Ana Karenina III: Capítulo XXI

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Ana Karenina
Tercera parte: Capítulo XXI
de León Tolstoi


–Vengo a buscarte. Tu aseo ha durado hoy mucho ––dijo Petrizky–. ¿Qué? ¿Has terminado?

–Sí –respondió Vronsky, sonriendo sólo con los ojos y atusándose las puntas del bigote con tanto esmero como si, después del orden en que había dejado sus asuntos, cualquier movimiento brusco pudiese destruirlo.

–Tras esa ocupación quedas siempre como después de un buen baño –siguió Petrizky–.Vengo de ver a Crisko –llamaba así al coronel del regimiento–, que lo está esperando.

Vronsky miraba a su compañero sin contestarle, pensando en otra cosa.

–¡Ah! ¿Viene de su casa esta música? –preguntó, sintiendo las notas del trombón, en valses y polkas, que llegaban a sus oídos–. ¿Dan alguna fiesta?

–Es que ha llegado Serpujovskoy.

–¡Ah, no lo sabía! –dijo Vronsky.

Una vez decidido que era feliz con su amor, sacrificando a él su ambición, Vronsky no podía sentir ni envidia de Serpujovskoy ni enojo al pensar que, al llegar al cuartel, su camarada no hubiera ido a visitarle antes que a ninguno. Serpujovskoy era un buen amigo y Vronsky se alegraba de su triunfo.

–Me satisface mucho...

Denin, el coronel del regimiento, ocupaba una gran casa perteneciente a unos propietarios rurales. Los reunidos estaban en el amplio mirador del piso bajo.

Lo primero que atrajo la atención de Vronsky al entrar en el patio fueron los cantores militares vistiendo sus uniformes blancos de verano, todos de pie junto a un pequeño barril de aguardiente, y, con ellos, la figura sana y alegre del coronel del regimiento rodeado de los oficiales. Saliendo al primer peldaño, el coronel, en voz alta que dominaba el son de la orquesta, que tocaba entonces un rigodón de Offenbach, daba órdenes y hacía señales con el brazo a unos soldados que estaban algo separados.

El grupo de soldados, un sargento de caballería y algunos oficiales, se acercaron al balcón a la vez que Vronsky. El coronel, que había vuelto a la mesa, reapareció de nuevo con una copa en la mano y pronunció un brindis:

–A la salud de nuestro ex compañero, el bravo general Serpujovskoy. ¡Hurra!

Tras el coronel, y también con la copa en la mano, salió Serpujovskoy a la escalera.

–Estás cada vez más joven, Bondarenko ––dijo, dirigiéndose al sargento de caballería que estaba ante él, hombre de buena presencia y coloradas mejillas que prestaba servicio como reenganchado.

Vronsky, que no había visto a Serpujovskoy desde hacía tres años, ahora le notaba un aspecto más varonil. Se había dejado crecer las patillas; se había hecho más hombre, pero conservaba su esbeltez de siempre a impresionaba tanto por su belleza como por la dulzura y nobleza de su rostro y aspecto. El único cambio que Vronsky observó en él fue el brillo radiante, tranquilo y persistente, aquel brillo que Vronsky conocía bien y que había observado en seguida en su amigo, que adquieren los rostros de los que triunfan y están convencidos además de que los demás no ignoran su éxito.

Serpujovskoy, al bajar la escalera, vio a Vronsky y una sonrisa alegre iluminó su rostro. Alzó la cabeza y levantó el vaso, saludándole y mostrando con este gesto que no podía dejar de acercarse primero al sargento de caballería, que ya se estiraba conmovido y plegaba los labios para besar al General.

–¡Ya está aquí! –gritó el coronel–. Jachvin me ha dicho que estás de mal humor.

Serpujovskoy besó los labios frescos y húmedos del gallardo sargento y, secándose la boca con el pañuelo, se acercó a Vronsky.

–¡Cuánto me alegro de verte! –dijo, estrechándole la mano y llevándole aparte.

–¡Ocúpese de él! –gritó el coronel a Jachvin, mostrándole a Vronsky.

Y se dirigió a los soldados.

–¿Cómo es que no se te vio ayer en las carreras? Pensaba haberte visto allí –dijo Vronsky, mirando a su amigo.

–Estuve, pero llegué tarde, perdona –añadió, volviéndose hacia el ayudante para decirle–: Haga el favor de ordenar que se distribuya esto de mi parte, a lo que toquen cada uno, entre la tropa.

Y, sonrojándose, sacó precipitadamente de su cartera tres billetes de cien rublos.

–Vronsky. ¿Quieres tomar algo? –preguntó Jachvin–. ¡Hola: traed algo de comer para el Conde! ¡Y bébete esto!

La orgía en casa del coronel continuó largo rato. Mantearon a Serpujovskoy y al coronel. Luego, ante los cantores, bailaron el coronel y Petrizky. Finalmente, aquél, algo cansado ya, se sentó en el banco del patio y empezó a demostrar a Jachvin la superioridad de Rusia sobre Prusia, sobre todo en las cargas de caballería. El bullicio se calmó por un momento. Serpujovskoy pasó un instante al tocador de la casa para lavarse las manos y halló allí a Vronsky, que, habiéndose quitado la guerrera y poniendo su cuello, sobre el que caían abundantes cabellos, bajo el grifo del lavabo, se frotaba con las manos cuello y cabeza.

Una vez que Vronsky hubo terminado de lavarse, sentóse junto a Serpujovskoy y, acomodados los dos allí mismo en un pequeño diván, empezaron una charla muy interesante para ambos.

–Estaba informado de todos tus asuntos por mi mujer –dijo Serpujovskoy–. Me alegro de que la hayas visitado a menudo.

–Es muy amiga de Varia. Son las únicas mujeres de San Petersburgo a las que me agrada tratar –contestó Vronsky, sonriendo, al prever el tema que iba a tocar la conversación y que le era en extremo agradable.

–¿Las únicas? –dijo Serpujovskoy sonriendo igualmente.

–También yo sabía de ti por tu mujer –repuso Vrosnky, con el rostro serio, cortando así la alusión–. Me alegro mucho de tus éxitos, pero no me han sorprendido. Esperaba tanto o más de ti.

Serpujovskoy sonrió de nuevo. Era evidente que le halagaba que se tuviese de él tal opinión y no creía necesario ocultarlo.

–Yo, al contrario: confieso que esperaba menos. Pero estoy muy satisfecho. Mi debilidad es ser ambicioso, lo confieso.

–Acaso no te confesaras de no haber triunfado –dijo Vronsky.

–No lo creo –contestó Serpujovskoy sonriendo otra vez–. No diré que no valiera la pena vivir sin esto, pero sí que sería muy aburrido. Claro que, aunque puede que me equivoque, creo tener algunas facultades para el campo de actividad que he escogido y que el mando en mis manos estará sin duda mejor que en las de otros muchos que conozco –dijo Serpujovskoy, con radiante conciencia de su éxito–. Y por ello, cuanto más me acerco a eso, más satisfecho estoy.

–Quizá te pase a ti así, pero no a todos. Antes también pensaba yo lo mismo; mas ahora encuentro que no vale la pena vivir sólo por eso –dijo Vronsky.

–¡Claro, claro! –exclamó Serpujovskoy, riendo–. Ya he oído hablar de tu negativa a aceptar un cargo.

Te aprobé, naturalmente que sí; pero hay modos de hacer las cosas... Creo que está bien lo que hiciste, aunque no del modo que...

–Lo hecho, hecho. Ya sabes que no me arrepiento jamás. Y, por otra parte, me encuentro admirablemente bien así.

–Sí, por algún tiempo. Pero no te pasará siempre lo mismo. No hablo de lo que renunciaste en favor de tu hermano. Es un buen chico, como este «huésped nuestro». ¿Oyes? –añadió escuchando los hurras–. También él está alegre. Mas a ti esto sólo no te satisface.

–No digo que me satisfaga.

–Además, no es eso únicamente. Hombres como tú son necesarios...

–¿A quién?

–¡A quién! A la sociedad a Rusia. Rusia necesita gente, necesita un partido. Si no, todo se irá al diablo.

–¿Así que crees que es necesario un partido como el de Bertenev contra los comunistas rusos?

–No –contestó Serpujovskoy, rechazando, con una mueca, que le atribuyesen tal necedad–. Tout ça est une blague . Lo ha sido y lo será siempre. No hay tales comunistas. Pero los intrigantes necesitan inventar partidos peligrosos, dañinos. Es un truco viejo. No, no: lo necesario es un partido de la gente independiente, como tu y yo.

–¿Mas, para qué? –y Vronsky nombró a algunos que ejercían autoridad–. ¿Acaso esos no son independientes?

–No lo son porque, desde su nacimiento, no tienen ni han tenido una situación independiente. No nacieron en esa proximidad a las alturas en que hemos nacido tú y yo. A ellos se les puede comprar con dinero o con halagos. Y, para poder sostenerse, tienen que inventar la necesidad de una doctrina, desarrollar un programa o un pensamiento en el que no creen y que es pernicioso. Pero para ellos sus doctrinas son el modo de gozar de un sueldo y de una residencia oficial. Cela n'est pas plus malin que ça , cuando ves su juego. Quizá yo sea más tonto y peor que ellos, aunque no veo por qué lo voy a ser. Pero tú y yo tenemos una ventaja muy importante: que a nosotros es más difícil compramos. Y gente así es más necesaria que nunca.

Vronsky escuchaba con atención, menos atento al sentido de las palabras que al modo que tenía Serpujovskoy de exponerlas, a su pensamiento de luchar ya contra el poder y a la manifestación de sus simpatías y antipatías en este punto. Mientras el otro poseía ideas al respecto, Vronsky no ponía interés más que en los asuntos de su escuadrón.

Vronsky reconocía que Serpujovskoy podía ser fuerte por su facultad de pensar, de ver las cosas claras, por aquella inteligencia y don de palabra tan raros en el ambiente en que vivía. Y, por vergüenza que le causara, Vronsky en este sentido envidiaba a su camarada.

–En todo caso, para ello me haría falta una cosa esencial –contestó Vronsky–: el deseo del poder. Lo he sentido antes, pero ahora se me ha disipado.

–Dispensa, pero no es verdad –dijo Serpujovskoy, sonriendo.

–Es verdad, es verdad... por ahora al menos; te lo digo con sinceridad –añadió Vronsky.

,–Ese «por ahora» ya es otra cosa. Y no durara siempre.

–Puede ser –repuso Vronsky.

–Dices «puedes ser» –continuó Serpujovskoy, como adivinando sus pensamientos– y yo te digo que es seguro. Por eso quería verte. Tú has obrado como debías. Pero no debes «perseverar». Sólo te ruego que me des carte blanche... No trato de protegerte, aunque, ¿por qué no había de hacerlo? ¿Cuántas veces no me has protegido tú? Pero nuestra amistad está sobre todo eso. Sí –dijo con una dulzura femenina, sonriéndole–. Dame carte blanche, deja el regimiento y te situaré sin que se den cuenta...

–Pero ¡si no necesito nada! Con que las cosas sigan como hasta ahora... –dijo Vronsky.

Serpujovskoy, incorporándose, se plantó ante él.

–Dices que con que las cosas sigan como hasta ahora te basta. Te comprendo. Pero escúchame: ambos somos de la misma edad y quizá tú hayas conocido más mujeres que yo –la sonrisa y los ademanes de Serpujovskoy indicaban que Vronsky no debía temer nada, ya que él iba a tocar con suavidad y prudencia el punto neurálgico–. Pero soy casado y créeme que (como ha escrito no sé quién), conociendo sólo a una mujer a la que ames, sabes más que si hubieras conocido millares de mujeres.

–Ahora vamos –dijo Vronsky al oficial que se presentó en la habitación para decirles que el Coronel les llamaba.

Vronsky deseaba ahora escuchar hasta el final lo que Serpujovskoy iba a decirle.

–Mi opinión es ésta: la mujer es la piedra de toque esencial en la actividad del hombre. Es difícil amar a una mujer y hacer a la vez algo útil. Para ello hay un remedio: desviar el amor por ellas casándose. ¿Cómo te diría ...? –agregó Serpujovskoy, al que le gustaba hacer comparaciones–. Espera, espera... Llevar un paquete en la mano y hacer algo a la vez no es posible, pero sí lo es si te lo echas a la espalda. El matrimonio es así. Lo he visto cuando me he casado. Me sentí de pronto con las manos libres. Pero sin estar casado, y llevando ese fardo contigo, estás con las manos tan ocupadas que no puedes hacer nada de provecho. Fíjate en Masankov y en Krupov, que han estropeado sus carreras por las mujeres...

–¡Vaya unas mujeres! –dijo Vronsky, recordando a la francesa y a la artista con las que tenían relaciones los dos mencionados.

–Tanto peor cuanto más alta es la posición de la mujer en la sociedad, porque entonces no se tratará ya de llevar el paquete, sino de quitárselo a otro.

–Tú no has amado jamás –le dijo Vronsky suavemente, mirando ante sí y pensando en Ana.

–Puede ser. Pero acuérdate de lo que te he dicho. Y, además, piensa que todas las mujeres son más materialistas que los hombres. Nosotros miramos el amor como algo inmenso y ellas lo consideran siempre terre–à–terre ... ¡Ahora, ahora! –––dijo al lacayo, que se acercaba.

Pero el lacayo no iba a llamarles, como Serpujovskoy había imaginado, sino que llevaba una carta para Vronsky.

–La trajo el criado de la princesa Tverskaya.

Vronsky abrió la carta y se ruborizó.

–Me duele la cabeza; me voy a casa ––dijo a Serpujovskoy.

–Entonces, adiós. ¿Me das carte blanche?

–Ya hablaremos después. Nos veremos en San Petersburgo.