Amalia: 74

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Amalia: De cómo don Cándido Rodríguez era pariente de Cuitiño
Quinta parte, Capítulo 16 de José Mármol



A las ocho de la mañana de uno de los últimos días de setiembre, el maestro de primeras letras de Daniel sorbía a grandes tragos espumoso e hirviente chocolate en una enorme taza de porcelana, mientras que su discípulo arreglaba, doblaba y sellaba papeles, teniendo ambos en sus rostros las señales de haberse pasado en vela toda la noche.

-Daniel, hijo, ¿no sería bueno que nos recostásemos un rato, un momento, algún tiempo?

-Ahora no, señor; más tarde. Todavía necesito de usted un momento.

-Pero que sea el último, Daniel; porque decididamente hoy me voy a los Estados Unidos. Sabes que hace cinco días que le he dado mi palabra a ese honrado y benemérito cónsul de pasar a residir en su territorio.

-Es porque no sabe usted lo que hay -dijo Daniel sellando un paquete.

-¿Lo que hay?

-O lo que puede haber en el territorio.

-No, a mí no me engañas. Todavía anoche, mientras escribías, me he leído cinco tratados de derecho de gentes, y dos manuales diplomáticos, en los capítulos que tratan de las inmunidades de los agentes públicos, y las casas de su residencia. Y sabes, Daniel, que hasta los coches son inviolables, de lo que he deducido que podré pasear, seguro, en el coche del benemérito cónsul, sin temor, sin zozobra, sin peligro, sin...

-Vamos a ver, mi querido maestro. Oiga usted bien lo que yo leo, y lea usted bien el original que me ha traído -y Daniel dio un papel a Don Cándido y tomó otro.

-Este es el mío -dijo Don Cándido.

-O más bien, el de Don Felipe.

-¡Pues!, pero pertenece a mi secretaría privada.

-Vamos a ver -dijo Daniel, y leyó como sigue:



Individuos que han entrado a la cárcel desde el día 15 del presente mes de septiembre

Día 15. Eustaquio Díaz Vélez, remitido por la policía. » 17. Pedro Longinoti, remitido por la policía. » » Lucas González, se ignora por quién.

(Se entregó a las doce y mecha de la noche del día 18 a Don Nicolás Mariño, por orden verbal, y fue fusilado en su cuartel.)

Al acabar estas palabras de la copia del diario que leía, Daniel sacudió su cabeza y llevó su mano derecha a los ojos, permaneciendo así largo rato.

-¡Ah, Daniel, hasta el mismo Don Felipe ha llorado al saber esta sensible pérdida!

-Al saber este horrendo asesinato, diga usted.., pero sigamos.

Día 18. Ramón Carmona ............................................. por la policía » 19. José María Canaveri ........................................ íd. íd. » » Ventura Ocampo ............................................. íd. íd. » 21. Ezequiel Serna ................................................. íd. íd. » 22. Luis Fernando Otero ....................................... íd. íd. » » José Rico ........................................................ íd. íd. » » Bernardo Testas .............................................. íd. íd. » » Gregorio Collazo ............................................. íd. íd. » » Luciano Lizarreaga .......................................... íd. íd. » » Juan Manuel Chaves ........................................ íd. íd. » » Santiago Eleísa ................................................ íd. íd. » » Bonifacio Aráoz .............................................. íd. íd. » » Mateo Vidal .................................................... íd. íd. » » Bernabé Márquez ............................................ íd. íd. » » Miguel Rodríguez Machado ............................. íd. íd. » » Antonio Saldarriaga ......................................... íd. íd. » » Alejo Menchaca .............................................. íd. íd. » 23. Pedro Paulino Gaete ........................................ íd. íd. » » Ventura Buteler ............................................... íd. íd. » » Juan Lucas Thebes .......................................... íd. íd. » » Francisco Rodríguez, remitido por la policía y preso por el presidente de la Sociedad Popular Restauradora a la disposición del superior gobierno.

» » Demetrio Villarino, policía, etc., preso por el presidente de los serenos.

» 24. Segundo Benavente ......................................... por la policía » 26. Ignacio Fuentes ............................................... íd. íd. » » Sandalio González ........................................... íd. íd. » » Francisco Aráoz .............................................. íd. íd.

-Veamos los muertos -dijo Daniel doblando el papel que había leído y tomando otro.

-Detente, espera, mi querido y estimado Daniel; dejemos a los muertos en paz.

-No, es la suma la que quiero ver.

-La suma está aquí, Daniel, son cincuenta y ocho, en veinte y dos días.

-Eso es; cincuenta y ocho en veinte y dos días.

Y Daniel dobló estos papeles como los anteriores, y les puso su sello.

-Mira que se te quedan las marchas del ejército en Santa Fe.

-Hago esto de ellas, mi querido maestro -y Daniel acercó el papel a la vela y lo quemó; y en seguida guardó todos los paquetes en un secreto del escritorio.

Luego tomó la pluma y escribió:

Mi querido Eduardo: He estado ayer con Amalia desde la oración hasta las once de la noche; y está enferma. La sorpresa de nuestra visita antenoche, y la ansiedad con que quedó al retirarnos, la han hecho mal. Y cuando yo mismo he reflexionado sobre mi condescendencia contigo, te confieso que me he criticado a mí mismo. La Mashorca continúa ensangrentándose. La cárcel, los cuarteles y el campamento son teatros de muerte que se agrandan por momentos; y tengo motivos para creer que todo esto no son sino preparativos de los crímenes en escala mayor que se preparan para octubre. Todos hablan de esa casa, y se susurra que la atacarán. No creo, pero es necesario ponerse en todos los casos. Esta novedad ha llegado hasta oídos de Amalia. Quería, absolutamente, que tuviese lugar el matrimonio el primero de octubre, ya que tienes la resolución de no dejar el país hasta conquistar esa felicidad que tanto anhelas. Pero yo le he hecho ver que Mr. Douglas no puede estar aquí hasta el día 5, y ha tenido que resignarse a esperar. Todo está concluido, mi querido arrugo. El resultado de las conferencias con Mackau será la paz. Yo esperaré, sin embargo, hasta el último momento, y entonces te llevaré a tu Amalia como hemos convenido. He hecho ya todos mis arreglos, y espero a mi buen padre por momentos. No iré a verte hasta pasado mañana. Esta carta te la conduce nuestro querido maestro, que va determinado a no moverse de ahí; déjalo a tu lado. Te abraza Daniel.

-Se ha dormido usted, señor Don Cándido -dijo el joven cerrando la carta que se acaba de leer.

-No; pensaba, mi querido Daniel.

-Ah, pensaba usted.

-Pensaba que si la señora madre de nuestro Señor Gobernador propietario no se hubiese casado con su digno esposo, es muy probable que no hubiese tenido a su ilustre hijo, y que hoy no estaríamos pagando el amor conyugal de aquella mal embarazada señora.

-Amigo mío, juro a usted que no se me había ocurrido tal raciocinio -repuso Daniel poniendo su sello en la carta y dándosela a su maestro.

-Esta carta no tiene sobre, Daniel.

-No importa. Esa carta es para Eduardo, guárdela usted bien.

-¿La llevo ahora mismo?

-Cuando usted quiera. Pero va usted a ir en mi coche, y todavía no está pronto.

-¡Ah, bien, bien pensado!

Daniel iba a tocar un timbre, cuando llamaron a la puerta de calle, y al momento se presentó un criado, diciendo con una voz muy poco tranquila:

-El comandante Cuitiño.

Don Cándido se echó para atrás en el sillón y cerró los ojos.

-Que entre -dijo Daniel-. Serenidad, mi querido maestro -prosiguió-, esto no es nada.

-Ya estoy muerto, Daniel -respondió Don Cándido sin abrir los ojos.

-Adelante, mi comandante -dijo Daniel parándose y recibiendo a Cuitiño, mientras Don Cándido, al sentirlo en el escritorio, por una reacción puramente mecánica, se paró, abrió sus labios con una sonrisa convulsiva, y extendió sus dos manos, para coger la de Cuitiño, que se sentó en el ángulo de la mesa en que maestro y discípulo habían pasado largas horas.

-¿A qué hora recibió mi recado, comandante?

-Hará dos horas, señor Don Daniel.

-¿Y qué, está enfermo, que ha tardado tanto?

-No, señor, estaba en comisión.

-¡Ah, ya yo decía! ¡Cuando se trata del servicio de la causa, ojalá todos fuesen como usted! Y eso mismo le decía ayer al presidente; porque si hemos de andar paso a paso, como el jefe de policía, es mejor que lo digamos claro, y no andemos engañando al Restaurador. Por mi parte, comandante, yo ya ni sé lo que es dormir. Toda la noche me he pasado con este hombre cerrando Gacetas para mandar a todas partes, porque el Restaurador quiere que se sepa en todas partes el entusiasmo de los federales. Y hace poco el señor -y Daniel señalaba a Don Cándido, quien, poco a poco, iba volviendo en sí al saber que Cuitiño había venido por llamado de Daniel- me observaba una cosa en que ya ha de haber usted caído, comandante.

-¿Qué cosa, Don Daniel?

-Que vea si la Gaceta dice una palabra de usted, ni de los federales que exponen su vida a todas horas, por sostener la causa.

-¡Conque ni ponen los partes, siquiera!

-¿A quién los dirige, comandante?

-Ahora los dirijo a la policía, desde que el Restaurador está en el campamento. Demasiado que me fijo, señor Don Daniel, y este hombre tiene mucha razón.

-Oh, señor comandante -dijo Don Cándido-, ¿y quién no ha de extrañar el silencio que se guarda con un hombre de los antecedentes de usted?

-Y que no son de ahora.

-¡Por supuesto que no son de ahora! -repuso Don Cándido-. Desde antes de nacer ya era usted acreedor al aprecio del público, porque el señor Cuitiño, padre de usted, pertenece a uno de los troncos más antiguos de nuestras respetables familias. Uno de los ilustres tíos de usted, mi benemérito señor comandante, fue casado, según lo he oído a mis mayores, con una de las primas de mi señora madre; por lo cual siempre he tenido por usted simpatías de pariente, a la vez que nos ligan los estrechos y federales lazos de nuestra causa común.

-¿Entonces usted es mi pariente? -le preguntó Cuitiño.

-Pariente, y muy cercano -le respondió Don Cándido-. Una misma sangre corre por nuestras venas, y nos debemos cariño, estimación y protección recíproca, por la conservación de nuestra sangre.

-Vaya, pues, si en algo puedo servirlo...

-¿Conque, comandante -dijo Daniel, interrumpiéndolo para que Don Cándido no acabara por revelarse más-, conque ni los partes le publican?

-No, señor. Ahora mismo acabo de pasar el parte sobre el salvaje unitario Salces, y no lo han de publicar.

-¿Salces?

-Sí, pues; el viejo Salces. Ahora mismo lo acabamos de degollar.

Don Cándido cerró los ojos.

-Estaba en la cama -continuó Cuitiño-, pero de ahí no más lo sacamos, y lo degollamos en la calle. El otro día pasé el parte, también, cuando degollamos al tucumano La Madrid. El jueves pasado, degollamos a Zañudo, y siete más, y tampoco han publicado esos partes. Por lo que hace a mí, tiene razón mi primo... ¿Cómo se llama?

-Cándido-contestó Daniel, viendo que el dueño de ese nombre no parecía estar dueño de su vida.

-Pues decía que tiene razón mi primo Cándido; y que ahora cuando empiece la cosa en grande, no voy a dar cuenta a nadie.

-¡Y qué! ¿Recién está por empezar? -preguntó Don Cándido con una voz que parecía salida, no de un pecho, sino de un sepulcro.

-Sí, pues. Ahora va a empezar lo bueno. Ya tenemos la orden.

-¿Directamente la ha recibido, comandante?

-Sí, señor Don Daniel. Yo ya no me entiendo sino con el Restaurador. No quiero saber nada con Doña María Josefa.

-¡Mire que lo ha molido!

-Ahora se ha agarrado con Gaetán, y Badía y Troncoso; y siempre dale con Barracas; y siempre con aquel salvaje que se escapó, como si ya no estuviera con Lavalle.

-¡Conque hasta a mí me aborrece esa señora!

-No, de usted no me ha hablado nada. Es a su prima a la que no quiere.

-Yo le he de contar algún día por qué, comandante.

-Hoy estaba encerrada con Troncoso, y una negrita de por ahí por la quinta.

-¡Mientras usted, comandante, se ocupa de los verdaderos servicios a la Federación, vea de lo que se ocupa Doña María Josefa!

-¡Pues! Haciendo espiar mujeres.

-Por supuesto. La negrita ha de ser espía. ¿Qué quiere tomar, comandante?

-Nada, Don Daniel, acabo de almorzar.

-¿Y no ha oído nada?

-¿De qué?

-¿Todavía no ha recibido cierta orden?

-No sé, pues.

-Por el Retiro.

-¿Por el Retiro?

-Sí, pues, la casa grande.

-¿La del cónsul?

-Sí.

-Ah, no. Orden, no, pero ya sabemos.

-¡Así! -y Daniel juntó todos los dedos de su mano derecha y los alzó a la altura de los ojos de Cuitiño; mientras que a Don Cándido se le erizaron los cabellos, y los ojos se le saltaban de las órbitas, creyendo ver en Daniel al mismo Judas.

-Ya sé -contesto Cuitiño.

-¿Pero no hay orden?

-No.

-Mejor, comandante.

-¿Cómo mejor?

-Sí, yo sé lo que le digo, y para eso lo he llamado. Su primo es de confianza, y está en todos estos secretos.

-¿Y qué hay, pues?

-Que no conviene todavía.

-¡Ah!

-Todavía hay pocos. Pero lo que empiece la buena, se ha de llenar la casa. Y allá para el 8 o el 9.... ¿me entiende?

-Sí, Don Daniel -contestó Cuitiño radiante de una feroz alegría al comprender a Daniel.

-¡Pues! Juntitos.

Don Cándido creía que estaba loco, pues no podía creer lo que estaba oyendo.

-¡Cabal! -contestó Cuitiño-, eso sería lo mejor. Pero falta la orden, Don Daniel.

-¡Ah, sí, sin la orden, Dios nos libre! Pero yo ando en eso.

-Y Santa Coloma.

-Ya sé.

-Le tiene muchas ganas al gringo.

-Ya sé, comandante.

-Tuvo no sé qué pelotera con él.

-Sí, pues. De manera que si yo consigo la orden, ¿ya sabe?

-Con toda mi partida, Don Daniel.

-Y si Santa Coloma la consigue, ¿usted me lo avisa?

-¿Cómo no?

-Porque hay esto. Es necesario que yo vaya, para evitar que, en medio del entusiasmo federal, vayan a tocar los papeles del consulado.

-¡Ah!

-Porque entonces sí, el Restaurador se enojaría por los compromisos que eso traería al país, ¿entiende?

-Sí, Don Daniel.

-Pero aunque Santa Coloma reciba la orden, yo soy de opinión que esperemos a que hayan más; allá para el 8 o el 9.

-Cabal, que es mejor.

-¡Qué golpe, comandante!

-Todos lo estamos deseando.

-¿De manera que todos lo saben?

-Todos; pero mientras no haya orden, no nos atrevemos a nada.

-Hacen bien, eso es ser federal.

-¿Pero sabe lo que hemos pensado?

-Diga, comandante.

-Vamos a poner emboscadas por el rededor de la casa desde esta noche.

-Bien pensado; pero tengan cuidado de una cosa.

-¿Qué?

-No vayan a parar ningún coche. Paren no más a los que vayan a pie.

-¿Y por qué no a los coches?

-Porque pueden ser los del cónsul, y a éstos no se pueden tocar.

-¿Y por qué?

-Porque son de él, y todo lo del cónsul está bajo la protección del Restaurador.

-¡Ah!

-De manera que tocar al coche, es como tocar al cónsul.

-Yo no sabía.

-¿Ve? Si siempre es bueno conversar. ¡Vea el disgusto que tendría el Restaurador, si hiciéramos una barbaridad que lo comprometiese en nuevas guerras!

-Ahora mismo voy a avisárselo a los compañeros.

-Sí, no pierda tiempo; estas cosas son muy delicadas.

-Por supuesto.

-Así es que nada sin orden.

-Dios nos libre, señor Don Daniel.

-Y en cuanto haya la orden, hacemos por esperar a que se junten más.

-Eso es.

-Entonces, quedamos entendidos, comandante.

-Bueno, Don Daniel. Y yo me voy, no sea que vayan a atajar algún coche.

-Sí, véalos a todos.

-Conque, Cándido, si en algo puedo servirte, ya sabes que soy tu primo.

-Gracias, mi querido y estimado primo -contestó Don Cándido, más muerto que vivo, levantándose y tomando la mano que le estiraba Cuitiño.

-¿Dónde vives?

-Hombre, yo vivo... yo vivo aquí.

-Bueno, te he de venir a ver.

-Gracias, gracias.

-Adiós, pues.

Y Cuitiño salió con Daniel, quien al despedirlo en la sala metió la mano al bolsillo, y le dijo:

-Comandante, esto es para usted, son cinco mil pesos, que me ha mandado mi padre, con orden de repartirlos entre los federales pobres, y yo le pido a usted que lo haga por mí.

-Vengan, Don Daniel. ¿Y cuándo viene el señor Don Antonio?

-Lo espero de un momento a otro.

-Mándeme avisar en cuanto llegue.

-Así lo haré, comandante; vaya con Dios y sirva a la causa.

Y Daniel volvió a su escritorio, tomó papel y se puso a escribir, sin reparar en Don Cándido, que lo miraba de hito en hito, con unos ojos en que el enojo hacía cierta mezcolanza con la estupefacción, y trazó estas líneas:

Eduardo, sé positivamente que todo lo que corre sobre asalto a la casa de Slade no son sino palabras, pues no hay orden ninguna a este respecto. Pero es necesario que el cónsul haga avisar a los que han solicitado asilo que por ningún motivo vayan a pie, porque la casa va a estar vigilada; pero que pueden ir en coche, sin inconveniente alguno; siendo mucho mejor que vayan en el mismo coche del señor Slade. Adiós.

-Ahora, mi querido maestro, en vez de una carta, son dos -y Daniel alzó su mano para darte el billete.

Pero aquél le contestó:

-No, ¿o acaso quieres envolverme en tu negra traición?

-¡Adiós mi plata! ¿Ha perdido usted el juicio, mi respetable primo de Cuitiño?

-Primo del gran demonio deberá ser ese facineroso.

-¿Pero usted se lo ha dicho?

-¡Qué sé yo lo que digo; si yo creo que estoy loco, en ese laberinto en que me encuentro, rodeado del crimen, de la traición, de la falsía! ¿Quién eres, di? Define tu posición. ¿Cómo hablas en mi presencia de atacar la casa donde voy a asilarme, donde está ese joven a quien llamas tu amigo, donde...?

-¡Por amor de Dios, señor Don Cándido, que todo tenga que explicárselo a usted!

-¿Pero qué explicación cabe en lo que yo mismo he oído?

-Esto -dijo Daniel abriendo el último billete, que no había lacrado, y dándoselo a Don Cándido, cuya cara y cuyos ojos asustaban realmente.

-¡Ah! -exclamó después de leerlo dos veces.

-Esto, señor Don Cándido, es trabajar sobre el trabajo ajeno, es envolver a los hombres en sus propias redes, es hacerlos perder dentro sus propios planes, es hacerse servir de sus propios enemigos, es, en fin, la ciencia toda de Richelieu, aplicada a pequeñísimas cosas, porque no hay Rochelas ni Inglaterras entre nosotros, que si las hubiera, también la aplicaría. Ahora, vaya usted y repose tranquilo en el territorio norteamericano.

-Ven a mis brazos, joven admirable, que me has hecho pasar el más cruel momento de mi vida.

-Venga el abrazo, y váyase usted en mi coche, ilustre primo de Cuitiño.

-No me insultes, Daniel.

-Bueno, hasta mañana; no, hasta pasado mañana. El coche está en la puerta.

-Adiós, Daniel.

Y el pobre Don Cándido volvió a abrazar a su discípulo, que media hora después trataba de dormir, mientras Don Cándido se paseaba, con la cabeza erguida, en el territorio de los Estados Unidos, como él decía, en tanto que Eduardo leía las cartas de su amigo.