Amar, servir y esperar (Versión para imprimir)

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Personas
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Amar, servir y esperar Félix Lope de Vega y Carpio


Amar, servir y esperar

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



FELICIANO, caballero
ANDRÉS, criado
DOROTEA, dama
JULIO, criado


UN PASTOR
UN VENTERO
DON SANCHO TELLO
CELIA, dama


DON DIEGO, caballero
FABIO, criado
EL CAPITÁN BERNARDO
ESPERANZA, esclava


RUFINA, moza de esclava
CUATRO SALTEADORES
MÚSICOS
FÉLIX




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Acto I [Escena 1]
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Amar, servir y esperar Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


Salen FELICIANO de camino,
y ANDRÉS , con dos escopetas,
tocan primero una caja como que es tempestad.
FELICIANO:

  ¡Válgame el cielo Andrés, válgame el cielo!

ANDRÉS:

El cielo pienso que se viene al suelo,
y hiciera mal, señor (si ser pudiera
que al suelo se viniera)
que no está el suelo ya para vivirle.

FELICIANO:

Erramos el camino.

ANDRÉS:

Más dicha fue, señor, que proseguirle.

FELICIANO:

¡Jesús, qué escuridad de torbellino!,
pienso que vienen dentro
todas las furias del escuro centro.
La máquina del cielo se desata
de sus ejes de plata,
sus orbes de relámpagos vestidos
están más temerosos que lucidos.
Parece que una y otra ardiente llama
por el cristal rompido arroja al suelo.
la tierra se estremece, el aire brama,
y en víboras de fuego escupe yelo;
si esto hace la tierra,
¿quién se fía del mar?


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ANDRÉS:

Cuando esta sierra
no fuera tan Morena,
hoy lo quedara como el nombre suena.
Pobres de los caballos,
apenas pude atallos,
mas no podrán moverse
que si llegan a verse
los animales en peligros tales,
¿no se apartan del hombre, aunque animales?

FELICIANO:

Dices verdad, y no me maravillo,
que huyendo de un halcón un pajarillo,
sobre la mano se me puso un día,
y pienso que chillando me decía,
hombre deste tirano me defiende.

ANDRÉS:

Ya parece que el cielo se suspende,
lástima es ver entapizado el suelo
de rotas verdes hojas
entre balas de yelo.

FELICIANO:

Ya por las nubes cárdenas y rojas
acecha el sol la tierra,
como que no se atreve
a mirar los despojos de la guerra,
y revueltas las ramas y la nieve
precipitarse arroyos turbulentos
entre dientes de bárbaros acentos.
Pero escucha, ¿qué es esto
que entre aquellas encinas
parece voz humana?


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ANDRÉS:

El eco al son funesto
responde, ¿qué imaginas?

FELICIANO:

Que no es sospecha vana.
(Dentro DOROTEA dama.)

DOROTEA:

Ay de mí, que aun la muerte,
que suele ser remedio en desdichados,
huye de mí.

FELICIANO:

En lo que dice advierte.

ANDRÉS:

Los aires más templados
traen la voz de una mujer que llora.

FELICIANO:

Aún no se ha puesto el sol, y ya el aurora
las yerbas humedece.

ANDRÉS:

No lejos destos árboles parece
que suenan sus estremos.

DOROTEA:

¡Ay Dios!

FELICIANO:

¿Andrés qué haremos?,
que llanto de mujer obliga al hombre,
no más de por el nombre,
que fue escritura, que a naturaleza
hicieron la piedad y la nobleza.


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ANDRÉS:

¿Si estamos encantados?

DOROTEA:

¿Para qué vivo yo, cielos airados?

FELICIANO:

Otra vez se lamenta.

ANDRÉS:

Aquí, señor, te asienta,
mientras que voy a ver de rama en rama
quien con tanto dolor la muerte llama.
(Vase.)

FELICIANO:

  Oye gemir la blanca tortolilla
el casto esposo en álamo frondoso,
y acudiendo al chillido, el vagaroso
viento con pico y plumas acuchilla.
Oye bramar la tímida novilla
el hosco toro, que se huyó celoso,
y arrojándose al río caudaloso
sacude el agua en la florida orilla.
¿Pues qué milagro que llorando asombre
una mujer, a quien las debe tanto,
pues para socorrerla, basta el nombre?
¿Qué fiera, qué león le causa espanto?
Todo lo puede el corazón del hombre,
mas no sufrir de una mujer el llanto.


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(Vuelve ANDRÉS)
ANDRÉS:

  ¡Caso estraño!

FELICIANO:

¿De qué suerte?

ANDRÉS:

Al nudoso tronco atada
de un roble, por mejor fruta
que las doradas manzanas
de la güerta de Medea,
llora una afligida estampa
de aquella Andrómeda triste,
que en el mar de Tiro estaba
dando lágrimas, que fueron
perlas en conchas de nácar.

FELICIANO:

A propósito del caso
pintas, Andrés, esa dama
con fábulas, pues lo son
decir, que en estas montañas
haya tales aventuras.

ANDRÉS:

No lejos, toda la cara
bañada en sangre, está un hombre,
que con piadosas palabras
atado también a un roble,
solicita consolarla;
y cerca dél en la tierra
yacen tres cuerpos sin alma,
los dos mancebos y el otro
tiñendo en sangre las canas
de su venerable aspecto.


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FELICIANO:

Bien se conoce la causa
de esa desdicha; esta es gente
que a Sevilla caminaba
y dio en manos de ladrones,
que por estos montes andan.
Bien sé que fuera prudencia,
acabar nuestra jornada
en paz, pero no valor;
este mancebo desata,
y dale tu espada, Andrés,
que los tres....

ANDRÉS:

No doy la espada,
de que me precio, a ninguno,
la escopeta sí, que es arma
que no ha menester valor.

FELICIANO:

Siempre tuve confianza
de tus manos; si es cuadrilla,
aunque pedazos nos hagan,
habemos de acometerlos,
y si unos de otros se apartan,
no dudes de que tendremos
buen suceso.

ANDRÉS:

Dios lo haga,
que a quien por justa piedad
emprende tan noble hazaña,
¿cómo es posible que falte?


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FELICIANO:

Mientras el hombre desatas
estaré, valiente Andrés,
con la escopeta de guarda.
(Retírase.)
(UN PASTOR y Cuatro Salteadores.)

[SALTEADOR] 1.º:

  Dale, quítale la vida.

PASTOR:

¿No basta que me quitéis
el ganado?

[SALTEADOR] 2.º:

¿Vos tenéis,
villano, lengua atrevida
  con el señor capitán?

PASTOR:

¿Pues no bastan seis carneros,
donde hay tantos ganaderos,
que en Sierra Morena están?
  No lo pague todo yo,
quitad a todos su parte.

[SALTEADOR] 3.º:

Vive Dios, que estoy por darte.

[SALTEADOR] 4.º:

No le matéis.

[SALTEADOR] 3.º:

¿Cómo no?

[SALTEADOR] 4.º:

  ¿No veis que es un ignorante?


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PASTOR:

¿En qué entiende la Hermandad,
que por esta soledad
sufre maldad semejante?
  ¿Seis carneros?

[SALTEADOR] 1.º:

¿Quién sabrá
desollarlos?

[SALTEADOR] 2.º:

¿Quién mejor
que el mismo dueño?

[SALTEADOR] 1.º:

A pastor.
(Entran FELICIANO , ANDRÉS y
JULIO con escopetas, y DOROTEA .)

FELICIANO:

Aquí la cuadrilla está,
  escondeos hasta ver
si son más.

DOROTEA:

Ayude el cielo
la piedad de vuestro celo.

[SALTEADOR] 1.º:

Pues si lo sabes hacer,
  ven donde quedan atados
desollarás los dos dellos,
y ayudarás a comellos
como quien toma los dados,
  que con eso los podremos
tomar con buena conciencia.


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PASTOR:

Vida, tengamos paciencia,
que en gran peligro nos vemos.
(Vanse.)

JULIO:

  Agora es tiempo, señor,
si habemos de acometer.

DOROTEA:

Caballero, aunque mujer,
sabed que tengo valor.
  Dadme una espada.

FELICIANO:

Teneos,
que no os habéis de empeñar
donde podáis mal lograr
la fe de nuestros deseos.
  Tras dellos habemos de ir,
esperad adonde estáis.

DOROTEA:

Con más pena me dejáis
que allá me diera el morir.
  Estos previniendo están
cena y fiesta, en que he de ser,
como ellos piensan, mujer
de su infame capitán.
  Si os vencen, yo soy perdida,
y así es partido, señor,
que no pierda yo mi honor
y que vos perdáis la vida,
  sino que muera con vos.


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FELICIANO:

No habéis de pasar de aquí.

ANDRÉS:

¿Cómo vencer, pesia mí
si en disparando los dos,
  queda con la hoja Andrés
como el mismo Rodamonte,
que los ladrones y el monte
ha de poner a tus pies?
(Vanse.)

DOROTEA:

  Ay soledades tristes,
si el alma de mis quejas lastimadas,
después que las oístes,
os hizo, siendo mudas, animadas
en tanto desconsuelo,
no vida para mí pedid al cielo
  si no la que merece
el caballero ilustre y generoso
que aquí me favorece;
árboles deste valle temeroso
su vida le pidamos,
lenguas haced las hojas de los ramos.
  Y tú manso arroyuelo,
que duermes por las márgenes amenas
deste pintado suelo,
en palabras convierte las arenas,
los cristales desata,
cohecha al cielo, pues le ofreces plata.


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DOROTEA:

  Oh sospechas inquietas
dejad el alma un átomo, un instante,
ya de las escopetas
respondiendo la pólvora tronante,
(Disparan dentro.)
dice que me consuele,
aunque en el humo mi esperanza vuele.
  Si dos solas han sido,
las nuestras son y buen efeto hicieron;
¿si se habrán remitido
a las espadas los que no murieron?,
¿ha puesto la fortuna
en tanta confusión mujer ninguna?
  De todo cuanto veo
muerto y perdido en la ocasión presente,
si vive quien deseo
me sabré consolar, que solo siente
mi alma en mal tan fiero
la vida deste ilustre caballero.


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(Sale FELICIANO y los demás.)
FELICIANO:

  Oh buen pastor, que has sido
la causa con tus tiros acertados
de que hayamos vencido.

PASTOR:

No cenarán a fe los convidados
de mis pobres carneros.

DOROTEA:

¡Cielos, qué vitoriosos vengo a veros!
  A vuestros pies rendida
la tierra besaré.

FELICIANO:

Ya mi señora
tenéis honor y vida,
asegurarla es lo que importa agora,
¿cuánto hay de aquí a la venta?,
por si la gente que ha quedado intenta
  seguirnos y vengarse.

PASTOR:

Habrá dos leguas, pero son pequeñas.

ANDRÉS:

Bien tienen que curarse,
sin los que piden confesión por señas,
que he dado cuchillada
como si fuera en un melón tajada.

FELICIANO:

  En mi caballo puede
ir esta dama y este mozo herido
irá en el tuyo.


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DOROTEA:

Excede
a mi desdicha tu piedad, ya pido
al cielo solamente
mi vida acabe y que la tuya aumente.

FELICIANO:

  Dale al pastor cien reales.

ANDRÉS:

Primero ha de sacarnos al camino.

PASTOR:

Muestran mercedes tales
que sois hombre de pro.

JULIO:

Del cielo vino
aqueste caballero.

FELICIANO:

Linda mujer, Andrés.

ANDRÉS:

Envido.

FELICIANO:

Quiero.
(Vanse y salen CELIA dama,
DON SANCHO caballero viejo.)

CELIA:

  Para grandes fortunas
dispone grandes ánimos el cielo.

SANCHO:

Ay Celia, son algunas
de tanto desconsuelo,
que ni el valor importa,
ni menos que la muerte el sentimiento
al corazón reporta.


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CELIA:

Señor, ¿para quien tiene entendimiento
cómo puede faltar el sufrimiento?,
siendo en todos los males la prudencia
remedio a quien jamás faltó paciencia.

SANCHO:

Cuando a mi hermano don Fernando espero
que viene de Madrid con Dorotea
de casar concertada
con aquel caballero,
que llegará tan presto con la flota,
sino es que igual en las desdichas sea,
entra en Sevilla el mísero cochero,
y con tan tristes nuevas alborota
mi alma y la justicia, ¿y te parece
que puede haber paciencia y sufrimiento?

CELIA:

No niego a la razón el sentimiento,
solo, señor, propongo la templanza
en males que no dejan esperanza.

SANCHO:

Qué confusión, aún no saber el modo,
¿cómo dar a sus cuerpos sepultura?

CELIA:

La justicia tendrá cuidado en todo.

SANCHO:

Partirme es fuerza en ocasión tan dura.

CELIA:

Pienso que si ejecutas la partida,
te ha de costar la vida.


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SANCHO:

Dicha es acompañar su triste suerte
con mi forzosa muerte,
pues no podrán mis ojos
sangrientos ver sus míseros despojos,
sin que el dolor, sirviéndome de espada
haga mayor efeto
que las balas de aquellos arcabuces.
¿Quién pudo, ay Dorotea desdichada,
adivinar discreto,
que te dieran los montes andaluces
sepultura en peñascos, luto en robles?

CELIA:

La obligación de caballeros nobles
perdiste entre el dolor y el sentimiento.

SANCHO:

Ni vida quiero ya, ni sufrimiento.
(Vanse y sale DOROTEA y JULIO .)

DOROTEA:

  ¿Qué dices?

JULIO:

Que estás agora
en mayor peligro.

DOROTEA:

¡Ay cielos!,
¿no es esta venta segura?,
¿no hay en ella forasteros
de Madrid y de Sevilla?


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JULIO:

Como los tristes sucesos
de Sierra Morena han sido
tales, que no admiten sueño.
Oí, señora, que hablaban
bien cerca de tu aposento
dos hombres, a quien hacía
pobre cama el duro suelo.
No salgamos, dijo el uno,
sin que salga el sol primero,
y para pasar la sierra
diez o doce nos juntemos,
que está llena de ladrones.
Notable descuido veo
dijo el otro, en la justicia
de los convecinos pueblos,
¿pero qué podrá si son
hombres de talle y de pecho,
valientes desesperados
todos con armas de fuego?
Este que esta dama trae,
aunque solo está durmiendo
por disimular el hurto,
en diferente aposento,
yo sé que es el capitán,
y que la lleva sospecho
a lo que suelen los tales;
sino es que vienen huyendo
para pasarse a otra parte.


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JULIO:

Pobres de los pasajeros
que llevaban los rocines.
Esto trataban y luego
partió la conversación
el sueño con el silencio.
Levanteme y como ves,
llamé a tu aposento quedo,
para que veas si tiene
nuestra desdicha remedio.
Que aunque aqueste te ha librado
no fue sacarte de aquellos
por tu bien, mas por quitar
el hurto al primero dueño.
Codicia de tu hermosura
a sus mismos compañeros
dio muerte, mira que estamos,
señora, en peligro estremo.


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DOROTEA:

Julio, cuando las desdichas
son tantas, los mismos pechos
que las padecen se animan
al remedio y al consejo.
Así suelen los pilotos
cuando ven el mar soberbio,
acudir por partes varias
a las jarcias y a los cielos.
Ellos nos darán favor,
saca los caballos luego
y paga al huésped, pues él
ha de pensar que son nuestros.
Que cuando este salteador
en forma de caballero
despierte, habemos de estar
tan seguros como lejos.
¿Quién pensara que aquel talle
y aquel término discreto
se inclinara a tal bajeza?
Y agora, Julio, confieso
que me llevó con los ojos
gran parte del pensamiento.
Oh ya fuese la desdicha
en que me he visto y me veo,
por donde entrase al amor
el justo agradecimiento,
que el favor en los peligros
hace mayores efetos.
Pero en sabiendo quien es,
solo me queda en el pecho
lástima, de que tal hombre,
y de tal entendimiento
se incline a cosas tan bajas.
¡Este es ladrón!, saca presto
los caballos, no despierte.


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JULIO:

¿Piensas tú que caballeros
no suelen andar por bandos
o por venganzas en esto?
Pues sabe que en Aragón,
si hay agravio de por medio
no se tiene por deshonra.

(Vase.)


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DOROTEA:

Camina, rogando quedo
al cielo, temple el rigor,
pues sabe que no merezco
por obedecer mis padres
tantos males como tengo.
Si como la antigüedad
creyó que era Dios el sueño,
pudiera yo persuadirme
a que con humildes ruegos
a sus aras prometiera
ámbar en lugar de incienso.
Cubre sueño perezoso
de aqueste bárbaro fiero
los ojos, que si me dijo
en el camino requiebros,
no eran de hombre enamorado,
que si fueran verdaderos,
de lo que ya deseaba
le despertara el desvelo.
Piedad airados cielos,
que soy mujer y sola y sin remedio.
Los caballos suenan ya,
oh quién pudiera ponerlos
defensa en las herraduras
contra las piedras del suelo.
La puerta abrieron, ya salen;
¡ay Dios qué golpe tan necio!,
ya están fuera los caballos,
también la del cielo temo.
Aurora detente un poco,
pues dicen que estás durmiendo
en los brazos de quien amas,
que con amor verdadero,
por más que le llame el sol
nadie se levanta presto.
Y tú no saques los tuyos
padre de Faetón soberbio,
así te abrace laurel
quien te despreció mancebo.
¡Piedad airados cielos,
que soy mujer y sola y sin remedio!


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(JULIO y el VENTERO .)
VENTERO:

Tanta liberalidad,
señor hidalgo, agradezco,
mirad no erréis el camino,
echad siempre al lado izquierdo.

JULIO:

Ya vengo bien informado.

VENTERO:

Pensé que ese caballero
con quien venistes anoche
era desta dama el dueño.

JULIO:

Junto a esa fuente le hallamos
y robado cuando menos
de unos soldados fingidos.

VENTERO:

No se atreven a prenderlos
estos lugares.

JULIO:

Señora,
vamos de aquí.

DOROTEA:

Tengo miedo
a lo que el huésped nos dice.


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JULIO:

No le tengáis, que el lucero
va dando muestras del día.
(Vanse.)

VENTERO:

Si todos fueran como estos,
¿qué tienda de mercader
como esta venta?, hola, Pedro,
hola, Rufinilla, a moza.
(Sale RUFINA .)

RUFINA:

Apenas por esos cerros
sale perezoso el día,
¿y ya quiere que saquemos
las caras de la almohada,
de los colchones los cuerpos?

VENTERO:

Acaba, maldita seas,
¿qué hace ese mozo?

RUFINA:

A los cueros
ha más de un hora que está
Pedro dándoles tormento.

VENTERO:

¿Qué es tormento?

RUFINA:

Jarros de agua.

VENTERO:

¿Y qué está haciendo Lorenzo?


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RUFINA:

Echa en adobo el rocín,
que le ha de hacer por lo menos
pasar plaza de ternera.

VENTERO:

Lo mismo en las damas vemos,
que cubren con el adobo
los años y los defetos.
(Entra ANDRÉS .)

ANDRÉS:

Buenos días, señor huésped.

VENTERO:

Dios le guarde caballero.

ANDRÉS:

De su pajar y su casa,
que vive Cristo que vengo
hecho de pulgas un jaspe.
¿Si pensaron que era queso
los ratones del pajar,
que me han comido el pescuezo?,
y ella doncelliventera
¿no me diera en su aposento
dos dedos de su colchón?

RUFINA:

Uñas arriba mancebo,
que le daré dos sopapos.

ANDRÉS:

Ten la mano de mortero
lámpara deste hospital.


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RUFINA:

Pues visión de galgo enfermo,
¿con Rufinilla se toma?

ANDRÉS:

Ea, no haya más requiebros,
toma morena un real.

RUFINA:

¿Y yo para qué le quiero?
(Entra FELICIANO .)

FELICIANO:

El cansancio me ha obligado
para vencer el desvelo,
Andrés, mira que es muy tarde,
huésped.

VENTERO:

Señor.

FELICIANO:

¿Qué debemos?,
llama Andrés esa señora.

ANDRÉS:

Habrala rendido el sueño,
después de tantos cuidados;
¡Ah, señora!, abrid, que es tiempo
de caminar.

VENTERO:

¿A quién llamas?

ANDRÉS:

A esta dama que traemos
con no pequeño cuidado.


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VENTERO:

¿Qué dama?

ANDRÉS:

Qué bueno es esto.
¡Ah, señora!

VENTERO:

Si es la dama
de anoche, con el mancebo,
que pienso que estaba herido,
madrugaron y se fueron.

FELICIANO:

¿Cómo que se fueron?

VENTERO:

Yo
solo sé que mi dinero
me dieron y con el alba
en los caballos partieron.

FELICIANO:

¿En mis caballos?

VENTERO:

¿Pues cómo?,
¿los caballos eran vuestros?

ANDRÉS:

¿Hay mayor ingratitud?

FELICIANO:

¿Con este agradecimiento
se paga haberla librado
de tantos ladrones fieros?
¿Tenéis huésped en qué pueda
alcanzarlos?, pierdo el seso.


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VENTERO:

Tenía un rocín y ayer
se me murió sin remedio
de haber llevado a Granada
diez arrobas de procesos.

ANDRÉS:

¿Todas de un pleito?

VENTERO:

¿Y es mucho?
¿No sabéis que en treinta pliegos
son los veinte peticiones?

ANDRÉS:

Que muera un rocín de pleitos,
¿qué harán los hombres?

FELICIANO:

¿Que hubiese
mujer de tan duro pecho,
que así pagase un servicio
digno de tan alto premio?
¿Hase contado en el mundo,
donde es la piedad estremo
tal ingratitud? Andrés,
huésped.

VENTERO:

Señor.

FELICIANO:

Id corriendo
y del primero lugar,
sin reparar en dinero,
me traed en que la siga.


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VENTERO:

Voy volando.

RUFINA:

Y yo riendo.

ANDRÉS:

¿De qué te ríes picaña?

RUFINA:

De la burla majadero.
(Vanse.)

FELICIANO:

Corrido estoy.

ANDRÉS:

Con razón.

FELICIANO:

Más mal que imaginas tengo.

ANDRÉS:

¿Cómo?

FELICIANO:

Que me lleva el alma,
que es el mayor sentimiento.

ANDRÉS:

A mí me lleva el rocín.

FELICIANO:

Vive el cielo que la tengo
de buscar en toda España.
¿Dejó la maleta?


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ANDRÉS:

Bueno,
si va asida en el cojín.

FELICIANO:

También se lleva el dinero.
Ven, que donde pierdo el alma,
mil escudos es lo menos.
(Vanse y sale DON DIEGO y FABIO .)

DIEGO:

  Debo mi dicha, amigo Fabio, al viento,
que tantas presunciones desatina.

FABIO:

Cuando es de presunción, no es elemento
sino pasión que a vanidad inclina.

DIEGO:

Este es Sanlúcar, generoso asiento,
Fabio, de los Guzmanes de Medina,
cuya daga fue pluma de la hazaña,
que en inmortal papel escribe España.
  Gracias a Dios que ya mi dicha anima
con tan feliz y próspera derrota,
a México primero desde Lima,
y de la Habana a Cádiz con la flota.
El buen viaje con razón se estima
(y más desde provincia tan remota)
por buen auspicio de futuros bienes.

FABIO:

Ya de tu parte la fortuna tienes.


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DIEGO:

  Qué manso que jugaba con las olas
el riguroso Norte, que otras veces
estampa al cielo gavias y ventolas,
y mezcla las estrellas con los peces;
sin esto las riquezas españolas,
que tienen por la mar tantos jüeces,
ningún cosario han alentado al hurto
con darle sueño al agua el viento surto.
  A Sevilla escribí cómo he llegado,
donde me espera ya don Sancho Tello,
si bien de mis intentos engañado,
que así de la ocasión todo el cabello.
Quedó robando a Elena disculpado
el Teucro Paris por su rostro bello,
y yo lo quedaré, cuando posea
por engaño la hermosa Dorotea.

FABIO:

  Nunca he sabido bien, señor don Diego,
por dónde hallaste intento de casarte,
no siendo tú don Juan, y así te ruego
me le digas y en qué puedo ayudarte.


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DIEGO:

En tu lealtad estriba mi sosiego;
y así tendrás de mis fortunas parte.
Oye Fabio leal, escucha atento
la dulce causa de mi loco intento.
  Tiene don Sancho Tello, sevillano
generoso, en Madrid una sobrina,
que la naturaleza en velo humano
quiso esmaltar de perfección divina.
Tuvieron amistad él y su hermano
un tiempo con don Pedro de Medina,
que a las Indias después pasó mancebo
a la codicia del dorado cebo.
  Casose en Lima y deste casamiento
nació don Juan, que se crio conmigo,
siendo a los dos un mismo pensamiento
de nuestro bien o mal, común testigo.
Prosiguiendo también el mismo intento
los dos hermanos Tellos con su amigo
tratan por cartas, que marido sea
don Juan de la divina Dorotea.
  A cuyo casamiento concertado
nos embarcamos él y yo, que había
tanto amor en los dos, que lo tratado
en fe de acompañarle proseguía.
Enfermando el mancebo desdichado
 (como lo viste Fabio) un triste día
en estos brazos espiró, de suerte
que soy su vida y se llevó mi muerte.


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DIEGO:

  Cuando le vi con música discorde
del coro de pilotos destemplado,
envuelto en pobre lienzo desde el borde
de la nave arrojar al mar salado,
y vi de nuestro amor siempre concorde
el lazo de veinte años desatado,
al dar el cuerpo el golpe entre las olas
aun no le pude dar lágrimas solas.
  Mirando sus papeles y vestidos,
después de cuatro días de tormento,
leyendo con suspiros encendidos
las cartas de su triste casamiento,
hallé la perdición de mis sentidos
en un retrato, a cuyo rostro atento
le di, sin que pudiese remediarme,
la vida que don Juan quiso dejarme.
  Y pienso que a sus ojos ofrecida
no puede, oh Fabio, ser, que culpa sea,
que el dejarme al morir don Juan con vida
fue porque se la diese a Dorotea.
No fue la prenda de su amor perdida,
pues en la mía su hermosura emplea,
que siendo de sus bienes heredero,
serlo también de su belleza espero.


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DIEGO:

  Con nombre de don Juan voy a Sevilla
a ver el ángel que adoré pintado,
que cuando llegue a la florida orilla
del Betis, pienso yo que habrá llegado.
Si la imaginación te maravilla
del engaño que llevo fabricado,
poco sabes de amor, que en casos tales
es la mayor pasión de los mortales.
  Si Júpiter amante de Alcumena
en su marido ausente se transforma,
bien puedo yo con más hermosa pena
tomar agora de don Juan la forma,
demás de no ser yo Paris de Elena,
con la verdad de la amistad conforma,
que el padre de don Juan piense que es vivo,
quitándole dolor tan excesivo.
  El marido que doy a Dorotea,
¿qué le debe en nobleza y en persona?,
si no ha visto a don Juan, que yo lo sea
la buena dicha de los tres abona.
Fabio, desde hoy mi nombre don Juan sea,
que fuera de que amor yerros perdona,
cuando se sepa, que don Diego he sido,
de todos ha de ser agradecido.


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FABIO:

  Admirado me deja el pensamiento
con que vas a Sevilla, y el estraño
camino que has hallado al casamiento
de Dorotea con notable engaño.
Su hacienda, finalmente, no es tu intento,
que fuera efeto a tu valor estraño,
y siendo solo amor de su belleza,
queda calificada tu nobleza.
  De hoy más te llamaré don Juan.

DIEGO:

Secreto,
Fabio, y partamos en habiendo cartas.

FABIO:

Resta, que de las galas del sujeto
que imitas, con el cómplice repartas.

DIEGO:

Las que más te agradaren te prometo.

FABIO:

Amanezca en el cielo, cuando partas,
Venus con tal favor, que tuya sea.

DIEGO:

Di, Fabio, la divina Dorotea.

(Vanse


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y salen DON SANCHO ,
DOROTEA , CELIA y JULIO .)
SANCHO:

  No me canso de abrazarte
sobrina del alma mía,
que con tan justa alegría
la pena términos parte.
  Tengo de mi muerto hermano
tan vivo retrato en ti,
que fuera de verle en mí
no hubiera consuelo humano,
  que después de los enojos,
que era tan justo tener,
las lágrimas y el placer
juntos me bañan los ojos.

CELIA:

  Déjanos, señor, gozar
de Dorotea.

SANCHO:

Este día
es para mí, Celia mía,
nadie le puede igualar.
  Que cuanto mayor tormento,
donde sabéis padecí,
de vuestros brazos en mí
ha de ser más el contento.


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DOROTEA:

  Hablad a Julio, a quien debo,
después de tanto dolor,
el librarme de un traidor
que fuera tormento nuevo.
  Y aún mayor pudiera ser,
donde si el honor perdiera,
la mayor desdicha fuera
que me pudo suceder.

SANCHO:

  Julio, tú serás el dueño
desta casa.

JULIO:

Ya, señor,
para mi lealtad y amor
fuera servicio pequeño
  sacrificaros la vida.

CELIA:

¿Cómo de la herida estás?

JULIO:

Cuanto os ha pesado más,
tanto fue menor la herida.

SANCHO:

  Que descanséis será justo
del camino y del cuidado.


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DOROTEA:

Ya es descanso haber llegado
después de tanto disgusto.
  Nunca por camino incierto
halló peregrino el día,
ni vio con más alegría
roto marinero el puerto;
  ni pájaro en verde rama
tan dulce al alba cantó,
como en vuestro brazos yo.
¿De qué incendio, de qué llama
  salió libre el que dormía,
cuando se aumentaba el fuego,
como yo, que a veros llego,
dulce señor, prima mía?

SANCHO:

  Mucho en mi hermano perdí,
pero ya me ha dado el cielo
a la medida el consuelo,
y para dártele a ti,
  quiero que sepas que está
en Cádiz don Juan tu esposo,
que en tiempo tan riguroso
tu padre y amparo es ya.
  Hoy me ha escrito, aunque pensando,
que con tu padre eras muerta,
lloré mi desdicha cierta,
la respuesta dilatando;
  que ya será de alegría,
para que de Cádiz parta
luego que llegue esa carta,
que a tardarte solo un día,
  pudiera ser que perdieras
remedio en esta ocasión.


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DOROTEA:

Tantos mis cuidados son,
señor, que si no estuvieras
  por tu palabra empeñado
y por tus firmas también,
hoy me estuviera más bien
tomar diferente estado.

SANCHO:

  Fuera desdicha cruel,
que de las Indias aquí
no es bien que venga por ti,
para que te burles dél.
  Míralo bien, Dorotea.

CELIA:

No te espantes, que el dolor
le quite el gusto.

DOROTEA:

Señor,
lo que tú quisieres sea.
(Sale ESPERANZA esclava.)

ESPERANZA:

  Un forastero galán
está llamando a la puerta,
que dice que es de Madrid.

DOROTEA:

¿De Madrid?, pues no me vea.
Vamos, prima

SANCHO:

Dile que entre.


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CELIA:

¿Mas qué te ha dado sospecha
que es don Juan?

DOROTEA:

Dices verdad,
y que me he turbado, Celia.
(Vanse las dos y
salen FELICIANO y ANDRÉS .)

FELICIANO:

Para besaros las manos
no era menester que fuera
por negocio propio el veros.

SANCHO:

Califican la nobleza
los términos de la corte.

FELICIANO:

Salí más apriesa della
que pensé, llegué a Sevilla
y fui con alguna pena,
señor don Sancho, al correo,
hallé esta carta y en ella
lo que os ruego que escuchéis.

SANCHO:

Vos tenéis, señor, licencia
para leerla y mandarme
en lo que serviros pueda.


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(Lee.)
FELICIANO:

El día que salió don Félix del peligro de la herida que le disteis,
se vieron las informaciones de vuestro hábito en el Consejo de Órdenes,
con esta os envío la licencia, para que don Sancho Tello os le dé,

lo demás no importa aquí,
que es de mi casa y mi hacienda,
resta agora suplicaros
dos cosas: es la primera,
que tengáis a Feliciano
de Mendoza y de la Vega
por vuestro esclavo.

SANCHO:

Teneos,
que en justa correspondencia
os quiero pedir lo mismo.

FELICIANO:

Y la segunda, que sea
el darme el hábito en breve,
porque si allá se conciertan
amistades, será bien
que con este honor me vean.

SANCHO:

Será, señor Feliciano,
para la primera fiesta,
que aguardo que un caballero
Indiano a Sevilla venga,
porque con más regocijo
daros el hábito sea.
Seréis ese día padrino
de una cortesana bella,
que se ha de casar con él,
para que yo a vos os tenga
por ahijado y vos a él.


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FELICIANO:

¿Tanta merced?, ¿quién pudiera
sino un generoso Tello
tan liberalmente hacella?,
yo vendré a veros mañana.
(Vase.)

ANDRÉS:

Sin ser Mendoza, ni Vega,
de vuesa merced los pies,
y si no los pies, las suelas
al buen Andrés, que no viene
por hábito, aunque en su tierra
hábitos y escapularios
tienen sus deudos y deudas.

SANCHO:

Parecéis hombre de bien.

ANDRÉS:

Mejor fuera que lo fuera,
porque si yo no lo soy,
¿qué importa que lo parezca?
(Vase y sale DOROTEA .)

DOROTEA:

Con el cuidado, señor,
y presunción que pudiera
ser este don Juan mi esposo,
detrás de aquella antepuerta
le vi y escuché.

SANCHO:

Fue engaño
de tu sospecha.


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DOROTEA:

Y fue cierta
una cosa en que yo he sido
ingrata, engañada y necia.

SANCHO:

Cosa que este caballero
en tu seguimiento venga
y que de aquellas heridas
que dio en Madrid, causa seas.

DOROTEA:

Mayor ha sido tu engaño,
que por él quiero que sepas
que tengo vida y honor,
pues él en Sierra Morena
me libró de aquella gente
bárbara, cruel y fiera.
Pero diciéndome Julio
una noche en una venta,
que era el capitán de todos,
ingrata, como resuelta,
partí sin verle a Sevilla;
pero vista su nobleza
y que ha sido engaño, estoy
arrepentida y contenta.

SANCHO:

¿En fin él no es cosa tuya?

DOROTEA:

¿No ves tú que si lo fuera
no se hiciera la jornada?


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SANCHO:

¡Oh cuál era para Celia
un hombre de aquellas partes!,
pluguiera a Dios que se hicieran
los dos casamientos juntos.

DOROTEA:

Habla bajo, que si llega
a escucharte, podrá ser
que piense lo que no piensa.

SANCHO:

El caballero aficiona
con el talle y con la lengua;
¡cuál era para mí yerno!

DOROTEA:

¿Mas qué has de hacer que por fuerza
le quiera Celia?

SANCHO:

Si dura
nuestra amistad, la tercera
has de ser deste concierto,
que es oficio de discretas.

(Vase.)


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DOROTEA:

¿Hay suceso semejante?,
¿que este caballero era
Feliciano de Mendoza,
y que mi desdicha sea
tal que don Juan esté en Cádiz
a tiempo, que apenas pueda
agradecer lo que debo
a un hombre cuya nobleza
por darme vida se puso
a peligro de perderla?
¿Qué haré?, ¿qué será de mí,
si le quiere para Celia
don Sancho?, no sé quién dice
que amor los celos engendra,
si a los celos que me han dado
mi dormido amor despierta
del sueño en que le tenían
mi engaño y su breve ausencia.
Mas conténtese mi amor
solicitando que sepa
Feliciano mis desdichas,
cuando decírselas pueda,
porque no ser de don Juan
es imposible que sea,
y quererle es imposible,
aunque más méritos tenga,
porque no da el trato el gusto,
si la inclinación le niega.


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Acto II [Escena 1]
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Salen FELICIANO y ANDRÉS ,
FELICIANO con hábito.
FELICIANO:

  No será la maravilla,
la novedad será parte.

ANDRÉS:

Das ocasión a mirarte
con el lagarto a Sevilla.
  Y aunque es para el gasto empeño,
gran cosa en los pechos es.

FELICIANO:

Fuera del honor, Andrés,
hace más galán al dueño.

ANDRÉS:

  Forastero y señalado,
a todas lleva los ojos.

FELICIANO:

Aún me duran los enojos
de mi necio amor pasado.

ANDRÉS:

  Amar se pueden defetos,
si hay en el dueño virtud;
pero amar la ingratitud
nunca fue de hombres discretos.


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FELICIANO:

  Conozco que la serví
y la vida aventuré,
y que fue cuando se fue,
tan ingrata para mí.
  Pero con necia inquietud
tengo, y lo tengo a locura,
más presente la hermosura,
Andrés, que la ingratitud.
  Que Andrómeda vio Perseo
atada al peñasco duro,
dando al mar aljófar puro
y al joven dulce deseo.
  ¿Cómo a aquella dama vimos
descompuestos los cabellos,
dando de sus ojos bellos
aljófares a racimos?
  No amaneció para rosa
como ella en tanta desgracia,
que llorar con buena gracia,
hace a una mujer hermosa.
  ¡Qué lágrimas!, ¡qué dolor!,
pienso que en tal desconsuelo
no cayó perla en el suelo,
que no se volviese flor.


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ANDRÉS:

  Tienes razón, porque atada
en aquella dura encina
era una Venus divina
de Pablo Rubens pintada.
  Pero, señor, ¿es Sevilla
alguna pequeña aldea?,
¿no habrá en el Betis quien sea
ninfa de su verde orilla?
  Amor con amor se cura,
no con las cosas contrarias,
tantas hermosuras varias
tendrán alguna hermosura,
  que con suceso feliz
alcance mayor vitoria;
no es de bronce la memoria,
sino tabla con barniz,
  que se borra fácilmente,
y encima se sobreescribe.

FELICIANO:

La que en el alma se escribe
dura, Andrés, eternamente.

ANDRÉS:

  Pues a fe que sé yo quién
me ha preguntado por ti.

(Llaman.)


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Amar, servir y esperar Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FELICIANO:

¿Llaman?

ANDRÉS:

Parece que sí.

FELICIANO:

Sal fuera y míralo bien.

ANDRÉS:

  Voy.
(Vase.)

FELICIANO:

Ay necia pena mía,
¿por qué no queréis dejar
a mi descanso lugar,
ni de noche, ni de día?
  ¿De qué sirve este cuidado
por una ingrata mujer?,
lo que nunca habéis de ver,
¿de qué sirve imaginado?
  Determínome olvidar,
que apenas de lo que quiero
supe el nombre, ¿pues qué espero?,
sin ver no se puede amar.
  ¿De qué te vienes riendo?


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Amar, servir y esperar Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Sale ANDRÉS .)
ANDRÉS:

Ea, ya tenemos dama,
y debe de ser de fama,
a lo que voy presumiendo.
  Una esclava mulatilla,
de semblante socarrón,
que ya sabes, que estos son
los lunares de Sevilla;
  sin envidiar el marfil,
la tez de ébano lustrosa,
más limpia y más olorosa
que flor de almendro en abril.
  Y más áspera que un rallo
al peligro inobediente,
con sombrerito en la frente
como antojo de caballo,
  y su chinela briosa
que cubre el pie de nogal,
por dar higas al cristal
de alguna vaya enfadosa,
  mostrando por los hocicos
unas blancas peladillas,
que pueden hacer cosquillas
a algunos manceborricos;
  dice que te quiere hablar.


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Amar, servir y esperar Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FELICIANO:

Pues déjala entrar, Andrés.

ANDRÉS:

Entra Pascuala o Inés.
(Entra ESPERANZA .)

ESPERANZA:

Mucho os debéis de guardar
  de enemigos de Madrid.

FELICIANO:

No guardo, que no los tengo.

ESPERANZA:

Sabed que a mataros vengo,
que soy en Sevilla el Cid.

FELICIANO:

  Creo de esa valentía
cuanto decís, si miráis,
mas si con gracias matáis,
dichosa muerte sería.

ESPERANZA:

  Aquí traigo una pistola,
con que os tengo de matar.

FELICIANO:

Al papel se puede dar
esa preeminencia sola,
  que una sentencia de muerte
cabe en cualquiera papel,
veré lo que dice en él.

(Ábrele.)


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ANDRÉS:

Ámbar de los pechos vierte
  vuesa merced, reina mía,
cuando yo pensé gragea.

ESPERANZA:

¿Oye?, quedito, y no sea
enfado la cortesía.
(Lee.)

FELICIANO:

Una mujer desea hablaros, señor Feliciano de Mendoza,
no puede en su casa, y va esta tarde en un barco a
San Juan de Alfarache, podéis ir en otro y acercaros
a quién os hiciere señas con unos listones verdes.

Yo he leído, resta agora
que seáis más franca vos
del nombre.

ESPERANZA:

Bueno por Dios,
matarame mi señora,
  demás que la habéis de ver
tan presto, como esta tarde,
y con esto Dios os guarde,
que tengo mucho que hacer.

FELICIANO:

  Llevaos aquestos doblones,
que es fruta nueva.

ESPERANZA:

No, no.


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ANDRÉS:

No no y el oro agarró
como puño de tostones.
  No es manca su señoría,
ni baldada del tomar,
yo la pienso enamorar,
porque estas dan en un día
  cuanto quitan en un año.

FELICIANO:

Tres letras vienen aquí
por firma.

ANDRÉS:

¿Tres letras?

FELICIANO:

Sí.

ANDRÉS:

Ellas serán desengaño.

FELICIANO:

  Dos dees son y una be,
la primera dirá el don,
¿la otra?

ANDRÉS:

Don Golondrón,
eso bien claro se ve.

FELICIANO:

  ¡Qué gracioso majadero!,
¿y la B?


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ANDRÉS:

La be, dirá
Bernabé, con que estará
claro todo el nombre entero.

FELICIANO:

  ¿El don a la postre?

ANDRÉS:

Sí,
que los más dones que ves
vienen agora después.

FELICIANO:

Necio estás.

ANDRÉS:

Siempre lo fui.

FELICIANO:

  Válgame Dios, ¿qué diría
con dos dees y una B?

ANDRÉS:

Agora sí que lo sé,
dátiles de Berbería.

FELICIANO:

  Qué bien el ingenio muestras.

ANDRÉS:

Dos por dicha te querrán.

FELICIANO:

¿Cómo?


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Amar, servir y esperar Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ANDRÉS:

Dos dees dirán,
y una B, dos dueñas vuestras.
  Pero por vida del Cid
que agora lo entiendo bien,
las dees y be también
dando dinero venid.

FELICIANO:

  Venid se escribe con V,
necio, y esta letra es B.
Flétame un barco.

ANDRÉS:

Eso haré,
porque allá lo sepas tú.

FELICIANO:

  Salga mi amor poco a poco,
busquemos cosas posibles.

ANDRÉS:

Quien anda por imposibles
no está lejos de ser loco.
(Asome un barco enramado
por la puerta del vestuario
y en él sentadas DOROTEA ,
CELIA y ESPERANZA .)

CELIA:

  ¡Qué dormido pasa el río
en su cama de cristal!

DOROTEA:

Es templanza desigual
para tanto fuego mío.


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CELIA:

  Prosigue tu relación,
que estos árboles cortados
tienen los ojos cerrados,
si las hojas ojos son.

DOROTEA:

  Para descansos de amor
dulce instrumento es la lengua,
que siendo honesta, no es mengua,
Celia mía, del honor.
  Dije a don Sancho el suceso,
reservando para ti
el amor que ha sido en mí
más obligación que exceso.
  Quedará, Celia, ofendida
la razón y la piedad,
negando la voluntad
a quien le debo la vida.
  Verdad es, que el accidente
cesó presumiendo dél,
que era capitán cruel
de aquella bárbara gente.
  Pero después que le vi
con la insignia de Santiago,
cuanto le debo le pago,
si bien imposible en mí.
  Que como sabes estoy
casada con un don Juan,
que imaginado me dan.
Finalmente suya soy.
  Porque no puede ser menos,
como quien se ha de morir.


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CELIA:

¿Pues qué le quieres decir?

DOROTEA:

Paso, que los barcos llenos
  de gente se acercan ya.

CELIA:

Dígolo, porque ignorante
de suceso semejante,
como mi padre lo está;
  también yo me aficioné
de Feliciano y pensaba
quererle, que lo intentaba,
de lo que te digo en fe.
  Pero ya por más que digas,
déjame mi pensamiento.

DOROTEA:

En declararme tu intento
discretamente me obligas.
  Celia yo te doy licencia
que le quieras, aunque tengo
envidia, pero prevengo
para mis celos paciencia.
  Antes me darás la vida,
porque así le podré ver.

CELIA:

¿Cómo le puedo querer
mientras tu amor no le olvida?


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DOROTEA:

  Lisonja, Celia, me has hecho
en quererle, pues mi culpa
halla en tu amor la disculpa
de cuanto me abrasa el pecho.
  Quiérele Celia (¡ay de mí!)
que soy tan mujer de bien,
que no he de ofender a quien
aún en mi vida le vi.
(Dentro música, guitarra, sonajas y bulla.)
(Cantan.)

LOS PRIMEROS:

  Vienen de Sanlúcar
rompiendo el agua
a la torre del oro
barcos de plata.
(En otra parte del vestuario otro coro.)
(Cantan.)

LOS SEGUNDOS:

Galericas de España
sonad los remos,
que os espera en Sanlúcar
Guzmán el bueno.

LOS PRIMEROS:

Barcos enramados
van a Triana,
el primero de todos
me lleva el alma.


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LOS SEGUNDOS:

A San Juan de Alfarache
va la morena
a trocar con la flota
plata por perlas.
(Asome a la otra parte
del vestuario otro barco enramado
y en él FELICIANO y ANDRÉS sentados.)

ANDRÉS:

  Boga arráez, que después
darás la sirga a la vuelta.

FELICIANO:

Aquellas pienso que son.

ANDRÉS:

Hasta que las señas veas
no te acerques, que estos barcos
me han dado alguna sospecha.

DOROTEA:

Celia, aquel es Feliciano.

CELIA:

Apenas Leandro viera
la lumbre sobre la torre,
como tu amor centinela
en su pecho la Cruz roja.

DOROTEA:

Quiero, Celia, hacer las señas.
(Hace señas con listones verdes.)


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FELICIANO:

Ay, Andrés, ella es sin duda,
que ya la verde bandera
de paz tremola en la nieve
de la mano que la muestra.
¿Quién será aquesta mujer?,
¿será casada o doncella?,
¿será imposible o posible?,
¿será hermosa, será fea?

ANDRÉS:

Alguna mujer medrosa
de fantasmas, que desea
tener al pecho de noche
esa cruz cuando se acuesta.
Picó el barco en levantando
los listones, ya se acerca
a la orilla.
(Voces dentro.)

FELICIANO:

Oh infame arráez,
entre el agua y el arena
dio con la dama tapada,
voy, Andrés a socorrerla.

(Vase.)


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ANDRÉS:

Tente, ¿estás loco?, a las ligas
le da el agua, mas ya llega,
y la recibe en los brazos,
ya desmayada en las yerbas
parecen Céfalo y Pocres;
de ver el agua me tiembla
el corazón; o bien haya
quien por bodegas navega,
donde el peligro es dormir,
arrobándose con ellas.
Un astrólogo me dijo
(tal salud el Turco tenga
como yo se la deseo)
que del agua, o mala o buena,
me guardase, que tenía
notable peligro en ella;
por no estar la orilla enjuta
más adelante la lleva.
Cobarde he sido, no importa,
ya mi barco llega a tierra.
(Vase.)
(Saca FELICIANO en brazos a DOROTEA .)

FELICIANO:

  Pues que ya volvéis en vos,
aquí podréis, mi señora,
descansar y hablarme agora,
que estamos solos los dos.

DOROTEA:

Yo os debo, después de Dios,
la vida dos veces ya.


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FELICIANO:

¿Qué es esto que viendo está
mi turbada fantasía?,
¿si sois vos ingrata mía?,
¿mas quién sino vos será?
  Castigar la ingratitud
tan a mi costa ha de ser,
que yo vengo a padecer
más daño y más inquietud.
Pero si agora en virtud
de mi fe y amor ha sido
el haberos socorrido,
que ya imagináis entiendo
como me paguéis huyendo
tanto amor con tanto olvido.
  Válgame Dios, ¿si por dicha
sueñan mis ojos que os veo?,
que suele un loco deseo
engañar una desdicha.
Sin dejarme cosa dicha
de vos, ¿cómo os fuistes?, ¿cuándo?,
¿por qué parte o senda, estando
nuestro aposento tan junto?,
mas como a un ángel pregunto
¿por dónde se fue volando?
  De la suerte que he quedado,
mis desdichas os lo digan,
que a quien servicios no obligan
¿qué penas darán cuidado?
¿Mas cómo me habéis llamado?,
sin duda alguna queréis
pagar lo que me debéis,
o para mayor vitoria
volvéis a ver la memoria,
que el alma allá la tenéis.


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DOROTEA:

  En aquella pobre choza,
donde pensé con decoro
honesto, haceros Medoro
Feliciano de Mendoza,
que también el alma goza
en su mismo entendimiento,
como más alto instrumento
las perfecciones de amor,
un engañado temor
asaltó mi pensamiento.
  Que érades el capitán
de los ladrones oí,
creí, temí, mujer fui,
que esta disculpa nos dan.
Pero viéndoos tan galán
hablar con el dueño mío,
que lo es don Sancho mi tío,
el que ayer la cruz os dio,
mi voluntad pretendió
disculpar mi desvarío.


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DOROTEA:

  Bien pudiera yo en su casa
hablaros, pues sois su amigo;
pero no quise testigo
que entendiese lo que pasa;
amor voluntades casa
con gusto de las estrellas,
que no hay ventura sin ellas
para templar las desdichas;
pero no casa las dichas
que hay mucha desdicha en ellas
  a mostrarme agradecida
ha sido aquesta jornada,
por verme tan obligada
de haberme dado la vida;
del engaño arrepentida
os traigo aquesta cadena,
corta paga, pero ajena
de ingratitud, pobre soy,
que otra en la del alma os doy
demás eslabones llena.
  Seré vuestra siempre, haciendo
mil veces en la memoria
nuevas penas, de la gloria
que estoy mirando y perdiendo.
Y porque yo sola entiendo
la causa y la triste suerte,
que mi bien en mal convierte,
cuando viendo el bien estoy,
estas lágrimas os doy
por testigos de mi muerte.


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FELICIANO:

  Disculpa, agradecimiento,
vista y despedida juntas,
con respuestas sin preguntas
turbarán mi entendimiento.
En la disculpa consiento
y en que estéis agradecida,
no en que vengáis persuadida
de que pueda una cadena
ser galardón de mi pena
y remedio de mi vida.
  Guardalda, que aunque es favor,
se afrentará la que tengo,
si a tomarla en premio vengo
del vuestro y de mi valor.
La vista es prenda de amor,
pero verme y despedirme,
¿cómo podré persuadirme,
que es amor pudiendo ver,
pues sin ver, no puede haber,
ni fe cierta, ni amor firme?
  En las cosas de los cielos
se ve por contemplación,
y como tan ciertas son,
son muy justos los desvelos;
mas donde puede haber celos
y la fe no ser quien fue,
¿qué amor podrá sino ve,
dar materia a la esperanza?,
que donde cabe mudanza
no se ha de querer por fe.
  Dejad los ojos, que ya
el mando sin sol tenéis,
y decidme (si podéis)
¿cuál imposible será
el que de por medio está,
para que no os hable y vea?,
porque ¿quién habrá que crea,
que si vos queréis querer
ser mi mujer, pueda haber
imposible que lo sea?


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DOROTEA:

  Aunque no pensé tratar
de aquestas cosas con vos,
ya es forzoso, y que los dos
no nos podemos hablar,
yo me venía a casar
en Sevilla, Feliciano,
con un caballero indiano
que ya está en Cádiz, de suerte,
que viene a darme la muerte
y vengo a darle la mano.
  Esto por fuerza ha de ser,
aquí no hay más que sufrir.

FELICIANO:

Donde el remedio es morir
sufrimiento es menester.
¿Que ya sois de otro mujer?,
¿que fue mi desdicha tal?

DOROTEA:

La mía ha sido mortal,
que en fin tengo de perderos.

FELICIANO:

¿Que pude yo mereceros
y me sucedió tan mal?
  ¡Que antes de saber el nombre
que tenéis, os he perdido!,
estraña desdicha ha sido,
que pueda vivir me asombre,
piedra soy, que no soy hombre.


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DOROTEA:

¿Y queréis saberle?

FELICIANO:

Sí,
por saber a quién perdí.

DOROTEA:

Claro en la firma se ve
en dos dees y una B
del papel que os escribí.

FELICIANO:

  No pude acertarle bien.

DOROTEA:

Doña Dorotea Bernarda.

FELICIANO:

Ay Dorotea gallarda,
dulce Bernarda también.
Ya que habéis de ser de quien
merece lo que perdí,
solo un bien hacedme a mí,
que no más de hasta que venga,
licencia de hablaros tenga;
¿esto no es honesto?

DOROTEA:

Sí.
  Pero en viniendo mi esposo,
ni aun mirarme, Feliciano.


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FELICIANO:

¿Siendo tan honesto y llano?

DOROTEA:

No hay trato honesto amoroso.

FELICIANO:

Eso es crueldad.

DOROTEA:

Es forzoso.

FELICIANO:

¡Qué desdicha!

DOROTEA:

Yo la siento.

FELICIANO:

¿Qué ofende al honor?

DOROTEA:

El viento.

FELICIANO:

¿Pues qué es el honor?

DOROTEA:

Temor.

FELICIANO:

¿De qué?

DOROTEA:

De perder mi honor.

FELICIANO:

¿Por hablar?


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DOROTEA:

Solo un momento.

FELICIANO:

  Morireme.

DOROTEA:

Yo también.

FELICIANO:

¿Pues no habrá remedio?

DOROTEA:

No.

FELICIANO:

Yo le sé.

DOROTEA:

No quiero yo.

FELICIANO:

¿Eso es querer?

DOROTEA:

Y muy bien.

FELICIANO:

Mas es desdén.

DOROTEA:

No es desdén.

FELICIANO:

¿Vos no amáis?

DOROTEA:

A solo vos.

FELICIANO:

¿Qué haremos?


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DOROTEA:

Morir los dos.

FELICIANO:

¿Yo estoy loco?

DOROTEA:

Yo estoy ciega.

FELICIANO:

Del barco llaman.

DOROTEA:

Ya llega.

FELICIANO:

Voyme.

DOROTEA:

¡Ay cielo!

FELICIANO:

Adiós.

DOROTEA:

Adiós.
(Vanse y salen DON DIEGO y FABIO .)

DIEGO:

  Aún es mayor que la fama
la rica y noble Sevilla.

FABIO:

¡Qué apacible!, por su orilla
Betis la copia derrama
  de sus fecundas olivas.


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DIEGO:

¡Oh generosa ciudad!,
del Fénix la eternidad
siglos pacíficos vivas.

FELICIANO:

  ¡Qué hermosa!

DOROTEA:

¡Qué fuerte y llana!

FABIO:

Parece brazo la puente
de los barcos y que enfrente
tiene en la mano a Triana.

DIEGO:

  Siempre a sus reyes fiel,
tiene en sus cimientos graves
una corona de naves,
que le sirven de laurel,
  y es justo que se la des,
Betis que a sus plantas corres;
corone de sol sus torres
y tú de cristal sus pies.
  Ya, Fabio, mi pensamiento
llega a ser ejecución.

FABIO:

Con medroso corazón
escucho tu atrevimiento.

DIEGO:

  Yo sé que seguro llego
donde esperándome están.


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FABIO:

Finalmente eres don Juan
y dejas de ser don Diego.

DIEGO:

  Ten cuenta en no errar el nombre.

FABIO:

Está seguro de mí,
que no hay cosa que por ti
determinado me asombre.
  Todas las juzgo pequeñas
cuantas el temor me ofrece.

DIEGO:

Esta la casa parece
de don Sancho, por las señas.

FABIO:

  Las armas que nos dijeron
son las mismas.

DIEGO:

Y el blasón
de los Tellos de León,
que de su rey descendieron.
  Mas no perderán en mí,
que soy Guerra Montañés.

FABIO:

¿Si es este don Sancho?

DOROTEA:

Él es.


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(Entran DON SANCHO , JULIO y FÉLIX , criados.)
SANCHO:

Desde estas rejas os vi
  mirar esta puerta y creo,
que sois, sino me ha engañado,
caballero, mi cuidado,
quien espera mi deseo.

DIEGO:

  Ni a mí me ha engañado el mío
si sois don Sancho, señor.

JULIO:

¡Gentil persona!

FELICIANO:

El valor
muestra en el gallardo brío.

SANCHO:

  Conforma vuestra presencia
con quien sois, señor don Juan.

JULIO:

Si él es discreto es galán.

DIEGO:

No tuve, señor, paciencia
  para no venir a veros
luego que en Sevilla entré.

SANCHO:

Favor muy discreto fue
y que debo agradeceros.
  Que esta es vuestra casa ya.


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DIEGO:

Gracias al cielo que veo
el centro de mi deseo
que en vuestras manos está.

SANCHO:

  Escusé de preguntaros
como venís, porque siento,
que era vano cumplimiento
después de veros y hablaros.
  Mas no escuso preguntar
cómo vuestro padre queda
puesto que también se pueda
por la distancia escusar.

DIEGO:

  Señor bueno, aunque con pena
de mi partida, en efeto
soy hijo solo.

SANCHO:

Y sujeto
digno de amor.

DIEGO:

¿Está buena
  Dorotea mi señora?,
que ya supe que llegó
por vuestra carta.

SANCHO:

Aunque yo
soy parte y soy padre agora
  a falta del que ha perdido,
puedo decir que es mujer,
que vuestra lo puede ser,
con que queda encarecido.


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Amar, servir y esperar Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DIEGO:

  Añadid a ese favor,
si es posible, que la vea.

SANCHO:

Fue con Celia Dorotea
a una visita.

JULIO:

Señor,
  el coche ha llegado ya.

DIEGO:

Gran ventura para mí,
diga amor que vive y vi,
lo demás después será.

FÉLIX:

  No es muy necio.

JULIO:

Aún no ha llegado
la novia, allí lo veremos.
(DOROTEA , CELIA y ESPERANZA .)

DOROTEA:

No te espanten mis estremos,
si tales nuevas me han dado.

CELIA:

  ¿Qué sirve el entendimiento,
si no le ayuda el valor?

DIEGO:

Cuanto me sobra de amor
me falta de atrevimiento.

SANCHO:

  Ya vino el señor don Juan,
dame albricias.


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Amar, servir y esperar Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DOROTEA:

No las tengo
para nuevas.

SANCHO:

No prosigas,
que te turbes te agradezco.

DIEGO:

Llego, aunque indigno a besar
vuestras manos.

JULIO:

Ya tenemos
la primera necedad.

DOROTEA:

¿Cómo venís?

DIEGO:

Bueno vengo,
señora, a vuestro servicio
tan dichoso, tan contento,
que si fueran en la flota
barras de oro mis deseos,
quedara tan rica España,
que apenas tuvieran precio
las cosas, como se escribe
de Salomón en el tiempo.

JULIO:

Bravo tonto es nuestro novio.
¿Quién en el primer requiebro
trujo lugar de Escritura?

FÉLIX:

Lo que es bueno, siempre es bueno.


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Amar, servir y esperar Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DIEGO:

Dadme, Celia, vuestras manos.

CELIA:

Y los brazos daros quiero,
señor don Juan, que es muy justo.

DIEGO:

Con el silencio encarezco
tanto favor.

SANCHO:

Sentaos hijos.
(Siéntanse.)

ESPERANZA:

Diga, señor caballero,
¿viene de Lima también?

FABIO:

De Lima, señora, vengo,
que sirvo al señor don Juan.

ESPERANZA:

¿Traen muchas cosas?

FABIO:

Traemos
mucho cansancio del mar,
muchas ansias del deseo.

ESPERANZA:

No es eso lo que esperamos
los que estábamos sirviendo
a mi señora.


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Amar, servir y esperar Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FABIO:

Aunque digo,
que solo traemos esto,
no faltarán papagayos
de los Andes de aquel reino,
catalnicas, periquitos,
titíes blancos y negros,
camaleones y micos
de olor.

ESPERANZA:

Todo eso por cierto
pudiera trocar don Juan
a barras de plata y tejos
de oro, que son animales
que en España conocemos.
Por el siglo de mi abuela,
que una mañana degüello
todas esas sabandijas,
¿micos de olor?, al infierno.
¿Era nuestra casa jaula?,
¿soñó acaso vuestro dueño,
que era el arca de Noé?,
¿titíes?

FABIO:

Alegra el ceño
morena del bel donaire,
desenfada los ojuelos
de la funda del capote,
que aunque esto digo, traemos
más diamantes que en la China
ha visto el más lince Febo.
Doce perlas de Cubagua,
que fueran del Fénix güevos,
si hubiera casta de Fénix,
que oro y plata es lo de menos.
Y yo te daré un collar
de esmeraldas y berruecos,
que llamar puedas marfil
lo que hasta agora pescuezo.


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Amar, servir y esperar Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ESPERANZA:

Gran bellaco me pareces.

FABIO:

Parece que te parezco.

DIEGO:

Admirado estoy, señor,
de tan estraño suceso.

SANCHO:

Que viniese Dorotea,
fue milagro y fue consuelo,
y antes hubiera venido,
a no tenerse por cierto
que érades muerto en la guerra
de Lima.


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Amar, servir y esperar Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DIEGO:

Causa tuvieron
la fama, el mar, la distancia,
los peligros, los encuentros
de la guerra al presumirse;
pero guardábame el cielo
para tan feliz jornada,
para tan hermoso dueño
y para que en ser su esclavo
parasen mis pensamientos.
Tuvo aviso de Felipe
desde el otro al mundo nuevo
Felipe Cuarto de España,
hijo del Fénix Tercero,
el marqués de Guadalcazar,
que cansados y soberbios
los de Gelanda y Holanda
de saber que no les dieron
libertad para seguir
de Calvino y de Lutero
la secta, que contradice
la verdad del Evangelio.
Poblaron de gente y armas
una ciudad, que corriendo
portátil el mar del sur
pusiese a sus costas miedo.


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Amar, servir y esperar Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DIEGO:

Reparó el Marqués la tierra
como capitán discreto,
para que hallase en llegando
defensa su atrevimiento.
A nueve de mayo el sol
sobre las ondas del puerto
descubrió las altas naves
vestidas de acero y lienzo.
Al defenderles la tierra
un mozo holandés fue preso,
que dijo al Marqués la causa
de su venida instrumento.
Nueve ciudades de Holanda
se juntaron al concierto
desta armada, haciendo alegres
de sus haciendas empleo
para saquear a Lima,
y con dos mil y quinientos
hombres, que bien lo serían
soldados y marineros,
aportaron al Callao;
pero como yo no vengo
a tratar cosas de guerras
sino amorosos requiebros,
y fuera locura en mí,
Dorotea, entreteneros
con crueldades de holandeses,
y con valerosos hechos
de españoles en las Indias,
de quien finalmente huyeron
desesperados de ver
mal logrados sus intentos.


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Amar, servir y esperar Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DIEGO:

Y que Lima y su virrey
vitoriosos parecieron,
ella coronada de oro
y con el árbol Peneo,
aquella amorosa junta
de Marte y la hermosa Venus,
y que el león de Felipe,
dorado signo del cielo,
bordó las guedejas de oro
de estrellas en frente y cuello.
Y que cuando tiene España
en Castilla el pie derecho,
a las más remotas Indias
alcance con el izquierdo.
Como aquella maravilla
del Faro, por cuyo medio
iban pasando las naves.
Basta decir que me hirieron,
pero que vengo con vida,
que estimo para ser vuestro.


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Amar, servir y esperar Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(FELICIANO y ANDRÉS .)
FELICIANO:

  Como persona de casa
entro libremente, Andrés.

ANDRÉS:

¿Qué gente es esta?, ¿si es
el que con ella se casa?

FELICIANO:

  Jesús, muerto me has dejado.

ANDRÉS:

Pues, señor, ¿quién puede ser
el que llegue a merecer
estar con ella a su lado?

FELICIANO:

  ¡Qué divertidos están!

ANDRÉS:

Que te vuelvas te conviene.

FELICIANO:

Qué buena persona tiene.

ANDRÉS:

Por mi vida que es galán.

FELICIANO:

  ¿Cuándo no fueron los celos
francos de galas ajenas?

ANDRÉS:

Para aumento de tus penas
galán le hicieron los cielos.

FELICIANO:

  ¿Oyes Esperanza?


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Amar, servir y esperar Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ESPERANZA:

Ya
escucho a vuesa merced.

FELICIANO:

Hazme, Esperanza, merced
de decirme, ¿quién está
  con Dorotea?

ESPERANZA:

Señor,
de quien ha de ser mujer,
que él solo pudiera ser
digno de tanto favor.
  Don Juan se goza y le alcanza,
que es fuerza y no cortesía.

FELICIANO:

Oh como parece mía
en ser negra y Esperanza.
  Ay de mí, que la perdí.

ANDRÉS:

¿Que aquesto vengas a ver?

FELICIANO:

Pues Andrés, ¿qué puedo hacer
cuando estoy fuera de mí?

ANDRÉS:

  Irte.

FELICIANO:

¿Cómo?

ANDRÉS:

Con los pies.


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Amar, servir y esperar Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FELICIANO:

Ya me han visto.

ANDRÉS:

Ya es en vano.

SANCHO:

Celia, el señor Feliciano.

FELICIANO:

Desmáyase el alma, Andrés.

CELIA:

  Señor.

DOROTEA:

¿Que esto llegue aquí?

DIEGO:

¿Quién es ese caballero?

SANCHO:

Aparte deciros quiero
quien es, porque importa así.
  Codiciose para yerno
con Celia, haced amistad
con él, que si esta hermandad,
como yo pienso, gobierno;
  no quiero mayor ventura
para mis años.

DIEGO:

Tenéis
buena elección, pues la hacéis
sobre prenda tan segura.
  ¿Es de aquí?


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Amar, servir y esperar Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SANCHO:

De Madrid es,
y de los nobles Mendozas;
que bien tan gallardas mozas
podré yo decir después,
  que se emplean en los dos,
pues ya no puede ser tarde.

DOROTEA:

Voyle a hablar. El cielo os guarde.

FELICIANO:

Y os guarde, señor, a vos
  mil años con esta dama.

DIEGO:

Y él mismo quiera que os den
con su prima el parabién
que me ha dicho quien os ama,
  y que os le doy desde aquí.

ANDRÉS:

Lindamente has negociado.

FELICIANO:

¿Cómo?

ANDRÉS:

El viejo aficionado
notablemente de ti,
  con Celia quiere casarte.

FELICIANO:

Calla, que es ventura mía,
porque podré cada día,
si al amor ayuda el arte,
  visitar a Dorotea.


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Amar, servir y esperar Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SANCHO:

Dejémosles a los tres,
porque vuestra esposa es
la que esto también desea;
  y porque os quiero enseñar,
sino es que os causa disgusto,
aderezado a mi gusto
el cuarto que habéis de estar.

DIEGO:

  Yo, señor, solo deseo
obedeceros en todo.

SANCHO:

Voy, don Juan, trazando el modo
de hacer tan dichoso empleo.
(Vanse los dos y los criados.)

FELICIANO:

  ¿Podrá mi desdicha hablarte
la víspera de mi muerte,
cuando mis propios contrarios
piadosos me favorecen?
¿Podrá, hermosa Dorotea,
mi imposible amor ponerte
en obligación de oírme?

DOROTEA:

Feliciano ¿qué pretendes
de mi desdicha?

FELICIANO:

Oye aparte.


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DOROTEA:

¿Aparte?

FELICIANO:

Sí.

DOROTEA:

¿Que me quieres?

FELICIANO:

¿Que te quiero me preguntas?,
es cuanto puedo quererte
lo que te quiero.

DOROTEA:

En hablarme
te digo, que no en quererme.

FELICIANO:

Para lo que dices quiero
preguntarte, si te dueles
de mí, que ya sé que es tarde
para que mi mal remedies.
¿Tienes lástima, señora,
de ver que viniendo a verte
con ánimo de servirte
hasta que don Juan viniese,
le hallé sentado contigo
como las palomas suelen
decir con tiernos arrullos
lo que ellas solas entienden?
¿No sientes que la promesa
de permitir que te viese,
fuese traición de mi dicha
para matarme en ser breve?
¿No sientes, señora mía,
que te he perdido dos veces
cuando pensaba obligarte
con tan graves accidentes?
¿Y no sientes que no tengo
paciencia para perderte,
y que me han de matar celos
de que don Juan te merece?


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DOROTEA:

Siento, lo que no te digo,
porque perderte, es perderme,
palabra que a un hombre noble
es justo que le consuele.
Yo no puedo más, bien sabes
que fue el concierto, que verme
pudieses, mientras don Juan
de Sanlúcar no viniese.
Él ha venido, si es justo
que cumpla con lo que debe
a sí misma una mujer
de mi calidad, ¿qué quieres?
Allí está Celia y su padre,
aficionado pretende
dártela, es rico y es sola,
casarte y matarme puedes.
¿Qué más venganza, señor,
que ver que tan cerca tienes
con quien amor por amor
y celos por celos trueques?
Advierte que ya te mira
como a su dueño y advierte
que voy a matarme.


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FELICIANO:

Aguarda.

DOROTEA:

¿Cómo es posible?

FELICIANO:

Detente.
Hasta venir tu marido
concertamos que te viese,
¿no es verdad?

DOROTEA:

Así es verdad.

FELICIANO:

¿Pues por qué no me concedes
que te ame y sirva hasta tanto
que te cases, pues no pierdes
en que yo te quiera y sirva
de tu honor y de quien eres?
Yo me iré cuando te cases.

DOROTEA:

Si honestamente procedes,
esa licencia te doy.

FELICIANO:

Tú sabes que honestamente
te quiero y sirvo.

DOROTEA:

Será
tan presto, que apenas puedes
lograr ese pensamiento.


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FELICIANO:

¿Qué se te da que me lleven
como suele la justicia
los sentenciados a muerte?,
que siempre va la esperanza
diciendo, que aun allí puede
venir perdón de la parte,
o quebrarse los cordeles.
Yo quiero amarte y servirte,
si yo esperanza tuviere,
no la tendré en que perdones,
sino en que el cordel se quiebre.
Llévame a Celia de aquí,
que no quiero yo que pienses
que me vengo en darte celos.

DOROTEA:

Traidor pájaro pareces,
que cantas desde la jaula
para que a la liga llegue.
Ven, Celia, conmigo.

CELIA:

Prima,
si mucho aquí te detienes,
o tú tendrás dos maridos,
o este galán dos mujeres.
(Vanse.)

FELICIANO:

Andrés.


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ANDRÉS:

No me digas nada,
que no puede ser que intentes
cosa de que salgas bien;
don Juan a casarse viene.
Si don Sancho le recibe
para primeros papeles
¿cómo quieres tú segundos
si la historia no los tiene?
La licencia se ha cumplido
de verla y servirla.

FELICIANO:

Advierte,
que hasta que se desposase
le pedí que me la diese.

ANDRÉS:

¿Y te la ha dado?

FELICIANO:

Sí.

ANDRÉS:

Estraño
amante, ya me parece,
que después de estar casada
le pides que otros dos meses
prorrogue el término y luego
por ver si don Juan se muere,
le pides ultramarino.

FELICIANO:

Calla Andrés, que el tiempo suele
hacer de los valles montes
y de los mirtos laures.
Déjame amar y servir,
que cuando mi amor no premie,
de mis penas será gloria
perderme tan altamente.


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Acto III [Escena 1]
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Amar, servir y esperar Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Salen DOROTEA , DON DIEGO ,
CELIA , FELICIANO ,
ANDRÉS y ESPERANZA .
CELIA:

  Hizo amor a honesto fin
este amoroso teatro.

ANDRÉS:

Aves parecéis los cuatro
deste esmaltado jardín,
  diciendo dulces amores
al agua y flores süaves.

DIEGO:

Mejor pudieran las aves
a los cristales y flores
  de Celia y de Dorotea.

DOROTEA:

No hay pena como fingir.

FELICIANO:

Ni gloria como servir
a donde tan bien se emplea.

ESPERANZA:

  Plega a Dios que llegue el día
en que os caséis dos a dos.

CELIA:

Quiera Dios.

FELICIANO:

No quiera Dios.


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DOROTEA:

Sentémonos Celia mía.

ANDRÉS:

  Dicen que no hay un real,
y esta fuente se dilata
cantando en sonora plata
con pasajes de cristal,
  pululando mirabeles,
que liban el verde bulto.

FELICIANO:

¿Ya te deslizas en culto?

ANDRÉS:

Por hablar con cascabeles,
  que es linda cosa el ruido,
aunque no se diga nada,
esta lengua disparada,
que tan dilatada ha sido,
  tabaco de ingenios es,
que los hace estornudar,
toman humo para hablar
y es todo viento después.
  Esperanza de mis ojos,
mientras aquestos amantes
hablan en cosas tocantes
a sus cuidados y antojos,
  escucha también los míos.

ESPERANZA:

Aunque tan tiernos los ves,
tratan matrimonio, Andrés,
y tú dices desvaríos.


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ANDRÉS:

  Haré con el mismo fin
mil sonetos a tu cara,
sacando por alquitara
la tinta de tu jazmín.

ESPERANZA:

  Como no juegues de manos,
escucharé tus razones.

DIEGO:

Deben de ser ilusiones
de mis pensamientos vanos.
  Pero no me ha parecido
que mira a Celia con gusto
Feliciano, y a ser justo
hubiera el alma temido
  cuidados de Dorotea.
Dura condición de amor,
gigantes forma al temor
cualquier átomo que vea.

DOROTEA:

  Don Juan está cuidadoso
Esperanza.

ESPERANZA:

Mi señora.

DOROTEA:

Pues hay quien te ayude agora
por lo cortesano airoso,
  baila un poco.


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ANDRÉS:

Aquí estoy yo
si le soy de algún provecho.

DIEGO:

Todo se me abrasa el pecho.

ESPERANZA:

¿Tú me ayudarás?

ANDRÉS:

¿Pues no?
(Cantan y bailan esto.)
(Cantan.)
  Río de Sevilla
quién te pasase,
sin que la mi servilla
se me mojase.
Salí de Sevilla
a buscar mi dueño,
puse al pie pequeño
dorada servilla.
Como estoy a la orilla
mi amor mirando,
digo suspirando
quién te pasase,
sin que la mi servilla
se me mojase.

CELIA:

  Mi padre ha venido, a verle
con vuestra licencia voy.

DOROTEA:

Y yo que tan suya soy
como tú para quererle.

FELICIANO:

  Saldremos todos, señora,
a recebirle.

(Vanse.)


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DIEGO:

Yo no,
que conmigo mismo yo
quiero entrar en cuenta agora.
De la parte que el sol dora,
después que en el mar se baña,
de las colunas de España
con atrevido furor
vine a intentar por amor
una temeraria hazaña.
  Imposible parecía,
pero tan bien la tracé,
que a la medida la hallé
de mi propia fantasía;
pero sin noche no hay día,
ni luz sin obscuridad.
Llegué a España y la beldad
mirando de Dorotea,
calificaron la idea
la imagen y la verdad.
  La diferencia que veo
de lo vivo a lo pintado,
dio al alma nuevo cuidado
y la presencia al deseo.
Previno amor el empleo
solicitando el favor,
al favor siguió el temor,
y por sendas tan estrechas,
que desataron sospechas
la venda a mi ciego amor.


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DIEGO:

  Mientras vivió Dorotea
en Madrid, su gallardía
algún cuidado tendría,
no es su ofensa que lo crea,
ni que Feliciano sea,
si por su gusto la sigue;
mas que casada la obligue
a favor, toca al honor
que hasta casarse es amor
y deshonor si prosigue.
  Ah, como me ha castigado
el cielo, porque he venido
con nombre ajeno fingido
a engañar quien me ha engañado.
Tanto hablar, tanto cuidado
en mirar y en reparar
cuando yo vuelvo a mirar
algún secreto hay aquí,
pero ya, sino es de mí,
¿de quién me puedo quejar?
  Dilatar el casamiento
es fuerza y ver lo que pasa,
porque yerra quien se casa
mal seguro el pensamiento.
Son pasos que piden tiento,
que como a casarse van,
con mucho espacio se dan,
que enamorado un discreto
perdona cualquier defeto,
pero no tener galán.


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(Entra ANDRÉS .)
ANDRÉS:

  Basta que Esperanza aprende
los desdenes de su ama,
lo que desama, desama,
lo que defiende, defiende.
  Aquí está don Juan.

DIEGO:

Andrés
¿dónde queda tu señor?

ANDRÉS:

Solicitando su amor
con el cuidado que ves.

DIEGO:

  ¿Cómo dilata el casarse?

ANDRÉS:

Como a su padre escribió.

DIEGO:

Fue muy justo.

ANDRÉS:

Pienso yo,
que no podrá dilatarse
  del ordinario que viene.

DIEGO:

Tengo a dicha emparentar
con él.

ANDRÉS:

Debeos obligar
el inmenso amor que os tiene.
  Mejor tenga la salud
que le quiere Feliciano.

(Vase DON DIEGO


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y sale FELICIANO .)
FELICIANO:

Yo me voy cansando en vano
de mi esperanza en virtud.
  ¿Pero cuál hombre se precia
de que por ser porfiada,
pase el término de honrada
y llegue al de ser tan necia?
  Oh Andrés, hoy ha hecho fin,
iba a decir mi esperanza.

ANDRÉS:

¿Hay nueva desconfianza
desde el favor del jardín?
  ¿Qué tenemos?

FELICIANO:

Mayor mal,
don Sancho me ha dicho agora,
que esta ingrata, a quien adora
mi necio amor inmortal,
  esta noche se desposa.

ANDRÉS:

Huélgome.

FELICIANO:

Mal te haga Dios.


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ANDRÉS:

Porque acabemos los dos
con necedad tan forzosa.
  Vámonos de aquí, señor,
no aguardemos que haya aurora
desta noche, esta señora
salga dueña y no de honor.
  ¿Quién ha de tener paciencia
amando tan locamente,
para verla diferente
del estado de inocencia?
  Tu mismo amor no permita
ver, que es vista rigurosa,
que anochezca fresca rosa
y que amanezca marchita.
  Que es condición al revés,
pues sale al alba más fresca,
mira que es tema Tudesca
morir sin mover los pies.

FELICIANO:

  No puedo volver atrás.

ANDRÉS:

Pues cómo, ¿esto quieres ver?,
¿esperanza puede haber
que obligue a que esperes más?
  Cual eras para judío,
si el Consejo se informara
de mí, la cruz te quitara
por el juramento mío.
  Esta noche esta mujer
se casa, ¿y esperas tú?
¡Jesús mil veces, Jesús!,
de piedra debes de ser.


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FELICIANO:

  Desde la taza a los labios
¿no hay peligro?

ANDRÉS:

Así se dice.

FELICIANO:

Pues sino lo contradice
común opinión de sabios,
  con más razón me provoca
pues queda para esperar
a la noche más lugar
que de la taza a la boca.

ANDRÉS:

  A su señora un villano
se atrevió necio una siesta,
y ella a matarle dispuesta
tomó una daga en la mano.
  Creciendo más su porfía
el golpe no ejecutaba,
por ver en lo que paraba,
aunque la daga tenía.
  Tanto esperó, que el villano
salió con lo que intentó,
pero vio en lo que paró
siempre la daga en la mano.
  Señor, ¿adónde camina
tu loca imaginación?,
¿es tema o es afición
que el alma te desatina?
  No se cuenta de hombre humano
tanto amar, tanto esperar,
mira que te has de quedar
con la esperanza en la mano.


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(Sale DOROTEA .)
DOROTEA:

  Con justa desconfianza
de que a mis méritos niegues,
Feliciano de Mendoza,
lo que a mis cuidados debes,
a pedirte vengo humilde
un favor que me concede
tu valor si le imagino,
mi celo si le agradeces.
Halle yo gracia en tus ojos,
que quien pide cuando muere,
bien sabes tú que ninguno
le niega lo que pretende.
Para esta ocasión guardé
cuanto has dicho y encareces
que harás por mí; ¿qué respondes?


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Amar, servir y esperar Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


FELICIANO:

Que tus méritos ofendes,
bellísima Dorotea,
y mi amor injustamente.
Dichoso yo que he llegado
(pues nunca en él pensé verme)
a tiempo que tú me pides,
tú que de mi alma tienes
la libertad que los cielos
nos dieron liberalmente.
Pésame que no podré
para servirte ofrecerte
los imperios de Alejandro,
los ejércitos de Jerjes,
riquezas de Creso y Midas,
con las pinturas de Ceusis.
Porque si fuera posible
agotara el mar de Oriente
para darte cuanto nácar
al alba lágrimas bebe.
Ya las estrellas del cielo
fueran humildes laureles,
en vez de lirios y rosas
que coronaran tu frente.
En los olores de Arabia
no estaba seguro el Fénix;
pero llegando a tus manos
fuera inmortal en su nieve.
No importaran a Medea
dragones, ni toros fuertes,
porque sus manzanas de oro
trujera en sus ramos verdes.
No tuviera el minotauro
en las escuras paredes
del laberinto defensa
pues que le escusan las muertes.
Pide, ¿qué dudas que aguardas?


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DOROTEA:

Pues ya si tan fácilmente
te dispones a obligarme;
en lo que te pido advierte,
Don Sancho Tello mi tío
me ha dicho agora que quiere
que me despose esta noche
por muchos inconvenientes,
que con discreta prudencia
destas dilaciones teme,
Celia es mi prima, y a quien
mi amor y mi sangre deben
de su remedio deseos;
fuera desto para verte
ninguno más efectivo,
porque si somos parientes
casándote tú con ella
podré hablarte y verte siempre.
Que pues ha sido tu empresa
honestamente quererme,
¿qué puede querer tu amor
para serlo eternamente?
¿Qué estás pensando?


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FELICIANO:

No sé
como pueda responderte,
que pide tanta crueldad
no, ingrata, palabras breves,
sino lágrimas del alma,
que tus impiedades siente.
Yo te he amado y te he servido,
no lo digo porque pienses,
que de cuatro pobres joyas
hago cargo a tus desdenes.
En todos los elementos
quiso amor que te sirviese,
en la tierra, cuando estabas
atada a un tronco silvestre
expuesta a seis salteadores,
donde tanto honor me debes.
En el agua, cuando el barco
si no llego diligente,
sepulta tus verdes años
en las orillas del Betis.
En el fuego, aquella noche,
que por descuido se emprende
en tu casa, habrá diez días,
de cuyas llamas ardientes
en estos bracos, en estos
siempre a servirte fieles
fuiste Penate de Troya,
que siempre mis penas eres.


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Amar, servir y esperar Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


FELICIANO:

Solo en el viento me falta,
y para que no me quede
sin que en él también te sirva,
quiere el amor que me dejes
en el aire, sin que tenga
donde la esperanza asiente
de mi pensamiento el vuelo,
como pájaro celeste.
¿Cuál mujer a un hombre ha dado
de dos maneras la muerte
a un mismo tiempo?, esta noche
dices que casarte quieres,
¿y que yo también me case?
Dorotea, tú que puedes
cásate, que aunque es crueldad,
consiste en ti solamente;
mas no me cases a mí,
que no es bien que me desprecies
tanto, que me des a otra;
porque cuando las mujeres
naturalmente celosas
dan a otras lo que quieren,
o es vestido que desechan,
o persona que aborrecen.
No pudiste imaginar
invención para ponerme
en mayor riesgo la vida,
que cuando casarte quieres,
darme a quien no ha de querer
vestido que tú deseches,
sobre si me tiene amor
con un fingido accidente;
pero porque ya cruel
el ánimo desfallece,
perdona, que en esta silla
descanse, en tanto que duerme
con este desmayo el alma.

(Siéntase y desmáyase.)


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DOROTEA:

¡Ay triste!

ANDRÉS:

¿Qué has hecho?

DOROTEA:

En breve
Andrés trae agua.

ANDRÉS:

¿Qué has dicho?,
¿qué Feliciano se muere?

DOROTEA:

Ve presto.

ANDRÉS:

Será desmayo,
dale esas manos crueles.
(Vase y entra DON DIEGO .)

DIEGO:

¿Qué es esto que estoy mirando?,
pero bien será esconderme,
ya que mis celos me traen
donde averiguados queden.

(Escóndese.)


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DOROTEA:

  Llegando a tal ocasión
mi desventura encubierta,
abra el silencio la puerta
al fuego del corazón.
Declárese mi pasión,
porque estando sin sentido
te diga que te he querido
tan desatinadamente,
que no está mi honor presente
cuando está tu amor dormido.
  Ay, Feliciano, yo soy
quien desde el primero día
que debo a tu cortesía
esto que viviendo estoy,
no una, mil almas doy
a los méritos que quiero,
del más noble caballero
y más digno deste pago,
que con la cruz de Santiago
honró la del blanco acero.
  Siempre, mi bien, te he querido
y te querré eternamente,
cuidado fue diligente
fingir en tu amor olvido,
danme un honrado marido
y debo corresponder
a ser tan noble mujer,
por esto callé, señor,
que yo perdiera mi honor,
el suyo no puede ser.


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Amar, servir y esperar Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DOROTEA:

  Y porque más no he de hablarte,
y por ventura no verte,
casarme, será mi muerte,
con esto puedo obligarte.
La palabra quiero darte,
mi bien, mi gloria perdida,
de solo mi honor vencida
de guardarte eterna fe,
y de que jamás tendré
gusto, si tuviere vida.
  Pues no hay aquí quien me vea,
tomo tu mano en señal
de honesto amor natural,
porque con lágrimas sea.
Mi dura estrella me emplea
en don Juan, tú eres testigo
de que solo el cuerpo obligo,
que para tenerte amor,
sin ofensa de su honor,
el alma casó contigo.

(Vase.)


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FELICIANO:

  ¡Señora, señora mía!

DIEGO:

Aquí no hay más que esperar.
(Vase y sale ANDRÉS .)

ANDRÉS:

¿Que aún agua no puedo hallar,
en esta casa vacía?

FELICIANO:

  Quedo, Andrés, que ya no importa.

ANDRÉS:

¿Resucitaste?

FELICIANO:

No sé.

ANDRÉS:

Mas yo siempre imaginé,
que hacías la gata morta.

FELICIANO:

  Toda mi pena remedia
este bien trazado ensayo.

ANDRÉS:

Imitación fue el desmayo
de pasito de comedia.

FELICIANO:

  Lindo suceso.

ANDRÉS:

¿En qué modo?

FELICIANO:

En siguiendo a Dorotea,
que me adora y me desea,
pienso decírtelo todo.

(Vase.)


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(Entra ESPERANZA con un búcaro
en una salvilla y toalla.)
ESPERANZA:

  Aquí está el agua.

ANDRÉS:

Por Dios
que vienes a lindo tiempo,
¿agua falta en esta casa?,
¿o es porque no la bebemos?

ESPERANZA:

El almacigar los barros,
o tazas al uso nuestro,
fue causa de no tener
la llave donde están puestos.

ANDRÉS:

La limpieza de Sevilla
miro morena en tu cuello,
que le tienen otras muchas
como corteza de queso.
A ver.

ESPERANZA:

Echarete el agua.
(Échasela o quiere.)

ANDRÉS:

Jesús, desmáyome, muero,
una silla, tú serás
(Siéntase.)
causa de mi muerte presto.
Ay ingrata, que no miras,
que de los cuatro elementos
no te saqué de ninguno:
del agua, yo no la bebo,
de la tierra no sé nada,
porque no he sido conejo;
del aire, no soy poeta,
del fuego, no soy herrero.


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ESPERANZA:

Si te has desmayado, bebe.

ANDRÉS:

Agua no, que es mal momento,
vino vino.

ESPERANZA:

Cómo vino,
si es desmayo.

ANDRÉS:

Porque entiendo
que procede de frialdad.

ESPERANZA:

¿Cómo si el amor es fuego?

ANDRÉS:

Porque las morenas son
frescas y hacen el efeto
del color en el amor,
que el blanco es caliente y seco.
(DON DIEGO y FABIO .)

DIEGO:

Con la desdicha en que estoy,
todo es sombras cuanto veo.
¿Qué es esto?

ESPERANZA:

Hase desmayado
Andrés, vile haciendo gestos,
y trújele un barro de agua,
que soy piadosa en estremo
de ver hombres desmayados.

DIEGO:

¿También Andrés?, bueno es esto.


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ESPERANZA:

En viendo un diciplinante,
particularmente en viendo
estos de plegada alcorza,
que van con el contoneo
haciendo la zarabanda,
por darles agua me muero
y alguna calabazada.

FABIO:

Hola, Andrés.

ANDRÉS:

Jesús, ¿qué tengo?,
venga el padre del alma
y deme un remedio.

ESPERANZA:

Mira que está aquí don Juan.

ANDRÉS:

Señor, perdonad os ruego,
que me dan estos desmayos
en faltándome dinero.
Jesús, ¿qué tengo?
venga el padre del alma
y deme un remedio.
(Vase.)

FABIO:

Como están de desposorio,
están alegres.


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ESPERANZA:

¿Yo llevo
este barro y esta salva
con vuestra licencia adentro?

FABIO:

Id con Dios.

ESPERANZA:

Jesús, ¿qué tengo?
venga el padre del alma
y deme un remedio.
(Vase.)

FABIO:

De lo que me has referido,
ya, señor, que estos se fueron,
estoy sin seso.

DIEGO:

Y yo, Fabio,
¿cómo estaré cuando quedo
puesto en tanta confusión?

FABIO:

¿Qué piensas hacer?

DIEGO:

Si llego
a decir esto a don Sancho,
todo lo que sabes pierdo,
si me desposo esta noche
a fuerza de mi deseo,
será de mi honor infamia,
aunque estoy bien satisfecho
del respeto que ha tenido
Dorotea al honor nuestro.
¿Pero quién ha de fiarle
poco menos que del viento,
pues hubo sabio que dijo,
que eran las mujeres menos?


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FABIO:

Celia viene, no prosigas.
(Sale CELIA .)

CELIA:

A buscar mi prima vengo,
pensé que estaba con vos.

DIEGO:

Decís muy bien, en mi pecho,
porque como es imposible
vivir separado el cuerpo
de aquella divina lumbre
de sus tres potencias dueño,
así yo sin que me anime.

CELIA:

No dice el entendimiento
que os desposáis esta noche.

DIEGO:

Entonces podré ser necio.
(Vanse los dos.)

CELIA:

  Si Feliciano por amor suspira
y es alma de su pecho Dorotea,
¿qué intenta mi esperanza?, ¿qué desea?,
¿que al alba nace y a la noche espira?
En vano creo que mis ojos mira,
si el pensamiento en otra parte emplea,
pues no es razón que los engaños crea,
de donde el conocerlos me retira.
Como el que se ha mirado en un espejo,
no deja de su rostro más despojos,
ni queda en el cristal la imagen dellos;
así no quedo en él, si dél me alejo,
pues luego que me aparto de sus ojos,
huye la imagen que miraba en ellos.


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(Salen el CAPITÁN BERNARDO y DON SANCHO .)
SANCHO:

  Ha sido felicísima jornada,
y esperada de España sumamente.

CAPITÁN:

¿Cuándo no fue la plata deseada?,
¿y más don Sancho en la ocasión presente?

SANCHO:

Aquí está Celia.

CAPITÁN:

El cielo, mi señora,
os haga tan dichosa como puede.

SANCHO:

El señor capitán Bernardo.

CELIA:

Agora
con vos honrada nuestra casa quede
en tan alegre día,
que solo este favor faltar podía.

CAPITÁN:

Luego que de la mar la planta puse
en tierra, me dispuse
a venir a Sevilla solo a daros
el pésame y en parte consolaros
de la desgracia de don Juan.

SANCHO:

No entiendo,
señor Bernardo, lo que vais diciendo.
Mas ya sabréis la muerte de mi hermano,
y cómo está en mi casa Dorotea.


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CAPITÁN:

Eso ignoraba, al fin el fin humano,
que fue con tanta edad, consuelo sea,
pero la de don Juan, que fue tan poca
con más razón a lástima provoca.

SANCHO:

¿Qué muerte de don Juan?

CAPITÁN:

El caballero,
que concertado de casar estaba
con Dorotea, a quien sepulcro fiero
dio el mar, cuando pasaba
la canal de Bahama nuestra flota,
así cometa por los aires rota
la luz desaparece,
y se cierra la flor cuando anochece.

SANCHO:

Don Juan, señor Bernardo, está en mi casa,
y mañana se casa,
no sé de quién decís.

CAPITÁN:

De quien os digo
le vi espirar en brazos de un amigo
y arrojar a la mar, donde quedaron
sus esperanzas y él, cuando cerraron
círculos breves las heridas ondas
del cuerpo que dio en ellas.

SANCHO:

Pues señor capitán.

CELIA:

No le respondas.


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SANCHO:

Si os digo, que don Juan está en mi casa,
que el cielo, el viento, el mar y las estrellas
le trujeron a ser de Dorotea,
¿cómo queréis que crea
que es muerto, que le vistes arrojado
al mar y entre sus ondas sepultado?

CAPITÁN:

¿Aquí don Juan?

SANCHO:

Aquí, ¿de qué os admira?,
alguno os ha contado esa mentira.

CAPITÁN:

Mas alguno os engaña
por la distancia desde Lima a España,
y yo palabra os doy de hacerlo cierto,
con que me voy para traer testigos.
(Vase.)

SANCHO:

¿Don Juan vivo en mi casa y don Juan muerto?

CELIA:

Son fábulas que siembran enemigos,
mal conoces a algunos,
que afirman importunos
las cosas que no vieron,
porque a otros mentirosos las oyeron.
Hay hombres que con lenguas de demonios
viven de testimonios
sembrando en la ciudad lo que desean,
porque sea verdad mientras lo crean.


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SANCHO:

Confuso estoy, que el capitán no es hombre
que esto afirmara, o le ha engañado el nombre.
(Sale DON DIEGO .)

DIEGO:

  Con los ojos en mi engaño
apenas quejarme puedo,
tanta es la fuerza del miedo
y el rigor del desengaño.
  ¿Qué quieres amor cruel?,
¿puedo negar lo que vi?

CELIA:

Señor, don Juan está aquí.
(Vase.)

SANCHO:

Vete y déjame con él.
  Señor don Juan, no ha un instante,
que un capitán hombre honrado,
y amigo mío me ha dado
una nueva, que es bastante
  a poner en confusión
mi casa y mi honor, de forma,
que si a la verdad conforma
la trágica relación,
  no sé qué ha de ser de mí.

DIEGO:

¿Pues qué os ha dicho?

SANCHO:

Que vio
muerto a don Juan.


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DIEGO:

Si soy yo,
y vivo me veis aquí,
  ¿qué puede causaros pena?

SANCHO:

El no saber si sois vos.

DIEGO:

¿Eso decís?

SANCHO:

Sí por Dios,
que es honra y no es honra ajena.

DIEGO:

  Buena ha sido la invención
de Feliciano, mas ya
que en tanto peligro está
mi honor y reputación,
  sabed, que con pensamiento
de engañar a Dorotea
vino de Madrid, desea
dilatar mi casamiento,
  y con ese capitán,
los dos han hecho concierto,
pues fingiendo que soy muerto,
mientras que vienen y van
  a Lima para saber
la verdad, podrán seguros
gozar contra mí perjuros
lo que yo vengo a perder.
  Mas yo le pondré en la boca
freno tan presto.


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SANCHO:

Teneos,
que de sus locos deseos
satisfaceros me toca
  por camino más discreto.
Él viene, dejadme aquí.

DIEGO:

Discretamente salí
deste peligroso aprieto,
  pero no podrá durar
mi engaño. Confuso estoy.
(Vase y sale por otra parte FELICIANO y ANDRÉS .)

FELICIANO:

Buscando esperanzas voy,
sin cansarme de esperar.

ANDRÉS:

  Ejemplos me faltan ya
para templar tu locura.

FELICIANO:

Todo es vida mientras dura.

ANDRÉS:

Aquí nuestro suegro está.

SANCHO:

  Señor Feliciano, el cielo
tan dichoso en todo os haga,
que deis envidia a la dicha
y dicha a quien tanto os ama.
Yo tengo que hablaros.


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FELICIANO:

Creo
que es de mi amor justa paga
ese favor.

SANCHO:

Oíd.

FELICIANO:

Decid.

SANCHO:

Direlo en breves palabras,
aunque pudiera con muchas.
Bañando su hermosa cara
con lágrimas Dorotea,
vivos afectos del alma,
me ha dicho aquí, que os adora
y que por fuerza se casa
con este indiano don Juan.
Si esto es así, mucho errara
en daros a Celia yo,
pues estaban encontradas
aquí las dos voluntades
y no era justo casarla
con quien quiere a Dorotea,
fuera de casar forzada
con don Juan, a mi sobrina.
¿Qué hay en esto?, porque haga
lo que debo a quien yo soy.


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FELICIANO:

Señor, las cosas llegadas
a tan estrecho rigor,
será forzoso que salga
en público la verdad,
que tuvo el secreto en guarda
por vos y por Dorotea,
mas pues ella se declara,
¿cómo puedo yo encubrir
lo que ha de dar esperanza
al remedio de los dos?
El camino de la plata
tomé viniendo a Sevilla
siendo un amigo la causa,
que pensaba hallar en él,
y pasando una mañana
la procesión de los montes,
que Sierra Morena llaman,
salió rebozado el sol
y de su dorada cara
paró el ceño, en que a la tarde
anegó la tierra en agua,
retirado a unas encinas,
que me sirvieron de capa,
haciendo fieltro a mis hombros
la defensa de las ramas,
hallé a Dorotea en una
las tiernas manos atadas.
No hay para qué referiros
lo que sabéis, esta causa
fue principio al grande amor,
que justamente me paga.


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FELICIANO:

Bien que de volverla a ver,
quedé con desconfianza,
que el darme el hábito vos
me trujo a saber su casa.
Saquela de otro peligro,
que como el cielo la guarda
para mí, la guardó a ella
en tan justa confianza.
En mis brazos la saqué
entre la tierra y el agua
del Betis, en cuya orilla
me buscaba su desgracia.
Apenas a la ciudad
nos trujo una misma barca,
cuando el indiano de Lima
en vuestra puerta la aguarda.
Él la recibe, yo muero,
él la abraza, ella le engaña,
él la gana, ella me pierde,
él amoroso, ella ingrata,
él adora, ella aborrece,
él con gusto, ella forzada,
él dichoso, los dos tristes,
él con vida y yo sin alma,
de cuyos brazos, si agora
mis esperanzas la sacan,
será más que con los míos
del fuego de vuestra casa.
Mucho os pudiera decir,
mas donde las almas hablan
y escuchan hombres discretos
lo que ellos presumen basta.


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SANCHO:

Todo lo que aquí os he dicho
ha sido invención trazada
para saber vuestro pecho,
que de cuanto aquí se trata
está Dorotea inocente,
y porque a mí no me espantan
efetos de amor, no digo
más de que solo me agravia,
que para que no se case
hagáis que venga a mi casa
a darme tan malas nuevas
un capitán de la armada,
como decir, que don Juan
es muerto y que a mí me engaña
don Juan con nombre fingido.

FELICIANO:

Por aquesta señal santa
que si lo ha dicho ha mentido
y yo le haré con la espada.

SANCHO:

No haréis tal, porque no es él,
y pues por fuerza se casa
Dorotea, ella será,
que cuando de veras aman
las mujeres con ingenio
sutil, buscan tales trazas,
que consiguen imposibles.
Dadme aquí vuestra palabra
de no decir a don Juan
ninguna de lo que pasa,
que con una diligencia,
que solamente me falta
os la doy que será vuestra,
porque temo que me engañan.

(Vase DON SANCHO .)


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ANDRÉS:

¿Qué es esto en que andas señor?

FELICIANO:

¿Ves como ya por el alba
se va descubriendo el sol?

ANDRÉS:

¡Oh qué engañosa esperanza!

FELICIANO:

Nunca venado mató
el montero que se cansa.
¿Qué no alcanza la porfía?,
servir y amar, ¿qué no alcanza?

ANDRÉS:

A muchos ha vuelto locos
la porfía.

FELICIANO:

¿Quién pensara
tanto amor en Dorotea?

ANDRÉS:

Cuando las discretas callan,
más negocian de secreto
que cuando las necias hablan.
¡Oh cuáles son las mujeres!

FELICIANO:

Ángeles, Andrés, las llaman,
porque parecen, sin serlo,
intelectivas sustancias.


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ANDRÉS:

Yo no entiendo esas razones,
mas lo que una vez agarran
difícilmente lo dejan
y fácil cuando se cansan.
Aquí vienen las dos primas
y mi morena Esperanza,
salve Esperanza de Andrés,
sálvete pulga del alma,
confite vivo, sálvete.
(Entran DOROTEA , CELIA y ESPERANZA .)

ESPERANZA:

¿Vienes ya diciendo gracias?

FELICIANO:

Déjame hablar majadero.

ANDRÉS:

Señor, todo amante maja
con favor en perejil
y con celos en mostaza.


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FELICIANO:

  Ya, gallarda Dorotea,
va descubriendo el deseo
por los celajes que veo,
el fin que el alma desea.
Y no es mucho que le vea,
pues tú por el mar de amar
al puerto quieres llevar
la nave de mi esperanza,
que tan justo premio alcanza
amar, servir y esperar.
  Amé, serví y esperé,
amó, recibió y pagó
quien vio, quien sintió, quien dio
tanto premio a tanta fe;
partí, llegué, descansé,
dando a un justo porfiar
tiempo, ocasión y lugar,
que al fin vienen a tener
premio, descanso y placer,
amar, servir y esperar.
  Gané tu favor amando
y tu voluntad sirviendo,
porque sirviendo y sufriendo
viví amando y esperando;
hallé esperando y amando
el término de obligar,
a quien me pudo pagar,
porque no fuera razón
quedarse sin galardón
amar, servir y esperar.


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DOROTEA:

  ¿Cómo o cuándo o quién ha sido,
Feliciano, el que ha pagado
lo que has servido y amado
con lo que me has referido?
  Hoy he de ser de don Juan.

FELICIANO:

No encubras por Celia aquí
lo que hoy has hecho por mí
hablando a aquel capitán.

DOROTEA:

  ¿Qué capitán?

FELICIANO:

Oye aparte.
(Salen DON SANCHO y el CAPITÁN .)

SANCHO:

Era forzoso traeros
a averiguar la verdad.

CAPITÁN:

¿Es este aquel caballero
que con nombre de don Juan
viene a hacer el casamiento?

SANCHO:

Feliciano de Mendoza
es el que pensaba y pienso
dar a Celia, retiraos,
que don Juan llegará presto,
que ya fueron a llamarle.


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CAPITÁN:

Aquí retirarme quiero
para ver cómo se juntan,
don Juan vivo y don Juan muerto.
(Salen DON DIEGO y FABIO .)

DIEGO:

¿Qué es señor lo que me mandas?

SANCHO:

Dilatar los casamientos
siempre causa novedades,
siempre envidias, siempre celos.
Feliciano está presente,
que desengañar deseo
de pretensiones injustas.

DIEGO:

De Feliciano sospecho
que me pagará el amor,
que justamente le tengo.

FELICIANO:

¡Ay triste esperanza mía!
Andrés.

ANDRÉS:

Señor.

FELICIANO:

Esto es hecho.

ANDRÉS:

Ya por la escalera subes.

FELICIANO:

Ya doy los pasos postreros.


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SANCHO:

Dad la mano a Dorotea
don Juan.

ANDRÉS:

Ya dices el Credo.

SANCHO:

Dásela tú.

ANDRÉS:

Ya el verdugo
dio tamborilada al pueblo.
(El CAPITÁN sale.)

CAPITÁN:

Tened, señores, las manos.
¿Qué es esto, señor don Diego?,
¿pues vos os fingís don Juan
y sabiendo vos que es muerto
no menos que en vuestros brazos?

DIEGO:

Mi error por amor confieso.

ANDRÉS:

Albricias, perdonó el rey,
por muchos años y buenos
a vuesa merced le quiten
el nudo ciego del cuello.

SANCHO:

¿Pues cómo, no sois don Juan,
y con tanto atrevimiento
habéis entrado en mi casa?


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DIEGO:

Dejome, don Juan, muriendo
el alma, con que he venido,
siendo de mi amor tercero,
un retrato desta dama.
Pero pues que soy tan bueno,
si no mejor que don Juan,
más rico y más caballero,
como el capitán lo sabe,
pues sabéis que la merezco
por desatinado amor
que dora mayores yerros,
os ruego que me la deis.

FELICIANO:

Eso no, porque la tengo
ganada por más servicios
y por más justos deseos.
Fuera de estar la palabra
de don Sancho de por medio,
si no fuésedes don Juan,
pues no siendo el verdadero,
¿por qué ha de ser vuestra acción
más justa contra derecho?,
pues aun después de casados,
siendo engañoso el concierto,
se pudieran descasar.

SANCHO:

En tan confusos estremos
yo lo dejo a su elección.


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DOROTEA:

Pues a Feliciano quiero.

ANDRÉS:

Cerró la plana.

DIEGO:

Señora
lo que era justo habéis hecho.
Y yo, pues el capitán
sabe quién soy, si merezco
a Celia, sus manos pido.

ANDRÉS:

Yo a Esperanza solo un dedo.

CELIA:

Yo soy dichosa en ser vuestra.

ANDRÉS:

Y tú Cupido moreno,
¿qué dices?

ESPERANZA:

Que soy retuya.

FELICIANO:

Aquí senado discreto,
amar, servir y esperar
tuvieron tan justo premio,
Roque os ama, Lope os sirve,
y yo vuestro aplauso espero.

Fin01.jpg


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