Ana Karenina I: Capítulo IX

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Ana Karenina
Primera parte: Capítulo IX
de León Tolstoi


A las cuatro de la tarde, Levin, con el corazón palpitante, dejó el coche de alquiler cerca del Parque Zoológico y se encaminó por un sendero a la pista de patinar, seguro de encontrar a Kitty, ya que había visto a la puerta el carruaje de los Scherbazky.

El día era frío, despejado. Ante el Parque Zoológico estaban alineados trineos, carruajes particulares y coches de alquiler. Aquí y allá se veían algunos gendarmes. El público, con sus sombreros que relucían bajo el sol, se agolpaba en la entrada y en los paseos ya limpios de nieve, entre filas de casetas de madera de estilo ruso, con adornos esculpidos. Los añosos abedules, inclinados bajo el peso de la nieve que cubría sus ramas, parecían ostentar flamantes vestiduras de fiesta.

Levin, mientras seguía el sendero que conducía a la pista, se decía: «Hay que estar tranquilo; es preciso no emocionarse. ¿Qué te pasa corazón? ¿Qué quieres? ¡Calla, estúpido!». Así hablaba a su corazón, pero cuanto más se esforzaba en calmarse, más emocionado se sentía.

Se encontró con un conocido que le saludó, pero Levin no recordó siquiera quién podía ser.

Se acercó a las montañas de nieve, en las que, entre el estrépito de las cadenas que hacían subir los trineos, sonaban voces alegres. Unos pasos más allá se encontró ante la pista y entre los que patinaban reconoció inmediatamente a Kitty.

La alegría y el temor inundaron su corazón. Kitty se hallaba en la extremidad de la pista, hablando en aquel momento con una señora. Aunque nada había de extraordinario en su actitud ni en su vestido, para Levin resaltaba entre todos, como una rosa entre las ortigas. Todo en tomo de ella parecía iluminado. Era como una sonrisa que hiciera resplandecer las cosas a su alrededor.

«¿Es posible que pueda acercarme adonde está?», se preguntó Levin.

Hasta el lugar donde ella se hallaba le parecía un santuario inaccesible, y tal era su zozobra que hubo un momento en que incluso decidió marcharse. Tuvo que hacer un esfuerzo sobre sí mismo para decirse que al lado de Kitty había otras muchas personas y que él podía muy bien haber ido allí para patinar.

Entró en la pista, procurando no mirar a Kitty sino a largos intervalos, como hacen los que temen mirar al sol de frente. Pero como el sol, la presencia de la joven se sentía aún sin mirarla.

Aquel día y a aquella hora acudían a la pista personas de una misma posición, todas ellas conocidas entre sí. Allí estaban los maestros del arte de patinar, luciendo su arte; los que aprendían sujetándose a sillones que empujaban delante de ellos, deslizándose por el hielo con movimientos tímidos y torpes; había también niños, y viejos que patinaban por motivos de salud.

Todos parecían a Levin seres dichosos porque podían estar cerca de «ella». Sin embargo, los patinadores cruzaban al lado de Kitty, la alcanzaban, le hablaban, se separaban otra vez y todo con indiferente naturalidad, divirtiéndose sin que ella entrase para nada en su alegría, gozando del buen tiempo y de la excelente pista.

Nicolás Scherbazky, primo de Kitty, vestido con una chaqueta corta y pantalones ceñidos, descansaba en un banco con los patines puestos. Al ver a Levin, le gritó:

–¡Hola, primer patinador de todas las Rusias! ¿Desde cuándo está usted aquí? El hielo está excelente. Ande, póngase los patines.

–No traigo patines –repuso Levin, asombrado de la libertad de maneras de Scherbazky delante de «ella» y sin perderla de vista ni un momento, aunque tenía puesta en otro sitio la mirada.

Sintió que el sol se aproximaba a él. Deslizándose sobre el hielo con sus piececitos calzados de altas botas, Kitty, algo asustada al parecer, se acercaba a Levin. Tras ella, haciendo gestos desesperados a inclinándose hacia el hielo, iba un muchacho vestido con el traje nacional ruso que la perseguía. Kitty patinaba con poca seguridad. Sacando las manos del manguito sujeto al cuello por un cordón, las extendía como para cogerse a algo ante el temor de una caída. Vio a Levin, a quien reconoció en seguida, y sonrió tanto para él como para disimular su temor.

Al llegar a la curva, Kitty, con un impulso de sus piececitos nerviosos, se acercó a Scherbazky, se cogió a su brazo sonriendo y saludó a Levin con la cabeza.

Estaba más hermosa aún de lo que él la imaginara. Cuando pensaba en ella, la recordaba toda: su cabecita rubia, con su expresión deliciosa de bondad y candor infantiles, tan admirablemente colocada sobre sus hombros graciosos. Aquella mezcla de gracia de niña y de belleza de mujer ofrecían un conjunto encantador que impresionaba a Levin profundamente.

Pero lo que más le impresionaba de ella, como una cosa siempre nueva, eran sus ojos tímidos, serenos y francos, y su sonrisa, aquella sonrisa que le transportaba a un mundo encantado, donde se sentía satisfecho, contento, con una felicidad plena como sólo recordaba haberla experimentado durante los primeros días de su infancia.

–¿Cuándo ha venido? –le preguntó Kitty, dándole la mano.

El pañuelo se le cayó del manguito. Levin lo recogió y ella dijo: –Muchas gracias.

–Llegué hace poco: ayer... quiero decir, hoy... –repuso Levin, a quien la emoción había impedido entender bien la pregunta–. Me proponía ir a su casa... Y recordando de pronto el motivo por que la buscaba, se turbó y se puso encarnado.

–No sabía que usted patinara. Y patina muy bien –añadió.

Ella le miró atentamente, como tratando de adivinar la causa de su turbación.

–Estimo en mucho su elogio, ya que se le considera a usted como el mejor patinador –dijo al fin, sacudiendo con su manecita enfundada en guantes negros la escarcha que se formaba sobre su manguito.

–Sí; antes, cuando patinaba con pasión aspiraba a llegar a ser un perfecto patinador.

–Parece que usted se apasiona por todo –dijo la joven, sonriendo–. Me gustaría verle patinar. Ande, póngase los patines y demos una vuelta juntos.

«¿Es posible? ¡Patinar juntos!», pensaba Levin, mirándola.

–En seguida me los pongo –dijo en alta voz.

Y se alejó a buscarlos.

–Hace tiempo que no venía usted por aquí, señor–le dijo el empleado, cogiendo el pie de Levin para sujetarle los patines–. Desde entonces no viene nadie que patine como usted. ¿Queda bien así? –concluyó, ajustándole la correa.

–Bien, bien; acabe pronto, por favor –replicaba Levin, conteniendo apenas la sonrisa de dicha que pugnaba por aparecer en su rostro. «¡Eso es vida! ¡Eso es felicidad! ¡Juntos, patinaremos juntos!, me ha dicho. ¿Y si se lo dijera ahora? Pero tengo miedo, porque ahora me siento feliz, feliz aunque sea sólo por la esperanza... ¡Pero es preciso decidirse! ¡Hay que acabar con esta incertidumbre! ¡Y ahora mismo!»

Se puso en pie, se quitó el abrigo y, tras recorrer el hielo desigual inmediato a la caseta, salvó el hielo liso de la pista, deslizándose sin esfuerzo, como si le bastase la voluntad para animar su carrera. Se acercó a Kitty con timidez, sintiéndose calmado al ver la sonrisa con que le acogía.

Ella le dio la mano y los dos se precipitaron juntos, aumentando cada vez más la velocidad, y cuanto más deprisa iban, tanto más fuertemente oprimía ella la mano de Levin.

–Con usted aprendería muy pronto, porque, no sé a qué se deberá, pero me siento completamente segura cuando patino con usted –le dijo.

–Y yo también me siento más seguro cuando usted se apoya en mi brazo –repuso Levin. Y en seguida enrojeció, asustado de lo que acababa de decir. Y, en efecto, apenas hubo pronunciado estas palabras, cuando, del mismo modo como el sol se oculta entre las nubes, del rostro de Kitty desapareció toda la suavidad, y Levin comprendió por la expresión de su semblante que la joven se concentraba para reflexionar.

Una leve arruguita se marcó en la tersa frente de la muchacha.

–¿Le sucede algo? Perdone, no tengo derecho a... –rectificó Levin.

–¿Por qué no? No me pasa nada –repuso ella fríamente. Y añadió–: ¿No ha visto aún a mademoiselle Linon?

–Todavía no.

–Vaya a saludarla. Le aprecia mucho.

«¡Oh, Dios mío, la he enojado!», pensó Levin, mientras se dirigía hacia la vieja francesa de grises cabellos rizados sentada en el banco.

Ella le acogió como a un viejo amigo, enseñando al reír su dentadura postiza.

–¡Cómo crecemos, ¿eh? –le dijo, indicándole a Kittyy ¡cómo nos hacemos viejos! ¡Tinny bear es ya mayor! –continuó, riendo, y recordando los apelativos que antiguamente daba Levin a cada una de las tres hermanas, equiparándolas a los tres oseznos de un cuento popular inglés–. ¿Se acuerda de que la llamaba así?

El no lo recordaba ya, pero la francesa llevaba diez años riendo de aquello.

–Vaya, vaya a patinar. ¿Verdad que nuestra Kitty lo hace muy bien ahora?

Cuando Levin se acercó a Kitty de nuevo, la severidad había desaparecido del semblante de la joven; sus ojos le miraban, como antes, francos y llenos de suavidad, pero a él le pareció que en la serenidad de su mirada había algo de fingido y se entristeció.

Kitty, tras hablar de su anciana institutriz y de sus rarezas, preguntó a Levin qué era de su vida.

–¿No se aburre usted viviendo en el pueblo durante el invierno? –le preguntó.

–No, no me aburro. Como siempre estoy ocupado... –dijo él, consciente de que Kitty le arrastraba a la esfera de aquel tono tranquilo que había resuelto mantener y de la cual, como había sucedido a principios de invierno, no podía ya escapar.

–¿Viene para mucho tiempo? –preguntó Kitty.

–No sé –repuso Levin, casi sin darse cuenta.

Pensó que si se dejaba ganar por aquel tono de tranquila amistad, se marcharía otra vez sin haber resuelto nada; y decidió rebelarse.

–¿Cómo no lo sabe?

–No, no sé... Depende de usted.

Y en el acto se sintió aterrado de sus palabras.

Pero ella no las oyó o no quiso oírlas. Como si tropezara, dio dos o tres leves talonazos y se alejó de él rápidamente. Se acercó a la institutriz, le dijo algunas palabras y se dirigió a la caseta para quitarse los patines.

«¡Oh, Dios, ayúdame, ilumíname! ¿Qué he hecho?», se decía Levin, orando mentalmente. Pero, como sintiera a la vez una viva necesidad de moverse, se lanzó en una carrera veloz sobre el hielo, trazando con furor amplios círculos.

En aquel momento, uno de los mejores patinadores que había allí salió del café con un cigarrillo en los labios, descendió a saltos las escaleras con los patines puestos, creando un gran estrépito y, sin ni siquiera variar la descuidada postura de los brazos, tocó el hielo y se deslizó sobre él.

–¡Ah, un nuevo truco! –exclamó Levin.

Y corrió hacia la escalera para realizarlo.

–¡Va usted a matarse! –le gritó Nicolás Scherbazky–. ¡Hay que tener mucha práctica para hacer eso!

Levin subió hasta el último peldaño y, una vez allí, se lanzó hacia abajo con todo el impulso, procurando mantener el equilibrio con los brazos. Tropezó en el último peldaño, pero tocando ligeramente el hielo con la mano hizo un esfuerzo rápido y violento, se levantó y, riendo, continuó su carrera.

«¡Qué muchacho tan simpático!», pensaba Kitty, que salía de la caseta con mademoiselle Linon, mientras seguía a Levin con mirada dulce y acariciante, como si contemplase a un hermano querido. «¿Acaso soy culpable? ¿He hecho algo que no esté bien? A eso llaman coquetería. Ya sé que no es a él a quien quiero, pero a su lado estoy contenta. ¡Es tan simpático! Pero ¿por qué me diría lo que me dijo?»

Viendo que Kitty iba a reunirse con su madre en la escalera, Levin, con el rostro encendido por la violencia del ejercicio, se detuvo y quedó pensativo. Luego se quitó los patines y logró alcanzar a madre a hija cerca de la puerta del parque.

–Me alegro mucho de verle –dijo la Princesa–. Recibimos los jueves, como siempre.

–¿Entonces, hoy?

–Nos satisfará su visita –repuso la Princesa, secamente.

Su frialdad disgustó a Kitty de tal modo que no pudo contener el deseo de suavizar la sequedad de su madre y, volviendo la cabeza, dijo sonriendo:

–Hasta luego.

En aquel momento, Esteban Arkadievich, con el sombrero ladeado, brillantes los ojos, con aire triunfador, entraba en el jardín. Al acercarse, sin embargo, a su suegra adoptó un aire contrito, contestándole con voz doliente cuando le preguntó por la salud de Dolly.

Tras hablar con ella en voz baja y humildemente, Oblonsky se enderezó, sacando el pecho y cogió el brazo de Levin.

–¿Qué? ¿Vamos? –preguntó–. Me he acordado mucho de ti y estoy satisfechísimo de que hayas venido –dijo, mirándole significativamente a los ojos.

–Vamos –contestó Levin, en cuyos oídos sonaban aún dulcemente el eco de aquellas palabras: «Hasta luego», y de cuya mente no se apartaba la sonrisa con que Kitty las quiso acompañar.

–¿Al «Inglaterra» o al «Ermitage» ?

–Me da lo mismo.

–Entonces vamos al «Inglaterra» ––dijo Esteban Arkadievich decidiéndose por este restaurante, porque debía en él más dinero que en el otro y consideraba que no estaba bien dejar de frecuentarlo.

–¿Tienes algún coche alquilado? –añadió–. ¿Sí? Magnífico... Yo había despedido el mío...

Hicieron el camino en silencio. Levin pensaba en lo que podía significar aquel cambio de expresión en el rostro de Kitty, y ya se sentía animado en sus esperanzas, ya se sentía hundido en la desesperación, y considerando que sus ilusiones eran insensatas. No obstante, tenía la sensación de ser otro hombre, de no parecerse en nada a aquel a quien ella había sonreído y a quien había dicho: «Hasta luego».

Esteban Arkadievich, entre tanto, iba componiendo el menú por el camino.

–¿Te gusta el rodaballo? –preguntó a Levin, cuando llegaban.

–¿Qué?

–El rodaballo.

–¡Oh! Sí, sí, me gusta con locura.