Amar después de la muerte (Versión para imprimir)

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Personas
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Amar después de la muerte


Amar después de la muerte

Pedro Calderón de la Barca

 


DON ÁLVARO TUZANÍ.
DON JUAN MALEC, viejo.
DON FERNANDO DE VÁLOR.
ALCUZCUZ, morisco.
CADÍ, morisco viejo.
DON JUAN DE MENDOZA.
EL SEÑOR DON JUAN DE AUSTRIA.


DON LOPE DE FIGUEROA.
DON ALONSO DE ZÚÑIGA, corregidor.
GARCÉS, soldado.
DOÑA ISABEL TUZANÍ.
DOÑA CLARA MALEC.
BEATRIZ, criada.
INÉS, criada.


UN CRIADO.
MORISCOS.
MORISCAS.
SOLDADOS CRISTIANOS.
SOLDADOS MORISCOS.


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Jornada I-Escena I
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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


La escena es en Granada y en varios puntos de la Alpujarra.

Sala en casa de CADÍ, en Granada.
MORISCOS, con casaquillas y calzoncillos, y MORISCAS con jubones blancos e instrumentos; CADÍ y ALCUZCUZ.
CADÍ:

¿Están cerradas las puertas?

ALCUZCUZ:

Ya el portas estar cerradas.

CADÍ:

No entre nadie sin la seña
y prosígase la zambra.
Celebremos nuestro día,
que es el viernes, a la usanza
de nuestra nación, sin que
pueda esta gente cristiana,
entre quien vivimos hoy
presos en miseria tanta,
calumniar ni reprender
nuestras ceremonias.

TODOS:

Vaya.


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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


ALCUZCUZ:

Me pensar hacer astilias,
sé también entrar en danza.

UNO:

(Canta.)
Aunque en triste cautiverio,
de Alá por justo misterio,
llore el africano imperio
su mísera ley esquiva...

TODOS:

(Cantando.)
¡Su ley viva!

UNO:

Viva la memoria extraña
de aquella gloriosa hazaña
que en la libertad de España
a España tuvo cautiva.

TODOS:

Su ley viva.

ALCUZCUZ:

(Cantando.)
Viva aquel escaramuza
que hacer el jarife Muza,
cuando darle en caperuza
al españolilio antigua.


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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


TODOS:

¡Su ley viva!
(Llaman dentro muy recio.)

CADÍ:

¿Qué es esto?

UNO:

Las puertas rompen.

CADÍ:

Sin duda cogernos tratan
en nuestras juntas; que como
el rey por edictos manda
que se veden, la justicia,
viendo entrar en esta casa
a tantos moriscos, viene
siguiéndonos.
(Llaman.)

ALCUZCUZ:

Pues ya escampa.


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Escena II
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DON JUAN, MALEC.-Dichos.
MALEC:

(Dentro.)
¿Cómo os tardáis en abrir
a quien desta suerte llama?

ALCUZCUZ:

En vano llama a la puerta
quien no ha llamado en el alma.

UNO:

¿Qué haremos?

CADÍ:

Esconder todos
los instrumentos, y abran
diciendo que sólo a verme
vinisteis.

OTRO:

Muy bien lo trazas.

CADÍ:

Pues todos disimulemos.
Alcuzcuz, corre: ¿qué aguardas?

ALCUZCUZ:

Al abrir del porta, temo
que ha de darme con la estaca
cien palos el alguacil
en barriga, e ser desgracia
que en barriga de Alcuzcuz
el leña, y no alcuzcuz haya.


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(Abre ALCUZCUZ, y sale DON JUAN MALEC.)
MALEC:

No os receléis.

CADÍ:

Pues, señor
don Juan, cuya sangre clara
de Malec os pudo hacer
veinticuatro de Granada,
aunque de africano origen,
¡vos desta suerte en mi casa!

MALEC:

Y no con poca ocasión
hoy vengo buscándôs: basta
deciros que a ella me traen
arrastrando mis desgracias.

CADÍ:

(Aparte a los MORISCOS.)
Él sin duda a reprendernos
viene.

ALCUZCUZ:

Eso no perder nada.
¿Prender no fuera peor
que reprender?

CADÍ:

¿Qué nos mandas?


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MALEC:

Reportaos todos, amigos,
del susto que el verme os causa.
Hoy entrando en el cabildo,
envió desde la sala
del rey Felipe segundo
el presidente una carta,
para que la ejecución
de lo que por ella manda,
de la ciudad quede a cuenta.
Abrióse, empezó en voz alta
a leerla el secretario
del cabildo; y todas cuantas
instrucciones contenía,
todas eran ordenadas
en vuestro agravio. ¡Qué bien
pareja del tiempo llaman
a la fortuna, pues ambos
sobre una rueda y dos alas,
para el bien o para el mal
corren siempre y nunca paran!
Las condiciones, pues, eran
algunas de las pasadas
y otras nuevas que venían
escritas con más instancia,
en razón de que ninguno
de la nación africana,
que hoy es caduca ceniza
de aquella invencible llama
en que ardió España, pudiese
tener fiestas, hacer zambras,
vestir sedas, verse en baños,
ni oírse en alguna casa
hablar en su algarabía,
sino en lengua castellana.


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MALEC:

Yo, que por el más antiguo,
el primero me tocaba
hablar, dije que aunque era
ley justa y prevención santa
ir haciendo poco a poco
de la costumbre africana
olvido, no era razón
que fuese con furia tanta;
y así, que se procediese
en el caso con templanza,
porque la violencia sobra
donde la costumbre falta.
Don Juan, don Juan de Mendoza,
deudo de la ilustre casa
del gran marqués de Mondéjar,
dijo entonces: «Don Juan habla
apasionado, porque
naturaleza le llama
a que mire por los suyos,
y así, remite y dilata
el castigo a los moriscos,
gente vil, humilde y baja.-
Señor don Juan de Mendoza
(dije) cuando estuvo España
en la opresión de los moros
cautiva en su propia patria,
los cristianos, que mezclados
con los árabes estaban,
que hoy mozárabes se dicen,
no se ofenden, ni se infaman
de haberlo estado, porque
más engrandece y ensalza
la fortuna al padecerla
a veces, que al dominarla.


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MALEC:

Y en cuanto a que son humildes,
gente abatida y esclava,
los que fueron caballeros
moros no debieron nada
a caballeros cristianos
el día que con el agua
del bautismo recibieron
su fe católica y santa;
mayormente los que tienen,
como yo, de reyes tanta.-
Sí; pero de reyes moros,
dijo.- Como si dejara
de ser real, le respondí,
por mora, siendo cristiana
la de Valores, Cegríes,
de Venegas y Granadas».
De una palabra a otra, en fin,
como entramos sin espadas,
unos y otros se empeñaron...
¡Mal haya ocasión, mal haya,
sin espadas y con lenguas,
que son las peores armas,
pues una herida mejor
se cura que una palabra!


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MALEC:

Alguna acaso le dije
que obligase a su arrogancia
a que (aquí tiemblo al decirlo)
tomándome (¡pena extraña!)
el báculo de las manos,
con él... pero hasta esto basta;
que hay cosas que cuesta más
el decirlas que el pasarlas.
Este agravio que en defensa,
esta ofensa que en demanda
vuestra a mí me ha sucedido,
a todos juntos alcanza,
pues no tengo un hijo yo
que desagravie mis canas,
sino una hija, consuelo
que aflige más que descansa.
Ea, valientes moriscos,
noble reliquia africana,
los cristianos solamente
haceros esclavos tratan;
la Alpujarra (aquesa sierra
que al sol la cerviz levanta,
y que poblada de villas,
es mar de peñas y plantas,
adonde sus poblaciones
ondas navegan de plata,
por quien nombres las pusieron
de Galera, Berja y Gavia)
toda es nuestra: retiremos
a ella bastimentos y armas.


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MALEC:

Elegid una cabeza
de la antigua estirpe clara
de vuestros Abenhumeyas,
pues hay en Castilla tantas,
y haceos señores, de esclavos;
que yo, a costa de mis ansias,
iré persuadiendo a todos
que es bajeza, que es infamia
que a todos toque mi agravio,
y no a todos mi venganza.

CADÍ:

Yo para el hecho que intentas...

OTRO:

Yo para la acción que trazas...

CADÍ:

Mi vida y mi hacienda ofrezco.

OTRO:

Ofrezco mi vida y alma.

UNO:

Todos decimos lo mismo.

UNA MORISCA:

Y yo en el nombre de cuantas
moriscas Granada tiene,
ofrezco joyas y galas.


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(Vanse MALEC y varios MORISCOS.)
ALCUZCUZ:

Me, que sólo tener una
tendecilia en Vevarambla
de aceite, vinagre e higos,
nueces, almendras e pasas,
cebolias, ajos, pimentos,
cintas, escobas de palma,
hilo, agujas, faldriqueras
con papel blanco e de estraza,
alcamonios, agujetas
de perro, tabaco, varas,
caniones para hacer plumas,
hostios para cerrar cartas,
ofrecer lievarla a cuestas
con todas sus zarandajas,
porque me he de ver, si llegan
a colmo mis esperanzas,
de todos los Alcuzcuzes
marqués, conde o duque.

UNO:

Calla,
que estás loco.

ALCUZCUZ:

No estar loco.

OTRO:

Si no loco, es cosa clara
que estás borracho.

ALCUZCUZ:

No estar,
que jonior Mahoma manda
en su alacran no beber
vino, y en mi vida nada
lo he bebido... por los ojos;
que si alguna vez me agrada,
por no quebrar el costumbre,
me lo bebo por la barba.
(Vanse.)


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Escena III
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Sala en casa de MALEC.
DOÑA CLARA, BEATRIZ.
DOÑA CLARA:

Déjame, Beatriz, llorar
en tantas penas y enojos;
débanles algo a mis ojos
mi desdicha y mi pesar.
Ya que no puedo matar
a quien llegó a deslucir
mi honor, déjame sentir
las afrentas que le heredo,
pues ya que matar no puedo,
pueda a lo menos morir.
¡Qué baja naturaleza
con nosotras se mostró,
pues cuando mucho, nos dio
un ingenio, una belleza
adonde el honor tropieza,
mas no donde pueda estar
seguro! ¿Qué más pesar,
si a padre y marido vemos
que quitar su honor podemos,
y no le podemos dar?
Si hubiera varón nacido,
Granada y el mundo viera
hoy, si con un joven era
tan soberbio y atrevido
el Mendoza, como ha sido
con un viejo... Y por hacer
estoy que llegue a entender
que no por mujer le dejo;
pues quien riñó con un viejo,
podrá con una mujer.
Pero es loca mi esperanza.
Esto es solamente hablar.
¡Oh si pudiera llegar
a mis manos mi venganza!
Y mayor pena me alcanza
verme ¡ay infelice! así,
porque en un día perdí
padre y esposo, pues ya
por mujer no me querrá
don Álvaro Tuzaní.


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Escena IV
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DON ÁLVARO, DOÑA CLARA, BEATRIZ.
DON ÁLVARO:

Por mal agüero he tenido,
cuando ya en nada repara
mi amor, haber, bella Clara,
mi nombre en tu boca oído;
porque si la voz ha sido
eco del pecho, sospecho
que él, que en lágrimas deshecho
está, sus penas dirá:
luego soy tu pena ya,
pues que me arrojas del pecho.

DOÑA CLARA:

No puedo negar que llena
de penas el alma esté,
y andas tú en ellas, porque
no eres tú mi menor pena.
De ti el cielo me enajena:
¡Mira si eres la mayor!
Porque es tan grande mi amor,
que tu mujer no he de ser,
porque no tengas mujer
tú, de un padre sin honor.


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DON ÁLVARO:

Clara, no quiero acordarte
cuánto respeto he tenido
a tu amor, y cuánto ha sido
mi respeto en adorarte;
sólo quiero en esta parte
disculparme de que así
haya entrado hoy hasta aquí,
antes de haberte vengado;
porque haberlo dilatado
es lo más que hago por ti.
Que aunque en las leyes del duelo
con mujer no se ha de hablar,
y aunque puedo consolar
tu pena y tu desconsuelo
con decir a tu desvelo
que no llore y que no sienta;
porque la acción que se intenta
sin espada (mayormente
cuando hay justicia presente)
ni agravia, ofende ni afrenta;
de uno ni otro me aprovecho,
mas de otra disculpa sí,
y es decir que entrarme aquí
antes de haber satisfecho
(pasando al Mendoza el pecho)
a tu padre, acción ha sido
cuerda; porque recibido
está que no se vengó
bien del ofensor, si no
le dio muerte el ofendido,
si no es que su hijo sea
o sea su hermano menor:
y así, para que su honor
hoy imposible no vea
la venganza que desea,
una fineza he de hacer,
que es pedirte por mujer
a Don Juan y así, colijo
que en siendo una vez su hijo,
le podré satisfacer.


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DON ÁLVARO:

Sólo a esto, Clara, he venido;
y si me tuvo hasta aquí
cobarde en pedirte así,
haber tan pobre nacido;
hoy que esto le ha sucedido,
sólo le pida mi labio
su agravio en dote: y es sabio
acuerdo dármele, pues
ya sabe el mundo que es
dote de un pobre un agravio.


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DOÑA CLARA:

Ni yo, don Álvaro, espero
acordarte, cuando lloro,
la verdad con que te adoro
y la fe con que te quiero.
No intento decir que muero
hoy, dos veces ofendida,
no que a tu afición rendida,
no que en amorosa calma
eres vida de mi alma
y eres alma de mi vida;
que sólo dar a entender
quiero en confusión tan brava,
que quien fuera ayer tu esclava,
hoy no será tu mujer;
porque si cobarde ayer
no me pediste, y hoy sí,
no quiero yo que de ti,
murmurando el mundo, arguya
que para ser mujer tuya,
hubo que suplir en mí.
Rica y honrada pensé
yo que aún no te merecía;
mas como era dicha mía,
solamente lo dudé:
Mira cómo hoy te daré
en vez de favor castigo,
haciendo al mundo testigo
que fue menester, señor,
que me hallases sin honor
para casarte conmigo.


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DON ÁLVARO:

Yo lo intento por vengarte.

DOÑA CLARA:

Yo lo excuso por temerte.

DON ÁLVARO:

Esto, Clara, ¿no es quererte?

DOÑA CLARA:

¿No es esto, Álvaro, estimarte?

DON ÁLVARO:

No has de poder excusarte...

DOÑA CLARA:

Darme la muerte podré.

DON ÁLVARO:

Que yo a don Juan le diré
mi amor.

DOÑA CLARA:

Diré que es error.

DON ÁLVARO:

Y eso ¿es lealtad?


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DOÑA CLARA:

Es honor.

DON ÁLVARO:

Y eso ¿es fineza?

DOÑA CLARA:

Esto es fe;
pues a los cielos les juro
de no ser de otro mujer,
como mi honor llegue a ver
de toda excepción seguro.
Sólo esto lograr procuro.

DON ÁLVARO:

¿Qué importa si...?

BEATRIZ:

Mi señor
sube por el corredor
con mucho acompañamiento.

DOÑA CLARA:

Retírate a este aposento.

DON ÁLVARO:

¡Qué desdicha!

DOÑA CLARA:

¡Qué rigor!
(Vanse DON ÁLVARO y BEATRIZ.)


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Escena V
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DON ALONSO DE ZÚÑIGA, DON FERNANDO DE VÁLOR y DON JUAN MALEC.-DOÑA CLARA; DON ÁLVARO, oculto.
MALEC:

Clara...

DOÑA CLARA:

Señor...

MALEC:

(Aparte.)
(¡Ay de mí!
¡Con cuánta pena te encuentro!)
Éntrate, Clara, allá dentro.

DOÑA CLARA:

(Aparte a su padre.)
¿Qué es esto?

MALEC:

Oye desde ahí.


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(Vase DOÑA CLARA al cuarto donde está DON ÁLVARO, quedándose tras la puerta entreabierta.)
DON ALONSO:

Don Juan de Mendoza preso
queda en el Alhambra ya;
y así preciso será,
en tanto que este suceso
se compone, que lo estéis
vos en vuestra casa.

MALEC:

Aceto
la carcelería, y prometo
guardarla.

VÁLOR:

No lo estaréis
mucho; que pues me ha dejado
el señor corregidor
(porque en el duelo de honor
nunca la justicia ha entrado)
a mí hacer las amistades,
yo las haré, procurando
el fin.

DON ALONSO:

Señor don Fernando
de Válor, con dos verdades
se sanea una malicia;
pues que no hay agravio, es ley,
ni en el palacio del rey
ni en tribunal de justicia.
Todos lo somos allí,
y allí no le puede haber.


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VÁLOR:

El medio pues ha de ser
éste...

DON ÁLVARO:

(Aparte a DOÑA CLARA.)
¿Óyeslo todo?

DOÑA CLARA:

Sí.

VÁLOR:

Que en este caso no hay medio
que le sanee mejor.
Escuchadme.

MALEC:

¡Ay del honor
que se cura con remedio!

VÁLOR:

Don Juan de Mendoza es
tan bizarro caballero
como ilustre, está soltero,
y don Juan de Malec, pues,
en quien sangre ilustre dura
de los reyes de Granada,
tiene una hija celebrada
por su ingenio y su hermosura.
A nadie toca tomar,
si satisfacción desea,
la causa, sino a quien sea
su yerno. Pues con casar
a don Juan con doña Clara,
estará cierto...


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DON ÁLVARO:

(Aparte.)
¡Ay de mí!

VÁLOR:

Que no pudiendo por sí
vengarse la ofensa rara,
pues habiendo a un tiempo sido
interesado en su honor,
como tercero ofensor,
y como su hijo ofendido;
en no teniendo de quien
estar ofendido pueda,
por la misma razón queda
seguro. Don Juan también,
no habiendo de darse muerte
a sí mismo en tanto abismo,
vendrá a tener en sí mismo
su mismo agravio: de suerte
que no pudiendo agraviarse
un hombre a sí, haciendo sabio
dueño a don Juan del agravio,
no tiene de quien vengarse,
y queda limpio el honor
de los dos, pues en efeto
no caben en un sujeto
ofendido y ofensor.

DON ÁLVARO:

  (Aparte a DOÑA CLARA.)
Yo responderé.


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DOÑA CLARA:

Detente,
no me destruyas, por Dios.

DON ALONSO:

Eso está bien a los dos.

MALEC:

Hay mayor inconveniente,
pues toda nuestra esperanza
que Clara deshaga entiendo...

DOÑA CLARA:

(Aparte.)
El cielo me va trayendo
a las manos la venganza.

MALEC:

Que mi hija, no sabré
si hombre que aborreció ya
con tanta ocasión, querrá
por marido.


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(Sale DOÑA CLARA.)
DOÑA CLARA:

Sí querré;
que importa menos, señor,
si aquí tu opinión estriba,
que yo sin contento viva,
que vivir tú sin honor.
Porque si fuera tu hijo,
la ira me estaba llamando,
bien muriendo o bien matando;
y siendo tu hija, colijo
que en el modo que pudiere
te debo satisfacer,
y así, seré su mujer:
de cuyo efecto se infiere
que estoy tu honor defendiendo,
que estoy tu fama buscando.
(Aparte.)
(Y pues no puedo matando,
quiero vengarte muriendo.)

DON ALONSO:

Vuestro ingenio sólo pudo
en un concepto cifrar
conclusión tan singular.

VÁLOR:

Y ya el efecto no dudo.
Escríbase en un papel
esto que aquí se trató,
para que le lleve yo.


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DON ALONSO:

Ambos iremos con él.

MALEC:

(Aparte.)
Quiero usar de aqueste medio,
mientras empieza el motín.

VÁLOR:

Todo esto tendrá buen fin,
pues estoy yo de por medio.
(Vanse los tres.)

DOÑA CLARA:

Ahora que a un aposento
se han retirado a escribir,
podrás, Álvaro, salir.


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Escena VI
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DON ÁLVARO.-DOÑA CLARA.
DON ÁLVARO:

Sí haré, sí haré, y con intento
de no volver a ver más
alma tan mudable en pecho
tan noble; y el no haber hecho,
cuando la muerte me das,
un notable extremo aquí,
no fue respeto, no fue
temor, gusto sí, porque
mujer tan baja...

DOÑA CLARA:

¡Ay de mí!

DON ÁLVARO:

Que a un tiempo, con vil intento,
fe injusta, estilo liviano,
ofrece a un hombre la mano
y a otro tiene en su aposento,
no me está bien que se diga
que nunca la quise bien.

DOÑA CLARA:

La voz, Álvaro, detén,
a que un engaño te obliga;
que yo te satisfaré
con el tiempo.

DON ÁLVARO:

Éstas no son
cosas de satisfacción.


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DOÑA CLARA:

Podrán serlo.

DON ÁLVARO:

¿No escuché
yo que la mano darías
hoy al de Mendoza?

DOÑA CLARA:

Sí;
pero no sabes de mí
el fin de las ansias mías.

DON ÁLVARO:

¿Qué fin? Darme muerte. Advierte
si hay disculpa que te cuadre,
pues él agravió a tu padre
y a mí me ha dado la muerte.

DOÑA CLARA:

El tiempo, Álvaro, podrá
desengañarte algún día
que es constante la fe mía,
y que esta mudanza está
tan de tu parte...

DON ÁLVARO:

¿Quién vio
tan sutil engaño? Dí,
¿no le das la mano?

DOÑA CLARA:

Sí.


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DON ÁLVARO:

¿No has de ser su mujer?

DOÑA CLARA:

No.

DON ÁLVARO:

Pues ¿qué medio puede haber...

DOÑA CLARA:

No me preguntes en vano.

DON ÁLVARO:

Clara, entre darle la mano
y entre no ser su mujer?

DOÑA CLARA:

Darle la mano, quizá
será traerle a mis brazos,
con que le he de hacer pedazos.
¿Estás satisfecho ya?

DON ÁLVARO:

No; que si él muere en tus lazos,
dejará ¡ay Dios! al morir
muy desvalido el vivir,
porque son, Clara, tus brazos
para verdugos muy bellos.
Pero antes que (ya que sea
ése tu intento) él se vea
ni aun para morir en ellos,
curaré de mis desvelos
yo con su muerte el rigor.


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DOÑA CLARA:

Eso ¿es amor?

DON ÁLVARO:

Es honor.

DOÑA CLARA:

Esa ¿es fineza?

DON ÁLVARO:

Son celos.

DOÑA CLARA:

Mira, mi padre escribió.
¡Quién detenerte pudiera!

DON ÁLVARO:

¡Qué poco menester fuera
para detenerme yo!
(Vanse.)


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Escena VII
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Sala en la Alhambra.
DON JUAN DE MENDOZA, GARCÉS.
MENDOZA:

Nunca en razón la cólera consiste.

GARCÉS:

No te disculpes. ¡Qué! Muy bien hiciste
en ponerle la mano;
que no por viejo el que es nuevo cristiano
piense que inmunidad el serlo goza
de atreverse a un González de Mendoza.

MENDOZA:

Hay mil hombres que en fe de sus estados
son soberbios, altivos y arrojados.

GARCÉS:

Para aquestos traía el condestable
don Íñigo (el acuerdo era admirable)
en la cinta una espada,
y otra que le servía de cayada.
Preguntándole un día,
que dos espadas a qué fin traía,
dijo: «La de la cinta se prefiere
para aquel que en la cinta la trajere;
estotra, que de palo me ha servido,
para quien no la trae y es atrevido».

MENDOZA:

Muy bien mostró deber los caballeros
traer para dos acciones dos aceros.
Ya que el triunfo ha salido
de espadas, dame aquesa que has traído,
porque a cualquier suceso
no me halle sin espada, aunque esté preso.


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GARCÉS:

Yo me agradezco haber la vuelta dado
hoy a tu casa en tiempo que a tu lado
puedo servirte, si enemigos tienes.

MENDOZA:

Y ¿cómo de Lepanto, Garcés, vienes?

GARCÉS:

Como quien ha tenido
fortuna de haber sido
en ocasión soldado,
que haya en facción tan grande militado
debajo de la mano y disciplina
del hijo de aquel águila divina,
que en vuelo infatigable y sin segundo
debajo de sus alas tuvo al mundo.

MENDOZA:

¿Cómo el señor don Juan llegó?

GARCÉS:

Contento
de la empresa.


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MENDOZA:

¿Fue grande?

GARCÉS:

Escucha atento.
Con la liga...

MENDOZA:

Detente, porque ha entrado
tapada una mujer.

GARCÉS:

Soy dedichado,
pues a quínola puesto de romance,
me entra figura con que pierdo el lance.


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Escena VIII
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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


DOÑA ISABEL TUZANÍ, tapada.-Dichos.
DOÑA ISABEL:

Señor don Juan de Mendoza,
¿podrá una mujer que viene
a veros en la prisión,
saber de vos solamente
cómo en la prisión os va?

MENDOZA:

Pues ¿por qué no? -Garcés, vete.

GARCÉS:

Mira, señor, que no sea...

MENDOZA:

En vano dudas y temes;
que ya el habla he conocido.

GARCÉS:

Por eso me voy.

MENDOZA:

Bien puedes.
(Vase GARCÉS.)


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Escena IX
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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


DOÑA ISABEL, DON JUAN DE MENDOZA.
MENDOZA:

En igual duda los ojos
y los oídos me tienen,
porque de los dos no sé
cuál dijo verdad o miente:
porque si a los ojos creo,
no pareces tú lo que eres;
y si creo a los oídos,
no eres tú lo que pareces.
Merezca pues ver corrida
la sutil nube aparente
del negro cendal, porque
si una vez la luz la vence,
digan mis ojos y oídos
que hoy amaneció dos veces.

DOÑA ISABEL:

Por no obligaros, don Juan,
a que dudéis más quién puede
ser quien os busca, es razón
descubrirme; que no quieren
mis celos que adivinéis
a quién la fineza deben.
Yo soy...


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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


MENDOZA:

¡Isabel, señora!
Pues ¡tú en mi cas, y tú en este
traje, fuera de la tuya!
¡Tú a buscarme desta suerte!
¿Cómo era posible, cómo
que vanas dichas creyese?
Luego fue fuerza dudarlas.

DOÑA ISABEL:

Apenas cuanto sucede
supe, y que aquí estabas preso,
cuando mi amor no consiente
más dilación en buscarte;
y antes que a casa volviese
don Álvaro Tuzaní
mi hermano, he venido a verte
con una criada sola
(mira ya lo que me debes)
que a la puerta dejo.

MENDOZA:

Pueden
hoy con aquesta fineza,
Isabel, desvanecerse
las desdichas, pues por ellas...


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Escena X
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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


INÉS, con manto, asustada.-Dichos.
INÉS:

¡Ay, señora!

DOÑA ISABEL:

Inés, ¿qué tienes?

INÉS:

Don Álvaro mi señor
viene aquí.

DOÑA ISABEL:

¿Si conocerme
pudo, aunque tan disfrazada
vine?

MENDOZA:

¡Qué lance tan fuerte!

DOÑA ISABEL:

Si me siguió, yo soy muerta.

MENDOZA:

Si estás conmigo, ¿qué temes?
Éntrate en aquesa sala
y cierra; que aunque él intente
hallarte, no te hallará,
si antes no me da la muerte.

DOÑA ISABEL:

En grande peligro estoy.
¡Valedme, cielos, valedme!
(Escóndense las dos.)


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Escena XI
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DON ÁLVARO.-DON JUAN DE MENDOZA; DOÑA ISABEL, escondida.
DON ÁLVARO:

Señor don Juan de Mendoza,
hablar con vos me conviene
a solas.

MENDOZA:

Pues solo estoy.

DOÑA ISABEL:

(Aparte al paño.)
¡Qué descolorido viene!

DON ÁLVARO:

(Aparte.)
Pues cerraré aquesa puerta.

MENDOZA:

Cerradla.
(Aparte.)
(¡Buen lance es éste!)

DON ÁLVARO:

Ya pues que cerrada está,
escuchadme atentamente.
En una conversación
supe ahora cómo vienen
a buscaros...


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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


MENDOZA:

Es verdad.

DON ÁLVARO:

A esta prisión...

MENDOZA:

Y no os mienten.

DON ÁLVARO:

Quien con el alma y la vida
en aquesta acción me ofende.

DOÑA ISABEL:

(Aparte al paño.)
¿Qué más se ha de declarar?

MENDOZA:

(Aparte.)
¡Cielos!, ya no hay quien espere.

DON ÁLVARO:

Y así, he querido llegar
(antes que los otros lleguen,
queriendo efectuar con esto
amistades indecentes)
en defensa de mi honor.

MENDOZA:

Eso mi ingenio no entiende.


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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


DON ÁLVARO:

Pues yo me declararé.

DOÑA ISABEL:

 (Aparte al paño.)
Otra vez mi pecho aliente;
que no soy yo la que busca.

DON ÁLVARO:

El corregidor pretende,
con don Fernando de Válor,
de don Juan Malec pariente,
hacer estas amistades,
y a mí sólo me compete
estorbarlas. La razón,
aunque muchas darse pueden,
yo dárosla a vos no quiero;
y en fin, sea lo que fuere,
yo vengo a saber de vos,
por capricho solamente,
si es valiente con un joven
quien con un viejo es valiente.
Y en efecto, vengo sólo
a darme con vos la muerte.

MENDOZA:

Merced me hubiérades hecho
en decirme brevemente
lo que pretendéis, porque
juzgué, confuso mil veces,
que era otra la ocasión
de más cuidado, porque ese
no es cuidado para mí.
Y puesto que no se debe
rehusar reñir con cualquiera
que reñir conmigo quiere;
antes que esas amistades
que decís que tratan, lleguen,
y que os importa estorbarlas
por la ocasión que quisiereis,
sacad la espada.


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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


DON ÁLVARO:

A eso vengo;
que me importa daros muerte
más presto que vos pensáis.

MENDOZA:

Pues campo bien solo es éste.
(Riñen.)

DOÑA ISABEL:

(Aparte al paño.)
De una confusión en otra,
más desdichas me suceden.
¿Quién a su amante y su hermano
vio reñir, sin que pudiese
estorbarlo?

MENDOZA:

(Aparte.)
¡Qué valor!

DON ÁLVARO:

(Aparte.)
¡Qué destreza!


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DOÑA ISABEL:

 (Aparte al paño.)
¿Qué he de hacerme?
Que veo jugar a dos,
Y deseo entrambas suertes,
porque van ambos por mí,
si me ganan o me pierden...
(Tropezando en una silla, cae DON ÁLVARO; sale DOÑA ISABEL tapada y detiene a DON JUAN.)

DON ÁLVARO:

Tropezando en esta silla,
he caído.

DOÑA ISABEL:

¡Don Juan, tente!
(Aparte.)
(Pero ¿qué hago? El afecto
me arrebató desta suerte.)
(Retírase.)

DON ÁLVARO:

Mal hicisteis en callarme
que estaba aquí dentro gente.

MENDOZA:

Si a daros la vida estaba,
no os quejéis; que más parece
que estar conmigo, reñir
con dos, si a ampararos viene.
Aunque hizo mal, porque yo
de caballero las leyes
sé también; que habiendo visto
que el caer es accidente,
os dejara levantar.


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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


DON ÁLVARO:

Ya tengo que agradecerle
dos cosas a aquesa dama:
que a darme la vida llegue,
y llegue antes que de vos
la reciba, porque quede,
sin aquesta obligación,
capaz mi enojo valiente
para volver a reñir.

MENDOZA:

¿Quién, don Álvaro, os detiene?
(Riñen.)

DOÑA ISABEL:

(Aparte al paño.)
¡Oh, quién pudiera dar voces!
(Llaman dentro a la puerta.)

DON ÁLVARO:

A la puerta llama gente.

MENDOZA:

¿Qué haremos?

DON ÁLVARO:

Que muera el uno
y abra luego el que viviere.


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MENDOZA:

Decís bien.

DOÑA ISABEL:

 (Saliendo.)
Primero yo
abriré, porque ellos entren.

DON ÁLVARO:

No abráis.

MENDOZA:

No abráis.
(Abre DOÑA ISABEL.)


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Escena XII
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DON FERNANDO DE VÁLOR, DON ALONSO; después, INÉS.-DOÑA ISABEL, tapada; DON ÁLVARO, DON JUAN DE MENDOZA.
DOÑA ISABEL:

Caballeros,
los dos que miráis presentes
se quieren matar.

DON ALONSO:

Teneos,
porque hallándôs desta suerte
riñendo a ellos y aquí a vos,
se dice bien claramente
que sois la causa.

DOÑA ISABEL:

(Aparte.)
¡Ay de mí!,
que me he entregado a perderme,
por donde entendí librarme.

DON ÁLVARO:

Porque en ningún tiempo llegue
a peligrar una dama
a quien mi vida le debe
el ser, diré la verdad
y la causa que me mueve
a este duelo. No es de amor,
sino que como pariente
de don Juan Malec, así
pretendí satisfacerle.


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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


MENDOZA:

Y es verdad, porque esa dama
acaso ha venido a verme.

DON ALONSO:

Pues que con las amistades
que ya concertadas tienen,
todo cesa, mejor es
que todo acabado quede
sin sangre, pues vence más
aquel que sin sangre vence.
(Sale INÉS.)
Idos, señoras, con Dios.

DOÑA ISABEL:

(Aparte.)
Sólo esto bien me sucede.
(Vanse las dos.)


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Escena XIII
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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


DON ALONSO, DON ÁLVARO, DON JUAN DE MENDOZA, DON FERNANDO DE VÁLOR.
VÁLOR:

Señor don Juan de Mendoza,
a vuestros deudos parece
y a los nuestros, que este caso
dentro de puertas se quede
(como dicen en Castilla),
y que con deudo se suelde,
pues dando la mano vos
a doña Clara, la fénix
de Granada, como parte
entonces...

MENDOZA:

La lengua cese,
señor don Fernando Válor;
que hay muchos inconvenientes.
Si es el fénix doña Clara,
estarse en Arabia puede;
que en montañas de Castilla
no hemos menester al fénix,
y los hombres como yo
no es bien que deudos concierten
por soldar ajenas honras,
ni sé que fuera decente
mezclar Mendozas con sangre
de Malec, pues no convienen
ni hacen buena consonancia
los Mendozas y Maleques.


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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


VÁLOR:

Don Juan de Malec es hombre...

MENDOZA:

Como vos.

VÁLOR:

Sí, pues desciende
de los reyes de Granada;
que todos sus ascendientes
y los míos reyes fueron.

MENDOZA:

Pues los míos, sin ser reyes,
fueron más que reyes moros,
porque fueron montañeses.

DON ÁLVARO:

Cuanto el señor don Fernando
en esta parte dijere,
defenderé yo en campaña.

DON ALONSO:

Aquí de ministro cese
el cargo; que caballero
sabré ser cuando conviene;
que soy Zúñiga en Castilla
antes que justicia fuese.
Y así, arrimando esta vara,
adónde y cómo quisiereis,
al lado de don Juan, yo
haré...


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Escena XIV
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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


UN CRIADO.-Dichos.
CRIADO:

En casa se entra gente.

DON ALONSO:

Pues todos disimulad;
que al cargo mi valor vuelve.
Vos, don Juan, aquí os quedad
preso.

MENDOZA:

A todo os obedece
mi valor.

DON ALONSO:

Los dos os id.

MENDOZA:

Y si desto os pareciere
satisfaceros...

DON ALONSO:

A mí
y a don Juan, donde eligiereis...

MENDOZA:

Nos hallaréis con la espada...

DON ALONSO:

Y la capa solamente.
(Vase DON ALONSO, y DON JUAN DE MENDOZA va acompañándole.)


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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


VÁLOR:

¡Esto consiente mi honor!

DON ÁLVARO:

¡Esto mi valor consiente!

VÁLOR:

Porque me volví cristiano,
¿este baldón me sucede?

DON ÁLVARO:

Porque su ley recibí,
¿ya no hay quien de mí se acuerde?

VÁLOR:

¡Vive Dios, que es cobardía
que mi venganza no intente!

DON ÁLVARO:

¡Vive el cielo, que es infamia
que yo de vengarme deje!

VÁLOR:

¡El cielo me dé ocasión...

DON ÁLVARO:

¡Ocasión me dé la suerte...

VÁLOR:

Que si me la dan los cielos...

DON ÁLVARO:

Si el hado me la concede...


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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


VÁLOR:

Yo haré que veáis muy presto...

DON ÁLVARO:

Llorar a España mil veces...

VÁLOR:

El valor...

DON ÁLVARO:

El ardimiento
deste brazo altivo y fuerte...

VÁLOR:

¡De los Válores altivos!

DON ÁLVARO:

¡De los Tuzanís valientes!

VÁLOR:

¿Habéisme escuchado?

DON ÁLVARO:

Sí.

VÁLOR:

Pues de hablar la lengua cese
y empiecen a hablar las manos.

DON ÁLVARO:

Pues ¿quién dice que no empiecen?


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Jornada II-Escena I
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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


Sierra de la Alpujarra.-Cercanías de Galera.
Tocan cajas y trompetas, y salen SOLDADOS, DON JUAN DE MENDOZA y EL SEÑOR DON JUAN DE AUSTRIA.
DON JUAN:

Rebelada montaña,
cuya inculta aspereza, cuya extraña
altura, cuya fábrica eminente,
con el peso, la máquina y la frente
fatiga todo el suelo,
estrecha el aire y embaraza el cielo;
infame ladronera,
que de abortados rayos de tu esfera
das, preñados de escándalos tu senos,
aquí la voz y en África los truenos.
Hoy es, hoy es el día
fatal de tu pasada alevosía,
porque vienen conmigo
juntos hoy mi venganza y tu castigo;
si bien corridos vienen
de ver el poco aplauso que previenen
los cielos a mi fama;
que esto matar, y no vencer se llama,
porque no son blasones
a mi honor merecidos
postrar una canalla de ladrones
ni sujetar un bando de bandidos:
Y así, encargue a los tiempos mi memoria
que la llamo castigo, y no vitoria.
Saber deseo el origen deste ardiente
fiero motín.


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


MENDOZA:

Pues oye atentamente.
Ésta, austral águila heroica,
es el Alpujarra, ésta
es la rústica muralla,
es la bárbara defensa
de los moriscos, que hoy,
mal amparados en ella,
africanos montañeses,
restaurar a España intentan.
Es por su altura difícil,
fragosa por su aspereza,
por su sitio inexpugnable
e invencible por sus fuerzas.
Catorce leguas en torno
tiene, y en catorce leguas
más de cincuenta que añade
la distancia de las quiebras,
porque entre puntas y puntas
hay valles que la hermosean,
campos que la fertilizan,
jardines que la deleitan.
Toda ella está poblada
de villajes y de aldeas;
tal, que cuando el sol se pone,
a las vislumbres que deja,
parecen riscos nacidos
cóncavos entre las breñas,
que rodaron de la cumbre,
aunque a la falda no llegan.


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


MENDOZA:

De todas las tres mejores
son Berja, Gavia y Galera,
plazas de armas de los tres
que hoy a los demás gobiernan.
Es capaz de treinta mil
moriscos que están en ella,
sin las mujeres y niños,
y tienen donde apacientan
gran cantidad de ganados;
si bien los más se sustentan
más que de carnes, de frutas
ya silvestres o ya secas,
o de plantas que cultivan;
porque no sólo a la tierra,
pero a los peñascos hacen
tributarios de la yerba;
que en la agricultura tienen
del estudio, tal destreza,
que a preñeces de su azada
hacen fecundas las piedras.
La causa del rebelión,
por si tuve parte en ella,
te suplico que en silencio
la permitas a mi lengua.
Aunque mejor es decir
que fui la causa primera,
que no decir que lo fueron
las pragmáticas severas
que tanto los apretaron,
que decir esto me es fuerza
si uno ha de tener la culpa,
más vale que yo la tenga.


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


MENDOZA:

En fin, sea aquel desaire
la ocasión, señor, o sea
que a Válor al otro día
que sucedió mi pendencia,
llegó el alguacil mayor
dél, y le quitó a la puerta
del Ayuntamiento una
daga que traía encubierta;
o sea que ya oprimidos
de ver cuánto los aprietan
órdenes que cada día
aquí de la corte llegan,
los desesperó de suerte,
que amotinarse conciertan:
para cuyo efecto fueron,
sin que ninguno lo entienda,
bastimento, armas y hacienda.
Tres años tuvo en silencio
esta traición encubierta
tanto número de gentes:
cosa que admira y eleva,
que en más de treinta mil hombres
convocados para hacerla,
no hubiera uno que jamás
revelara ni dijera
secreto de tantos días.
¡Cuánto ignora, cuánto yerra
el que dice que un secreto
peligra en tres que le sepan!
Que en treinta mil no peligra,
como a todos les convenga.


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


MENDOZA:

El primer trueno que dio
este rayo que en la esfera
desos peñascos forjaban
la traición y la soberbia,
fueron hurtos, fueron muertes,
robos de muchas iglesias,
insultos y sacrilegios
y traiciones, de manera
que Granada, dando al cielo
bañada en sangre las quejas,
fue miserable teatro
de desdichas y tragedias.
Preciso acudió al remedio
la justicia; pero apenas
se vio atropellada, cuando
toda se puso en defensa:
trocó la vara en acero,
trocó el respeto en la fuerza,
y acabó en civil batalla
lo que empezó en resistencia.
Al corregidor mataron:
la ciudad, al daño atenta,
tocó al arma, convocando
la milicia de la tierra.
No bastó; que siempre estuvo
(tanto novedades precia)
de su parte la fortuna:
de suerte, que todo era
desdichas para nosotros.
¡Qué pesadas y qué necias
son, pues en cuanto porfían,
nunca ha quedado por ellas!


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


MENDOZA:

Creció el cuidado en nosotros,
creció en ellos la soberbia
y creció en todos el daño,
porque se sabe que esperan
socorro de África, y ya
se ve si el socorro llega,
que el defenderle la entrada
es divertirnos la fuerza:
además, que si una vez
pujantes se consideran,
harán los demás moriscos
del acaso consecuencia;
pues los de la Extremadura,
los de Castilla y Valencia,
para declararse aguardan
cualquier victoria que tengan.
Y para que veáis que son
gente, aunque osada y resuelta,
de políticos estudios,
oíd cómo se gobiernan;
que esto lo habemos sabido
de algunas espías presas.
Lo primero que trataron
fue elegir una cabeza;
y aunque sobre esta elección
hubo algunas competencias
entre don Fernando Válor
y otro hombre de igual nobleza,
don Álvaro Tuzaní;
don Juan Malec los concierta
con que don Fernando reine,
casándose con la bella
doña Isabel Tuzaní,
su hermana.


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


MENDOZA:

 (Aparte.)
(¡Oh cuánto me pesa
de traer a la memoria
el Tuzaní, a quien respetan,
ya que a él no le hicieron rey,
haciendo a su hermana reina!)
Coronado, pues, el Válor,
la primer cosa que ordena,
fue, por oponerse en todo
a las pragmáticas nuestras,
o por tener por las suyas
a su gente más contenta,
que ninguno se llamara
nombre cristiano, ni hiciera
ceremonia de cristiano:
y porque su ejemplo fuera
el primero, se firmó
el nombre de Abenhumeya,
apellido de los reyes
de Córdoba, a quien hereda.
Que ninguno hablar pudiese,
sino en arábiga lengua;
vestir sino traje moro,
ni guardar sino la secta
de Mahoma: después desto,
fue repartiendo las fuerzas.


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MENDOZA:

Galera, que es esa villa
que estás mirando primera,
cuyas murallas y fosos
labró la naturaleza,
tan singularmente docta,
que no es posible que pueda
ganarse sin mucha sangre,
la dio a Malec en tenencia;
a Malec, padre de Clara,
que ya se llama Maleca.
Al Tuzaní le dio a Gavia
la Alta, y él se quedó en Berja,
corazón que vivifica
ese gigante de piedra.
Ésa es la disposición
que desde aquí se penetra;
y ésa, señor, la Alpujarra,
cuya bárbara eminencia,
para postrarse a tus pies,
parece que se despeña.

DON JUAN:

Don Juan, vuestras prevenciones
son de Mendoza y son vuestras,
que es ser dos veces leales.
(Tocan dentro.)
Pero ¿qué cajas son éstas?

MENDOZA:

La gente que va llegando,
pasando, señor, la muestra.


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON JUAN:

¿Qué tropa es ésa?

MENDOZA:

Ésta es
de Granada, y cuanto riega
el Genil.

DON JUAN:

¿Y quién la trae?

MENDOZA:

Tráela el marqués de Mondéjar,
que es el conde de Tendilla,
de su Alhambra y de su tierra
perpetuo alcaide.

DON JUAN:

Su nombre
el moro en África tiembla.
(Tocan.)
¿Cuál es ésta?

MENDOZA:

La de Murcia.

DON JUAN:

¿Y quién es quien la gobierna?

MENDOZA:

El gran marqués de los Vélez.

DON JUAN:

Su fama y sus hechos sean
corónicas de su nombre.


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(Tocan.)
MENDOZA:

Éstos son los de Baeza,
y viene por cabo suyo
un soldado, a quien debiera
hacer estatuas la fama,
como su memoria eterna
Sancho de Ávila, señor.

DON JUAN:

Por mucho que se encarezca,
será poco, si no dice
la voz que alabarle intenta,
que es discípulo del duque
de Alba, enseñado en su escuela
a vencer, no a ser vencido.


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(Tocan.)
MENDOZA:

Aqueste que ahora llega,
el tercio viejo de Flandes
es, que ha bajado a esta empresa
desde el Mosa hasta el Genil,
trocando perlas a perlas.

DON JUAN:

¿Quién viene con él?

MENDOZA:

Un monstruo
del valor y la nobleza,
don Lope de Figueroa.

DON JUAN:

Notables cosas me cuentan
de su gran resolución
y de su poca paciencia.

MENDOZA:

Impedido de la gota,
impacientemente lleva
el no poder acudir
al servicio de la guerra.

DON JUAN:

Yo deseo conocerle.


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Escena II
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DON LOPE DE FIGUEROA.-Dichos.
DON LOPE:

Voto a Dios, que no me lleva
en aqueso de ventaja
un átomo vuestra alteza,
porque hasta verme a sus pies,
sólo he sufrido a mis piernas.

DON JUAN:

¿Cómo llegáis?

DON LOPE:

Como quien,
señor, a serviros llega
de Flandes a Andalucía;
y no es mala diligencia,
pues vos a Flandes no vais,
que Flandes a vos se venga.

DON JUAN:

Cúmplame el cielo esa dicha.
¿Traéis buena gente?

DON LOPE:

Y tan buena,
que si fuera el Alpujarra
el infierno, y estuviera
Mahoma por alcaide suyo,
entraran, señor, en ella...
Si no es los que tienen gota,
que no trepan por las peñas,
porque vienen...


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Escena III
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UN SOLDADO, GARCÉS, ALCUZCUZ.-Dichos.
 
UN SOLDADO:

(Dentro.)
Deteneos.

GARCÉS:

(Dentro.)
Tengo de llegar: afuera.
(Sale GARCÉS con ALCUZCUZ a cuestas.)

DON JUAN:

¿Qué es esto?

GARCÉS:

De posta estaba
a la falda desa sierra,
sentí ruido entre unas ramas,
Paréme hasta ver quién era,
Y vi este galgo que estaba
acechando detrás dellas,
que sin duda era su espía.
Maniatéle con la cuerda
del mosquete, y porque ladre
qué hay allá, le traigo a cuestas.

DON LOPE:

¡Buen soldado, vive Dios!
¿Esto hay acá?


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GARCÉS:

¡Pues!, ¿qué piensa
vueseñoría que todo
está en Flandes?

ALCUZCUZ:

(Aparte.)
¡Malo es ésta!
Alcuzcuz, a esparto olelde
el nuez del gaznato vuestra.

DON JUAN:

Ya os conozco: no me cogen
estas hazañas de nuevas.

GARCÉS:

¡Oh, cómo premian sin costa
príncipes que honrando premian!

DON JUAN:

Venid acá.

ALCUZCUZ:

¿A mé decilde?

DON JUAN:

Sí.

ALCUZCUZ:

Ser gran favor tan cerca.
Bien estalde aquí.

DON JUAN:

¿Quién sois?


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ALCUZCUZ:

 (Aparte.)
(Aquí importar el cautela.)
Alcuzcuz, un morisquilio,
a quien lievaron por fuerza
al Alpujarro; que mé
ser crestiano en me conciencia,
saber la trina crestiana,
el Credo, la Salve Reina,
el pan nostro, y el catorce
mandamientos de la Iglesia.
Por decir que ser crestiano,
darme otros el muerte intentan;
yo correr, e hoyendo, dalde
en manos de quien me prenda.
Si me dar el vida, yo
decilde cuanto allá piensan,
y lievaros donde entréis
sin alguna resistencia.

DON JUAN:

 (Aparte a MENDOZA.)
Como presumo que miente,
también puede ser que sea
verdad.

MENDOZA:

¿Quién duda que hay muchos
que ser cristianos profesan?
Yo sé una dama que está
retirada allá por fuerza.


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DON JUAN:

Pues ni todo lo creamos
ni dudemos. Garcés, tenga
ese morisco por preso...

GARCÉS:

Yo, yo tendré con él cuenta.

DON JUAN:

Que en lo que luego dijere,
veremos si acierta o yerra.
Y ahora vamos, don Lope,
dando a los cuarteles vuelta,
y a consultar por qué sitio
se ha de empezar.

MENDOZA:

Vuestra alteza
lo miren bien, porque aunque
parece poca la empresa,
importa mucho; que hay cosas,
mayormente como éstas,
que no dan honor ganadas,
y perdidas dan afrenta:
y así, se debe poner
mayor atención en ellas,
no tan para ganarlas,
cuanto para no perderlas.
(Vanse DON JUAN DE AUSTRIA, DON JUAN DE MENDOZA, DON LOPE y SOLDADOS.)


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Escena IV
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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


GARCÉS, ALCUZCUZ.
GARCÉS:

Vos ¿cómo os llamáis?

ALCUZCUZ:

Arroz;
que si entre moriscos era
Alcuzcuz, entre crestianos
seré arroz, porque se entienda
que menestra mora pasa
a ser crestiana menestra.

GARCÉS:

Alcuzcuz, ya sois mi esclavo:
decid verdad.

ALCUZCUZ:

Norabuena.

GARCÉS:

Vos dijisteis al señor
don Juan de Austria...

ALCUZCUZ:

¿Que aquél era?

GARCÉS:

Que le llevaríais por donde
entrada tiene esa sierra.

ALCUZCUZ:

Sí, mi amo.


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


GARCÉS:

Aunque es verdad
que él a sujetaros venga
con el marqués de los Vélez,
con el marqués de Mondéjar,
Sancho de Ávila y don Lope
de Figueroa, quisiera.
Yo que la entrada a estos montes
sólo a mí se me debiera:
llévame allá, porque quiero
mirarla y reconocerla.

ALCUZCUZ:

(Aparte.)
(Engañifa a este crestiano
he de hacerle, e dar la vuelta
al Alpujarra.) Venilde
conmigo.

GARCÉS:

Detente, espera;
que en ese cuerpo de guardia
dejé mi comida puesta
cuando salí a hacer la posta,
y quiero volver por ella;
que en una alforja podré
(porque el tiempo no se pierda)
llevarla, para ir comiendo
por el camino.

ALCUZCUZ:

Así sea.

GARCÉS:

Vamos, pues.

ALCUZCUZ:

(Aparte.)
Santo Mahoma,
pues tú selde mi profeta,
lievarme, e a Meca iré,
aunque ande de ceca en meca.
(Vanse.)


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Escena V
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Jardín en Berja.
MORISCOS y MÚSICOS; y detrás, DON FERNANDO DE VÁLOR y DOÑA ISABEL TUZANÍ.
VÁLOR:

A la falda lisonjera
dese risco coronado,
donde sin duda ha llamado
a cortes la primavera,
porque entre tantos colores
de su república hermosa
quede jurada la rosa
por la reina de las flores,
puedes, bella esposa mía,
sentarte. Cantad, a ver
si la música vencer
sabe la melancolía.


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DOÑA ISABEL:

Abenhumeya valiente,
a cuya altivez bizarra,
no el roble del Alpujarra.
dé corona solamente,
sino el sagrado laurel,
árbol ingrato del sol,
cuando llore el español
su cautiverio cruel:
No es desprecio de la dicha
deste amor, desta grandeza,
mi repetida tristeza,
sino pensión o desdicha
de la suerte; porque es tal
de la fortuna el desdén,
que apenas nos hace un bien,
cuando le desquita un mal.
No nace de causa alguna
esta pena
 (Aparte.)
(¡A Dios plugiera!),
sino sólo desta fiera
condición de la fortuna.
Y si ella es tan envidiosa,
¿cómo puedo yo este miedo
perder al mal, si no puedo
dejar de ser tan dichosa?


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


VÁLOR:

Si la causa de mirarte
triste tu dicha ha de ser,
pésame de no poder,
mi Lidora, consolarte;
que habrá tu melancolía
de ser cada día mayor
pues que tu imperio y mi amor
son mayores cada día.
Cantad, cantad, su belleza
celebrad, pues bien halladas,
siempre traen paces juradas
la música y la tristeza.

MÚSICA:

No es menester que digáis
cúyas sois, mis alegrías;
que bien se ve que sois mías
en lo poco que duráis.


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Escena VI
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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


MALEC, que llega a hablar a DON FERNANDO, hincada la rodilla; y a los lados, DON ÁLVARO y DOÑA CLARA, que salen en traje de moros, y se quedan a las puertas; BEATRIZ. -Dichos.
DOÑA CLARA:

(Aparte.)
«No es menester que digáis
cúyas sois, mis alegrías...».

DON ÁLVARO:

(Aparte.)
«Que bien se ve que sois mías
en lo poco que duráis».
(Siempre suenan los instrumentos, aunque se represente.)

DOÑA CLARA:

(Aparte.)
¡Cuánto siento haber oído
ahora aquesta canción!

DON ÁLVARO:

(Aparte.)
¡Qué notable confusión
la voz en mí ha introducido!

DOÑA CLARA:

(Aparte.)
Pues cuando mi casamiento
a tratar mi padre viene...

DON ÁLVARO:

(Aparte.)
Pues cuando dichas previene
amor, a mi amor atento...


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DOÑA CLARA:

 (Aparte.)
Glorias mías, escucháis...

DON ÁLVARO:

(Aparte.)
Escucháis, mis fantasías...
(Música; y ellos, aparte Que bien se ve que sois mías en lo poco que duráis...)

MALEC:

Señor, pues entre el estruendo
de Marte el amor se ve
tan hallado, bien podré
decirte cómo pretendo
dar a Maleca marido.

VÁLOR:

Quién fue tan feliz, me di.

MALEC:

Tu cuñado Tuzaní.

VÁLOR:

Muy cuerda elección ha sido,
pues uno y otro fiel
a preceptos de su estrella,
él no viviera sin ella,
y ella muriera sin él.
¿Adónde están?


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Llegan DON ÁLVARO y DOÑA CLARA.)
DOÑA CLARA:

A tus pies
alegre llego.

DON ÁLVARO:

Y yo ufano,
para que nos des tu mano.

VÁLOR:

Mil brazos tomad, y pues
en nuestro docto alcorán,
ley que ya todos guardamos,
más ceremonias no usamos
que las prendas que se dan
dos, dele a Maleca divina
sus arras el Tuzaní.


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DON ÁLVARO:

Todo es poco para ti,
a cuya luz peregrina
se rinde el mayor farol;
y así temo, porque arguyo
que es darle al sol lo que es suyo,
darle diamantes al sol.
Aqueste un Cupido es,
de sus flechas guarnecido;
que aun de diamantes Cupido,
viene a postrarse a tus pies.
Ésta una sarta de perlas,
de quien duda quien ignora
que las llorara el aurora,
si tú habías de cogerlas.
Ésta es un águila bella,
del color de mi esperanza;
que sólo un águila alcanza
ver el sol que mira ella.
Un clavo para el tocado
es este hermoso rubí,
que ya no me sirve a mí,
pues mi fortuna ha parado
estas memorias... Mas no
las tomes; que en tales glorias,
quiero que tengas memorias
tú, sin traértelas yo.


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DOÑA CLARA:

Las arras, Tuzaní, aceto,
y a tu amor agradecida,
traerlas toda mi vida
en tu nombre te prometo.

DOÑA ISABEL:

Y yo os doy el parabién
de aqueste lazo inmortal.
(Aparte.)
(Que ha de ser para mi mal.)

MALEC:

Ea pues, las manos den
albricias al alma.

DON ÁLVARO:

Puesto
a tus pies estoy.

DOÑA CLARA:

Los brazos
conformen eternos lazos.

LOS DOS:

Yo soy feliz...
(Al darse las manos, tocan cajas dentro.)


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


TODOS:

Mas ¿qué es esto?

MALEC:

Cajas españolas son
las que atruenan estos riscos,
que no tambores moriscos.

DON ÁLVARO:

¿Quién vio mayor confusión?

VÁLOR:

Cese la boda, hasta ver
qué novedad causa ha sido...

DON ÁLVARO:

¿Ya, señor, no lo has sabido?
¿Qué más novedad que ser
dichoso yo? Pues el sol
mira apenas mi ventura,
cuando eclipsan su luz pura
las armas del español.
(Vuelven a tocar.)


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Escena VII
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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


ALCUZCUZ, con unas alforjas al hombro.-Dichos.
ALCUZCUZ:

¡Gracias a Mahoma y Alá,
que a tus pies haber llegado!

DON ÁLVARO:

Alcuzcuz, ¿dónde has estado?

ALCUZCUZ:

Ya todos estar acá.

VÁLOR:

¿Qué te ha sucedido?


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


ALCUZCUZ:

Yo
hoy de posta estar, e aposta
liego aquí, aunque por la posta,
quien por detrás me cogió,
lievóme con otros dos
un don Juan, que ahora es venido;
crestianilio fingido,
decirle que crêr en Dios.
No me dio muerte; cativo
ser del soldado crestiano,
que no se labará en vano:
a éste apenas le apercibo
qué senda saber por dónde
poder la Alpojarra entrar,
cuando la querer mirar.
De camaradas se esconde,
e aquesta forja me dando
donde venir su comida,
por una parte escondida
entrar los dos camenando.
Apenas sólo le ver,
cuando, sin que seguir pueda,
fui por monte, e se queda
sin cativo o sin comer;
porque aunque me seguir quiso,
una trompa que salir
de moros, le hacer huir:
e yo venir con aviso
de que ya muy cerca dejo
don Juan de Andustria en campaña,
a quien decir que acompaña
el gran marqués de Mondejo
con el marqués de Luzbel,
y el que fremáticos doma,
don Lope Figura-roma,
y Sancho Débil con él:
Todos hoy a la Alpojarra
venir contra ti.


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


VÁLOR:

No digas
más, porque a cólera obligas
mi altivez siempre bizarra.

DOÑA ISABEL:

Ya desde esa excelsa cumbre
donde tropezando el sol,
o teme ajar su arrebol
o teme apagar su lumbre,
ni bien ni mal se divisan
entre varias confusiones
los armados escuadrones
que nuestros términos pisan.

DOÑA CLARA:

Grande gente ha conducido
Granada a aquesta facción.


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


VÁLOR:

Pocos muchos mundos son,
si a vencerme a mí han venido,
aunque fuera el que sujeta
ese hermoso laberinto,
como hijo de Carlos Quinto,
hijo del quinto planeta;
porque aunque estos horizontes
cubran de marciales señas,
serán su pira estas peñas,
serán su tumba estos montes.
Y pues se viene acercando
ya la ocasión, advertidos,
no ya desapercibidos
nos hallen, sino esperando
todo su poder; y así,
su puesto ocupe cualquiera.
Malec se vaya a Galera,
vaya a Gavia Tuzaní,
que yo en Berja me estaré,
y a quien Alá deparare
la suerte, que Alá le ampare,
pues suya la causa fue.
Id a Gavia; que la gloria
que hoy es de amor interés,
celebraremos después
que quedemos con victoria.
(Vanse DON FERNANDO DE VÁLOR, DOÑA ISABEL, MALEC, MORISCOS y MÚSICOS.)


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Escena VIII
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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON ÁLVARO, DOÑA CLARA; ALCUZCUZ y BEATRIZ, retirados.
DOÑA CLARA:

(Para sí.)
«No es menester que digáis
cúyas sois, mis alegrías...».

DON ÁLVARO:

(Para sí.)
«Que bien se ve que sois mías
en lo poco que duráis».

DOÑA CLARA:

(Para sí.)
Alegrías mal logradas,
antes muertas que nacidas...

DON ÁLVARO:

(Para sí.)
Rosas sin tiempo cogidas,
flores sin sazón cortadas...

DOÑA CLARA:

 (Para sí.)
Si rendidas, si postradas.
a un ligero soplo estáis...

DON ÁLVARO:

 (Para sí.)
No digáis que el bien gozáis...


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DOÑA CLARA:

(Para sí.)
Pues siendo para perder,
que sintáis es menester...

DON ÁLVARO:

(Para sí.)
No es menester que digáis.

DOÑA CLARA:

(Para sí.)
Alegrías de un perdido,
aborto sois de un cuidado,
puesto que habéis espirado
primero que habéis nacido.
Si acaso, si yerro ha sido
hallarme vuestras porfías
por otra, no estéis baldías
conmigo un rato pequeño:
dejadme, y buscad el dueño
cúyas sois, mis alegrías.

DON ÁLVARO:

 (Para sí.)
Por gran maravilla os toca,
dichas: luego bien moristeis;
que si maravillas fuisteis,
fuerza fue vivir tan poco.
De contento estuve loco,
y ya de melancolías:
¡Qué bien, qué bien, alegrías,
se ve que sois de otro a quien
buscáis! Y ¡ay, penas, qué bien,
qué bien se ve que sois mías!


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DOÑA CLARA:

 (Para sí.)
Aunque si ser pretendéis
alegrías, bien hicisteis...

DON ÁLVARO:

(Para sí.)
Pues que dos veces fuisteis,
en una que os deshacéis.

DOÑA CLARA:

(Para sí.)
Dos veces desde hoy seréis
venturosas.

LOS DOS:

(Para sí.)
Lo mostráis
en la prisa con que os vais
cuando a mi alivio acudís...

DON ÁLVARO:

(Para sí.)
En lo tarde que venís...

DOÑA CLARA:

 (Para sí.)
En lo poco que duráis.

DON ÁLVARO:

Hablando estaba conmigo
a solas, porque no sé
si en tantas penas podré
hablar, Maleca, contigo.
Cuando era mi amor testigo
desta victoriosa palma,
vuelve a suspenderse en calma
y así calla, porque es mengua
que quiera alzarse la lengua
con los afectos del alma.


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DOÑA CLARA:

El hablar es libre acción,
pues puede un hombre callar;
el oír no, porque ha de estar
eso en ajena razón;
y es tanta mi suspensión,
que ocupada del sentir,
no oiré lo que has de decir:
¿Qué mucho en tanto pesar
que tú no estés para hablar,
si yo no estoy para oír?

DON ÁLVARO:

El rey a Gavia me envía,
tú a Galera vas, y amor,
luchando con el honor,
se rinde a su tiranía:
Quédate ahí, esposa mía,
y piadoso el cielo quiera
que el cerco que nos espera,
que el poder que nos agravia,
me vaya a buscar a Gavia,
porque te deje en Galera.

DOÑA CLARA:

¿De suerte, que no podré
verte, hasta ver acabada
esta guerra de Granada?


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON ÁLVARO:

Sí podrás; que yo vendré
todas las noches, porque
dos leguas que hay en rigor
de allí a Gavia, será error
no volarlas mi deseo.

DOÑA CLARA:

Mayores distancias creo
que sabe medir amor.
Yo en el postigo estaré
esperándote del muro.

DON ÁLVARO:

Y yo, dese amor seguro,
cada noche al muro iré.
Dame los brazos, en fe.
(Cajas.)

DOÑA CLARA:

Cajas vuelven a tocar.

DON ÁLVARO:

¡Qué desdicha!


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DOÑA CLARA:

¡Qué pesar!

DON ÁLVARO:

¡Qué padecer!

DOÑA CLARA:

¡Qué sentir!
¿Esto es amar?

DON ÁLVARO:

Es morir.

DOÑA CLARA:

Pues ¿qué más morir que amar?
(Vanse los dos.)


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Escena IX
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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


BEATRIZ, ALCUZCUZ.
BEATRIZ:

Alcuzcuz, llégate aquí,
pues solos hemos quedado.

ALCUZCUZ:

Zarilia, aquese recado
¿ser al alforja, o a mí?

BEATRIZ:

¡Que siempre has de estar de gorja,
aunque todo sea tristeza!
Escúchame.

ALCUZCUZ:

Esa fineza
¿ser a mí, o ser al alforja?

BEATRIZ:

A ti es; pero ya que así
ella mi amor atropella,
tengo de ver qué hay en ella.

ALCUZCUZ:

Luego ser a elia, e no a mí.

BEATRIZ:

Esto es tocino... y condeno
(Va sacando lo que dicen los versos.)
traerlo tú deste modo.
Este es vino. ¡ay de mí! Todo
cuanto traes aquí es veneno.
Yo no lo quiero tocar
ni ver, Alcuzcuz advierte
que puede darte la muerte
si lo llegas a probar.
 (Vase.)


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Escena X
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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


ALCUZCUZ:

¿Todos de voneno llenos
estar? Sí: ya lo creer,
pues Zara decir, que ser
sierpe e saber de vonenos.
Y aún otra razón más clara
es de que el voneno vio
Zara, que no le probó,
con ser tan golosa Zara.
El crestianilio sin duda
matar a Alcuzcuz quería.
¡Ay tan gran beliaquería!
Mahoma librarme pudo,
porque a Meca le ofrecer
ir a ver el zancarrón.
(Cajas.)
Más cerca escochar el son,
y ya de divisos ver
en trompas el monte lieno.
Seguir quiero al Tozaní.
¿Haber alguien por ahí
que querer deste voneno?
 (Vase.)


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Escena XI
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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


Cercanías de Galera.
DON JUAN DE AUSTRIA, DON LOPE DE FIGUEROA, DON JUAN DE MENDOZA, SOLDADOS.
MENDOZA:

Desde aquí se dejan ver
mejor las señas, al tiempo
que ya declinando el sol,
está pendiente del cielo.
Aquella villa que a mano
derecha, sobre el cimiento
de una dura roca ha tantos
siglos que se está cayendo,
es Gavia la alta; y aquélla
que tiene a su lado izquierdo,
de quien las torres y riscos
están siempre compitiendo,
es Berja; y Galera es ésta,
a quien este nombre dieron
o porque su fundación
es así, o ya porque vemos
que a piélagos de peñascos
ondas de flores batiendo,
sujeta al viento, parece
que se mueve con el viento.

DON JUAN:

Destas dos fuerzas la una
se ha de sitiar.


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON LOPE:

Pues miremos
cuál tiene disposición
más al propósito nuestro,
y manos a la labor;
que pies no están para eso.

DON JUAN:

Aquel morisco rendido
me traed, y dél sabremos
si trata verdad o no
en lo que fuere diciendo.
¿Dónde está Garcés, a quien
se le di por prisionero?

MENDOZA:

No le he visto desde entonces.


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Escena XII
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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


GARCÉS.-Dichos.
GARCÉS:

(Dentro.)
¡Ay de mí!

DON JUAN:

Mirad qué es eso.
(Sale GARCÉS herido, cayendo.)

GARCÉS:

Yo soy; que a tus plantas no
llegara menos que muerto.

MENDOZA:

Garcés es.

DON JUAN:

¿Qué ha sucedido?

GARCÉS:

Tu alteza perdone un yerro
por un aviso.

DON JUAN:

Decid.


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


GARCÉS:

Aquel morisco, aquel preso
que me entregaste, te dijo
que venía con intento
de entregarte el Alpujarra:
Yo, señor, con el deseo
de saber el paso, y ser
el que la entrase el primero
(que aun la ambición del honor
no es ambición de provecho),
dije que me la enseñara.
Seguíle a solas por esos
laberintos donde el sol
aun se pierde por momentos,
con andarlos cada día.
Apenas entre dos cerros
él se vio conmigo, cuando
por los peñascos subiendo,
dio voces, y ya a sus voces
o a las que le hurtaba el eco,
respondieron unas tropas
de moros, que descendiendo,
a la presa se avanzaban
como quien son, como perros.


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GARCÉS:

Inútil fue la defensa,
y en fin, en mi sangre envuelto,
discurrí el monte a ampararme
de las hojas, cuando veo
debajo de las murallas
de Galera, donde llego,
abierta una boca, un
melancólico bostezo
del peñasco sobre quien
estriba, que con el peso
del edificio, sin duda
gimió, y por quedar gimiendo
siempre, no volvió a cerrarle,
y se le dejó entreabierto.
Aquí pues me eché, y aquí,
o bien porque no me vieron,
o porque ya sepultado
me dejaron como muerto,
de aquesta manera estuve
el sitio reconociendo;
y en fin, Galera minada
de los ardides del tiempo
(que para sitios de peñas
es el mejor ingeniero)
está; y como tú sobre ella
te pongas, podrás con fuego
volarla, como esta boca,
que es muy posible, ganemos
sin esperar lo prolijo
de sitiarla; y yo te ofrezco
hoy por una vida, cuantas
Galera contiene dentro;
sin que pueda con mi rabia,
sin que valgan con mi acero,
ni en los niños la piedad,
ni la clemencia en los viejos,
ni el respeto en las mujeres,
que con esto lo encarezco.


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON JUAN:

Retirad ese soldado.
 (Llévanle.)
Ya tomo por buen agüero,
don Lope de Figueroa,
saber de Galera esto;
que desde que oí que había
en el Alpujarra pueblo
que Galera se llamaba,
la quise poner el cerco,
por ver si, como en el mar,
dicha en las galeras tengo
en la tierra.

DON LOPE:

Pues ¿qué aguardas?
Vamos a ocupar los puestos;
que ésta es la hora mejor,
pues de noche, sin estruendo
podremos llegarnos más.-
A Galera marche el tercio.

UN SOLDADO:

Pase la palabra.

OTRO:

Pase.


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


SOLDADOS:

A Galera.

DON JUAN:

Dadme, cielos,
fortuna, como en el agua,
en la tierra, porque opuestos
aquella naval batalla
y este cerco campal, luego
pueda decir que en la tierra
y en la mar, tuve en un tiempo
dos victorias, que confusas,
aun no distinga yo mesmo
de un cerco y una naval,
cuál fue la naval o el cerco.
(Vanse.)


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Escena XIII
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Muros de Galera.
DON ÁLVARO, ALCUZCUZ; después, DOÑA CLARA.
DON ÁLVARO:

Vida y honor, Alcuzcuz,
hoy a tu cuidado dejo;
pues ya ves que si se sabe
que falto de Gavia y vengo
a Galera, honor y vida
en solo un instante pierdo.
Con esa yegua te queda,
mientras yo en el jardín entro;
que luego salgo, y es fuerza
que hemos de volvernos luego
a entrar en Gavia antes que
en Gavia nos echen menos.

ALCUZCUZ:

Sempre a te servir me obligo;
y aunque con tal prisa vengo
que aún no me diste lugar
de dejalde en mi aposento
este alforja, sin menear
aquí haliar en este puesto.

DON ÁLVARO:

Si de aquí faltas, la vida
te he de quitar, vive el cielo.
(Sale DOÑA CLARA por un postigo.)

DOÑA CLARA:

¿Eres tú?

DON ÁLVARO:

Pues ¿quién pudiera
ser tan fiel?

DOÑA CLARA:

Entra presto;
no acierten a conocerte,
si en el muro te detengo.
(Vanse.)


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Escena XIV
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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


ALCUZCUZ; después, SOLDADOS.
ALCUZCUZ:

¡Vive Alá, que me dormir!
pesado estar, sonior suenio.
No haber oficio tan malo
como el de ser alcahuetos,
porque todos los oficios
trabajar para si mesmos,
e alcahueto para el otros.-
Jó, yegua. -A mi cuento vuelvo;
que vencer el suenio así.
Tal vez se hacer zapatero
zapatos, tal vez se hacer
el sastre el vestido nuevo,
el cocinero probar
si estar el guisado bueno,
hacer el pastel hechizo
e comerle el pastelero:
En fin, alcahueto sólo
no es para sí de provecho,
pues ni calzar lo que cose
ni probar lo que está haciendo.


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


ALCUZCUZ:

Jó...-¡Que se tomó, ¡ay de mé!,
el yegua, e se me ir corriendo!
 (Éntrase corriendo, y dice dentro.)
Jó, yegua, detente e hacer
esto que te estar pidiendo;
que yo hacer por ti otra cosa
que me pedir tú. No puedo
alcanzar...-¡Ay, Alcuzcuz!
 (Sale.)
¡Muy buena hacienda haber hecho!
¿En qué volverse mi amo?
Que él me ha de matar, ser cierto,
pues ser forzoso que a Gavia
no poder liegar a tiempo.
He aquí que sale e decir:
«Dar el yegua. -No le tengo.
¿Qué le hacer?-Fuéseme el yegua.-
¿Por dónde?-Por esos cerros.-
Mataréte». ¡Zas!... e dame
con el daga por el pecho.
Pues si habemos de morer,
Alcuzcuz, con el acero,
y hay mortes en que escoger,
murámonos de voneno;
que es morte más dolce. Vaya,
pus que ya el vida aborrezco.


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Amar después de la muerte Jornada II Pedro Calderón de la Barca


ALCUZCUZ:

 (Saca una bota de la alforja, y bebe.)
Mejor ser morer así,
pues no morer por el menos
bañado un hombre en su sangre.
¿Cómo estar? Bueno me siento.
No ser el voneno fuerte;
e si es que morer pretendo,
más voneno es menester.
 (Bebe.)
No ser frío, a lo que bebo,
el voneno, ser caliente:
sí, pues arder acá dentro.
Más voneno es menester.
 (Bebe.)
que muy poco a poco muero.
Ya parece que se enoja,
pues que ya va haciendo efecto;
que los ojos se me turbian
e se me traba el cerebro,
el lengua ponerse gorda
e saber el boca a herro.
Ya que muero, no dejar
 (Bebe.)
para otro matar voneno,
será piedad. ¿Dónde estar
me boca, que no la encuentro?
(Cajas dentro.)

SOLDADOS:

(Dentro.)
Centinelas de Galera,
al arma.

ALCUZCUZ:

¿Qué ser aquesto?
Mas si relámpagos hay,
¿quién duda que ha de haber truenos?


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Escena XV
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DON ÁLVARO y DOÑA CLARA, asustados.-ALCUZCUZ.
DOÑA CLARA:

Las centinelas, señor,
hacen de las torres fuego.

DON ÁLVARO:

Sin duda el campo cristiano
en el nocturno silencio
amparado de las sombras,
sobre Galera se ha puesto.

DOÑA CLARA:

Vete, señor; que ya ves
todo el castillo revuelto.

DON ÁLVARO:

¿Y será gloriosa acción
que digan de mí que dejo
sitiada a mi dama...

DOÑA CLARA:

¡Ay triste!

DON ÁLVARO:

Y que las espaldas vuelvo?


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DOÑA CLARA:

Sí; que en defender a Gavia
está tu honor de por medio,
y quizá han ido sobre ella:
también es de advertir esto.

DON ÁLVARO:

¿Quién vio mayor confusión
que yo en un punto padezco?
Mi honor y mi amor están
dándome voces a un tiempo.

DOÑA CLARA:

Responde a las de tu honor.

DON ÁLVARO:

Antes responder pretendo
a las dos.

DOÑA CLARA:

¿De qué manera?

DON ÁLVARO:

En llevarte me resuelvo
conmigo; que si en dejarte
y en no dejarte me pierdo,
corra mi honor y mi amor
una fortuna y un riesgo.
Vente conmigo: una yegua,
veloz injuria del viento,
nos llevará.


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DOÑA CLARA:

Con mi esposo
voy: nada aventuro en esto.
Tuya soy.

DON ÁLVARO:

¡Hola, Alcuzcuz!

ALCUZCUZ:

¿Quién llama?

DON ÁLVARO:

Yo soy, trae presto
la yegua.

ALCUZCUZ:

¿El yegua?

DON ÁLVARO:

¿Qué aguardas?

ALCUZCUZ:

Aguardo el yegua, que luego
me decir que volvería.

DON ÁLVARO:

Pues ¿dónde está?

ALCUZCUZ:

Fuese huyendo;
mas yegua es de su palabra,
e volver luego al momento.


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DON ÁLVARO:

¡Viven los cielos, traidor!...

ALCUZCUZ:

No tocar a mé, teneros,
porque estar avonenado,
e matar con el aliento.

DON ÁLVARO:

Que tengo de darte muerte.

DOÑA CLARA:

Detente. ¡Ay de mí!
(Va a detenerle, y se hiere la mano.)

DON ÁLVARO:

¿Qué es eso?

DOÑA CLARA:

Por detenerte, la mano
me corté con el acero.

DON ÁLVARO:

Cueste esa sangre una vida.

DOÑA CLARA:

Pues por la mía te ruego
que no le mates.

DON ÁLVARO:

¿Qué en mí
no podrá ese juramento?
¿Es mucha la sangre?

DOÑA CLARA:

No.


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DON ÁLVARO:

Apriétate a ella ese lienzo.

DOÑA CLARA:

Y pues ves que no es posible
seguirte ya, vete presto:
que no siéndolo en un día
ganar la villa, yo ofrezco
irme mañana contigo,
pues nos queda el paso abierto
siempre por aquesta parte.

DON ÁLVARO:

Con esa esperanza acepto
el partido.

DOÑA CLARA:

Alá te guarde.

DON ÁLVARO:

¿Para qué, si yo aborrezco
vivir ya?

ALCUZCUZ:

Pues aquí haber
para la perder remedio:
que a mí me sobrar un poco
de dolcísimo voneno.

DOÑA CLARA:

Vete, pues.

DON ÁLVARO:

¡Qué triste voy!


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DOÑA CLARA:

Y yo ¡qué afligida quedo!

DON ÁLVARO:

Por saber qué opuesta estrella...

DOÑA CLARA:

Por saber qué hado severo...

DON ÁLVARO:

Es éste que entre mi amor...

DOÑA CLARA:

Es el que entre mis deseos...

DON ÁLVARO:

Siempre se pone...

DOÑA CLARA:

Está siempre...

DON ÁLVARO:

A mis desdichas atento.

DOÑA CLARA:

Puesto que un arma cristiana
nos estorba por momentos.

ALCUZCUZ:

¿Esto es dormer o morer?
Mas todo diz que es el mesmo,
y ser verdad, pues no sé
si me muero o si me duermo.


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Jornada III- Escena I
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Cercanías de Galera.
DON ÁLVARO, sin ver a ALCUZCUZ, que está durmiendo en el suelo.
DON ÁLVARO:

Noche pálida y fría,
a tu silencio dignamente fía
mi esperanza su empleo,
mi amor su dicha, mi alma su trofeo;
pues en ti (aunque a pesar de tanta estrella)
dará más noble luz Maleca bella,
cuando redes y lazos
robada finja entre mis dulces brazos.
En alas del cuidado,
como a un cuarto de legua ya he llegado
de Galera. Esta parte
donde naturaleza obró sin arte
cerrados laberintos
de hojas, ni bien confusos ni distintos,
nocturno albergue sea
del caballo; y, pues, nadie hay que me vea,
quede a ese tronco atado,
más seguro a las riendas hoy fiado
un bruto, que al cuidado ayer de un hombre,
 (Tropieza en ALCUZCUZ.)
que... Mas no hay accidente que no asombre
un pecho enamorado.
Si bien este accidente
con justa causa mi valor le siente,
pues cuando al muro ya a acercarme empiezo,
en un cadáver mísero tropiezo.
Todo cuanto hoy he visto, todo cuanto
he hallado, es asombro, horror y espanto.
¡Ay infelice, ay triste,
oh tú, que monumento el monte hiciste!
Mas no... ¡Ay dichoso, oh tú, que con la muerte
mejoraste las ansias de tu suerte!
¡Con qué de sombras lucho!


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(Despierta ALCUZCUZ.)
ALCUZCUZ:

¿Quién es que me pisar?

DON ÁLVARO:

¡Qué veo! ¡Qué escucho!
¿Quién va? ¿Quién es?

ALCUZCUZ:

Alcuzcuz,
que aquí esperar le mandaste
con el yegua, y aquí estar,
sin que me haber visto nadie.
Si haber de volver a Gavio
hoy, ¿cómo salir tan tarde?
Mas siempre haber al partirse
gran perecilia entre amantes.

DON ÁLVARO:

Alcuzcuz, ¿qué haces aquí?

ALCUZCUZ:

¿Cómo preguntar qué haces
a Alcuzcuz, si te esperar
desde que por porta entraste
del muro a ver a Maleca?


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DON ÁLVARO:

¿Quién vio cosa semejante?
Pues ¿desde anoche, que fue
eso, estás aquí?

ALCUZCUZ:

¿Qué hablalde
desde anoche, si no haber
que me dormir un instante
con un mal voneno que
tomar porque me matase,
de miedo de que la yegua
ir por esos andurriales?
Mas, pues, ya es el yegua vuelta
y voneno no matarme
(que Alá mejorar el horas),
vamos, pues.

DON ÁLVARO:

¡Qué disparates!
Tú estabas borracho anoche.

ALCUZCUZ:

Si hay vonenos que emborrachen,
sí estar... y creerlo ahora
en que el boca a hierro sabe,
estar el lengua e los labios
secos como pedernales,
ser de yesca el paladar,
saberme todo a venagre.


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DON ÁLVARO:

Vete de aquí; que no es bien
que ya otra vez me embaraces
la dicha, pues por ti anoche
perdí la ocasión más grande;
y no quiero que por ti
aquesta también me falte.

ALCUZCUZ:

No tener el culpa, Zara
sí, porque ella asegorarme
que era voneno, e beberle
por morirme.
(Ruido dentro.)

DON ÁLVARO:

Hacia esta parte
siento gente. Entre estas ramas
esperemos a que pasen.
(Vanse.)


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Escena II
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GARCÉS, SOLDADOS.
GARCÉS:

Ésta de la mina es
la boca que al muro sale:
llegad, llegad con silencio,
pues no nos ha visto nadie.
Ya está dada fuego, y ya
esperamos por instantes
que reviente el monte, dando
nubes de pólvora al aire.
En volándose la mina,
ninguno un minuto aguarde,
sino ir a ocupar el puesto
que ella nos desocupare,
procurando mantenerle
hasta llegar lo restante
de la gente que emboscada
en esa espesura yace.
(Vanse.)


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Escena III
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DON ÁLVARO, ALCUZCUZ; después, MORISCOS y DON LOPE.
DON ÁLVARO:

¿Oíste algo?

ALCUZCUZ:

Nada oír.

DON ÁLVARO:

¿Quién duda que es ronda que ande
corriendo el monte? Por eso
puse cuidado en guardarme.
¿Fuéronse?

ALCUZCUZ:

¿Ya no lo ves?

DON ÁLVARO:

Ya es bien al muro acercarme.
(Disparan dentro.)
Mas ¿qué es esto?

ALCUZCUZ:

No haber boca
que más claramente hable
que la boca de una pieza,
aunque se ignora el lenguaje.
(Explosión de una mina.)

MORISCOS:

(Dentro.)
¡Valedme, cielos!


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ALCUZCUZ:

¡Valedme,
Mahoma!, así Alá te guarde.

DON ÁLVARO:

Parece que se desquicia
de sus ejes inmortales
todo el orbe de cristal
todo el globo de diamante.

DON LOPE:

(Dentro.)
Ya voló la mina; todos
a la batería que hace.
(Cajas.)

DON ÁLVARO:

¿Qué Etnas, qué Mongibelos,
qué Vesubios, qué volcanes
en su vientre concibieron
los montes, que así los paren?

ALCUZCUZ:

¿Qué monjiles, qué besugos,
qué leznas ni qué alacranes?
Que todo ser humo y fuego.


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DON ÁLVARO:

¿Quién vio más terrible trance?
En confusos laberintos
de armas ya la villa arde,
y para abortar horrores,
víbora de alquitrán y áspid
de pólvora, hecha pedazos,
todas las entrañas abre.
Estrago de España es éste.
Ni soy noble, pues, ni amante,
si a socorrer a mi dama
al fuego no me arrojare,
trepando al muro y rompiendo
sus almenas de diamante;
que como yo entre mis brazos
a Maleca hermosa saque,
Galera y el mundo todo
más que se queme y se abrase.
(Vase.)

ALCUZCUZ:

Ni ser amante ni noble,
si en confusión tan notable
quedar Zara. Mas ¿qué importa
no ser yo noble ni amante?
Hartos amantes y nobles
haber: y como escaparme
yo, que Zara y que Galera
más que se queme y se abrase.
(Vase.)


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Escena IV
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Ruinas de Galera.
DON JUAN DE MENDOZA, DON LOPE DE FIGUEROA, GARCÉS, SOLDADOS; después, MALEC, MORISCOS y DOÑA CLARA.
DON LOPE:

No quede persona a vida:
llévese a fuego y a sangre
la villa.

GARCÉS:

A pegarla fuego
entraré.
(Vase.)

SOLDADO 1.º:

Yo a aprovecharme
del saco.
(Salen MALEC y MORISCOS.)

MALEC:

Yo basto solo,
puesto por muro delante,
a defenderla.
(Batalla.)

MENDOZA:

Señor,
éste es Ladin el alcaide.

DON LOPE:

Ríndete ya.


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MALEC:

¿Qué es rendirme?

DOÑA CLARA:

(Dentro.)
¡Ladin, señor, dueño, padre!

MALEC:

(Aparte.)
Maleca es: ¡oh, quién pudiera
hoy dividirse en dos partes!

DOÑA CLARA:

(Dentro.)
Que me da un cristiano muerte.

MALEC:

Pues a mí estotros me maten
sin defenderme, y a un tiempo
tu vida y mi vida acaben.

DON LOPE:

Muere, perro, y a Mahoma
da un recado de mi parte.
(Éntranse los CRISTIANOS, retirando a los MORISCOS.)


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Escena V
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Después de haberse concluido la batalla dentro, salen SOLDADOS, GARCÉS, DON LOPE y DON JUAN DE MENDOZA.
SOLDADO 1.º:

No se ha hecho presa tal
de joyas y de diamantes.

SOLDADO 2.º:

Rico quedo desta vez.

GARCÉS:

Ninguna vida hoy se guarde
que a mi acero, por hermosa
o por caduca se escape:
sólo me falta de hallar
aquel morisquillo infame,
para volver bien vengado.

DON LOPE:

Pues toda Galera arde,
manda retirar la gente
antes que su incendio llame
el socorro.

MENDOZA:

A retirar.
Pase la palabra.

SOLDADOS

Pase.
(Vanse.)


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Escena VI
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DON ÁLVARO; después, DOÑA CLARA.
DON ÁLVARO:

Por entre montes de llamas,
entre piélagos de sangre,
tropezando en cuerpos muertos,
quiso mi amor que llegase
a la casa de Maleca,
estrago ya miserable,
pues del acero y del fuego
pavesa dos veces yace.
¡Ay esposa!, presto yo
moriré, si llego tarde.
¿Dónde Maleca estará?
Que ya no se mira a nadie.

DOÑA CLARA:

(Dentro.)
¡Ay de mí!

DON ÁLVARO:

Esta voz que el viento
lastimosamente esparce
de mal pronunciadas quejas,
de bien repetidos ayes,
es rayo que me penetra.
¿Quién vio desdicha más grande?
A las luces que confusas
ya cebado el fuego hace,
miro una mujer que está
apagándolas con sangre...
¡Y es Maleca! ¡Oh santos cielos!
O dadla vida o matadme.


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(Entra, y saca a DOÑA CLARA, suelto el cabello, sangriento el rostro, y medio vestida.)
DOÑA CLARA:

Soldado español, en quien
ni piedad ni rigor cabe:
piedad, pues, que ya me heriste,
rigor, pues, no me acabaste,
vuelve a mi pecho el acero:
mira que es rigor notable
que tus acciones no sean
ni rigores ni piedades.

DON ÁLVARO:

Deidad infeliz (que ya
hay infelices deidades,
pues de ti lo aprenden cuantas
de humanas fortunas saben),
el que en sus brazos te tiene,
no solicita matarte;
que antes quisiera su vida
dividir en dos mitades.

DOÑA CLARA:

Bien dicen esas razones
que eres africano alarbe;
y si por mujer y triste,
dos veces puedo obligarte,
una fineza te deba.
En Gavia está por alcaide
el Tuzaní, esposo mío:
pártete luego a buscarle,
y este estrecho último abrazo
le llevarás de mi parte;
y dirásle que su esposa,
bañada en su propia sangre,
a manos de un español,
de sus joyas y diamantes
más que de honor ambicioso,
hoy muerta en Galera yace.


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DON ÁLVARO:

El abrazo que me das,
no, no es menester llevarle
a tu esposo; que por ser
fin de sus felicidades,
él le sale a recibir;
que no hay desdicha que tarde.

DOÑA CLARA:

Sola una voz, ¡ay bien mío!,
pudo nuevo aliento darme,
pudo hacer feliz mi muerte.
Deja, deja que te abrace.
Muera en tus brazos y muera...
(Expira.)

DON ÁLVARO:

¡Oh cuánto, oh cuánto ignorante
es quien dice que el amor
hacer de dos vidas sabe
una vida!, pues si fueran
esos milagros verdades,
ni tú murieras, ni yo
viviera; que en este instante,
muriendo yo y tú viviendo,
estuviéramos iguales.


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DON ÁLVARO:

Cielos, que visteis mis penas;
montes, que miráis mis males;
vientos, que oís mis rigores;
llamas, que veis mis pesares;
¿cómo todos permitís
que la mejor luz se apague,
que la mejor flor se os muera,
que el mejor suspiro os falte?
Hombres que sabéis de amor,
advertidme en este lance,
decidme en esta desdicha,
¿qué debe hacer un amante
que viniendo a ver su dama
la noche que ha de lograrse
un amor de tantos días,
bañada la halla en su sangre,
azucena guarnecida
de más peligroso esmalte,
oro acrisolado al fuego
del más riguroso examen?
¿Qué debe aquí hacer un triste,
que el tálamo que esperarle
pudo, halla túmulo, donde
la más adorada imagen,
que iba siguiendo deidad,
vino a conseguir cadáver?


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DON ÁLVARO:

Mas no, no me respondáis,
no tenéis que aconsejarme;
que si no obra por dolor
un hombre en sucesos tales,
mal obrará por consejo.
¡Oh montaña inexpugnable
de la Alpujarra, oh teatro
de la hazaña más cobarde,
de la victoria más torpe,
de la gloria más infame.
¡Oh nunca, oh nunca tus montes,
oh nunca, oh nunca tus valles
hubieran visto en su cumbre,
hubieran visto en su margen
la más infeliz belleza!
Mas ¿de qué sirve quejarme,
si las quejas, con ser quejas,
aun no son prendas del aire?


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Escena VII
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DON FERNANDO DE VÁLOR, DOÑA ISABEL TUZANÍ, MORISCOS.- DON ÁLVARO; DOÑA CLARA, muerta.
VÁLOR:

Aunque con lenguas de fuego
Galera en su ayuda llame,
tarde hemos llegado.

DOÑA ISABEL:

Y tanto,
que ya sus plazas y calles
son abrasadas cenizas,
que en llamas piramidales
se oponen a las estrellas.

DON ÁLVARO:

No os admire, no os espante
venir tan tarde vosotros,
si yo también vine tarde.

VÁLOR:

¡Oh qué presagio tan triste!

DOÑA ISABEL:

¡Qué asombro tan miserable!

VÁLOR:

¿Qué es esto?


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DON ÁLVARO:

Ésta es la mayor
pena, éste el dolor más grande,
la desdicha más cruel,
la desventura más grave;
que ver morir y morir
tan triste y tan lamentable-
mente lo que se ama, es
la cifra de los pesares,
el colmo de las desdichas
y el mayor mal de los males.
Maleca, ¡ay triste!, mi esposa,
es (¡qué pena tan notable!)
la que (¡qué dolor tan triste!)
pálida (¡qué duro trance!)
y sangrienta (¡qué cruel!)
estáis mirando delante.
Aleve mano en su pecho
hizo herida penetrante
entre el fuego. ¿A quién no admira,
a quién no asombra que apague
fuego a fuego, y que al acero
se dé a partido un diamante?


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DON ÁLVARO:

Todos sois testigos, todos,
del más sacrílego ultraje,
la más fiera acción, el más
triste horror, costoso examen
del amor y la fortuna;
y así, desde aqueste instante,
todos lo habéis de ser, todos,
de la mayor, la más grande
y la más noble venganza
que en sus corónicas guarde
la eternidad de los bronces,
la duración de los jaspes;
pues a esta beldad difunta,
flor truncada, rosa fácil,
que al fin maravilla muere
como maravilla nace,
hago juramento, hago
firme amoroso homenaje
de vengar su muerte; y puesto
que Galera, a quien no en balde
dieron este nombre, ya
zozobrando sobre mares
de púrpura que la anegan,
de llamas que la combaten,
se va a pique despeñada
desde esta cumbre a ese valle;
pues ya de los españoles
apenas se escucha el parche,
y pues se van retirando,
yo iré siguiendo el alcance,
hasta que al mismo entre todos
homicida suyo halle:
vengaré, si no su muerte,
a lo menos mi coraje;
porque el fuego que lo ve,
porque el mundo que lo sabe,
porque el viento que lo escucha,
la fortuna que lo hace,
el cielo que lo permite,
hombres, fieras, peces, aves,
sol, luna, estrellas y flores,
agua, tierra, fuego, aire
sepan, conozcan, publiquen,
vean, adviertan, alcancen
que hay en un alarbe pecho,
en un corazón alarbe
amor después de la muerte,
porque aun ella no se alabe
que dividió su poder
los dos más firmes amantes.
 (Vase.)


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VÁLOR:

Detente, espera.

DOÑA ISABEL:

Primero
harás que un rayo se pare.

VÁLOR:

Retirad esa belleza
infeliz. No os acobarde
ver que esa bárbara Troya
ese rústico homenaje
caiga en horror a la tierra,
vuele en cenizas al aire,
moriscos de la Alpujarra,
si para venganzas tales,
vuestro rey Abenhumeya
no ciñe este acero en balde.
(Vase.)

DOÑA ISABEL:

(Aparte.)
¡Pluguiera al cielo sus montes,
que son soberbios Atlantes
del fuego que los consume,
del viento que los combate,
ya titubear se viesen,
ya caducar se mirasen,
porque dieran fin en ellos
tantas infelicidades!
 (Vanse.)


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Escena VIII
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Campo inmediato a Berja.
DON JUAN DE AUSTRIA, DON LOPE, DON JUAN DE MENDOZA, SOLDADOS:
DON JUAN:

Ya que rendida Galera
en rüinas se eterniza,
y que en su propria ceniza
es el fénix y la hoguera;
ya que del ardiente esfera,
entre el escándalo sumo,
un fragmento la presumo
adonde voraz y ciego
es el Minotauro el fuego
y es el laberinto el humo;
no tenemos que esperar,
sino antes que la aurora
cuaje las perlas que llora
sobre la espuma del mar,
empiece el campo a marchar
a Berja; que mi atrevido
corazón, nunca vencido,
descanso no ha de tener
hasta a Abenhumeya ver
a mis pies muerto o vencido.


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DON LOPE:

Si quieres, señor, que hagamos
de Berja lo que hemos hecho
de Galera, satisfecho
estás de tus armas: vamos.
Pero si el orden miramos
del rey, no fue su intención
destruir gentes que son
sus vasallos, sino dar
escarmientos, y templar
el castigo y el perdón.

MENDOZA:

Yo lo que don Lope digo:
piadoso y cruel te crean,
y la cara al perdón vean,
pues vieron la del castigo.
Sea su perdón testigo
de tus piedades, señor:
témplese ya tu rigor,
pues más se suele mostrar
el valor en perdonar,
porque el matar no es valor.

DON JUAN:

Mi hermano (es verdad) me envía
a que esto apacigüe yo;
mas rogar sin armas, no
sabe la cólera mía.
Pero ya que de mí fía
castigo y perdón, me obligo
a que el mundo sea testigo
que uso en cualquiera ocasión
con las armas del perdón,
con los ruegos del castigo.
Don Juan...


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MENDOZA:

Señor...

DON JUAN:

Vos iréis
a Berja, donde está hoy
Válor, y que a Berja voy,
de mi parte le diréis.
Público el perdón le haréis
y el castigo, y con igual
providencia al bien y al mal,
le diréis que si rendido
se quiere dar a partido,
daré perdón general
a todos los rebelados,
con que vuelvan a vivir
con nosotros y asistir
en sus oficios y estados;
que de los daños pasados
hoy mi justicia severa
más satisfacción no espera;
que se rinda al fin, porque
si no, a Berja soplaré
las cenizas de Galera.

MENDOZA:

A servirte voy.
 (Vase.)


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Escena IX
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DON JUAN DE AUSTRIA, DON LOPE, SOLDADOS.
DON LOPE:

No ha habido
saco jamás que haya dado
más provecho: no hay soldado
que rico no haya venido.

DON JUAN:

¿Tanto tesoro escondido
dentro de Galera había?

DON LOPE:

Dígatelo la alegría
De tus soldados.

DON JUAN:

Yo quiero,
porque presentar espero
a mi hermana y reina mía
desta guerra los trofeos,
a los soldados feriar
cuanto fuere de enviar.

DON LOPE:

Con esos mismos deseos
hice yo algunos empleos,
y esta sarta que he comprado
a un hombre que la ha ganado,
te ofrezco por la mejor
joya para dar, señor.

DON JUAN:

Buena es; y no es excusado
tomarla, por no excusar
lo que me habéis de pedir.
Enséñeos yo a recibir,
pues vos me enseñáis a dar.

DON LOPE:

El precio es más singular
que os sirváis della y de mí.


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Escena X
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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON ÁLVARO, ALCUZCUZ.-Dichos.
DON ÁLVARO:

(Sin ver a DON JUAN.)
Hoy, Alcuzcuz, sólo a ti
quiero en la empresa que sigo
por compañero y amigo.

ALCUZCUZ:

Muy bien te fiar de mí;
aunque tu esfuerzo, no sé
qué ser lo que acá procura.


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Aparte a DON ÁLVARO. Más quedo; que éste es su altura.)
DON ÁLVARO:

¿Aqueste es don Juan?

ALCUZCUZ:

Sí a fe.

DON ÁLVARO:

Con atención le veré,
por su fama y su opinión.

DON JUAN:

¡Qué iguales las perlas son!

DON ÁLVARO:

 (Aparte.)
Y ya, aunque yo no quisiera
con atención verle, fuera
precisa en mí la atención.
Aquella sarta ¡ay de mí!
que en su mano ¡ay alma! ves,
bien la he conocido, es
la que yo a Maleca dí.

DON JUAN:

Vamos, don Lope, de aquí.
¡Qué admirado este soldado
de mirarme se ha quedado!

DON LOPE:

Pues ¿quién, señor, no se admira,
cada vez que el rostro os mira?
(Vanse DON JUAN, DON LOPE y SOLDADOS.)


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Escena XI
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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON ÁLVARO, ALCUZCUZ.
DON ÁLVARO:

Suspenso y mudo he quedado.

ALCUZCUZ:

Ya, señor, que solo estás,
¿porqué has bajado, decir,
de la Alpujarra, y venir
aquí?

DON ÁLVARO:

Presto lo sabrás.

ALCUZCUZ:

Me no querer saber más
de que hasta aquí haber venido,
para ser arrepentido
de seguirte.

DON ÁLVARO:

Pues ¿por qué?

ALCUZCUZ:

Escuchar, e lo diré.
Me, sonior, cativo he sido
de un cristianilio soldado,
que si en el campo me ver,
matar.


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DON ÁLVARO:

¿Cómo puede ser,
si vienes tan disfrazado,
conocerte? Y pues mudado
el traje los dos traemos,
pasar entre ellos podemos,
sin sospecha averiguada,
por cristianos, pues en nada
ya moriscos parecemos.

ALCUZCUZ:

Tú, que bien el lengua hablar,
tú, que cativo no ser,
tú, que español parecer,
seguro poder pasar;
me, que no sé pronunciar,
me, que preso haber estado,
me, que este traje no he usado,
¿cómo excusar el castigo?

DON ÁLVARO:

Hablando sólo conmigo,
pues en fin, en un criado
ninguno reparará.

ALCUZCUZ:

¿E si alguien quiere saber
de mé algo?

DON ÁLVARO:

No responder.


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


ALCUZCUZ:

¿Quién no responder podrá?

DON ÁLVARO:

Quien mire cuánto le va.

ALCUZCUZ:

Mahoma solamente pudo
hacerme por fuerza mudo,
siendo tan grande hablador.

DON ÁLVARO:

Necios extremos de amor,
no dudo ¡ay de mí! no dudo
que acuséis mi atrevimiento,
pues idólatra gentil
de un sol puesto, en treinta mil
un soldado hallar intento
a quien sigo por el viento,
pues ni señas ni razón
traigo dél; más confusión
por admiración me das:
¿Qué importa un prodigio más,
adonde tantos lo son?
Bien sé, bien, que no es posible
hallar mi venganza, no;
mas ¿qué hiciera yo, si yo
no intentara lo imposible?


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON ÁLVARO:

Pero aunque bien infalible
vi la primer seña, en vano
la creo, porque está llano
que es quien es, y es cosa clara
que un noble no ensangrentara
en una mujer la mano;
porque valor no asegura,
porque no arguye nobleza,
quien no admira una belleza,
quien no adora una hermosura
que en sí misma está segura:
luego no es suyo el rigor.
Mienten sus señas, amor
tus indicios han mentido;
que otro ha sido, que otro ha sido
el vil, el fiero, el traidor.

ALCUZCUZ:

¿Ser eso a que haber venido?

DON ÁLVARO:

Sí.

ALCUZCUZ:

Pues presto nos volver,
porque ¿cómo puede ser,
sin haberle conocido,
hallarle?

DON ÁLVARO:

Cuando el efeto
no alcance, me lo prometo.


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ALCUZCUZ:

Ésas el cartas serán
de «En la corte a mi hijo Juan,
que andar vestido de prieto».

DON ÁLVARO:

A ti no te toca más...

ALCUZCUZ:

Ya saber, que hablar por señas
en alguien viniendo.

DON ÁLVARO:

Sí.

ALCUZCUZ:

Ponga Alá tiento en mi lengua.


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Escena XII
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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SOLDADOS.-Dichos.
SOLDADO 1.º:

La ganancia está partida
bien así, pues el que juega,
aunque vaya por dos, siempre
algo de ribete lleva.

SOLDADO 2.º:

¿Por qué no ha de ser igual
la ganancia, si lo fuera
la pérdida?

SOLDADO 3.º:

Eso sí que es justo.

SOLDADO 1.º:

Mirad; yo nunca quisiera
tener con mis camaradas
por intereses pendencias:
haya solamente un hombre
que diga que es razón ésa,
y yo no hablaré palabra.

SOLDADO 2.º:

¿Mas que lo dice cualquiera?
¡Ah soldado!...

ALCUZCUZ:

(Aparte.)
¡A mé decir,
e no responder! ¡Paciencia!


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SOLDADO 2.º:

¿No respondéis?

ALCUZCUZ:

Ha, ha, ha.

SOLDADO 3.º:

Mudo es.

ALCUZCUZ:

 (Aparte.)
¡Si bien lo supieran!

DON ÁLVARO:

 (Aparte.)
(Éste ha de echarme a perder,
si yo no salgo a la enmienda.
Divertirlo importa.) Hidalgos
perdonad por vida vuestra,
si no entiende ese criado
lo que le mandáis, pues muestra
bien que es mudo.

ALCUZCUZ:

(Aparte.)
No ser mudo;
mas ser en casión como esta
pique, repique y capote,
pues que no tiene respuesta.

SOLDADO 2.º:

Lo que decirle quería,
ha sido suerte que pueda
mejorarse en vos, que es duda.


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON ÁLVARO:

Yo holgara satisfacerla.

SOLDADO 1.º:

Yo he ganado por los dos
entre el dinero una prenda,
que es este Cupido...

DON ÁLVARO:

(Aparte.)
¡Ay triste!

SOLDADO 1.º:

De diamantes.

DON ÁLVARO:

 (Aparte.)
¡Ay Maleca!
Las joyas son de tus bodas
despojos de tus exequias.
¿Cómo he de vengarla, cómo,
si van tomando las señas
los extremos, pues alcanza
desde un soldado a una alteza?

SOLDADO l.º:

Al partir pues la ganancia,
le doy el Cupido en cuenta
en lo que yo le gané;
dice él que no quiere prendas:
Mirad si habiendo ganado
yo, no es justo que prefiera
en la partición.


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON ÁLVARO:

Yo quiero
componer la diferencia,
ya que he llegado a ocasión,
dando el dinero por ella
en que estuviere jugada;
pero con una advertencia,
que he de saber yo primero
quién la trajo, porque sea
segura.

SOLDADO 2.º:

Seguras son
todas cuantas hoy se juegan;
porque todo se ha ganado
en el saco de Galera
a esos perros.

DON ÁLVARO:

 (Aparte.)
¡Que yo, cielos,
tal escuche y tal consienta!

ALCUZCUZ:

 (Aparte.)
¡Qué mé, ya que no matar,
no poderle hablar siquiera!


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SOLDADO 1.º:

Yo os pondré con quien la trajo;
que él me contó aquí, por señas,
que entre sus joyas quitado
la había a una morisca bella,
a quien dio muerte.

DON ÁLVARO:

(Aparte.)
¡Ay de mí!

SOLDADO 1.º:

Venid: de su boca mesma
lo oiréis.

DON ÁLVARO:

 (Aparte.)
(No oiré; que primero,
como una vez quién es sepa,
le mataré a puñaladas.)
Vamos.
 (Vanse.)


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Escena XIII
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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


Vista exterior de un cuerpo de guardia.
SOLDADOS; y luego, GARCÉS, DON ÁLVARO y ALCUZCUZ.
SOLDADOS:

(Dentro.)
Deténganse.

OTROS:

(Dentro.)
Afuera.
 (Riñen dentro.)

UN SOLDADO:

(Dentro.)
Tengo de darle la muerte,
aunque el mundo lo defienda.

OTRO SOLDADO:

Con nuestro enemigo es.

OTRO:

Pues, amigo, muera, muera.

GARCÉS:

 (Dentro.)
Si yo estoy solo, ¿qué importa
que todos contra mí sean?


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Salen riñendo GARCÉS y SOLDADOS, y deteniéndolos DON ÁLVARO; detrás ALCUZCUZ.)
DON ÁLVARO:

Tantos a uno, soldados,
es infamia y es bajeza.
Deténganse, o haré yo,
vive Dios, que se detengan.

ALCUZCUZ:

(Aparte.)
¡A bonas cosas venir,
a no hablar, e a ver pendencias!

UN SOLDADO:

Muerto soy.
(Cae dentro.)


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Escena XIV
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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON LOPE, SOLDADOS.-Dichos.
DON LOPE:

¿Qué es esto?

UN SOLDADO:

Muerto
está: huyamos, no nos prendan.
(Huyen todos los que reñían.)

GARCÉS:

(A DON ÁLVARO.)
La vida os debo, soldado:
yo, yo os pagaré la deuda.
 (Vase.)

DON LOPE:

Deteneos.

DON ÁLVARO:

Ya lo estoy.

DON LOPE:

De los dos las armas vengan:
Quitadle la espada.

DON ÁLVARO:

(Aparte.)
(¡Ay cielo!)
Mire usiría y advierta
que a poner la paz la saqué,
sin ser mía la pendencia.


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON LOPE:

Yo sólo sé que en el cuerpo
de guardia os hallo, con ella
desnuda y un hombre muerto.

DON ÁLVARO:

 (Aparte.)
Imposible es mi defensa.
¿A quién habrá sucedido
que a matar a un hombre venga,
y por darle vida a otro,
en tal peligro se vea?

DON LOPE:

Y vos, ¿no dais esa espada?
¡Bueno!, ¿hablador sois de señas?
Pues yo os he visto otra vez
hablar, si bien se me acuerda.
En ese cuerpo de guardia
presos aquestos dos tengan,
mientras sigo a los demás.

ALCUZCUZ:

 (Aparte.)
Dos cosas me daban pena,
pendencia, e caliar; ya ser
tres, si bien hacer el cuenta.
Una, dos, tres: sí, tres ser,
prisión, caliar e pendencia.
(Llévanlos.)


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Escena XV
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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON JUAN DE AUSTRIA.-DON LOPE; después, DON JUAN DE MENDOZA.
DON JUAN:

¿Qué ha sido aquesto, don Lope?

DON LOPE:

Fue, señor, una pendencia
en que un hombre muerto ha habido.

DON JUAN:

Pues si cosas como ésas
no se castigan, habrá
cada día mil tragedias;
mas usarse ha con templanza
de la justicia.
(Sale DON JUAN DE MENDOZA.)

MENDOZA:

Tu alteza
me dé sus pies.

DON JUAN:

¿Qué hay, Mendoza?
¿Qué responde Abenhumeya?


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


MENDOZA:

Sorda trompeta de paz
toqué a la vista de Berja,
y muda bandera blanca
me respondió a la trompeta.
Entré con seguro dentro,
llegué al dosel o a la esfera
de Abenhumeya... Bien dije,
si estaba con él la bella
doña Isabel Tuzaní,
que hoy es Lidora, y su reina.
A la usanza de su ley
en una almohada me sienta,
gozando de embajador
en todo la prêminencia,
 (Aparte.)
(¡Ay, amor, qué neciamente
dormidos gustos despiertas!)
y él de rey la autoridad.
Di tu embajada; y apenas
se divulgó que hoy a todos
dabas perdón, cuando empiezan
por las plazas y las calles
a hacer alegrías y fiestas.


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Amar después de la muerte Jornada I Pedro Calderón de la Barca


VÁLOR:

¡Esto consiente mi honor!

DON ÁLVARO:

¡Esto mi valor consiente!

VÁLOR:

Porque me volví cristiano,
¿este baldón me sucede?

DON ÁLVARO:

Porque su ley recibí,
¿ya no hay quien de mí se acuerde?

VÁLOR:

¡Vive Dios, que es cobardía
que mi venganza no intente!

DON ÁLVARO:

¡Vive el cielo, que es infamia
que yo de vengarme deje!

VÁLOR:

¡El cielo me dé ocasión...

DON ÁLVARO:

¡Ocasión me dé la suerte...

VÁLOR:

Que si me la dan los cielos...

DON ÁLVARO:

Si el hado me la concede...


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON JUAN:

Nunca tiene más asiento,
más duración ni más fuerza
un rey tirano, porque
los primeros que le alientan
al principio, son al fin
los primeros que le dejan,
quizá bañado en su sangre.
Y pues hoy desa manera
la Alpujarra está, antes que ellos
víboras humanas sean
que se den muerte a sí mismos,
marche el campo todo a Berja,
y venzámoslos nosotros
primero que ellos se venzan:
no hagamos suya la hazaña,
si hacerla podemos nuestra.
 (Vanse.)


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Escena XVI
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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


ALCUZCUZ y DON ÁLVARO, con las manos atadas.
Prisión en el cuerpo de guardia.
ALCUZCUZ:

El rato que estar aquí
solos los dos e poder
hablar, quijera saber,
sonior Tozaní, de ti,
ya que Alpojarra dejar
e a aquesta terra venir,
si fue a matar, o a morir.

DON ÁLVARO:

A morir, y no a matar.

ALCUZCUZ:

Quien poner en paz pendencia,
el peor parte ha lievado.

DON ÁLVARO:

Como yo no era culpado,
no me puse en resistencia;
que este corazón gentil
puesto en defensa, mil presto
me dejaran.

ALCUZCUZ:

Con todo esto,
yo me atener a los mil.


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON ÁLVARO:

En fin, ¿yo dejé de ver
al que infame se alabó
de que las joyas quitó,
dando muerte a una mujer?

ALCUZCUZ:

No ser eso lo peor,
si no estar mandados ya
confesar. Mas ¿qué será
ver venir al confesor,
creyendo crestianos ser?

DON ÁLVARO:

Ya que todo lo he perdido,
me he de vender bien vendido.

ALCUZCUZ:

Pues ¿qué pensar ahora hacer?

DON ÁLVARO:

Con un puñal que escondido
en la cinta me quedó,
que siempre debajo yo
de la casaca he traído,
dar a esa posta la muerte.

ALCUZCUZ:

¿Con qué manos?

DON ÁLVARO:

¿No podrás
con los dientes por detrás
romper ese lazo fuerte?


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


ALCUZCUZ:

Por detrás... y dientes... no
estar muy limpia la traza.

DON ÁLVARO:

Llega, rompe o desenlaza
el cordel...

ALCUZCUZ:

Sí haré.

DON ÁLVARO:

Que yo
veré si te ven.

ALCUZCUZ:

 (Desátale.)
Ya estar:
romper tú el mío.

DON ÁLVARO:

No puedo;
que entra gente.

ALCUZCUZ:

Así me quedo
con cordel y sin hablar.
 (Retíranse.)


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Escena XVII
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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


UN SOLDADO, que hace la posta; GARCÉS, con prisiones.-Dichos.
SOLDADO:

(A GARCÉS.)
Aquel vuestro camarada
y un criado suyo mudo,
que animoso sacar pudo
a vuestro lado la espada,
son los que veis.

GARCÉS:

Aunque es fuerza
sentir que me hayan prendido
tantos como me han seguido,
en una parte me esfuerza
no sentirlo el librar
a quien la vida me dio,
pues en su descargo yo
me tengo de declarar.
Vos a don Juan mi señor
de Mendoza le decí
cómo preso quedo aquí:
que merced me haga y favor
de verme, para que pida
mi vida al señor don Juan,
pues mis servicios serán
los méritos de mi vida.


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


SOLDADO:

Yo le diré que aquí os vea,
en acabando de hacer
la posta.

DON ÁLVARO:

(Aparte a ALCUZCUZ.)
Tú puedes ver,
como al descuido, quién sea
el que con la posta ha entrado
en la prisión.

ALCUZCUZ:

Sí veré.-
¡Ay de mí!
(Repara en GARCÉS.)

DON ÁLVARO:

¿Qué tienes?

ALCUZCUZ:

¿Qué?
El haber aquí llegado...

DON ÁLVARO:

Prosigue.

ALCUZCUZ:

Estar de horror lleno.

DON ÁLVARO:

Habla.

ALCUZCUZ:

De temor no vivo.


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON ÁLVARO:

Di.

ALCUZCUZ:

Ser de quien fui cautivo,
ser a quien corrí el voneno.
Sin duda saber que aquí
estar... Mas por sí o por no,
el cara guardaré yo,
para que no me vea, así.
(Échase como que quiere dormir.)

GARCÉS:

(A DON ÁLVARO.)
Puesto que sin conoceros
ni haberos servido en nada,
me dio vida vuestra espada,
bien crêréis que siento el veros
desa suerte. Si pudiera
tener mi prisión consuelo,
el libraros, vive el cielo,
sólo mi consuelo fuera.

DON ÁLVARO:

Guárdeos Dios.

ALCUZCUZ:

(Aparte.)
¿Preso venir,
y el de la pendencia ser?
Sí; que entonces no le ver
con la prisa del reñir.


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


GARCÉS:

En fin, hidalgo, no os dé
cuidado vuestra prisión;
que yo, por la obligación
en que entonces os quedé,
la vida pondré, primero
que vos, siendo mía, paguéis
la culpa que no tenéis.

DON ÁLVARO:

De vuestro valor lo espero;
si bien mi prisión no ha sido
lo que más siento, por Dios,
sino que perdí por vos
la ocasión que me ha traído
a esta tierra.

SOLDADO:

No tenéis
que temer los dos morir,
pues siempre he oído decir,
y aun vosotros lo sabéis,
que si de una muerte son
dos los cómplices, no habiendo
más de una herida, y no siendo
caso pensado o traición,
uno muera solamente,
y que éste que muere sea
el de la cara más fea.


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


ALCUZCUZ:

(Aparte.)
El que tal decir revente.

SOLDADO:

Y así, el tal mudo este día,
de todos tres, morirá.
 (Vase.)


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Escena XVIII
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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON ÁLVARO, GARCÉS, ALCUZCUZ.
ALCUZCUZ:

(Aparte.)
Claro estar, porque no habrá
cara peor que la mía
en el mundo.

GARCÉS:

De vos creo
que aquesta merced me haréis,
ya que obligado me habéis.

ALCUZCUZ:

(Aparte.)
¡Ley ser morir el más feo!

GARCÉS:

Quizá yo os podré decir
dél. ¿Cómo se llama?

DON ÁLVARO:

No
lo sé.

GARCÉS:

¿En qué tercio llegó
a esta ocasión a servir?

DON ÁLVARO:

No lo sé.

GARCÉS:

¿Qué señas tiene?


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DON ÁLVARO:

No sé.

GARCÉS:

Pues bien le hallaréis,
si su nombre no sabéis,
ni señas, ni con quién viene.

DON ÁLVARO:

Pues sin saberle las señas,
nombre, ni con quién está,
le he tenido hallado ya.

GARCÉS:

No son enigmas pequeñas
las vuestras; pero no os dé
cuidado, pues en sabiendo
su alteza este caso, entiendo
que me dé vida, porque
me tiene a mí obligación
tan grande, que si no fuera
por mí, no entrara en Galera;
y esa perdida ocasión
hallar podremos los dos;
que de quien sois obligado,
he de estar a vuestro lado
al bien y al mal, vive Dios.

DON ÁLVARO:

En efecto, ¿que vos fuisteis
el que entrasteis en Galera?

GARCÉS:

¡Pluguiera a Dios no lo fuera!


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DON ÁLVARO:

¿Por qué, si esa hazaña hicisteis?

GARCÉS:

Porque desde que yo en ella
el primero puse el pie,
no sé qué influjo, no sé
qué hado, qué rigor, qué estrella
me persigue, que no ha habido
cosa que a la suerte mía,
desde aquel infausto día
mal no me haya sucedido.

DON ÁLVARO:

¿De qué os nace ese recelo?

GARCÉS:

No sé, sino es de que allí
muerte a una morisca di,
y se ofendió todo el cielo,
porque su hermosura era
su traslado.

DON ÁLVARO:

¿Tan hermosa
era?

GARCÉS:

Sí.

DON ÁLVARO:

 (Aparte.)
(¡Ay perdida esposa!)
¿Cómo fue?


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GARCÉS:

Desta manera.
Estando de posta un día,
entre unas espesas ramas,
que a los lutos de la noche
iban pisando las faldas,
prendí a un morisco. No quiero
(que éstas son cosas muy largas)
deciros que me engañó,
llevándome entre unas altas
peñas, adonde sus voces
convocaron la Alpujarra;
que huyendo dél, me escondí
en una gruta; pues basta
decir que ésta fue la mina,
que en una peña cavada,
monstruo fue que concibió
tanto fuego en sus entrañas.
Yo fui quien noticia della
traje al señor don Juan de Austria,
y yo fui quien al ingenio
la noche estuve de guardia,
yo quien de la batería
mantuve siempre la entrada
a la otra gente, y yo en fin
quien por medio de las llamas
penetré la villa, siendo
su racional salamandra,
hasta que llegué, pasando
globos de fuego, a una casa
fuerte, que sin duda era
de la gente plaza de armas,
pues por allí se avanzó toda.-
Pero parece que os cansa
mi relación, y que no
tenéis gusto en escucharla.


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON ÁLVARO:

No es sino que divertido
acá en mis penas estaba.
Proseguid.

GARCÉS:

Llegué, en efecto,
lleno de cólera y rabia,
a la casa de Malec
(que era en fin toda mi ansia
el palacio o casa fuerte),
al tiempo que ya su alcázar
don Lope de Figueroa,
lustre y honor de su patria,
rendido tenía y sitiado
del fuego por partes varias,
y muerto al alcaide. Yo
que entre el aplauso buscaba
el provecho, aunque mal juntos
provecho y honor se hallan,
ambiciosamente osado
discurrí todas las salas,
penetré todas las piezas,
hasta que llegué a una cuadra
pequeña, último retrete
de la más bella africana
que vieron jamás mis ojos.
¡Ah!, ¡quién supiera pintarla!,
mas no es tiempo de pinturas.
Confusa, al fin, y turbada
de verme, como si fueran
las cortinas de una cama
de una muralla cortinas,
detrás se esconde y ampara.-
Pero con llanto en los ojos,
y sin color en la cara
os habéis quedado.


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DON ÁLVARO:

Son
memorias de mis desgracias,
muy parecidas a ésas.

GARCÉS:

Tened, tened confianza,
si es por la ocasión perdida:
quien no la busca, la halla.

DON ÁLVARO:

Decís verdad. Proseguid.

GARCÉS:

Entré tras ella, y estaba
tan alhajada de joyas,
tan guarnecida de galas,
que más parecía que amante
prevenía y esperaba
bodas que exequias. Yo viendo
tal belleza, quise darla
la vida, como al rescate
saliese fiadora el alma.
Apenas, pues, me atreví
a asirla una mano blanca,
cuando me dijo: «Cristiano,
si es más ambición que fama
mi muerte, pues con la sangre
de una mujer más se mancha
que se acicala el acero,
estas joyas satisfagan
tu hidrópica sed, y deja
limpio el lecho, la fe intacta
de un pecho, donde se encierran
misterios que aún él no alcanza».
-Llegué a los brazos...


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DON ÁLVARO:

Espera:
escucha, detente, aguarda,
no llegues a ellos. -¿Qué digo?
Mis discursos me arrebatan
la voz. Proseguid; que a mí
eso no me importa nada.
 (Aparte.)
(¡Pluguiera a amor, pues más siento
ya el quererla que el matarla!)

GARCÉS:

Dio voces en la defensa
de su vida y de su fama:
Yo, viendo que ya acudía
otra gente, y que ya estaba
perdida la una vitoria,
no quise perderlas ambas,
ni que los otros soldados
conmigo a la parte entraran;
y así, trocando el amor
entonces en la venganza
(qué fácilmente el afecto
de un extremo al otro pasa),
arrebatado no sé
de qué furia, de qué saña
que me movió el brazo entonces
(aun repetido es infamia),
o por quitarla una joya
de diamantes y una sarta
de perlas, dejando todo
un cielo de nieve y grana,
la atravesé el pecho.


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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON ÁLVARO:

¿Fue
como ésta la puñalada?
 (Saca un puñal y hiérele.)
¡Ay de mí!

ALCUZCUZ:

Aquesto estar hecho.

DON ÁLVARO:

Muere, traidor.

GARCÉS:

¿Tú me matas?

DON ÁLVARO:

Sí, porque esa beldad muerta,
esa rosa deshojada,
el alma fue de mi vida,
y hoy es vida de mi alma.
Tú eres el que busco, tú
tras quien me trae mi esperanza
a vengar a su hermosura.


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GARCÉS:

¡Ah, que me coges sin armas
y con traición!

DON ÁLVARO:

Nunca consta
de términos la venganza.
Don Álvaro Tuzaní,
su esposo, es el que te mata.

ALCUZCUZ:

Y yo ser perro cristiano,
Alcuzcuz, que en la pasada
ocasión lievar alforja.

GARCÉS:

¿Para qué vida me dabas
si me habías de dar muerte?-
¡Ah posta, posta de guardia!
 (Muere.)


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Escena XIX
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DON JUAN DE MENDOZA, SOLDADOS.-DON ÁLVARO, ALCUZCUZ; GARCÉS, muerto.
MENDOZA:

 (Dentro.)
¿Qué voces son éstas? Abre
la puerta; que Garcés llama,
a quien yo vengo a buscar.
(Salen DON JUAN DE MENDOZA y SOLDADOS.)
¿Qué es esto?
(Quita DON ÁLVARO la espada a un SOLDADO.)

DON ÁLVARO:

Suelta esa espada.
Señor don Juan de Mendoza,
yo soy, si el verme os espanta,
Tuzaní, a quien apellidan
el rayo de la Alpujarra.
A vengar vine la muerte
de una beldad soberana;
que no ama quien no venga
injurias de lo que ama.
Yo en otra prisión a vos
os busqué, donde las armas
iguales los dos medimos,
cuerpo a cuerpo y cara a cara.
Si en esta prisión venís
a buscarme vos, bastaba
venir solo, pues que sois
quien sois; que esto sólo basta.
Pero si es que habéis venido
acaso, nobles desgracias
defiendan los hombres nobles:
hacedme esa puerta franca.


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MENDOZA:

Yo me holgara, Tuzaní,
que en ocasión tan extraña
con reputación pudiera
guardaros yo las espaldas;
mas ya veis que hacer no puedo
al servicio del rey falta,
y es su servicio mataros
cuando en su ejército os hallan:
y así, he de ser el primero
que os mate.

DON ÁLVARO:

No importa nada
que la puerta me cerréis,
que yo la haré a cuchilladas...
(Acuchíllanse.)

UN SOLDADO:

Muerto soy.
(Huye, y cae dentro.)

OTRO:

De los abismos
es furia que se desata.

DON ÁLVARO:

Ahora veréis que soy
el Tuzaní, a quien la fama
apellidará en sus triunfos
el vengador de su dama.
(Huyen los SOLDADOS.)

MENDOZA:

Primero verás tu muerte.

ALCUZCUZ:

Pregunto: el de mala cara,
¿es ley morir?


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Escena XX
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DON JUAN DE AUSTRIA, DON LOPE, y SOLDADOS.-DON ÁLVARO, DON JUAN DE MENDOZA, ALCUZCUZ; GARCÉS, muerto.
DON LOPE:

¿Qué es aquesto?
¿Quién este alboroto causa?

DON JUAN:

Don Juan, ¿qué es esto?

MENDOZA:

Es, señor,
una cosa bien extraña.
Es un morisco que viene
solo desde la Alpujarra
a matar un hombre, que
dice que mató a su dama
en el saco de Galera,
y le ha muerto a puñaladas.

DON LOPE:

¿Tu dama había muerto?


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DON ÁLVARO:

Sí.

DON LOPE:

Bien hiciste.-Señor, manda
dejarle; que este delito
más es digno de alabanza
que de castigo; que tú
mataras a quien matara
a tu dama, vive Dios,
o no fueras don Juan de Austria.

MENDOZA:

Mira que es el Tuzaní,
y que será de importancia
prenderle.

DON JUAN:

Date a prisión.

DON ÁLVARO:

Aunque tu valor lo manda,
no estoy dese parecer;
y por tu respeto basta
que la defensa que intento
sea volverte la espalda.
(Vase.)

DON JUAN:

Seguidle todos, seguidle.
(Éntranse todos siguiendo a DON ÁLVARO.)


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Escena XXI
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Amar después de la muerte Jornada III Pedro Calderón de la Barca


Vista exterior de los muros de Berja.
DOÑA ISABEL y SOLDADOS MORISCOS en el muro; después, DON ÁLVARO, DON JUAN DE AUSTRIA y SOLDADOS.
DOÑA ISABEL:

Haz con esa seña blanca
llamada al campo cristiano.
(Sale DON ÁLVARO.)

DON ÁLVARO:

Entre picas y alabardas
he rompido, hasta llegar
a los pies desta montaña.

UN SOLDADO:

(Dentro.)
Antes que entre en la espesura,
un mosquete le dispara.

DON ÁLVARO:

Todos sois pocos: cercadme.

UN MORISCO:

A Berja subid.

DOÑA ISABEL:

Aguarda.
¡Tuzaní, señor!

DON ÁLVARO:

Lidora,
toda esa gente, esas armas
tras mí vienen.

DOÑA ISABEL:

Pues no temas.
(Vanse del muro ella y los MORISCOS.)


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DON JUAN:

  (Dentro.)
Tronco a tronco y rama a rama
talad el campo hasta hallarle.
(Salen DON JUAN DE AUSTRIA y SOLDADOS, y por otro lado DOÑA ISABEL y MORISCOS.)

DOÑA ISABEL:

Generoso don Juan de Austria,
hijo del águila hermosa
que al sol mira cara a cara,
todo ese monte que ves
rebelde a tus esperanzas,
una mujer, si la escuchas,
viene a ponerle a tus plantas.


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DOÑA ISABEL:

Doña Isabel Tuzaní
soy, que aquí tiranizada,
viví morisca en la voz
y católica en el alma.
Mujer soy de Abenhumeya,
cuya muerte desdichada
ensangrentó su corona
con su sangre y con sus armas;
porque viendo los moriscos
que general perdón dabas,
trataron rendirse: tal
es de un vulgo la inconstancia,
que los designios de hoy
intentan borrar mañana.
Y viendo que Abenhumeya
con valor les afeaba
su cobardía, al entrar
la compañía de guardia,
su capitán le tomó
las puertas, y hasta la sala
del dosel, entró diciendo:
«Date por el rey de España.
-¿Prenderme a mí?», dijo entonces,
y al ir a empuñar la espada,
diciendo a voces la gente:
«¡Viva el sacro nombre de Austria!».
Un soldado en la cabeza
empleó la partesana;
que como de la corona
juzgó vivir adornada,
fue capaz sujeto a un tiempo
de la dicha y la desgracia.


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DOÑA ISABEL:

Cayó en la tierra, y cayeron
con él tantas esperanzas
como suspenso tenían
el mundo con sus hazañas;
que al amago antes que al golpe,
pudo titubear España.
Si el venir, señor, adonde,
puesta a tus heroicas plantas
del valiente Abenhumeya
la corona ensangrentada,
te merecen un perdón, puesto
que hoy a los demás alcanza;
goce de su indulto el noble
Tuzaní; que yo postrada
a tus pies, más que el ser reina
estimara ser tu esclava.

DON JUAN:

Poco has pedido en albricias:
hermosa Isabel, levanta.
Viva el Tuzaní, quedando
la más amorosa hazaña
del mundo escrita en los bronces
del olvido y de la fama.

DON ÁLVARO:

Dame tus pies.

ALCUZCUZ:

Y mé ¿estar
perdonado?

DON JUAN:

Sí.

DON ÁLVARO:

Aquí acaba
Amar después de la muerte
y el sitio de la Alpujarra.

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