Ana Karenina III: Capítulo XIII

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Ana Karenina
Tercera parte: Capítulo XIII
de León Tolstoi


Ni aun los más allegados a Alexey Alejandrovich sabían que aquel hombre de aspecto tan frío, aquel hombre tan razonable, tenía una debilidad: no podía ver llorar a un niño o a una mujer. El espectáculo de las lágrimas le hacía perder por completo el equilibrio y la facultad de razonar.

El jefe de su oficina y el secretario lo sabían y, cuando el caso se presentaba, avisaban a los visitantes que se abstuvieran en absoluto de llorar ante él si no querían echar a perder su asunto.

–Se enfadará y no querrá escucharles –decían.

Y, en efecto, en tales casos, el desequilibrio moral producido en Karenin por las lágrimas se manifestaba en una imitación que le llevaba a echar sin miramientos a sus visitantes.

–¡No puedo hacer nada! ¡Haga el favor de salir! –gritaba en tales ocasiones.

Cuando, al regreso de las carreras, Ana le confesó sus relaciones con Vronsky a inmediatamente, cubriéndose el rostro con las manos, rompió a llorar, Alexey Alejandrovich, a pesar del enojo que sentía, notó a la vez que le invadía el desequilibrio moral que siempre despertaban en él las lágrimas.

Comprendiéndolo, y comprendiendo también que la exteriorización de sus sentimientos estaría poco en consonancia con la situación que atravesaban, Alexey Alejandrovich procuró reprimir toda manifestación de vida, por lo cual no se movió para nada ni la miró a la cara.

Y aquél era el motivo de que ofreciese aquella extraña expresión como de muerto que sorprendió a su mujer.

Al llegar, la ayudó a apearse y, dominándose, se despidió de ella con su habitual cortesía, pronunciando algunas frases que en nada le comprometían y diciéndole que al día siguiente le comunicaría su decisión.

Las palabras de su mujer al confirmar sus sospechas dañaron profundamente el corazón de Karenin, y el extraño sentimiento de compasión física hacia ella que despertaban en él sus lágrimas aumentaba todavía su dolor.

Mas, al quedar solo en el coche, Alexey Alejandrovich, con gran sorpresa y alegría, se sintió libre en absoluto de aquella compasión y de las dudas y celos que le atormentaban últimamente.

Experimentaba la misma sensación de un hombre a quien arrancan una muela que le hubiese estado atormentando desde mucho tiempo. Tras el terrible sufrimiento y la sensación de haberle arrancado algo enorme, algo mayor que la propia cabeza, el paciente nota de pronto, y le parece increíble tal felicidad, que ya no existe lo que durante tanto tiempo le amargaba la vida, lo que absorbía toda su atención, y que ahora puede revivir, pensar e interesarse en cosas distintas a su muela.

Tal era el sentimiento de Alexey Alejandrovich. El dolor fue terrible e inmenso, pero ya había pasado, y ahora sentía que podía vivir y pensar de nuevo sin ocuparse sólo de su esposa.

«Es una mujer sin honor, sin corazón, sin religión y sin moral. Lo he sabido y lo he visto siempre, aunque por compasión hacia ella procuraba engañarme», se dijo.

Y en efecto, le parecía haberlo visto siempre. Recordaba los detalles de su vida juntos, y éstos, aunque antes no le parecieron malos, ahora a su juicio demostraban claramente la perversidad de su esposa.

«Me equivoqué al unir su vida a la mía, pero en mi error no hay nada indigno, por lo que no tengo por qué ser desgraciado. La culpa no es mía, sino suya», se dijo. «Ella no existe ya para mí.»

Lo que pudiera ser de Ana y de su hijo hacia el que experimentaba iguales sentimientos que hacia su mujer, dejó de interesarle. Lo único que le preocupaba era el modo mejor, más conveniente y cómodo para él –es decir, el más justo– de librarse del fango con que ella lo contaminó en la caída, a fin de poder continuar su vida activa, honorable y útil.

«No puedo ser desgraciado por el hecho de que una mujer despreciable haya cometido un crimen. Únicamente debo buscar la mejor salida de la situación en que me ha colocado. Y la encontraré»,

Reflexionaba, arrugando cada vez más el entrecejo. «No soy el primero, ni el último...» Y aun prescindiendo de los ejemplos históricos, entre los cuales le venia primero a la memoria el de la bella Elena y Menelao, toda una larga teoría de infidelidades contemporáneas de mujeres de alta sociedad surgieron en la mente de Alexey Alejandrovich.

«Darialov, Poltavky, el príncipe Karibanob, el conde Paskudin, Dram... Sí, también Dram, un hombre tan honrado y laborioso..., Semenov, Chagin, Sigonin... –recordaba–. Cierto que el más necio ridículo cae sobre estos hombres, pero yo nunca he considerado eso más que como una desgracia y he tenido compasión de ellos», se decía Alexey Alejandrovich.

Esto no era verdad, pues nunca tuvo compasión de tales desgracias, y tanto más se había enorgullecido hasta entonces cuantas más traiciones femeninas habían llegado a sus oídos.

«Es una desgracia que puede pasarle a cualquiera, y me ha tocado a mí. Sólo se trata de saber cómo puedo salir mejor de esta situación.»

Y comenzó a recordar cómo obraban los hombres que se hallaron en situaciones similares a la suya actual.

«Darialov se batió en duelo.»

En su juventud el duelo le preocupaba mucho, precisamente porque físicamente era débil y le constaba.

Alexey Alejandrovich no podía pensar sin horror en una pistola apuntada a su pecho, y nunca en su vida había usado arma alguna. Tal horror le obligó a pensar en el duelo desde muy temprano y a calcular cómo había que comportarse al enfrentarse a un peligro mortal. Luego, al alcanzar el éxito y una estado social sólido, hacía tiempo que había olvidado aquel sentimiento. Y como la costumbre de pensar así se había hecho preponderante, el miedo a su cobardía fue ahora tan fuerte que Alexey Alejandrovich, durante largo tiempo, no pensó más que en el duelo, aunque sabía muy bien que en ningún caso se batiría.

«Cierto que nuestra sociedad, bien al contrario de la inglesa, es aún tan bárbara que muchos –y en el número de estos "muchos" figuraban aquellos cuya opinión Karenin apreciaba más– miran el duelo con buenos ojos. Pero ¿a qué conduciría? Supongamos que le desafío», continuaba pensando. E imaginó la noche quo pasaría después de desafiarle, imaginó la pistola apuntada a su pecho, y se estremeció, y comprendió que aquello nunca sucedería. Pero seguía reflexionando: «Supongamos que me dijeran lo que debo hacer, que me colocaran en mi puesto y que apretara el gatillo», se decía, cerrando los ojos. «Supongamos que lo matara...»

Alexey Alejandrovich sacudió la cabeza para apartar tan necios pensamientos.

«Pero ¿qué tiene que ver que mate a un hombre con lo que he de hacer con mi mujer y mi hijo? ¿No tendré también entonces que pensar en lo que he de decidir referente a ella? En fin: lo más probable, lo que seguramente acontecerá, es que yo resultaré muerto o herido. Es decir, yo, inocente de todo, seré la víctima. Esto es más absurdo. Pero, por otro lado, provocarle a duelo no sería honrado por mi parte. ¿Acaso ignoro que mis amigos me lo impedirían, que no consentirían arriesgar la vida de un estadista necesaria a Rusia? ¿Y qué pasaría entonces? Pues que parecerá que yo, sabiendo bien que el asunto nunca llegará a implicarme riesgos, querré darme un inmerecido lustre con este desafío. Esto no es honrado, es falso, es engañar a los otros y a mí msmo. El duelo es inadmisible y que nadie espere que yo lo provoque. Mi objeto es asegurar mi reputación, y la necesito para continuar sin impedimento mis actividades.»

Su trabajo político, que ya antes le parecía muy importante, ahora se le presentaba como de una gravedad excepcional.

Una vez descartado el duelo, Karenin estudió la cuestión del divorcio, salida elegida por otros maridos que él conocía.

Recordando los casos de divorcios notorios (y él conocía perfectamente muchos pertenecientes a la alta sociedad), Alexey Alejandrovich no encontró ninguno cuyo fin fuera el mismo que él se proponía. En todos aquellos casos, el marido cedía o vendía a la adúltera; y la parte culpable, sin derecho a volver a casarse, le imputaba al esposo falsas relaciones. En su propio caso, Alexey Alejandrovich veía imposible obtener el divorcio legal de modo que la culpable fuera castigada. Comprendía que las delicadas condiciones vitales en que se movía no permitían las demostraciones pasionales que exigía la ley para probar la culpabilidad de una mujer.

Su vida, en cierto sentido muy refinada, no toleraba pruebas tan crudas, aunque existiesen, ya que el practicarlas le rebajaría ante la opinión general más a él que a ella.

El intento del divorcio no habría valido más que para provocar un proceso escandaloso que aprovecharían bien sus enemigos para calumniarle y hacerle descender de su posición en el gran mundo. De modo que el divorcio no satisfacía el objeto esencial, solucionar el asunto con las mínimas dificultades. Además, con conseguir el divorcio o planteárselo se evidenciaba que la mujer rompía sus relaciones con el marido y nada la impediría entonces unirse a su amante. Y en el alma de Karenin, pese a la completa indiferencia que ahora creía experimentar hacia su mujer, restaba aún un sentimiento que se expresaba por el deseo de impedirle unirse libremente con Vronsky, haciendo que el delito hubiera merecido la pena.

Tal pensamiento lo irritaba tanto que sólo al imaginarlo se le escapó un gemido de íntimo dolor. Se irguió, se cambió de sitio en el coche y durante un instante prolongado permaneció con el entrecejo fruncido mientras envolvía en la suave manta de viaje sus pies huesudos y friolentos.

Cuando se sintió un poco calmado siguió pensando que en vez del divorcio legal podía, tal como Karibanov, Paskudin y el buen Dram, separarse de su ella. Pero este procedimiento tenía los mismos efectos deshonrosos que el divorcio, y lo peor era que, como el legal, la arrojaba a su mujer en brazos del amante.

«¡No: es imposible, imposible!», dijo en voz alta, mientras comenzaba a desenrollar otra vez la manta. «Yo no quiero ser desgraciado, pero tampoco que ni él ni ella sean dichosos.»

El sentimiento de celos que experimentara mientras ignoraba la verdad se disipó en cuanto las palabras de su mujer le arrancaran la muela dolorida. A aquel sentimiento lo sustituía otro: el de que su mujer no sólo no debía triunfar, sino que debía ser castigada por su delito. No reconocía que experimentara tal sentimiento, pero en el fondo de su alma deseaba que ella sufriese, en castigo a haber destruido la tranquilidad y mancillado el honor de su marido. Y, estudiando de nuevo las posibilidades de duelo, divorcio y separación, y rechazándolas todas otra vez, Alexey Alejandrovich concluyó que sólo quedaba una salida: retener a Ana a su lado, ocultar ante la sociedad lo sucedido y procurar por todos los medios terminar aquellas relaciones, ese era el medio más eficaz de castigarla, aunque no quería confesárselo.

«Debo comunicarle que mi decisión es, una vez examinada la posición en que ha puesto a la familia, y considerando que cualquier otra medida sería peor para ambas partes, mantener el «statuto quo» exterior, con el cual estoy conforme, a condición inexcusable de que cumpla enteramente mi voluntad, es decir, suspenda toda relación con su amante.»

Y cuando hubo adoptado definitivamente esta resolución, acudió a la mente de Alexey Alejandrovich un pensamiento muy importante como refuerzo:

«Sólo con esta decisión obro según las prescripciones eclesiásticas», se dijo. «Únicamente así no arrojo de mi lado a la mujer criminal y le doy probabilidades de arrepentirse, e incluso, aunque esto me sea muy penoso, consagro parte de mis fuerzas a su corrección y salvación.»

Alexey Alejandrovich sabía que carecía de autoridad moral sobre su mujer y que de aquel intento de corregirla no surgiría más que una farsa, y, a pesar de que en todos aquellos tristes instantes no hubiera pensado ni una sola vez en buscar orientaciones en la religión, ahora, cuando la resolución tomada le parecía coincidir con los mandatos de la Iglesia, esta sanción religiosa de lo que había decidido le satisfacía plenamente y, en parte, lo calmaba.

Le era agradable pensar que, en una decisión tan importante para su vida, nadie podría decir que había prescindido de los mandatos de la religión, cuya bandera él había sostenido muy alta en medio de la indiferencia y frialdad generales.

Reflexionando acerca de los demás detalles, Alexey Alejandrovich no veía motivo para que la relaciones con su mujer no pudiesen continuar como antes. Cierto que jamás podría volver a respetarla, pero no había ni podía haber motivo alguno para que él destrozara su vida y sufriese porque ella fuera mala e infiel.

«Sí; pasará el tiempo, que arregla todas las cosas, y nuestras relaciones volverán a ser las de antes», se dijo Alexey Alejandrovich.

Y añadió:

«Es decir, esas relaciones se reorganizarán de tal modo que no experimentaré desorden alguno en el curso de mi vida. Ella debe ser desgraciada, pero yo no soy culpable y no tengo por qué ser desgraciado a mi vez».