Ana Karenina IV: Capítulo XVIII

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Ana Karenina
Cuarta parte: Capítulo XVIII
de León Tolstoi


Después de su conversación con Karenin, Vronsky salió a escalera y se detuvo, sin darse cuenta apenas de dónde estaba ni a dónde debía ir.

Se sentía avergonzado, culpable, humillado y sin posibilidades de lavar aquella humillación. Se veía lanzado fuera del camino que siguiera hasta entonces tan fácilmente y con tanto orgullo. Sus costumbres y reglas de vida, que siempre creyera tan firmes, se convertían de pronto en falsas a inaplicables.

El marido engañado, que hasta aquel momento le pareciera un ser despreciable, un estorbo incidental –y un tanto ridículo– de su dicha, era elevado de pronto por la propia Ana a una altura que inspiraba el máximo respeto, apareciendo repentinamente, no como malo, o falso, o ridículo, sino como bueno, sencillo y lleno de dignidad.

Vronsky no podía dejar de reconocerlo. Sus papeles respectivos, súbitamente, habían cambiado. Vronsky veía la elevación del otro y su propia caída; comprendía que Karenin tenía razón y él no. Tenía que admitir que el marido mostraba grandeza de alma hasta en su propio dolor y que él era bajo y mezquino en su engaño.

Pero esta conciencia de su inferioridad ante el hombre que antes despreciara injustamente constituía la parte mínima de su pena. Se sentía incomparablemente más desgraciado ahora, porque su pasión por Ana, que últimamente parecíale que empezaba a enfriarse, ahora, al saberla perdida, se hacía más fuerte que nunca.

La vio durante toda su enfermedad tal como era, leyó en su alma y le pareció que nunca hasta entonces la había amado. Y ahora, precisamente ahora, cuando la conocía bien, quedaba humillado ante ella y la perdía,

dejándole de él sólo un recuerdo vergonzoso. Lo más terrible de todo fue su posición humillante y ridícula cuando Karenin separó sus manos de su rostro avergonzado.

De pie en la escalera de la casa de los Karenin, Vronsky no sabía qué hacer.

–¿Mando buscar un coche? –le preguntó el portero.

–Sí... un coche.

Una vez en casa, fatigado después de las tres noches que llevaba sin dormir, Vronsky se tendió boca abajo en el diván apoyándose sobre los brazos. Le pesaba la cabeza. Los más extraños recuerdos, pensamientos a imágenes se superponían con extraordinaria rapidez y claridad: ora la poción que daba a la enferma, y de la que llenó en exceso la cuchara; ora las manos blancas de la comadrona; ora la extraña actitud de Karenin arrodillado ante el lecho.

«Quiero dormir y olvidar», se dijo con la tranquila convicción de un hombre sano seguro de que si resuelve dormirse lo conseguirá inmediatamente.

Y, en efecto, en aquel mismo instante todo se confundió en su cerebro y comenzó a hundirse en el precipicio del olvido. Las olas del mar de la vida comenzaban en su inconsciencia a cerrarse sobre su cabeza, cuando de repente pareció como si la descarga de una fuerte corriente eléctrica atravesara su cuerpo.

Se estremeció de tal modo que hasta dio un salto sobre los muelles del diván y, al buscar un punto de apoyo, quedó de rodillas, asustado. Tenía los ojos muy abiertos y parecía que no hubiera llegado a dormirse. La pesadez de cabeza y la flojedad muscular que sintiera un momento antes desaparecieron repentinamente.

«Puede usted pisotearme en el barro ...»

Oía las palabras de Alexey Alejandrovich y le veía ante sí; veía el rostro febril y ardiente de Ana, con sus ojos brillantes, que miraban con amor y dulzura, no a él, sino a Alexey Alejandrovich; veía su propia figura, estúpida y ridícula, como sin duda había aparecido en el momento en que Karenin le apartara las manos del rostro.

Estiró las piernas de nuevo, se acomodó sobre el diván en la misma postura de antes y cerró los ojos.

«Quiero dormir, dormir...», se repitió. Pero con los ojos cerrados veía el rostro de Ana más claramente aún, tal como lo tenía en la tarde memorable para él de las carreras.

«Esos días no volverán más, nunca mis... Ella quiere borrarlos de su recuerdo. ¡Y yo no puedo vivir sin ellos! ¿Cómo reconciliarnos, cómo?», pronunció Vronsky en voz alta, y repitió varias veces aquellas palabras inconscientemente. Haciéndolo, impedía que se presentasen los nuevos recuerdos e imágenes que le parecía sentir acumularse en su mente. Pero la repetición de aquellas palabras sólo pudo contener por un breve instante el vuelo de su imaginación. De nuevo aparecieron en su mente, uno tras otro, con extrema rapidez, los momentos felices y junto con ellos su reciente humillación.

«Apártale las manos», decía la voz de Ana. Alexey Alejandrovich se las apartaba y sentía la expresión ridícula y humillante de su propio rostro.

Continuaba tendido en el diván, tratando de dormir, aunque estaba convencido de que no lo conseguiría, y repetía en voz baja las palabras de cualquier pensamiento casual, intentando evitar así que aparecieran nuevas imágenes. Prestaba atención y oía el murmullo extraño, enloquecedor, de las palabras que iba repitiendo:

«No supiste apreciarla, no has sabido hacerte valer, no supiste apreciarla, no has sabido hacerte valer...»

«¿Qué es esto?», se preguntó. «¿Es que me estoy volviendo loco? Puede ser... ¿Por qué enloquece la gente y por qué se suicida sino por esto?», se contestó.

Abrió los ojos, vio junto a su cabeza el almohadón bordado obra de Varia, la esposa de su hermano. Tocó el borlón de la almohada y se esforzó en recordar a Varia, queriendo precisar cuándo la había visto por última vez.

Pero cualquier esfuerzo por pensar le era doloroso. «No; debo dormirme», decidió. Acercó el almohadón de nuevo y apoyó la cabeza en él, y procuró cerrar los ojos, cosa que no podía conseguir sino con gran esfuerzo. Se levantó de un salto y se sentó.

«Eso ha terminado para mí», pensó. «Debo reflexionar en lo que me conviene hacer. ¿Qué me queda?»

Y su pensamiento imaginó rápidamente todo lo que sería su vida separado de Ana.

«¿La ambición, Serpujovskoy, el gran mundo, la Corte?»

No pudo fijar el pensamiento en nada. Todo aquello tenía importancia antes, pero ahora carecía de ella por completo.

Se levantó del diván, se quitó la levita, se aflojó el cinturón y, descubriendo su velludo pecho, para poder respirar con más facilidad, comenzó a pasear por la habitación.

«Así se vuelve loca la gente», repitió, «y así se suicidan los hombres... para no avergonzarse ...» , añadió lentamente.

Se acercó a la puerta y la cerró. Luego, con la mirada fija y los dientes apretados, se acercó a la mesa,

cogió el revólver, lo examinó, volvió hacia él el cañón cargado y se sintió invadido por una profunda tristeza. Como cosa de dos minutos permaneció inmóvil y pensativo, con el revólver en la mano, la cabeza baja y en el rostro la expresión de un inmenso esfuerzo de concentración mental.

«Está claro», se dijo, como si el curso de un pensamiento lógico, nítido y prolongado le hubiese llevado a una conclusión indudable. En realidad, aquel «está claro» sólo fue para él la consecuencia de la repetición de un mismo círculo de recuerdos a imágenes que pasaran por su mente decenas de veces en aquella hora. Eran los mismos recuerdos de su felicidad, perdida para siempre, la misma idea de que todo carecía de objeto en su vida futura, la misma conciencia de su humillación. Era siempre una sucesión idéntica de las mismas imágenes y sentimientos.

«Está claro», repitió cuando su cerebro hubo recorrido por tercera vez el círculo mágico de recuerdos y pensamientos.

Y aplicando el revólver a la parte izquierda de su pecho, con un fuerte tirón de todo el brazo, apretando el puño de repente, Vronsky oprimió el gatillo.

No sintió el ruido del disparo, pero un violento golpe en el pecho le hizo tambalearse. Trató de apoyarse en el borde de la mesa, soltó el revólver, vaciló y se sentó en el suelo, mirando con sorpresa en tomo suyo. Visto todo desde abajo, las patas curvadas de la mesa, el cesto de los papeles y la piel de tigre, no reconocía su habitación.

Oyó los pasos rápidos y crujientes de su criado cruzando el salón y se recobró. Hizo un esfuerzo mental, comprendió que estaba en el suelo y, al ver la sangre en la piel de tigre y en su brazo, recordó que había disparado sobre sí mismo.

«¡Qué estupidez! No apunté bien», murmuró, buscando el arma con la mano. El revólver estaba a su

lado, pero él lo buscaba más lejos. Continuando su busca, se estiró hacia el lado opuesto, no pudo guardar el equilibrio y cayó desangrándose.

El elegante criado con patillas, que más de una vez se había quejado ante sus amigos de la debilidad de sus nervios, se asustó tanto al ver a su señor tendido en el suelo que corrió a buscar ayuda, dejándole entre tanto perder más y más sangre.

Al cabo de una hora llegó Varia, la mujer del hermano de Vronsky, y con ayuda de tres médicos, a los que envió a buscar a distintos sitios y que llegaron todos a la vez, instaló al herido en el lecho y se quedó en su casa para cuidarle.