Ana Karenina V: Capítulo IV

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Ana Karenina
Quinta parte: Capítulo IV
de León Tolstoi


–¡Ya han llegado! –¡Ya están! –¿Quién es? –¿Aquél, el más joven? –Y ella, la pobrecita está más muerta que viva... –Estas exclamaciones brotaban de la multitud, cuando Levin, uniéndose a la novia en la entrada, penetró con ella en la iglesia.

Esteban Arkadievich contó a su mujer la causa del retraso. Los invitados sonreían, haciendo comentarios a media voz. Levin no veía a nadie ni nada. Miraba a su novia sin apartar los ojos de ella.

Todos afirmaban que la joven estaba muy desmejorada desde estos últimos días, y que con la corona estaba menos bella que de costumbre, pero Levin no lo creía así.

Miraba el alto peinado de Kitty, con su largo velo blanco, con blancas flores; miraba la alta gorguera que, con singular gracia virginal, cubría los lados de la garganta, dejando al descubierto la parte delantera; miraba su cintura finísima y le parecía su novia más hermosa que nunca, no porque las flores, el velo y el vestido traído de París añadieran nada a su belleza, sino porque, pese al artificial esplendor de su atavío, la expresión de su querido rostro, de su mirada, de sus labios, era la misma ingenua sinceridad de siempre.

–Empezaba ya a creer que te habías escapado –dijo Kitty sonriéndole.

–Me ha pasado una cosa tan necia que me avergüenza referírtela –dijo él.

Y se dirigió a Sergio Ivanovich, que se le acercaba.

–¡Vaya una historia esa de la camisa! –dijo éste a su hermano, moviendo la cabeza y sonriendo.

–Sí, sí –contestó Levin sin comprender lo que le decían.

–Hay que tomar una decisión, Kostia –intervino Esteban Arkadievich, con aire de fingida preocupación– acerca de un asunto muy importante. Me preguntan si encienden cirios nuevos o ya quemados.

Y, plegando los labios en una sonrisa, añadió:

–La diferencia es de diez rublos. Yo he resuelto ya, pero temo que no estés conforme...

Levin, comprendiendo que se trataba de una broma, sonrió.

–Ea, ¿quemados o no? Es cosa muy importante.

–Sí, sí, nuevos...

–¡Oh, encantados! ¡Cosa resuelta! –dijo, sonriendo, Oblonsky–. Pero ¡cómo se atonta la gente en estos casos! –comentó, dirigiéndose a Chirikov, mientras Levin le miraba desconcertado y se volvía hacia su novia.

–Pon atención en ser la primera en pisar la alfombra, Kitty –aconsejó la condesa Nordson acercándose–. ¡Vaya unas bromas que gasta usted! –afirmó dirigiéndose a Levin.

–¿Estás muy impresionada? –preguntó María Dmitrievna, la anciana tía.

–¿Sientes frío? Estás pálida... Aguarda; inclínate un poco –dijo Lvova, la hermana de Kitty.

Y, con un ademán circular de sus hermosos y redondos brazos, arregló las flores de la cabeza de la novia y la miró sonriendo.

Dolly, se acercó, quiso decir algo, pero no pudo pronunciar ni una palabra, y se puso a llorar, y en seguida después rió, aunque sin naturalidad.

Kitty contemplaba a todos con los mismos ojos abstraídos de Levin.

Entre tanto, los clérigos se revestían con sus hábitos sacerdotales, y el sacerdote, acompañado por el diácono, salieron al analoy, levantado en el atrio de la iglesia, mientras aquél se dirigió a Levin y le dijo algo que éste no entendió.

–Dé usted la mano a la novia y condúzcala al altar –le dijo el testigo.

Levin, durante un momento, no pudo entender lo que le indicaban que hiciera. O bien cogía a Kitty con la mano que no debía, o le tomaba la izquierda en vez de la derecha.

Sus amigos, que le corregían constantemente, viendo que sus indicaciones resultaban inútiles, estaban ya por dejar que se las compusiera como mejor supiera cuando él comprendió finalmente que tenía que coger la de la novia sin cambiar de posición. Entonces el sacerdote dio algunos pasos ante ellos y se detuvo frente al analoy.

Los parientes y conocidos les siguieron, entre cuchicheos y rumor de roces de vestidos.

Alguien, agachándose, arregló la cola del traje de la novia. Luego se hizo en la iglesia tal silencio que se sentía hasta el caer de las gotas de cera de los cirios.

El sacerdote, un anciano, con el solideo, con los mechones de plata de sus cabellos peinados tras ambas orejas, sacando sus menudas manos arrugadas de la pesada casulla recamada de plata con una cruz dorada en la espalda, cambiaba la disposición de algunos objetos en el analoy.

Esteban Arkadievich se acercó al sacerdote, le habló en voz baja y, guiñando un ojo a Levin, retrocedió de nuevo.

El sacerdote –que era el mismo que había confesado a Levin–, encendió dos cirios ornados con flores, manteniéndolos inclinados en la mano izquierda, de modo que la cera fuese cayendo en gotas lentamente, y se volvió hacia los novios. Después de mirarles con ojos tristes y cansados, suspiró y, sacando la mano derecha de la casulla, bendijo al novio, y del mismo modo, pero con cierta blanda dulzura, puso los dedos doblados para la bendición sobre la cabeza de Kitty. En seguida les ofreció los cirios encendidos y, tomando el incensario, se alejó de ellos con pasos mesurados.

«¿Es posible que todo esto sea verdad?», se dijo Levin mirando a su novia.

La veía de perfil algo desde arriba y por el apenas perceptible movimiento de sus labios y de sus pestañas comprendió que ella sentía su mirada. Kitty no volvió la vista pero su gorguera arrugada se levantó un tanto hacia su pequeña oreja sonrosada, y Levin, en este movimiento apenas perceptible, creyó adivinar el suspiro ahogado en el pecho de Kitty, y vio temblar su manecita cubierta con el largo guante.

Su inquietud por lo sucedido con la camisa, las conversaciones con parientes y amigos, el descontento de su ridícula situación, todo desapareció en un momento, y experimentó, a la vez, temor y alegría.

El arcediano, alto y arrogante, con una dalmática de brocado de plata, bien peinados los rizos que ornaban su cabeza, se adelantó decididamente y, levantando el horario entre los dedos con un ademán familiar, se detuvo ante el sacerdote.

–¡Bendícenos, padre!

Y su voz resonó solemne, lenta, agitando las capas del aire. –Bendito sea Dios, Nuestro Señor, por los siglos de los siglos –contestó el anciano sacerdote con voz suave y melodiosa sin dejar de arreglar los objetos en el analoy.

Y, llenando toda la iglesia desde los ventanales hasta las bóvedas, el acorde del coro invisible se elevó, armonioso y amplio, creció, se detuvo un momento y luego se apagó suavemente:

Como siempre, se oró por la paz de todos, por la salvación, por el Sínodo, por el Zar y por los siervos de Dios, Constantino y Catalina, que iban a casarse.

Parecía que la iglesia toda retumbara y lanzara hacia el cielo la voz del arcediano:

–Oremos porque Dios les conceda un amor perfecto y tranquilo y no los abandone jamás.

Levin escuchaba con sorpresa aquellas palabras.

«¿Cómo han adivinado que lo que necesito es precisamente la ayuda de Dios?», pensaba recordando sus temores y dudas recientes. «¿Qué sé ni qué puedo hacer, si me falta esa ayuda en esta terrible preocupación? Sí, la ayuda divina es lo que necesito ahora ...»

Cuando el arcediano concluyó la oración, el sacerdote se dirigió a los desposados.

«Dios eterno, que uniste a los que estaban separados», leía en su libro, con voz blanda y melodiosa, «que les diste la unión del amor indestructible, que otorgaste tu bendición a Isaac y Rebeca, como lo hemos leído en los libros santos. Bendice a tus siervos Constantino y Catalina y condúcelos por el sendero del bien, y derrama sobre ellos los beneficios de tu misericordia y tu bondad. Alabados sean el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos.»

«¡Amén!» llenaron de nuevo el aire las voces del coro.

«Unió a los que estaban separados y les dio la unión del amor indestructible... ¡Qué profunda significación tienen estas palabras y en qué armonía están con mis sentimientos de este momento» , pensaba Levin. «¿Sentirá ella lo que siento yo?»

Volviéndose, encontró la mirada de su novia, y por su expresión le pareció que sí lo sentía. Pero se engañaba. Kitty no comprendía apenas las palabras de la oración, ni casi las escuchaba. No podía escucharlas ni entenderlas por el inmenso sentimiento de alegría que llenaba su alma con creciente intensidad, alegría de ver realizarse plenamente lo que hacía mes y medio estaba consumado en su alma; lo que durante aquellas seis semanas había constituido su gozo y su tortura.

Su alma, aquel día en que con su vestido castaño, en la sala de la casa de la calle Arbat, se acercara a Levin ofreciéndosele sin decir nada; su alma, aquel día y en aquel momento, rompió con todo el pasado a inició una vida nueva, desconocida para ella, a pesar de que su vida continuaba, en apariencia, la misma de siempre.

Aquellas seis semanas fueron la época más dichosa y más atormentada de su vida. Y toda ella, sus anhelos y sus esperanzas se concentraban en aquel hombre a quien aún no comprendía, al que le unía un sentimiento menos comprensible aún que el hombre en sí, un sentimiento que ora la repelía ora la atraía y le inspiraba una completa indiferencia hacia su vida anterior: las cosas, las costumbres, las personas que antes la querían como ahora y a quienes ella quería también; indiferencia hacia su madre, entristecida por aquel sentimiento, hacia su querido padre, tan bueno, a quien antes amara más que a nada en el mundo.

Y Kitty pasaba de asustarse de tal indiferencia a alegrarse de la causa que la motivaba. No podía pensar ni desear nada fuera de su vida con aquel hombre.

Pero aquella nueva vida no había llegado aún y ni siquiera se la imaginaba con claridad. Sólo existía la espera, el temor y la alegría de algo nuevo y desconocido.

Ahora, la espera, lo desconocido y el dolor de renunciar a su vida pasada, todo iba a acabar para empezar lo nuevo. Lo nuevo no podía, sin embargo, dejar de despertar en ella un cierto temor, por lo que tenía de ignorado, pero fuese como fuese, ahora en su alma no se verificaba más que la consagración de lo que hacía ya seis semanas se había realizado en ella.

Volviéndose al analoy, el sacerdote tomó con dificultad el pequeño anillo de Kitty y, pidiendo la mano a Levin, le colocó el anillo sobre la primera falange. ,

–El siervo de Dios Constantino se une con la sierva de Dios Catalina.

Y, poniendo el anillo grande en el dedo de Kitty, un dedo pequeño y sonrosado de una increíble fragilidad, el sacerdote repitió las mismas palabras.

A pesar de sus esfuerzos los contrayentes no conseguían nunca adivinar lo que tenían que hacer. Cada vez se equivocaban y el sacerdote se veía obligado a cada momento a corregirles.

Al fin, una vez hecho lo necesario y trazadas las cruces con los anillos, el sacerdote entregó a Kitty el anillo grande y a Levin el pequeño. Ellos volvieron a confundirse y por dos veces se entregaron mutuamente los anillos, siempre al contrario de como lo debían hacer.

Dolly, Chirikov y Esteban Arkadievich se adelantaron para corregirles. Hubo un poco de confusión, la gente cuchicheaba y sonreía, pero la solemnidad y la humilde expresión de los rostros de los novios no se modificaron. Por el contrario, al equivocarse de mano, los dos miraban con mayor gravedad que antes, y la sonrisa con la que Oblonsky anunció que cada uno debía ponerse su propio anillo, expiró involuntariamente en sus labios, comprendiendo que cualquier sonrisa podía ser una ofensa para los desposados.

–¡Oh, Dios! que desde el principio creaste al hombre –leía el sacerdote después de cambiar los anillos– y le has dado a la mujer por compañera para la continuación del género humano. Tú, Dios y Señor Nuestro, que enviaste tu verdad a tus siervos, a nuestros padres, elegidos por ti de generación en generación para conservarla y obedecerte. Dígnate mirar a tus siervos Constantino y Catalina y santifica sus desposorios en una misma fe y un mismo pensamiento de concordia y de amor.

Levin tenía cada vez más clara la sensación de que todo lo que había pensado sobre el matrimonio, sus sueños sobre la manera en que organizaría su vida eran cosas pueriles, y que esta nueva situación de ahora no la había comprendido jamás, y a la sazón la comprendía menos que nunca.

Sentía en su pecho una opresión más viva por momentos, y las lágrimas afluyeron a sus ojos contra su voluntad.