso no, eso no, Excelentísimo Señor. Yo soy un leal amigo de Vuecelencia y de su causa. Y la prueba de ello la tiene Vuecelencia en mi conducta.

-¿En qué conducta, señor Mandeville?

-En mi conducta de ahora mismo.

-¿Y qué hay ahora mismo?

-Ahora mismo estoy acá para ofrecer a Vuecelencia mis servicios personales en cuanto quisiera ocuparme.

-¿Y qué haría usted si llegase el caso en que yo me viese perdido?

-Haría desembarcar fuerzas de los buques de Su Majestad para venir a proteger la persona de Vuecelencia y su familia.

-¡Bah! ¿Y usted cree que los treinta o cuarenta ingleses que bajasen habrían de ser respetados por el pueblo si se levantase contra mí?

-Pero si no fueran respetados, las consecuencias serían terribles.

-¡Sí! ¡Y a mí me habría de importar mucho que los ingleses bombardeasen la ciudad después que me hubiesen fusilado! Así no se protegen los amigos, señor Mandeville.

-Sin embargo...

-Sin embargo, si yo fuera ministro inglés, si fuera Mandeville, y usted Juan Manuel Rosas, lo que yo haría sería tener una ballenera a todas horas a la orilla del bajo de la casa en que viviera, para cuando mi amigo Rosas llegase a ella, poder embarcarlo con facilidad.

-Oh, bien, bien, así lo haré.

-No, si yo no le digo que lo haga. Yo no necesito a ustedes para nada. Yo digo lo que haría en lugar de usted.

-Bien, Excelentísimo Señor. Los amigos de Vuecelencia velarán por su seguridad, mientras el genio y el valor de Vuecelencia velan por los destinos de este hermoso país, y de la causa tan justa que sostiene. ¿Vuecelencia ha tenido noticias de las provincias del interior?

-¿Y qué me importan las provincias, señor Mandeville?

-Sin embargo, los sucesos en ellas...

-Los sucesos en ellas no me importan un diablo. ¿Usted cree que si yo venzo a Lavalle y lo echo derrotado a las provincias, tengo mucho que temer de los unitarios que se han levantado allá?

-Que temer, no; ¡pero la prolongación de la guerra!

-Es lo que me daría el triunfo, señor Mandeville; contra mi sistema no hay más peligros que los inmediatos a mi persona; pero los que están lejanos y duran mucho, ésos me hacen bien, lejos de hacerme mal.

-Vuecelencia es un genio.

-A lo menos valgo más que los diplomáticos de Europa. ¡Pobre de la Federación si hubiera de ser defendida por hombres como ustedes! ¿Usted sabe por qué a los unitarios se los llevó el diablo?

-Creo que sí, Excelentísimo Señor.

-No, señor, no sabe.

-Puede que esté equivocado.

-Sí, señor, lo está. Se los llevó el diablo porque se habían hecho franceses e ingleses.

-¡Ah, las guerras locales!

-Las guerras nuestras, diga usted.

-Pues, las guerras americanas.

-No, las guerras argentinas.

-Pues, las guerras argentinas.

-Esas requieren hombres como yo.

-Indudablemente.

-Si yo venzo a Lavalle aquí, me río de todo el resto de la república.

-¿Vuestra Excelencia sabe que el general Paz ha marchado para Corrientes?

-¿No ve? ¿No ve si son zonzos los unitarios?

-Cierto, el general Paz no hará nada.

-No, no es que no hará nada. Puede hacer mucho. Son zonzos por otra cosa. Son zonzos porque uno se va por un lado, otro se va por otro, y están todos divididos y peleados, en vez de juntarse todos y venírseme encima como lo ha hecho Lavalle.

-Es la providencia, Excelentísimo Señor.

-O el diablo. Pero usted quiso decirme algo de las provincias.

-Es verdad, Excelentísimo Señor.

-¿Y qué hay?

-Vuestra Excelencia no puede perder su tiempo en esas cosas.

-¿Pero en qué cosas, señor Mandeville?

-¿Vuestra Excelencia no ha tenido noticias de La Madrid, ni de Brizuela?

-Son viejas las que tengo.

-Yo he recibido algunas por Montevideo.

-¿Cuándo?

-Anoche.

-¿Y viene usted a las doce del día a decírmelo?

-No, señor. Son las diez.

-Bueno, las diez.

-Yo siempre soy perezoso para lo que no dice relación con la prosperidad de Vuestra Excelencia.

-Luego, ¿son malas las noticias?

-Exageraciones de los unitarios.

-¿Y qué hay? Acabe usted -dijo Rosas con una inquietud malísimamente disimulada en su semblante.

-En mi correspondencia particular se me dice lo siguiente -dijo Mandeville sacando unos papeles de su bolsillo-. Pero antes, ¿quiere Vuestra Excelencia que lea? -agregó.

-Lea, lea.

El señor Mandeville leyó:

A principios de julio el general La Madrid pisó el territorio de Córdoba. Una carta datada el 9 de julio, en Córdoba, da el siguiente resumen de las operaciones del ejército de los unitarios: Madrid viene a la cabeza de tres mil quinientos hombres y diez piezas de artillería. El coronel Acha a la cabeza de nueve cientos catamarqueños ha campado en la Loma Blanca, estancia del finado Reynafé, limítrofe con Catamarca. El coronel Casanova se ha alzado con las milicias de Río Seco y el Chañar. El coronel Sosa, con los coraceros de Santa Catalina, ha hecho igual movimiento.

-Hasta aquí lo que hay en la carta relativo a las provincias.

-No es poco. Pero están muy lejos -contestó Rosas, a quien en efecto los sucesos de las provincias inquietaban poco, por cuanto tenía a sus puertas un peligro mayor en esos momentos.

-¡Oh, muy lejos! -contestó el señor Mandeville.

-¿Y qué más le escriben a usted?

-Me adjuntan esta proclama de Brizuela.

-A ver, léala.

¡Dios y libertad! El Gobernador y Capitán General de la Provincia de la Rioja, Brigadier D. T. Brizuela, a sus compatriotas. ¡Hermanos y compatriotas! Las heroicas provincias de Tucumán, Salta, Jujuy y Catamarca, irritadas con la presencia de los males que el tirano de Buenos Aires hace pesar sobre la república entera, y queriendo preservarla para siempre de las perfidias y asechanzas de aquél, han levantado su tremenda voz, y dicho: ¡Viva la libertad argentina! ¡Muera el usurpador Rosas! Este grito tan análogo al corazón de los riojanos fue la chispa eléctrica que los inflamó, y el 5 del corriente mes de América, por el órgano de sus R. R. respondieron y han jurado no permitir que los malvados osen poner su inmunda planta sobre el altar santo de la patria. ¡Compatriotas! El usurpador D. J. M. Rosas, allá en el sangriento laboratorio de una alma depravada, tenía decretado el exterminio de la república: todas las provincias debían ser convertidas en hordas de salvajes habitantes del desierto. Los campeones de la libertad: los que dieron patria a tantos pueblos con su espada y su saber: los que hicieron clásica la tierra del sol, presentarían un espectáculo admirable al mundo viejo, por la perfidia del tirano Rosas quedarían errantes y sin término; y donde sobran recursos a las fieras y a las aves de rapiña, nuestros valientes, sus esposas y sus hijos, no encontrarían un solo árbol que los consolase con su sombra. Entretanto, volved la vista hacia el tirano: él ríe cuando la naturaleza y la humanidad lloran a su lado. Él duerme tranquilo cuando la injusticia y el puñal alevoso le hacen la centinela; él por fin se divierte y entretiene creando escarapelas y divisas de la sangre misma que hace verter. Esta pintura es horrible pero exacta. ¡Paisanos! No permitamos que el sol de América, su Dios en otro tiempo, desde su alto cenit nos diga: «dejad esa tierra que no debéis pisar, no merecéis que os alumbre: los sepulcros que ha más de trescientos años abristeis son más dignos que vosotros de mi claridad y esplendor». Amigos: no, no es posible; hagamos por no merecer tan humillante como justa reconvención; principiemos por ser libres, abramos las puertas a todos los desgraciados, enjuguemos las lágrimas de tantas madres y esposas abandonadas a la orfandad y miseria, consolémoslas en su amargo llanto; pero enristremos nuestras lanzas contra los desnaturalizados que intentan sofocar en nuestro corazón tan dulce sentimiento. No confiemos más la suerte de nuestra patria a los caprichos y venganzas de un hombre solo; carguemos sobre nuestros propios hombros el peso grave de nuestros destinos. Nos falta mucho, es verdad, pero sabed que la sinceridad y la buena fe son preferibles a las letras dolosas y a la filosofía armada: premunidos con aquellas cualidades, arrojémonos a plantar el árbol santo de la libertad, garantizada por una constitución, ante la cual el grande, el pequeño, el fuerte, el débil, queden asegurados en sus derechos y propiedades. Tales son los votos que animan a vuestro compatriota y amigo. Tomás Brizuela. Está conforme -Ersilvengoa.

-¡Bah, palabras bonitas de los unitarios!

-¡Oh, nada más! -contestó el dócil ministro de la Gran Bretaña.

-¿Sabe algo más?

-La anarquía entre Rivera y los emigrados argentinos; entre Rivera y Lavalle; entre los amigos del gobierno delegado y Rivera, y entre todo el género humano continúa haciendo prodigios en la república vecina.

-Ya lo sé, ¿y de Europa?

-¿De Europa?

-Sí, no hablo en griego.

-Creo, Excelentísimo Señor, que la cuestión de Oriente se ha complicado más, y que las oficiosidades del gobierno de mi Soberana darán una pronta y feliz solución a la injusta cuestión promovida por los franceses al gobierno de Vuecelencia.

-Eso mismo me decía usted hace un año.

-Pero ahora tengo datos positivos.

-Los de siempre.

-La cuestión de Oriente...

-No me hable más de eso, señor Mandeville.

-Bien, Excelentísimo Señor.

-Que se los lleve el diablo a todos, es lo que yo deseo.

-Los negocios están muy gravemente complicados.

-Sí, está bueno, ¿y no sabe más?

-Por ahora nada más, Excelentísimo Señor. Espero el paquete.

-Entonces usted me dispensará porque tengo que hacer -dijo Rosas levantándose.

-Ni un minuto quiero que pierda Vuecelencia su precioso tiempo.

-Sí, señor Mandeville, tengo mucho que hacer, porque mis amigos no me saben ayudar en nada.

Y Rosas salió del cuarto llevando en pos de sí al señor Mandeville, más débil y sumiso y humillado que el último lacayo de la Federación de entonces.

Más por un efecto de distracción que por civilidad, Rosas acompañó al ministro hasta la puerta de su antegabinete, que daba al pasadizo, en cuya salida encontraron a Manuela dando órdenes a la mulata cocinera, que continuaba en su faena del maíz.

Se deshacía Mandeville en cortesías y cumplimientos a la hija del Restaurador, cuando Rosas, por una de esas súbitas inspiraciones de su carácter, mitad tigre y mitad zorro, mitad trágico y mitad cómico, con los ojos y con las manos hacía violentas señas a su hija, que con trabajo pudo al fin comprender la pantomima de su padre.

Pero la perplejidad quedó pintada en el semblante de la joven cuando comprendió lo que se le ordenaba hacer; no sabiendo, ni lo que contestaba al señor Mandeville, ni si debía o no ejecutar la voluntad de su padre. Una mirada de él, sin embargo, amilanó el espíritu domeñado de Manuela, y esta primera víctima de su padre tomó de manos de la mulata la maza con que machacaba el maíz, y, enrojecido su semblante y trémulas sus manos, continuó en el mortero la operación de la criada.

-¿Usted sabe para qué es ese maíz que pisa mi hija, señor Mandeville?

-No, Excelentísimo Señor -respondió el ministro paseando sus ojos alternativamente de Manuela a su padre, y de la cocinera a Viguá, sentado al pie del mortero.

-Eso es para hacer mazamorra -dijo Rosas.

-¡Ah!

-¿Usted no ha comido mazamorra?

-No, Excelentísimo Señor.

-Pero esta muchacha no tiene fuerzas. Toda la mañana se la ha llevado en eso, y el maíz todavía está entero. Mírela, ya no puede de cansada. ¡Vaya!, levántese Su Reverencia, padre Viguá, y ayude un poco a Manuela, porque el señor Mandeville tiene las manos muy delicadas, y es ministro.

-¡Oh, no, Señor Gobernador! Yo ayudaré con mucho gusto a la señorita Manuelita -dijo Mandeville acercándose al mortero y tomando la maza de manos de Manuela, que a una seña de su padre se la entregó sin vacilar, comprendiendo entonces la idea que había tenido, y sonriendo de ella.

El ministro de Su Majestad Británica caballero Mandeville se dobló los puños de batista de su camisa, y empezó a machacar el maíz a grandes golpes.

-Así; nadie diría que es inglés, sino criollo; así se pisa, ¿ves Manuela? Aprende -decía Rosas, saltándole el alma y la risa en el cuerpo.

-¡Oh, es una ocupación muy fuerte para una señorita! exclamó el señor Mandeville, siempre machacando y haciendo saltar una lluvia de fragmentos de maíz sobre el padre Viguá, que se los devoraba con mucho gusto.

-Más fuerte, señor Mandeville, más fuerte. Si el maíz no se quiebra bien, la mazamorra sale muy dura.

Y el ministro plenipotenciario y enviado extraordinario de Su Majestad la Reina del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda continuaba machacando el maíz para la mazamorra del dictador argentino.

-¡Tatita!

Rosas le tiró del vestido a su hija para que se callase y prosiguió:

-Si se cansa, deje, no más.

-¡Oh, no, Señor Gobernador, no! -le contestó Mandeville dando cada vez más fuerte, y empezando a sudar por todos sus poros.

-¿A ver? Espérese un poquito -dijo Rosas acercándose al mortero y revolviendo los granos con su mano-. Ya está bueno -prosiguió después de examinar el maíz-, esto es saber hacer las cosas.

Y a tiempo de concluir esas palabras, Doña María Josefa Ezcurra apareció en la escena.

-¿Le parece bien a Vuecelencia? -preguntó Mandeville desdoblándose sus puñitos de batista, después de haber saludado a la recién venida.

-Muy bueno está, señor ministro. Manuela, acompaña al señor Mandeville, o llévalo a la sala si quiere. Conque, hasta siempre, mi amigo. Estoy muy ocupado, como usted sabe, pero yo siempre soy su amigo.

-Tengo mucho honor en creerlo así, Excelentísimo Señor, y yo no olvidaré lo que Vuecelencia haría en mi lugar si yo estuviera en lugar de Vuecelencia -dijo el ministro marcando sus palabras para recordar a Rosas que tenía presente su proyecto de la ballenera,

-Haga usted lo que quiera. Buenos días.

Y Rosas se volvió a su gabinete acompañado de su cuñada, mientras el señor Mandeville daba el brazo a Manuela y pasaba con ella al gran salón de la casa.

-Buenas noticias -le dijo Doña María Josefa al entrar.

-¿De quién?

-De aquella ánima que se nos había escapado el 4 de mayo.

-¿Lo han agarrado? -preguntó Rosas resplandeciéndole los ojos.

-No.

-¿No?

-Pero la agarraremos. Cuitiño es un bruto.

-¿Pero dónde está? -A sentarnos primero -dijo la vieja.

-A sentarnos primero -dijo la vieja, pasando con Rosas del gabinete a la alcoba.