Amalia: 49

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Amalia: La guardia de Luján y Santos Lugares
Cuarta parte, Capítulo 8 de José Mármol



Era el 21 de agosto.

El refulgente rey del universo descendía con su manto de nácares y oro, allá sobre el confín del horizonte que bordaba las planicies esmeraltadas de los campos, llanos como la superficie de un mar en calma. Su frente no llevaba esa corona de rubíes con que el cielo del trópico lo magnifica en los momentos de decirle adiós; ni en redor suyo se abrían de improviso esos espléndidos jardines de luz que irradian fosfóricos en las latitudes del crucero, donde la coqueta Naturaleza se divierte en inventar perspectivas sobre los confines del alba y del ocaso.

Nuestro sol meridional descendía, sin más belleza que la suya propia, sobre los desiertos de la Pampa.

Escuadrones de pájaros salvajes volaban al oeste, como a alcanzar el sol.

La brisa del sur hacía ondular la superficie verde de los campos, y agitaba la crin de alguno que otro potro perdido en el desierto, fijos sus ojos en el sol poniente.

Toda la Naturaleza tenía allí ese aspecto desconsolador, agreste e imponente al mismo tiempo, que impresiona al espíritu argentino y parece contribuir a dar el temple a sus pasiones profundas y a sus ideas atrevidas.

Naturaleza especial en la América, Naturaleza madre e institutriz del gaucho.

Ese ser que por sus instintos se aproxima al hombre de la Naturaleza; y por su religión y por su idioma se da la mano con la sociedad civilizada.

Por sus habitudes no se aproxima a nadie, sino a él mismo; porque el gaucho argentino no tiene tipo en el mundo, por más que se han empeñado en compararlo unos al árabe, otros al gitano, otros al indígena de nuestros desiertos.

La Naturaleza lo educa. Nace bajo los espectáculos más salvajes de ella, y crece luchando con ella y aprendiendo de ella.

La inmensidad, la intemperie, la soledad, y las tormentas de nuestro clima meridional, son las impresiones que desde su niñez comienzan a templar su espíritu y sus nervios, y a formarle la conciencia de su valor y de sus medios. Solo, abandonado a sí mismo, aislado, por decirlo así, del trato de la sociedad civilizada; siempre en lucha con los elementos, con las necesidades y los peligros, su espíritu se ensoberbece a medida que él triunfa de su destino. Sus ideas se melancolizan; su vida se reconcentra en vez de expandirse. La soledad y la Naturaleza han puesto en acción sobre su espíritu sus leyes invariables y eternas; y la libertad y la independencia de instintos humanos se convierten en condiciones imprescindibles de la vida del gaucho.

El caballo concluye la obra de la Naturaleza: es el elemento material que contribuye a la acción de su moral. Criado sobre él, la inmensidad de los desiertos se limita y apoca para aquel que la atraviesa al vuelo de su caballo. Criado sobre él, se hace su déspota y su amigo al mismo tiempo. Sobre él, no teme ni a los hombres ni a la Naturaleza; y sobre él, es un modelo de gracia y de soltura, que no debe nada, ni al indio americano, ni al jinete europeo.

Los trabajos de pastoreo a que se entrega por necesidad y por vocación, completan después su educación física y moral. En ellos se hace fuerte, diestro y atrevido; y en ellos adquiere esa desgraciada indiferencia a los espectáculos de sangre, que influyen tanto en la moral del gaucho.

Entre el hombre y el animal existe esa simpatía íntima, esa relación común que tiene su origen en la circulación de la sangre. El gaucho pierde la una y la otra por la habitud de verter la sangre, que viene a convertirse en él, de ocupación en necesidad, y de necesidad en diversión.

Esa vida y esa educación le dan una idea tal de su superioridad sobre el hombre de la ciudad, que sin esfuerzo y naturalmente siente por él un profundísimo desprecio.

El hombre de la ciudad monta mal a caballo; es incapaz de conducirse por sí solo en las llanuras desiertas; más incapaz aún de procurarse en ellas la satisfacción de sus necesidades, y, por último, el hombre de la ciudad no sabe prender un toro al certero lazo de los gauchos, y tiene miedo de hundir un cuchillo hasta el puño en la garganta del animal; y no sabe ver sin agitación que su brazo está empapado en los borbotones de la sangre.

Lo desprecia; y desprecia a la vez la acción de la justicia, porque la justicia viene de la ciudad; y porque el gaucho tiene su caballo, su cuchillo, su lazo y los desiertos, donde ir a vivir sin otro auxilio que el suyo propio, y sin temor de ser alcanzado por nadie.

Esta clase de hombres es la que constituye el pueblo argentino, propiamente hablando; y que está rodeando siempre, como una tempestad, los horizontes de las ciudades.

Esa clase, empero, tributa con facilidad su respeto y su admiración a ciertos hombres: que son aquellos que sobresalen por sus condiciones de gaucho.

Nada más común en las sociedades civilizadas que malos generales al frente de numerosos ejércitos; que jefes ignorantes de partido a la cabeza de millares de prosélitos. Pero entre los gauchos tal aberración es imposible. El caudillo del gaucho es siempre el mejor gaucho. Él tiene que alcanzar ese puesto con pruebas materiales, continuadas y públicas. Tiene que adquirir su prestigio sobre el lomo de los potros; con el lazo en la mano; entre las charcas de sangre; durmiendo a la intemperie; conociendo palmo a palmo todas nuestras campañas; desobedeciendo constantemente a las autoridades civiles y militares; y burlando y hostilizando día por día cuanta mejora industrial, cuanta disposición y cuanto hombre llega de las ciudades a la campaña.

¡Sin estas condiciones principales es inútil pensar en acaudillar los gauchos! ¡Pero el que las posee y sabe ostentarlas a tiempo, ése es su caudillo, que los conduce y hace de ellos lo que mejor le place!

Ese es el gaucho; y su importancia social y política se comprende en nuestra revolución, con pasar la vista, como un relámpago solamente, sobre el inmenso cuadro de nuestra historia.

Las provincias del Río de la Plata habían llegado a ocupar en la América una extensión y una importancia tal, que cuando Carlos III se ve forzado a repeler de nuevo con las armas las pretensiones de los portugueses en ellas, y aconsejado a nombrar de jefe de la expedición que debía salir de Cádiz al teniente general Don Pedro Zeballos, cree de oportunidad y de conveniencia poner su real sello en la cédula que erigía en virreinato las provincias del Río de la Plata, Paraguay, Tucumán, Potosí, Santa Cruz de la Sierra, Charcas, y las lindantes de Mendoza y San Juan, creando por su virrey al mismo teniente general Zeballos, que recibe dicha cédula de erección, fecha en San Ildefonso el 1.º de agosto de 1777.

Ya tenemos, pues, descubierta, conquistada, poblada y constituida en virreinato español esa hermosa región de la América meridional, donde la providencia había decretado la iniciación y complemento de la grande obra que había imaginado en su inefable idea, para la reivindicación de la humanidad ultrajada, y de los magníficos destinos de un mundo, a quien la ambición, la ignorancia y la superstición sofocaban.

La esclavitud de la América, que empezó desde el primer instante de su descubrimiento, fue gemela con una completa revolución en Europa; y por una de esas reproducciones pasmosas que se encuentran en la historia de la humanidad, su libertad lo fue de otra no menos vasta revolución europea.

Los grandes movimientos sociales pueden ser la obra de un solo hombre, de una sola palabra; pero sus consecuencias no pueden ser calculadas ni contenidas muchas veces por una generación, ni por un siglo. Y la reunión de los estados generales en Francia estuvo muy lejos de prever que ella sería la causa generatriz de la decapitación de una familia, defendida por Dios; del derrocamiento de un trono afianzado por los siglos; de la improvisación de una república; de un imperio; del cataclismo universal de la Europa; de la canonización de la filosofía del siglo XVIII, y, por último, la causa indirecta de la libertad de las colonias españolas en la América, oprimidas por el poder incontrastable de su metrópoli; pero así sucedió, sin embargo.

La raza americana tenía ya la conciencia de su situación desgraciada. La naturaleza meridional no había desmentido su generosidad con la inteligencia de los americanos; y la sangre española, tan ardiente como orgullosa, estaba en sus venas. Los sucesos de la Europa llegaban furtivamente; pero al fin llegaban hasta ellos. Algunos libros del siglo XVIII; algunos debates de la Convención francesa; algunos periódicos de la república, se escurrían de contrabando entre las mercaderías con que la madre España suplía a las primeras necesidades de sus hijos; y las ideas, primera semilla de las revoluciones, iban formando y dando nociones exactas a los hombres capaces, pero inapercibidos de las colonias.

La conciencia estaba hecha; el convencimiento estaba hecho; los instintos eran uniformes; no faltaba sino la decisión y la oportunidad.

La Revolución Francesa se encargó de ella.

Fernando VII es arrebatado de su pueblo. El trono español queda vacío. Las provincias del reino se dan sus gobiernos respectivos; o más bien, se gobiernan como pueden entre la tormenta que las sacudía; la capital del virreinato de Buenos Aires quiere darse también sus gobernantes; y bajo ese pretexto, que las circunstancias le ofrecían, pronuncia la primera palabra de su libertad, el 25 de Mayo de 1810.

Ese movimiento fue el iniciador de la revolución; y con ésta, la revolución del continente.

Buenos Aires descubre su pensamiento revolucionario; la América entera se electriza con él; y tras el primer relámpago, ahí tenéis bajo los cielos americanos esa tempestad de combates y de glorias, entre la cual estallaba el pensamiento y el cañón, al choque violento de dos mundos, de dos creencias, de dos siglos.

La España disputa palmo a palmo su dominación; y palmo a palmo sostiene, defiende y hace triunfar su libertad la América, en el decurso de quince años.

Buenos Aires es en la lucha, y durante ese tiempo, lo que Dios en el universo; ella está y resplandece en todas partes. Su espada da la libertad, o contribuye a ella, en todas partes: sus ideas, sus hombres, sus tesoros, no faltan en ninguna; y la guerrera y pertinaz España, donde no hallaba un hombre, hallaba un principio; donde no hallaba un principio, hallaba una imitación de Buenos Aires. Las provincias del Río de la Plata eran su ángel malo, cuyo influjo dañoso la perseguía como la sombra al cuerpo.

La España resiste con valor; sangre por sangre se cambia en las batallas, pero la revolución era demasiado inmensa y demasiado sólida, para que la España pudiera sofocarla con su mano en el siglo XIX, y la España vencida en la América, la América se hace para siempre jamás independiente.

Pero el pensamiento de Mayo había bebido sus inspiraciones en fuente harto caudalosa, para poder conformarse con asignar a la revolución los límites de una independencia política, y de una libertad civil solamente. Él inició más que todo eso, y por más que eso combatieron sus hijos.

Era una revolución totalmente social lo que buscaba. Una revolución reformadora de la sociedad educada por la España de la Inquisición, del absolutismo y de las preocupaciones hereditarias de tres siglos, en política, en legislación, en filosofía y en costumbres. Y bajo el humo de las batallas que ennegrecía el cielo americano, Buenos Aires marchaba a pasos, por desgracia demasiado rápidos, en la senda de su atrevido cuanto sublime pensamiento.

Sus brazos se extienden por todo el continente; y su inteligencia formula y elabora al mismo tiempo su existencia nueva.

Libres en política, y colonos en tradiciones sociales, legislativas y filosóficas, habría sido una anomalía monstruosa.

Romper con las viejas preocupaciones españolas en política, en comercio, en literatura, y hasta en costumbres, cuando el pueblo se las fuese dando a sí mismo, era imprimir a la revolución el movimiento reformador del siglo: era ponerse a la altura de las ideas de la época; era hacer, en fin, lo que la misma España había de tentar más tarde bajo el reinado de Isabel II.

«Quedarse fijo en su abuelo y en su bisabuelo» para por esa solidaridad de tradiciones paternas darse la mano con la civilización europea, como acaba de pretenderlo no sé qué mal conocedor de nuestra historia europea, que ha escrito no sé qué con el título de Nueva Troya, era cuanto se necesitaba para no ser más de lo que fueron el abuelo y el bisabuelo, en tiempo de Carlos III y de su antecesor. Reproducción que, felizmente, la revolución tuvo el buen sentido de no apetecer jamás.

El mejor alguacil del santo oficio no habría opinado de otro modo; jurando que era una verdadera herejía no ser el nieto lo que fue el abuelo. Pero sigamos el campo de los vastos acontecimientos que narramos de carrera; y asimismo se han de percibir claras y distintas la reproducción del abuelo y bisabuelo en el nieto, dando sus naturales consecuencias; y las que nacieron del divorcio de estas tradiciones pestilentes.

En medio del estrépito de las armas, Buenos Aires, esa capital donde se reunían los contingentes de ideas que le enviaban todas las provincias de la unión, como enviaban a las batallas los contingentes de lanzas, marcha a grandes pasos en el camino de la revolución social; y todas las tradiciones de la colonia son tumbadas por la mano de la república. Los grandes principios se fundan y se practican a la vez. La república; el gobierno representativo; el ministerio responsable; el sistema electoral; la libertad de la conciencia, del pensamiento, del comercio; la igualdad democrática; la inviolabilidad de los derechos; todo, en fin, cuanto la revolución europea tenía de más santo, de más social, lo canoniza para sí la revolución del Plata. Y a la luz de este brillante día que se levantaba sobre sus olas, surgieron de la revolución esas cabezas chispeantes de genio que hicieron el honor y la gloria de la república, no menos grandes que el honor y la gloria que conquistaba con sus armas sobre los campos de batalla.

Pero dos grandes principios de resistencia debían encontrarse de frente con la reforma social, y desde sus primeros días se le presentaron, en efecto, disfrazados bajo distintos modos.

De una parte, el sistema de gobierno republicano que la revolución improvisaba, debía resentir los hábitos monárquicos de una sociedad nacida y educada bajo la monarquía absoluta.

De otra parte, la innovación civilizadora debía despertar las susceptibilidades del pueblo colonial atrasado, ignorante y apegado a sus tradiciones seculares.

Y esa reacción franca, ingenua, inevitable, que sucede a las grandes innovaciones sociales, cuando se obran sobre pueblos no preparados a ellas, debía estallar y estalló, en efecto, en la república.

De otro lado, la revolución había creado en todas las clases de la sociedad sus representantes, su expresión y sus intereses; y la reacción se hizo sentir, primero en las rebeliones parciales; después en las distintas pretensiones de provincia; y últimamente en el pronunciamiento espontáneo y franco del pueblo semisalvaje de las florestas, restaurando el absolutismo y la ignorancia de sus abuelos y bisabuelos, contra la clase ilustrada de las ciudades, que representaba el principio civilizador.

Ibarra, Bustos, López, Quiroga, de una parte, Rivadavia y los congresales de la otra, no eran sino las peripecias de esa guerra sorda, pero gigantesca, que se disputaba en la república el triunfo de principios y de cosas diametralmente opuestas, como eran la tradición colonial y la innovación revolucionaria.

La historia de las revoluciones sociales en el mundo es el tratado de lógica más perfecto: a tales causas han de suceder tales efectos. Y el gran trastorno que sufría aquí el principio monárquico; la improvisación de una república, donde no había ni ilustración ni virtudes para conservarla; y la plantificación repentina de ideas y de hábitos civilizados, en pueblos acostumbrados a la cómoda inercia de la ignorancia, eran una utopía magnífica pero impracticable, con la cual la barbarie daría en tierra; hasta que una enseñanza más prolija, en la escuela misma de las desgracias públicas, crease una generación que la levantase y la pusiese en práctica: tal cosa debía suceder; y así ha sucedido, por desgracia.

Durante que las ideas y los hombres se disputaban intereses locales y transitorios, en la época en que se constituía la república, y al amparo de las guerras civiles consiguientes, la reacción social tronaba como una tempestad espantosa en los horizontes del Plata; y en un momento en que ciertos sucesos malhadados de nuestra historia tan dramática dejaron desierta la escena, todos los principios reaccionarios de la revolución aparecieron en ella personificados maravillosamente bien en un solo hombre; como sucede siempre en los grandes movimientos sociales, prósperos o adversos para la humanidad; en que Dios o el demonio hacen de todas las ideas y los instintos una sola masa en forma humana, cuyo destino es representar el bien o el mal, según sean los elementos de que se ha formado su vida.

Ese hombre era Rosas.

Rosas, que era el mejor gaucho en todo sentido; que reunía a su educación y a sus propensiones salvajes, todos los vicios de la civilización; porque sabía hablar, mentir y alucinar.

La reacción había estallado; y personificada en él, él debía serla fiel, porque el día que la hiciera traición, los sacerdotes sacrificarían el ídolo. Y fiel a su origen, y a la misión que acepta, da al gaucho, a sus ideas y a sus hábitos, el predominio de la sociedad bonaerense, luego que se asegura con el triunfo el imperio de la reacción.

Sorprendida Buenos Aires, tiene que soportar esa imposición terrible de la fuerza. Ya no era la cuestión de unitarios y federales: eran la civilización y la barbarie las que quedaron para disputar más tarde su predominio. Entre tanto, con la derrota de los unitarios la civilización quedó vencida temporariamente, porque el mismo partido federal, como representante de un principio político, quedó postrado por el triunfo del caudillo gaucho, que tomando por pretexto la Federación, echó por tierra federación y unidad. Sin embargo, el partido federal sonreía creyéndose vencedor, mientras que legaba a la historia el derecho de acusarlo justa y terriblemente algún día, por haber querido comprar el sacrificio de sus adversarios políticos con la libertad y el honor de su país, entregándolo a manos de un bandido que debía más tarde pisar con el casco de sus potros los derechos mismos que buscaban bajo el sistema federal. Porque es mentira que padecieron un error los federalistas; es mentira que no conocieron a Rosas: Rosas fue conocido desde que tuvo quince años. A esa edad fue hijo insolente; a los diez y seis fue hijo huido; más tarde fue un gaucho ingrato con sus bienhechores; después fue siempre un bandido rebelde a las autoridades de su país.

Ese era el hombre que en 1840 se encerraba en los reductos de Santos Lugares, porque marchaba sobre la ciudad el puñado de libertadores que conducía el general Lavalle.

Llevemos la vista hasta los campos de Luján, y allí encontraremos esa cruzada de valientes, a la indecisa luz de los crepúsculos de la tarde, símil de la indecisa suerte que corrían; todo el mundo a caballo, y el pequeño ejército dividido en dos cuerpos; el primero mandado por el general Lavalle, el segundo por el coronel Vilela.

Estos dos cuerpos iban a separarse momentáneamente; el primero iba a dirigirse hacia el sur; el segundo quedaba sobre Luján.

El general Lavalle quería conocer primero el espíritu de la campaña al sur, antes de marchar sobre la capital. En el norte no se habían reunido a su ejército sino algunos grupos insignificantes de vecinos, pero las milicias y las fuerzas de línea permanecían fieles al tirano.

Los dos cuerpos del ejército se despidieron dando vivas a la libertad de la patria; de esa patria tan cara para sus buenos hijos, y cuyos campos debían regar bien pronto con su noble sangre.

Los escuadrones marchaban, y todavía los soldados se despedían con sus lanzas y sus espadas.

El escuadrón Mayo, que pertenecía al segundo cuerpo, entonó entonces el himno nacional; canto de victoria de nuestras viejas legiones, cuyas palabras se escapaban con la vida del que caía al bote de las pujantes lanzas españolas. Y hasta que allá en el horizonte, cubierto con los oscuros velos de la noche, se perdieron las sombras del general Lavalle y sus valientes, los soldados del segundo grupo permanecieron a caballo.

Después los legionarios de la libertad encendieron sus fogones para calentar su cuerpo entumecido por el frío de aquel rigoroso invierno, mientras que el calor de su alma entusiasmada lo bebían en la fe, en la esperanza y en los recuerdos santos de la patria.

La noche descorrió su manto de estrellas sobre aquel romancesco campamento, donde no palpitaba un corazón que no fuera puro y digno de la mirada protectora de la providencia. Y sólo esas estrellas podrían revelarnos los suspiros de amor que se elevaban hasta ellas, exhalados por el pecho tierno de aquellos soldados, arrancados por la libertad a las caricias maternales y a las sonrisas de la mujer amada, en la edad en que la vida del hombre abre el jardín de los efectos purísimos de su alma...

¡Antítesis terrible! ¡A doce leguas de ese lugar en que la libertad velaba con su manto de armiño el tranquilo sueño de sus hijos, un ejército de esclavos dormía soñando con el crimen a la sombra de la mano de fierro de un tirano!

Seis mil soldados, tendidos entre los reductos de Santos Lugares, estaban esperando la voz del asesino de su patria para abocar sus armas contra los mismos que les traían la libertad. Traidores a su madre común, podían serlo también al hombre a quien vendían sus derechos; y en el silencio de la noche los campamentos eran patrullados triplemente por partidas que se mudaban cada dos horas. Unas vigilaban la parte exterior de los reductos, otras paseaban en redor del campamento, y otra patrullaba por entre las carpas de los soldados. ¿Estaba entre ellas la tienda del tirano? ¿La banderola o el fierro de su lanza la hacía descubrir en parte alguna? No. Rosas no tenía tienda. De día escribía dentro de una galera, y de noche no se supo jamás su lugar fijo. Fingía echar su recado en tal paraje para pasar la noche, y media hora después estaba su recado solo con algún soldado que lo cuidaba. ¿Vigilaba? No, huía; mudaba de lugar y de escolta para que todos ignorasen dónde estaba.

El general Lavalle entretanto, dormía entre sus jóvenes soldados, con la misma confianza con que había dormido sobre la cama de Rosas, once años antes, cuando fue él solo con sus edecanes a hacer arreglos al campamento mismo de su enemigo.