Ana Karenina V: Capítulo XXIV

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Ana Karenina
Quinta parte: Capítulo XXIV
de León Tolstoi


La recepción de Palacio había terminado.

Al marchar, todos comentaban las últimas noticias, los honores otorgados y los cambios de destino de varios altos funcionarios.

–¿Qué diría usted si a la condesa María Borisvna le hubieran dado el ministerio de la Guerra y nombrado jefe de Estado Mayor a la princesa Vatkovskaya? ––decía un anciano de uniforme bordado en oro a una dama de honor, alta y bella, que le preguntaba por los nuevos nombramientos.

–Que en este caso me habrían debido de nombrar a mí ayudanta de regimiento –repuso, sonriendo, la dama de honor.

–Para usted hay otro destino: el ministerio de Cultos, con Karenin como ayudante.

Y el anciano saludó a un hombre que se acercaba:

–Buenos días, Príncipe.

–¿Qué decían de Karenin? –preguntó el Príncipe.

–Que él y Putiakov han recibido la condecoración de Alejandro Nevsky.

–¿No la tenía ya?

–No. Mírenle –dijo el anciano.

Y mostró con su sombrero bordado a Karenin, en uniforme de corte, con una nueva banda cruzada al hombro, que se había parado en una de las puertas de la sala con un alto miembro del Consejo Imperial.

–Se siente feliz y satisfecho como una moneda nueva –añadió el anciano apretando la mano de un arrogante chambelán que llegaba.

–Ha envejecido mucho –repuso el chambelán.

–Las preocupaciones... Siempre está redactando proyectos... Ahora, al desgraciado que atrapa no le suelta hasta habérselo explicado todo, punto por punto.

–¿Dice que ha envejecido? Claro. Il fait des passions . Creo que la condesa Lidia Ivanovna tiene ahora celos de su mujer.

–Vamos, no hable mal de Lidia Ivanovna...

–¿Es un mal que esté enamorada de Karenin?

–¿Es cierto que está aquí la Karenina?

–Aquí, en Palacio, no, pero sí en San Petersburgo. La encontré con Vronsky en la calle Morskaya, bras dessus, bras dessous ...

–C'est un homme qui n'a pas ... ––comenzó el chambelán.

Pero se detuvo para dejar paso y saludar a un personaje de la familia imperial.

Mientras así hablaban de Karenin, criticándole y burlándose de él, éste, cerrando el paso al miembro del Consejo Imperial de quien se había apoderado, no interrumpía ni por un momento la explicación de su proyecto financiero a fin de que no pudiese marcharse.

Casi por los mismos días en que su mujer le dejó, a Karenin le sucedió lo peor que puede ocurrirle a un funcionario: el dejar de ascender en la escala de su Ministerio.

Era un hecho real, y todos, menos él, veían claramente que su carrera había terminado.

Fuera por su lucha con Stremov, por la desgracia sufrida con su mujer, o simplemente porque hubiese llegado al límite que había de alcanzar, aquel año era evidente para todos que no alcanzaría ya ningún ascenso en el servicio.

Cierto que aún ocupaba un cargo elevado y que era miembro de muchos consejos y comisiones, pero se le consideraba un hombre acabado del que nadie esperaba nada ya.

Escuchaban cuanto hablaba y proponía como si fuera cosa conocida hacía mucho tiempo a innecesaria. Mas él no lo notaba y, por el contrario, viéndose alejado de la actividad directa de la máquina gubernamental, apreciaba más claramente los defectos y errores en la actividad ajena, y consideraba un deber mostrar los medios de corregirlos.

A poco de separarse de su mujer, escribió una memoria sobre los nuevos tribunales, la primera de toda una larga serie, que nadie le había pedido, sobre los diversos aspectos de la administración.

Alexey Alejandrovich no sólo no se daba cuenta de su situación en el mundo burocrático, lo que pudiera haberle afligido, sino que estaba más satisfecho que nunca de sus actividades.

«El casado se preocupa de las cosas mundanas y de cómo hacerse más agradable a su mujer, pero el no casado se preocupa de las cosas de Dios y de cómo servirle mejor» , dice el apóstol San Pablo. Alexey Alejandrovich, que ahora se guiaba en todo por la Santa Escritura, recordaba a menudo aquel texto. Parecíale que, desde que le abandonara su esposa, servía mejor que antes al Señor en todos sus proyectos.

La evidente impaciencia que mostraba el miembro del Consejo no molestaba a Karenin. Y no interrumpió sus explicaciones hasta que aquél, aprovechando que pasaba un miembro de la familia imperial, se le escapó.

Una vez solo, Karenin bajó la cabeza, se absorbió en sus pensamientos y miró distraídamente a su alrededor. Luego se dirigió hacia donde esperaba hallar a Lidia Ivanovna.

«¡Qué sanos están y qué fuertes están físicamente!», pensó Karenin mirando al chambelán de buen porte y bien peinadas patillas y al príncipe de rojo cuello oprimido en el uniforme, junto a los que debía pasar.

«Con razón se dice que todo va mal en el mundo», se dijo, mirando otra vez de reojo las piernas del chambelán.

Y moviendo los pies lentamente, con su habitual aspecto de fatiga y dignidad, Alexey Alejandrovich saludó a aquellos dos hombres que hablaban de él y buscó con los ojos, en la puerta, a la condesa Lidia Ivanovna.

–Alexey Alejandrovich –le dijo el anciano, con un brillo maligno en los ojos, cuando Karenin pasó ante él, saludándole con una fría inclinación de cabeza–, todavía no le he felicitado.

Y señaló la condecoración.

–Gracias –contestó Karenin–. Hoy hace un día muy hermoso –añadió, subrayando, como acostumbraba, la expresión «hermoso».

Sabía que se burlaban de él, pero como no esperaba de ellos otra cosa, se mostraba perfectamente indiferente.

Al ver los amarillentos hombros de Lidia Ivanovna emergiendo del corsé –la Condesa llegaba en aquel instante a la puerta–, al ver sus hermosos ojos pensativos que le llamaban, Karenin sonrió mostrando sus dientes blancos y fuertes y se acercó a ella.

Lidia Ivanovna –como siempre le sucedía últimamente- había tardado mucho en vestirse. El fin que perseguía haciéndolo con tanto esmero era ahora distinto del de treinta años atrás. Entonces lo que quería era embellecerse con lo que fuera y cuanto más mejor. Ahora, por el contrario, había de adornarse forzosamente de modo que no correspondía a sus años y aspecto, y debía, por tanto, preocuparse de que el contraste de su atavío con su apariencia no fuera demasiado ostensible. Por lo que toca a Karenin lo había conseguido; él, no sólo no lo notaba, sino que la encontraba incluso atractiva.

Para Alexey Alejandrovich la Condesa era, en el mar de enemistad y burla que le rodeaba, la única isla de buena disposición y hasta de amor hacia él.

A lo largo de toda una hilera de miradas irónicas, los ojos de Alexey Alejandrovich se dirigían a la enamorada mirada de ella con tanta naturalidad como una planta hacia la luz.

–Le felicito –dijo ella indicándole la banda.

Karenin, conteniendo una sonrisa de placer, se encogió de hombros y cerró los ojos, como dando a entender que tal cosa no le importaba. Sin embargo, la Condesa sabía que él, aunque no lo confesara, hallaba en ello sus principales alegrías.

–¿Cómo está nuestro ángel? –preguntó Lidia Ivanovna, aludiendo a Sergio.

–No puedo decir que esté muy contento de él –repuso Karenin, arqueando las cejas y abriendo los ojos–. Tampoco Sitnikov lo está.

Sitnikov era el profesor a quien estaba confiada la educación de Sergio.

–Como ya le he dicho, en Sergio hay cierta indiferencia hacia las cuestiones fundamentales que deben interesar el espíritu de todos los hombres y de todos los niños –siguió Alexey Alejandrovich, tratando de lo único que le interesaba después del servicio: la educación de su hijo.

Cuando Karenin, ayudado por la Condesa, volvió a la vida activa, lo primero en que hubo de pensar fue en la educación de aquel hijo que había quedado a su cuidado.

No habiéndose ocupado nunca antes de problemas de educación, Alexey Alejandrovich consagró algún tiempo al estudio teórico del asunto. Después de leer varios libros antropológicos, pedagógicos y didácticos, elaboró un plan de educación y, buscando al mejor profesor de San Petersburgo para instruir al niño, comenzó la obra, que le preocupaba constantemente.

–Pero, ¿y su corazón? Yo encuentro en el niño el corazón de su padre, y con un corazón así no puede ser malo –dijo la Condesa afectuosamente.

–Tal vez tenga razón... En cuanto a mí, cumplo mi deber. No puedo hacer otra cosa.

–Venga a mi casa –dijo Lidia Ivanovna tras un largo silencio–. Tenemos que hablar de algo muy penoso para usted. Yo lo habría dado todo por librarle de ciertos recuerdos, pero otros no opinan así. He recibido una carta de ella. Está aquí, en San Petersburgo.

Karenin se estremeció al oír aludir a su mujer, pero en seguida se dibujó en su rostro la impasibilidad que expresaba su completa impotencia en aquel asunto.

–Lo esperaba –dijo.

La condesa Lidia Ivanovna le miró extasiado. Lágrimas de admiración ante la grandeza de alma de aquel hombre asomaron a sus ojos.