Ana Karenina V: Capítulo VI

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Ana Karenina
Quinta parte: Capítulo VI
de León Tolstoi


Concluída la ceremonia de los desposorios, el sacristán puso ante el analoy un trozo de tela rosa; el coro cantó un salmo complicado y difícil en el que el tenor y el bajo se daban la réplica, y el sacerdote, volviéndose hacia los esposos, les señaló la alfombra en el suelo.

Pese a haber oído con frecuencia que quien pisara primero el tapiz sería el que regiría la familia, ni Levin ni Kitty lo recordaron al dar aquellos pocos pasos. No oyeron tampoco los comentarios y discusiones que se suscitaron en aquel momento sobre quién había pisado el primero, o si lo habían hecho los dos a la vez, como algunos afirmaban.

Después de las preguntas de rigor respecto a si querían contraer matrimonio y no lo habían prometido a otros, y de las respuestas que tan extrañas les sonaban, empezó otra ceremonia religiosa.

Kitty se esforzaba en oír las oraciones y comprender su sentido, pero no pudo. Una impresión de solemnidad y radiante alegría inundaba su alma cada vez más, a medida que transcurría la ceremonia, privándola de poder concentrarse.

Ahora rezaban:

«Dios haga que sean puros y bondadosos los frutos de tu vientre y que os sintáis alegres mirando a vuestros hijos ...»

Las plegarias recordaban que Dios había creado a la mujer de una costilla de Adán, y que por eso «el hombre dejará padre y madre, y se unirá a la mujer, y formará con ella una misma carne y una misma sangre, lo que era un gran misterio». Luego se deseaba que Dios bendijera a los desposados y les hiciese fecundos, como a Isaac y Rebeca, Moisés y Séfora, y que vieran a los hijos de sus hijos.

«¡Cuán hermoso es todo esto!», pensaba Kitty, oyéndolo. «No, no puede ser de otro modo.»

Y su animado rostro irradiaba una sonrisa alegre que involuntariamente se transmitía a cuantos la miraban.

«¡Pongánselas del todo!», se oyó aconsejar cuando el sacerdote colocó sobre la cabeza las coronas nupciales, y Scherbazky, con mano temblorosa, sostuvo en el aire la corona sobre la cabellera de Kitty.

–Póngamela –murmuró ella sonriendo.

Levin, mirándola, se sorprendió de la alegre irradiación del rostro de Kitty. Sin querer, aquel sentimiento se le comunicó y se notó radiante y dichoso como ella.

Escucharon con alegría la lectura de la epístola de san Pablo y el resonar de la voz del arcediano en la última estrofa, tan esperada por el público. Con alegría, también, bebieron en un cáliz redondo el vino caliente y aguado, y se sintieron más alegres aún cuando, apartando la casulla y tomándolos a los dos bajo ella, el sacerdote les hizo andar en tomo al analoy mientras el bajo cantaba:

«Alégrate, Isaías...»

Scherbazky y Chirikov, que sostenían las coronas nupciales, enredándose en la cola del vestido de la novia, sonreían también, joviales, ya atrasándose, ya tropezando en los novios, al pararse el sacerdote.

La chispa de alegría encendida en Kitty parecía comunicarse a todos los presentes en la iglesia, y a Levin se le figuraba que hasta el sacerdote y el diácono tenían también como él deseos de sonreír.

Una vez quitadas las coronas de las cabezas, el sacerdote leyó la última oración y felicitó a los jóvenes desposados. Levin miró a Kitty. Jamás la había visto antes tal como estaba ahora, encantadora en la luz nueva y radiante de la felicidad que animaba su rostro.

Levin quería hablarle, pero ignoraba si habían terminado ya las ceremonias. El sacerdote le sacó de dudas, sonriéndole bondadosamente y diciéndoles en voz baja:

–Bese usted a su esposa, y usted, esposa, a su marido.

Y les cogió los cirios de las manos.

Levin besó suavemente los labios sonrientes de Kitty, le ofreció el brazo y, sintiéndola extrañamente próxima a él, la sacó de la iglesia. No podía creer que todo lo sucedido fuese real, y sólo comenzó a darle fe cuando sus miradas, tímidas y asombradas, se encontraron, y sintió en aquel momento con plena verdad que los dos no formaban ya más que uno.

Después de la cena, aquella misma noche, los recién casados se fueron al campo.