Ana Karenina III: Capítulo XII

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Ana Karenina
Tercera parte: Capítulo XII
de León Tolstoi


Una vez sujeto el heno en el carro, Iván bajó de un salto y comenzó a llevar por la brida a su caballo, excelente y bien nutrido.

La mujer echó el rastrillo en el carro y, con paso vivo, moviendo los brazos al andar, se dirigió al encuentro de las otras mujeres, que estaban sentadas en círculo. Iván, al llegar al camino, se unió a la fila de los demás carros. Las mujeres, con los rastrillos al hombro, radiantes en sus vivos colores, hablaban con voz alegre y sonora mientras seguían a los carros.

Una voz femenina áspera y ruda entonó una canción repitiendo el estribillo. Entonces, todos a coro, medio centenar de voces sanas, altas y rudas, iniciaron el mismo cantar y lo concluyeron.

Las mujeres se acercaban, cantando, hacia Levin, que se sentía como si se le aproximara una nube cargada de truenos de alegría.

Llegó la nube, lo alcanzó y el montón de heno en el que estaba tendido, y los demás montones, y los carros, y el prado y hasta los campos lejanos, todo se agitó y onduló bajo el ritmo de aquel cantar salvaje y atrevido, acompañados de gritos, silbidos y exclamaciones de entusiasmo.

Levin sintió envidia de aquella sana alegría. Le habría gustado participar de aquella expresión de júbilo vital.

Pero no podía hacerlo como ellos, y tenía que permanecer allí tendido y obsevar.

Cuando la gente desapareció de su vista y las canciones no llegaban ya a sus oídos, Levin sintió el pesado dolor de su soledad, de su ociosidad física, de los sentimientos de hostilidad que experimentaba hacia aquel mundo de campesinos.

Algunos de ellos habían discutido con él sobre el asunto del heno, habían tratado de engañarle y él les había increpado. Y, sin embargo, le saludaban, alegres, en voz baja, y se veía que no sentían, ni podían, rencor hacia él, y que ni siquiera recordaban el intento de estafa. Todo se había hundido en el mar del alegre trabajo común. Dios ha dado el día, Dios ha dado las fuerzas; y ambas están consagrados al trabajo, en el que se haya su propia recompensa.

El objeto que tuviera el trabajo, y cuáles pudieran ser sus frutos, constituían ya cálculos mezquinos y extraños a aquella alegría.

Levin solía admirar esta vida y, con frecuencia, solía experimentar envidia de los que la vivían. Pero especialmente hoy, bajo la impresión de lo que viera en las relaciones de Iván Parmenov con su joven esposa, Levin pensó que de él dependía cambiar su vida de holganza, tan penosa, su vida artificial, vida de trabajo pura y alegre como la de los demás.

El viejo que estaba a su lado se había marchado a casa hacía rato. Los aldeanos habían desaparecido también: los que vivían más cerca se habían ido a sus hogares; los que vivían más lejos, se habían reunido para comer y pasar la noche en el prado.

Levin, sin que los labriegos le vieran, se tendió sobre el montón de heno, mirando, oyendo, pensando.

Quienes quedaron en el prado velaron casi toda la corta noche estival. Primero se sentía su alegre charla y sus risas mientras cenaban. Luego siguieron canciones y otra vez risas.

El largo día de trabajo no había dejado en ellos más huellas que las de la alegría.

Poco antes de rayar el alba, todo se calló. Sólo se oían los rumores nocturnos: el continuo croar de las ranas en los charcos y el resoplar de los caballos en la niebla matutina que se deslizaba sobre el prado.

Cuando Levin recobró la conciencia, se levantó de encima del heno y, mirando las estrellas, comprendió que ya había pasado la noche.

«Bueno, ¿qué haré y cómo lo haré?», se preguntó, tratando de aclarar ante sí mismo cuanto había pasado y sentido de nuevo en aquella noche.

Cuanto pensaba y sentía de nuevo se dividía en tres directrices mentales: una, la renuncia a su vida anterior, a su cultura, que no le servía para nada. Esta renuncia le agradaba y la encontraba fácil y sencilla.

Otra directriz era la de la vida que había de vivir desde ahora. La sencillez, pureza y legitimidad las comprendía claramente, y estaba seguro de encontrar en ellas la satisfacción, la paz y la dignidad cuya falta sentía tan dolorosamente.

Pero la tercera directriz de sus pensamientos giraba en torno a la manera cómo había de cambiar su vida de antes y emprender su nueva vida. Y aquí no imaginaba nada que fuese claro.

«Tener mujer. Trabajar y sentir la necesidad de hacerlo... Y entonces, ¿abandonar a Pokrovskoe? ¿Comprar tierras? ¿Inscribirse en la comunidad de los campesinos? ¿Casarse con una aldeana? Pero ¿cómo?», se preguntaba sin hallar respuesta. «No he dormido en toda la noche y no puedo ver las cosas con claridad», se dijo. «Ya lo aclararé todo después. Pero estoy seguro de que esta noche se ha decidido mi suerte. Todas mis ilusiones de antes sobre la vida familiar son tonterías. No es aquello lo que necesito. Todo es más sencillo y mucho mejor.»

«¡Qué hermoso es esto!, pensó mirando la especie de extraña concha de nácar formada por blancas nubecillas retorcidas que se había detenido en el cielo sobre su cabeza. ¡Qué hermoso es todo en esta noche maravillosa! ¿Cuándo ha podido formarse esa concha de nubes? Hace poco he mirado el cielo y no había nada en él, salvo dos franjas blancas. De igual modo, imperceptiblemente, ha cambiado mi concepción de la vida.»

Salió del prado y por el camino real se dirigió al pueblo. Se levantó un vientecillo y todo a su alrededor tomó un aspecto apagado y sombrío. Era el momento oscuro que precede generalmente a la salida del sol, a la victoria definitiva de la luz sobre las tinieblas.

Levin, temblando de frío, avanzaba rápidamente mirando al suelo.

«¿Quién vendrá», pensó al oír ruido de cascabeles. Y alzó la cabeza.

A unos cuarenta pasos de distancia avanzaba a su encuentro por el ancho camino cubierto de hierba que Levin seguía un coche con cuatro caballos, enganchados en doble pareja. Los caballos del exterior se apartaban de las rodadas, apretándose contra las varas, y el hábil cochero, sentado a un lado del pescante, guiaba de modo que las varas quedasen sobre el refleje, con lo que las ruedas giraban sobre el suelo liso.

Levin no reparó más que en este detalle y, sin pensar en quién podría ir en el coche, miró distraídamente al interior.

En un rincón del asiento dormitaba una viejecita y, junto a la ventanilla, una joven, que al parecer recién despierta, se anudaba con ambas manos las cintas de su cofia blanca. Radiante y pensativa, rebosante de vida interior, elegante y complicada, muy ajena a Levin, miraba, por encima de él, la naciente aurora.

Y en el momento en que esta visión desaparecía, dos ojos límpidos y sinceros se posaron en él, ella lo reconoció, y una alegría llena de sorpresa iluminó su rostro.

Levin no podía equivocarse. Aquellos ojos eran únicos en el mundo. Sólo un ser en la tierra podía concentrar para él toda la luz y todo el sentido de la vida. Era ella. Era Kitty, que, por lo que él comprendió, se dirigía a Erguchevo desde la estación del ferrocarril.

Y todo lo que le había agitado a Levin en aquella noche de insomnio, cuantas decisiones tomara, todo desapareció de repente. Recordó con repugnancia sus ideas de casarse con una campesina. Sólo allí, en aquel coche que se alejaba por el otro lado del camino, estaba la posibilidad de resolver el problema de su vida, de hallar la solución que hacía tanto tiempo lo atormentaba.

Kitty no lo miró más. Ya no sonaba el ruido de los muelles del coche y apenas se sentía el rumor de los cascabeles. Por el ladrido de los perros adivinó que el coche pasaba por el pueblo. Y se quedó solo consigo mismo, entre los campos desiertos, cerca del pueblo, ajeno a todo, caminando por un ancho camino abandonado.

Miró al cielo, esperando hallar aquella concha de nubes que despertara su admiración y que simbolizaba sus pensamientos y sentimientos de la pasada noche. En las alturas inaccesibles se había operado un cambio misterioso. Ya no existían ni señales de la concha, sino sólo un tapiz de vellones que cubría la mitad del cielo, vellones que se iban empequeñeciendo a cada instante. El cielo fue aclarándose y azuándose; y con la misma ternura, pero la misma inaccesibilidad, contestaba a la mirada inquisitiva de Levin.

«No», se dijo. «Por hermosa que sea esta vida de trabajo y sencillez, no puedo vivirla. Porque la amo a "ella"...»