Ana Karenina VI: Capítulo XXXII

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Ana Karenina
Sexta parte: Capítulo XXXII
de León Tolstoi


Antes del viaje de Vronsky para asistir a las elecciones, Ana había reflexionado en que las escenas que se repetían con ocasión de cada viaje que él hacía, en vez de estrechar los lazos que les unían, podían debilitarlos aún más, y decidió hacer todo el esfuerzo posible sobre sí misma para soportar tranquila la separación.

Pero el tono frío y severo que empleó Vronsky aquella vez para anunciarle su viaje y la mirada que le dirigió, la ofendieron, y ya antes de su partida Ana había perdido la tranquilidad.

Luego, al quedarse sola, recordando y analizando aquel tono y aquella mirada, que expresaban el deseo de Vronsky de hacer use de su derecho a la libertad, Ana llegó a la misma conclusión de siempre: a la conciencia de su humillación.

«Tiene, claro está, perfecto derecho a marcharse adonde y cuando quiera. Y, no sólo a marcharse, sino, también, a dejarme sola. Él tiene todos los derechos y yo ninguno. Pero, sabiéndolo, no debía hacerlo... De todos modos, ¿que ha hecho? Me miró con expresión fría y severa. Esto, naturalmente, es una cosa indefinida, impalpable; pero ante esto no ocurría y esta mirada suya significa mucho», pensaba. «Esa mirada dice bien claramente que empieza enfriarse su pasión.» No obstante, a pesar de estar convencida de que Vronsky comenzaba a perderle cariño, no veía cómo podría ella cambiar, modificar su actitud con él, hacer que ésta fuera igual que antes cuando, con sólo su amor y sus atractivos, ella le sabía retener.

Y, como antes, trabajando de día y tomando morfina por la noche, conseguía Ana ahogar sus terribles pensamientos sobre la situación en que quedaría si Vronsky dejara de amarla.

«Es verdad», pensó, «que queda todavía un remedio para retenerle». Ana fuera de su amor no deseaba nada. Este remedio era el divorcio y su casamiento, y Ana empezó a desearlo y se decidió a consentir en la primera ocasión en que Vronsky o su hermano le hablaran de ello.

Con tales pensamientos pasó cinco días, que fueron los que había de durar la ausencia de él.

Los paseos, las conversaciones con la princesa Bárbara, las visitas al hospital y, principalmente, la lectura –un libro tras otro– ocuparon todo su tiempo.

Pero al sexto día, cuando llegó el cochero sin él, Ana sintió que no podía ya ahogar más su pena y su inquietud por lo que Vronsky pudiera estar haciendo allí. En este tiempo enfermó su hija. Ana quiso atenderla y tampoco en esto halló distracción, porque la enfermedad de la niña no era de cuidado. Además, no obstante sus esfuerzos, no llegaba a querer a la niña, y el amor no podía ni sabía fingirlo.

Al anochecer de aquel día, al encontrarse sola, el terror de que él la abandonase se hizo en Ana tan vivo que casi se decidió a ir a la ciudad ella misma, pero, después de pensarlo mucho, se limitó a escribir aquella carta contradictoria que Vronsky había recibido, y que, sin releerla, le fue mandada por un mensajero.

A la mañana siguiente, al recibir la contestación, Ana se arrepintió de haberlo hecho.

Pensaba ahora con terror en la posibilidad de que Vronsky volviese a dirigirle la mirada severa del día de la partida, sobre todo al enterarse de que el estado de la niña no inspiraba ningún cuidado.

Sin embargo, a pesar de todo, estaba contenta por haberle escrito. Él se sentía molesto, renunciaría de mala gana a su libertad para volver a su lado, pero, al fin y al cabo, volvería, que es lo que Ana ansiaba con toda el alma, porque de este modo lo tendría con ella, le vería, podría seguir cada uno de sus movimientos...

Estaba sentada en el salón y, a la luz de la lámpara, leía un nuevo libro de Taine, con el oído atento a los ruidos del exterior, donde soplaba un fuerte viento, esperando a cada punto la llegada del coche. Repetidas veces le había parecido oír el ruido de las ruedas, pero era siempre un engaño; hasta que, al fin, no sólo oyó el ruido de las ruedas, sino también las exclamaciones del cochero y el traqueteo del carruaje, que se detuvo en la entrada cubierta delante de la casa. Hasta la princesa Bárbara, que disponía su solitario, lo afirmó.

Ana, con el rostro encendido por la emoción, se levantó para dirigirse a su encuentro, como otras veces cuando regresaba Vronsky de viaje, pero, antes de llegar a la puerta, se detuvo y permaneció en la misma habitación.

De repente se sintió avergonzada de su engaño y, más que nada, temerosa, pensando en qué forma le recibiría. Todos sus temores se le habían desvanecido y ya no temía sino el descontento de Vronsky. Recordó que la hija llevaba ya dos días completamente bien y hasta se sintió irritada contra ella de que se hubiera restablecido precisamente cuando había mandado la carta anunciando que se hallaba gravemente enferma.

Al recordar, sin embargo, que él estaba allí, él, con sus brazos, con sus ojos, se olvidó de todo, y al oír su voz corrió a su encuentro alegre, inundada de felicidad.

–¿Y Any? ¿Cómo está? –le preguntó Vronsky, desde abajo, con temor, viendo a Ana que bajaba corriendo las escaleras a su encuentro.

Él estaba sentado en una silla mientras el lacayo le sacaba sus botas forradas.

–Está mejor.

–¿Y tú? –le preguntó él, sacudiéndose el traje.

Ana, con ambas manos, tomó una de las de Vronsky, la pasó por su espalda para que el brazo de él le rodeara el talle y, estrechados así, le miró fijamente, embelesada.

–Bueno, estoy contento –le dijo Vronsky, examinando fríamente su peinado, el vestido, sus adornos, que sabía que se había puesto para él.

Aquellas atenciones le placían; pero, ¡lo había visto todo tantas veces!

Y la expresión severa, como de piedra, aquella expresión que Ana temía tanto, se fijó en el rostro de Vronsky.

–Estoy contento –repitió–. ¿Y tú estás bien? –le preguntó, y, después de secarse con el pañuelo su barba mojada, le besó la mano.

«Es igual», pensaba Ana; «lo que yo quería era que estuviera él aquí, porque cuando está aquí no se atreve, no puede no amarme».

El resto de la velada transcurrió animado y alegre, con la presencia también de Bárbara, la cual se lamentó de que, en ausencia de él, Ana tomara morfina.

–¿Qué queréis que haga? No podía dormir. Me estorbaban los pensamientos. Cuando él está aquí, no la tomo nunca... Casi nunca...

Vronsky contó los diversos episodios de las elecciones, y con sus preguntas, Ana supo llevarle a lo que más le gustaba: a hablar de sus éxitos.

Ella le refirió, por su parte, cuanto de interesante había sucedido en la casa, y sus noticias fueron todas felices y alegres.

Pero cuando, ya tarde, los dos quedaron solos, al ver que de nuevo le tenía a su lado, Ana quiso borrar la mala impresión de su carta y le preguntó:

–Confiesa que el recibir mi carta te fue desagradable. ¿Me has creído o no?

Apenas lo hubo dicho, comprendió que por grande que fuese su cariño, Vronsky no se lo perdonaba.

–Sí, la carta era muy extraña. Me decías que Any estaba grave y que querías venir tú en persona...

–Las dos cosas eran verdad.

–No lo dudo.

–No; sí lo dudas... Veo que estás descontento.

–En modo alguno. Lo que me contraría es que no quieras comprender que uno tiene obligaciones...

–¿Es obligación ir al concierto?

–Bueno, no hablemos más de esto...

–¿Y por qué no hablar? –insistió Ana,

–Sólo quiero decir que se presentarán deberes imperiosos... Ahora mismo, muy pronto, tendré que ir a Moscú por los asuntos de la casa... Ana, ¿por qué te irritas? ¿No sabes que no puedo vivir sin ti?

–Si es así... –, dijo Ana, cambiando súbitamente de tono–. Si vienes aquí, estás un día y luego te marchas de nuevo, si estás cansado de esta vida...

–Ana, eres cruel. Ya sabes que estoy pronto a sacrificarlo todo, hasta mi vida...

Pero ella no le escuchaba.

–Si vas a Moscú, iré yo también. No quiero quedarme aquí. Debemos separarnos definitivamente, o vivir juntos.

–Tú sabes que ése es mi único deseo. Pero para esto...

–¿Hay que obtener el divorcio? Voy a escribir en seguida a mi marido. Veo que no puedo vivir así... Pero iré contigo a Moscú.

–Parece que me amenazas... Pues bien: mi más ardiente deseo es separarme de ti –dijo Vronsky sonriendo.

Pero en sus ojos, al pronunciar aquellas dulces palabras, brillaba no sólo una mirada fría, sino irritada, la mirada de un hombre exasperado por aquella obstinación.

Ana vio su mirada y comprendió hasta el fondo su significado: «¡Qué desgracia!», leyó en los ojos de Vronsky

Fue una impresión que duró un instante, pero Ana no la olvidó nunca más.

Ana escribió la carta a su marido pidiéndole que accediera al divorcio.

Y a fines de noviembre, separándose de la princesa Bárbara, la cual debía ir a San Petersburgo, marchó con Vronsky a Moscú, donde, esperando cada día la contestación de Alexey Alejandrovich y luego el divorcio, se instalaron juntos como marido y mujer.