Ana Karenina III: Capítulo XVIII

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Ana Karenina
Tercera parte: Capítulo XVIII
de León Tolstoi


Se oyeron pasos, una voz de hombre, luego otra femenina y risas, y a continuación entraron los invitados que se esperaban: Safo Stolz y un joven llamado Vaska, radiante, rebosando salud, y en quien se advertía que le aprovechaba la nutrición de carne cruda, trufas y vino de Borgoña.

Vaska saludó a las señoras y las miró, pero sólo por un momento. Entró en el salón siguiendo a Safo y ya en él la siguió constantemente, sin apartar de ella sus brillantes ojos, como si quisiera comérsela.

Safo Stolz era una rubia de ojos negros. Entró andando a pasos rápidos y menudos sobre sus pies calzados con zapatitos de altos tacones y estrechó fuertemente, como un hombre, las manos de las señoras.

Ana no había visto nunca hasta entonces a esta nueva celebridad y le sorprendían tanto su belleza como la exageración de su vestido y el atrevimiento de sus modales. Con sus cabellos propios y los postizos, de un color suavemente dorado, se había levantado un monumento tal de peinados sobre su cabeza que ésta había adquirido un volumen casi mayor que el del busto, bien modelado y firme y bastante escotado por delante. Sus movimientos, al caminar, eran tan impetuosos que a cada uno de ellos se dibujaban bajo su vestido las formas de sus rodillas y de la parte superior de sus piernas. Involuntariamente, el que la veía se preguntaba dónde, en aquella mole artificial, empezaba y terminaba su lindo cuerpo, menudo y bien formado, de movimientos vivos, tan descubierto por delante y tan disimulado y envuelto por debajo y por detrás.

Betsy se apresuró a presentarlas.

–¿No sabe? Casi hemos aplastado a dos soldados –empezó Safo a contar en seguida, haciendo guiños con los ojos, sonriendo y echando hacia atrás la cola de su vestido, que había quedado algo torcida–. He venido con Vaska... ¡Ah, sí!, es verdad que no se conocen. Se me olvidaba.

Y, después de nombrar a la familia del joven, le presentó Ruborizándose de su indiscreción al llamarle Vaska ante una señora desconocida, rió sonoramente.

Vaska saludó a Ana una vez más, pero ella, sin decirle nada, se dirigió a Safo:

–Ha perdido usted la apuesta. Hemos llegado antes. Págueme –dijo, sonriendo.

Safo rió con más júbilo aún.

–Supongo que no pretenderá que lo haga ahora –dijo.

–Es igual... Lo recibiré luego...

–Bueno, bueno... ¡Ah! –dijo Safo, dirigiéndose a Betsy–. Se me olvidaba decirle que le he traído un invitado: mírelo.

El inesperado y joven invitado al que Safo había traído y olvidara presentar, era, sin embargo, un huésped tan importante que, a pesar de su juventud, ambas señoras se levantaron para saludarle.

Era el nuevo admirador de Safo y, como Vaska, la cortejaba también.

Llegaron luego el príncipe Kaluchsky y Lisa Merkalova con Stremov. Lisa era una morena delgada, de tipo y rostro orientales, indolente, de hermosos ojos enigmáticos, según todos decían. Su oscuro vestido armonizaba con su belleza, como Ana notó con agrado en seguida. Todo lo que Safo tenía de brusca y viva, lo tenía Lisa de suave y negligente. Pero para el gusto de Ana, Lisa resultaba mucho más atractiva.

Betsy aseguraba a Ana que Lisa era como un niño ignorante, pero Ana al verla comprendió que Betsy no decía verdad. Lisa era en efecto una mujer viciosa e ignorante, pero suave y resignada. Su estilo, eso sí, era el de Safo: como a Safo, la seguían, cual cosidos a ella, dos admiradores devorándola con los ojos, uno joven y otro viejo; pero había en Lisa algo superior a lo que la rodeaba; algo que era como el resplandor brillante de aguas puras entre un montón de vidrios vulgares.

Aquel resplandor brotaba de sus hermosos ojos, verdaderamente enigmáticos. La mirada cansada y al mismo tiempo llena de pasión de aquellos ojos rodeados de un círculo oscuro sorprendía por su absoluta sinceridad. Mirando sus ojos, sentíase la impresión de conocerla toda y, una vez conocida, parecía imposible no amarla.

Al ver a Ana, su rostro se iluminó con una clara sonrisa.

–Celebro mucho conocerla –dijo, acercándose a ella–. Ayer, en las carreras, intenté acercarme hasta usted, pero ya se había ido. Tenía mucho interés en verla, y precisamente ayer. ¿Verdad que fue una cosa terrible? –dijo mirando a Ana con una expresión que parecía descubrir toda su alma.

–Sí. Nunca me imaginé que una cosa así pudiera ser tan emocionante –contestó Ana ruborizándose.

Los invitados se levantaron en aquel momento para salir al jardín.

–Yo no voy –dijo Lisa, sonriendo y sentándose al lado de Ana–. ¿Usted no va tampoco? ¡Mire que gustarles jugar al cricket!

–A mí me gusta –aseguró Ana.

–¿Cómo se arregla para no aburrirse? Sólo con mirarla a usted, ya se siente uno alegre. Usted vive y yo me aburro.

–¿Se aburre usted, que pertenece a la sociedad más animada de la capital? –preguntó Ana.

–Acaso los que no son de nuestro círculo se aburran aún más, pero nosotros, y desde luego yo, nos aburrimos... Me aburro horriblemente...

Safo encendió un cigarrillo y salió al jardín con dos de los jóvenes. Betsy y Stremov quedaron ante las tazas de té.

–Sí: ¡qué aburrido es todo! –dijo Betsy–. Pero Safo dice que ayer se divirtieron mucho en su casa.

–¡Pero si fue aburridísimo! –afirmó Lisa Merkalova–. Fuimos todos a mi casa después de las carreras. ¡Y siempre la misma gente, la misma, y siempre lo mismo!... Pasamos el tiempo tendidos en los divanes. ¿Hay alguna diversión en eso? No. ¿Qué hace usted para no aburrirse? –siguió, dirigiéndose a Ana de nuevo–. Basta mirarla para comprender que es usted una mujer que puede ser feliz o desgraciada, pero que no se aburre. Dígame, ¿cómo se arregla para ello?

–No hago nada –contestó Ana ruborizándose ante preguntas tan llenas de equívoco.

–Es el mejor modo de no aburrirse –intervino Stremov.

Stremov era un hombre de unos cincuenta años, entrecano, lozano aún, muy feo, pero de rostro inteligente y de fuerte personalidad.

Lisa Merkalova era sobrina de su mujer y él pasaba con ella todas sus horas libres.

Ahora, al hallar a Ana Karenina, la esposa de su enemigo ministerial Alexey Alejandrovich, procuró, como hombre de mundo a inteligente, mostrarse especialmente amable con la mujer de su adversario.

–No hacer nada es el mejor remedio para no aburrirse –continuó sonriendo cortésmente–. Hace tiempo que le digo –añadió dirigiéndose a Lisa Merkalova– que para no sentir el aburrimiento lo mejor es no pensar que va a aburrirse. Es como cuando uno teme sufrir de insomnio: lo mejor es no pensar en que no va a dormir. Es esto precisamente lo que ha dicho Ana Arkadievna...

–Me habría gustado decirlo, porque no sólo es muy ingenioso, sino también la pura verdad –repuso Ana, sonriendo.

–Le ruego que me diga cómo ha de hacerse para dormir cuando se tiene sueño y para no aburrirse constantemente.

–Para dormir, lo mejor es haber trabajado y para no aburrirse, también.

–¿Y para qué voy a trabajar si nadie necesita mi trabajo? Por eso finjo, a propósito, que no sé ni quiero trabajar.

–¡Es usted incorregible! –dijo Stremov, sin mirarla, volviéndose hacia Ana de nuevo.

Como veía pocas veces a Ana Karenina, no podía decirle más que vulgaridades, y ahora se las decía a propósito de su vuelta a San Petersburgo, preguntándole cuándo sería y hablándole del aprecio en que la tenía la condesa Lidia Ivanovna; pero se lo decía de un modo que demostraba el interés que tenía en hacérsele agradable y más aún en mostrarle su respeto.

Entró Tuchkevich anunciando que la reunión aguardaba a los jugadores para el cricket.

–¡No se vaya, por favor! –dijo Lisa, al enterarse de que Ana se iba.

Stremov unió su súplica a la de Lisa.

–Es un contraste demasiado vivo –dijo– pasar de esta reunión a casa de la vieja Vrede. Además, usted allí no será sino un motivo de murmuración, mientras que aquí inspira usted sentimientos mucho mejores. Es decir, completamente opuestos –concluyó Stremov.

Ana, indecisa, reflexionó un momento.

Las palabras lisonjeras de aquel hombre tan inteligente, la simpatía ingenua a infantil que le mostraba Lisa Merkalova, todo este ambiente habitual del gran mundo resultaba tan agradable en comparación con las terribles dificultades que la esperaban que por un momento vaciló. ¿No sería mejor quedarse, alejando más, así, el espinoso instante de las explicaciones?

Pero recordando lo que la aguardaba luego, a solas en su casa, si no adoptaba una decisión; recordando aquel gesto, terrible para ella, con que se había asido los cabellos con las manos, se despidió y se fue.