Amalia: 76

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Amalia: El velo de la novia
Quinta parte, Capítulo 18 de José Mármol



I[editar]

Amalia no se había equivocado, porque eran en efecto las personas que ella había esperado por tantas horas y con tanta angustia.

Desde su tocador sintió abrir la puerta de la sala, y al momento conoció los pasos de Daniel, que venía por el gabinete y su dormitorio.

-¡Ah, señora -dijo el joven parándose en la puerta del tocador, y mirando a Amalia-, yo esperaba tener el placer de encontrarme aquí con una linda mujer, y me sorprende la felicidad de hallarme con una diosa!

-¿De veras? -fue la respuesta de Amalia, con una sonrisa encantadora, acabando de calzarse un guante de cabritilla blanco, que parecía dibujado en su preciosa mano.

-Sí, muy cierto -repuso Daniel acercándose poco a poco a su prima, y contemplándola con ojos verdaderamente admirados-, y tan cierto que creo ser esta la primera vez que he mirado a una mujer, como miro a cierta otra, a quien...

-A quien yo escribiré tal novedad esta misma noche.

-Bien, y yo... yo... yo hago esto -y a medida que hablaba fuese acercando hasta que, tomando de súbito a su prima, le imprimió un beso en la frente, y saltando como un niño a cuatro pasos de ella, le dijo-: Ahora hablemos con seriedad.

-Sí, ya es tiempo, atrevido -le contestó Amalia con su sonrisa celestial.

-Eduardo está ahí.

-Y yo aquí.

-Y yo también: porque ya no me falta sino casarme por ustedes.

-No sería conmigo.

-Y harías bien. Está el cura, y es necesario que no esté ni diez minutos.

-¿Y por qué?

-Porque para estar él, es necesario que esté el coche a la puerta.

-¿Y bien?

-¿Y bien? Una partida puede pasar; el coche le llamará la atención; espiará; y...

-Ah, sí, sí... Comprendo todo... Vamos. Daniel.., pero... -y Amalia apoyó su mano en una mesa.

-¿Pero qué?

-No sé... Quisiera reírme de mí misma, y tampoco puedo... No sé lo que tiene mi corazón.., pero...

-Vamos, Amalia.

-Vamos, Daniel.

Y el joven tomó la mano de su prima, la enlazó de su brazo; pasaron por la alcoba y la antesala, y llegaron al salón donde estaban de pie, mirando un cuadro, el sacerdote y Eduardo.

Este último vestía todo de negro y guantes blancos. Sobre su semblante pálido resaltaban más sus cabellos negros como el ébano, y sus hermosos ojos, rodeados de una sombra aterciopelada, que daba a su varonil fisonomía un tinte de poesía y pesadumbre, que establecía un contraste de artista.

Por bien templada que fuese el alma de aquel hombre era imposible que donde hubiese corazón, hubiese indolencia para los grandes juegos a que se arrojaba su vida en esa noche. El matrimonio, que corta la vida del hombre, que separa el pasado del porvenir, que fija la suerte o la desgracia del resto de la existencia; la separación del objeto amado al libar la primera gota de la felicidad apetecida; y, por último, la emigración, con la muerte cerniéndose sobre la cabeza, a cada paso que se diera en los bordes de la patria, para decirla adiós, eran circunstancias capaces de dominar y oprimir al alma más acostumbrada a los golpes de fierro del destino, cuando todas ellas debían tener lugar en el pequeño círculo de pocas horas.

Él y su Amalia se dirigieron un millar de palabras en su primera mirada.

Y el sacerdote, que estaba instruido por Daniel de la necesidad de terminar brevemente aquella ceremonia, cuyos requisitos habían sido allanados de antemano por el joven, se preparó en el momento para el acto más serio, quizá, de su misión en la tierra; el que liga dos vidas y dos almas; el que santifica en el mundo una inspiración que sólo viene de Dios, y mezcla el nombre de Dios, y el respeto de Dios, a lo más santo y más sublime del corazón humano, a la hebra imperceptible de luz que liga al ángel caído con la esencia de la divinidad que lo hizo: al amor.

El sacerdote acabó una oración, hizo esa pregunta, en cuya respuesta se sella el destino que va más allá, más allá de la tumba, y que no hay labio humano que la pronuncie sin sentir el calor del corazón latiendo apresurado. ¡Y luego, en nombre del Trino indivisible y eterno, Eduardo y Amalia quedaron unidos para la tierra, y para el cielo, porque las almas que Dios junta en la tierra, por la inspiración purísima de su divino soplo, si aquí se separan un momento, allí se juntan en el seno inefable de la inmortalidad!

Un suspiro desahogó el oprimido pecho, y en la presión de sus manos, en el rayo profundo de sus miradas, y en la sonrisa ingenua de sus labios, Amalia y Eduardo nadaron en espacios de ventura, atravesaron siglos de felicidad, y por primera vez el cristal de sus ojos fue empañado por una lágrima de ventura; y sus rostros, un momento antes tan pálidos, se sonrosaron de improviso con los relámpagos de su propia dicha.

No bien se hubo concluido la ceremonia, y mientras Amalia daba un beso a Luisa, que lloraba, cuando Daniel se acercó a Pedro y le preguntó al oído:

-¿Su caballo de usted está en el pesebre?

-Está.

-Lo necesito por una hora.

-Bien.

Luego, tomando de la mano a Amalia y llevándola a un sofá de la antesala, mientras Eduardo daba las gracias al sacerdote, la dijo:

-El cura se va, y yo también.

-¿Tú?

-Sí, Madama Belgrano, yo; porque estoy destinado a no estar quieto en un solo lugar, porque llegue a estar quieto en Montevideo su marido de usted.

-Pero ¿qué hay? ¡Dios mío! ¿Qué hay? ¿No nos has dicho que estarías con nosotros hasta el momento de embarcarse?

-Sí, pero es por eso mismo que tengo que salir un momento. Óyeme: sabes que el punto de embarque es en la Boca, por lo mismo que nadie puede pensarlo; pero hemos quedado con Douglas en vernos de las nueve a las diez en una de las casillas de madera que hay en el puerto, por si acaso hubiese ocurrido alguna novedad que hiciera necesario mudar algo del plan; y como el inglés es más puntual que un inglés, estoy seguro que antes de un cuarto de hora está en la casilla, porque ya van a dar las nueve. Dentro de una hora estaré de vuelta; y, entretanto, Fermín, que hace de cochero, va a llevar al cura, y volverá a caballo con el mío de diestro para mi vuelta...

-¿Y para ir a la Boca? -preguntó Amalia, que estaba pendiente de los labios de Daniel.

-No, cuando vayamos con Eduardo iremos a pie.

-¿A pie?

-Sí, porque pasaremos por entre las quintas de Somellera y de Brown, y después iremos por el bañado, tan seguros como si estuviéramos en Londres.

-Sí, sí, me parece mejor -respondió Amalia-, pero irás con Fermín y con Pedro.

-No, iremos los dos, déjame hacer. Ahora es necesario separarnos, porque no estoy tranquilo hasta que salga el coche de la puerta de tu casa.

-¿Llevas armas?

-Sí; ven a despedirte del cura.

Los dos volvieron al salón, y un momento después Amalia y Eduardo acompañaban hasta la puerta del zaguán al ministro de la Iglesia, que se exponía por su ministerio a todos los inconvenientes que en esos tiempos tenían esas horas y esos lugares solitarios.

Y a la vez que los caballos del coche partían para la ciudad, y que Eduardo cerraba la puerta de la calle, salía Daniel por el portón, tarareando una de nuestras canciones de guitarra, o más bien de esos tristes, cuyo aire es, poco más o menos, el mismo para todas las letras; cubierto con su poncho, y a galope corto, como el mejor y más indolente gaucho.

II[editar]

Al volver al salón, y cuando las luces iluminaron de nuevo la figura de Amalia, Eduardo no pudo menos de pararse, con las dos manos de su esposa y amante entre las suyas, contemplándola embriagado de amor y encantamiento. Y luego la atrajo contra su seno, y, sin hablarla, sin poder hablar, la oprimió largo rato y bebió de su boca las sonrisas radiantes de felicidad que la inundaban, y de sus ojos los rayos del amor que se escapaban. Pero, de repente, un estremecimiento súbito, como el que produce el golpe eléctrico, agitó a la joven, que se desprendió de los brazos de Eduardo, y, con la cabeza inclinada al pecho, y lentamente, atravesó la sala, el gabinete, entró a su dormitorio, y se paró delante del crucifijo, interrogándole, u orando con el alma en los labios.

Eduardo la había seguido sin volver en sí de su sorpresa, o más bien, de su profunda perturbación, al notar el estremecimiento y la repentina palidez de su esposa.

-Pero ¡Dios mío!, ¿qué es esto? ¿Qué tienes, mi Amalia? -la preguntó al fin tomándola de la mano y sentándola en el pequeño sofá del dormitorio.

-¡Nada, nada, Eduardo, nada, ya pasó!... He sufrido tanto... supersticiones... los nervios; ¡qué sé yo! Pero ya pasó.

-No, no, Amalia; ha habido algo especial; algo que no sé, pero que quiero saber, porque sufro más que tú en este momento.

-No sufras, pues: ha sido la campana del reloj; he ahí todo.

-Pero...

-No me preguntes, no me hagas reflexiones; sé cuanto me dirías; pero no lo he podido remediar; y toda la tarde he sufrido iguales impresiones al oír las horas.

-¿Nada más?

-Te lo juro.

Eduardo respiró como si se aliviase su alma de un enorme peso.

-Mi Amalia -la dijo-, cuando te sentí estremecer, huir de mis brazos, y te vi venir a refugiarte en Dios, una idea horrible cruzó por mi cabeza, y he sufrido en un minuto un siglo de tormento. Pensé ver en todo aquello una sensación de disgusto, una protesta de tu alma contra el lazo que acababa de ligarnos para siempre.

-¡Eduardo! ¿Y lo has creído? ¡También esto, Dios mío!

-Perdón, mi Amalia, encanto angelicado de mi alma, perdón.., mi vida tan combatida, mi amor tan entrañable, la misma felicidad de este momento, precursora de la vida encantada que me espera a tu lado, todo conspiró e intrigó mi espíritu... perdón, perdón.

Y atrayéndola hacia su seno, levantando los rizos que vagaban desordenados sobre su frente, apagaba con sus besos las luces de sus ojos y contaba con sus labios los latidos de sus sienes.

Ella, entretanto, decía al bien amado de su alma:

-Es esta la primera vez de mi vida que yo he amado. Es esta mi primera pasión, mi primer himeneo, mi primer día, mi primera dicha.

-¡Amalia!

-Desgracias, el silencio y la orfandad de mi vida, todo lo olvido, Eduardo. Hoy comienza mi vida por ti, para ti, en ti. Y si algo temía, si algo me retraía, era el miedo, esa visión terrible que me persigue siempre, haciéndome ver que en mi destino hay el veneno del infortunio, que mata, o hace la desgracia de cuantos me aman; y si he cerrado mis ojos a mi estrella, es porque sólo con mi mano puedo comprar tu alejamiento de aquí. Sin ello, yo habría sacrificado esta felicidad que ahora me abruma, estos siglos de ventura que vivo en este momento, por no tener el temor siquiera de originarte un minuto de mal... ¡Mira si te amo!

-¡Oh! ¡Es mucha, es mucha felicidad para un solo corazón!...

¡Y la luz de la lámpara se amortiguaba; las hojas de la rosa blanca se desprendían y caían entre los rizos de la joven, y el chal de encajes, envuelto al acaso entre los brazos de ella y él, cubrió la frente de los dos... y era el velo de la novia... y era el cendal del amor y del misterio!...