Ana Karenina II: Capítulo XXVI

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Ana Karenina
Segunda parte: Capítulo XXVI
de León Tolstoi


Las relaciones de Alexey Alejandrovich con su mujer eran, en apariencia, las mismas de antes. La única diferencia consistía en que él estaba ahora más ocupado que nunca.

Como en años anteriores, al llegar la primavera Karenin fue al extranjero para una cura de aguas, a fin de fortalecer su salud, agotada por el exceso de trabajo del invierno.

Volvió en julio, según acostumbraba, y se entregó con redobladas energías a su labor habitual. Y también como siempre, su esposa fue a la casa de veraneo, mientras él quedaba en San Petersburgo.

Después de la conversación sostenida al regreso de la velada en casa de la princesa Tverskaya, Karenin no habló de sus sospechas y celos; pero el tono ligeramente burlón habitual en él y con el cual parecía remedar a alguien le resultaba ahora muy cómodo para sus relaciones con su mujer. Se mostraba más frío y parecía que estuviera algo descontento a causa de aquella primera conversación nocturna que ella no quiso continuar. En su trato con ella apenas exteriorizaba un leve signo de descontento.

«No quisiste explicarte conmigo... Bien: peor para ti... Ahora serás tú quien pida la explicación y yo me negaré a ella... Sí: peor para ti.»

Así parecía hablar consigo mismo, al modo de un hombre que, esforzándose en vano en apagar un incendio, se irritara contra su propia impotencia y dijese: « ¡Ahora vas a quemarte, en justo castigo!» .

Karenin, hombre inteligente y experto en los asuntos oficiales, no comprendía, sin embargo, el error de tratar así a su mujer. Y no lo comprendía porque era demasiado terrible, porque para él era insoportable intuir la realidad de su presente situación.

Había, pues, cerrado aquel secreto cajón de su alma en el que guardaba sus sentimientos hacia su familia, es decir, hacia su mujer y su hijo.

Aunque padre cariñoso, desde fines de aquel invierno estaba muy frío con su hijo, y le trataba del mismo modo irónico que a su mujer.

–¡Eh, muchacho! –solía decir para dirigirse al pequeño.

Alexey Alejandrovich, al reflexionar, se decía que ningún año había tenido tanto trabajo como aquel en su oficina, sin reparar en que él mismo inventaba el trabajo para no abrir el cajón en que guardaba los sentimientos hacia su mujer y su hijo, tanto menos naturales cuanto más tiempo los guardaba encerrados en él.

Si alguien se hubiera atrevido a preguntarle lo que pensaba por entonces sobre la conducta de su esposa, el sereno y reposado Alexey Alejandrovich no habría contestado nada, pero se habría incomodado con el que le hubiese dirigido semejante pregunta.

De aquí la altiva y seca expresión de su rostro cuando le interrogaban sobre la salud de su mujer, Alexey Alejandrovich deseaba no pensar en los sentimientos y la conducta de Ana, y lo lograba, en efecto.

La casa veraniega de los Karenin estaba en Peterhof. Generalmente, la condesa Lidia Ivanovna pasaba también el verano allí, vecina a Ana y en continuo trato con ella.

Pero aquel año la Condesa no quiso vivir en Peterhof, no visitó a Ana ni una vez a hizo entender a Alexey Alejandrovich que consideraba inconveniente la amistad de Ana con Betsy y Vronsky.

Alexey Alejandrovich la interrumpió severamente, diciéndole que Ana estaba por encima de todas las sospechas, y desde entonces evitó todo trato con Lidia Ivanovna.

Se empeñaba en no ver, y por tanto no lo veía, que muchas personas de la alta sociedad miraban con cierta prevención a su mujer. Tampoco quería comprender ni comprendía por qué Ana se obstinaba en ir a vivir a Tsarskoie Selo, donde residía Betsy, cerca del campamento de la unidad de Vronsky.

Se prohibía pensarlo y no lo pensaba; pero en el fondo de su alma, aunque no se lo confesase ni lo demostrara, no dejando traslucir ni siquiera la más leve sospecha, sabía con certeza que era un marido burlado y ello le colmaba de desventura.

Antes, muchas veces, durante los ocho años de su vida de casado, tan dichosa, Alexey Alejandrovich, observando a las esposas infieles y a los maridos engañados, se había dicho:

«¿Cómo es posible llegar a esto? ¿Cómo pueden vivir sin aclarar tan horrorosa situación?».Mas, ahora que la desgracia se abatía sobre él, no sólo no pensaba en aclarar situación alguna, sino que no quería darse por enterado de ella. Y no quería precisamente porque la situación era horrorosa en exceso, en exceso ilógica.

Desde su regreso del extranjero había estado dos veces en la casa de verano. Una vez comió allí y otra pasó la tarde con los invitados, pero en ninguna ocasión se quedó por la noche, como hacía en años anteriores.

El día de las carreras Karenin estuvo muy ocupado. Por la mañana se trazó el plan de la jornada, resolviendo ir a ver a su mujer a la casa de verano inmediatamente después de comer. De allí se dirigió a las carreras, a las que, por asistir toda la Corte, Karenin no podía faltar.

El ir a ver a su esposa se debía a que había resuelto visitarla una vez por semana para guardar las apariencias. Además, aquel día necesitaba entregar a su mujer el dinero preciso para los gastos de la quincena, como acostumbraba hacer.

Con su habitual dominio de sus pensamientos, una vez que hubo pensado en todo lo que se refería a Ana, prohibió a su imaginación ir más adelante en lo que a ella se refería.

Karenin pasó la mañana muy ocupado. El día anterior Lidia Ivanovna le había mandado un folleto de un viajero célebre por sus viajes en China que estaba, a la sazón, en San Petersburgo.

Lidia Ivanovna acompañaba el envío de una carta pidiéndole que recibiese al viajero, hombre interesante y útil en muchos sentidos.

Alexey Alejandrovich no tuvo tiempo de leer el folleto la tarde antes y hubo de terminarlo por la mañana.

Después empezaron a acudir solicitantes, le presentaron informes, hubo visitas, destinos, despidos, asignación de pensiones, de sueldos, correspondencia... En fin, el trabajo, aquel «trabajo de los días laborables», como decía Alexey Alejandrovich, que le ocupaba tanto tiempo.

Después siguieron dos asuntos personales: recibir al médico y al administrador.

Éste no le robó mucho tiempo; no hizo más que entregarle el dinero necesario y un informe sobre el estado de sus asuntos, los cuales no marchaban demasiado bien. Este año habían salido mucho y gastado, en consecuencia, mucho más, de modo que existía déficit.

El doctor, célebre médico de la capital, amigo de Karenin, le ocupó, en cambio, bastante tiempo.

Alexey Alejandrovich, que no le esperaba, quedó extrañado de su visita, y sobre todo de la manera minuciosa con que le preguntó por su salud. Luego le auscultó, le dio algunos golpecitos en el pecho y le palpó finalmente el hígado.

Alexey Alejandrovich ignoraba que Lidia Ivanovna, observando que la salud de su amigo no marchaba bien aquel año, había pedido al médico que le examinase cuidadosamente.

–Hágalo por mí –había dicho Lidia Ivanovna.

–Lo haré por Rusia, Condesa –repuso el médico.

–¡Es un hombre inapreciable! –concluyó Lidia Ivanovna.

El médico quedó preocupado por Karenin. El hígado estaba muy dilatado, la nutrición era insuficiente y la cura de aguas no había hecho efecto alguno.

Le prescribió el mayor ejercicio físico posible y el mínimo de esfuerzo cerebral. En especial le dijo que evitara todo disgusto, lo que era tan imposible para Alexey Alejandrovich como prescindir de la respiración.

Finalmente, el médico se fue, dejando a Karenin la desagradable impresión de que en su organismo había algo que no marchaba bien y que era imposible remediarlo.

El médico, al salir, encontró al administrador de Karenin, Sludin, hombre a quien conocía mucho. Habían sido compañeros de universidad y, aunque se veían raras veces, se estimaban recíprocamente y eran buenos amigos. A nadie, pues, mejor que a Sludin podía exponer el doctor su opinión sobre el enfermo.

–Me alegro de que le haya visitado –dijo Sludin–. Creo que no está bien. ¿Qué le parece?

–Opino –repuso el médico haciendo, por encima de la cabeza de Sludin, señal a su cochero de que acercase el coche– lo siguiente...

Cogió con sus manos blancas uno de los dedos de su guante de piel y lo estiró.

–Es como este guante. Si usted, sin estirarlo, trata de romperlo, le parecerá difícil. Pero tire cuanto pueda, oprima con el dedo y se romperá. Karenin, con su amor al trabajo, su honradez y su tarea, está estirando hasta el máximo... ¡Y hay una presión ajena y bastante fuerte! –concluyo el doctor, arqueando las cejas, significativo.

–¿Estará usted en las carreras? –añadió, mientras bajaba la escalera dirigiéndose a su coche–. ¡Sí, sí, ya comprendo que eso ocupa mucho tiempo! –exclamó en respuesta a algo que le dijera Sludin y no había entendido bien.

Tras el doctor, que estuvo largo rato, como dijimos, llegó el viajero célebre, y Alexey Alejandrovich, gracias al folleto que acaba de leer y a su erudición en la materia, sorprendió al visitante con la profundidad de sus conocimientos y la amplitud de su visión en aquel asunto.

A la vez que al viajero, le anunciaron la visita del mariscal de la nobleza de una provincia, llegado a San Petersburgo para hablar con Karenin.

Cuando éste hubo marchado, Karenin despachó los asuntos del día con su secretario. Debía, además, hacer una visita a una relevante personalidad para un asunto de importancia.

A duras penas llegó a casa a las cinco, hora justa de comer. Comió con su administrador y le invitó a que le acompañase a su casa veraniega, para ir después a las carreras de caballos.

Alexey Alejandrovich, sin darse cuenta, procuraba ahora que las visitas a su mujer fuesen ante terceros.