Ana Karenina IV: Capítulo VI

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Ana Karenina
Cuarta parte: Capítulo VI
de León Tolstoi


Karenin obtuvo una brillante victoria en la sesión celebrada por la Comisión el 1 de agosto, pero las consecuencias de su victoria fueron muy amargas para él.

La nueva comisión que había de estudiar en todos sus aspectos el problema de los autóctonos, fue designada y enviada al terreno con la extraordinaria rapidez y energía propuesta por él, y a los tres meses redactó el informe.

La vida de los autóctonos fue estudiada allí en todos los sentidos: político, administrativo, económico, etnográfico, material y religioso. A cada pregunta se daban bien redactadas respuestas que no dejaban lugar a duda alguna, porque no eran producto del pensamiento humano, siempre expuesto al error, sino obra del servicio oficial.

Cada respuesta dependía de datos oficiales, de informes de gobernadores, obispos, jefes provinciales y superintendentes eclesiásticos, que se basaban a su vez en los datos de los alcaldes y curas rurales, de modo que las respuestas no podían ofrecer más garantías de verdad.

Preguntas como: «¿Por qué los interesados recogen malas cosechas?». O «¿Por qué los habitantes de esas regiones conservan su religión?» , que jamás habrían podido contestarse sin las facilidades dadas por la máquina administrativa y que permanecían incontestadas siglos enteros, recibieron ahora respuesta clara y definida. Y esa respuesta coincidía con las opiniones de Alexey Alejandrovich.

Pero Stremov, que en la última sesión se había sentido muy picado, al recibir los informes de la comisión apeló a una táctica inesperada para Karenin. Se pasó al partido de éste, arrastrando consigo a varios otros, y apoyó con calor las medidas propuestas por él, sugiriendo otras, más audaces aún, en el mismo sentido.

Tales medidas, más extremas que las defendidas por Karenin, fueron aprobadas, y entonces se descubrió la táctica de Stremov. Aquellas medidas extremas resultaron tan irrealizables en la práctica, que los políticos, la opinión pública, los intelectuales y los periódicos cayeron, unánimes, sobre ellas, expresando su indignación contra las medidas en sí y contra su propugnador, Alexey Alejandrovich.

Stremov, en tanto, se apartaba, aparentando haber seguido ciegamente el proyecto de su rival y sentirse ahora sorprendido y consternado por lo que ocurría.

Esto cortó las alas a Karenin. Pero, a despecho de su vacilante salud y de sus disgustos domésticos, no se daba por vencido. En la Comisión surgieron divisiones. Varios de sus miembros, con Stremov a la cabeza, se disculpaban de su error alegando haber creído en la Comisión que, dirigida por Karenin, había presentado el informe. Y sostenían que aquel informe no tenía ningún valor, que eran sólo deseos de malgastar papel inútilmente. Alexey Alejandrovich y otros que consideraban peligroso aquel punto de vista revolucionario en la manera de considerar los documentos oficiales, continuaban sosteniendo los datos aportados por la comisión inspectora.

Así que en los altos ambientes y hasta en la sociedad se produjo una gran confusión, y, aunque todos se interesaban mucho en el problema, nadie sabía a punto fijo si los autóctonos padecían o si vivían bien.

En consecuencia de esto y del desprecio que cayó sobre él por la infidelidad de su mujer, la posición de Alexey Alejandrovich volvió a ser muy insegura.

Entonces Karenin tuvo el valor de adoptar una resolución importantísima. Con sorpresa enorme de los comisionados declaró que iba a pedir permiso para ir personalmente a estudiar el asunto. Y, obteniendo, en efecto, el permiso, se trasladó a aquellas provincias lejanas.

Su marcha produjo gran revuelo, tanto más cuanto que, al marchar, devolvió oficialmente la cantidad que el Gobierno le había asignado para los gastos de viaje calculados teniendo en cuenta que habría de necesitar doce caballos.

–Eso me parece de una gran nobleza –decía Betsy, comentando el asunto con la princesa Miagkaya– ¿Por qué han de señalarse gastos de postas cuando es sabido que ahora puede irse a todas partes en ferrocarril?

La princesa Miagkaya no estaba conforme y la opinión de la Tverskaya casi la irritó.

–Usted puede hablar así porque posee muchos millones, pero a mí me conviene que mi marido salga de inspección durante el verano. A él le es agradable y le va bien para la salud; y a mí me vale para pagar el coche y tener otro alquilado.

Karenin, de paso para las provincias lejanas, se detuvo tres días en Moscú.

Al día siguiente de su llegada, fue a visitar al general gobernador. Pasaba por la encrucijada del callejón de Gazetny, rebosante siempre de coches particulares y de alquiler, cuando oyó que le llamaban por su nombre en voz tan alta y alegre que no pudo dejar de volver la cabeza.

Al borde de la acera, con un corto abrigo de moda, con un sombrero de copa baja también de moda, sonriendo satisfecho y mostrando los dientes blancos entre los labios rojos, estaba Esteban Arkadievich, joven y radiante, gritando con insistencia para que su cuñado mandase parar el coche.

Con la mano, Oblonsky sujetaba la portezuela de un carruaje detenido en la esquina, por cuya ventanilla aparecían la cabeza de una señora con sombrero de terciopelo y las cabecitas de dos niños. La señora sonreía bondadosamente y hacía también señas con la mano. Era Dolly con los niños.

Alexey Alejandrovich no deseaba ver a nadie en Moscú y menos que a nadie a su cuñado. Levantó el sombrero y quiso continuar; pero Esteban Arkadievich mandó al cochero de Karenin que parase y corrió hacia el coche sobre la nieve.

–¿No te da vergüenza no habernos avisado de tu llegada? ¿Desde cuándo estás aquí? Ayer pasé por el hotel Dusseau y vi en el tarjetero «Karenin», pero no pensé que fueras tú –dijo Oblonsky, introduciendo la cabeza por la portezuela del coche de su cuñado– de lo contrario, habría subido a verte. ¡Cuánto me alegro de encontrarte! –repetía, golpeando un pie contra otro, para sacudirse la nieve–. ¡Has hecho mal en no avisarnos! –insistió.

–No tuve tiempo. Estoy muy ocupado –repuso secamente Karenin.

–Vamos allá con mi mujer; tiene deseos de verte.

Karenin desplegó la manta en que se envolvía las heladas piernas, se apeó y, pisando la nieve, se acercó a Daria Alejandrovna.

–¿A qué es debido que nos eluda usted de esa manera, Alexey Alejandrovich? –preguntó Dolly sonriendo.

–Estuve muy ocupado. Celebro verla –repuso él con tono que indicaba claramente que sentía lo contrario–. ¿Cómo está usted?

–Bien. ¿Y nuestra querida Ana?

Alexey Alejandrovich murmuró unas palabras confusas excusándose y trató de alejarse. Pero Esteban Arkadievich le retuvo.

–¿Qué haremos mañana? ¡Ya! Dolly: invítale a comer. Llamaremos a Kosnichev y a Peszov y así conocerá a la intelectualidad moscovita.

–Venga, por favor –dijo Dolly–. Le esperamos a las cinco o a las seis. Cuando quiera. Pero, ¿cómo está mi querida Ana? Hace tanto tiempo que...

–Está bien –contestó Alexey Alejandrovich–. Encantado de verla...

Y se dirigió a su coche.

–¿Vendrá usted? –le gritó Dolly.

Karenin murmuró algo que ella no pudo distinguir entre el ruido de los coches.

–¡Iré a verte mañana! –gritó a su vez Esteban Arkadievich.

Alexey Alejandrovich se hundió en su coche de tal modo que no pudiese ver a nadie ni le viesen a él.

–¡Qué hombre tan raro! –dijo Oblonsky a su mujer.

Miró el reloj, hizo un movimiento con la mano ante el rostro, significando que la saludaba cariñosamente a ella y a sus hijos, y se alejó por la calle con su paso fanfarrón.

–¡Stiva, Stiva! –le llamó Dolly ruborizándose.

Su marido volvió la cabeza.

–Hay que comprar abrigos a Gricha y Tania. Dame dinero.

–Es igual. Di que ya los pagaré yo.

Y desapareció saludando alegremente con la cabeza a un conocido que pasaba en coche.



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