Ana Karenina VI: Capítulo III

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Ana Karenina
Sexta parte: Capítulo III
de León Tolstoi


Kitty se alegró de quedar sola con su marido, porque en el rostro de él, que reflejaba tan vivamente todos sus sentimientos, vio una sombra de tristeza en el momento en que, entrando en la terraza, le preguntó de qué habían hablado y ella no contestó.

Cuando, marchando ante todos, a pie, perdieron de vista la casa y salieron al camino polvoriento, llano, cubierto de espigas y granos de centeno, ella se apoyó más en el brazo de su esposo y le apretó contra sí.

Levin olvidó la reciente impresión desagradable y, a solas con Kitty, el recuerdo de cuyo estado no le abandonaba jamás, experimentó una vez más el sentimiento, alegre y puro, de hallarse próximo a la mujer querida.

No tenía de qué hablarle, pero deseaba oír el sonido de su voz, que había cambiado durante su embarazo.

En su voz y en sus ojos había ahora la dulzura y la gravedad de las personas concentradas en una ocupación que les es grata.

–¿No te cansarás? Apóyate más en mi brazo –dijo Levin.

–No me canso. Me alegro de estar a solas contigo. Aunque me siento a gusto con los demás, añoro nuestras veladas invernales en que quedábamos los dos solos...

–Entonces estábamos bien y ahora mejor. Las dos cosas son excelentes –repuso Levin apretándole el brazo.

–¿Sabes de lo que hablábamos cuando llegaste?

–¿De la confitura?

–De eso y de cómo suelen declararse los hombres.

–Ya –dijo Levin.

Escuchaba más el sonido de la voz de Kitty que las palabras que le decía, pensando siempre en el camino que iba al bosque y evitando los sitios en que Kitty pudiera dar un mal paso.

–Hablábamos de Sergio Ivanovich y de Vareñka. ¿Te has dado cuenta de que... Yo deseo vivamente... –continuó ella–. ¿Qué te parece?

Y Kitty le miró a la cara.

–No sé qué pensar. Sergio, en ese sentido, me resulta muy raro. Ya lo he referido...

–Sí, que estuvo enamorado de una muchacha que murió.

–Cierto. Eso sucedió siendo yo niño. Y lo sé porque me lo contaron. Me acuerdo bien de cómo era en aquella época: un hombre apuesto y atrayente. Desde entonces le veo cómo procede con las mujeres. Se muestra amable con ellas, incluso le gustan algunas... pero las considera personas, no mujeres concretamente. Ya me entiendes...

–Ahora, con Vareñka, parece, sin embargo, que es diferente...

–Quizá. Pero es preciso conocerle. Es un hombre muy extraño. Sólo vive una vida espiritual. Tiene un alma demasiado pura y elevada.

–¿En qué puede rebajarle ese sentimiento?

–No le rebajaría. Pero él está habituado a llevar una existencia puramente espiritual; no sabría reconciliarse con la realidad, y Vareñka, al fin y al cabo, es una realidad...

Levin se había acostumbrado ahora a expresar directamente sus pensamientos sin tomarse el trabajo de revestirlos de palabras precisas. Sabía que su mujer, en momentos como éste, le entendía con medias palabras.

Y Kitty, en efecto, le comprendió.

–Oh, no, Vareñka pertenece más a la vida espiritual que a la real. No es como yo. Comprendo que una mujer como yo no puede gustarle a tu hermano.

–No, él te quiere mucho y a mí me es muy grato que los míos te quieran.

–Sí, es muy bueno conmigo, pero...

–Pero no como el difunto Nikoleñka. Llegasteis a quereros mucho –concluyó Levin. Y añadió–: ¿Por qué no confesarlo? A veces me reprocho al pensar que acabaré olvidándole. ¡Qué hombre tan admirable y tan terrible era mi hermano Nicolás! Sí... Y ¿de qué hablábamos? –preguntó tras un silencio.

–Entonces, ¿crees que él no puede enamorarse? –insistió Kitty, traduciendo a su idioma las palabras de Levin.

–No es que no pueda enamorarse –repuso él sonriendo–. Pero no es lo bastante débil para... Siempre le he envidiado; hasta ahora, que soy feliz, le envidio.

–¿Le envidias que no sea capaz de enamorarse?

–Le envidio porque vale más que yo –contestó Levin sonriendo–. No vive más que para sí. Toda su vida obedece al deber. Y por eso puede estar siempre tranquilo y contento.

–¿Y tú no? –dijo Kitty con sonrisa irónica y afectuosa. No habría podido decir qué camino seguían sus pensamientos para llevarla a sonreír, pero consideraba que su marido, al elogiar de aquel modo a su hermano y rebajarse tanto él no era sincero. Sabía que esta falta de sinceridad procedía del cariño a su hermano, de una especie de vergüenza de ser demasiado feliz y, sobre todo, de su deseo constante de ser mejor.

–¿Así que tú estás descontento? –insistió, con la misma sonrisa, feliz de descubrir en él aquellos sentimientos.

La incredulidad de ella respecto a su satisfacción alegraba a Levin, porque involuntariamente le obligaba a exponer las causas de su descontento.

–Soy feliz, pero no estoy contento de mí mismo.

–¿Cómo puedes estar descontento si eres feliz?

–No sé cómo explicarlo. Ahora no siento en mi alma otro interés sino el que tú, por ejemplo, no des un paso en falso. ¡No saltes así! –exclamó, interrumpiendo el diálogo para reprocharle al verla que realizaba un movimiento demasiado vivo para pasar sobre una gruesa rama seca caída en el camino–. Pero cuando pienso en mí y me comparo con otros, sobre todo con mi hermano, siento que no valgo nada...

–¿Por qué? ––exclamó Kitty con la misma sonrisa–. ¿No haces lo mismo que los demás? ¿Y tu granja, y tu propiedad, y tu libro?

–No... Ahora lo noto sobre todo por culpa tuya ––dijo él, apretándole el brazo–. Sí, es por culpa tuya... Todo lo hago de cualquier manera. Si pudiese apasionarme por esas cosas como por ti... Pero últimamente lo hago todo como una lección que me obligaran a aprender de memoria...

–Entonces, ¿qué dirás de papá? –preguntó Kitty–. No debe de valer nada tampoco, puesto que no ha hecho nada en beneficio de la Humanidad.

–¿El? ¿Pero acaso tengo yo la bondad, la sencillez, la claridad de ideas de tu padre? Yo, al no hacer nada, me atormento. ¡Y todo eso te lo debo a ti! Cuando tú no estabas, cuando no existía esto –dijo Levin, indicando con una mirada el vientre de Kitty, lo que ella comprendió en seguida–, todas mis fuerzas se empleaban en mi actividad, pero ahora no puedo hacerlo y me avergüenzo de ello. Lo hago todo como quien recita una lección, finjo...

–Entonces, ¿querrías cambiarte por Sergio Ivanovich? –preguntó Kitty–. ¿Habrías querido ocuparte del bien colectivo y dedicarte a esta tarea señalada, y nada más?

–Claro que no –repuso Levin–. En cualquier caso, soy tan feliz, que no sé nada de nada... ¿Crees que se declarará hoy mi hermano? –interrogó, después de un silencio.

–Sí y no. Pero me agradaría mucho que sucediese. Espera...

Kitty se inclinó para coger una margarita silvestre que crecía al borde del camino.

–Mira a ver si se declarará o no –dijo, dándole la flor.

–Sí, no... –empezó Levin, deshojando los blancos y recios pétalos de la flor.

–¡Alto! –exclamó Kitty, que seguía con afán el movimiento de sus dedos, cogiéndole la mano–. ¡Has arrancado dos de una vez!

–Entonces este pequeño no se cuenta –dijo él, arrancando un pequeño pétalo apenas crecido–. Mira, la tartana: ¡nos ha alcanzado!

–¿Estás cansada, Kitty? –gritó su madre.

–En modo alguno.

–Si lo estás, siéntate aquí. Los caballos son mansos y andan despacio.

Pero no valía la pena subir; estaban ya cerca del lugar y continuaron el camino todos a pie.