Ana Karenina VI: Capítulo XVIII

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Ana Karenina
Sexta parte: Capítulo XVIII
de León Tolstoi


Ana miraba el rostro de Dolly, delgado, con huellas de cansancio y polvo del camino en las arrugas. Iba a decir lo que estaba pensando (que Dolly había adelgazado mucho), pero recordó que ella estaba mucho más guapa que antes (la misma mirada admirativa de su cuñada se lo había advertido), suspiró, y en vez de ello, se puso a hablar de sí misma.

–Me miras –dijo– y piensas si puedo ser feliz en mi situación. Pues bien: da vergüenza confesarlo, pero, sí, soy feliz, imperdonablemente feliz. Me ha sucedido una cosa maravillosa; algo así como despertar de un sueño espantoso y darme cuenta de que todo aquello que me aterraba era cosa de un sueño. Yo he despertado de mi pesadilla. Pasé por momentos dolorosos, aterradores, pero ahora, sobre todo, desde que estamos aquí, ¡soy tan feliz!

Y, sonriendo tímidamente, dirigió sus ojos al rostro de Daria Alejandrovna, con mirada interrogadora.

–Estoy muy contenta –contestó Dolly, sonriendo, aunque con poco entusiasmo–. Estoy muy contenta, sí, por ti. ¿Por qué no me has escrito?

–¿Por qué? Porque no me atrevía a hacerlo. Te olvidas de mi situación.

–¿Conmigo no te atreviste? Si hubieses sabido como yo... Considero que...

Daria Alejandrovna quiso contarle sus pensamientos de aquella mañana, pero sin saber por qué, en aquel momento le parecieron fuera de lugar.

–Bueno, de esto ya hablaremos luego –eludió–. ¿Y qué son estas construcciones? –preguntó en seguida para cambiar de conversación y señalando a los techos, rojos y verdes, que se veían entre las acacias y las lilas–. Parece una pequeña ciudad.

Pero Ana no le contestó.

–No, no, dime cómo consideras mi situación. ¿Qué piensas de ello?

–Pienso que... –empezó a decir Dolly.

En este momento, Vaseñka Veselovsky, enseñando al caballo a galopar con las patas extendidas, pasó ante ellas.

–Va bien, Ana Arkadievna –gritó.

Ana ni lo miró siquiera, para volver a la conversación interrumpida.

Pero Daria Alejandrovna pensó de nuevo que era poco conveniente una larga conversación sobre aquello en el coche y expresó su pensamiento en pocas palabras.

–No considero nada –dijo–. Siempre te he querido, y cuando se ama a una persona se la ama tal como es, aunque no sea como uno quisiera que fuese.

Ana separó su mirada de Daria Alejandrovna y, con el ceño fruncido (su nueva costumbre, que Dolly no conocía aún) quedó pensativa, queriendo descifrar el significado de aquellas palabras.

Al cabo de un rato, habiendo comprendido lo que Daria Alejandrovna había querido decir, volvió a mirarla y, lentamente y con firmeza, le dijo:

–Si tuvieses pecados, te serían perdonados por haber venido aquí y por estas palabras.

Dolly vio que brotaban abundantes lágrimas de los ojos de Ana y le estrechó la mano en silencio.

–¿Pero qué son estas construcciones? –insistió para cortar aquella situación–. ¡Cuántas hay!

–Son las casas de los empleados –explicó Ana–, la fábrica, las cuadras. Aquí empieza el paseo. Todo estaba abandonado y Alexey lo arregló. Tiene mucho cariño a esta hacienda y –lo que no esperaba de él en modo alguno– se interesa en gran manera por los trabajos. Desde luego, tiene una inteligencia privilegiada y una gran voluntad. Todo lo que emprende lo hace admirablemente. Y, no sólo no se aburre, sino que trabaja con pasión. Se ha convertido en un amo ordenado, económico y hasta avaro con las cosas de la propiedad. Sólo en esto, ¿eh?

Ana hablaba con aquella sonrisa y alegría con las que hablan las mujeres de los secretos que sólo ellas conocen o de las cualidades del hombre amado.

–¿Ves esta gran construcción? Es el nuevo hospital. Calculo que costará más de cien mil rublos. En estos momentos es su dada. ¿Y sabes por qué lo hace? Los campesinos le pidieron que les rebajase el arriendo de unos prados; él se negó a ello; yo se lo reproché, llamándole avariento y entonces él, para demostrar que no se negaba a aquella pretensión por avaricia, sino por no considerarla justa, comenzó este hospital que, como digo, le costará una buena cantidad. Si quieres, esto c'est une petitesse ; pero, después de esto, le quiero más. Ahora verás la casa –siguió–. Es la de sus abuelos y está por fuera tal y como se la dejaron, pues Vronsky no quiere hacer en ella cambio alguno.

–¡Es soberbia! –exclamó Dolly, viendo la casa, grande, pero bien proporcionada en sus tres dimensiones, en sus huecos; con esbeltas columnas y otros bellos adornos; y que resaltaba, con aspecto grandioso, entre el verdor, de diferentes matices, de los árboles del jardín.

–¿Verdad que es bonita? Y desde arriba tiene unas vistas maravillosas.

Entraron en un camino cubierto de grava menuda, al borde del cual dos jardineros iban colocando piedras huecas para formar con flores, tiestos rústicos, vistosos, que adornaran el paseo.

El coche se paró a la entrada de la casa, bajo un gran pórtico, al pie de una escalinata.

–¡Mira! Ellos ya han llegado –dijo Ana, viendo allí los caballos que montaban sus compañeros de paseo–. ¿Verdad que este caballo es magnífico? Es «Kol», mi preferido. Llévenlo de aquí y dénle azúcar. ¿Dónde está el Conde? –preguntó a dos lacayos que, vestidos de lujosos uniformes, salieron presurosamente a su encuentro–. ¡Ah! Está aquí –se contestó, al ver a Vronsky y Veselovsky, que venían hacia ellas.

–¿Dónde piensas alojar a la Princesa? –preguntó Vronsky, en francés, a Ana. Y, sin esperar contestación, saludó una vez más a Dolly, besándole la mano y dijo–: Creo que lo mejor sería instalarla en la habitación grande, la del balcón.

–¡Oh, no! Eso sería demasiado lejos –objetó Ana, a la vez que daba a su caballo el azúcar traído por un criado–. Mejor será –añadió– en la habitación del ángulo. Así estaremos más cerca. Vamos –instó a Daria Alejandrovna, cogiéndola del brazo–. Et vous oubliez votre devoir –dijo a Veselovsky, el cual también había salido a la escalinata.

–Pardon, j'en ai tout plein les poches –contestó éste, sonriendo, a introduciendo los dedos en los bolsillos del chaleco.

–Pero ha llegado usted demasiado tarde –insistió Ana, secándose la mano derecha, que el caballo le había llenado de baba al tomar el azúcar–. ¿Y por cuánto tiempo has venido? –preguntó a Dolly–. ¿Por un día? Eso es imposible.

–Así lo he prometido. Además, los niños... –quiso explicar Daria Alejandrovna.

–No, Dolly, queridita. Bueno, ya lo veremos... Vamos, vamos.

Y Ana llevó a su cuñada a la alcoba que le destinaban.

No tenía aquella habitación la solemnidad que Vronsky había propuesto, y Ana se creyó obligada a excusarse por no proporcionarle otra mejor, y no obstante, estaba amueblada con un lujo que Dolly no había visto en parte alguna y que le recordaba las de los mejores hoteles del extranjero.

Ana llevaba todavía puesto su traje de amazona. Dolly no había recompuesto aún su rostro, fatigado, cubierto de polvo por el viaje. Pero charlaban animadamente.

–¡Qué contenta estoy de que hayas venido! Háblame de los tuyos. A Stiva le he visto aquí, de paso. Pero él no sabe decir nada de los niños. ¿Cómo está mi querida Tania? Me figuro que estará ya muy crecida.

–Sí, es ya muy mayor ––contestó Daria Alejandrovna cortamente, con frialdad sin saber por qué, al extremo de que ella misma se extrañaba de hablar así de sus hijos–. Vivimos muy bien en la casa de los Levin –siguió explicando.

–Pues si hubiera sabido –dijo Ana– que no me despreciabais... podíais haber venido todos aquí. Stiva es un buen y viejo amigo de Alexey.

De repente, algo confusa, se ruborizó.

–Es la alegría de verte la que me hace decir todas estas necedades –siguió–. En verdad, queridita, estoy muy contenta de verte (y besaba a Dolly). No me has dicho todavía lo que piensas de mí y quiero saberlo. Pero estoy contenta de que me veas así, tal como soy. Lo que principalmente deseo es que no piensen que quiero demostrar algo. No quiero demostrar nada: solamente quiero vivir. No quiero mal a nadie, excepto a mí misma... A esto tengo derecho, ¿verdad? De todos modos, éste es tema para una conversación muy larga; luego hablaremos de todo ello. Ahora voy a vestirme. Te mandaré la muchacha.