Amalia: 62

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Amalia: Donde aparece, como aparece siempre, nuestro Don Cándido Rodríguez
Quinta parte, Capítulo 4 de José Mármol



Si los capítulos anteriores han podido dar una ligerísima idea de la ferocidad de Rosas, también habrán hecho reflexionar, es probable, sobre el modo como se ocupaba de la defensa de su causa, frente del enemigo que le invadía, y la amenazaba.

Hay resistencia en el espíritu para creer que en todo pensase Rosas, en los primeros días de setiembre de 1840, menos en una formal organización de defensa, en un plan de campaña, tan serio siquiera, como la situación que lo rodeaba. Y nada hay más cierto, sin embargo.

Rosas jamás fue militar. Y en aquel conflicto no hizo otra cosa que amontonar hombres y cañones, carretas y caballos, en los estrechos reductos de Santos Lugares; esperándolo todo de la casualidad, del terror en sus enemigos, y del miedo en sus servidores, que parece haber sido la única táctica de ese hijo predilecto de una fortuna, la más siniestra para la humanidad, tanto en sus guerras de 1840 a 1842, como en la que sostiene en la época en que estos cuadros se delinean.

Alistados a sus banderas no faltaban algunos oficiales, generales del tiempo de la independencia; y, como tales, viejos veteranos que habíanse criado entre los grandes planes militares y la disciplina severa, sirviendo a las órdenes de los primeros capitanes de aquella guerra gigantesca. Y las medidas de Rosas, como general en jefe del ejército, en aquellos momentos en que todos jugaban su porvenir, si no su vida, era la pesadilla diaria de aquellos soldados de la independencia, que no veían sino el absurdo y la ignorancia, o la más completa apatía en las disposiciones del dictador, que revelaba una completa ausencia de las nociones más simples del arte de la guerra. Para ellos era incomprensible que sólo con rondas, para ver si hallaban algún unitario con armas; con visitas a los cuarteles, para no encontrar sino montones de hombres sin disciplina ni espíritu de soldado; y con hacinar enjambres de hombres y de animales en un estrecho campamento, se pudiese asegurar el triunfo o siquiera una resistencia regularizada, llegado el caso de un ataque serio sobre aquel punto, o de una sorpresa a la ciudad. Y ante semejantes planes militares renegaban de la suerte que los había puesto bajo el mando de aquel bruto, como lo llamaban Mansilla, Soler y otros que habían ceñido la espada desde los primeros días de la revolución de América.

¡Pero parece increíble! Este mismo trastorno de lo natural, esta misma vulgaridad e ignorancia de Rosas, servía para que la fanática plebe de su partido, y muchos también que no eran plebe, dijesen y creyesen que todo aquello que veían y los sorprendía era efecto del genio del Restaurador, que se escapaba a la penetración de los demás.

-Él sabe lo que hace -decían.

Y sin embargo, la verdad es que el genio no sabía una palabra de lo que estaba haciendo, o de lo que debía hacer, en orden a la defensa militar; y se lo llevaba en un trabajo asiduo y laborioso, dentro sí mismo, pensando y combinando los medios de satisfacer sus bárbaras venganzas en el caso de triunfar, que ya empezaba a ver como muy probable, sin más ciencia que sus instintos y su sagacidad, puramente orgánicos, puramente animales: ora combinando nombres para encontrar víctimas, sea combinando en su idea el medio de arrojar a la mendicidad la mitad de la población; nuevo y el más espantoso de sus delitos, que debía convertirse en ley dentro de pocos días.

Entretanto, y a medida que los sucesos se precipitan, el lector tendrá que acompañarnos, con la misma prisa que esos sucesos, a todas partes y con toda clase de personas. Y al llegar más pronto que Corvalán de Santos Lugares a la ciudad, y al correr sus calles, ora en largas longitudes, tristes, solitarias, lúgubres; sea teniendo que empujar y codear para abrirnos camino por medio de una oleada de negras viejas, jóvenes, sucias unas y andrajosas, vestidas otras con muy luciente seda, hablando, gritando y abrazándose con los negros, soldados de Rolón o de Ravelo, mientras otras se despedían a gritos, marchando a Santos Lugares; ya teniendo que ampararnos del umbral de una puerta, para que los caballos a galope, azuzados por el rebenque de la Mashorca que pasa en tropel, haciendo que hace en el gran plan de defensa de su genio, no invada la vereda y nos lleve por delante; o ya en fin, andando más de prisa para evitar la mirada curiosa que se escurre por la rendija de un postigo entreabierto, donde se asoma una pupila inquieta y buscadora, queriendo interrogar hasta las piedras para saber qué pasa, qué fortuna se cierne en ese instante sobre la cabeza de todos, sobre el lecho del viejo, sobre la cuna del niño; para saber si el corazón ha de latir de miedo o de esperanza todavía; si el sol ha de ponerse el último para ella, o el postrero para la terrible ansiedad que devora el espíritu y el cuerpo. Y corriendo, deslizándonos con el lector sobre esa ciudad cuyo piso tiembla, cuyo aire tiene olor a sangre, donde sobre las nubes no parece haber Dios, donde sobre el suelo no parece haber hombres, de todo falta, menos la agonía del alma, las creaciones asustadoras de la imaginación, y la lucha terrible de la esperanza, que se escapa, o se postra en el pecho, con la realidad, con la verdad, que subyuga y aniquila y mata esa esperanza misma; corriendo aquí y allí, de repente nos hallaremos con un personaje serio y tieso, que con su inseparable bastón va pasando por la puerta de la Sala de Representantes, con un aplomo de piernas sorprendente, mientras que la vaguedad de sus miradas, y su semblante como bañado en agua de azafrán, nos hará creer por un momento que aquel hombre lleva una cabeza postiza, viendo en el rostro el antítesis de la seguridad que ostenta el cuerpo.

Era Don Cándido Rodríguez.

Frente a la Sala de Representantes había en 1840 una pequeña fonda, que era el Palais Royal de toda la corte del genio, desde las ocho hasta las once de la mañana, desde las nueve hasta la una de la noche; en cuya puerta, un año antes, habían tomado al joven Alagón, para convertirlo en una de las más tristes y lamentables víctimas de Rosas.

Eran las diez de la mañana.

Don Cándido llegaba ya a la puerta de la Sala de Representantes, cuando salía de la fonda una docena de personajes de la Federación, haciendo un ruido infernal con sus inmensas espuelas.

Don Cándido no los miró con los ojos. Los miró y conoció con el oído. Y, sin dar vuelta su cabeza, ni precipitar sus pasos, se entró muy serio a la Sala de Representantes, y empezó a subir por la escalera que conduce al archivo.

El no iba a semejante casa, ni a tal archivo. Era el ruido de las espuelas federales lo que había dado a sus piernas una nueva dirección, sin dar tiempo a su cabeza a la combinación de ninguna idea. Así es que, cuando se halló frente a frente con un oficial de esa oficina, no sabiendo qué decirle, y no creyendo que debía pararse todavía, pasó por delante de él, y siguió andando.

-Señor, ¿quería usted algo? -le dijo aquél.

-¿Yo?

-Sí, pues, usted que se entra, así no más.

-Mire usted, joven, esto es efecto de causas muy remotas y recónditas, que cuando el tiempo, ese amigo de la vejez e instructor de los jóvenes... el tiempo, ¡si usted supiera lo que es el tiempo!

-Señor, yo lo que deseo saber es qué busca usted -dijo el oficial, que empezó a creer que Don Cándido era un loco, y no las tenía todas consigo al encontrarse solo, en tan peligrosa compañía.

-Mire usted; yo, francamente, no quiero nada. ¿De qué familia es usted, mi distinguido señor?

-Señor, yo tengo que cerrar la puerta: hágame el favor de retirarse -dijo el joven retrocediendo algunos pasos y dando la espalda a la puerta de salida.

-Tiene usted en su fisonomía la expresión del talento, de la asiduidad, de la labor; ¿en qué forma de letra escribe usted?

-Señor, hágame usted el favor de irse.

-De todos mis discípulos; porque ha de saber usted que yo he sido maestro de primeras letras, de todo Buenos Aires. ¡Oh, y qué hombres he sacado! Unos son hoy diputados, comerciantes de primer orden, activos, hacendosos, infatigables; ¿conoce usted la casa de comercio que hay...?

Don Cándido alzó su caña de la India, como para apuntar en el aire la dirección a que iba a referirse, cuando el joven, creyendo que la alzaba para darle un palo, corrió a la puerta y dio un grito al portero, que felizmente no se hallaba en su puesto.

-¿Qué hacéis, joven imprudente, inconsiderado, ligero como todos los jóvenes?

-Señor, si usted no se va, yo empiezo a gritar.

-Bien; ya me voy, joven inexperto y alucinado.

Pero en lugar de dirigirse a la puerta, Don Cándido se dirigió a uno de los balcones, que quedaban frente a frente con la fonda; y el alma le volvió al cuerpo, al ver que nadie había en la puerta de ella.

Volvióse entonces y extendió su mano para despedirse del oficial del archivo, quien, no teniendo la mínima duda de que Don Cándido acababa de escaparse de la Residencia, se guardó muy bien de poner su mano entre las suyas.

-Adiós, joven bisoño y nuevo en la escuela del mundo. Ojalá pueda pagar a usted y a su respetabilísima familia el eminente e inolvidable servicio que acabo de recibir.

Y Don Cándido bajó con toda su estudiada gravedad las escaleras, mientras el joven quedóse mirándole y riendose.

Pero no bien el maestro de primeras letras había llegado a la esquina de esa cuadra, andando siempre en dirección al Retiro, cuando otra comitiva federal doblaba del Colegio hacia la fonda y se encontró de manos a boca con Don Cándido.

Este no bajó, saltó de la vereda, y con el sombrero en la mano empezó a hacer profundas reverencias.

Los otros, que tenían más ganas de almorzar que de saludar, y muy habituados que estaban a esa clase de cumplimientos, siguieron su camino, mientras Don Cándido se quedó saludándolos hasta por la espalda.

Vertiginoso, latiéndole las sienes terriblemente, y sudando a ríos, dobló al fin por la calle de la Victoria en dirección al campo, y fue a entrar por aquella puerta donde lo conocieron nuestros lectores por la primera vez, y que no era otra que la de Daniel, como es probable que lo recuerden.

Un momento después, nuestro desgraciado secretario entraba a la sala de su antiguo discípulo, a quien halló sentado en una cómoda silla de balanza, leyendo muy tranquilamente la elocuente Gaceta Mercantil.

-¡Daniel!

-¿Señor?

-¡Daniel! ¡Daniel!

-¡Señor, señor!

-Nos perdemos.

-Ya lo sé.

-¿Lo sabes y no nos salvas?

-De eso se trata.

-No, Daniel, no, no tendremos tiempo.

-Tanto mejor.

-¿Cómo? -interrogó Don Cándido, abriendo tamaños ojos, y sentándose en un sofá al lado de Daniel.

-Digo, señor, que en las situaciones difíciles lo mejor es acabar pronto.

-Pero acabar bien, querrás decir.

-O acabar mal.

-¿Mal?

-Sí, pues, mal o bien, siempre es mejor que vivir dando un brazo al bien y el otro al mal.

-¿Y ese mal será?

-Que nos corten la cabeza, por ejemplo.

-Que te la corten a ti y a todos los conspiradores. Pero no a mí, un hombre tranquilo, inocente, manso, incapaz de hacer el mal con intención, con premeditación, con...

-Siéntese usted, mi querido maestro -dijo Daniel cortando el discurso de aquél, que a medida que hablaba había ido parándose.

-¿Qué he hecho yo, ni qué he pensado hacer para encontrarme, como me hallo, semejante a un débil barquichuelo en medio de las ondas y las tempestades del Océano?

-¿Qué ha hecho usted?

-¿Sí, yo?

-¡Toma! Pues no es nada lo que usted ha hecho.

-Yo no he hecho nada, señor Don Daniel, y ya es tiempo de que nuestra sociabilidad se separe, se rasgue, se rompa para siempre. Yo soy un acérrimo defensor del más ilustre de los restauradores de este mundo. Quiero hasta el último de la respetabilísima familia de Su Excelencia, como quiero y soy defensor del otro señor gobernador, doctor Don Felipe, de sus antepasados, y de todos sus hijos. Yo he querido...

-Usted ha querido emigrar, señor Don Cándido.

-¿Yo?

-Usted; y éste es delito de lesa federación que se paga con la cabeza.

-Las pruebas.

-Señor Don Cándido, usted está empeñado en que alguien lo ahorque.

-¿Yo?

-Y sólo espero que me diga usted si quiere serlo por la mano de Rosas o por la mano de Lavalle. Si lo primero, le complaceré a usted en el momento, haciendo una visita al coronel Salomón. Si lo segundo, esperaré tres o cuatro días a que entre el general Lavalle, y en primera oportunidad le hablaré del secretario del señor Don Felipe.

-¿Conque entonces yo soy hombre al agua?

-No, señor, hombre al aire será usted, si persiste en hablar tanta tontería como lo ha estado haciendo.

-Pero, Daniel, hijo mío, ¿no ves mi cara?

-Sí, señor.

-¿Y qué notas en ella?

-Miedo.

-No, miedo no, desconfianza, efecto de las terríficas impresiones que me acaban de dominar.

-¿Y qué hay?

-De lo del señor gobernador aquí, me he encontrado dos veces con esos hombres que parecen.., que parecen...

-¿Qué?

-Que parecen diablos vestidos de hombre.

-U hombres vestidos de diablo, ¿no es eso?

-¡Qué caras, Daniel, qué caras! Y sobre todo esos cuchillos que llevan. ¿Crees que uno de esos hombres sería capaz de matarme, Daniel?

-No, me parece. ¿Qué les ha hecho usted?

-Nada, nada. Pero imagínate que me confunden con otro, y...

-Bah, dejemos eso, mi querido amigo. Usted me ha dicho que salió de lo de Arana para venir aquí, ¿no es eso?

-Sí, sí, Daniel.

-Luego usted traía un objeto en su venida.

-Sí.

-¿Y cuál era, mi amigo?

-No sé; no quiero decirlo ya. No quiero más política, ni confidencias.

-Ah, ¿luego era una confidencia política lo que venía usted a hacerme?

-No he dicho tal.

-Y apostaría a que trae usted en el bolsillo de su levitón algún papel importante.

-No traigo nada.

-Y apostaría a que si algún hermano federal se le antoja registrarlo a usted al salir de acá, por ver si lleva armas, y le encuentra el tal papel, se lo despacha a usted en un abrir y cerrar de ojos.

-¡Daniel!...

-Señor, ¿me da usted los documentos que me trae o no?

-Bajo de una condición.

-Veamos.

-Que no me exigirás que continúe faltando a mis deberes.

-Tanto peor para usted, porque Lavalle no pasa cuatro días sin que esté en Buenos Aires.

-¡Y qué! ¿Tú no responderías de los inmensos servicios que he prestado a la libertad?

-No, si usted se para en la mitad del camino.

-¿Y crees que entre Lavalle?

-Para eso ha venido.

-Mira; aquí entre los dos, yo también lo creo; y es por eso que venía a verte. Ha habido un contraste.

-¿En quién? -preguntó Daniel con viveza, sonrosándosele un poco el semblante, donde en pocos días habían hecho un notable estrago las diferentes impresiones que invadían su alma. Pálido, ojeroso, desencajado, se parecía más ese día a un joven libertino que echa la vida y la salud por la puerta de los sentidos, que a un joven que vive la vida, el corazón y la inteligencia.

-Toma, lee.

Daniel desdobló un papel que le daba Don Cándido y leyó:

San Pedro, 1º de setiembre. Hace dos días que se presentó Mascarilla con mil hombres, a tomarnos el pueblo, que mostró una decisión extraordinaria, rechazándolo vigorosamente. Traía una pieza de cañón, ciento cincuenta infantes y como seiscientos jinetes. Atacó por dos puntos. Penetraron un momento hasta la plaza; pero fueron repelidos por nuestro vivísimo fuego. La pérdida pasa de cien hombres. Adjunto a usted copia de la comunicación que he recibido del general. Mañana le escribiré detalladamente. Juan Camelino. Señor D...

-A ver el documento a que se refiere -dijo Daniel después de un silencio de más de diez minutos fijos sus ojos en el papel que tenía en la mano, mientras pasaban por su expresiva fisonomía visibles nubes de tristeza y desconsuelo.

-Toma -dijo Don Cándido-, son los dos documentos de importancia, y que se han encontrado en una ballenera tomada anoche. Volando he sacado una copia para traértela.

Daniel tomó el papel sin oír a Don Cándido, y leyó:

Ejército Libertador, cuartel general en marcha, agosto 29 de 1840. Al Señor D. Juan Camelino, comandante militar de San Pedro El general en jefe tiene la satisfacción de comunicar a usted, para que lo haga saber en el partido de su mando, que por comunicaciones que se han interceptado de Don Félix Aldao al tirano Rosas, se sabe que el estado de la opinión de los pueblos del interior es el más favorable a la causa de la libertad. Las provincias de Córdoba, San Luis y San Juan se han negado a dar a Aldao los auxilios que había solicitado. La provincia de La Rioja se ha alzado en masa contra la tiranía de Rosas y ha armado una gruesa columna de caballería y ochocientos infantes. El general La Madrid, que pisó el territorio de Córdoba al frente de un ejército de bravos amigos de la libertad, vendrá pronto a apoyar las operaciones del Ejército Libertador. La división Vega dispersó completamente en Navarro las fuerzas de milicias que había reunido Chirino. El ejército cuenta con un escuadrón de aquellas milicias. El general en jefe ha sabido que las milicias de la Magdalena se han sublevado abandonando a sus jefes en el momento que les dieron la orden de incorporarse al ejército de Rosas. La causa de la libertad hace rápidos progresos, y el general en jefe espera que bien pronto serán premiados los esfuerzos de los soldados de la patria entre los que ocuparán un lugar distinguido los bravos defensores de San Pedro. Hará usted saber las noticias que le comunico en el partido de su mando, con la seguridad de que el Ejército Libertador no imita el sistema de mentir con que el tirano intenta ocultar su crítica situación. Enviará usted una copia de esta nota al juez de paz del Baradero. Dios guarde a usted. Juan Lavalle.

-¿Qué te parece? -preguntó Don Cándido luego que Daniel hubo concluido la lectura del documento.

El joven no contestó.

-Se vienen, Daniel, se vienen.

-No, señor, se van -repuso éste, y estrujando el papel entre sus manos, se levantó y empezó a pasearse en el salón, marcando en su rostro la impaciencia y el disgusto.

-¿Te has enloquecido, Daniel?

-Son otros los que se han enloquecido, no yo.

-¡Pero si han derrotado a López, mi estimado y querido Daniel!

-No vale nada.

-Si ya están en la Guardia de Luján.

-No vale nada.

-¿No ves el entusiasmo ardiente, fogoso, tremebundo de que están animados?

-No vale nada.

-¿Estás en ti, Daniel?

-Sí, señor; los que no están en sí son los que están pensando en las provincias, revelando con eso que no confían en sus propios medios, ni ven la fortuna que se les presenta a dos pasos. ¡Fatalidad, raro destino el que persigue a este partido, y con él a la patria! -exclamó el joven paseandose siempre precipitadamente por el salón, mientras Don Cándido lo miraba estupefacto.

-Bien decimos entonces los federales...

-Que los unitarios no sirven para un diablo; tiene usted razón, señor Don Cándido.

En ese momento, dos fuertes aldabazos se sintieron en la puerta de calle.