Ana Karenina VI: Capítulo XXII

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Ana Karenina
Sexta parte: Capítulo XXII
de León Tolstoi


Cuando Dolly llegó a la casa, Ana, que estaba ya allí, le miró con atención a los ojos, queriendo averiguar la conversación que había tenido con Vronsky, pero no le preguntó nada.

–Parece que ya es la hora de comer –dijo– y nosotras todavía no hemos hablado de nuestras cosas. Confío en que podremos hacerlo por la noche. Ahora debemos ir a arreglarnos para pasar al comedor. Pienso que también querrás cambiarte de traje. Hemos ensuciado éstos en la construcción...

Dolly se dirigió a su cuarto y sintió deseos de reír: no tenía otra vestido que ponerse. Lo que llevaba era lo mejor de su ropero. A fin de señalar algún cambio en su atavío, pidió a la doncella que le limpiara el traje, cambió los puños y se puso otro lacito y puntillas sobre la cabeza.

–Es todo lo que he podido hacer –dijo Dolly sonriendo a Ana, la cual salió con otro vestido muy sencillo, que, según advirtió Dolly, era el tercero de aquella mañana.

–Sí, nosotros observamos una etiqueta demasiado rígida –comentó Ana, como excusándose por su elegancia–. Alexey está muy contento de tu llegada –dijo luego–. Nunca ni por nada le he visto tan feliz. Decididamente está enamorado de ti –añadió en tono de broma, sonriente–. ¿No estás cansada? –se interesó después.

Comprendieron que antes de la comida no podrían hablar nada.

Al entrar en el salón, ya encontraron allí a la princesa Bárbara y a los hombres, con levitas negras todos, excepto el arquitecto, que iba de frac.

Vronsky presentó a Dolly al encargado de su finca y también al arquitecto, aunque éste ya se lo había presentado durante la visita al hospital.

Deslumbrante con su oronda y afeitada cara, su cuello y su camisa almidonados y el lacito de su corbata blanca, el mayordomo anunció que la comida estaba servida; y todos se dirigieron al comedor.

Vronsky pidió a Sviajsky que diese su brazo a Ana Arkadievna y él se acercó a Dolly. Veselovsky, adelantándose a Tuschkevich, ofreció el brazo a la princesa Bárbara; así que Tuschkovich, el encargado de la finca y el doctor no tuvieron pareja y entraron solos.

La comida, el comedor, vajilla, criados, vino y viandas, no solamente estaban en armonía con el tono lujoso general de la casa, sino que aun eran más ricos y nuevos los objetos, y más costosos, escogidos y abundantes los manjares servidos.

Daria Alejandrovna observaba este lujo, tan nuevo para ella, y, como dueña de casa, aunque no tenía esperanza de aplicar algún día nada de lo que veía a la suya propia –¡aquel lujo estaba tan lejos de su modo de vivir!– involuntariamente entraba en todos los detalles y se preguntaba quién sería el que lo disponía. Vaseñka Veselovsky, su marido, incluso Sviajsky y otros hombres que ella conocía jamás pensaban en estas cosas a incluso procuraban que sus invitados creyeran que todo estaba tan bien arreglado en la casa que no les había costado trabajo alguno organizarlo, que todo se había hecho como por sí mismo. Y Daria Alejandrovna sabía bien que por sí mismas no se hacen ni las más sencillas papillas para los niños; se decía que, por tanto, para que en aquella comida tan complicada estuviera todo tan bien dispuesto, alguien debía de haber puesto en ello muy aplicada atención. Y por la mirada con que Alexey Alejandrovich revisó la mesa a hizo señal al mayordomo para comenzar a servir, y la manera en que la invitó a ella a elegir entre el potaje de verdura y el.caldo, Dolly comprendió que todo aquello se hacía y sostenía por los cuidados del mismo dueño. Se veía que Ana no participaba en ello más que Veselovsky, o Sviajsky, o la Princesa, todos los cuales no eran allí más que invitados que, sin preocupación alguna, alegremente, gozaban de lo que otro había preparado para ellos.

Ana sólo era la dueña para llevar la conversación.

Y esta conversación, sumamente difícil de sostener en esta mesa, no muy grande, pero con personas, como el encargado y el arquitecto, que pertenecían a otro ambiente muy distinto y se esforzaban en no mostrarse intimidados ante aquel lujo desacostumbrado, y no se atrevían a tomar parte en la charla ni sostener largo tiempo un diálogo, esta conversación, Ana la llevaba, a pesar de todo, con su tacto habitual, con naturalidad y hasta con placer, como observaba Daria Alejandrovna.

Comentaron jocosamente cuánto se habían aburrido Tuschkevich y Veselovsky paseando los dos solos en la barca; Tuschkevich contó anécdotas a incidencias de los últimos concursos de canoas en el club náutico de San Petersburgo. Ana, aprovechando una pausa, se dirigió al arquitecto para hacerle hablar.

–Nicolás Ivanovich –dijo–. Sviajsky se ha sorprendido de los progresos de la nueva construcción desde que él estuvo aquí la última vez, y hasta a mí, que las veo cada día, me asombra la rapidez con que van las obras.

–¡Se trabaja tan bien con Su Excelencia! –dijo el arquitecto con sonrisa cortés (era un hombre de gran dignidad, respetuoso y tranquilo). Es muy distinto tener asuntos con las autoridades de la provincia. Allí hay que emplear montones de papel, mientras que aquí expongo al señor Conde mis ideas, las estudiamos juntos y en tres palabras todo queda comprendido y resuelto.

–Vamos, al estilo americano –dijo Sviajsky, sonriendo.

–Sí, señor. Allí elevan los edificios de modo racional.

La conversación derivó a los abusos de las autoridades de los Estados Unidos, pero Ana en seguida la llevó a otro tema para interrumpir el silencio del encargado.

–¿Has visto alguna vez las máquinas segadoras? –dijo a Dolly–. Volvíamos de verlas cuando lo encontramos. Yo no las había visto hasta entonces.

–¿Y cómo funcionan? –preguntó Daria Alejandrovna.

–Completamente igual que unas tijeras. Hay una plancha y sobre ella muchas tijeras pequeñas. Así: Y Ana, con sus manos, blancas y hermosas, cubiertas de sortijas, tomó un cuchillo y un tenedor y se puso a hacer una demostración del trabajo de las máquinas. Estaba segura de que su explicación no serviría para adquirir ningún conocimiento sobre el particular, pero, persuadida también de que hablaba de modo agradable y de que eran admiradas sus bellas manos, continuaba explicando.

–Más bien se parece eso a los cortaplumas –dijo provocativamente Veselovsky, que no apartaba sus ojos de Ana.

Ana sonrió imperceptiblemente y no le contestó.

–¿No es verdad, Karl Federevich, que se parecen a las tijeras? –preguntó al encargado.

–Ja –contestó el alemán–. Es ist ein ganz einfaches Ding.

Y se puso a explicar la construcción de la máquina.

–Es lástima que esta máquina no ate también. En la Exposición de Viena vi otras que, además de segar, ataban las gavillas con alambre –dijo Sviajsky–. Aquéllas serían aún más provechosas.

–Es kommt drauf an... Der Preis vom Draht muss ausgerechnet werden.

Y el alemán, alterado ya su silencio, se dirigió a Vronsky: –Das lässt sich ausrechnen, Erlaucht.

Karl Fedorovich quiso sacar de su bolsillo una libreta con un lápiz, en la cual hacía todos sus cálculos, pero, recordando que estaba en la mesa y observando la fría mirada de Vronsky, se abstuvo.

–Zu kompliziert, macht zu viel Klopot –concluyó.

–Wünscht man Dochods so hat man auch Klopots –dijo Vaseñka Veselovsky haciendo burla del alemán–. J'adore l'allemand –añadió con su acostumbrada risita y dirigiéndole una mirada a Ana.

–Cessez –le impuso ella medio serio medio en broma.

–Nosotros pensábamos encontrarlo a usted en el campo, Vasili Semenich ––dijo luego Ana al doctor, un hombre de aspecto enfermizo–. ¿Estaba usted allí?

–Estuve y desaparecí –contestó el doctor con hosca ironía.

–Entonces ha dado usted un estupendo paseo.

–Estupendo.

–¿Y cómo está la salud de la «vieja»? Espero que no tenga el tifus.

–Aunque no tiene el tifus, no está bien.

–¡Qué lástima! ––dijo ella.

Y habiendo cumplido de aquel modo con la gente de fuera de la casa, Ana dirigió su atención a sus amigos.

–De todos modos, Ana Arkadievna, será muy difícil construir la máquina con su explicación –dijo en broma Sviajsky.

–¿Por qué? –replicó Ana con sonrisa que decía claramente que ella sabía que en su explicación había un punto de afectación no desprovista de gracia, observada también por Sviajsky.

Este nuevo rasgo de coquetería en el carácter de Ana decepcionó desagradablemente a Dolly.

–Pero, en cambio, los conocimientos de Ana Arkadievna en arquitectura son sorprendentes –dijo Tuschkevich.

–¡Claro que sí! Ayer le oí hablar de «colocar el cabrío», y « los plintos» –dijo irónicamente Veselovsky–. ¿Es así como se pronuncia?

–No hay nada de particular en ello cuando tengo que verlo y oírlo tantas veces ––dijo Ana–. Y usted –agregó dirigiéndose a Veselovsky– estoy segura de que no sabe ni siquiera de qué se hacen las casas.

Daria Alejandrovna advertía que, aunque reprobando el tono de coquetería en que le hablaba Veselovsky, Ana, involuntariamente, lo adoptaba a su vez.

En esta ocasión, Vronsky obraba de modo completamente distinto al de Levin. Se veía que no daba ninguna importancia a las charlas de Veselovsky con su mujer y hasta, al contrario animaba a aquél en sus bromas.

–Sí, díganos, Veselovsky, ¿con qué se unen las piedras? –le preguntó.

–Está claro: con cemento.

–¡Bravo! ¿Y qué es el cemento?

–Algo así como... ¿cómo diré?, una masa líquida y pegajosa ––expuso Veselovsky provocando la risa general.

La conversación entre los comensales, excepto el doctor, el arquitecto y el encargado, sumidos de nuevo en un obstinado silencio, no paraba, ora deslizándose placenteramente o punzante, a hiriendo a alguien. En cierto punto, fue Daria Alejandrovna la que se sintió herida en sus sentimientos. Se acaloró de tal modo que llegó a ponerse roja, y hasta un poco después, no se le ocurrió que acaso habría proferido alguna palabra inconveniente. Sviajsky había aludido a Levin, refiriendo sus extrañas ideas de que las máquinas son nocivas en la propiedad rusa.

–No tengo el gusto de conocer a ese señor –dijo Vronsky, sonriendo con ironía–, pero seguramente él no ha visto nunca las máquinas que censura. Y si ha visto alguna, seguramente no era una máquina extranjera sino cualquiera rusa... Pues, ¿qué dudas pueden caber sobre esta cuestión?

–En general, tiene ideas turcas –dijo Veselovsky dirigiéndose, con su eterna sonrisa, a Ana.

–No puedo defender sus ideas porque no sabría –dijo Daria Alejandrovna acalorada, pero con energía–. Lo que sí puedo decir es que es un hombre culto, y que si él estuviera aquí, le contestaría debidamente...

–Le quiero mucho y somos buenos amigos –dijo Sviajsky bonachonamente–. Mais pardon, il est un peu toqué. Por ejemplo, afirma que el zemstvo y los jueces municipales no son necesarios y no quiere intervenir en nada.

–Es nuestra indiferencia rusa –comentó Vronsky, echando agua helada de una botella en su alta copa. Es no sentir las obligaciones que nos imponen nuestros derechos, es negar esas obligaciones.

–No conozco hombre más severo en el cumplimiento de sus obligaciones –opuso Daria Alejandrovna, irritada por el tono de superioridad con que el Conde había hablado.

–Yo, al contrario –continuó Vronsky, a quien, al parecer interesaba vivamente la conversación–. Yo, por el contrario, digo, estoy muy agradecido por el honor que me han hecho, gracias a Nicolás Ivanovich (indicando a Sviajsky) de haberme elegido juez municipal honorario. Considero para mí muy importante la obligación de ir a la Junta para juzgar las cuestiones de los campesinos, aunque se trate sólo de un caballo. Y consideraré un gran honor que me nombren vocal del zemstvo. Sólo de este modo podré pagar los beneficios de que disfruto como propietario de tierras. Por desgracia, no se comprende la importancia que deben alcanzar en el Estado los grandes terratenientes.

A Daria Alejandrovna le extrañaba que Vronsky hablara en aquella forma de sí mismo, de sus ideas sentado a su mesa, en su propia casa. Era verdad que Levin, cuyas ideas, eran completamente opuestas, las defendía también con igual energía y también en su casa, sentado a la mesa... Pero a Levin le quería y, por eso, lo encontraba natural en él.

–¿Así, Conde, que podremos contar con usted para la próxima sesión? –preguntó Sviajsky–. Pero hay que ir pronto, para estar ya allí el día ocho. Si me hubiera otorgado el honor de venir a mi casa...

–Pues yo estoy en parte conforme con tu cuñado –dijo Ana a Dolly–. Temo que actualmente el número de obligaciones sociales haya aumentado de una manera exagerada, aunque probablemente por motivos diferentes, –añadió con una sonrisa–. Como antes había tantos empleados que parecía que se necesitaba uno para cada asunto, así ahora necesitan para todo la actividad de la gente. Alexey sólo lleva aquí seis meses y me parece que es ya miembro de cinco o seis distintas instituciones sociales: la tutoría, juez, vocal, agregado, hasta algo que trata de los caballos. Du train que cela va, todo el tiempo se le irá en esas obligaciones. Me temo, sin embargo, que toda esa cantidad de cargos sea sólo una fórmula. ¿De cuántas sociedades es usted miembro, Nicolás Ivanovich? –preguntó a Sviajsky–. Me parece que de más de veinte, ¿no?

Ana hablaba en broma, pero en su tono se advertía una cierta irritación.

Daria Alejandrovna, que observaba con atención a Ana y a Vronsky, en seguida lo notó. Observó, también, que durante esta conversación el rostro de Vronsky adquiría al punto una expresión severa y obstinada. Al advertirlo y darse también cuenta de que la princesa Bárbara se apresuraba a hablar de los conocidos de San Petersburgo para cambiar de conversación, recordó que Vronsky le había hablado en el jardín muy poco oportunamente de su actividad social, y Dolly comprendió en seguida que en aquella cuestión iba ligada una disensión íntima entre los dos amantes.

La comida, los vinos, la vajilla, el servicio, todo esto estaba muy bien, pero el carácter impersonal y de tirantez que se notaba en ella, Dolly lo había visto ya en las comidas de gala, en los bailes de gran mundo, de los que había perdido ya la costumbre. Verlo, no obstante, en un día corriente, en una sociedad reducida, casi en familia, despertaba en ella una impresión desagradable.

Después de la comida pasaron, a reposar, a la terraza. Luego jugaron una partida de lawn–tennis.

Los jugadores, separados en dos grupos, se pusieron sobre el croquet ground cuidadosamente apisonado y nivelado, a ambos lados de la red tendida entre dos columnitas doradas.

Daria Alejandrovna probó a jugar, pero no pudo en mucho tiempo entender el juego. Cuando acabó de comprenderlo, estaba cansada ya y lo abandonó y se sentó junto a la princesa Bárbara, observando las incidencias de las jugadas. Su compañero de partida tampoco jugó más, pero los otros continuaron.

Svianjsky y Vronsky jugaban bien y seriamente. Vigilaban la pelota que les tiraban sin precipitarse ni perder tiempo, corrían con destreza a su encuentro, se estiraban, saltaban y paraban con habilidad y la devolvían diestramente con la raqueta, al otro lado de la red.

Veselovsky jugaba peor que los demás. Se excitaba demasiado; pero, con su alegría, animaba a los otros jugadores. Sus risas y exclamaciones no cesaban de oírse un momento. Como los otros hombres, tras pedir permiso a las señoras, se había quitado la levita, y sù recia y hermosa figura, en mangas de camisa, el rostro colorado y cubierto de sudor y sus movimientos impresionaban de tal modo, que aquella noche Daria Alejandrovna tardó mucho en dormirse recordando la figura de Veselovsky moviéndose sobre la pista.

Durante el juego, Daria Alejandrovna no se sintió alegre: no le agradaba el trato algo libre que observaba entre Veselovsky y Ana; y le desagradaba, también, aquella artificialidad que se nota en los adultos cuando se divierten en un juego infantil sin niños. Pero, para no desanimar a los demás y pasar el tiempo de algún modo, después de descansar un rato, de nuevo se unió a los jugadores y fingió divertirse.

Todo aquel día tuvo la impresión de que estaba representando en un teatro con actores mejores que ella y que la torpeza con que desempeñaba su papel estropeaba toda la obra.

Había ido con intención de pasar dos días allí, si se encontraba muy bien; pero, durante la partida de tenis, tomó la resolución de marcharse al día siguiente.

Aquellas mismas preocupaciones de madre que había aborrecido tanto durante el camino, ahora, después del día pasado sin sus hijos, se le presentaban bajo otro aspecto y le instaban a volver junto a ellos.

Cuando, después del té de la tarde y el paseo en barca que dieron por la noche, Daria Alejandrovna entró en su habitación, se quitó el vestido y se arregló sus cabellos, ya escasos, para pasar la noche, experimentó un gran alivio.

Hasta le era desagradable pensar que Ana iba a entrar entonces en su habitación. En aquel momento Dolly ansiaba quedar a solas con sus pensamientos.