Ana Karenina IV: Capítulo XII

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Ana Karenina
Cuarta parte: Capítulo XII
de León Tolstoi


En la conversación que se había iniciado sobre los derechos de la mujer, surgían puntos delicados, relativos a la desigualdad que existía entre los cónyuges en el matrimonio, cuestiones que era difícil tratar en presencia de las señoras. Peszov durante la comida tocó más de una vez aquellos puntos, pero Sergio Ivanovich y Esteban Arkadievich desviaron siempre con mucho tacto la conversación.

Cuando se levantaron de la mesa y las señoras salieron del comedor, Peszov no las siguió y se dirigió a Karenin exponiéndole el motivo esencial de aquella desigualdad, que consistía, según él, en que las infidelidades de marido y mujer se castigan de modo distinto por la ley y por la opinión pública.

Esteban Arkadievich se acercó precipitadamente a su cuñado ofreciéndole tabaco.

–No fumo –repuso Karenin con calma.

–Creo que las bases de esa opinión están en la esencia misma de las cosas –dijo.

E intentó pasar al salón, pero en aquel momento Turovzin le habló inesperadamente.

–¿Sabe usted lo de Prianichnikov? –preguntó, sintiéndose animado ya por el champaña a romper el silencio en que hacía rato permaneciera–. Me han contado –siguió, sonriendo bonachonamente con sus labios húmedos y rojos y dirigiéndose a Karenin, como invitado de más respeto– que Vasia Prianichnikov se ha batido en Tver con Kritsky y le ha matado.

Oblonsky observaba que, así como todos los golpes van siempre al dedo lastimado, hoy todo iba a parar al punto dolorido de Karenin. Trató de llevarle fuera, pero su cuñado preguntó:

–¿Por qué se ha batido Prianichnikov?

–Por culpa de su mujer. ¡Se comportó como un hombre! Desafió al otro y le mató.

–¡Ah! –murmuró Alexey Alejandrovich. Y arqueando las cejas pasó al salón.

–Me alegro de que haya venido hoy –dijo Dolly, que le encontró en la pequeña antesala contigua–. Quiero hablarle. Sentémonos aquí.

Karenin, siempre con aquella expresión indiferente que le daban sus cejas arqueadas, sonrió y se sentó junto a Daria Alejandrovna.

–Muy bien –dijo–, porque precisamente quería pedirle perdón por no haberla visitado antes y despedirme de usted. Me voy de viaje mañana.

Dolly creía en la inocencia de Ana y en su palidez se adivinaba que estaba irritada contra aquel hombre frío e indiferente que con tanta tranquilidad iba a causar la ruina de su inocente cuñada.

–Alexey Alejandrovich –dijo, con desesperada decisión mirándole a los ojos–. Le he preguntado por Ana y no me ha contestado. ¿Cómo está?

–Creo que bien, Daria Alejandrovna –contestó Karenin sin mirarla.

–Perdone, Alexey Alejandrovich. No tengo derecho a... Pero quiero y respeto a Ana como a una hermana. Le pido... le ruego que me diga lo que ha pasado entre ustedes. ¿De qué la acusa?

Karenin arrugó el entrecejo, entornó los ojos a inclinó la cabeza.

–Supongo que su marido le habrá explicado los motivos por los cuales quiero cambiar mis relaciones con Ana Arkadievna –dijo, siempre sin mirar a Dolly, y dirigiendo la vista sin querer al joven Scherbazky, que pasaba por el salón.

–No creo, no puedo creer que... –pronunció Dolly, uniendo sus manos huesudas en un ademán enérgico–. Aquí nos molestarán. Pase a este otro cuarto, haga el favor –dijo, levantándose y poniendo la mano en la manga de Karenin.

La emoción de Dolly influyó en Alexey Alejandrovich. Levantándose, la siguió sumisamente al cuarto de estudio de los niños.

Se sentaron ante la mesa cubierta de hule rasgado por todas partes por los cortaplumas.

–No lo creo, no lo creo –insistió Dolly, procurando fijar la mirada huidiza de Karenin.

–Es imposible no creer en los hechos, Daria Alejandrovna –respondió Alexey Alejandrovich, recalcando la palabra «hechos».

–¿Qué le ha hecho? ¿Qué ha hecho Ana? –preguntó Dolly.

–Olvidar sus deberes y traicionar a su marido. Eso ha hecho.

–Es imposible. ¡Ha debido usted engañarse! –dijo Dolly cerrando los ojos y llevándose las manos a las sienes.

Karenin sonrió fríamente, sólo con los labios, queriendo probar a Dolly y a sí mismo la firmeza de su convicción; pero aquella calurosa defensa de su mujer, aunque no le hacía vacilar, abría de nuevo la herida de su alma, y se puso a hablar con gran excitación.

–Es imposible equivocarse cuando la propia mujer se lo confiesa al marido, añadiendo que los ocho años de vida conyugal y el hijo que tiene han sido un error, y que desea empezar una nueva vida –concluyó enérgicamente, produciendo al hablar un sonido nasal.

–Me resulta imposible, no puedo creerlo... ¡Ana y el vicio unidos! ¡Oh!

–Daria Alejandrovna –dijo Karenin, mirando ahora de frente el rostro bondadoso y conmovido de Dolly y sintiendo que su lengua adquiría más libertad–, habría dado cualquier cosa por poder seguir dudando.

Mientras dudaba sufría, pero no tanto como ahora. Cuando dudaba, tenía esperanzas. Ahora ya nada espero; y, a pesar de todo, nuevas dudas se han añadido a las que sentía y he llegado a odiar a mi hijo, a querer incluso pensar que no es mío. Soy muy desgraciado.

Sobraba decirlo. Dolly lo comprendió en cuanto Karenin la miró a la cara. Sintió lástima de él y su fe en Ana vaciló.

–¡Es horrible, horrible! ¿Y es cierto que se ha decidido usted por el divorcio?

–Estoy decidido a ese recurso extremo. No cabe hacer otra cosa.

–¡Que no cabe hacer otra cosa! ¡Que no cabe hacerla! –murmuró ella, con lágrimas en los ojos.

–Lo terrible de esta desgracia es que no se pueda, como en otros casos, incluso la muerte, soportar la cruz. Aquí hay que obrar –dijo él, adivinando el pensamiento de Dolly–. Hay que salir de la situación humillante en que le ponen a uno. Es imposible compartir con otro...

–Comprendo, comprendo bien –repuso Dolly bajando los ojos. Y calló, pensando en sí misma, en sus dolores familiares. Pero, de pronto, con ademán enérgico, alzó la cabeza y juntó las manos implorándole–: Escuche: usted es cristiano. Piense en ella. ¿Qué será de Ana si la abandona?

–Ya lo he pensado, y mucho, Daria Alejandrovna–dijo Karenin, cuyo rostro se había cubierto de manchas rojas y cuyos ojos turbios la miraban de frente. Dolly ahora le tenía compasión–. Lo hice después de que ella misma me hubo anunciado mi deshonra. Lo dejé todo como estaba, le di la posibilidad de enmendarse, de guardar las apariencias –siguió, exaltándose–. Es posible salvar al que no quiere perderse, pero si una naturaleza es tan viciosa y está tan corrompida que hasta la misma perdición le parece una salvación, ¿qué se puede hacer?

–Todo, menos divorciarse.

–¿Qué es todo?

–¡Es horrible! Ana no será la esposa de ninguno. ¡Se perderá!

–¿Y qué puedo hacer? –repuso Alexey Alejandrovich levantando las cejas y los hombros.

Y el recuerdo de la última falta de su mujer le irritó tanto que recobró su frialdad del principio de la conversación.

–Agradezco mucho su simpatía, pero tengo que irme ––dijo levantándose.

–Espere. No debe usted causar la perdición de Ana. Quiero hablarle de mí misma. Me casé y mi marido me engañaba. Enojada y celosa quise abandonarlo todo, marcharme... Pero recobré el buen sentido... ¿y sabe quién me salvó? La propia Ana. Ahora ya ve: voy viviendo, los niños crecen, mi marido vuelve al hogar, reconoce su falta, es cada vez mejor, y yo... He perdonado y usted debe perdonar también.

Karenin la escuchaba, pero aquellas palabras no despertaban en él eco alguno. En su alma se elevaba otra vez la ira del día en que resolviera divorciarse. Se recobró, Y exclamó, con voz fuerte y vibrante:

–No quiero ni puedo perdonarla; lo considero injusto. Lo he hecho todo por esa mujer y ella lo ha pisoteado todo en el barro, en ese barro que es el elemento natural de su alma. No soy malo. No he odiado a nadie jamás, pero a ella la odio con toda el alma, y el odio inmenso que le tengo por todo el mal que me ha causado me impide perdonarla –concluyó, con la voz sofocada por un sollozo de cólera.

–Amad a los que os odian –murmuró Dolly tímidamente.

Karenin sonrió con desprecio. Conocía la máxima hacía mucho, pero sabía que no convenía a su caso.

–Podemos muy bien amar a los que nos odian, pero a los que nosotros odiamos no. Perdóneme haberle causado este sufrimiento. Cada uno tiene bastante con sus propias penas.

Y, recobrando el dominio de sí mismo, Alexey Alejandrovich se despidió tranquilamente y se fue.