Ana Karenina VI: Capítulo XXI

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Ana Karenina
Sexta parte: Capítulo XXI
de León Tolstoi


–No. Pienso que la Princesa está cansada y que los caballos no le interesan ––dijo Vronsky a Ana, que propuso ir a las cuadras, pues Sviajsky quería ver el nuevo patio allí habilitado–. Vayan ustedes y yo acompañaré a casa a la Princesa. Así charlaremos por el camino. Digo, si quiere usted –consultó a Dolly.

–No entiendo nada de caballos y con mucho gusto iré con usted –contestó Dolly algo sorprendida porque, por el rostro de Vronsky y su tono, adivinó que quería algo de ella.

No se equivocó. Apenas entraron en el jardín, después de haber atravesado la verja, Vronsky miró hacia donde se habían ido Ana y Sviajsky y, seguro de que aquéllos no podían oírle ni verles, le dijo sonriendo y con mirar animado:

–Habrá usted adivinado ya que quería hablar con Vd. reservadamente. No creo equivocarme pensando que es usted una verdadera amiga de Ana.

Se quitó el sombrero y se secó, con el pañuelo, la incipiente calva.

Daria Alejandrovna no le contestó; tan sólo le miró algo asustada. Ahora que se habían quedado solos, los ojos sonrientes y la expresión decidida del rostro de Vronsky sólo despertaban en ella un sentimiento de temor. Las más diferentes suposiciones acerca de lo que él quería decirle pasaron rápidas por su mente. «Va a pedirme que venga aquí a pasar el verano, junto con mis niños, y me veré obligada a negarme... O me dirá que, una vez en Moscú, abra círculo para Ana... O quizá me hable de Vaseñka Veselovsky y de sus relaciones con Ana... O de Kitty... ¿De qué se sentirá culpable?...»

Dolly sólo preveía cosas desagradables, pero no adivinaba aquello de que Vronsky quería realmente hablarle.

–Usted tiene mucha influencia con Ana. Ella la quiere entrañablemente –siguió él–. Deseo que me ayude...

Daria Alejandrovna miró interrogativamente y con timidez el rostro enérgico de Vronsky, el cual en algunos momentos aparecía radiante, iluminado, parcial o totalmente, por los rayos de sol que pasaban entre los tilos y, en otros, de nuevo en la sombra, adquiría tonos duros. Esperaba que el Conde explicara qué era lo que quería de ella, en qué le había de ayudar, pero éste calló y siguió andando en silencio, mientras jugueteaba con el bastón levantando piedrecitas de las que cubrían el paseo.

Al cabo de largo rato, le dijo:

–Usted ha venido a nuestra casa. Usted es la única de entre las antiguas amigas de Ana que lo ha hecho. No cuento a la princesa Bárbara, que lo ha hecho por otros motivos, no: ella ha venido a buscar comodidad, placeres, y usted ha venido, no porque considere normal nuestra situación actual, sino porque quiere a Ana como siempre y desea ayudarla... ¿Lo he comprendido bien? Y miraba interrogativamente a Dolly.

–¡Oh, sí! –dijo Daria Alejandrovna cerrando su sombrilla– pero...

–No... –le interrumpió Vronsky, y olvidando que, de aquel modo, dejaba en mala situación a su interlocutora, se detuvo y la obligó a detenerse también–. Nadie siente mejor que yo ni más profundamente lo terrible de la situación de Ana... Lo comprenderá usted si me hace el honor de considerarme hombre de corazón. ¡Soy la causa de esta situación y lo siento en el alma!

–Lo comprendo –dijo Daria Alejandrovna, admirando con cuánta sinceridad y firmeza había dicho Vronsky aquellas palabras–. Pero precisamente por ser la causa de todo esto –añadió Dolly– usted exagera sin duda. Temo yo que... Su posición es muy delicada en el mundo, lo comprendo.

–¡El mundo es un infierno! –dijo Vronsky frunciendo las cejas sombrío–. Imposible imaginarse los sufrimientos morales que ha tenido ella que pasar en San Petersburgo en dos semanas. Le pido que me crea...

–Sí, pero desde que están ustedes aquí, y mientras ni usted ni Ana sientan la necesidad de la vida mundana...

–¡La vida mundana! –dijo Vronsky con desdén–. ¿Qué necesidad puedo tener yo de esa vida?

–Entre tanto, ustedes son felices y están tranquilos. Y es muy posible que sea siempre así. En cuanto a Ana, es feliz, completamente feliz. Ha encontrado ya el tiempo de decírmelo.

Y Daria Alejandrovna sonrió involuntariamente porque, al decir aquello, le acudió la duda de si, efectivamente, Ana era feliz.

Vronsky parecía sin embargo no dudar de ello.

–Sí, sí –dijo–. Yo sé que después de todos esos sufrimientos se ha animado de nuevo y es feliz. Es feliz en el presente. Pero, ¿y yo? Temo lo que nos espera... Perdón, ¿usted quiere ir a algún sitio concreto?

–No... Es igual...

–Entonces, sentémonos aquí.

Daria Alejandrovna se sentó en un banco, en un rincón del paseo. Vronsky se quedó de pie, ante ella.

–Veo que Ana es feliz –dijo–. Pero no sé si podrá continuar así.

La duda de si realmente sería feliz Ana asaltó de nuevo y con más fuerza a Dolly.

Vronsky continuó:

–¿Hemos hecho bien o mal? Ésta es otra cuestión. La suerte está echada –sentenció, hablando parte en ruso y parte en francés–. Estamos unidos para toda la vida. Sí, estamos unidos inseparablemente por los lazos más sagrados para nosotros –los del amor–. Tenemos una niña, podemos tener otros hijos, a los cuales la ley y las condiciones de nuestra situación reservan severidades que Ana, ahora, respirando por todos los sufrimientos, de todas las penas pasadas, no ve, no quiere ver. Y se comprende... Pero, yo no puedo cerrar los ojos. Mi hija no es mi hija según la ley: ¡es una Karenina! Y yo no puedo soportar este engaño –terminó Vronsky con gesto enérgico y sombrío. Dirigió una mirada interrogativa a Dolly, que le miró a su vez, pero permaneció callada.

Alexey continuó:

–Mañana podemos tener un hijo. Por la naturaleza será hijo mío; por la ley, será Karenin, y no podrá ser el heredero de mi fortuna. Ni de mi nombre siquiera. Y con cuantos hijos pudiéramos tener, resultaría lo mismo: que entre ellos y yo no habría lazo legal alguno. Ellos serían Karenin. ¡Imagine cuán terrible es esta situación! He probado a exponerle todo esto a Ana, pero oír hablar de esto la irrita. Ella no comprende y yo no puedo explicárselo todo. Ahora no ve más que es feliz. «Soy feliz con tu amor; lo demás no me importa.» Así piensa, sin duda. Yo también sería feliz así, pero... Yo debo tener mis ocupaciones. He encontrado una aquí que me gusta y de la que estoy orgulloso, pues considero que mi trabajo es más noble que los empleos de mis compañeros en la Corte o en el servicio militar. Es indudable que no cambiaría mi trabajo por el de ellos. Con esto estoy contento y no necesitamos más para nuestra dicha. Me gusta esta actividad. Cela n'est pas un pis–aller ; al contrario...

Daría Alejandrovna creyó que en este punto de su explicación, Vronsky se confundía, se alejaba del tema principal de la conversación. No comprendía bien el sentido de lo que le decía. Vronsky había empezado a hablar de sus más sagrados sentimientos y preocupaciones –de Ana, de sus hijos, de la imposibilidad de tratar todo esto con ella–; ahora trataba de sus actividades en el pueblo, resultando que esta cuestión formaba parte, también, al igual que las relaciones con Ana, de sus íntimos pensamientos.

Él, recobrándose, continuó:

–Lo principal, trabajando así, es estar convencido de que la obra no va a morir con uno, que tendrá herederos. Y, precisamente, esto es lo que yo no tengo. Imagínese usted la situación del hombre que sabe que los hijos suyos y de la mujer amada legalmente no serán sus hijos, sino que aparecerán como hijos de otro; y hasta en este caso, precisamente de aquél que les odia, que no quiere saber... ¡Es terrible!

Vronsky calló de nuevo, visiblemente conmovido.

–Sí... Claro que lo comprendo. Pero, ¿qué puede hacer Ana? –dijo Daria Alejandrovna.

–Bien. Esto precisamente me lleva al fin que persigue esta conversación –contestó Vronsky, calmándose con un esfuerzo–. Esto depende de Ana. El marido de ella estaba conforme con el divorcio; tanto, que el de usted casi nos arregló el asunto. Ahora estoy seguro de que no se negaría, tampoco, a hacerlo. Sólo hace falta que le escriba Ana. En aquel tiempo, él dijo clara y terminantemente que, si ella le decía que quería el divorcio, él no se opondría. Se comprende –dijo Vronsky, sombrío–: es una de esas crueldades farisaicas de las cuales sólo es capaz la gente de sus sentimientos. Él sabe lo penoso que es para Ana todo recuerdo suyo y, conociendo esto, le exige una carta. Comprendo que para ella eso ha de ser muy doloroso. Pero los motivos son tan importantes que es preciso passer par dessus toutes ces fineses de sentiments. Il y va du bonheur et de l'existence d'Anne et de ses enfants . No hablo de mí, aunque sufro, sufro mucho –y Vronsky, con los puños crispados, los ojos centelleantes, hizo un gesto amenazador a alguien causante de tales sufrimientos–. Así, Princesa, me agarro a usted como a un áncora de salvación. Ayúdeme a convencer a Ana para que escriba esa carta a su marido pidiéndole que acceda al divorcio.

–Sí, lo haré de buen grado –balbuceó Daria Alejandrovna, pensativa, recordando su último encuentro con Alexey Alejandrovich–. Sí, está claro –añadió con decisión, recordando a Ana.

–Emplee su influencia en ello, convénzala de que escriba esa carta... Yo no quiero ni casi puedo hablarle de ello.

–Bien. Lo haré, lo haré. Pero, ¿cómo es que ella misma no lo piensa? –preguntó Daria Alejandrovna recordando de repente la extraña costumbre que había adquirido Ana de fruncir las cejas. Y advirtió que este gesto lo había hecho precisamente cuando su conversación tocaba estos temas, tan sagrados para ella. «Dijérase que cierra los ojos», pensó Dolly, «para no ver su propia vida».

–Hablaré con ella sin falta –prometió firmemente Daria Alejandrovna.

Vronsky, hondamente conmovido, con mirada significativa y un fuerte apretón de manos, le expresó su agradecimiento.

Se levantaron y se dirigieron a la casa.