Ana Karenina V: Capítulo XXV

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Ana Karenina
Quinta parte: Capítulo XXV
de León Tolstoi


Cuando Karenin entró en el pequeño y acogedor gabinete de la Condesa, lleno de porcelanas antiguas y con las paredes cubiertas de retratos, la dueña no se hallaba aún allí. Estaba cambiándose de traje. Sobre la mesa redonda había un mantel, un servicio de china y una tetera de plata que funcionaba con alcohol.

Karenin miró, distraído, los innumerables y bien conocidos retratos que ornaban el gabinete y, sentándose a la mesa, abrió el Evangelio que había en ella.

El roce del vestido de seda de la Condesa le distrajo de su ocupación.

–Ahora sentémonos tranquilamente –dijo ella, sonriendo, al pasar con prisas entre la mesa y el diván–. Y hablaremos durante el té.

Tras una palabras preparatorias, respirando con dificultad y ruborizándose, Lidia Ivanovna entregó a su amigo la carta que recibiera.

Él la leyó y luego guardó un prolongado silencio.

–Creo que no tengo derecho a negarle esto –dijo con timidez, alzando la vista.

–Usted no ve mal en nada, amigo mío.

–Por el contrario, todo me parece mal. Pero, ¿es justo esto?

Su rostro expresaba indecisión, súplica de consejo, ayuda y orientación en aquel asunto que no sabía resolver.

–¡No! –interrumpió la Condesa–. Todo tiene sus limites. Comprendo la inmoralidad –no era sincera del todo, ya que nunca había comprendido lo que lleva a las mujeres a la inmoralidad–, pero la crueldad, no. ¿Y con quién? ¿Con usted...? ¿Es posible que ose habitar en la misma ciudad que usted? Nunca se es demasiado viejo para aprenden Ahora empiezo a comprender su superioridad y la bajeza de ella.

–¿Quién puede tirar la primera piedra? –repuso Karenin, visiblemente satisfecho de su papel–. La he perdonado todo y no puedo privarla de una exigencia de su amor... su amor hacia su hijo.

–¿Amor realmente, amigo mío? ¿Es sincero eso? Supongamos que usted la ha perdonado y la perdona. Pero, ¿tenemos derecho a influir en el alma de ese ángel? Él imagina que su madre está muerta, reza por ella y pide a Dios que le perdone sus pecados. Y más vale que sea así... ¿Qué va a pensar el niño ahora?

–No sé –contestó Karenin visiblemente conturbado.

La Condesa se cubrió el rostro con las manos y calló. Rezaba.

–Si quiere usted oír mi consejo –dijo después de haber rezado, descubriéndose el rostro– le diré que no le recomiendo que haga tal cosa. ¿Acaso no veo cómo sufre usted, cómo sangran de nuevo sus heridas?

Admitamos que prescinda usted de sí mismo, pero esto, ¿a qué le conduciría? A nuevos sufrimientos para usted y torturas para el niño. Si quedase en ella algo humano, ella misma lo debería desear. Así se lo aconsejo sin vacilaciones. Si me lo permite, le escribiré.

Karenin consintió y Lidia Ivanovna escribió, en francés, la siguiente carta:

Señora:

El hacer que su hijo la recuerde puede provocar en él preguntas imposibles de contestar sin despertar en el alma del niño sentimientos reprobatorios de lo que debe ser sagrado para él. Le ruego por eso que considere la negativa de su marido en un sentido de amor cristiano.

Ruego a Dios Omnipotente que sea misericordioso con usted.

La Condesa Lidia.

La carta obtuvo el secreto fin que la Condesa se ocultaba incluso a sí misma: ofender a Ana en lo más profundo de su alma.

En cuanto a Karenin, al volver de casa de la Condesa, no pudo aquel día entregarse a sus ocupaciones habituales con la tranquilidad de ánimo propia de un creyente salvado, tal como antes se sentía.

El recuerdo de su mujer, tan culpable ante él, y ante la que se había conducido como un santo, como con razón decía Lidia Ivanovna, no habría debido turbarle, pero, a pesar de todo, no se sentía tranquilo, no comprendía el libro que estaba leyendo, no podía alejar de sí la evocación torturadora de sus relaciones con ella, de las faltas que con respecto a Ana le parecía haber cometido.

El recuerdo de cómo recibiera, volviendo de las cameras, la confesión de su infidelidad le atormentaba como un remordimiento, en especial al acordarse de que él únicamente le había pedido que guardase las apariencias y al pensar en que no había desafiado a Vronsky.

También le torturaba el recuerdo de la carta que le escribiera entonces, sobre todo, el perdón que le había concedido, perdón completamente estéril, y el recuerdo de la piña del otro, que hacía arder su corazón de vergüenza y arrepentimiento.

El mismo sentimiento de vergüenza y arrepentimiento experimentaba ahora al evocar su pasado con ella y las torpes palabras con que, tras larga indecisión, había pedido su mano.

«¿Qué culpa tengo yo?», se preguntaba.

Tal pregunta motivaba siempre otra: ¿cómo sienten, aman y se casan hombres como Vronsky, Oblonsky o aquel chambetán de gruesas piernas?

Y recordaba toda una procesión de hombres de aquellos, fuertes, pictóricos, seguros de sí mismos, que siempre despertaban en todas partes su curiosa atención.

Apartaba de sí tales pensamientos, tratando de convencerse de que no vivía para la existencia terrestre, pasajera, sino para la eterna, y que en su alma reinaban la paz y el amor.

Mas el hecho de que en tal vida, pasajera a insignificante según le parecía, hubiera cometido algunos errores le atormentaba tanto como si no existiese la salvación eterna en que creía. La tentación duró, no obstante, poco, y de nuevo se restableció en el alma de Karenin la tranquilidad y elevación gracias a las cuales podía olvidar lo que no deseaba recordar para nada.