Ana Karenina I: Capítulo XIX

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Ana Karenina
Primera parte: Capítulo XIX
de León Tolstoi


Cuando Ana entró en el saloncito, halló a Dolly con un niño rubio y regordete, muy parecido a su padre, a quien tomaba la lección de francés. El chico leía volviéndose con frecuencia y tratando de arrancar de su vestido un botón a medio caer. La madre le había detenido la mano repetidas veces, pero él persistía en su intento. Al fin Dolly le arrancó el botón y se lo puso en el bolsillo.

–Ten las manos quietas, Gricha –dijo.

Y se entregó a su labor de nuevo. Hacía mucho tiempo que la había iniciado y sólo se ocupaba de ella en momentos de disgusto. Ahora hacía punto nerviosa, levantando los dedos y contando maquinalmente.

Aunque hubiera dicho el día antes a su marido que la llegada de su hermana nada le importaba, lo había preparado todo para recibirla y la esperaba con verdadera impaciencia.

Dolly estaba abatida, anonadada por el dolor. Recordaba, no obstante, que Ana, su cuñada, era la esposa de uno de los personajes más importantes de San Petersburgo, una grande dame de capital. A esta circunstancia se debió que Dolly no cumpliera lo que había dicho a su esposo y no se hubiera olvidado de la llegada de su cuñada.

«Al fin y al cabo, Ana no tiene la culpa», se dijo. «De ella no he oído decir nunca nada malo y, por lo que a mí toca, no he hallado nunca en ella más que cariño y atenciones.»

Era verdad que la casa de los Karenin, durante su estancia en ella, no le había producido buena impresión; en su manera de vivir le había parecido descubrir alguna cosa de falsedad. «Pero ¿por qué no recibirla?» , se decía. «¡Que no pretenda, al menos consolarme!» , pensaba Dolly. «En consuelos, seguridades para el futuro y perdones cristianos he pensado ya mil veces y no me sirven para nada.»

Durante todos esos días, Dolly había permanecido sola con los niños. No quería confiar a nadie su dolor y, sin embargo, con aquel dolor en el alma, no podía ocuparse de otra cosa. Sabía que no hablaría con Ana más que de aquello, y si por un lado le satisfacía la idea, por el otro le disgustaba tener que confesar su humillación y escuchar frases vulgares de tranquilidad y consuelo.

Dolly, que esperaba a su cuñada mirando a cada momento el reloj, dejó de mirarlo, como suele suceder, precisamente en el momento en que Ana llegó. No oyó, pues, el timbre, y cuando, percibiendo pasos ligeros y roce de faldas en la puerta del salón, se levantó, su atormentado semblante no expresaba alegría, sino sorpresa.

–¿Cómo? ¿Ya estás aquí? –dijo, besando y abrazando a su cuñada.

–Me alegro mucho de verte, Dolly.

–Y yo de verte a ti –repuso Dolly, con débil sonrisa, tratando de averiguar por el rostro de la Karenina si estaba o no informada de todo.

«Seguramente lo sabe» , pensó, viendo la expresión compasiva del semblante de su cuñada.

–Vamos, vamos; te acompañaré a tu cuarto –continuó, procurando retrasar el momento de las explicaciones.

–¿Es Gricha éste? ¡Dios mío, cómo ha crecido! –exclamó Ana, besando al niño, sin dejar de mirar a Dolly y ruborizándose. Y añadió–: Permíteme quedarme un rato aquí.

Se quitó la manteleta; luego el sombrero. Un mechón de sus negros y rizados cabellos quedó prendido en él y Ana los desprendió con un movimiento de cabeza.

–¡Estás rebosante de dicha y de salud! –dijo Dolly, casi con envidia.

–¿Yo? Sí... ¡Dios mío, ésa es Tania! Tiene la edad de mi Sergio, ¿no? –exclamó Ana, dirigiéndose a la niña, que entraba corriendo. Y, tomándola en brazos, la besó también–. ¡Qué niña tan linda! ¡Es un encanto! Anda, enséñame a todos los niños.

Le hablaba de los cinco, recordando no sólo sus nombres, sino su edad, sus caracteres y hasta las enfermedades que habían sufrido. Dolly no podía dejar de sentirse conmovida.

–Bien; vayamos a verles –dijo–. Pero Vasia está durmiendo; es una lástima.

Después de ver a los pequeños se sentaron, ya solas, en el salón, ante una taza de café. Ana cogió la bandeja y luego la separó.

–Dolly –empezó–, mi hermano me ha hablado ya.

Dolly, que esperaba oír frases de falsa compasión, miró a Ana con frialdad. Pero Ana no dijo nada en aquel sentido.

–¡Querida Dolly! –exclamó–. No quiero defenderle ni consolarte. Es imposible. Sólo deseo decir que te compadezco con toda mi alma.

Y tras sus largas pestañas brillaron las lágrimas. Se sentó más cerca de su cuñada y le tomó la mano entre las suyas, pequeñas y enérgicas. Dolly no se apartó, pero continuó con su actitud severa. Sólo dijo:

–Es inútil tratar de consolarme. Después de lo pasado, todo está perdido; nada se puede hacer.

Mientras hablaba así, la expresión de su rostro se suavizó. Ana besó la seca y flaca mano de Dolly y repuso:

–Pero ¿qué podemos hacer, Dolly?, ¿qué podemos hacer? Hay que pensar en lo mejor que pueda hacerse para solucionar esta terrible situación.

–Todo ha concluido y nada más –contestó Dolly–. Y lo peor del caso, compréndelo, es que no puedo dejarle; están los niños, las obligaciones, pero no puedo vivir con él. El simple hecho de verle constituye para mí una tortura.

–Querida Dolly, él me lo ha contado todo, pero quisiera que me lo explicases tú, tal como fue.

Dolly la miró inquisitiva. En el rostro de Ana se pintaba un sincero afecto, una verdadera compasión.

–Bien, te lo contaré desde el principio –decidió Dolly–. Ya sabes cómo me casé: con una educación que me hizo llegar al altar, no sólo inocente, sino también estúpida. No sabía nada. Dicen, ya lo sé, que los hombres suelen contar a las mujeres la vida que han llevado antes de casarse, pero Stiva... –y se interrumpió, rectificando–, pero Esteban Arkadievich no me contó nada. Aunque no me creas, yo imaginaba ser la única mujer que él había conocido... Así viví ocho años. No sólo no sospechaba que pudiera serme infiel, sino que lo consideraba imposible. Y, figúrate que en esta fe mía, me entero de pronto de este horror, de esta villanía.. Compréndeme... ¡Estar completamente segura de la propia felicidad, para de repente... –continuaba Dolly, reprimiendo los sollozos–, para de repente recibir una carta de él dirigida a su amante, a la institutriz de mis niños! ¡Oh, no; es demasiado horrible!

Sacó el pañuelo, ocultó el rostro en él y prosiguió, tras un breve silencio:

–Aun sería justificable un arrebato de pasión. Pero engañarme arteramente, continuar siendo esposo mío y amante de ella. ¡Oh, tú no puedes comprenderlo!

–Lo comprendo, querida Dolly, lo comprendo... –dijo Ana, apretándole la mano.

–¿Y crees que él se hace cargo de todo el horror de mi situación? –siguió Dolly–. ¡Nada de eso! Él vive contento y feliz.

–Eso no –la interrumpió Ana vivamente–. Es digno también de compasión; el arrepentimiento le tiene abatido.

–Pero ¿crees que es capaz siquiera de arrepentimiento? –interrumpió Dolly, mirando fijamente a su cuñada.

–Sí. Le conozco bien y no pude menos de sentir piedad al verle. Las dos le conocemos. El es bueno, pero orgulloso. ¡Y ahora se siente tan humillado! Lo que más me conmueve de él (Ana sabía que aquello había de impresionar a Dolly más que nada) es que hay dos cosas que le atormentan: primero, la vergüenza que siente ante sus hijos, y después que, amándote como te ama... Sí, sí, te ama más que a nada en el mundo –dijo Ana precipitadamente, impidiendo que Dolly replicase–. Pues bien, que amándote como te ama, te haya causado tanto daño. «¡No, Dolly no me perdonará», me decía.

Dolly, pensativa, no miraba ya a su cuñada y sólo escuchaba sus palabras.

–Comprendo –dijo– que su situación es también terrible. Soportar esto es más penoso para el culpable que para el que no lo es, si se da cuenta de que es él el causante de todo el daño. Pero ¿cómo perdonarle? ¿Cómo seguir siendo su mujer, después que ella ...? Vivir con él sería un tormento para mí, precisamente porque le he amado.

Los sollozos ahogaron su voz.

No obstante, cada vez que se enternecía, y como si lo hiciera intencionadamente, la idea que la atormentaba volvía de nuevo a sus palabras:

–Ella es joven y guapa –continuó–. ¿No comprendes Ana? Mi juventud se ha disipado... ¿Y cómo? En servicio de él y de sus hijos. Le he servido, consumiéndome en ello, y ahora a él le es más agradable una mujer joven, aunque sea una cualquiera. Seguramente que ellos hablarían de mí; o tal vez no, y en este caso es todavía peor. ¿Comprendes?

Y el odio animó de nuevo su mirada.

–Después de eso, ¿qué puede decirme? Jamás le creeré. Todo ha concluido, todo lo que me servía de recompensa de mi trabajo, de mis sufrimientos... ¿Creerás que dar la lección a Gricha, que antes era un placer para mí, es ahora una tortura? ¿Para qué esforzarme, para qué trabajar? ¡Qué lástima que tengamos hijos! Es horrible, pero te aseguro que ahora, en vez de ternura y de amor, sólo siento hacia él aversión, sí, aversión, y hasta, de poder, te aseguro que llegaría a matarle.

–Todo lo comprendo, querida Dolly. Pero no te pongas así. Te encuentras tan ofendida, tan excitada, que no ves las cosas con claridad.

Dolly se calmó. Las dos permanecieron en silencio unos instantes.

–¿Qué haré, Ana? Ayúdame a resolverlo. Yo he pensado en todo y no veo solución.

Ana no podía encontrarla tampoco, pero su corazón respondía francamente a cada palabra, a cada expresión del rostro de su cuñada.

–Soy su hermana –empezó– y conozco bien su carácter: la facilidad con que lo olvida todo –e hizo un ademán señalando la frente–, la facilidad con que se entrega y con que luego se arrepiente. Ahora no imagina, no acierta a comprender cómo pudo hacer lo que hizo.

–Ya, ya me hago cargo –interrumpió Dolly–. Pero ¿y yo? ¿Te olvidas de mí? ¿Acaso sufro menos que él?

–Espera. Confieso, Dolly, que cuando él me explicó las cosas no comprendí aún del todo, el horror de tu situación. Le vi sólo a él, comprendí que la familia estaba deshecha y le compadecí. Pero después de hablar contigo, yo, como mujer, veo lo demás, siento tus sufrimientos y no podría expresarte la piedad que me inspiras. Pero, querida Dolly, por mucho que comprenda tus sufrimientos, ignoro, en cambio, el amor que puedas albergar por él en el fondo de tu alma. Si le amas lo bastante para perdonarle, perdónale.

–¡No...! –exclamó Dolly. Pero Ana la interrumpió cogiéndole la mano y volviendo a besársela.

–Conozco el mundo más que tú –dijo– y sé cómo ven estas cosas las gentes como Esteban. Tú crees que ellos hablarían de ti. Nada de eso. Los hombres así pecan contra su fidelidad, pero su mujer y su hogar son sagrados para ellos. Mujeres como esa institutriz son a sus ojos una cosa distinta, compatible con el amor a la familia. Ponen entre ellas y el hogar una línea de separación que nunca se pasa. No comprendo bien cómo puede ser eso, pero es así.

–Sí, sí, pero él la besaría y...

–Cálmate, Dolly. Recuerdo cuando Stiva estaba enamorado de ti, cómo lloraba recordándote, cómo hablaba de ti continuamente, cuánta poesía ponía en tu amor. Y sé que, a medida que pasa el tiempo, sentía por ti mayor respeto. Siempre nos reíamos cuando decía a cada momento: «Dolly es una mujer extraordinaria» . Tú eras para él una divinidad y sigues siéndolo. Esta pasión de ahora no ha afectado el fondo de su alma.

–¿Y si se repitiera?

–No lo creo posible.

–¿Le habrías perdonado tú?

–No sé, no puedo juzgar...

Ana reflexionó un momento y añadió:

–Sí, sí puedo, sí puedo. ¡Le habría perdonado! Cierto que yo me habría transformado en otra mujer, sí; pero le perdonaría, como si no hubiese pasado nada, absolutamente nada...

–Sí, así habría de ser –interrumpió Dolly, como si ya hubiera pensado en ello antes–; de otro modo, no fuera perdón. Si se perdona, ha de ser por completo... En fin, voy a acompañarte a tu cuarto –añadió, levantándose y abrazando a Ana–. ¡Cuánto me alegro de que hayas venido, querida! Siento el alma mucho más aliviada, mucho más aliviada.