Ana Karenina III: Capítulo IX

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Ana Karenina
Tercera parte: Capítulo IX
de León Tolstoi


Daria Alejandrovna, rodeada de los niños recién salidos del baño, con los cabellos húmedos y un pañuelo en la cabeza, se acercaba a su casa en la lineika cuando el cochero le dijo:

–Allí viene un señor. Me parece que es el dueño de Pokrovskoe.

Dolly miró el camino que se extendía ante sí y se alegro al distinguir la bien conocida figura de Levin que se dirigía a su encuentro vestido con sombrero y abrigo grises.

Siempre le satisfacía saludarle, pero ahora más, ya que iba a verla rodeada de cuanto constituía su orgullo, vanidad que nadie podía comprender mejor que él.

En efecto, Levin, al distinguirla, se halló ante uno de los cuadros de dicha imaginados por él para su vida futura.

–¡Daria Alejandrovna! ¡Parece usted una gallina rodeada de sus polluelos!

–Celebro mucho verle –dijo ella, sonriendo y alargándole la mano.

–Claro: se siente usted tan feliz que no se le ocurrió ni darme noticias suyas. Ahora está mi hermano conmigo. Y he recibido carta de Esteban Arkadievich diciéndome que está usted aquí.

–¿De Esteban? –preguntó Dolly, extrañada.

–Sí. Me dice que se ha ido usted de la ciudad y supone que me permitirá ayudarla en lo que necesite– habló Levin. Y dicho esto, quedó confuso, se interrumpió y continuó andando al lado del coche, arrancando al pasar hojas de tilo y mordisqueándolas.

Se sentía turbado, porque comprendía que a Daria Alejandrovna no había de serle agradable la ayuda de un extraño en las cosas que habría tenido que ocuparse su marido. Y, en efecto, a Dolly le disgustaba que Esteban Arkadievich confiase a otros sus asuntos familiares, y adivinó en seguida que Levin lo consideraba también así. Era precisamente por esta facultad de hacerse cargo de las cosas y por su delicadeza por lo que Dolly le tenía en tan alta estima.

–Yo he supuesto –siguió Levin– que lo que eso significaba es que a usted no le disgustaría verme. Y ello me place infinitamente. Está claro que usted, señora de ciudad, hallará aquí muchas incomodidades. Ya sabe que, si puedo servirla en algo, estoy a su disposición.

–Gracias –repuso Dolly–. Al principio nos faltaban muchas cosas, pero ahora todo marcha perfectamente merced a mi antigua niñera.

Y señaló a Matrena Filimonovna, que, comprendiendo que hablaban de ella, sonreía alegre y amistosamente a Levin. Le conocía, pensaba que era un buen partido para la señorita Kitty y deseaba que todo terminase según sus deseos.

–Suba, suba. Podemos estrechamos un poco en el asiento.

–Gracias. Prefiero andar. A ver: ¿cuál de los niños quiere apostar conmigo a correr?

Los niños no conocían apenas a Levin y no lo recordaban al verlo, pero no experimentaban ante él el sentimiento de timidez y aversión que suelen experimentar los niños ante los adultos que fingen y que frecuentemente les hace sufrir mucho.

La ficción puede engañar a un hombre prudente y perspicaz, pero el niño menos despejado la descubre por hábilmente que se la encubran y siente repugnancia por ella.

Levin podía tener muchos defectos, pero no daba a entender lo que no era cierto. Y por ello los niños le mostraron la misma simpatía que leyeron para él en el rostro de su madre.

Al oír su propuesta, los dos mayores saltaron del coche en seguida y se pusieron a correr con él con tanta confianza como habrían corrido con la niñera, con miss Hull o con su madre. Lily quiso también descender y la madre accedió, entregándosela a Levin, quien la acomodó sobre sus hombros y se puso a correr con ella.

–No tenga miedo, Daria Alejandrovna; no la dejaré caer ––le dijo a la madre sonriendo alegremente.

Y mirando sus movimientos hábiles, vigorosos y prudentes, Dolly se tranquilizó y, contemplándole, sonreía alegre y aprobadora.

En el pueblo, con los niños y Dolly, por la que sentía gran simpatía, Levin encontró aquella disposición de ánimo, infantil y alegre, que tanto le gustaba a Daria Alejandrovna. Corría con los niños, les enseñaba gimnasia, hacía reír a la señorita Hull con su inglés chapurreado y le hablaba a Dolly de sus ocupaciones en el pueblo.

Después de comer, Dolly se quedó a solas con él en el balcón se puso a hablarle de Kitty.

–¿Sabe usted que Kitty va a venir a pasar el verano conmigo?

–¿De veras? –repuso él sonrojándose.

Y, para cambiar de conversación, añadió en seguida:

–¿Qué, le mando dos vacas o no? Si se empeña en pagármelas, puede darme cinco rubios al mes por cada una, si es que esto no ha de ser motivo de remordimiento.

–No, gracias. Ya nos hemos arreglado.

–Entonces voy a ver las vacas suyas y, si me lo permite, daré instrucciones sobre la manera cómo hay que alimentarlas. Esto es lo más importante.

Y, para eludir la charla sobre Kitty, Levin le explicó a Dolly la teoría de la economía pecuaria, consistente en que la vaca es una mera máquina para transformar el pienso en leche y etcétera.

Le estaba hablando de todo aquello, pero interiormente ardía en deseos de oír detalles sobre Kitty, que a la vez temía. Porque, en el fondo, le horrorizaba perder la tranquilidad conseguida con tanto esfuerzo.

–Ya, ya, pero todo eso exige estar muy atentos a ello. ¿Y quién se encargaría de semejante cosa? –preguntó, con poco interés, Daria Alejandrovna.

A la sazón dirigía la casa según la organización establecida por Matrena Filimonovna y no quería cambiar nada. Tampoco, a decir verdad, confiaba demasiado en los conocimientos de Levin sobre economía doméstica.

Las ideas de que la vaca era una máquina de elaborar leche le resultaban extrañas, le parecían que sólo traería dificultades.

Ella lo veía todo más simplemente: había que alimentar más a la «Pestruja» y a la «Bielopajaya», que era lo que decía Matrena Filimonovna, y evitar que el cocinero se llevara las sobras de la cocina para dárselas a las vacas de la lavandera. Esto estaba claro.

En cambio, las especulaciones sobre alimento farináceo y vegetal le resultaban dudosas y turbias. Y, además, lo principal de todo era que quería hablarle a Levin sobre Kitty.