Antígona (Velasco y García tr.)

IV
ANTÍGONA
Antígona. |
Hemón. |
Ninguna noticia de nuestros amigos, Antígona, ha llegado á mí, alegre ó triste, desde que nos hemos visto privadas de nuestros dos hermanos, muertos en un solo día, el uno por el otro. Habiéndose marchado esta noche el ejército de los argivos, no sé nada más que pueda hacerme más feliz ó más desgraciada.
Bien lo sé; pero te he pedido que salgas de la morada, para que me oyeses tú sola.
¿De qué se trata? Manifiestamente, das vueltas á alguna cosa en tu espíritu.
¿No ha decretado Creón los honores de la sepultura para uno de nuestros hermanos, negándolos indignamente al otro? Se dice que ha encerrado á Éteocles en la tierra, para que fuese honrado por los muertos; pero ha prohibido á los ciudadanos colocar en la tumba el mísero cadáver de Polinice muerto y llorarle. Y se le debe entregar, no sepultado, no llorado, como presa á las aves carnívoras, á quienes este pasto es agradable. Se dice que el buen Creón ha decretado esto por ti y por mí, ciertamente, por mí, y que va á venir acá para anunciarlo claramente á los que lo ignoren. Y no piensa que ello sea una cosa vana. El que obre contra ese decreto deberá ser lapidado por el pueblo, en la ciudad. He aquí lo que te amenaza, y antes de poco demostrarás si eres bien nacida ó si eres la cobarde hija de irreprochables padres.
¡Oh desventurada! Si ello es así, ¿á qué me he de resolver?
¡Mira si quieres obrar de concierto conmigo y ayudarme!
¿Quieres arrebatar el cadáver juntamente conmigo?
¿Piensas darle sepultura, cuando eso está prohibido á los ciudadanos?
Ciertamente, daré sepultura á mi hermano que es el tuyo, si tú no quieres hacerlo. Jamás se me acusará de traición.
¡Oh desdichada! ¿No obstante que Creón lo ha prohibido?
No tiene él ningún derecho para rechazarme lejos de los míos.
¡Ay! Piensa, ¡oh hermana! que nuestro padre ha muerto aborrecido y despreciado, y que, habiendo conocido sus impías acciones, se arrancó los dos ojos con su propia mano; que la que llevaba el doble nombre de su madre y de su esposa se libertó de la vida con ayuda de un lazo terrible; y que nuestros dos hermanos, en fin, en un mismo día, matándose ellos mismos, ¡los infortunados! se han dado la muerte el uno al otro. Ahora que ambas nos vemos solas, piensa que deberemos morir más lamentablemente todavía, si, contra la ley, despreciamos la fuerza y el poder de los amos. Hay que pensar que somos mujeres, impotentes para luchar contra hombres, y que, sometidas á los que son los más fuertes, debemos obedecerles, hasta en cosas más duras. En cuanto á mí, habiendo pedido á las Sombras subterráneas que me perdonen, porque me veo constreñida por la violencia, cederé á los que poseen el poder, porque es insensato intentar nada más allá de las fuerzas de cada uno.
Nada pediré. Aunque quisieras obrar de acuerdo conmigo, no me serviría de buen grado de ti. Haz lo que quieras, pero yo le daré sepultura, y me será grato morir por ello. Habiendo cometido un delito piadoso, amada me tenderé junto al que me es amado; porque más tiempo tendré para agradar a los que están bajo tierra que á los que están aquí. Allí es donde estaré tendida para siempre. Pero tú desprecia á tu arbitrio lo que hay de más sagrado para los. Dioses.
No lo desprecio, pero no me siento con fuerza para hacer nada contra la voluntad de los ciudadanos.
Toma ese pretexto. Yo iré á elevar una tumba á mi hermano muy querido.
¡Ay! ¡Cuánto temo por ti, desgraciada!
No temas nada por mí; no te inquietes mas que de lo que á ti se refiere.
No confies al menos tu designio á nadie. Obra secretamente. Yo me callaré también.
¡Ay! Habla en alta voz. Más odiosa me serás si te callas que si revelas esto á todos.
Tienes un corazón ardiente para lo que exige sangre fría.
Complazco así, lo sé, á aquellos á quienes conviene que complazca.
Si puedes, sin embargo; pero intentas algo que es superior á tus fuerzas.
Cuando las cosas están por encima de nuestras fuerzas, conviene no intentarlas.
Si hablas así, te tomaré aborrecimiento y serás justamente odiosa á aquel que ha muerto. Antes bien, déjame afrontar lo que intento, porque, ciertamente, cualquier destino cruel que sufra, moriré con gloria.
Si ello te parece así, ¡ve! Sabe que eres insensata, peroamas sinceramente á tus amigos.
¡Espléndida claridad! La más bella de las luces que hayau lucido sobre Tebas la de las siete puertas, al fin has aparecido por encima de las fuentes Dirceas. ¡Ojo de oro del dia! Tú has rechazado y obligado á huir, soltando las riendas. al hombre del blanco escudo, que salió de Argos completamente armado, y que, alzándose contra nuestra tierra por la causa dudosa de Polinice, y profiriendo agudos gritos, se dejó caer aquí como un águila de ala de nieve, con innumerables armas y cascos cabelludos.
Más alto que nuestras moradas, estaba allí, devorador, por todas partes, con sus lanzas ávidas de matanza, en torno á las siete puertas; y se ha ido antes de haberse saciado de nuestra sangre, y antes de que Hefesto resinoso se haya apoderado de nuestras torres almenadas; tanto ha estallado detrás de él el resentimiento de Ares, invencible para el Dragón enemigo. Porque Zeus aborrece la impudencia de una lengua orgullosa, y, habiéndoles visto precipitarse impetuosamente, muy altivos con su oro estridente, ha derribado, lanzando el rayo, al que se preparaba á proferir el grito de la victoria en la cima de nuestras murallas.
Derribado, cayó, retumbando contra la tierra y llevando el fuego, él que, anteriormente, ebrio de un furor insensato, tenía el soplo de los vientos más terribles. Y Ares, grande é impetuoso, desvió estos males y les infligió otros, poniendo á todos en desorden. Y los siete jefes, alzados en las siete puertas contra otros siete, dejaron sus armas de bronce á Zeus que pone en fuga, excepto esos dos desgraciados que, nacidos del mismo padre y de la misma madre, se han herido el uno al otro con sus lanzas y han recibido una muerte común.
Pero Nica, la de ilustre nombre, ha venido á sonreir á Tebas la de carros innumerables. ¡Olvidemos, pues, esos combates, y llevemos coros nocturnos á todos los templos de los Dioses, y que Baco los conduzca, él que conmueve la tebana tierra! He aquí al rey del país, Creón Menecida. Viene á causa de los hechos recientes que han sido la voluntad de los Dioses, madurando algún proyecto, puesto que ha convocado esta asamblea de ancianos reunidos por un llamamiento común.CRHÓN ¡Hombres! Los Dioses han salvado por fin esta ciudad que habían combatido con tantas olas. Os he ordenado, por medio de emisarios, reuniros aquí, escogiéndoos entre todos, porque habéis, lo sé, honrado siempre el poder de Layo, y guardado la misma fe constante á Edipo cuando mandaba en la ciudad, y, muerto él, á sus hijos. Puesto que los dos han perecido en un mismo día, muertos el uno por el otro en una matanza mutua é impía, yo poseo ahora el poder y el trono, siendo el más próximo pariente de los muertos. El espíritu, el alma y los designios de un hombre no pueden ser conocidos antes de que haya manejado la cosa pública y aplicado las leyes. Cualquiera que rige la ciudad y no se conforma á los mejores principios, sino que reprime su lengua por temor, es el peor de los hombres; siempre lo he pensado y todavía lo pienso; y en modo alguno estimo al que prefiere un amigo á su patria. ¡Pongo por testigo á Zeus que ve todas las cosas! Yo no me callo cuando veo que una calamidad amenaza la salud de los ciudadanos, y jamás he profesado amistad á un enemigo de la patria; porque sé que la salud de la patria es lo que salva á los ciudadanos, y que no carecemos de amigos en tanto que ella está segura. Con tales pensamientos es como acrecentaré esta ciudad. Y he ordenado, por un edicto, que se encerrase en una tumba á Eteocles, que, combatiendo por esta ciudad, ha muerto bravamente, y que se le rindiesen los honores fúnebres debidos á las sombras de los hombres valientes. Pero, en cuanto á su hermano Polinice, que, vuelto del destierro, ha querido destruir por las llamas su patria los Dioses de su patria, que ha querido beber la sangre de sus allegados y reducir á los ciudadanos á servidumbre, quiero que nadie le dé una tumba, ni le llore, sino que se le deje insepulto, y que sea ignominiosamente destrozado por las aves carnívoras y por los perros. Tal es mi voluntad. Los impíos no recibirán jamás de mí los honores debidos á los justos; pero cualquiera que sea amigo de esta ciudad, vivo ó muerto, será igualmente honrado por mí.
Te place obrar así, Creón, hijo de Meneceo, respecto al enemigo de esta ciudad y á su amigo. Todos, tantos cuantos somos, vivos ó muertos, estamos sometidos á tu ley, cualquiera que sea.
Velad, pues, para que el edicto sea respetado.
Confía ese cuidado á otros más jóvenes.
Ya hay guardianes del cadáver.
¿Qué nos ordenas, pues, además?
No permitir que se desobedezca.
Nadie es bastante insensato para desear morir.
Rey, no diré sin duda que he venido, jadeante, con paso rápido y apresurado. Me he retardado, presa de muchas inquietudes, y volviendo frecuentemente atrás en mi camino. En efecto, me he dicho no pocas veces: «¡Desdichado! ¿por qué correr á tu propio castigo? ¿Pero te detendrás, desventurado? Si Creón sabe esto por algún otro, ¿cómo escaparás de tu pérdida? Dando vuelta á estas cosas en mi mente, he marchado con lentitud, de modo que el camino se ha hecho largo, aunque sea corto. Por fin, he resuelto venir á ti, y, aunque no refiera nada de cierto, hablaré, sin embargo. En efecto, vengo con la esperanza de no sufrir mas que lo que el destino ha decidido.
¿Qué es ello? ¿Por qué tienes inquieto el espíritu?
Quiero ante todo revelarte lo que me concierne. Yo no he hecho eso ni he visto quién lo ha hecho. No merezco, pues, sufrir por ello.
Ciertamente, hablas con precaución y te preservas de todos los modos. Veo que tienes que anunciarme alguna cosa grave.
El peligro inspira mucho temor.
¿No hablarás á fin de salir del paso, dicho el caso?
Te diré todo. Alguien ha sepultado al muerto y se ha ido después de haber echado polvo seco sobre el cadáver y cumplido los ritos fúnebres con arreglo á la costumbre.
No lo sé, porque nada había sido cortado con la pala ni cavado con la azada. La tierra estaba dura, áspera, intacta, no surcada por las ruedas de un carro; y el que ha hecho la cosa no ha dejado huella. En cuanto el primer vigilante de la mañana nos hubo dado á conocer el hecho, éste nos pareció un triste prodigio. El muerto no aparecía visible, sin que estuviese encerrado bajo tierra, sin embargo, sino enteramente cubierto por un polvo ligero á fin de escapar á toda profanación. Y no había señal ninguna de bestia fiera ó de perro que hubiese venido y arrastrado el cadáver. Entonces, comenzamos á injuriarnos, cada guardián acusando al otro. Y la cosa hubiera acabado á golpes, porque nadie había allí para evitarlo, y todos parecían culpables; pero nada estaba probado contra nadie, y cada cual se justificaba del delito. Estábamos dispuestos á coger con las manos un hierro enrojecido, á atravesar las llamas, á jurar por los Dioses que no habíamos hecho nada, que no sabíamos ni quién había meditado el crimen, ni quién lo había cometido. En fin, como buscando no encontrábamos nada, uno de nosotros dijo una palabra que hizo que bajásemos todos la cabeza de terror; porque no podíamos ni contradecirla, ni saber si aquello se volvería felizmente para nosotros. Y esta palabra era que era preciso anunciarte la cosa y no ocultarte nada. Esta resolución prevaleció, y la suerte me ha condenado, á mí, infortunado, á traer esta gran noticia! Estoy aquí contra mi voluntad y contra la de todos vosotros. Nadie gusta de ser mensajero de desgracia.
Ciertamente, ¡oh Rey! estoy pensando hace rato: ¿no ha sido esto hecho por los Dioses?
Cállate, antes de que tus palabras hayan excitado mi cólera y para evitar ser tomado por viejo é insensato. Dices una cosa intolerable al decir que los Dioses se preocupan de ese muerto. ¿Le han concedido, pues, como á un bienhechor, el honor de la sepultura, á él que vino á quemar sus templos sostenidos por columnas y los dones sagrados, devastar su tierra y destruir sus leyes? ¿Ves á los Dioses honrar á los perversos? Eso no ocurre. Pero desde hace tiempo algunos ciudadanos, soportando esto con pena, murmuraban contra mí, moviendo silenciosamente la cabeza; y no doblegaban el cuello bajo el yugo, como conviene, ni obedecían mis mandatos. Sé que han excitado con una recompensa á estos guardianes á hacer eso; porque el dinero es la más funesta de las invenciones de los hombres. Devasta las ciudades, arroja á los hombres de sus casas y pervierte á los espíritus prudentes, para impulsarles á las acciones vergonzosas; enseña las astucias á los hombres y les acostumbra á todas las impiedades. Pero los que han hecho eso por una recompensa no se han atraído mas que castigos ciertos. Si el respeto á Zeus es aún poderoso sobre mí, sabedlo seguramente: digo y juro que, si no traéis ante mí al autor de ese enterramiento, no solamente seréis castigados de muerte, sino colgados vivos, en tanto que no hayáis revelado quién ha cometido ese crimen; aprenderéis para en adelante dónde es preciso buscar el lucro deseado, y que no se le debe obtener por todos los medios; porque muchos son más bien perdidos que salvados por los lucros vergonzosos.
¿Permites que hable de nuevo, ó he de volverme?
¿No sabes que me hieres con tus palabras?
¿Ha sido herido tu oído ó tu alma?
¿Para qué tratas de saber dónde está mi mal?
El que ha cometido el crimen hiere tu alma, y yo hiero tu oído.
¡Ah! Tú has nacido para mi desgracia.
Tú has dado la vida por el afán del dinero.
¡Ah! Es una desgracia, cuando se sospecha, sospechar falsamente.
Argumenta tanto como quieras contra la sospecha, pero si no reveláis quiénes han hecho eso, aprenderéis, habiéndolo experimentado, que los males son engendrados por las ganancias inicuas.
En verdad, deseo ardientemente que se encuentre al culpable; pero, sea ó no descubierto, y al destino toca decidir de ello, no me verás volver aquí. Efectivamente, salvado ahora contra lo que esperaba y creía, debo dar mil gracias. á los Dioses.
Muchas cosas son admirables, pero nada es más admirable que el hombre. Es llevado por el Noto tempestuoso á través del sombrío mar, en medio de las olas que braman en torno suyo; domina, de año en año, bajo las cortantes rejas del arado, á la más poderosa de las Diosas, Gea, inmortal é infatigable, y la voltea con ayuda del caballo.
El hombre, lleno de destreza, envuelve, en sus redes de cuerdas construídas, la raza de las ligeras aves y las bestias salvajes y la generación marina del mar; y esclaviza con sus ardides la bestia feroz de las montañas; y pone bajo el yugo al caballo de largas crines y al infatigable toro montaraz, y les obliga á doblegar el cuello.
El se ha dado la palabra y el pensamiento rápido y las leyes de las ciudades, y ha puesto sus moradas al abrigo de las heladas y de las enfadosas lluvias. Ingenioso en todo, no carece jamás de previsión en lo que concierne al porvenir. No hay mas que el Hades á que no pueda escapar, pero ha encontrado remedios para las peligrosas enfermedades.
Más inteligente en invenciones diversas que se podía esperar, hace tan pronto el bien como el mal, violando las leyes de la patria y el derecho sagrado de los Dioses. El que sobresale en la ciudad merece ser arrojado de ella, cuando, por audacia, obra vergonzosamente. ¡Que yo no tenga ni el mismo techo ni los mismos pensamientos que el que así procede! Por un prodigio increíble, ésta no puede ser Antígona, bien que sea ella la que veo. ¡Oh desgraciada hija del desgraciado Edipo! ¿qué sucede? ¿Te traen éstos por haber menospreciado la ley real y haber osado una acción insensata?
Esta ha cometido el crimen. La hemos cogido dando sepultura al cadáver. Pero ¿dónde está Creón?
Hele aquí que sale de la morada, y oportunamente.
¿Qué es eso? ¿Qué ha sucedido que hace oportuna mi venida?
¿Cómo y dónde has prendido á ésta que traes?
Estaba sepultando al hombre. Ya lo sabes todo.
Comprendes lo que dices, y dices verdad?
La he visto sepultando el cadáver que habías prohibido sepultar. ¿He hablado con bastante franqueza y claridad?
¿Y cómo ha sido vista y sorprendida cometiendo el delito?
Ello ha ocurrido así. En cuanto hubimos vuelto, llenos de terror á causa de tus terribles amenazas, después de haber quitado todo el polvo que cubría el cuerpo y haberle dejado al desnudo todo putrefacto, nos sentamos en la cima de las colinas, contra el viento, para huir del hedor y fin de que no nos alcanzase, y nos excitábamos el uno al otro con injurias, en cuanto uno de nosotros descuidaba vigilar. Así seguimos hasta la hora en que el círculo de Helios se detuvo en medio del Eter y su ardor quemó. Entonces un brusco torbellino, levantando una tempestad sobre la tierra y oscureciendo el aire, llenó la llanura y despojó todos los árboles de su follaje, y el gran Eter fué envuelto por una espesa polvareda. Y, cerrados los ojos, aguantábamos aquella tempestad enviada por los Dioses. Al fin, después de largo tiempo, cuando el huracán se hubo apaciguado, vimos á esta joven que con aguda voz se lamentaba, tal como el ave desolada que encuentra el nido vacío de sus hijos. Del mismo modo ésta, en cuanto vió el cadáver desnudo, prorrumpió en lamentos é imprecaciones terribles contra los que habían hecho aquello. De pronto, llevó polvo seco, y, con ayuda de un vaso de bronce forjado al martillo, honró al muerto con una triple libación. Habiéndola visto, nos hemos lanzado y la hemos cogido bruscamente, sin que ella se asustase por TOMO I ello. Y la hemos interrogado sobre la acción ya cometida y sobre la más reciente, y no ha negado nada. Y esto me ha complacido y me ha entristecido al mismo tiempo; porque, si es muy dulce escapar de la desgracia, es triste llevar á ella á los amigos. Pero todo es de menor precio que mi propia salud.
Y tú que inclinas la cabeza hacia la tierra, yo te hablo: ¿confiesas ó niegas haber hecho eso?
Lo confieso, no niego haberlo hecho.
En cuanto á ti, ve adonde quieras; absuelto estás de ese delito. Pero tú, respóndeme en pocas palabras y brevemente: ¿conocías el edicto que prohibía eso?
Lo conocía. ¿Cómo había de ignorarlo? Es conocido de todos.
¿Y siendo así, te has atrevido á violar esas leyes?
Es que no las ha hecho Zeus, ni la Justicia que está sen—tada al lado de los Dioses subterrános. Y no he creído que tus edictos pudiesen prevalecer sobre las leyes no escritas é inmutables de los Dioses, puesto que tú no eres mas que un mortal. No es de hoy, ni de ayer, que ellas son inmutables; sino que son eternamente poderosas, y nadie sabe cuánto tiempo hace que nacieron. No he debido, por temor á las órdenes de un solo hombre, merecer ser castigada por los Dioses. Sabía que debo morir un día, ¿cómo no saberlo? aun sin tu voluntad, y si muero antes del tiempo, eso será para mí un bien, según pienso. Cualquiera que vive como yo en medio de innumerables miserias, ¿no obtiene provecho con morir? Ciertamente, el destino que me espera en nada me aflige. Si hubiese dejado insepulto el cadáver del hijo de mi madre, eso me hubiera afligido; pero lo que he hecho no me aflige. Y si te parece que he procedido locamente, quizá soy acusada de locura por un insensato.
El espíritu inflexible de esta joven procede de un padre semejante á ella. No sabe ceder á la desgracia.
Sabe, sin embargo, que estos espíritus inflexibles son dominados con más frecuencia que otros. El hierro más sólidamente forjado al fuego y más duro es el que ves romperse con más facilidad. Yo sé que los caballos fogosos son reprimidos con el menor freno, porque no conviene tener un espíritu orgulloso á quien está en poder de otro. Esta sabía que obraba injuriosamente atreviéndose á violar leyes ordenadas; y ahora, habiendo llevado á cabo el delito, comete otro ultraje riéndose y gloriándose de lo que ha hecho. ¡Que no sea yo un hombre, que sea uno ella misma, si triunfa impunemente, habiendo osado una cosa tal! Pues, aunque haya nacido de mi hermana, aunque sea mi más próxima pariente, ni ella ni su hermana escaparán á la suerte más afrentosa, porque sospecho de esta última, no menos que de ella, que ha realizado ese enterramiento. Llamadla. La he visto en la morada, fuera de sí y como insensata. El corazón de los que urden el mal en las tinieblas suele denunciarles antes que todo. Ciertamente, odio al que, sorprendido en el delito, se precave con buenas palabras.
¿Quieres hacer más que matarme, habiéndome prendido?
Nada más. Teniendo tu vida, tengo todo lo que quiero.
¿Qué tardas, pues? De todas tus palabras ninguna me agrada, ni me podría agradar nunca, y, del mismo modo, ninguna de las mías te agrada más. ¿Puedo apetecer una gloria más ilustre que la que he adquirido colocando á mi hermano bajo tierra? Todos éstos dirían que he hecho bien, si el terror no les cerrase la boca; pero, entre todas las felicidades sin cuento de la tiranía, posee el derecho de decir y hacer lo que le place.
Eres la única, entre todos los cadmeos, que así piensa.
Piensan de igual manera, pero comprimen su boca por complacerte.
¿No tienes, pues, vergüenza de no hacer como ellos?
¡No, por cierto! Porque no hay vergüenza alguna en honrar á los parientes.
¿No era tu hermano también el que sucumbió empuñando las armas por una causa opuesta?
De la misma madre y del mismo padre.
¿Por qué, pues, honrando á aquél, te muestras impía para con éste?
El que está muerto no daría ese testimonio.
Lo haría sin duda, puesto que honras al impío tanto como á él.
Polinice murió siendo su hermano y no su esclavo.
Ades aplica á todos las mismas leyes.
Pero el bueno y el malo no reciben el mismo trato.
¿Quién puede saber si ello es así en el Hades?
Jamás un enemigo, aun muerto, se mira como un amigo.
Yo he nacido, no para un odio mutuo, sino para un mutuo amor.
Si tu naturaleza es de amar, ve entre los muertos y ámalos. Mientras yo viva, no mandará una mujer.
He ahí, ante las puertas, á Ismena, que vierte lágrimas por causa de su hermana. La nube que cae de sus cejas altera su rostro, que se enrojece, y surca de lágrimas sus bellas mejillas.
¡Hola! ¡Tú, que has entrado secretamente en mi morada, como una víbora, para beber toda mi sangre, porque yo no sabía que alimentaba dos calamidades, dos pestes de mi trono, ven! Habla al fin: ¿confesarás que has ayudado á ese sepelio, ó jurarás que lo ignorabas?
Yo he cometido ese delito, si ésta, por su parte, lo confiesa. He participado en el hecho y en el delito.
Pero yo no tengo vergüenza, en tu desgracia, de compartir tu suerte.
Ades y las sombras saben quién ha hecho eso. Yo no amo á quien no me ama sino con palabras.
Yo te suplico, hermana, que no desdeñes que muera contigo por haber cumplido legítimos deberes con el muerto.
No morirás conmigo y no tendrás el honor que no has merecido. Basta que muera yo.
¿Cómo puede la vida serme dulce sin ti?
Pregúntalo á Creón, puesto que te has preocupado de él.
¿Por qué me afliges de ese modo sin provecho para ti?
Ciertamente, me lamento de ridiculizarte así.
¿De qué modo puedo ayudarte ahora?
Salva tu propia vida. No te envidio por escapar á la muerte.
¡Oh! ¡Desdichada de mí! No compartiré tu suerte.
Mis consejos, al menos, no te han faltado.
Hablas prudentemente para éstos, y yo parezco prudente á los muertos.
Pero esta falta pertenece á las dos.
¡Cobra ánimo, vive! En cuanto á mí, mi alma ha partido ya y no sirve mas que á los muertos.
Creo que una de estas jóvenes ha perdido el sentido y la otra es insensata de nacimiento.
El sentido de los desgraciados ¡oh Rey! no sigue siendo lo que ha sido y cambia de naturaleza.
Ciertamente, el tuyo ha cambiado, puesto que quieres haber obrado mal á medias con los impíos.
¿Cómo podré vivir sola y sin ella?
No hables de ella, porque ya no existe.
¿Matarás, pues, la prometida de tu propio hijo?
Se pueden fecundar otros senos.
Odio malas esposas para mis hijos.
¡Oh queridísimo Hemón, cuán tu padre te ultraja!.
Tú y tus nupcias son importunas para mí.
¿Privárás á tu hijo de ella?
Ades pondrá fin á estas nupcias.
Está resuelto, á lo que parece, que ha de recibir la muerte.
Te parece lo que á mí. ¡Que cese toda demora y llevadlas á la morada, esclavos! Conviene guardar estas mujeres con vigilancia y no dejarlas andar libremente, porque los audaces se escapan, cuando ven que el Hades está próximo.
¡Dichosos los que han vivido al abrigo de los males! Cuando una morada, en efecto, ha sido herida por los Dioses, no falta, hasta su última generación, alguna desdicha á sus individuos. Del mismo modo, cuando la ola del mar, impulsada por los vientos tracios, recorre la oscuridad submarina, hace subir del fondo el cieno negro é hirviente, y las riberas que azota se llenan de clamores.
Veo, desde tiempos antiguos, en la casa de los Labdácidas, las calamidades agregarse á las calamidades de los que han muerto. Una generación no salva de ellas á otra generación, sino que siempre algún dios la abruma y no le deja ningún reposo. Una luz brillaba todavía, en la casa de Edipo, sobre el fin de su raza; pero he aquí que es segada, insensata y furiosa, por la hoz sangrienta de los Dioses subterráneos.
¡Oh Zeus! ¿qué hombre orgulloso puede reprimir tu poder, que no es dominado ni por el sueño amo de todas las cosas, ni por los años infatigables de los Dioses? ¡Sin jamás envejecer, reinas eternamente en el esplendor del flamígero Olimpo! Una ley, en efecto, prevalecerá siempre, como siempre ha prevalecido entre los hombres.
La Esperanza engañosa es útil á los mortales, pero frustra los deseos de muchos. Ella les excita al mal, sin que lo sepan, antes de que hayan puesto el pie sobre el fuego ardiente. No sé quién ha dicho esta sentencia célebre: «Aquel á quien un dios empuja á su pérdida, toma con frecuencia el inal por el bien, y no se ve garantizado de la ruina sino por muy poco tiempo.» Pero he aquí á Hemón, el último de tus hijos. ¿Viene, lamentándose por el destino de Antígona, afligido á causa del lecho nupcial que se le rehusa?
Bien pronto lo sabremos y con más seguridad que adivinos. ¡Oh hijo! ¡Habiendo sabido la sentencia irrevocable que se ha pronunciado contra tu prometida, ¿vienes como enemigo de tu padre? ¿O, cualquiera cosa que hagamos, te somos caros?
Padre, yo te pertenezco; tú me diriges con tus sabios consejos, y yo los sigo. El deseo de unión alguna será más poderoso sobre mí que tu sabiduría.
Ciertamente, ¡oh hijo! conviene que abrigues en el corazón la idea de poner la voluntad de tu padre ante todas las cosas. Si los hombres desean tener hijos en su morada, es para que venguen á su padre de sus enemigos honren á sus amigos tanto como él mismo. Pero el que tiene hijos inútiles, ¿qué decir de él, sino que ha engendrado su propia injuria y lo que le entrega como objeto de escarnio á sus enemigos? Ahora, ¡oh hijo! vencido por la voluptuosidad, no sacrifiques tu sabiduría á una mujer. Sabe bien que es helado el abrazo de la mujer perversa que tiene uno en su casa por compañera de su lecho. ¿Qué mayor miseria, en efecto, que un mal amigo? Desdeña, pues, á esta joven, como á una enemiga, y déjala desposarse en la morada de Ades. Después de haberla sorprendido, única entre todos los ciudadanos, desobedeciendo á mis órdenes, no pasaré por embustero ante la ciudad; la mataré. ¡Que implore á Zeus, protector de la familia! Si dejo hacer á los que son de mi sangre, ¿qué será en cuanto á los extraños? El que es equitativo en las cosas domésticas, equitativo se mostrará también en la ciudad; pero el que viola insolentemente las leyes y piensa mandar á sus jefes, no será alabado por mí. Es preciso obedecer á aquel á quien la ciudad ha tomado por dueño, en las cosas pequeñas ó grandes, justas ó inicuas. No dudaré jamás de un hombre semejante: mandará bien y se dejará mandar. En cualquier lugar en que esté colocado, en la tormenta del combate, allí permanecerá con lealtad y sostendrá valientemente á sus compañeros. No hay peor mal que la anarquía: arruina las ciudades, deja las moradas desiertas, impulsa, en el combate, las tropas á la huída; mientras que la obediencia constituye la salud de todos los que son disciplinados. Así, las reglas estables deben ser defendidas, y es preciso no ceder en modo alguno á una mujer. Más vale, si ello es necesario, retroceder ante un hombre, para que no se diga que estamos por debajo de las mujeres.
A menos que nos engañemos á causa de nuestra vejez, nos parece que hablas cuerdamente.
Padre, los Dioses han dado á los hombres la razón, que es, para todos, tantos cuantos existimos, la riqueza más preciosa. En cuanto á mí, no puedo ni pensar, ni decir que no has hablado bien. Sin embargo, otras palabras serían discretas también. En efecto, yo sé naturalmente, antes de que lo sepas, lo que cada cual dice, hace ó censura, porque tu aspecto hiere al pueblo de terror, y calla lo que no oirías de buena gana. Pero á mí me es dado oir lo que se dice en secreto saber cuánto lamenta la ciudad la suerte de esta joven, digna de las mayores alabanzas por lo que ha hecho, y que, de todas las mujeres, es la que ha merecido menos morir miserablemente. La que no ha querido que su hermano muerto en el combate, y no sepultado, sirviese de pasto á los perros comedores de carne cruda y á las aves carnívoras, ¿no es digna de un premio de oro? Tal es el rumor que corre en la sombra. Padre, nada me interesa más que tu feliz destino. ¿Qué mayor gloria hay para unos hijos que la prosperidad de su padre, ó para un padre que la de sus hijos? No tengas, pues, pensamiento de que no hay más palabras que las tuyas que sean discretas. En efecto, cualquiera que se imagine que sólo él es sabio, y que nadie le iguala por el alma y por la lengua, está lo más frecuentemente vacío cuando se le examina. No es vergonzoso para un hombre, por sabio que sea, aprender mucho y no resistir desmedidamente. Mira cómo los árboles, á lo largo de los cursos de agua hinchados por las lluvias invernales, se doblegan para conservar sus ramas, mientras que todos los que resisten mueren desarraigados. Del mismo modo, el navegante que hace con resolución frente al viento y no cede, ve su nave volcada y flota sobre los bancos de remeros. Apacíguate, pues, y cambia de resolución. Si puedo juzgar de ello, aunque sea joven, digo que lo mejor para un hombre es poseer una abundante sabiduría; si no—porque lo frecuente no es que ocurra así—, es bueno creer á sabios consejeros.
Rey, si ha hablado bien, es justo que te dejes instruir, y tú por tu padre, porque vuestras palabras son buenas para ambos.
¿Hemos de aprender la sabiduría, á nuestra edad, de un hombre tan joven?
No escuches nada que no sea justo. Si soy joven, conviene que consideres mis acciones, no mi edad.
Ciertamente, yo no seré jamás causa de que honres á los
¿No ha sido ésta atacada por ese mal?
Todo el pueblo de Tebas lo niega.
malvados. SÓFOCLES ¿De ese modo, la ciudad me prescribirá lo que debo querer?
¿No ves que tus palabras son las de un hombre todavía demasiado joven?
¿Está sometida esta tierra al poder de otro, y no al mío?
No hay ciudad que sea de un solo hombre.
¿No está la ciudad obligada á pertenecer manda? siertaquien la
Ciertamente, reinarías muy bien solo en una tierra de—
Combate, á lo que parece, por esta mujer.
Si tú eres mujer, porque yo me tomo interés por ti.
Te veo, en efecto, flaquear contra la justicia.
¿Flaqueo, pues, respetando mi propio poder?
No lo respetas hollando los derechos de los Dioses.
¡Oh corazón impío y dominado por una mujer!
Jamás podrás acusarme de ser dominado por vergonzosos pensamientos.
Sin embargo, todas tus palabras son por ella.
Por ti, por mí y por los Dioses subterráneos.
Jamás la desposarás viva.
Morirá, pues, y su muerte matará á alguno.
¿Eres audaz hasta el punto de amenazarme?
¿Censurar cosas insensatas es amenazar?
Trabajo te ha de costar instruirme, siendo insensato tú mismo.
Esclavo de una mujer, ahórrame tu charla.
¿Quieres hablar siempre y no escuchar nada?
¿Sí? Pongo por testigo al Olimpo de esto, sábelo bien, no te regocijarás de haberme insultado. ¡Traed aquí á la que aborrezco, para que muera al punto ante su prometido, á su lado, bajo sus ojos!
¡No, por cierto, delante de mí! No, no lo creas. No morirá jamás delante de mí, y jamás asimismo volverás á verme con tus ojos, para que puedas delirar en medio de tus amigos que consienten en esto.
Este hombre se va lleno de cólera, ¡oh Rey! En semejante espíritu, un dolor ardiende y cruel es cosa temible.
Que se vaya, y que haga ó medite hacer más de lo que puede un hombre: no librará á estas jóvenes de su suerte.
¿Destinas, pues, á ambas á la muerte?
No á la que no ha tocado el cadáver. Me has advertido bien.
¿Por qué suplicio has decidido que perezca la otra?
La llevaré á un lugar no hollado por los hombres, la encerraré viva en un antro de piedra, con tan poco alimento como es preciso para la expiación, para que la ciudad no sea mancillada por su muerte. Allí, por sus plegarias, obtendrá quizá de Ades, el único de los Dioses á quien honra, no morir, y entonces aprenderá al fin cuán vana es la tarea de honrar al Hades.
¡Ero, invencible Ero, que te dejas caer sobre los poderosos, que reposas sobre las mejillas delicadas de la joven doncella, que te trasladas al otro lado de los mares y á los establos agrestes, ninguno de los Inmortales puede huir de ti, ni ninguno de los hombres que viven pocos días; pero el que te posee se llena de furor!
Tú arrastras á la iniquidad los pensamientos de los justos y empujas á la disensión á los hombres de la misma sangre. El encanto apetecible que resplandece en los ojos de una joven alcanza la victoria y prevalece sobre las grandes leyes. La diosa Afrodita es invencible y se ríe de todo. Y yo mismo, ante esto, infrinjo lo que es lícito y no puedo contener las fuentes de mis lágrimas, cuando veo á Antígona avanzar hacia el lecho adonde todos van á dormir.
Vedme, ¡oh ciudadanos de la tierra de mi patria! haciendo mi último camino y mirando el último resplandor del día para no mirarlo ya jamás. Ades, que todo lo sepulta, me lleva viva hacia el Aqueronte, sin que haya conocido las nupcias, sin que el himno nupcial me haya cantado, porque tomaré al Aqueronte por esposo.
Así, ilustre y alabada, vas á los retiros de los muertos, no consumida y marchitada por las enfermedades, no entregada como botín de guerra; sino que, única entre los mortales, libre y viva, desciendes á la morada de Ades.
Por cierto, he oído decir que la frigia extranjera, hija de Tántalo, murió muy desgraciada en la cumbre del Sipilo, donde el crecimiento de la piedra la envolvió, habiéndola estrechado rígidamente como una hiedra. Jamás las lluvias ni las nieves la abandonan mientras que ella se deshace, y siempre está bañando su cuello con las lágrimas de sus ojos. Un dios va á dormirme como á ella.
Pero esa era Diosa y venía de una raza divina, y nosotros somos mortales y venimos de una raza mortal; pero es glorioso, para quien va á morir, sufrir una suerte semejante á la de los Dioses.
¡Ay! Se ríen de mí. ¡Por los Dioses de la patria! ¿por qué abrumarme de ultrajes, no habiendo muerto todavía y bajo vuestros ojos? ¡Oh ciudad, oh riquísimos ciudadanos de la ciudad, oh fuentes Dirceas, oh bosques sagrados de Tebas excelentes en carnes, yo os pongo por testigos á todos á la vez! Así, no llorada por mis amigos, herida por una ley inicua, voy hacia esta prisión sepulcral que será mi tumba. ¡Ay de mí! ¡Desdichada! ¡No habitaré ni entre los vivos ni entre los muertos!
En tu extrema audacia, has tropezado con el alto asiento de Dica, ¡oh hija mía! Tú expías algún crimen paterno.
Has tocado á mis dolores más amargos, á la suerte bien conocida de mi padre, á los desastres de toda la raza de los ilustres Labdácidas. ¡Oh calamidad de las maternas nupcias! ¡Oh abrazo de mi madre infortunada y de mi padre, ella que me concibió, y él, desventurado, que me engendró! Voy á ellos, cargada de imprecaciones y no desposada. ¡Oh hermano, gozaste de un himeneo funesto, y, muerto, me has matado!
No llorada, sin amigos y virgen, hago mi último camino. No miraré más el ojo sagrado de Helios, ¡oh desdichada! Ningún amigo se lamentará, ni llorará por mi destino.
¿No sabéis que, si los cantos y las quejas pudieran aprovechar á los que van á morir, nadie tendría fin? ¿No la llevaréis con prontitud? Encerradla, como he ordenado, y dejadla sola, abandonada, en el sepulcro cubierto, para que muera allí, si quiere, ó viva sepultada. Así estaremos puros de toda mancha procedente de ella, y ella no podrá habitar más sobre la tierra.
¡Oh sepulcro! ¡oh lecho nupcial! ¡oh excavado refugio que no abandonaré más, donde me uno á los míos, que Perséfone ha recibido, innumerables, entre los muertos! La última de ellos, y, ciertamente, por un fin mucho más miserable, me voy antes de haber vivido mi parte legítima de la vida. ¡Pero, al partir, abrigo la grandísima esperanza de ser bien acogida por mi padre, y por ti, madre, y por ti, hermano! Porque, muertos, os he lavado con mis manos, y adornado, y os he llevado las libaciones funerarias. Y ahora, Polinice, porque he dado sepultura á tu cadáver, recibo esta recompensa. Pero te he honrado, con aprobación de los prudentes. Jamás, si hubiese dado hijos á luz, jamás, si mi esposo se hubiera podrido muerto, hubiese hecho eso contra la ley de la ciudad. ¿Y por qué hablo así? Es que, habiendo muerto mi esposo, hubiese concebido de otro hombre; habiendo perdido un hijo, hubiese tenido otro; ¡pero de mi padre y de mi madre encerrados en la morada de Ades, jamás puede nacer para mí otro hermano alguno! Y, sin embargo, por eso, porque te he honrado por encima de todo, ¡oh hermano! es por lo que he hecho mal, según Creón, y por lo que le parezco muy culpable. Y me hace prender y llevar violentamente, virgen, sin himeneo, no habiendo tenido mi parte ni del matrimonio ni del alumbramiento. Sin amigos y miserable, voy á descender, viva, á la sepultura de los muertos. ¿Qué justicia de los Dioses he violado? ¿Pero de qué me sirve, desdichada, mirar todavía hacia los Dioses? ¿A cuál invocar en mi ayuda, si me llaman impía por haber obrado con piedad? Si los Dioses TOMO I aprueban esto, reconoceré la equidad de mi castigo; perosi estos hombres son inicuos, deseo que no sufran más males que los que injustamente me infligen.
Las agitaciones de su alma son siempre las mismas.
Por eso los que la llevan con tanta lentitud se arrepen—tirán de ello.
¡Ay! Mi muerte está muy cerca de esta palabra.
No te recomendaré que te sosiegues, como si esta pala—bra hubiera de ser vana.
¡Oh ciudad paterna de la tierra tebana! ¡Oh Dioses de mis antepasados! Soy conducida sin más demora. Ved. ¡ohjefes de Tebas! con qué males me agobian los hombres porque he honrado la piedad.
Dánae fué también condenada, en una prisión de bronce, á dejar de ver la luz urania, y sufrió el yugo, encerrada en aquel sepulcro, su cámara nupcial. Y, sin embargo, ¡oh hija mía! era de buen linaje y llevaba en su seno las semillas de oro de Zeus. Pero la fuerza de la Moira es ineluctable, y ni' las riquezas, ni Ares, ni las torres, ni las negras naves combatidas por las olas escapan á ella.
También fué cargado de cadenas el furioso hijo de Drías,aquel á quien Dionisos, á causa de su espíritu insolente, encerró en una prisión de piedra. Así se desvanece y se apacigua la fuerza terrible de la cólera. Y conoció al Dios á quien, en su demencia, había ofendido con palabras injuriosas; porque había querido refrenar á las mujeres furiosas, apagar las antorchas de Evio y ultrajar á las Musas que gustan de las flautas.
Cerca de los mares Cianeos están las riberas del Bósforo y la inhospitalaria Salmideso de los tracios, donde Ares, que habitaba en las comarcas vecinas, vió la herida execrable de los dos Fineyadas, que había hecho su feroz madrastra, la cual les había arrancado los ojos, no con el hierro, sino con sus manos ensangrentadas y con ayuda de una lanzadera puntiaguda.
Y lloraban el destino de su madre y las nupcias de que habían nacido; porque ella descendía de la antigua raza de los Erectidas, y había sido criada en los antros apartados, en medio de las tempestades paternas, como hija que era de Bóreas y descendiente de los Dioses; y trepaba con pie seguro, á la manera de un caballo que corre, lo escarpado de las colinas. Sin embargo, las Moiras eternas la alcanzaron también, ¡oh hija mía!
Príncipes de Tebas, hemos venido juntos, viendo por los ojos de uno solo, porque es preciso que los ciegos sean conducidos para marchar.
¿Qué hay de nuevo, oh anciano Tiresias?
Ciertamente, te lo diré; pero obedece al adivino.
Todavía no he rechazado tus consejos.
Por eso has gobernado felizmente esta ciudad.
Sabe que estás de nuevo expuesto á otras desgracias.
¿Qué es ello? Tus palabras me llenan de temor.
Lo sabrás, cuando conozcas los indicios revelados por mi ciencia. Mientras estaba sentado en el antiguo lugar augural donde concurren todas las adivinaciones, he oído un ruido estridente de aves que gritaban de una manera siniestra y salvaje. Y se desgarraban unas á otras con sus uñas mortíferas. El batir de sus alas me lo reveló. Por eso, espantado, consulté á las víctimas sobre los altares encendidos. Pero Hefesto no se unía á ellas, y la grasa derretida de las piernas, absorbida por la ceniza, humeaba y chisporroteaba, y el hígado estallaba y se disipaba, y los huesos de las piernas yacían desnudos y húmedos de su vaina de grasa. Tal es la adivinación desdichada de ese sacrificio vano, y que he sabido por este muchacho, porque él es mi guía, como yo soy el de los demás. La ciudad sufre estos males por causa de tu resolución. En efecto, todos los altares y todos los hogares están llenos de los trozos arraucados por los perros y las aves carnívoras del cadáver del mísero hijo de Edipo. De manera que los Dioses no quieren acceder á las plegarias sagradas y á la llama de las piernas quemadas, y las aves, hartas de la sangre grasa de un cadáver humano, no dejan oir ningún grito augural. Piensa, pues, en esto, hijo. A todos ocurre flaquear; pero el que ha flaqueado no es ni falto de sentido ni desgraciado, si, habiendo caído en el error, se cura de él en lugar de persistir. La tenacidad es una prueba de inepcia. Perdona á un muerto, no hieras un cadáver. ¿Qué valentía hay en matar á un muerto? Yo te aconsejo por benevolencia hacia ti. Es muy dulce escuchar á un buen consejero, cuando enseña lo que es útil.
¡Oh ancianos! Todos, como arqueros al blanco, enviáis vuestras flechas contra mí. No he sido perdonado por los adivinos; he sido traicionado y vendido hace mucho tiempo por mis parientes. Obtened ganancias, adquirid el ámbar amarillo de los sardos y el oro indio, á vuestro antojo; pero no pondréis á ese en la tumba. Aun cuando las águilas de Zeus llevaran hasta su trono los pedazos de ese pasto, no permitiría sepultarle, porque no temo esta mancha, sabiendo que las fuerzas de ningún mortal bastan para que pueda manchar á los Dioses. ¡Oh anciano Tiresias! Los hombres más hábiles caen con una caída vergonzosa, cuando, por el deseo de la ganancia, pronuncian con énfasis palabras vergonzosas.
¡Ay! ¿quién sabe, qué hombre piensa...?
¿Qué es eso? ¿Qué quieres decir con esas palabras banales?
¡Cuán por encima de todas las riquezas está la prudencia!
Tanto, pienso yo, como la demencia es la mayor de las desdichas.
Esa desdicha es, sin embargo, la tuya.
No quiero devolver á un adivino sus injurias.
Eso es lo que haces al decir que mis adivinaciones son falsas.
Toda la raza de los adivinos, en efecto, es amiga del dinero.
Y la raza de los tiranos gusta de las ganancias vergonzosas.
Ciertamente, lo sé, porque es con mi ayuda como has salvado á esta ciudad.
Eres un hábil adivino, pero gustas de las astucias inicuas.
Me obligas á revelar los secretos ocultos en mi mente.
Habla, pero no digas nada por el afán del lucro.
No creo haber hablado así en lo que te concernía.
Sabe que no me has de hacer cambiar de modo de pensar.
Sabe bien, á tu vez, que no se verificarán muchas revoluciones de las rápidas ruedas de Helios antes de que hayas pagado á los muertos con la muerte de alguno de tu propia sangre, por haber enviado bajo tierra un alma todavía viva, por haberla ignominiosamente encerrado viva en la tumba, y porque retienes aquí, lejos de los Dioses subterráneos, un cadáver no sepultado y no honrado. Y éste no pertenece ni á ti, ni á los Dioses uranios, y obras de ese modo con violencia. Por eso es por lo que las Erinnias vengadoras del Hades y de los Dioses subterráneos te arman asechanzas, para que sufras los mismos males. Mira si hablo así corrompido por el dinero. Antes de poco tiempo, los lamentos de hombres y mujeres estallarán en tus moradas. Semejante á un arquero, te envío seguramente estas flechas de cólera al corazón, porque me irritas, y no evitarás su herida aguda. Tú, hijo, vuélveme á mi morada, para que él extienda el furor de su alma contra otros más jóvenes, y aprenda á hablar con más moderación, y abrigue un pensamiento mejor que el que tiene ahora.
¡Oh Rey! Este hombre se va, habiendo predicho terribles cosas. Y sabemos, desde que nuestros cabellos negros se volvieron blancos, que no ha profetizado nunca nada falso á esta ciudad.
Lo sé yo mismo, y estoy turbado en mi espíritu, porque es duro ceder; pero hay peligro en resistir.
Se trata de ser prudente, Creón, hijo de Meneceo.
¿Qué es preciso hacer? Habla; obedeceré.
Ve á retirar á la joven del antro subterráneo, y construye una tumba á aquel que yace abandonado.
¿Me aconsejas eso y crees que debo hacerlo?
Ciertamente, ¡oh Rey! y con gran prontitud. Los castigos de los Dioses tienen pies rápidos y alcanzan en poco tiempo á los que hacen el mal.
¡Ay! Renuncio con trabajo á mi primer pensamiento, pero renuncio. Es vano luchar contra la necesidad.
¡Ve, pues! Obra tú mismo, y no confíes ese cuidado á ningún otro.
¡Ilustre bajo mil nombres, delicias de la virgen cadmea,raza de Zeus que truena en las alturas, que proteges á la gloriosa Italia, que imperas en el valle común á todos los hombres de Demeter Eleusina, Baco, ¡oh Baco! que habitasen Tebas, la ciudad madre de las Bacantes, cerca de la corriente límpida del Ismeno, allí donde está la cosecha del Dragón feroz!
Un vapor espléndido te alumbra sobre la doble cima donde corren las Báquidas, las Ninfas Coricias, y donde fluye el agua de Castalia. Las cimas cubiertas de hiedra de los montes Niseos y sus viñas verdeantes te envían, en mediode los clamores sagrados, á visitar las encrucijadas de Tebas.
Ella á la que honras maravillosamente más que á todas las demás ciudades, así como á tu madre herida por el rayo. Ahora que toda nuestra ciudad es presa de un mal terrible, ven con pie salvador, franqueando la escarpadura del Parneso ó el estrecho resonante del mar.
¡Oh conductor de los astros que respiran el fuego, que presides á los clamores nocturnos, raza de Zeus, aparece con las Tiyadas de Naxos, tus compañeras, que, furiosas durante toda la noche, glorifican con danzantes coros á su dueño Iaco!
Habitantes de las moradas de Cadmo y de Anfión, lavida es siempre tal, que no puedo ni alabarla, ni acusarla.. En efecto, la fortuna eleva y derriba siempre al hombre dichoso y al hombre desdichado, y ningún adivino puede revelar jamás con certeza el destino futuro de los mortales. Creón, á mi juicio, era digno de envidia, porque había salvado de sus enemigos esta tierra cadmea. Teniendo aquí el poder supremo, reinaba felizmente y florecía por una noble raza; pero he aquí que todo se ha desvanecido. En efecto, cuando un hombre ha perdido la dicha, creo que es menos un vivo que un cadáver animado. Tanto como quieras, goza de tus riquezas en tu morada y del orgullo de la tiranía; sin embargo, si no posees la alegría, no compraré todo aquéllo, comparado á la dicha, por la sombra de una humareda.
¿Qué nueva calamidad de los reyes vienes á anunciarnos?
Han muerto, y los vivos han sido causa de su muerte.
¿Quién ha matado? ¿quién ha muerto? Habla.
Hemón ha muerto: ha sido muerto por su mano.
¿Por la mano de su padre ó por su propia mano?
Por su propia mano, estando irritado contra su padre á causa de la muerte de Antígona.
¡Oh adivino, cuán cierta era tu predicción!
Siendo esto así, hay que pensar en lo demás.
Pero veo á la desventurada Eurídice, la esposa de Creón. ¿Ha salido de la morada por azar, ó habiendo sabido la desgracia de su hijo?
¡Oh vosotros todos, ciudadanos, he oído lo que decíais en el momento en que salía para ir á suplicar á la diosa Palas! Descorrido el cerrojo, levantaba la barra de la puerta, cuando el rumor de una desgracia doméstica ha herido mis oídos. Espantada, he caído de espaldas en brazos de las esclavas, y mi corazón ha desfallecido. Volved á decirme esas palabras, cualesquiera que sean. Las oiré, habiendo ya sufrido bastantes males por ello.
Ciertamente, querida dueña, diré aquello de que he sido testigo y no ocultaré nada de la verdad. ¿Para qué, en efecto, te he de halagar con mis palabras, si tengo que ser convencido de haber mentido? Lo mejor es la verdad. He seguido á tu esposo hasta la altura en que yacía aún el mísero cadáver de Polinice desgarrado por los perros. Allí, habiendo pedido á la Diosa de las encrucijadas y á Plutón que no se irritasen, le hemos lavado con abluciones piadosas, y hemos quemado sus restos con ayuda de un montón de ramas recién cortadas; y le hemos elevado un montículo funerario con la tierra natal. Luego, desde allí hemos ido al antro profundo de la joven virgen, esa cámara nupcial de Ades. Uno de nosotros oye desde lejos un grito penetrante salir de aquella tumba privada de honores fúnebres, y, corriendo, lo anuncia al dueño Creón. Mientras éste se aproxima, el rumor del gemido se extiende confusamente en derredor suyo, y él. suspirando, dice con voz lamentable: «¡Oh desgraciado de mí! ¿le he, pues, presentido? ¿No me lleva este camino á la mayor desdicha que haya sufrido todavía? La voz de mi hijo ha rozado mi oído. Vamos con prontitud, servidores, y, llegados á la tumba, habiendo arrancado la piedra que la cierra, penetrad en el antro, para que yo sepa si he oído la voz de Hemón, ó si soy engañado por los Dioses.» Hacemos lo que el dueño despavorido ha ordenado y vemos á la joven colgada, habiendo anudado á su cuello una cuerda hecha con su sudario. Y él tenía á la virgen abrazada por la mitad del cuerpo, llorando la muerte de su prometida enviada al Hades, y la acción de su padre, y sus nupcias lamentables. En cuanto Creón lo ve, con un profundo suspiro, va hasta él, y lleno de sollozos, lo llama: «¡Oh desgraciado! ¿Qué has hecho? ¿Qué pensamiento ha sido el tuyo? ¿Cómo te has perdido? ¡Yo te lo suplico, sal, hijo mío!» Pero el joven, mirándole con ojos sombríos, y como teniendo horror de verle, no responde nada y saca la espada de dos filos; pero la huída sustrae el padre al golpe. Entonces, el desdichado, furioso contra sí mismo, se arroja sobre la espada y se atraviesa con la punta en medio de los costados. Y con sus brazos desfallecidos, todavía dueño de su pensamiento, abraza á la virgen, y, jadeando, expira haciendo salpicar una sangre purpúrea sobre las pálidas mejillas de la joven. Así se ha acostado muerto al lado de su prometida muerta, habiendo realizado, el infeliz, sus nupcias fatales en la morada de Ades, enseñando á los hombres con su ejemplo que la imprudencia es el mayor de los males.
¿Qué presientes de esto? La mujer ha desaparecido antes de haber pronunciado una palabra, ni buena, ni mala.
Estoy sorprendido como tú mismo. Sin embargo, me lisonjeo con la esperanza de que habiendo sabido la muerte de su hijo, no ha querido lamentarse por la ciudad, sino que, retirada en su morada, va á advertir á sus esclavas, para que lloren esta desgracia doméstica. Porque no carece de prudencia hasta el punto de flaquear en cosa alguna.
No lo sé; pero me parece que un silencio demasiado grande anuncia desgracias tan crueles como gritos repetidos y sin freno.
Bien pronto sabremos, entrando en la morada, lo que oculta en su corazón irritado; porque, dices bien: un silencio demasiado grande es para asustar, en efecto.
He aquí que viene el Rey mismo, llevando en sus brazossi me es lícito decirlo, una prenda evidente de la desgracia que se le ha infligido, no por otro, sino por su propia falta.
¡Ay! ¡Qué tarde has conocido la justicia!
¡Ay! ¡La he conocido, desdichado! Es que un dios furioso contra mí me ha herido en la cabeza y me ha inspirado funestos propósitos, derribando con el pie mis alegrías. ¡Ay! ¡ay! ¡oh trabajos miserables de los hombres!
¡Oh dueño! Has encontrado y posees todos los males, llevando los unos en tus brazos y debiendo bien pronto contemplar los otros en tu morada.
¿Qué hay todavía?
Tu infortunada mujer acaba de herirse mortalmente, probando así que era bien la madre de ese muerto.
¡Oh umbral del inexorable Ades! ¿Por qué me pierdes! ¡Oh mensajero de un lamentable infortunio! ¿qué palabra has dicho? ¡Ay! ¡ay! Has acabado á un hombre ya muerto. ¿Qué dices? ¡Ay de mí! ¿que nueva calamidad me anuncias? ¡La muerte sangrienta de mi mujer después de ésta!
Puédes mirar. Ella no está ya en tu morada.
¡Ay de mí! ¡Desventurado! Veo esta nueva miseria. ¿Cuál me queda que sufrir en adelante? ¡Oh infeliz de mí, tengo en mis brazos á mi hijo muerto, y veo por otro lado á esta muerta! ¡Ay! ¡ay! ¡desgraciada madre! ¡Ay! ¡hijo mío!
Habiéndose abrazado al altar, se ha herido y ha cerrado sus párpados cargados de sombra, después de haber llorado el ilustre destino de Megareo y el de Hemón; y por fin, ha lanzado imprecaciones contra ti que has matado á su hijo.
¡Ay! ¡ay! estoy lleno de terror. ¿Por qué alguno no me ha atravesado por delante con una espada de dos filos? ¡Desgraciado de mí! ¡Ay! ¡ay! ¡estoy abrumado de miserias!
Esta muerta te ha acusado de esas dos muertes.
¿De qué modo ha cesado de vivir?
Por su propia mano se ha herido con la espada bajo el hígado, en cuanto ha sabido la suerte lamentable de su hijo.
¡Ay de mí! Jamás acusaré á ningún otro hombre de los males que solo yo he causado; porque yo soy quien te ha matado, ¡desdichado de mí! ¡yo mismo! y esta es la verdad. ¡Oh servidores, llevadme con toda rapidez, llevadme lejos, á mí, que no soy ya nada!
Tienes razón, si nada de bueno hay en la desgracia. El mal presente es el que mejor hace cesar el primero.
¡Vamos, vamos! ¡Venga una última muerte que traiga mi supremo día tan deseado! ¡Vamos! ¡que venga, á fin de que no vea el día de mañana!
Pero tampoco he pedido por mis plegarias sino lo que deseo.
No desees nada ahora. Los mortales no pueden escapar á una desgracia fatídica.
¡Llevad lejos á un insensato, á mí que te he matado, ¡oh hijo! y á ti que estás ahí, tambien! ¡Oh desventurado! No sé, no teniendo ya nada, de qué lado volverme. Todo lo que poseía ha desaparecido; un insoportable destino se ha precipitado sobre mi cabeza.
La mejor parte de la felicidad es la prudencia. Es preciso reverenciar siempre los derechos de los Dioses. Las palabras soberbias atraen sobre los orgullosos terribles males que les enseñan tardíamente la prudencia.