Ana Karenina II: Capítulo II

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Ana Karenina
Segunda parte: Capítulo II
de León Tolstoi


Después de marchar el médico, llegó Dolly.

Sabía que se celebraba aquel día consulta de médicos y, a pesar de que hacía poco que se había levantado de la cama después de su último parto (a finales de invierno había dado a luz a una niña), dejando a la recién nacida y a otra de sus hijas que se hallaba enferma, acudió a interesarse por la salud de Kitty.

–Os veo muy alegres a todos ––dijo al entrar en el salón, sin quitarse el sombrero–. ¿Es que está mejor?

Trataron de referirle lo que dijera el médico, pero resultó que, aunque éste había hablado muy bien durante largo rato, eran incapaces de explicar con claridad lo que había dicho. Lo único interesante era que se había resuelto ir al extranjero.

Dolly no pudo reprimir un suspiro. Su mejor amiga, su hermana, se marchaba. Y su propia vida no era nada alegre. Después de la reconciliación, sus relaciones con su marido se habían convertido en humillantes para ella. La soldadura hecha por Ana resultó de escasa consistencia y la felicidad conyugal volvió a romperse por el mismo sitio.

No había nada en concreto, pero Esteban Arkadievich no estaba casi nunca en casa, faltaba siempre el dinero para las atenciones del hogar y las sospechas de las infidelidades de su marido atormentaban a Dolly continuamente, aunque procuraba eludirlas para no caer otra vez en el sufrimiento de los celos. La primera explosión de celos no podía volverse a producir, y ni siquiera el descubrimiento de la infidelidad de su marido habría ya de despertar en ella el dolor de la primera vez.

Semejante descubrimiento sólo le habría impedido atender sus obligaciones familiares; pero prefería dejarse engañar, despreciándole y despreciándose a sí misma por su debilidad. Además, las preocupaciones propias de una casa habitada por una numerosa familia ocupaban todo su tiempo: ya se trataba de que la pequeña no podía lactar bien, ya que de que la niñera se iba, ya, como en la presente ocasión, de que caía enfermo uno de los niños.

–¿Cómo estáis en tu casa? –preguntó la Princesa a Dolly.

–También nosotros tenemos muchas penas, mamá... Ahora está enferma Lilí, y temo que sea la escarlatina. Sólo he salido para preguntar por Kitty. Por eso he venido en seguida, porque si es escarlatina –¡Dios nos libre!–, quién sabe cuándo podré venir.

Después de marchar el médico, el Príncipe había salido de su despacho y, tras ofrecer la mejilla a Dolly para que se la besase, se dirigió a su mujer:

–¿Qué habéis decidido? ¿Ir al extranjero? ¿Y qué pensáis hacer conmigo?

–Creo que debes quedarte, Alejandro –respondió su esposa.

–Como queráis.

–Mamá, ¿y por qué no ha de venir papá con nosotras? –preguntó Kitty–. Estaríamos todos mejor.

El Príncipe se levantó y acarició los cabellos de Kitty. Ella alzó el rostro y le miró esforzándose en aparecer sonriente.

Le parecía a Kitty que nadie de la familia la comprendía tan bien como su padre, a pesar de lo poco que hablaba con ella. Por ser la menor de sus hijas, era ella la predilecta del Príncipe y Kitty pensaba que su mismo amor le hacía penetrar más en sus sentimientos.

Cuando su mirada encontró los ojos azules y bondadosos del Príncipe, que la consideraba atentamente, le pareció que aquella mirada la penetraba, descubriendo toda la tristeza que había en su interior.

Kitty se irguió, ruborizándose, y se adelantó hacia su padre esperando que la besara. Pero él se limitó a acariciar sus cabellos diciendo:

–¡Esos estúpidos postizos! Uno no puede ni acariciar a su propia hija. Hay que contentarse con pasar la mano por los cabellos de alguna señora difunta... ¿Qué hace tu «triunfador», Dolliñka? –preguntó a su hija mayor.

–Nada, papa –contestó ella, comprendiendo que se refería a su marido. Y agregó, con sonrisa irónica–: Está siempre fuera de casa. No le veo apenas.

–¿Todavía no ha ido a la finca a vender la madera?

–No... Siempre está preparándose para ir..

–Ya. ¡Preparándose para ir! ¡Habré yo también de hacer lo mismo! ¡Muy bien! –dijo dirigiéndose a su mujer, mientras se sentaba–. ¿Sabes lo que tienes que hacer, Kitty? –agregó, hablando a su hija menor–. Pues cualquier día en que luzca un buen sol te levantas diciendo: «Me siento completamente sana y alegre y voy a salir de paseo con papa, tempranito de mañana y a respirar el aire fresco». ¿Qué te parece?

Lo que había dicho su padre parecía muy sencillo, pero Kitty, al oírle, se turbó como un criminal cogido in fraganti.

«Sí: él lo sabe todo, lo comprende todo, y con esas palabras quiere decirme que, aunque lo pasado sea vergonzoso, hay que sobrevivir a la vergüenza.»

Pero no tuvo fuerzas para contestar. Iba a decir algo y, de pronto, estalló en sollozos y salió corriendo de la habitación.

–¿Ves el resultado de tus bromas? –dijo la Princesa, enfadada–. Siempre serás el mismo... –añadió, y le espetó un discurso lleno de reproches.

El Príncipe escuchó durante largo rato las acusaciones de su esposa y callaba, pero su rostro adquiría una expresión cada vez más sombría.

–¡Se siente tan desgraciada la pobre, tan desgraciada! Y tú no comprendes que cualquier alusión a la causa de su sufrimiento la hace padecer. Parece imposible que pueda una equivocarse tanto con los hombres.

Por el cambio de tono de la Princesa, Dolly y el Príncipe adivinaron que se refería a Vronsky.

–No comprendo que no haya leyes que castiguen a las personas que obran de una manera tan innoble, tan bajamente.

–No quisiera ni oírte –dijo el Príncipe con seriedad, levantándose y como si fuera a marcharse, pero deteniéndose en el umbral–. Hay leyes, sí; las hay, mujer. Y si quieres saber quién es el culpable, te lo diré: tú y nadie más que tú, Siempre ha habido leyes contra tales personajes y las hay aún. ¡Sí, señora! Si no hubieran ido las cosas como no debían, si no hubieseis sido vosotras las primeras en introducirle en nuestra casa, yo, un viejo, habría sabido llevar a donde hiciera falta a ese lechuguino. Pero como las cosas fueron como fueron, ahora hay que pensar en curar a Kitty y en enseñarla a todos esos charlatanes.

El Príncipe parecía tener aún muchas cosas más por decir, pero apenas le oyó la Princesa hablar en aquel tono, ella, como hacía siempre tratándose de asuntos serios, se arrepintió y se humilló.

–Alejandro, Alejandro... –murmuró, acercándose a él, sollozante.

En cuanto ella comenzó a llorar, el Príncipe se calmó a su vez. Se aproximó también a su esposa.

–Basta, basta... Ya sé que sufres como yo. Pero ¿qué podemos hacer? No se trata en resumidas cuentas de un grave mal. Dios es misericordioso... démosle gracias... –continuó sin saber ya lo que decía y contestando al húmedo beso de la Princesa que acababa de sentir en su mano. Luego salió de la habitación.

Cuando Kitty se fue llorando, Dolly comprendió que arreglar aquel asunto era propio de una mujer y se dispuso a entrar en funciones. Se quitó el sombrero y, arremangándose moralmente, si vale la frase, se aprestó a obrar. Mientras su madre había estado increpando a su padre, Dolly trató de contenerla tanto como el respeto se lo permitía. Durante el arrebato del Príncipe, se conmovió después con su padre viendo la bondad demostrada por él en seguida al ver llorar a la Princesa.

Cuando su padre hubo salido, resolvió hacer lo que más urgía: ver a Kitty y tratar de calmarla.

–Mamá: hace tiempo que quería decirle que Levin, cuando estuvo aquí la última vez, se proponía declararse a Kitty. Se lo dijo a Stiva.

–¿Y qué? No comprendo...

–Puede ser que Kitty le rechazara. ¿No te dijo nada ella?

–No, no me dijo nada de uno ni de otro. Es demasiado orgullosa, aunque me consta que todo es por culpa de aquél.

–Pero imagina que haya rechazado a Levin... Yo creo que no lo habría hecho de no haber pasado lo que yo sé. ¡Y luego el otro la engañó tan terriblemente!

La Princesa, asustada al recordar cuán culpable era ella con respecto a Kitty, se irritó.

–No comprendo nada. Hoy día todas quieren vivir según sus propias ideas. No dicen nada a sus madres, y luego...

–Voy a verla, mamá.

–Ve. ¿Acaso te lo prohíbo? –repuso su madre.