Ana Karenina III: Capítulo XXX

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Ana Karenina
Tercera parte: Capítulo XXX
de León Tolstoi


A finales de septiembre llevaron madera para construir los establos en la tierra trabajada a medias, vendieron la mantequilla y se repartieron los beneficios.

En la práctica, todo iba bien en la propiedad, o así se lo parecía a Levin. Y para aclararlo teóricamente y terminar la obra que, según sus ilusiones, no sólo produciría una revolución en la economía política, sino que destruiría completamente esta ciencia y cimentaría otra nueva, basada en las relaciones del pueblo y la tierra, sólo necesitaba ir al extranjero, estudiar sobre el terreno cuanto se hubiese hecho en aquel sentido y encontrar las pruebas evidentes de que todo lo realizado en este sentido era superfluo.

Levin no esperaba más que la venta del trigo candeal para cobrar el dinero y marcharse. Pero empezaron las lluvias, que no permitieron recoger el grano ni las patatas que habían quedado en el campo, se interrumpieron todos los trabajos y hasta la venta del trigo quedó suspendida. Los caminos estaban impracticables de barro, el agua arrastró dos molinos y el tiempo era cada vez peor.

El treinta de septiembre salió el sol desde por la mañana y Levin, confiando en un cambio de tiempo, comenzó seriamente a preparar el viaje.

Ordenó vender el trigo, envió a su encargado a cobrar en casa del comprador y salió a recorrer la propiedad para dar las últimas instrucciones antes de marchar al extranjero.

Lo arregló todo y, mojado del agua que le chorreaba sobre su gabán de cuero, filtrándosele por el cuello y por las aberturas de las botas, pero en excelente estado de ánimo, regresó a casa por la tarde.

El tiempo empeoró más aún por la noche. El granizo castigaba de tal modo al caballo, ya empapado, que el animal marchaba de lado, sacudiendo la cabeza y las orejas.

Pero Levin se sentía a gusto bajo su capucha y miraba alegremente, ora los turbios arroyos que corrían por las rodadas, ora las gotas de lluvia que pendían de cada ramita seca, ora las manchas blancas del granizo no fundido sobre las tablas del puente, ora las hojas, abundantes aún, de los olmos, que rodeaban de una capa espesa los troncos desnudos.

A pesar del tono sombrío de la naturaleza circundante, Levin se sentía agradablemente excitado. Su conversación con los labriegos en el pueblo lejano le había mostrado que iban acostumbrándose al nuevo orden de cosas.

El viejo guarda en cuya casa entró Levin a secarse parecía aprobar el actual sistema y hasta se ofreció para entrar como consocio en la compra de animales de labor.

«Insistiendo con tenacidad en mi fin, lo conseguiré», pensaba Levin. «Hay que trabajar. No es un interés personal, se trata del bien común. La manera de trabajar las tierras y la situación de todo el pueblo deben cambiar. En vez de pobreza habrá riqueza y bienestar generales; en vez de enemistades, unión y comunidad de intereses. En una palabra, será una revolución incruenta, pero una gran revolución, primero en nuestro pequeño distrito provincial, luego en la provincia, más tarde en Rusia y en todo el mundo. Porque una idea justa no puede ser infructuosa. Sí, por tal fin vale la pena trabajar. Y esto lo hago yo, Kostia Levin, el mismo que fue al baile con corbata negra y a quien la princesa Scherbazky negó su mano; y el hecho de que sea un hombre tan insignificante y lastimoso nada significa. Estoy seguro de que también Franklin se sentía pequeño y no confiaba en sí mismo al recordar lo poco que era. No: esto no significa nada. También Franklin tenía seguramente su Agafia Mijailovna a la que confiaba sus secretos.»

Absorto con estas ideas, Levin llegó a casa ya oscurecido.

El encargado había ido a ver al comprador del trigo y venía con parte del dinero. El trato con el guarda había quedado cerrado y por el camino el encargado supo que en todas partes el trigo estaba aún sin recolectar, así que los ciento sesenta almiares propios que habían quedado sin recoger no eran nada comparados con lo que tenían los demás.

Levin, como siempre, después de comer se sentó en la butaca con su libro y, mientras leía, continuó pensando en el viaje que iba emprender relacionado con su obra. Hoy veía con especial claridad toda la importancia de su empresa, y la esencia de sus pensamientos se iba traduciendo en su cerebro en redondos períodos, en frases concretas.

«Tengo que apuntarlo», pensó. «Esto constituirá la breve introducción que antes he considerado innecesaria.»

Se levantó para acercarse a su mesa escritorio y «Laska», que estaba tendida a sus pies, se levantó también, estirándose, y le miró como preguntándole adónde tenía que ir.

No tuvo tiempo de apuntar nada, porque llegaron los capataces y Levin tuvo que salir al recibidor para hablar con ellos.

Después de darles órdenes para el día siguiente fue a su despacho y empezó a trabajar. «Laska» se acomodó a sus pies y Agaña Mijailovna se sentó en su puesto de siempre a hacer calceta.

Después de escribir un rato, Levin recordó de pronto a Kitty con extraordinaria claridad, evocando su negativa y su último encuentro, y con este recuerdo se levantó y empezó a pasearse por la estancia.

–Está usted aburriéndose –dijo Agafia Mijailovna–. ¿Por qué se queda en casa? Habría hecho bien en irse a las aguas, puesto que tiene el viaje preparado.

–Me voy pasado mañana. Pero antes tengo que dejar arreglados mis asuntos de aquí.

–¿Qué asuntos? ¿Le parece poco lo que ha hecho por los campesinos? ¡Por algo dicen que su señor va a recibir una buena recompensa del Zar! Pero ¡qué raro es que se preocupe usted de ellos!

–No me preocupo sólo de ellos; hago también una cosa útil para mí.

Agafia Mijailovna conocía con detalle todos los planes de Levin sobre su finca. Él le explicaba a menudo minuciosamente sus pensamientos y a veces discutía con ella cuando no estaban de acuerdo. Pero ahora Agafia Mijailovna había dado a sus palabras una interpretación muy diferente al sentido con que él las pronunció.

–Sabido es que de aquello que uno debe preocuparse más es de su alma –dijo suspirando–. Pero, mire, Parfen Denisich, que no sabía leer ni escribir, murió hace poco con una muerte que así nos mande Dios a todos –y añadió, refiriéndose a aquel criado fallecido recientemente–: Le confesaron y le dieron la extremaunción.

–No me refiero a eso –repuso Levin–. Digo que trabajo por mi propio provecho. Cuanto mejor trabajen los campesinos más gano yo.

–Haga usted lo que quiera: el perezoso continuará en su pereza. El que tiene conciencia trabaja bien. Si no la tiene, es inútil hacer nada.

–Pues usted misma dice que Iván cuida mejor ahora los animales.

–Una cosa le digo –respondió Agafia Mijailovna, y se notaba que no lo decía por azar, sino que era el fruto de un pensamiento muy madurado–. Necesita usted casarse. Eso es lo que tiene que hacer.

Que ella mencionase lo que él pensaba en aquel momento lo disgustó y enojó.

Arrugó el entrecejo y, sin contestarle, comenzó de nuevo a trabajar, repitiéndose cuanto pensaba sobre la trascendencia de aquel trabajo.

De vez en cuando escuchaba, en el silencio, el rumor de las agujas de Agafia Mijailovna que le llevaban a recordar lo que no quería. Y fruncía de nuevo las cejas.

A las nueve se oyó un ruido de campanillas y el sordo traqueteo de un carruaje avanzando por el barro.

–Vaya, ya tiene usted visitas. Así no se aburrirá tanto –––dijo Agafia Mijailovna dirigiéndose a la puerta.

Pero Levin se adelantó. Su trabajo no prosperaba de momento y se alegraba de que llegase un visitante, fuera quien fuera.