Ana Karenina VI: Capítulo XXXI

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Ana Karenina
Sexta parte: Capítulo XXXI
de León Tolstoi


Aquel día Vronsky ofreció una comida al Presidente provincial elegido y a muchos de los adeptos del partido nuevo.

Vronsky había ido a la ciudad por las elecciones y porque se aburría en el pueblo, por mostrar a Ana su derecho a la libertad, y también porque quería pagar a Sviajsky, con su ayuda, los esfuerzos que había hecho a su favor en las elecciones del zemstvo. Pero más que nada había ido por cumplir con todos sus deberes de noble y agricultor, la posición que había elegido ahora como campo de su actividad. Pero Vronsky no esperaba de ningún modo que las elecciones le hubieran interesado en tanta manera. Era un hombre completamente nuevo entre los nobles rurales, mas, a pesar de ello, alcanzaba un éxito indudable y no se equivocaban pensando que había ya adquirido una gran influencia en aquel medio.

Contribuían a ello su riqueza y distinción, su cualidad de noble de alta categoría; el espléndido departamento que en la ciudad había dejado a su disposición su antiguo conocido Schirkov, que ahora se ocupaba de asuntos financieros y había abierto en Kachin un banco que marchaba prósperamente; el estupendo cocinero que Vronsky se había traído de su finca; la amistad con el Gobernador, que era amigo íntimo suyo y además protegido de otro amigo de Vronsky; y, sobre todo, le ayudaba a ello su trato sencillo, afable a igual, que obligó a la mayoría de los nobles a modificar la opinión de soberbio en que casi todos le tenían.

Él mismo sentía que, excepto aquel señor tan raro, casado con Kitty Scherbazky que, à propos de bottes le había dicho, con desenfrenada irritación, una porción de tonterías, cada noble que él conocía se convertía en seguida en partidario y amigo suyo.

Vronsky sabía fijamente –y los demás se lo reconocían de buen grado– que Neviedvsky le debía mucho de su éxito. Y ahora, en la mesa de su casa festejando la elección de aquél, experimentaba, por su protegido, el sentimiento agradable de la victoria.

Las mismas elecciones le habían interesado de tal modo que había resuelto que si estaba casado ya cuando se celebraran las próximas, dentro de tres años presentaría su candidatura. Era como si, después de haber ganado el premio en las carreras de caballos por medio del jockey, le entrasen ganas de tomar parte en las pruebas personalmente.

Ahora, celebrando la victoria de su jockey Neviedovsky en la carrera electoral, Vronsky presidía la mesa. A su derecha estaba sentado el joven gobernador, general del séquito del Emperadon El Gobernador era para todos los comensales el amo de la provincia, el hombre que había abierto solemnemente las elecciones pronunciando el discurso y que, como observara Vronsky había despertado el respeto y hasta el servilismo de la mayoría. Pero para Vronsky era Maslov Kátika , apodo con el que era conocido en el Cuerpo de pajes, que ahora se sentía confuso delante de Vronsky, y a quien procuraba éste mettre à son aise.

A la izquierda, estaba sentado Neviedovsky, con su rostro joven, impasible y como lleno de hiel, a quien Vronsky trataba con naturalidad y respeto.

Sviajsky soportaba su fracaso con buen humor. Para él no era un fracaso –decía, levantando su copa y dirigiéndose a Neviedovsky–. Habría sido imposible –explicaba– encontrar un representante mejor para la nueva dirección que debía seguir la Nobleza. Y por esto estaba de todo corazón al lado del éxito de hoy y lo celebraba sinceramente.

Esteban Arkadievich también se sentía feliz de haber pasado el tiempo de una manera tan agradable y de que todos estuviesen satisfechos.

Durante la comida, que fue espléndida, se recordaron los episodios de las elecciones. Sviajsky imitó cómicamente el discurso lacrimoso del antiguo Presidente y, de paso, dijo a Neviedovsky que «Su Excelencia» tendría que elegir un modo mejor y no tan sencillo como las lágrimas para justifcar la inversión de los fondos.

Otro noble, gran humorista, dijo que había hecho venir a sus lacayos calzados de medias para el baile del Presidente, ya que éste tenía la costumbre de dar las fiestas así; y ahora habría de vestirlos de nuevo si el Presidente actual no daba baile con los lacayos calzando medias.

Al dirigirse a Neviedovsky, lo hacían continuamente llamándole «nuestro Presidente provincial» y «Vuestra Excelencia». Y lo decían con el mismo placer con el cual se dirigían a una señora joven llamándola madame o por el apellido de su marido.

Neviedovsky aparentaba que no sólo le era indiferente el nombramiento, sino que hasta tenía en poco este título; pero se veía claramente que le hacía feliz su elección y que hacía esfuerzos para no demostrar un entusiasmo poco conveniente en el medio liberal en que se encontraba.

Durante la comida se enviaron algunos telegramas a la gente conocida que se interesaba por las elecciones y Esteban Arkadievich, el cual estaba muy animado y alegre, mandó uno a Daria Alejandrovna que decía así: «Neviedovsky elegido por mayoría de diecinueve bolas. Enhorabuena. Lo comunicarás».

Esteban Arkadievich, muy ufano, leyó el telegrama en voz alta y dijo: «Quiero alegrarles con esta agradable noticia». Y, en efecto, Daria Alejandrovna, al recibir el telegrama, se limitó a suspirar por el rublo que habían gastado en ello y pensó que su marido lo había mandado después de una comida, ya que Esteban Arkadievich tenía la debilidad de, al final de cada banquete a que asistía, faire jouer le télégraphe .

Todo, junto con la espléndida comida, y los vinos extranjeros, resultó digno, sencillo y animado. Veinte personas, todas de las mismas ideas, gente liberal, activa, nueva y, al mismo tiempo, espiritual y honrada, habían sido las elegidas por Sviajsky para esta fiesta. Se brindó con alegría «por el nuevo Presidente» y «por el Gobernador» y «por el Director del Banco» y «por nuestro amable anfitrión».

Vronsky estaba contento, porque nunca había imaginado encontrar un ambiente tan agradable en la provincia.

Al final, la alegría se hizo aún más general.

El Gobernador pidió a Vronsky que fuera al concierto que, a beneficio de los «Hermanos Eslavos», había organizado su esposa, la cual, por su parte, deseaba conocer al Conde.

–Habrá un gran baile y verá usted a nuestras bellezas. Será algo extraordinario.

–Not in my line –contestó Vronsky, al cual agradaba mucho esta expresión. Pero sonrió y prometió ir.

Un momento antes de levantarse de la mesa, cuando todos reposaban, fumando, el ayuda de cámara de Vronsky se acercó a éste trayéndole una carta sobre una bandeja.

–Acaba de llegar de Vosdvijenskoe con un enviado especial ––dijo con expresión significativa.

–Es sorprendente cómo se parece a Sventizky, el vicepresidente de los Tribunales –dijo en francés uno de los invitados refiriéndose al ayuda de cámara, mientras Vronsky leía la carta. A medida que leía su rostro se iba ensombreciendo.

La carta era de Ana.

Aun antes de haberla leído, Vronsky conocía su contenido. Suponiendo que las elecciones iban a terminar en cinco días, él había prometido a Ana volver a su casa el viernes. Era sábado y Vronsky sabía que la carta estaría llena de reproches por no haber vuelto en el día indicado. Sin duda la nota que él había enviado explicando el retraso no habría llegado aún a poder de ella.

El contenido de la carta era, efectivamente, el que Vronsky había imaginado. Pero, además, le decía algo inesperado y doloroso; Any estaba muy enferma. «El doctor dice que puede tratarse de una pulmonía. Sola, yo pierdo la cabeza. La princesa Bárbara no es una ayuda, sino un estorbo. Te he esperado anteayer y ayer, y ahora mando ésta para saber dónde estás y qué haces. Quise ir yo misma, pero cambié de idea pensando que acaso lo desagradara. Dime algo para saber qué debo hacer.»

«La niña enferma y Ana queriendo venir. ¡La hija está enferma y ella emplea aún este tono hostil!», pensó Vronsky.

El contraste entre la alegría inocente de las elecciones y el recuerdo de aquel amor sombrío, agobiador, al cual debía volver, hundió a Vronsky en una gran confusión.

Pero debía volver, y aquella misma noche, en el primer tren, regreso a su casa.