Ana Karenina II: Capítulo XXI

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Ana Karenina
Segunda parte: Capítulo XXI
de León Tolstoi


La cuadra provisional donde habían llevado su yegua el día anterior era una construcción de madera al lado mismo del hipódromo.

Vronsky no la había visto aún. Durante los últimos días no la sacaba a pasear él mismo, sino su entrenador, así que ignoraba en qué estado podía hallarse la cabalgadura.

Apenas descendió del cabriolé, el palafrenero, que había reconocido el coche desde lejos, llamó al entrenador.

Éste apareció. Era un inglés seco, que calzaba botas altas y vestía chaqueta corta, con un mechón de pelo en la barbilla. Andaba con el paso algo torpe de los jockeys, muy separados los codos, y le salió al encuentro balanceándose.

–¿Cómo va «Fru–Fru» ? –preguntó Vronsky en inglés.

All rigth, sir –contestó el inglés con voz gutural y profunda–. Será mejor que no pase a verla –añadió, quitándose el sombrero–. Le he puesto el bocado y está agitada. Es preferible no inquietarla.

–Voy, voy. Quiero verla.

–Vayamos, pues –pronunció el inglés, casi sin abrir la boca.

Y, moviendo los codos, penetró en la cuadra con desgarbado andar.

Penetraron en un pequeño patio que precedía al establo. El mozo de servicio, hombre de buena estatura, vestido con un guardapolvo limpio y empujando una escoba, les siguió.

En la cuadra había cinco caballos en sus respectivos lugares. Vronsky sabía que también estaba allí su competidor más temible, «Gladiador», el caballo rojo de Majotin.

Más que su caballo, interesaba a Vronsky examinar a «Gladiador», al que nunca había visto hasta entonces. Pero la etiqueta vigente entre los aficionados a caballos prohibía no sólo ver los del antagonista, sino ni siquiera preguntar por ellos.

Mientras avanzaba por el pasillo, el mozo abrió la puerta del segundo departamento a la izquierda y Vronsky vio un enorme caballo rojo, de remos blancos.

Sabía que aquél era «Gladiador», pero Vronsky volvió la cabeza con el sentimiento de un hombre educado que vuelve el rostro para no leer la carta abierta de un tercero, aunque su contenido le intrigue.

Luego se acercó al departamento de «Fru–Fru».

–Ahí está el caballo de Mah... Mak... ¡No consigo pronunciar ese nombre! –dijo el inglés, indicando con su pulgar de sucia uña el departamento de «Gladiador».

–¿De Majotin? Sí; es mi competidor más temible –afirmó Vronsky.

–Si usted lo montara, yo apostaría por usted ––dijo el inglés.

–«Fru–Fru» es más nerviosa y «Gladiador» más fuerte –repuso Vronsky, correspondiendo con una sonrisa a aquel cumplido que se hacía a su pericia de jinete.

–En las cameras de obstáculos es cuestión de saber montar bien y de pluck –dijo el inglés. Y con esta palabra quería significar osadía y arrojo. Vronsky no sólo creía tener el suficiente, sino que estaba persuadido de que nadie en el mundo podía tener más pluck que él.

–¿Cree usted que es precisa mayor sudoración?

–No es necesario. Pero, no hable tan alto, por favor –contestó el inglés–. El caballo se inquieta –añadió señalando con la mano el departamento cerrado ante el cual se hallaban y del que salía un ruido de cascos golpeando la pala.

Abrió la puerta y Vronskv entró en el establo, débilmente iluminado por una ventanita. En el establo, agitando las patas sobre la paja fresca, estaba la yegua, baya oscura, con el freno puesto.

Ya acostumbrado a la media luz del establo, Vronsky pudo apreciar una vez más, de una ojeada, las características de su animal preferido.

«Fru–Fru» tenía regular alzada y, al parecer, no carecía de defectos. Sus huesos eran demasiado frágiles y, aunque de tórax saliente, resultaba estrecha de pecho. Tenía la grupa algo hundida y en los remos delanteros, y más aún en los traseros, se notaba una evidente tosquedad. Los músculos de las patas no eran fuertes y en cambio el vientre resultaba muy ancho, lo que sorprendía considerando la dieta y también las enjutas ancas del animal. Los huesos de las patas no parecían, bajo las corvas, más anchos que un dedo si se los miraba de frente, pero resultaban muy sólidos si se examinaban de lado.

La yegua, en conjunto, salvo si se la miraba de flanco, resultaba apretada de lados y prolongada hacia abajo. Pero poseía en grado sumo una cualidad que hacía olvidar sus defectos: la «sangre» , como se dice con arreglo a la expresión inglesa. Entre la red de sus nervios, sus prominentes músculos, dibujándose a través de la piel fina, flexible y suave como el raso, parecían tan fuertes como los huesos. La cabeza, flaca, de ojos salientes, alegres y brillantes, se ensanchaba hacia la boca, mostrando en las fosas nasales la membrana rica de sangre.

Toda su figura, y sobre todo su cabeza, tenía una expresión rotunda, enérgica y suave a la vez. Era uno de esos animales que parece que si no hablan es sólo porque la estructura de su boca no lo permite.

Al menos a Vronsky se le figuró que la yegua comprendía todas las impresiones que él experimentaba mirándola.

Al entrar Vronsky, el animal aspiró profundamente y torciendo sus ojos hasta que las órbitas se le enrojecieron de sangre, miró a los que entraban por el lado opuesto dando sacudidas al freno y moviendo ágilmente los pies.

–¡Vea usted que nerviosa está! –dijo el inglés.

–¡Quieta, querida, quieta...! –murmuró Vronsky, acercándose a la yegua y hablándole.

Cuanto más se acercaba Vronsky, más se inquietaba el animal. Al fin, cuando él estuvo a su lado, « Fru–Fru» se calmó y sus músculos temblaron bajo la piel suave y fina.

Vronsky acarició su cuello robusto, arregló un mechón de crines que le caían al lado opuesto y acercó el rostro a las narices del animal, finas y tensas como alas de murciélago.

La yegua hizo una ruidosa aspiración, dejó escapar el aire por las narices trémulas, bajó una oreja y alargó hacia Vronsky el belfo negro y fuerte, como si quisiera coger la manga de su amo. Mas, recordando que llevaba el bocado, comenzó a cambiar de posición sus finos remos.

–Cálmate, querida, cálmate –dijo él, acariciándole la grupa.

Y salió del establo satisfecho de hallar al animal en tan buena disposición.

La excitación de la yegua se había comunicado a Vronsky, el cual sentía que la sangre le afluía al corazón y que, igual que al animal, le agitaba un deseo de moverse, de morder. Era una sensación que infundía temor y alegría a la vez.

–Confío en usted –dijo al inglés–. A las seis y media, en el lugar señalado.

–Todo marchará bien –repuso el inglés–. ¿Adónde va usted ahora, milord? –preguntó de pronto, dando a Vronsky un tratamiento no empleado casi nunca por él hasta entonces.

Vronsky, extrañado, levantó la cabeza y miró, como solía, no a los ojos, sino a la frente del inglés, asombrado de la audacia de su pregunta.

Pero, comprendiendo que al hablar así el entrenador le consideraba no como su señor, sino como un jinete, contestó:

–Voy a ver a Briansky y dentro de una hora estaré en casa.

«Hoy no hacen más que preguntarme todos lo mismo» , pensó sonrojándose, lo que le sucedía en raras ocasiones.

El inglés le miró atentamente y, como si adivinase a dónde iba, añadió:

–Es muy esencial estar tranquilo antes de la carrera. No se enoje ni disguste por nada.

All rigth –repuso Vronsky sonriendo.

Y, saltando a la carretela, ordenó al cochero que le llevase a Peterhorf.

Apenas habían andado algunos pasos, el nublado que desde la mañana amenazaba descargar se resolvió en un aguacero.

«Malo», pensó Vronsky, bajando la capota del carruaje. «Si ya sin esto había barro, ahora el campo será un verdadero cenagal.»

Sentado a solas en la carretela cubierta, sacó la carta de su madre y la nota de su hermano y las leyó.

¡Siempre lo mismo! Todos, incluso su madre y su hermano, encontraban necesario mezclarse en los asuntos de su corazón. Aquella intromisión despertaba en él ira, que era un sentimiento que experimentaba raras veces.

«¿Qué tienen que ver con esto? ¿Por qué consideran todos como un deber preocuparse por mí?

Seguramente porque advierten que se trata de algo incomprensible para ellos. ¡Cuánto me abruman con sus consejos! Si se tratara de relaciones corrientes y triviales, como las habituales en sociedad, me dejarían tranquilo; pero advierten que esto es diferente, que no se trata de una broma y que quiero a esa mujer más que a mi vida. Y, como no comprenden tal sentimiento, se irritan. Pase lo que pase, nosotros nos hemos creado nuestra suerte y no nos quejamos de ella», pensaba, refiriéndose con aquel « nosotros» a Ana y a sí mismo. «Y los demás se empeñan en enseñarnos a vivir, No tienen idea de lo que es la felicidad; ignoran que fuera de este amor no existe ni ventura ni desventura, porque no existe ni siquiera vida», concluyó Vronsky.

Se enojaba tanto contra la intromisión ajena, cuanto, en el fondo, reconocía que todos tenían razón.

Sentía que su amor por Ana no era una pasión momentánea, que se disiparía como se disipan las relaciones mundanas, sin dejar en la vida de ambos otras huellas que recuerdos agradables o desagradables.

Reconocía lo terrible de la situación de ambos, la dificultad de ocultar su amor, de mentir y engañar al respecto, hallándose ambos tan a la vista de todos; sí, de mentir y engañar, y estar alerta, pensando siempre en los demás, cuando la pasión que les unía era tan avasalladora que les hacia olvidarse de cuanto no fuera su amor.

Recordaba con claridad la frecuencia con que tenían que hacerlo violentando así su naturaleza, y recordó, sobre todo, con nitidez especial la vergüenza que experimentaba Ana al verse forzada a fingir.

Desde que tenía relaciones con Ana sentía a menudo un extraño sentimiento de repulsión que llegaba a dominarle por completo. Repulsión hacia Alexey Alejandrovich, hacia sí mismo, hacia todo el mundo. Le habría costado poder precisar aquel sentimiento, pero lo rechazaba siempre lejos de él.

Movió la cabeza y prosiguió pensando:

«Antes ella era desgraciada, pero se sentía orgullosa y tranquila. Ahora, en cambio, no puede tener orgullo ni tranquilidad, aunque lo aparente. Hay que terminar con esto», resolvió.

Por primera vez, pues, experimentaba la necesidad de concluir con aquella farsa, y cuanto antes mejor.

«Es preciso abandonarlo todo y ocultarnos los dos en algún sitio, a solas con nuestro amor», se dijo.