Amalia: 52

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Amalia: De cómo empezó para Daniel una aventura de fábulas
Cuarta parte, Capítulo 11 de José Mármol



Por más de un momento Daniel llegó a creer con toda buena fe que se hallaba de veras en el infierno. Se puede imaginar, pues, lo que oiría entre aquellas gentes, cuya sociedad buscaba Rosas para su hija.

Manuela, aunque acostumbrada a este coro, se ruborizaba, sin embargo, de que Daniel oyese aquel lenguaje que se le tributaba como homenaje debido a su posición. Pero con esa elocuencia que aquél poseía en sus miradas, diola resignación por varias veces, acabando de convencerla de que había en él una remarcable superioridad sobre los otros.

La sala quedó al fin despejada, y la señora Doña Mercedes Rosas y Rivera levantóse para retirarse. Y con aquella su candidez característica la dijo abrazándola:

-Con que, hijita, me voy, y me llevo a Bello para hacer rabiar a Rivera.

Manuela fingió sonreírse.

-No me deja, mujer -continuó la primera-, está como nunca. Anoche hasta me pellizcó; pero yo nada... lo he de hacer rabiar, hasta que deje de celarme.

-¿Con que se va usted, tía?

-Sí, hijita, pues, hasta mañana.

Y Mercedes imprimió sus labios y sus rubios lunares en la pálida mejilla de su sobrina.

-Adiós, Manuelita. Descanse usted -la dijo Daniel dándola la mano, y con una expresión tan dulce y consoladora, que tocada la sensibilidad de aquella desgraciada criatura, sus ojos se anublaron de lágrimas al quedarse completamente sola en su salón.

Mercedes, entretanto, enlazó su brazo al de su compañero, y ambos atravesaron el gran patio, salieron a la calle de Restaurador, y doblaron luego hacia el correo.

La noche estaba fría. El pobre Daniel iba en cuerpo, pero el calor de la rabia que llevaba al verse tomado por asalto, le impedía felizmente echar de menos su capa.

-No, no vayamos tan ligero -dijo Mercedes.

-Como usted quiera, señora -contestó Daniel.

-Sí, vamos despacio. Y ¡ojalá que encontrásemos a Rivera!

-¡Sí, sí, ojalá!

-¡Cómo rabiaría!

-¿Es posible?

-¡Toma!

-¿Y, por supuesto, que me la quitaría a usted?

-¡Qué! Vea usted. Voy a contarle una cosa. La otra noche me encontró que venía de lo de Agustina con un mozo. Me vio; y atravesó a la vereda de enfrente. Yo que lo conocí en el acto, ¿qué le parece a usted que hice?

-Lo llamaría usted.

-¡Qué! Nada. Me hice la que no lo había visto. Empecé a caminar y doblar calles. Casi perdí un zapato que me había enchancletado. Pero, nada; siempre doblando calles; y Rivera sigue que sigue, por la vereda de enfrente. Yo conocía que venía ardiendo, y dale; a propósito lo hacía; hablaba despacio; me paraba de cuando en cuando; me reía de repente, hasta que al fin llegamos a casa, después de haber andado más de una hora, con Rivera por detrás. Allí fue la buena: gritó, hasta que más no pudo; pero al cabo tuvo que venirse a las buenas; se hincó, me besó la mano; y después...

-Y después quedarían las paces hechas, como entre dos buenos esposos -la dijo Daniel interrumpiéndola, y persuadido ya, que lo mejor era sacar un alegre partido de la conversación con aquella original criatura. La más original, sin duda, en la familia de Rosas, donde todos los caracteres tienen alguna novedad; la más original, pero la menos ofensiva, y la de mejor corazón. Con ese apellido, tan histórico desgraciadamente, ninguna mujer ha obrado el mal; y ningún hombre ha dejado, más o menos, de hacer sentir los arranques de su carácter despótico.

-Y después quedarían las paces hechas, como entre dos buenos esposos -había dicho Daniel.

-¡Qué, no! Después se fue a acostar a su cuarto.

-¿Ah, tienen ustedes cuarto aparte?

-Hace más de dos años.

-¿Sí?

-Y es por eso que lo hago rabiar. Yo paso unas soledades terribles, pero no cedo. Porque, mire usted, yo soy una mujer de pasiones violentas. Tengo una imaginación volcánica; y no he encontrado todavía quien me comprenda.

-¿Pero, señora, y su marido de usted?

-¿Mi marido?

-Pues, el señor Rivera.

-¡Marido, marido! ¿Pero hay cosa más insoportable que un marido?

-¿Es posible?

-No hay nada más prosaico.

-¡Ah!

-Más material.

-¿Sí?

-Jamás la comprenden a una.

-¡Pues!

-Además, Rivera es tonto.

-¿También?

-Pues, como todo hombre de ciencia.

-Así es.

-¡Oh, si fuera un poeta, un artista, un joven de pasiones ardientes!

-¡Ah, entonces!

-¡Ah!, yo soy muy desgraciada, muy desgraciada; yo que tengo un corazón volcánico y que comprendo todos los secretos del amor.

-Cierto, es una desgracia ser como usted es, Merceditas.

-Así se lo digo todos los días en su cara.

-¿A quién?

-A Rivera, pues.

-¡Ah!

-Se lo digo, sí, y a gritos.

-¿Lo que me ha dicho usted a mí?

-Y mucho más.

-¿Y él qué le dice a usted, señora?

-Nada. ¿Que ha de decirme?

-¿Y no la hace a usted algo?

-¡Qué! Si no puede hacer nada.

-¡Es muy bueno ese señor Rivera!

-Sí, es muy bueno, pero no me sirve. Yo necesito un hombre de imaginación ardiente; un hombre de talento. ¡Oh, un hombre así, para que nos enloqueciésemos juntos!

-¡Santa Bárbara, señora!

-Sí: que nos enloqueciésemos; que estuviésemos juntos todo el día; que...

-¿Qué más, señora?

-Que nos encerrásemos, aunque Rivera se enojase, y allí compusiéramos versos, y leyésemos juntos todas mis obras.

-¿Ah, es usted autora?

-¡Pues no!

-Superior.

-Estoy escribiendo mis memorias.

-Magnífico.

-Desde antes de nacer.

-¡Cómo! ¿Escribía usted sus obras antes de nacer?

-No; cuento mi historia desde esa época, porque mi madre me refirió, que desde que estaba embarazada de cinco meses, ya le saltaba en el vientre, hasta el extremo de no dejarla dormir. Nací llena de pelo; y desde que tuve un año, ya hablaba de corrido. No hay pasión por que no haya pasado en el curso de mi vida, y tengo un cajón de la cómoda lleno de cartas y rulos de pelo.

-¿Y el señor Rivera no anda por ese lado?

-¡Toma! Cuando lo quiero hacer rabiar, y él está viendo la calavera...

-¿Qué?

-Sí, pues, hombre. Una calavera vieja que tiene en su cuarto; y en la que se pone a estudiar no sé qué cosas.

-¡Ah!

-Pues, como le decía; cuando le siento en su cuarto, ¿sabe lo que hago?

-Vamos a ver.

-Entreabro la puerta de su cuarto para que me vea por la rendija, y yo abro la cómoda y empiezo a sacar las cartas y a leer en el primer renglón de cada una:

Mi querida Mercedes. Ídolo de mi vida Mi adorada Merceditas. Merceditas de todo mi corazón. Incomparable Mercedes. Merceditas, luz de mis ojos. Mi Mercedes, estrella de mi vida. Rubiecita de toda mi alma.

Y en fin, un millón de cartas, de cuando era soltera, que sería nunca acabar si las dijera.

-¿Y hasta qué época ha llegado usted en sus memorias?

-Ayer he empezado a describir el día en que salí de cuidado por primera vez.

-¡Importante capítulo!

-Es una de las curiosidades de mi vida.

-Pero, señora, eso es muy común.

-¡Qué! Si fue una cosa asombrosa. Imagínese usted que salí de cuidado haciendo versos, y sin conocer el trance en que estaba.

-¡Admirable constitución!

-Así tuve mi primer hijo, y la mitad es en verso y la mitad en prosa.

-¿Quién, el niño?

-No, la obra, pues; las memorias.

-¡Ah!

-Sólo este zonzo de Rivera no les quiere dar mérito.

-Será un hombre frío.

-¡Como una nieve!

-Material.

-¡Como una piedra!

-Sin espíritu.

-¡Por supuesto!

-Prosaico.

-¡Ni leer sabe los versos siquiera!

-Un hombre sin corazón.

-¡Diga usted que es un zonzo, y lo ha dicho todo!

-Pues bien, diré, con el debido permiso de usted, que su marido es un zonzo.

-Eso es. Pero mire usted, asimismo lo quiero. Todas las mañanas él mismo va al mercado, y se viene con cuanto sabe que a mí me gusta. Me recuerda dándome palmadas, y me echa en la cama todo cuanto trae. Después, si el pobre se enoja alguna vez, se viene a las buenas.

-Es una excelente condición.

-No tiene más, sino lo que le he dicho. No sirve para nada; y yo necesito un hombre frenético; un joven, de talento, varonil; que no me deje un solo instante.

-Señora, vamos que ya estamos cerca -dijo Daniel viendo que su compañera acortaba cada vez más el paso.

-Sí, vamos. Le voy a leer a usted algo de mis memorias.

-Perdón, señora, pero...

-No hay pero que valga.

-Ya es muy tarde, señora.

-No, no, si no ha de haber venido Rivera todavía.

-Dispense usted, Merceditas, me es imposible.

-Sí, sí, ha de entrar.

En este momento llegaron a la puerta de la casa.

-Otro día.

-No, ahora.

-Me esperan en casa.

-¿Es alguna cita?

-No, señora.

-¿No es mujer?

-No, señora.

-Júremelo.

-Doy a usted mi palabra.

-Entonces, entre.

-No puedo, lo repito, señora, no puedo.

-¡Ingrato!

Daniel dio una docena de furiosos golpes con el llamador, a fin de que vinieran cuanto antes a sacarlo del trance en que se hallaba.

-Pero qué, ¿de veras no entra usted? ¿Desprecia usted la lectura de mis memorias?

-Otro día, señora.

-Bien, pero ese día será mañana.

-Haré lo posible.

-Mire, hay un pato que dejó Rivera para cenar; entre, vamos a comérnoslo.

-¡Señora, si yo no ceno nunca!

-¡Entonces, mañana!

-Puede ser.

-Bien; voy a tener listos los capítulos más interesantes de mis memorias.

-Buenas noches, Merceditas.

-Hasta mañana -contestó ella; y Daniel echóse, no a andar, sino a correr, luego que cerróse la puerta, y quedó en su casa la hermana de Su Excelencia el Restaurador de las Leyes, mujer todavía fresca, de hermoso busto y de un color alabastrino, pero de un carácter el mas romántico posible, sirviéndonos de una expresión de aquella época, usada para definir todo lo que salía del orden natural de las cosas. Y mientras nuestro héroe sigue corriendo y riéndose como un muchacho, no podemos menos de pasar con el lector a ciertos días anteriores a éste, para poder tomar y seguir el hilo de esta historia.