Ana Karenina II: Capítulo XV

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Ana Karenina
Segunda parte: Capítulo XV
de León Tolstoi


El lugar indicado para la caza estaba algo más arriba del arroyo, no lejos de allí, en el bosquecillo de pequeños olmos.

Al llegar, dejaron el coche y Levin condujo a Oblonsky a la extremidad de un claro pantanoso, cubierto de musgo, donde ya no había nieve. Él se instaló en otro extremo del claro, junto a un álamo blanco igual al de Oblonsky; apoyó la escopeta en una rama seca baja, se quitó el caftán, se ajustó el cinturón y comprobó que podía mover los brazos libremente.

La vieja «Laska», que seguía todos sus pasos, se sentó frente a él con precaución y aguzó el oído. El sol se ponía tras el bosque grande. A la luz crepuscular, los álamos blancos diseminados entre los olmos se destacaban, nítidos, con sus botones prontos a florecer.

En la espesura, donde aún había nieve, corría el agua con leve rumor formando caprichosos arroyuelos.

Los pájaros gorjeaban saltando de vez en cuando de un árbol a otro. En los intervalos de silencio absoluto se sentía el ligero crujir de las hojas secas del año pasado, removidas por el deshielo y el crecer de las hierbas.

–¡Qué hermoso es esto! Se siente y hasta se ve crecer la hierba –exclamó Levin, viendo una hoja de color pizarra moverse sobre la hierba nueva.

Escuchaba y miraba ora la tierra mojada cubierta de musgos húmedos, ora a «Laska», atenta a todo rumor, ora el mar de copas de árboles desnudos que tenía delante, ora el cielo que, velado por las blancas vedijas de las nubecillas, se oscurecía lentamente.

Un buitre batiendo las alas muy despacio volaba altísimo sobre el bosque lejano; otro buitre volaba en la misma dirección y desapareció. La algarabía de los pájaros en la espesura era cada vez más fuerte. Se oyó el grito de un búho. «Laska», avanzando con cautela con la cabeza ladeada, comenzó a escuchar con atención. Al otro lado del arroyo se sintió el cantar de un cuclillo. El canto se repitió dos veces, luego se apresuró y se hizo más confuso.

–¡Ya tenemos ahí un cuclillo! –dijo Esteban Arkadievich saliendo de entre los arbustos.

–Ya lo oigo –repuso Levin, enojado al sentir interrumpido el silencio y con una voz que a él mismo le sonó desagradable–. Ahora, pronto...

Esteban Arkadievich desapareció de nuevo en la maleza y Levin no vio más que la llamita de un fósforo y la pequeña brasa de un cigarro con una voluta de humo azul.

Chic–chic, sonaron los gatillos de la escopeta que Esteban Arkadievich levantaba en aquel momento.

–¿Qué es eso? ¿Quién grita? –preguntó Oblonsky, llamando la atención a Levin sobre un ruido sordo y prolongado como el piafar de un potro.

–¿No lo sabes? Es el macho de la liebre. Pero basta de hablar. ¿No oyes? ¡Se oye ya volar! –exclamó Levin alzando a su vez los gatillos.

Se sintió un silbido agudo y lejano y en dos segundos, el espacio de tiempo familiar a los cazadores, sonaron otros dos silbidos y luego el característico cloqueo.

Levin miró a derecha a izquierda, y ante sí, en el cielo azul seminublado, sobre las suaves copas de los arbolillos, divisó un pájaro.

Volaba hacia él directamente. Su cloqueo, tan semejante al rasgar de un tejido recio, se sintió casi en el mismo oído de Levin, quien veía ya su largo pico y su cuello.

En el momento en que se echaba la escopeta a la cara, tras el arbusto que ocultaba a Oblensky brilló un relámpago rojo. El pájaro bajó, como una flecha, y volvió a remontarse. Surgió un segundo relámpago y se oyó una detonación.

El ave, moviendo las alas como para sostenerse, se detuvo un momento en el aire y luego cayó pesadamente a tierra.

–¿No le he dado? ¿No he hecho blanco? –preguntó Esteban Arkadievich, que no podía ver a través del humo.

–Aquí está –dijo Levin, señalando a «Laska» que, levantando una oreja y agitando la cola, traía a su dueño el pájaro muerto, lentamente, como si quisiera prolongar el placer, se diría que sonriendo...

–¡Me alegro de que hayas acertado! –dijo Levin, sintiendo a la vez cierta envidia de no haber sido él quien matara a la chocha.

–¡Pero erré el tiro del cañón derecho, caramba! –contestó Esteban Arkadievich cargando el arma–. ¡Chist! Ya vuelven.

Se oyeron, en efecto, silbidos penetrantes y seguidos. Dos chochas, jugueteando, tratando de alcanzarse, silbando sin emitir el cloqueo habitual, volaron sobre las mismas cabezas de los cazadores.

Se oyeron cuatro disparos. Las chochas dieron una vuelta, rápidas como golondrinas, y desaparecieron.

La caza resultaba espléndida. Esteban Arkadievich mató dos piezas más y Levin otras dos, una de las cuales no pudo encontrarse. Oscurecía. Venus, clara, como de plata, brillaba muy baja, con suave luz, en el cielo de poniente, mientras, en levante, fulgían las rojizas luces del severo Arturo. Levin buscaba y perdía de vista sobre su cabeza la constelación de la Osa Mayor. Ya no volaban las chochas. Pero Levin resolvió esperar hasta que Venus, visible para él bajo una rama seca, brillase encima de ella y hasta que se divisasen en el cielo todas las estrellas del Carro.

Venus remontó la rama, fulgía ya en el cielo azul toda la constelación de la Osa, con su carro y su lanza, y Levin continuaba esperando.

–¿Volvemos? –preguntó Esteban Arkadievich.

En el bosque reinaba un silencio absoluto y no se movía ni un pájaro.

–Quedémonos un poco más –dijo Levin.

–Como quieras.

Ahora estaban a unos quince pasos uno de otro.

–Stiva ––dijo de pronto Levin–, ¿por qué no me dices si tu cuñada se casa o se ha casado ya? –y al decir esto, se sentía tan firme y sereno que creía que ninguna contestación había de conmoverle.

Pero no esperaba la respuesta de Oblonsky.

–No pensaba ni piensa casarse. Está muy enferma y los médicos la han enviado al extranjero. Hasta se teme por su vida.

–¿Qué dices? ––exclamó Levin–. ¿Muy enferma? ¿Qué tiene? ¿Cómo es que ...?

Mientras hablaba, «Laska», aguzando los oídos, miraba al cielo y contemplaba a los dos con reproche.

«Ya han encontrado ocasión de hablar», pensaba la perra. «Y mientras tanto el pájaro está aquí, volando.

Y no van a verlo. »

Pero en aquel momento los dos cazadores oyeron a la vez un silbido penetrante que parecía golpearles las orejas.

Ambos empujaron sus armas, brillaron dos relámpagos y dos detonaciones se confundieron en una.

Una chocha que volaba muy alta plegó las alas instantáneamente y cayó en la espesura, doblando al desplomarse las ramas nuevas.

–¡Magnífico! ¡Es de los dos! –exclamó Levin y corrió con «Laska» en dirección al bosque para buscar la chocha.

«¿No me han dicho ahora algo desagradable?», se preguntó. «¡Ah, sí; que Kitty está enferma! En fin, ¿qué le vamos a hacer? Pero me apena mucho», pensaba.

–¿Ya la has encontrado? ¡Eres un as! ––dijo tomando de boca de «Laska» el pájaro palpitante aún y metiéndolo en el morral casi lleno.

Y gritó:

–¡Ya la ha encontrado, Stiva!