Amalia: 75

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Amalia: El reloj del alma
Quinta parte, Capítulo 17 de José Mármol



El lector tendrá a bien recordar ahora aquel lindísimo día, 5 de octubre, en que dejamos a Amalia arrodillada, conversando con Dios, después de haberla visto entre sus riquísimos trajes, tratando de elegir el que debía ponerse esa noche, en que iba a dar su mano al bien amado de su corazón. Y es en la noche de ese día que volvemos a Barracas, después de tener conocimiento de los sucesos descritos en los capítulos anteriores.

Pero antes, nos fijaremos en un coche que para a la puerta de una casa de pobre apariencia en la calle de Corrientes, y de donde sale, al momento, un sacerdote anciano que sube al carruaje y saluda a dos individuos que parecían esperarlo en él. Los caballos partieron en el acto, doblaron por la calle de Suipacha, con dirección al sur, y al cortar la calle de la Federación, el cochero tuvo que sofrenarlos para no atropellar a tres jinetes que venían de la parte del campo, sus caballos sin herrar, y con la apariencia de haber galopado buenas leguas. Uno de los caballeros parecía de alguna edad, y ser el jefe o el patrón de los otros, por la distancia respetuosa que guardaban de él, y por el lujo gaucho de su caballo.

Acababan de dar las ocho.

La calle Larga de Barracas era un desierto.

La mirada se sumergía en ella, y no hallaba un ser viviente, ni una luz, ni un indicio de vida; ni se percibía otro ruido que el de la brisa entre las hojas de los árboles. Parecía uno de esos parajes que escogen los espíritus de otro mundo, para bajar al nuestro, envueltos en sus chales de sombra; y donde corren, se deslizan, se chocan, ríen, lloran, cantan, tocan en los cristales y se dilatan y se escurren, y sin forma ni color rozan la frente, revuelven los caballos, y con su soplo volcanizan la imaginación y se escapan: lugares rodeados de soledad y de misterio, en que el alma se sobrecoge y reconcentra, y un no sé qué de vago la oprime, imprimiéndose en el aire y en la sombra las mismas fantasías de la mente; espíritus que se ven; almas que corren, se alejan y se acercan; fantasmas que se levantan como la espiral del humo, y se rarifican en el vacío, como la bruma, como el aire mismo; luces que súbitas se inflaman y se apagan; risas, gemidos que el aire trae, y cuyo eco cree conocer el alma, y más se sobrecoge, y más la oprime algo que no es propiamente el miedo vulgar, sino una especie de sueño en la vigilia, con algo que se acerca más a la muerte que a la vida, más a la oscura eternidad con sus arcanos, que al presente con sus peligros reales: ilusión del alma, y no de los sentidos; percepciones de la imaginación, en ciertos parajes, en horas especiales, y en circunstancias dadas...

Pero en medio de aquella soledad, había una animación escondida; y entre esas tinieblas, un torrente de luz, oculto por los muros de la quinta de Amalia.

En el salón, los rayos de cincuenta luces se reflejaban en los espejos, en los bruñidos muebles, y en el cristal de los jarrones que rebosaban flores, y en cuyas labores, a los rayos de la luz y la sombra de las flores, se descubría el brillo azul del diamante, la luz enrojecida del rubí, los desmayos del zafiro, la esplendidez de la esmeralda, y las coqueterías del ópalo.

El gabinete y el tocador estaban iluminados del mismo modo; y sólo el dormitorio de aquella solitaria beldad no tenía más luz que la de una pequeña lámpara de bronce velada por un globo de alabastro; porque el amor huye del ruido y de la luz. Hijo de los misterios de Dios, vaciados en el molde del corazón humano, busca también el secreto y el misterio en la tierra. La tarde en el mar, y el rayo de la luna al través de las hojas de los árboles, son los modelos de silencio y de luz, que la adivinación del sentimiento, más que el arte, sabe imitar para esconder al amor, cuando es esperado por los que arden en su celeste llama; y la alcoba de Amalia lo esperaba como el crepúsculo en el mar tranquilo, como la luna entre el bosque, como el corazón en el misterioso seno de la mujer.

Pero como un contraste de la melancólica claridad del aposento, la belleza de Amalia, entre el torrente de luz de su tocador, resplandecía como la Vespertina entre el millón de estrellas de la noche.

Radiante de hermosura, de juventud y de salud, tipo perfecto del gusto y la elegancia, acababa sus últimos adornos, parada en medio de sus magníficos espejos.

Había algo en aquella mujer que remontaba la imaginación en el ala misteriosa de las edades, y la trasportaba a las creaturas de Israel. Y aquí un perfil de María, la hermana de Moisés; allí el ojo y la mirada de la tímida Ruth; allá el talle y las formas de la gentil Rahab; el cuello y la piel trasparente de Abigail; las cejas como el arco del amor, y los cabellos como el manto de la noche, que daban sombra al rostro y a la espalda de Bethsabé; la gentileza y el lujo de la reina de Saba; y la noble frente de la esposa de Abraham. Y en medio a este conjunto de bellezas, trasparente en el rostro la lágrima del alma, como Sara, la bellísima esposa de Tobías.

Luisa la contemplaba como enajenada.

Vestía un traje de gro color lila claro, con dos anchos y blanquísimos encajes, recogidos por ramos de pequeñas rosas blancas, con tal arte trabajadas que rivalizaban con las más frescas y lozanas de la Naturaleza. Su cuello no tenía más adorno que un hilo de perlas que se perdía entre los encajes del seno mal velado, y suspendía un medallón con el retrato de su madre. Sus cabellos rodeaban, en una doble trenza, la parte posterior de su cabeza; y de allí, hasta cerca de las sienes, se abrían en rizos que besaban los hombros; y unas bandas de encaje de Inglaterra caían hacia la espalda sostenidas por la rosa blanca que ella misma había elegido esa mañana. Un chal del mismo encaje que las bandas caía como una tenue neblina sobre sus hombros, rebelde a su objeto, descubriendo el seno y la espalda que quería ocultar. Y la única alhaja que, a ruegos de Luisa, se había decidido a ponerse, era, en su brazo derecho, un brazalete de perlas con un broche de zafiros.

No era tal o cual cosa, era el todo; era ella misma la que absorbía la mirada, la que abstraía el alma y la fascinaba.

Sus ojos, sin rivales en el mundo, estaban más animados que de costumbre; y sus labios, como la flor del granado, tenían el brillo del rubí, mientras que el tenue colorido de las rosas de mayo había desterrado la palidez habitual de su semblante. ¿Era todo esto el efecto natural de esa fiebre insensible que agita la sangre en las situaciones definitivas de la vida humana; o era solamente la animación que obran en la mujer la luz y los espejos de un tocador, el resplandor de su belleza misma, y las imágenes caprichosas de la mente? ¡Quién sabe! ¡La fisiología del corazón de una mujer es toda arcanos, donde la mirada de la razón se pierde!... Un reloj dio las ocho de la noche: y desde el primer martillazo se habrían podido contar los siguientes, en los latidos del corazón de Amalia, a través de los encajes que cubrían su seno, y, súbitamente, el granado de sus labios, y la rosa de mayo de su rostro, tomaron los colores de la perla y el jazmín.

-¡Se vuelve usted a poner pálida, señora, y tan luego ahora que acaban de dar las ocho!

-Es por eso precisamente -contestó Amalia, pasándose la mano por la frente, y sentándose.

-¿Porque son las ocho?

-Sí. No sé qué es esto: desde las seis de la tarde, cada vez que siento dar horas, sufro horriblemente.

-Sí, tres veces lo he notado. Eso es, desde las seis, ¿y sabe usted lo que voy a hacer?

-¿Qué, Luisa?

-Voy a hacer parar el reloj, para que cuando den las nueve no se vuelva usted a enfermar.

-No, Luisa, no. A las nueve ya estarán aquí, y todo estará concluido. Ya se ha pasado, no es nada -repuso Amalia levantándose y volviendo a sus colores anteriores.

-Es verdad, es verdad, ya vuelve usted a estar tan linda como antes; tan linda como nunca la he visto a usted, señora.

-Calla; anda y llama a Pedro.

Y entretanto, Amalia desprendió de su seno el medallón con el retrato de su madre, y lo llenó de besos. Y apenas acababa de prenderlo de nuevo sobre el seno de su vestido, cuando volvió Luisa con Pedro, tan bien afeitado y peinado, con una levita abotonada hasta el cuello, y con aire tan marcial, que pareció tener veinte años menos, en aquel día en que iba a casarse la hija de su coronel.

-Pedro, mi buen amigo -le dijo Amalia-, nada va a cambiarse en esta casa. Yo quiero ser siempre para usted lo que he sido hasta hoy; quiero que me cuide usted siempre como a una hija; y la primera prueba de cariño que quiero recibir de usted en mi nuevo estado, es la promesa de que nunca se separará usted de mí.

-Señora, yo... yo no puedo hablar, señora -dijo el viejo sacudiendo como con rabia su cabeza, o como si con ese movimiento quisiera castigar las lágrimas que le inundaban los ojos, y le entorpecían la palabra.

-Bien, me dirá usted un sí, solamente. Quiero que me acompañe usted a Montevideo la semana que viene, porque el que va a ser mi marido debe emigrar esta misma noche, y mi obligación es seguirlo en su destino; ¿vendrá usted, Pedro?

-Sí, pues, sí, señora, sí -contestó, dándose aires de que estaba muy entero y podía decir muchas palabras.

Amalia se acercó a una mesa, abrió una caja de ébano, llena de alhajas, tomó un anillo y se volvió al antiguo camarada de su padre.

-Este anillo -le dijo- es formado con cabellos míos, de cuando era niña. No tiene más valor que ése, y por eso se lo doy a usted para que lo conserve siempre; mi padre lo usaba en el ejército.

-¡Toma, éste es, lo conozco, vaya si lo conozco! -dijo el soldado inclinando la cabeza y besando el anillo que había estado en las manos de su coronel, como si fuese una reliquia santa.

Los ojos de Amalia y de Luisa se anublaron de lágrimas en ese momento, en presencia de aquella sensibilidad sin arte, sin esfuerzo, hija del corazón y los recuerdos.

-Otra cosa, Pedro -prosiguió Amalia.

-Diga usted, señora.

-Quiero que sea usted testigo de mi casamiento. No habrá nadie más que usted y Daniel.

El soldado, por toda contestación, se acercó a Amalia, tomóle la mano entre las suyas, convulsivas de emoción, e imprimió en ella un respetuoso beso.

-¿Se han ido ya los dos criados de la quinta?

-Desde la oración los despaché, como me lo previno usted.

-¿Entonces está usted solo?

-Solo.

-Bien. Mañana repartirá usted estos billetes entre los criados, sin decirles por qué -y Amalia tomó de sobre la mesa un puñado de papeles de banco, y se los dio.

-Señora -dijo Luisa-, me parece que siento ruido en el camino.

-¿Está todo cerrado, Pedro?

-Sí, señora. Pero esta puerta de fierro que da a la quinta, yo no sé cómo es eso... Van dos veces, ya se lo he dicho a usted, que la he encontrado abierta por las mañanas, cuando yo mismo la cierro y guardo la llave bajo mi almohada.

-Bien, no hablemos de eso esta noche.

-Señora -repitió Luisa-, siento ruido, y me parece que es un coche.

-Sí, yo también.

-Y ha parado -prosiguió Luisa.

-Es cierto. Ellos serán. Vaya usted, Pedro, pero no abra sin conocer.

-No hay cuidado, señora. Estoy solo, pero... no hay cuidado.

Y el veterano pasó del tocador al cuarto de Luisa, y atravesó el patio para ver quién llegaba a la casa de la hija de su coronel.