Ana Karenina I: Capítulo XXI

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Ana Karenina
Primera parte: Capítulo XXI
de León Tolstoi


A la hora de tomar el té las personas mayores, Dolly salió de su cuarto. Esteban Arkadievich no apareció.

Seguramente se había ido de la habitación de su mujer por la puerta falsa.

–Temo que tengas frío en la habitación de arriba –dijo Dolly a Ana–. Quiero pasarte abajo; así estaré más cerca de ti.

–¡No te preocupes por mí! –repuso Ana, procurando leer en el rostro de su cuñada si se había producido o no la reconciliación.

–Quizá aquí tengas demasiada luz –volvió Dolly.

–Te he dicho ya que duermo en todas partes como un tronco, sea donde sea.

–¿Qué pasa? –preguntó Esteban Arkadievich, saliendo del despacho dirigiéndose a su mujer.

Ana y Kitty comprendieron por su acento que la reconciliación estaba ya realizada.

–Quiero instalar a Ana aquí abajo, pero hay que poner unas cortinas –respondió Dolly–. Tendré que hacerlo yo misma. Si no, nadie lo hará.

«¡Dios sabe si se habrán reconciliado por completo!», se dijo Ana, al oír el frío y tranquilo acento de su cuñada.

–¡No compliques las cosas sin necesidad, Dolly! –repuso su marido–. Si quieres, lo haré yo mismo.

« Sí, se han reconciliado» , pensó Ana.

–Sí: ya sé cómo –respondió Dolly–. Ordenarás a Mateo que lo arregle, te marcharás y él lo hará todo al revés.

Y una sonrisa irónica plegó, como de costumbre, las comisuras de sus labios.

«La reconciliación es completa» , pensó ahora Ana. «¡Loado sea Dios!»

Y, feliz por haber promovido la paz conyugal, se acercó a Dolly y la besó.

–¡Nada de eso! ¡No sé por qué nos desprecias tanto a Mateo y a mí! –dijo Esteban Arkadievich a su mujer, sonriendo casi imperceptiblemente.

Durante toda la tarde, Dolly trató a su marido con cierta leve ironía. Esteban Arkadievich se hallaba contento y alegre, pero sin exceso, y pareciendo querer indicar que, aunque perdonado, sentía el peso de su culpa.

A las nueve y media la agradable conversación familiar que se desarrollaba ante la mesa de té de los Oblonsky fue interrumpida por un hecho trivial y corriente, pero que extrañó a todos. Se hablaba de uno de los amigos comunes, cuando Ana se levantó rápida a inesperadamente.

–Voy a enseñaros la fotografía de mi Sergio ––dijo con orgullosa sonrisa maternal–. La tengo en mi álbum.

Las diez era la hora en que generalmente se despedía de su hijo y hasta solía acostarle ella misma antes de ir al baile. Y de repente se había entristecido al pensar que se hallaba tan lejos de él, y hablasen de lo que hablasen su pensamiento volaba hacia su Sergio y a su rizada cabeza, y el deseo de contemplar su retrato y hablar de él la acometió de repente. Por eso se levantó y, con paso ligero y seguro, fue a buscar el álbum donde tenía su retrato.

La escalera que conducía a su cuarto partía del descansillo de la amplia escalera principal en la que reinaba una atmósfera agradable.

Al salir del salón se oyó sonar el timbre en el recibidor.

–¿Quién será? –dijo Dolly.

–Para venir a buscarme es muy pronto, y para que venga gente de fuera, es muy tarde –comentó Kitty.

–Será que me traen algún documento ––dijo Esteban Arkadievich.

Mientras Ana pasaba ante la escalera principal, el criado subía para anunciar al recién llegado, que estaba en el vestíbulo, bajo la luz de la lámpara. Ana miró abajo y, al reconocer a Vronsky, un extraño sentimiento de alegría y temor invadió su corazón. El permanecía con el abrigo puesto, buscándose algo en el bolsillo.

Al llegar Ana a la mitad de la escalera, Vronsky miró hacia arriba, la vio y una expresión de vergüenza y de confusión se retrató en su semblante. Ana siguió su camino, inclinando ligeramente la cabeza.

En seguida, sonó la voz de Esteban Arkadievich invitando a Vronsky a que pasara, y la del joven, baja, suave y tranquila, rehusando.

Cuando volvió Ana con el álbum, Vronsky ya no estaba allí, y Esteban Arkadievich contaba que su amigo había venido sólo para informarse de los detalles de una comida que se daba al día siguiente en honor de una celebridad extranjera.

–Por más que le he rogado, no ha querido entrar –dijo Oblonsky–. ¡Cosa rara!

Kitty se ruborizó, creyendo haber comprendido los motivos de la llegada de Vronsky y su negativa a pasar.

«Ha ido a casa y no me ha encontrado», pensó, «y ha venido a ver si me hallaba aquí. Pero no ha querido entrar por lo tarde que es y también por hallarse Ana, que es una extraña para él».

Todos se miraron en silencio. Luego comenzaron a hojear el álbum.

Nada había de extraordinario en que un amigo visitase a otro a las nueve y media de la noche para informarse sobre un banquete que había de celebrarse al día siguiente; pero a todos les pareció muy extraño, y a Ana se lo pareció más que a nadie, y aun le pareció que el proceder de Vronsky no era del todo correcto.