Ana Karenina IV: Capítulo IX

De Wikisource, la biblioteca libre.
Saltar a: navegación, buscar

Ana Karenina
Cuarta parte: Capítulo IX
de León Tolstoi


Eran más de las cinco y ya estaban presentes algunos invitados cuando llegó el dueño de la casa. Entró con Sergio Ivanovich Kosnichev y con Peszov, que en aquel momento se habían encontrado en la puerta. Como Oblonsky decía, eran los dos principales representantes de la intelectualidad de Moscú, y ambos gozaban de mucho respeto por su carácter a inteligencia.

Se estimaban mutuamente, pero eran contrarios casi en todo. Nunca estaban de acuerdo, y no por pertenecer a distintas corrientes de ideas, sino precisamente por sustentar las mismas. Los enemigos de su partido les consideraban iguales. Pero dentro de su partido cada uno tenía su propio matiz. Y como nada hay más difícil que entenderse en cuestiones casi abstractas, jamás coincidían en sus ideas, aunque estaban acostumbrados, desde mucho tiempo atrás, a reírse mutuamente, sin enfadarse, del error en que cada uno consideraba al otro.

Entraban, hablando del tiempo, cuando Oblonsky les alcanzó. En el salón estaban ya el príncipe Alejandro Dmitrievich Scherbazky, el joven Scherbazky, Turovzin, Kitty y Karenin. Esteban Arkadievich observó en seguida que, sin su presencia, la conversación languidecía. Daria Alejandrovna, vestida de seda gris, estaba evidentemente preocupada por los niños, que comían solos en su cuarto; pero lo estaba sobre todo por la tardanza de su marido, ya que ella no sabía organizar bien aquellas reuniones. Todos estaban allí, según la expresión del viejo Príncipe, como muchachas en visita, sin comprender el motivo que les reunía y esforzándose en buscar palabras para no permanecer mudos.

El bondadoso Turovzin se encontraba, y ello se veía en seguida, fuera de su ambiente, y sonreía con sus labios gruesos, mirando a Oblonsky, como diciéndole:

«¡Vaya, hombre! Me has traído a una sociedad de sabios... Ya sabes que mi especialidad es ir a echar un trago o asistir al Château des Fleurs ...»

El anciano Príncipe callaba, mirando de soslayo a Karenin con sus ojos brillantes. Esteban Arkadievich adivinó que ya había inventado alguna palabra con la que pasmar a aquel personaje para ver al cual se invitaba a la gente, como si se tratara de comer esturión.

Kitty miraba hacia la puerta, preocupada por no ruborizarse cuando apareciera Levin. El joven Scherbazky, a quien no habían presentado a Karenin, procuraba demostrar que ello le era completamente indiferente.

Karenin, según la costumbre pertersburguesa en las comidas donde figuraban señoras, llevaba frac y corbata blanca. Oblonsky comprendió por su rostro que sólo acudía por cumplir su palabra, y que concurriendo a la reunión lo hacia como quien cumple un deber penoso.

El era, pues, el causante de la impresión glacial que sintieron los invitados hasta la llegada del anfitrión.

Esteban Arkadievich al entrar en el salón, disculpó su ausencia afirmando que le había retenido cierto príncipe a quien todos conocían, que era como el testaferro de todos sus retrasos y faltas.

En seguida, en un momento, presentó a todos, procurando relacionar a Karenin con Sergio Kosnichev e iniciando una charla sobre la rusificación de Polonia en la que ambos se enzarzaron inmediatamente, así como Peszov. Dio una palmada en el hombro a Turovzin, le cuchicheó algo muy gracioso al oído y le sentó entre su mujer y el Príncipe.

Después dijo a Kitty que estaba muy bonita aquel día y presentó a Karenin y Scherbazky. Tan bien se arregló, que un momento después el salón tenía un aire agradable y las voces sonaban alegres y animadas.

Sólo faltaba Constantino Levin. Pero su falta resultó aún beneficiosa, porque, al dirigirse Esteban Arkadievich al comedor, donde le encontró, se dio cuenta al mismo tiempo de que el oporto y el jerez que habían traído eran de la casa Desprês y no de Levé, y ordenó que el cochero fuese en seguida a esta casa para que trajesen vinos.

–¿Me he retrasado? –preguntó Levin, a Oblonsky, mientras se dirigían al salón.

–¿Acaso es posible que no lo retrases alguna vez? –repuso su amigo cogiéndole del brazo.

–¿Tienes muchos invitados? ¿Quiénes son? –preguntó Levin sonrojándose a su pesar y quitándose con el guante la nieve de su gorro de piel.

–Todos son conocidos. Está Kitty también. Ven, que te presente a Karenin.

A pesar de su liberalismo, Oblonsky sabía que a todos halagaba conocer a su cuñado, y por esto se esforzaba en proporcionar a sus mejor amigos, presentándoselo, un placer que Levin no estaba en aquel momento en condiciones de apreciar plenamente.

No había visto a Kitty, fuera del momento en que la entreviera en el camino de Erguchovo, desde aquella infausta noche en que se había encontrado con Vronsky. En el fondo de su alma sabía que hoy iba a verla aquí. Pero, tratando de defender la libertad de sus pensamientos, insistía en decirse a sí mismo que no lo sabía.

Ahora, al enterarse de que en efecto estaba, sintió tal alegría y tal temor a la vez que se le cortó la respiración y no supo decir lo que quería.

«¿Cómo será ahora? ¿Estará como antes o como la vi en el coche? ¿Será verdad lo que me dijo Daria Alejandrovna?», pensaba.

–Sí; haz el favor de presentarme a Karenin –logró decir al fin. Y con paso desesperadamente decidido, penetró en el salón y la vio.

Kitty no era ya la muchacha de antes; no era la que había visto en el coche, sino completamente distinta.

Parecía avergonzada, temerosa, tímida, y por ello más bella aún. Ella divisó a Levin en el mismo momento en que entraba en el salón. Le esperaba. Se alegró y su alegría la turbó hasta tal extremo, que hubo un momento, precisamente aquel en que Levin se dirigía hacia la dueña de la casa y la volvió a mirar, que a ella misma, a él y a Dolly, que los estaba observando, les pareció que no podía contenerse y que iba a ponerse a llorar.

Se ruborizó, palideció, volvió a ruborizarse y quedó inmóvil, con un ligero temblor en los labios, mirando a Levin. El se acercó, la saludó y le dio la mano en silencio. Sin aquel temblor de los labios y aquella humedad que hacía más vivo el brillo de sus ojos, la sonrisa de Kitty habría sido casi tranquila cuando le dijo:

–Hace mucho que no nos vemos.

Y, con el atrevimiento de la desesperación, apretó con su mano fría la de Levin.

–Usted a mí, no; pero yo a usted, sí –contestó él, con una sonrisa radiante de dicha–. La vi cuando iba desde la estación a Erguchovo.

–¿Cuándo? –preguntó ella sorprendida.

–Por el camino de Erguchovo –repuso Levin, sintiendo que la felicidad que le llenaba el alma ahogaba su voz. ¿Cómo había podido asociar la idea de algo que no fuese inocente y puro a aquella encantadora criatura?

«Sí; parece cierto lo que me dijo Daria Alejandrovna», pensó.

Esteban Arkadievich, cogiéndole del brazo, le acercó a Karenin.

–Permítanme presentarles –y enunció sus nombres.

–Celebro volver a verle –dijo Alexey Alejandrovich estrechando con frialdad la mano de Levin.

–¿Se conocen ustedes? –preguntó Oblonsky sorprendido.

–Hemos pasado juntos tres horas en el tren –aclaró Levin sonriendo–, pero salimos de él intrigados como de un baile de máscaras, al menos yo.

–¡Ah! No lo sabía –dijo Oblonsky, y añadió, señalando al comedor–: Pasen, hagan el favor.

Los hombres pasaron al comedor y se acercaron a la mesa de los entremeses, preparada a un lado, y en la que había seis clases de vodka, otras tantas de queso, con palillos de plata y sin ellos, caviar, arenques, conservas de todas clases y platos con pequeñas rebanadas de pan francés.

Todos permanecieron un rato ante la mesa, bebiendo el aromático vodka. La charla sobre la rusificación de Polonia, entre Kosnichev y Karenin, se calmó en espera de la comida.

Sergio Ivanovich sabía muy bien cambiar una conversación seria y elevada vertiendo en ella inesperadamente algunas gotas de sal ática, lo que hizo en esta ocasión, modificando así el estado de ánimo de sus interlocutores.

Alexey Alejandrovich opinaba que la rusificación de Polonia sólo se podía lograr mediante principios superiores introducidos por la administración rusa. Peszov sostenía que un pueblo sólo asimila a otro cuando está más poblado. Kosnichev reconocía una cosa y otra, pero con limitaciones. Y, cuando salían del salón, dijo, con una sonrisa para cerrar la discusión:

–Para la rusificación de Polonia, sólo hay un medio: poner en el mundo el mayor número posible de niños rusos. Mi hermano y yo obramos en ese sentido peor que nadie. Pero ustedes, señores casados, y sobre todo usted, Esteban Arkadievich, se portan como perfectos patriotas. ¿Cuántos hijos tiene usted

ahora? –preguntó, dirigiéndose con afable sonrisa al dueño de la casa y presentándole su copita para brindar con él.

Todos rieron, y Oblonsky más que ninguno.

–Sí; ése es el mejor medio –dijo, masticando el queso y vertiendo un vodka especial en la copa de uno de los invitados.

La discusión, en efecto, concluyó con aquella broma.

–No está mal este queso –dijo el anfitrión–. Permítanme que les ofrezca. ¿Has empezado otra vez a hacer gimnasia? ––dijo a Levin, palpándole con su mano izquierda los bíceps.

Este sonrió, contrajo el brazo y, entre los dedos de Esteban Arkadievich, se levantó un bulto, redondo como un queso, bajo el fino paño de la levita de su amigo.

–¡Menudos bíceps! ¡Eres un Sansón!

–Para cazar osos debe de necesitarse seguramente una fuerza poco común –dijo Karenin, que tenía una idea muy vaga de la caza, mientras untaba pan con queso, rompiendo, al hacerlo, la rebanada, delgada como una telaraña.

Levin sonrió.

–Ninguna. Al contrario. Hasta un niño puede matar un oso –dijo.

Y, haciendo un leve saludo, dejó paso a las señoras, que se acercaban a la mesa para tomar bocadillos.–Me han dicho que ha matado usted un oso –dijo Kitty, tratando en vano de pinchar con el tenedor una seta lisa y rebelde, y sacudiendo las puntillas entre las cuales brillaba su mano blanca–. ¿Hay osos en su propiedad? –añadió, volviendo a medias su hermosa cabecita y sonriendo.

Al parecer, nada había de extraordinario en lo que había dicho, pero ¡qué inexplicable significación palpitaba para él en cada sonido y cada movimiento de sus labios, de sus ojos, de su mano, al hablar! Había en ellos súplica de que la perdonara, confianza en él, caricia, una caricia suave y tímida, promesa esperanza... y amor, un amor que le anegaba en felicidad.

–No. He ido a la provincia de Tver. Al regreso encontré en el tren a su cuñado, o mejor dicho, al cuñado de su cuñado. Fue un encuentro divertido.

Y relató animadamente, divirtiéndole mucho, que, después de no haber dormido en toda la noche, se introdujo en el departamento de Karenin vistiendo su pelliza de piel de oveja.

–Al contrario del refrán , el revisor, viendo mi indumentaria, trató de impedirme el paso, pero empecé a soltar algunas expresiones algo fuertes... También usted –dijo Levin dirigiéndose a Karenin, cuyo nombre había olvidado– quiso primero hacerme salir, juzgándome por mi pelliza de piel de cordero. Pero luego intervino en mi favor y se lo agradecí profundamente.

–En general, los derechos de los viajeros a los asientos son muy inconcretos –repuso Alexey Alejandrovich limpiándose los dedos con el pañuelo.

–Yo notaba que usted estaba indeciso con respecto a mí –dijo Levin, riendo bonachón–. Por eso me apresuré a iniciar una charla culta para tratar de borrar el aspecto de mi zamarra.

Sergio Ivanovich, que hablaba con la dueña y atendía a medias a su hermano, le miró de reojo.

«¿Qué le pasará? Tiene el aspecto de un triunfador», pensó. Ignoraba que Levin sentía como si le crecieran alas. Sabía que Kitty oía sus palabras y que el oírlas la halagaba, y esto le absorbía completamente. Le parecía que no sólo en aquella estancia sino en todo el mundo, no existían más que dos seres: él, que había alcanzado ahora ante sí mismo una enorme trascendencia, y ella. Sentíase a una altura tal que experimentaba vértigos. Y abajo, muy abajo, parecíale ver a aquellos simpáticos y bondadosos amigos: los Karenin, los Oblonsky y todos los demás...

De un modo natural, sin reparar en ello, sin mirarles, como si no hubiese otro sitio donde ponerles, Esteban Arkadievich hizo sentar a Kitty y Levin uno al lado del otro a la mesa.

–Puedes sentarte aquí –dijo a Levin.

La comida fue tan buena como la vajilla, a la que Oblonsky era muy aficionado. La sopa Marie–Louise resultó excelente, las diminutas empanadillas, que se deshacían en la boca como agua, no tenían reproche. Dos lacayos y Mateo, con corbatas blancas, servían vinos y manjares sin que se reparase en ellos apenas, hábil y silenciosamente. Si la comida resultó bien en el aspecto material, no fue peor en lo espiritual. La conversación, ya generalizada, ya parcial, no cesaba. Al final de la comida, los hombres se levantaron de la mesa sin dejar de hablar, y hasta Karenin se animó.