Ana Karenina VI: Capítulo XV

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Ana Karenina
Sexta parte: Capítulo XV
de León Tolstoi


Una vez que hubo acompañado a su mujer al piso de arriba, Levin entró en la parte de la casa habitada por Dolly. Ésta estaba también muy disgustada aquel día. Daria Alejandrovna se paseaba por la habitación y decía airada y enérgicamente, hasta con saña, a la niña, que permanecía acurrucada en un rincón y sollozando.

–Y te quedarás aquí, en este mismo sitio, todo el día. Y comerás sola. Y no verás ninguna muñeca. Y no te haré ningún vestido nuevo. ¡Ah! Es una niña muy perversa –explicó a Levin–. ¿De dónde sacará estas malas inclinaciones?

Levin se sintió contrariado. Quería consultar a Dolly su asunto y vio que llegaba en mala ocasión.

–Pero, ¿qué es lo que ha hecho? –preguntó con indiferencia.

–Ella, con Gricha, han ido a donde crece la frambuesa y allí... ni te puedo decir lo que estaban haciendo. Mil veces echo de menos a miss Elliot. Esta otra inglesa no vigila nada, es una máquina. Figurez–vous que la petite ...

Y Daria Alejandrovna contó lo que ella llamaba el «crimen de Macha».

–Eso no demuestra nada, no demuestra ninguna mala inclinación; es una travesura de niños y nada más –la calmó Levin.

–Pero veo que tú también estás disgustado –advirtió Dolly–. ¿Por qué has venido? –le preguntó–. ¿Qué pasa en el salón?

Por el tono de las preguntas comprendió Levin que le sería fácil decir a Dolly lo que quería.

–No estuve allí, en el salón –explicó–. He estado en el jardín, hablando a solas con Kitty... Hemos reñido otra vez, ya la segunda desde que vino Stiva.

Dolly le miró con sus ojos inteligentes y comprensivos.

–Y dime, con la mano puesta en el corazón –continuó Levin–, ¿no había... no en Kitty, no, pero sí en este señor... un tono que puede ser desagradable y hasta ofensivo para el marido?

–¿Cómo te diré...? –dudó Daria Alejandrovna–. Quédate en el rincón –ordenó a Macha, la cual, al observar una sonrisa en el rostro de su madre, se había vuelto–. En el ambiente del gran mundo –siguió Dolly diciendo a Levin– es así como se comporta toda la juventud; a una mujer joven y linda hay que hacerle la corte, y el marido mundano debe, además, estar contento del éxito de su mujer.

–Sí, sí –comentó Levin sombrío–. Pero, ¿tú lo has observado?

–No sólo yo, sino también Stiva lo observó. En seguida, después del té, me dijo: Je crois que Veselovsky fait un petit brin de cour à Kitty .

–Está bien, ya estoy tranquilo. Voy a echarle en seguida de casa.

–¿Qué dices? ¿Estás loco? –clamó Dolly, horrorizada–. Vamos, Kostia, serénate –le suplicó. Luego, dirigiéndose a la chiquilla, riéndose, le dijo–: Ahora puedes ir con Fanny. –Y añadió a Levin–: No. Si quieres, voy a hablar con Stiva. Él se lo llevará de aquí. Le puedo decir que estás esperando invitados... que no conviene para nuestra casa...

–No, no. Quiero decírselo yo.

–Pero, ¿vas a reñir con él?

–No será nada trágico; al contrario, me divertiré. De verdad. Sí, sí, será muy divertido –aseguró, los ojos brillantes entre alegres y amenazadores.

–Ahora –defendió a la chiquilla– has de perdonar a la pequeña criminal.

La culpable les miró y quedó indecisa, baja la cabeza, mirando de reojo a su madre, buscando su mirada.

Daria Alejandrovna miró, en efecto, a la chiquilla y ésta, llorando, vino a refugiarse en el regazo de su madre. Dolly le puso su mano, delgada y fina, suavemente, cariñosamente, sobre la cabeza y la acarició con dulzura.

Levin salió pensando: «¿Qué tenemos en común con él?». Y se dirigió resuelto, derechamente, a buscar a Veselovsky.

Al llegar al vestíbulo, dio orden de enganchar el landolé para ir a la estación.

–Ayer se rompió el muelle ––contestó el lacayo.

–Entonces, otro coche corriente. Pero, pronto... ¿Dónde está el invitado?

Levin encontró a Vaseñka en el momento en que éste, habiendo sacado de su baúl las cosas, se probaba las polainas de montar.

Ya fuera que en el rostro de Levin hubiera algo especial o bien que el mismo Vaseñka hubiese comprendido que ce petit brin de cour que había emprendido resultaba inoportuno en aquella familia, lo cierto es que la entrada de Levin en la habitación le conturbó, tanto como es posible en un hombre del gran mundo.

–¿Usted monta con polainas? –le preguntó Levin.

–Sí, es mucho más limpio ––contestó Vaseñka, poniendo su gruesa pierna sobre una silla y abrochando el último corchete de la polaina. Y sonreía a la vez, aparentando estar alegre y tranquilo.

Indudablemente Vaseñka era un buen mozo, y en aquel momento tenía una mirada de bondad y hasta de timidez.

Levin sintió compasión de él y vergüenza de sí, del paso que iba a dar siendo el dueño de la casa.

Sobre la mesa estaba el bastón que ellos habían roto por la mañana, al querer levantar algunas pesas. Levin tomó en la mano aquel resto del bastón y, sin decir palabra, se puso a romper más la punta.

Tras un largo silencio, muy embarazoso para los dos, Levin continuó:

–Quería...

Calló otra vez.

De repente, recordó a Kitty y todo lo que había pasado, y mirando fijamente a los ojos a Veselovsky, le dijo:

–He ordenado enganchar los caballos para usted.

–¿Qué quiere decir eso? –preguntó Vaseñka–. ¿Adónde debo ir?

–A la estación del ferrocarril –contestó Levin, sombrío y arrancando pedacitos de madera al bastón.

–¿Se marcha usted? ¿Ha pasado algo?

–Resulta que estoy esperando a unos invitados –pronunció Levin con energía. Y rápidamente, a la vez que arrancaba más pedacitos de madera del bastón con las puntas de sus fuertes dedos, siguió –: No, no espero invitado alguno ni ha pasado nada; pero le pido que se marche de aquí sin tardanza... Usted puede explicarse como quiera mi escasa cortesía.

Vaseñka se irguió, altivo, habiendo comprendido al fin.

–Pero yo le pido a usted una explicación –dijo, con acento fume.

–No puedo explicarle nada –replicó Levin tranquila y lentamente, reprimiendo el temblor de sus pómulos–. Mejor será para usted no preguntarme.

Y como había acabado de desgajar los pedazos de bastón que ya estaban tronchados, Levin agarró los extremos del trozo que quedaba y, aunque resistente, lo rompió también en pedacitos. Por último, cogió al vuelo una astilla que caía al suelo.

Seguramente el aspecto de aquellos fornidos brazos, de los músculos en fuerte tensión, la decisión que denotaban los ojos brillantes, la tranquilidad y seguridad de la voz, pausada y serena, convencieron a Vaseñka más que las palabras. Así, se encogió de hombros, sonrió con desdén y sólo dijo:

–¿Podré ver a Oblonsky?

–Le mandaré aquí ahora mismo.

–¡Qué idiotas! –comentó Esteban Arkadievich al contarle su amigo que le echaban de la casa; y, habiendo encontrado a Levin en el jardín, donde aquél se paseaba en espera de ver la salida de su huésped, le dijo: –Mais c'est ridicule ! ¿Qué mosca te ha picado? Mais c'est du demier ridicule ! Qué tiene de particular que un joven...

Pero el punto en el cual la mosca había picado a Levin todavía dolía, sin duda, porque éste palideció de nuevo y replicó rápidamente:

–Por favor, no me digas nada. No puedo hacer otra cosa. Siento mucha vergüenza ante ti y ante él. Pero pienso que para él no será una gran pena marcharse y, en cambio, su presencia nos es desagradable a mi mujer y a mí.

–Pero esto es ofensivo para él. Et puis c'est ridicule .

–Su estancia aquí es para mí, ofensiva y penosa (y no por culpa mía). Yo no sé por qué deba sufrir...

–Pues yo no esperaba esto de tu parte. On peut être jaloux, mais à ce point c'est du dernier ridicule!

Levin dio rápidamente media vuelta y se marchó al fondo del jardín, donde continuó, solo, sus paseos.

No tardó en oír el ruido de la tartana, y, entre los árboles, vio cómo Vaseñka, sentado sobre un montón de heno (por desgracia la tartana no tenía el asiento bien arreglado) con su gorra escocesa encasquetada, bamboleándose por el traqueteo del coche al cruzar los baches o salvar piedras, se alejaba por la avenida.

Luego vio que el lacayo salía corriendo de la casa y paraba el carruaje.

–¿Qué sucederá?, pensó Levin.

Se trataba del mecánico alemán, del cual él se había olvidado por completo.

El mecánico, tras muchos saludos, dijo algo a Veselovsky, subió a la tartana y ésta siguió con los dos viajeros.

Esteban Arkadievich y la Princesa estaban indignados por la conducta de Levin. Él mismo se sentía no sólo ridículo en cierta manera, sino hasta culpable y avergonzado. Pero recordando lo que él y su mujer habían sufrido, al preguntarse si habría hecho lo mismo otra vez, Levin se contestaba que en ocasión análoga procedería de la misma manera.

Pero, al final del día, y a despecho del incidente, todos, excepto la Princesa, que no perdonaba a su yerno aquella descortesía, estaban extraordinariamente animados y alegres, como suele ocurrir con los niños finalizando su castigo, o con los mayores que asisten a una recepción oficial al terminar las ceremonias.

Así que por la noche, en ausencia de la Princesa, hablaban de la salida forzosa de Vaseñka como de una cosa ocurrida hacía mucho tiempo. Y Dolly, que heredara de su padre el don de contar las cosas con gracia, les hacía estallar de risa cuando, por enésima vez, y siempre con nuevas invenciones humorísticas, contaba que ella estaba a punto de ponerse lacitos para lucirse ante el huésped y salir así al salón, cuando oyó el ruido del carruaje.

–¿Y quién iba en él? –decía–. ¡El propio Vaseñka! Con su gorrita escocesa y las polainas, sentado sobre el heno. ¡Si al menos hubiesen ordenado prepararle el landolé!... Y luego oigo: « Esperen, esperen». Pensé: han tenido compasión de él. Pero veo que sientan a un grueso alemán y a él le levantan, le hacen que vaya de pie. ¡Y adiós mis lacitos! –terminaba simulando hallarse muy contrariada–. Mi fracaso era cierto.