Antes que todo es mi dama (Versión para imprimir)

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Personas
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Antes que todo es mi dama


Antes que todo es mi dama

Pedro Calderón de la Barca

 


DON FÉLIX DE TOLEDO, galán.
LISARDO, galán.
DON ANTONIO, galán.


DON ÍÑIGO, viejo.
HERNANDO, lacayo.
LAURA, dama.


DOÑA CLARA, dama.
BEATRIZ, criada.


LEONOR, criada.
MENDOZA, lacayo.


>>>

Jornada I
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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


Sale HERNANDO, con dos maletas, y MENDOZA.
HERNANDO:

¿Dónde tengo de poner
estas maletas que traigo,
que son recámara y son
guardarropa de mi amo?
¿Cómo se ha de acomodar
la vivienda de su cuarto?
¿Y cuándo vendrá, si dijo?

MENDOZA:

Responder a todo aguardo.
¿Dónde pondrá las maletas?
En aquesta sala en tanto
que abren su aposento. ¿Cómo?
Arrimándolas a un lado.
¿Cuándo ha de venir? Muy presto,
que él y mi señor quedaron
aquí cerca. Conque he dicho
el dónde, el cómo y el cuándo.

HERNANDO:

¿Ha sido vuesa merced
lógico?

MENDOZA:

¿Viene borracho?


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


HERNANDO:

No hice hasta ahora por qué;
pero, ¿de qué se ha enfadado?

MENDOZA:

No soy amigo de apodos.

HERNANDO:

«Lógico» es apodo sabio
y no debiera ofenderle.

MENDOZA:

¿Por qué?

HERNANDO:

Porque así llamamos
los doctos a los que en forma
responden.

MENDOZA:

Yo no sé tanto,
que solo sé, en no entendiendo
algo, dar a uno con algo.

HERNANDO:

No fuera dificultoso,
según soy de cortesano;
pero aunque yo me dejara
(costosísimo agasajo)
dar con algo en cortesía,
sé que, aun después de enterrado,
no quedará uced bien puesto.


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MENDOZA:

¿Después de enterrado?

HERNANDO:

Es claro.

MENDOZA:

¿Cómo?

HERNANDO:

Ve aquí que me da
vuesarced un hurgonazo,
que es lo más que puede hacer;
que yo en el suelo me caigo,
que es lo menos que hacer puedo,
confesión pidiendo en altos
alaridos. ¿No era fuerza
venir a esta voz volando,
antes que un confesor, dos
alguaciles? Sí, que en casos
semejantes siempre fue
el confesor el llamado
y el alguacil el venido,
que es muy puntual el diablo.
Uced huye, ellos le siguen
juzgando más necesario
el hacer causa a su cuerpo
que el hacer de mi alma caso.
Agárranle luego al punto,
que esto de ponerse en salvo
es don concedido a pocos,
y ucé es muchos. Conque, en tal
que yo me muero, ya está
puesto en la reja de palo.
Tómale la confesión
que no me dio el escribano
y échanle a cuestas la ley
del garrotillo de esparto.
Conque pruebo que no queda
ucé, aun después de enterrado
yo bien puesto, claro es pues
no habrá maestre de campo
que, viendo a un ahorcado, firme
que está bien puesto el ahorcado.


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MENDOZA:

¿A un hombre como yo habían
de ahorcar por un hombre bajo?

HERNANDO:

La ley no tiene estatura.

MENDOZA:

Veámoslo.

HERNANDO:

No lo veamos,
sino hagamos otra cosa
que sea nueva en los teatros.

MENDOZA:

¿Qué es?

HERNANDO:

Que seamos amigos
pues que lo son nuestros amos,
que es muy viejo esto de andar
de pendencia los criados
toda la vida.


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


MENDOZA:

De ser
leal amigo doy la mano.

HERNANDO:

También yo, y de nuestras casas
la alianza juro, dando
por fiador...

MENDOZA:

¿A quién?

HERNANDO:

A Lepre,
un tabernero estremado
que vive aquí cerca.

MENDOZA:

Soy
contento.
(Salen LISARDO y DON FÉLIX.)

DON FÉLIX:

Mendoza...

LISARDO:

Hernando,
¿trajiste ya las maletas?


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HERNANDO:

Más ha de una hora que aguardo
con ellas aquí.

DON FÉLIX:

¿Tú fuiste
a traer aquel recado?

MENDOZA:

Sí, señor. Mas la joyera
que volviese de aquí a un rato
dijo por ello, porque
aún no lo tenía acabado.
Pues habla al huésped y mira
cuál ha de ser nuestro cuarto:
haz que se aderece.

DON FÉLIX:


vuelve, y antes de llevarlo,
tráelo aquí, que quiero verlo.

MENDOZA:

Voy corriendo.
(Vase.)

HERNANDO:

Yo volando.
(Vase.)


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LISARDO:

Ya, don Félix, que yo he sido
tan dichoso que he llegado
a teneros en Madrid,
y ya que habéis vós gustado
que, hallándonos forasteros
en dos posadas, hagamos
en la una compañía
de la soledad de entrambos;
ya, en fin, que a vivir con vós
he venido, suplicaros
quiero una fineza, que
pagar con la misma aguardo.
Los días que me habéis visto
y que yo os he visitado
por mayor nos dimos cuenta
de nuestros sucesos varios:
que de Granada venisteis,
me habéis dicho, disgustado
a solo dar en Madrid
tiempo a un pesar, y en llegando
a hablar en él, siempre hicisteis
sus discursos muy de paso.


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LISARDO:

Fuera desto, la tristeza
que me encarecéis con cuanto
rigor os aflige ha sido
testigo bien abonado
de que es tragedia de amor
la vuestra; yo, pues, llegando
a ver hoy en vós el mismo
mal que padezco, he intentado
aliviar con vós mi pena,
porque no hay mejor reparo
a un accidente, don Félix,
que el hablar a todos ratos
del accidente con quien
le padezca, que los daños,
ya que su mal es sentirlos,
su cura es comunicarlos.
Y así, os suplico me hagáis
merced de que hablemos claro:
contadme vuestras fortunas;
yo haré lo mismo, y templado
el accidente, veremos
en saliéndose a los labios.


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DON FÉLIX:

¡Ay, Lisardo, qué bien dijo
un discreto cortesano
que era contagio el amor,
pues en la acción más acaso
su veneno comunica
o más o menos templado!
Vós lo decid, pues que vós,
con solo haber reparado
en mis acciones, habéis
conocido el mal que paso.
Huélgome de que haya sido
por estar también tocado
vós, Lisardo, de la misma
malicia de mi contagio,
pues con eso podré yo
hablar con vós, confiado
de que os compadecerá
mi dolor, que, aunque es adagio
vulgar que nadie se cure
con médico enfermo, es falso
que no haya alivio el enfermo
de los consejos del sano.
Pensaréis que mi destierro
y mi pena se ha causado
de un suceso, y que los dos
vienen dados de la mano.


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DON FÉLIX:

Pues no: distintos han sido,
porque sea mi cuidado
mayor, embistiendo a un tiempo
por dos partes el contrario.
El suceso de Granada
por quien estoy desterrado
no importará no decirle,
supuesto que no hace al caso;
pero, porque no penséis
que nada en mi pecho guardo,
le habré de contar: un día,
estando, amigo, jugando,
una duda se ofreció
sobre juzgar una mano;
yo, que había estado en ella,
juzgué desapasionado
lo que vi, y un forastero,
que al pleito de un mayorazgo
pienso que estaba en Granada,
o amigo o interesado
del perdidoso no quiso
pasar por ella , afirmando
que no había sido así;
yo, que siempre advertí cuánto
más fácil sana una herida
que no una palabra, saco
la espada; partida, pues,
la conversación en bandos,


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DON FÉLIX:

al lado del forastero
unos y otros a mi lado,
todo era voces; no mucho
duró la cuestión, que, dando
una estocada en su pecho,
de parte a parte le pasó;
cayó en el suelo; yo, entonces,
a toda prisa me salgo
de la casa y en la más
cercana iglesia sagrado
tomé; buscome mi padre
en ella y, como enfadado
estuviese de que yo
pretensiones de soldado
hubiese puesto en olvido,
la ocasión aprovechando,
me hizo venir a Madrid
a pretender, porque, en tanto
que él del herido asistía
a la cura y al regalo,
yo, para volverme a Flandes,
tratase de mis despachos.


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DON FÉLIX:

Un mes en Madrid viví,
siendo estación de mis pasos
las gradas de San Felipe
y las losas de Palacio,
y en este intermedio supe
que, convalecido y sano
el caballero, no admite
la amistad. En este estado,
delincuente y pretendiente
en Madrid estaba cuando
la segunda causa, ¡ay, cielos!,
de las tristezas que paso
facilitó mi fortuna,
a cuyo suceso raro
segunda vez os suplico
que me estéis atento un rato.
En esta misma posada
donde ahora, Lisardo, estamos,
de las traiciones de amor
vivía bien descuidado
cuando, ofendido quizás
de mis donaires, tomando
venganza vibró a mi pecho
no una flecha, sino un rayo.
En esta casa de enfrente
vivía un caballero anciano
a quien dio el cielo una hija
para Jordán de sus años.


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DON FÉLIX:

Es la más hermosa dama
que Madrid ha visto, harto
os lo encarezco, supuesto
que es el más noble teatro
adonde están la hermosura,
discreción, aliño y garbo
continuamente de amor
tragedias representando.
No vio el sol igual belleza
por cuantos rumbos, por cuantos
círculos, campeón de luces,
corre esferas de alabastro.
Vila, Lisardo, y amela
tan a un tiempo que dudando
quedé si fue haberla visto
primero que haberla amado.
Tan fuera de mí me hallé
al ver prodigio tan raro
que a mí mismo por mí mismo
me pregunté de allí a un rato.
La ocasión en que la vi
fue una mañana que acaso
estaba yo a esa ventana
y ella, Lisardo, en su cuarto.


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DON FÉLIX:

Recateme porque ella
no lo hiciese y, acechando,
a sus acciones atento,
solo un postigo entreabro.
Juzgando no estar mirada,
o estar mirada juzgando,
que amor no supo hasta agora
si fue descuido o cuidado,
cara a cara hacia la luz,
fiada en el fácil recato
del cristal de una vidriera,
se puso a tocar. ¡Oh, cuánto
diera yo agora por ser
buen retórico! Aunque en vano
lo deseo, que aunque fuera
el mejor, más celebrado
del mundo, fuera, al pintarla,
cada lisonja un agravio.
Pero, aunque esté mal hallada
su perfección en mis labios,
he de decir un soneto
que hice estándola mirando
por deciros de una vez
su belleza y mi cuidado.
Viendo el cabello, a quien la noche puso
en libertad, cuán suelto discurría,
con las nuevas pragmáticas del día
a reducirle Cintia se dispuso.


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DON FÉLIX:

Poco debió al cuidado, poco al uso,
de vulgo tal la hermosa monarquía,
pues no le dio más lustre que tenía
después lo dócil que antes lo confuso.
La blanca tez, a quien la nieve pura
ya matizó de nácar al aurora,
de ningún artificio se asegura.
Y pues nada el aliño la mejora,
aquella solamente es hermosura
que amanece hermosura a cualquier hora.
Este, que fue de mi afecto
corta línea y breve rasgo,
fue de mi afecto también
primer tercero, Lisardo,
que aunque hoy el dar un soneto
no está en uso, dispertando
las ya dormidas memorias
del Boscán y Garcilaso,
acompañado de otro
papel sin batir, dorado,
por medio de una criada
pudo llegar a sus manos.
Declarado ya una vez,
amante seguí sus pasos,
galán festejé sus rejas,
fino idolatré sus rayos,
leal padecí sus iras,
tierno lloré sus agravios
y, al fin, pródigo granjeé
sus criadas y criados
hasta que Amor , convencido
de mi ruego o de mi llanto,
trocó en favor el desprecio,
mudó el desdén en agrado.


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DON FÉLIX:

Supo quién era y, oyendo
más piadoso su recato
el lícito fin que pudo
osarme a vuelo tan alto,
con los honestos favores
permitidos a su estado
ostentó lo agradecido
a despecho de lo ingrato.
Desta manera vivía,
felicemente gozando
hurtos de Amor , de quien fue
cómplice el obscuro manto
de la noche, permitiendo
que por la reja que a un patio
caía la hablase. Alegre
con esto pasaba cuando,
por alguna conveniencia,
se fue su padre a otro barrio.
Aquesta mudanza, pues,
mi tristeza ha ocasionado
no porque a ella la distancia
mudase, que lo sagrado
al espacio no se muda
aunque se mude el espacio,
sino porque estar no puedo
su hermosura idolatrando
a todas horas, si bien
una cosa ha granjeado
la mudanza, que es licencia
para entrar hasta su cuarto
no estando en casa su padre.


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DON FÉLIX:

Este, en fin, es el estado
en que me veis, esta es
la nueva dicha que alcanza
y esta, Lisardo, es la causa
de las tristezas que paso,
que, aunque para estar alegre
tengo ocasión, pues me hallo
favorecido, sería
mi amor grosero en estarlo,
porque no ha de estar contento
jamás un enamorado.


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LISARDO:

Tan parecido es, don Félix,
mi cuidado a ese cuidado,
mi deseo a ese deseo,
que, aunque me ofrecí a contaros
mis fortunas, de las vuestras,
haciendo lícito el cambio,
no tengo ya para qué,
porque, habiéndoos escuchado,
inútilmente sería
repetirlo y no contarlo.
De Flandes, donde los dos
tanta amistad profesamos,
a Madrid, don Félix, vine
de la esperanza llamado
de mis servicios. Mas esto
no importa; vamos al caso.
Una mañana de abril,
a mis pretensiones dando
treguas, que no ha de estar siempre
tirante al pesar el arco,
al prado bajé y en uno
de esos jardines del prado
acaso entré, si es que Amor
hacer supo nada acaso.


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LISARDO:

En él una mujer vi,
a quien por reina juraron
de las flores y las fuentes
los cristales y los cuadros,
saludando su hermosura
todo el florido aparato
de los cristales con risa,
de las flores con halagos,
de los cielos con reflejos
y de las aves con cantos,
hoja a hoja, perla a perla,
tono a tono y rayo a rayo.
Nunca la gentilidad
mintió con crédito tanto
de las diosas y [de] las ninfas
las fábulas, pues yo, dando
a mi discurso la rienda,
estuve suspenso un rato,
casi persuadido ya
si no a creerlo, a dudarlo.
Pero, ¿qué mucho, don Félix?
Si vi en más amenos campos
que los Elisios a Venus
lascivamente jugando
con las flores, a quien todas
igualmente confesaren
deber su temprana vida
al breve hermoso contacto
de sus pies, la blanca tez
de su hermosura a sus manos,
el esplendor a sus ojos
y la púrpura a sus labios.


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LISARDO:

Con noble envidia de todas
las rosas, que eran ornato
del bellísimo vergel,
una que aún no había sacado
del verde botón las hojas
y, al parecer, acechando
estaba para salir
si corría cierzo o austro;
una que, como garzota,
colocada en lo más alto
de la copa, coronaba
la cimera del penacho,
cortó. No hice yo soneto,
que no tengo ingenio tanto,
pero, acordándome de uno
hecho quizá al mismo caso,
desta manera la dije
(ved cuán puntual os pago):
¿Ves esa rosa que tan bella y pura
amaneció a ser reina de las flores?
Pues, aunque armó de espinas sus colores,
defendida vivió, mas no segura.
A tu deidad enigma sea no obscura,
dejándose vencer, porque no ignores
que, aunque armes tu hermosura de rigores,
no armarás de imposibles tu hermosura.
Si esa rosa gozarse no dejara,
en el botón donde nació muriera
y en él pompa y fragrancia malograra.


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LISARDO:

Rinde, pues, tu hermosura y considera
cuánto fuera rigor que se ignorara
la edad de tu florida primavera.
Dije y risueña pagó
con dulce apacible agrado
la lisonja. Repetiros
no quiero, por no ser largo,
que, a despecho de mis penas
y a pesar de mis cuidados,
la seguí, su casa supe
y su calidad; pues cuanto
yo puedo deciros es
lo que vós en este caso
habéis dicho, porque, al fin,
papeles, dádivas, pasos,
finezas, ruegos, promesas,
rendimientos, ansias, llantos...
lugares comunes son
de cualquier enamorado.
Solo en una cosa, Félix,
los dos nos diferenciamos,
que es en estar triste vós
y estar yo alegre, culpando
vuestra ingratitud, porque
por mayor grosería hallo
que den [más] tristeza favores
que alegría, pues es claro
que triste y favorecido
son dos opuestos contrarios,
y así yo alegre y contento,
feliz, gozoso y ufano
con los favores estoy
del bellísimo milagro
que adoro, del sol que sigo
y la deidad que idolatro.
(Sale HERNANDO por una puerta y por otra MENDOZA con un azafate, y en él una banda y un tocado.)


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HERNANDO:

Ya queda, señor, compuesto
y aderezado tu cuarto.

MENDOZA:

Ya el azafate está aquí
con la banda y el tocado.

DON FÉLIX:

Llega, que quiero que vea
si es de buen gusto Lisardo.

LISARDO:

¿Qué es esto?

DON FÉLIX:

Un tocado es
que la envío porque, estando
ayer con ella, me dio
una flor.

LISARDO:

Es estremado,
y la banda es de buen gusto.


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DON FÉLIX:

Parte, Mendoza, a llevarlo.

LISARDO:

Tú, Hernando, vente conmigo.

DON FÉLIX:

¿Dónde vais?

LISARDO:

A ver si alcanzo
ocasión de ver mi dueño
su calle, Félix, pasando.

DON FÉLIX:

Disculpado estaré yo
en no ir a acompañaros,
pues la misma ocupación
a voces me está llamando.

LISARDO:

A Dios, pues.

DON FÉLIX:

El cielo os guarde.

LISARDO:

[Aparte.]
Poco ofendo tu recato,
amor, pues, aunque publico
el favor, el nombre callo.
(Vase con HERNANDO.)


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DON FÉLIX:

[Aparte]
Pues no digo quién es dueño
de la ventura que gano,
poco su decoro ofendo,
poco su respeto agravio.
(Vase con MENDOZA.)
(Salen BEATRIZ y LAURA.)

LAURA:

No me aconsejes, Beatriz.

BEATRIZ:

Yo no te aconsejo agora,
pero dígote, señora,
que adviertas cuán infeliz
será tu amor si, por dicha,
algo llegase a entender
tu padre.

LAURA:

Pues, ¿qué he de hacer
si ya esta fue mi desdicha?
Ya al principio resistí
constante, ya desprecié
firme al principio una fe;
si después la agradecí,
culpa mi estrella atrevida,
pues, siendo en un hombre el ser
culpa ingrato, en la mujer
lo es el ser agradecida.


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BEATRIZ:

Yo no te digo que no
ames, señora, que fuera,
cuando aquesto te dijera,
no tener discurso yo.
Solo te digo procures
que esto con recato sea:
que no te hable, ni te vea,
porque tu honor no aventures,
don Félix dentro de casa;
ya sabes que es mi señor
tan estremeño de honor
que, aun sin saber lo que pasa,
vive con recelos tales
que es una copia, un traslado
bien y fielmente sacado
del celoso Carrizales.


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LAURA:

Confieso la condición
yo de mi padre, y confieso
también, Beatriz, el exceso
de mi tirana pasión;
pero, a cada inconveniente
más que discurro, sabrás
que es dar otra llama más
al fuego que el alma siente,
que es materia tan violenta,
tan voraz y tan activa
que con suspiros se aviva
y con llanto se alimenta.
Pero, ya que hemos llegado
a hablar en aquesto, ¿qué es
lo que yo aventuro? Pues
cuando llegue mi cuidado
a saberse, se sabrá
que he querido a un caballero
de quien ser esposa espero.

BEATRIZ:

Concedo que lo será.
Pero, ¿de qué lo has sabido
más que de decirlo él?


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LAURA:

De que mi pecho fiel
lo ha escuchado y lo ha creído.
Y en eso no se dejara
engañar, pues conociera
el alma por la vidriera
del semblante de la cara,
que la nobleza jamás
miente, luego se descubre.

BEATRIZ:

Como eso Madrid encubre,
yo me río de los más.

LAURA:

Cuando empeñada me ves,
¿ríes cuentos semejantes?

BEATRIZ:

¿No es mejor reírlos antes
que no llorarlos después?

LAURA:

Que llaman, mira, a esa puerta.

BEATRIZ:

A ver quién llama saldré.
(Vase.)


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LAURA:

Y yo entre tanto diré,
cuando estoy de amores muerta...
¿Qué genero de ardor es el que llego
hoy a sentir que más parece encanto?
Pues luciendo tan poco, abrasa tanto,
y abrasando tan mudo, arde tan ciego.
¿Qué género de llanto es, sin sosiego,
este que a tanto incendio no da espanto?
Pues al fuego apagar no puede el llanto
ni al llanto puede consumir el fuego.
Donde materia no hay, no se da llama;
mas, ¡ay!, que, sin materia en el abismo,
una y otra aprehensión es quien la inflama.
Luego cierto será este silogismo:
si fuego de aprehensión tiene quien ama,
amor y infierno todo es uno mismo.
(Sale BEATRIZ con un azafate y un pliego de cartas.)

BEATRIZ:

A nuestra puerta han llamado
a un tiempo dos: el primero
era, señora, un cartero;
el segundo era el criado
de don Félix. Recibí
de los dos, y envielos luego,
para mi señor un pliego
y un regalo para ti.


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LAURA:

Pues, ¿no dijeras que entrara
de don Félix el criado?

BEATRIZ:

Si lo que trae ha dejado,
¿para qué?

LAURA:

Hablarle gustara
para saber dónde queda
su señor. Si no se ha ido,
dile que entre.

BEATRIZ:

¿Has prevenido
que venir mi señor pueda?

LAURA:

¿Tanto se ha de detener?
(Sale MENDOZA.)

MENDOZA:

Esperando esa licencia
no hice de la puerta ausencia
hasta llegar a saber
si mandabas algo.


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LAURA:

Di,
¿dónde tu señor quedó?

MENDOZA:

En casa le dejé yo
cuando yo della salí.
Mandome que te trajera
esas flores y, aunque ser
desaire puede el traer
flores a la Primavera,
aceté la comisión.

DON ÍÑIGO:

[Dentro.]
Esperadme, Fabio, aquí.
Presto escribiré.

LAURA:

¡Ay de mí!

BEATRIZ:

Mi señor.

MENDOZA:

¡Qué confusión!

LAURA:

Beatriz, guarda este azafate.


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BEATRIZ:

Que el azafate te asombre
estando ahí tan grande un hombre
como el mismo disparate
de hacerle entrar...
(Sale DON ÍÑIGO.)

DON ÍÑIGO:

¿Qué buscáis
aquí, hidalgo?

MENDOZA:

Yo he venido
a traer.

DON ÍÑIGO:

¿Qué habéis traído?

BEATRIZ:

Esta carta.

DON ÍÑIGO:

¿Y qué esperáis?

MENDOZA:

El porte.

BEATRIZ:

Es verdad, porque
yo dinero no tenía
y entré por él.


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DON ÍÑIGO:

[A su hija.]
¿No podía
más afuera esperar?

LAURA:

¿Qué
culpa tengo yo?

MENDOZA:

Creí
que me había dicho que entrara
por él, que, si no, esperara
en el portal.

LAURA:

[Aparte.]
¡Ay de mí!

BEATRIZ:

[Aparte.]
Si más le apura, infeliz
soy.

MENDOZA:

[Aparte.]
Yo espero gran castigo.

DON ÍÑIGO:

[Lee.]
«Porte, un real». Tomad, amigo.
Idos con Dios.
(Dale el porte.)


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MENDOZA:

[Aparte.]
¡Oh, Beatriz!
No en vano por ti me muero.
(Vase.)

BEATRIZ:

[Aparte.]
La mentira que he fingido
al viejo mentira ha sido
a pagar de su dinero.

LAURA:

[Aparte.]
De estraño susto salí.

DON ÍÑIGO:

[Aparte.]
La carta de mi pesar
es quien me ha de asegurar
si es engaño. Dice así:
[Lee.]
«La confianza que debo tener de vuestra amistad me asegura las finezas que della puedo prometerme. Don Félix, mi hijo, está en esa corte, así por la asistencia de sus pretensiones como por la ausencia de sus travesuras. Suplícoos me hagáis merced de buscarle en la posada que dice el sobrescrito de esa carta y ponerla en su mano, que, porque va en ella un aviso que importa, no he querido fiarla de menor cuidado. Don Diego de Toledo».
¡Por Dios que estimo infinito
mi desengaño! ¡Y que esté
aquí don Félix! Veré
dónde dice el sobrescrito.
[Lee.]
«A don Félix de Toledo, mi hijo, en la calle del Carmen, en la posada de unas casas nuevas».
Bien sé la posada, que es
frente de donde vivía.


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LAURA:

¿De qué es, señor, la alegría?
Dame della parte, pues
tenerla por propria puedo.

DON ÍÑIGO:

De Granada he recibido
aqueste pliego, que ha sido
de don Diego de Toledo,
un caballero de quien
en mis mocedades fui
amigo y a quien debí
la vida y honor también
en ciertas adversidades.
([Aparte.]
De que el silencio sea juez,
que se corre la vejez
de escuchar sus mocedades.)
Pídeme que busque aquí
a un don Félix de Toledo
hijo suyo a quien hoy puedo
pagar lo que a él le debí,
y aunque me puedo acordar
dél muy poco, nada haré
en hallarle, porque fue
la posada en que ha de estar,
según dice el sobrescrito,
frente de la misma casa
que dejé. Esto es lo que pasa.


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LAURA:

Y yo me huelgo infinito
hoy de nueva semejante
por lo que a ti te ha alegrado.

DON ÍÑIGO:

Solo siento que ocupado
me halle para que al instante
no le busque. Pero yo
presto escribiré.
(Vase.)

LAURA:

Beatriz,
¿ves si mi amor es feliz,
pues desengaños me dio
adelantados de que
el ser Félix caballero
no lo hace el ser forastero?

BEATRIZ:

Verdad cuanto dijo fue.

LAURA:

¡Quién avisarle pudiera!


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BEATRIZ:

¿Quién quieres tú que a avisarle
vaya si ha de ir a buscarle
luego? Que si no, yo fuera.
De la banda y el tocado
que tanto susto nos dio,
¿qué es lo que hemos de hacer?

LAURA:

Yo
ponérmela he deseado.
Mas no me atrevo, porque
es tan rica, estraña y bella
que es fuerza repare en ella
mi padre.

BEATRIZ:

Yo te daré
un arbitrio con que puedas
ponerla, que es lo que hacía
otra ama a quien yo servía
con telas, joyas y sedas.

LAURA:

¿Qué es?


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BEATRIZ:

Enviársela a una amiga
que con ella venga a verte
puesta, industriada de suerte
que, cuando tu voz la diga
«¡Qué linda banda!» delante
de tu padre, diga ella:
«Haste de servir con ella
sin que nada sea bastante
a que la vuelva a llevar,
pues te ha parecido bien».

LAURA:

Y tú lo has dicho tan bien
que así se ha de ejecutar:
a nuestra vecina Clara
la llevas y di que al instante
venga, porque es importante,
a visitarme; y repara
en que no alcance que ha sido
prenda que nadie me ha dado,
porque no sepa el cuidado
lo que ha de hacer el descuido
para que así venga ella
al punto.

BEATRIZ:

Volando voy,
que para mentiras hoy
predomina buena estrella.


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LAURA:

¿De qué lo infieres?

BEATRIZ:

Lo infiero
de que, aunque tan listo anda
mi señor, que pague espero
como el porte del cartero
el retorno de la banda.
(Vanse.)
(Salen LISARDO y HERNANDO.)

LISARDO:

Mil veces paso esta calle
sin que logre mi esperanza
el ver a Clara.

HERNANDO:

Es muy justo,
pues no mereces lograrla.

LISARDO:

¿Cómo?


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HERNANDO:

¿Cómo estando abierta
toda esta puerta, te andas
paseando la calle una
y otra vez? Éntrate en casa
y verasla, porque aquesto
de enamorar de fantasma
ya espiró y el desde afuera
es destreza poco usada,
desde que la conclusión
se ha introducido en España.

LISARDO:

¿Cómo me puedo atrever
a entrar yo si ella me manda
que de día no atraviese
los umbrales de su casa?

HERNANDO:

Pues, ¿de qué agora te quejas
si con condiciones amas?

LISARDO:

De que dure tanto el día.

HERNANDO:

¿No es una mujer tapada
la que de su casa sale?

LISARDO:

Sí.


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HERNANDO:

¿Qué haces?

LISARDO:

Llegar a hablarla.

HERNANDO:

¿Para qué?

LISARDO:

Para saber
qué es lo que hace doña Clara.

HERNANDO:

Es decir: tu amor a quien
no conoces.

LISARDO:

Bien reparas.
(Sale BEATRIZ.)

BEATRIZ:

[Aparte.]
Grande gusto es embustir.
Ya doña Clara industriada
queda de lo que ha de hacer
sin ser preciso rogarla,
que decir por una amiga
una mentira obra es santa,
porque nos depare Amor
quien por nosotras lo haga.

LISARDO:

¿Quién esta mujer será?


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


HERNANDO:

Qué sé yo. Alguna criada
de una amiga: una que quite
vello, una que mudas haga,
una que muela cacao,
una que distile aguas,
una que venda perfumes,
una que aderece enaguas,
una que rice guedejas,
una que eche las habas,
una que dineros lleve,
una que recados traiga
y una...

LISARDO:

Calla. No prosigas,
que ya siento que se vaya
sin conocerla.
[BEATRIZ se entra en su casa.]

HERNANDO:

Aun bien que
ha entrado en esotra casa
de más abajo y vecina
de la misma doña Clara;
y si quieres conocerla,
podrás cuando della salga.

LISARDO:

Ya no es tiempo, porque sale
sola con una criada
doña Clara de la suya
y es fuerza llegar a hablarla.


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


Salen DOÑA CLARA y LEONOR con mantos, y DOÑA CLARA trae puesta la banda.)
LEONOR:

¿Dónde vas?

CLARA:

A visitar
a nuestra vecina Laura,
porque agora me envió
decir que a verla vaya
y que aquesta banda lleve
puesta solo para darla.

LISARDO:

Hallándome yo en la calle
cuando vós de vuestra casa
salís, mal podré, señora,
pensar que disculpa haya
de no iros sirviendo.
[Aparte.]
¡Cielos!
¿Qué miro? ¿Esta no es la banda
que envió don Félix?


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


CLARA:

Y yo,
Lisardo, cortesía tanta
os estimo.

LISARDO:

[Aparte.]
Sí, ella es,
que no pudiera tan rara
labor mentir

CLARA:

Mas mirad
que no es razón ostentarla
en publicidad. A ver
voy a una amiga a esta casa
vecina; por eso salgo
hoy tan poco acompañada.
Quedaos aquí porque no
os vean conmigo, pues basta
la licencia que tenéis
en mi pecho y en mi casa
de noche sin que de día
demos que decir.


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

Aunque haya
tan lícito inconveniente
como vuestro honor y fama,
perdonadme, que no puedo
dejar de hablar, ¡pena estraña!,
ahora en mis penas, que nunca
segundo término aguardan.
Y para esto, hasta la noche
es un siglo lo que falta
y ya el dolor me habrá muerto
de haber visto...

CLARA:

¿Qué?

LISARDO:

... esa banda
que, puesta en el pecho, más
le descubre que le guarda,
pues descubre tus traiciones.

CLARA:

Yo, Lisardo, no sé nada
de lo que decís.

LISARDO:

Pues, ¿quién
esa banda te dio, ingrata?


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


CLARA:

Una amiga ahora.

LISARDO:

Detente,
que es disculpa muy usada,
pues para vuestras disculpas
jamás una amiga falta.

CLARA:

Digo que me la envió...

LISARDO:

... quien, antes que te la enviara,
me contó favores tuyos.
Ya sé todo lo que pasa:
ya sé que otro dueño tienes
coronado de esperanzas;
ya me ha dicho cuanto está
admitido de ti.

CLARA:

Basta,
Lisardo, que pienso que
dudas que soy con quien hablas.

LISARDO:

No dudo, que bien sé que eres
mudable, engañosa y falsa.
Si a don Félix quieres bien,
si dueño suyo te llamas,
si sus favores admites,
di: ¿para qué a mí me engañas?
Di.


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


CLARA:

Lisardo, bueno está,
que si os di licencia para
que me pidáis celos, no
para que me digáis tantas
locuras y desatinos,
que ya los límites pasan
de corteses galanteos
y cuerdas desconfianzas.
¿Qué es aqueso de otro dueño,
otro amor y otra esperanza?
Las mujeres como yo
no aman, o la vez que aman
es para que su amor sea
carácter fijo del alma,
y aunque a los principios quise
dar satisfaciones claras
del engaño que padecen
tan pequeñas circunstancias,
ya por castigar estilos
de vuestra loca arrogancia
y dejaros con la duda
no lo he de hacer, que se agravia
ofendido mi respeto
en imaginar que haya,
si satisfación os doy,
delito sobre que caiga.
Si estáis, Lisardo, enseñado
a mujeres que se pagan
de esos despechos, medid
más atento la distancia
y aprended a pedir celos
con quejas más cortesanas,
que no somos damas todas,
aunque todas somos damas.
(Vanse DOÑA CLARA y LEONOR.)


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


HERNANDO:

Bien doña Clara te ha dado
a entender que es doña Clara
del gran Conde Claros hija
y nieta de Claridiana,
bisnieta de Claridante
y chozna de una garnacha
clarísima de Venecia,
según lo claro que habla.

LISARDO:

¿Qué es lo que pasa por mí?

HERNANDO:

Lo que por cualquiera pasa
el día que una mujer
el enojo desenvaina.

LISARDO:

Muerto estoy, entre mí y Félix
cercado de dudas varias.

HERNANDO:

¿Cómo?

LISARDO:

Como Félix dijo
que tenía padre su dama,
y esta no le tiene.


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


HERNANDO:

Esa
cosa es de poca importancia,
que bien puede una mujer
que a dos admite y engaña,
con una madre en el cuerpo,
mentir un padre en el alma.

LISARDO:

¿Pudo la banda ser otra?

HERNANDO:

Pudo, pero muy estrañas
son las señas.

LISARDO:

¿Qué he de hacer
en tanta pena?

HERNANDO:

Dejarla.


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


(Salen DON FÉLIX y MENDOZA.)
DON FÉLIX:

¿Aqueso te sucedió?

MENDOZA:

Yo pienso que no escapara
de allí vivo si no fuera
por Beatriz y por la carta.

DON FÉLIX:

¿Lisardo por estos barrios?

LISARDO:

Aqueso no os preguntara
yo a vós, que ya sé que en ellos
tenéis que hacer.

DON FÉLIX:

Cosa es clara,
pues del sol que adoro es
hoy breve esfera esta casa
y a ella vengo como a centro
donde mi vida descansa.
En ella, Lisardo, está
la deidad a quien el alma
adora y...


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

Todo lo sé,
y puesto que amistad tanta
los dos profesamos, Félix,
hablémonos cara a cara,
que esto de andar dos amigos
engañados de una dama
es bueno para que dure
entretenida una farsa,
mas no para que suceda.

DON FÉLIX:

Pues, ¿qué os turba?, ¿qué os espanta?,
¿qué tenéis?

LISARDO:

Hoy me dijisteis
cuánto vuestro pecho ama
una hermosura, de quien
favor vuestro amor alcanza.
Hoy también os dije yo
que adoro una soberana
beldad, admitido della.
Pues una misma son ambas.

DON FÉLIX:

¿Qué decís?


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

Que la belleza
que buscáis en esta casa,
a quien la banda enviasteis
y tiene puesta la banda,
es la misma que yo adoro
y que a los dos nos engaña.

DON FÉLIX:

Ved lo que decís, Lisardo.

MENDOZA:

Hablad quedo, que de casa
su padre sale.

DON FÉLIX:

¿Es la hija
deste caballero, Laura,
vuestra dama?

LISARDO:

Para mí
Clara, y no Laura, se llama;
para mí no tiene padre,
sino un hermano que falta
de Madrid, y en todo miente.


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


(Sale DON ÍÑIGO.)
DON ÍÑIGO:

Aunque de escribir me falta
un pliego, volveré en dando
a este don Félix la carta.
(Vase.)

DON FÉLIX:

Mirad, Lisardo, que a veces
aun el mismo sol engaña,
tomando de los colores
reflejos y luces varias.

LISARDO:

¿Vuestra dama no ha de estar
dentro desta misma casa?
¿La banda no la enviasteis
y tiene puesta la banda?
Pues la misma es que yo quiero.

DON FÉLIX:

Afirmáis con veras tantas
vuestros celos y mis celos,
vuestras ansias y mis ansias,
que me haréis vencerlos, pero
no con la primera causa.
Amigos somos los dos;
vós tenéis una ventaja,
que es estar desengañado:
dejad que lo mismo haga
yo, y en estándolo, luego
veremos qué medio haya
para proceder los dos
con cordura y con templanza,
finos con nuestra amistad
y airosos con nuestra dama.


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

Decís bien.

DON FÉLIX:

Allí esperad
mientras que yo subo a hablarla.

LISARDO:

Pues si es la que tiene puesta,
como digo, vuestra banda,
es una misma.

DON FÉLIX:

A eso voy.

LISARDO:

En el portal os aguarda
con la respuesta mi pecho.

MENDOZA:

Y los dos, si aquesto para
en riña, ¿qué hemos de hacer?

HERNANDO:

¿Qué? Guardar una alianza.

LISARDO:

Idos a casa y en ella
esperad.

HERNANDO:

De buena gana.
(Vanse.)


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


(Salen LAURA, con la banda puesta, DOÑA CLARA, BEATRIZ y LEONOR.)
LAURA:

Pésame que hayas venido
a verme tan disgustada.

CLARA:

Si Beatriz no me dijera,
Laura, cuánto te importaba
que delante de tu padre
viniese a darte esa banda,
como lo hice, no hubiera
salido en todo hoy de casa,
que no estoy buena.

LAURA:

Aunque eches
a la salud que te falta
la culpa, otra he presumido
que es de tu pena la causa.

CLARA:

Si he de decir la verdad,
yo me estoy muriendo, Laura,
por escribir un papel
que me desahogue.


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


LAURA:

Saca
la escribanía, Beatriz,
de ese tocador.

CLARA:

Aguarda,
que mejor es que yo entre
a escribir.
[Aparte.]
En fin, tirana
pasión, ¿te sales con todo?
Veré si el pecho descansa
diciéndole por escrito
lo mismo que de palabra.
(Vase.)

LAURA:

¿Qué tiene tu ama, Leonor?

LEONOR:

No sé qué tiene mi ama.
Voy a ver si manda algo.
[Vase.]

BEATRIZ:

Don Félix hasta esta cuadra
se ha entrado.


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


(Sale DON FÉLIX.)
LAURA:

¿Qué es esto, Félix?
Pues, ¿no miras, no reparas
que a estas horas...?
[Vase BEATRIZ.]

DON FÉLIX:

No, que ya
ni miro ni advierto nada.

LAURA:

¿Qué traes?

DON FÉLIX:

Si sé tus traiciones,
¿qué quieres, fiera, que traiga?
Quédate a Dios, que no vine
más que a ver aquesa banda
en tu cuello para ver
cuánto eres fingida y falsa.

LAURA:

Pues, esta banda, ¿tú mismo
no me la enviaste?

DON FÉLIX:

Sí, ingrata.


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


LAURA:

Pues, ¿qué te ofende?

DON FÉLIX:

Traella.

LAURA:

Yo pensé que era estimarla
por tuya.

DON FÉLIX:

Ya solo es mía
en que verdades me trata.

LAURA:

¿Qué verdades?

DON FÉLIX:

Tus traiciones;
mira si son harto claras.
Ya sé que Lisardo es dueño
de tu amor, ya sé que alcanza
tus favores, si lo son
los que no alivian y agravian.

LAURA:

¿Qué dices, Félix? ¿Quién es
Lisardo?


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

El galán que amas,
el que cuenta tus finezas
y ya llora tus mudanzas.

LAURA:

¡Viven los cielos, don Félix,
que te engañas!

DON FÉLIX:

Tú me engañas,
que él verdad me dice.

LAURA:

¿Cómo
puede serlo quien con tantas
traiciones osa ofender
los átomos de mi fama?

DON FÉLIX:

Si quieres que él te lo diga
a ti misma cara a cara,
sí hará, que tomar no habemos
él ni yo mayor venganza
de ti que es averiguar
tus traiciones.

LAURA:

Pues, ¿qué aguardas?


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

Solo que él llegue hasta aquí.
Yo le traeré.

LAURA:

¡Cielos! Salga
de tan grande laberinto.
(Vase DON FÉLIX, y salen DOÑA CLARA y LEONOR.)

CLARA:

Toma este papel y a casa
te ve, y si Lisardo fuere
a ella, dásele. Y no salgas
por ahí, que mejor es
por esotra puerta.
(Vase LEONOR.)
Laura,
¿de qué lloras?

LAURA:

De que soy
infelice y desdichada;
y más en que sea forzoso
que tú sepas mis desgracias,
pues ya no puedo escusarlo.


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


(Salen DON FÉLIX y LISARDO.)
DON FÉLIX:

Agora veremos, Laura,
quién dice verdad. Lisardo,
¿es la dama de la banda
la que me habéis dicho?

LISARDO:

No,
que en mi vida vi esta dama.

LAURA:

Pues, ¿cómo habéis dicho que
yo engaño vuestra esperanza?

CLARA:

 [Aparte.]
¡Cielo! ¿Qué es esto que escucho?

LISARDO:

¡Cómo los ojos se engañan!

LAURA:

Aunque basta esta disculpa,
este castigo no basta.
¿Qué causa os dio esa osadía?


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

No puedo decir la causa
sin que licencia me dé
la señora doña Clara,
en cuyo pecho primero
vi, señora, aquesa banda.

DON FÉLIX:

Sin decirla, la habéis dicho.
Perdóname, hermosa Laura,
mi temor.

LISARDO:

Tú, Clara hermosa,
mi necia desconfianza.

LAURA:

De albricias del desengaño
te perdono ofensa tanta.

CLARA:

Yo no, que aún dura en mi pecho
el...


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


[Salen LEONOR y BEATRIZ.]
LEONOR:

Señora...

CLARA:

¿Qué hay?

LEONOR:

Que en casa
en este instante se apea
tu hermano, que de Granada
viene.

BEATRIZ:

Y mi señor también
la escalera sube.
(Dentro ruido.)

DON FÉLIX:

¡Estraña
confusión!

LISARDO:

¿Qué hemos de hacer?

CLARA:

Yo estoy muerta.

LAURA:

Yo turbada.


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


BEATRIZ:

Pues ni te turbes, ni mueras,
sino atended a esta traza:
los dos aquí os esconded
y las dos a esotra sala
salid. Tú di a mi señor...

LAURA:

¿Qué?

BEATRIZ:

... que con Clara se vaya
para que su hermano entienda
la visita donde estaba,
y así podré yo entretanto
darles lugar a que salgan.

DON FÉLIX:

Bien dice.

BEATRIZ:

Pues a esconderos
los dos; y las dos, cobradas
del susto, a engañar al viejo.

LISARDO:

Vamos, don Félix.

CLARA:

Ven, Laura.

BEATRIZ:

Sin mí, los cuatro no valen
sus mentiras llenas de agua.


Jornada II
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Salen MENDOZA y HERNANDO con una luz.
HERNANDO:

Mata esa luz, pues que ya
la del día en casa entra
con tal desvergüenza que
no aguarda a pedir licencia.

MENDOZA:

Hernando, ¿has visto en tu vida
superchería como esta
que nuestros amos han hecho
con nosotros?

HERNANDO:

¿Qué te quejas?

MENDOZA:

¿Qué me he de quejar? ¿No basta
que al amanecer no vengan
a acostarse y que vestidos
hasta estas horas nos tengan,
grullas de capa y espada?

HERNANDO:

Pluguiera a Dios eso fuera
cada noche.

MENDOZA:

¿Cada noche
no [acostarse]?


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


HERNANDO:

Pues, ¿hubiera
cosa de más gusto que,
sin tener uno pereza,
hallarse cada mañana
vestido? Porque, ¿hay paciencia
para dispertar un hombre
en camisa y mirar llenas
todas sus sillas de alhajas
que ha de acomodar por fuerza?
Resuélvese en que ha de ser,
y por el jubón empieza:
saca una pierna y por un
calzón de lienzo la entra,
y después de haberla puesto
su escarpín y su calceta
y su media y su zapato
y su liga, a la tarea
de calceta, de escarpín,
de liga, zapato, media
y calzón, sacrificada
vuelve a sacar la otra pierna;
item más, otros calzones:
átales las bocas, tienta
las ligas y halla que siempre
una está floja, otra aprieta;
con siete nudos y siete
lazadas, siete agujetas
se ataca, tres y tres y una.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


HERNANDO:

Ya en calzón y en jubón llega
peine y escobilla, jueces
del copete y las guedejas;
lávase manos y cara,
pónese una bigotera
y encájase en cuello y manos
una golilla y dos vueltas,
una ropilla, una daga,
una pretina y, tras ella,
espada, capa y sombrero.
¿Y para qué es toda esta
cáfila de alhajas? Para
quitárselas con la mesma
orden a la noche. ¿Y hay
quien dormir vestido sienta
ahorrando el dormir vestido
de tantas impertinencias?

MENDOZA:

Deja locuras y dime
si habrá parado en pendencia
el suceso de la banda.

HERNANDO:

Aun bien que los dos con buena
reputación nos venimos,
no tan solo con licencia,
pero con orden, Mendoza,
de que hiciésemos ausencia
de la casa y de la calle.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


MENDOZA:

Cuanto valgo y tengo diera
por saber en qué ha parado.

HERNANDO:

Ya lo sabrás, que ya llegan
juntos los dos.
(Salen LISARDO y DON FÉLIX.)
¿Es buena hora
de venir a casa esta?

DON FÉLIX:

Si es buena o mala, no habemos
de darte, Hernando, la cuenta.

HERNANDO:

¡Mala noche y parir riña!

MENDOZA:

Calla, Hernando.

DON FÉLIX:

¿Habrá paciencia,
Lisardo, que me consuele
en confusión como esta?


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

Ello fue cosa imposible
el prevenir que volviera
de llevar a doña Clara
el padre con tanta priesa
que no pudiéramos, Félix,
salir antes que nos viera;
mas vós tuvisteis la culpa,
que os quedasteis en aquella
sazón hablando.

DON FÉLIX:

Beatriz
me tuvo diciendo que era
justo avisarme de que
su amo, por la estafeta,
había tenido un pliego;
y antes que más me dijera,
sentimos la voz, de suerte
que, sin que el caso supiera
a qué me detuvo, hubimos
de ocasionar la sospecha
de su padre.

LISARDO:

Ella no es grande,
pues solo nos vio a la puerta
de la calle y no del cuarto.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

Si su condición no fuera
tan terrible, no importara;
mas, aunque tan leve sea
la ocasión, temo que Laura
un grande disgusto tenga.

LISARDO:

Si eso nos tuvo en la calle
toda la noche y ni en ella
ni en su casa hemos sentido
ruido alguno, bien pudiera
tanto silencio quietaros.

DON FÉLIX:

No es posible.

LISARDO:

Lo que desta
pesadumbre saco yo
es sentir tanto la vuestra
que no me deja lugar
para que la mía sienta.

DON FÉLIX:

Pues, ¿qué pesadumbre vós
tenéis?


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

¿Paréceos pequeña
haber venido un hermano,
que ha de embarazar por fuerza
las ocasiones de ver
a Clara?

DON FÉLIX:

Si bien se acuerda
mi memoria, la criada
que entró tan turbada y muerta
a decir que había venido
de Granada dijo.

LISARDO:

Es cierta
cosa, que en Granada estaba
en el pleito de una herencia.

DON FÉLIX:

¿Cómo se llama? Quizás
le conoceré.

LISARDO:

Aunque quiera
decíroslo, no lo sé,
que nunca me dijo ella
más de que tenía un hermano.


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HERNANDO:

¿En toda una noche entera
no habéis tenido lugar
de hablar, que con tanta flema
os ponéis a hablar agora?
¿No fuera mejor...?

DON FÉLIX:

No fuera.
Déjanos, Hernando.

HERNANDO:

¿Sabes
lo que iba a decir?

LISARDO:

Que sea
lo que fuere es necedad.

HERNANDO:

Yo niego la consecuencia,
pues es...

LISARDO:

¿Qué?

HERNANDO:

... que os acostéis.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

Ningún descanso me espera.
Descansad, Lisardo, vós,
que yo doy luego la vuelta.

LISARDO:

¿Dónde vais?

DON FÉLIX:

Por tantas partes
hoy mi desdicha me cerca
que, eslabonando pesares,
unos tras otros se lleva.
No tuve cartas ayer
de mi padre, y creo que vengan
en pliego de un hombre que es
de Granada; así quisiera,
antes que de casa salga,
hablarle, Lisardo, en ella.

LISARDO:

Id con Dios.

DON FÉLIX:

Vamos, Mendoza.
(Vanse.)


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


HERNANDO:

Señor, por Dios, que yo sepa
qué ha sido esto.

LISARDO:

Nada ha sido;
pero quien ama, se altera
de poco. Cuando subimos
los dos a saber si era
Clara a quien había enviado
la banda que tenía puesta,
vimos que había sido trueco,
engañándome las señas.
Contentos, en fin, los dos
de que nuestra competencia
cesase estábamos cuando
dos criadas juntas entran:
una a decir que el hermano
de Clara a aquella hora mesma
de Granada había venido,
y otra a decir que a la puerta
llamaba el padre de Laura.
Trazose que le dijera
Clara que la acompañase
para que, en su breve ausencia,
nos saliésemos nosotros;
hízose desta manera.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

Pero como están las casas
de Clara y Laura tan cerca
y él no debió de hacer más
que llevarla hasta la puerta,
en un instante que Félix
se detuvo en la escalera
a oír no sé qué que Beatriz
le decía, ya por ella
el viejo subía y hubo
de dar con los dos por fuerza.
«¿Quién va?», dijo. Respondimos:
«Gente de paz». «Pues, ¿qué intentan
aquí?», replicó. Yo entonces
le dije: «¿Es la casa esta,
señor, donde un caballero
en este instante se apea?».
«No es aquesta», respondió
dando voces que trajeran
luz, que había de conocernos.
Los dos, como aquello no era
lance de duelo, a la calle
salimos, y el viejo a ella
tan brioso tras nosotros
que, por no hacerlo pendencia,
hubimos de retirarnos
dando a la calle la vuelta.
Siguionos, pero no pudo
alcanzarnos, de manera
que, recelando don Félix
algún riesgo en Laura bella,
toda la noche se ha estado
hecho estatua de su puerta
hasta que el sol nos echó
de sus umbrales y...


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


HERNANDO:

Espera,
que, o me engaño, o es el padre
de Laura el que en casa entra.

LISARDO:

¿En casa? Sí, ¡vive Dios!
Él es. ¿Cuánto va que llega
a haber sabido que Félix
el de anoche fue y intenta
o tomar satisfaciones
o darle prudentes quejas?

HERNANDO:

¿Quién le habrá dicho que él fue,
viéndole a obscuras?

LISARDO:

¡Qué necia
duda es aquesa sabiendo
que hay criadas que lo sepan!

HERNANDO:

Quizá buscara otra cosa.

LISARDO:

Puede ser.

HERNANDO:

Hasta aquí se entra.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Sale DON ÍÑIGO.)
DON ÍÑIGO:

[Aparte.]
Aunque las sombras de anoche
con tal cuidado me tengan,
no han de obligarme a que falte
a justas correspondencias.
Este cuarto me dijeron
ayer que el de Félix era.

LISARDO:

([Aparte.]
Que le he conocido habré
de disimular por fuerza.)
Caballero, ¿qué mandáis?

DON ÍÑIGO:

Si sois vós, saber quisiera,...

LISARDO:

¿Quién?

DON ÍÑIGO:

... don Félix de Toledo.

LISARDO:

(Aparte.)
No fue vana mi sospecha.


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HERNANDO:

(Aparte.)
De todo viene informado.

LISARDO:

(Aparte.)
Pero aunque noticia tenga
del nombre, de la persona
no, pues preguntando llega
si soy yo don Félix. Haga
mi amistad una fineza,
que es prevenir y escusar
con cordura y con prudencia
a don Félix un disgusto,
pues si prevenirle intenta
que no le mire en su casa,
cuando yo aquí se le ofrezca
le hago buen tercio a don Félix,
siendo yo con quien él tenga
para adelante el cuidado.

DON ÍÑIGO:

¿No merezco más respuesta?

LISARDO:

No os espantéis de que dude
por causas que a ello me fuerza
el decir que soy don Félix;
pero por muchas que tenga,
una cosa es encubrirlo
y otra es negarlo a quien llega
a preguntarlo. Yo soy
don Félix.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


HERNANDO:

[A su amo.]
Señor, ¿qué intentas?

LISARDO:

Deshacer una desdicha.

HERNANDO:

Más parece que es hacerla.

DON ÍÑIGO:

Corrido estoy que no hayan
díchomelo antes las señas
de vuestra gran bizarría,
don Félix, que la voz vuestra.
No os alborotéis, que no
importa que yo lo sepa.
Y agora dadme los brazos,
que son generosa deuda
del cuidado con que vengo
buscándoos.

HERNANDO:

(Aparte.)
¿Qué historia es esta?
Cuando pensé que al nombrarse
con una daga le diera,
¿tan cariñoso le abraza?


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON ÍÑIGO:

Sentaos, sentaos, que quisiera
hablar con vós muy despacio.

LISARDO:

Sentaos vós. Y agora sepa
quién tanta merced me hace.

DON ÍÑIGO:

Quien vuestra salud desea
y vuestra quietud, don Félix,
aun más que la suya mesma,
por muchas obligaciones
que tiene a la sangre vuestra.

HERNANDO:

[Aparte.]
Suegro de paz es; no es poco
cuando son suegros de guerra
todos cuantos hay.

LISARDO:

(Aparte.)
Él tiene
gran valor o gran prudencia.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON ÍÑIGO:

Don Íñigo soy de Lara,
para serviros. Apenas
estas cartas recebí
ayer cuando, con presteza,
vine a esta posada. No
tuve dicha de que en ella
os hallase, y así vengo
tan de mañana a traerlas;
de vuestro padre, don Félix,
son: en la mía me ordena
que os busque y os dé este pliego,
que importa la diligencia
de un aviso que en él viene.
Leedle.

HERNANDO:

[A su amo.]
Señor, no le leas,
que esto de dar una carta
y una estocada con ella
es treta usada, y el viejo
es zaino.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

([Aparte.]
Fuerza es leerla,
ya empeñado en que soy Félix.)
Leo, pues me dais licencia.
(Lee.)
«El señor don Íñigo de Lara, que pondrá esta en vuestras manos, es a quien mi vida confiesa grandes obligaciones. No me he valido de las finezas de su amistad hasta ahora, por no tener certeza de que estuviese en esa corte, pero, habiéndome informado de que reside en ella, os escribo por su orden, así por el riesgo que puede tener vuestro nombre en los sobrescritos como por la seguridad de que lleguen a vuestras manos. Aquel caballero convaleció ya de sus heridas, salió con su pleito y va a esa corte; y así, en cualquier estado que estén vuestras pretensiones, las dejad y volveos a Granada. Dios os guarde».

DON ÍÑIGO:

Cuanto ahí el señor don Diego
encarece las finezas
de mi amistad es un breve
rasgo, una línea pequeña
de lo que debo acudir
a serviros.

LISARDO:

Bien lo muestra
el cuidado, Dios os guarde,
por la breve diligencia
del aviso, que no dudo
de cuánta importancia sea.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON ÍÑIGO:

Pues, ¿qué fue aquesto?

LISARDO:

Un pesar
que me obligó a hacer ausencia
de Granada.

DON ÍÑIGO:

No me espantan
mocedades como esas:
por ellas pasamos todos.
Yo me acuerdo que en las nuestras
vuestro padre y yo salimos
de cierta honrada pendencia
muy airosos. ¡Qué valiente,
galán y entendido era!

LISARDO:

Vós le hacéis merced.
(Sale DON FÉLIX.)

DON FÉLIX:

Lisardo,
buscándoos vuelvo con nueva
pesadumbre.
(Aparte.)
Mas, ¿qué miro?
¿Don Íñigo aquí? ¿Qué intenta?


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

Pues perdonad y un instante
esperad.

DON FÉLIX:

Que os obedezca
es justo.
[Al criado.]
¿Qué es esto, Hernando?

HERNANDO:

Pues, ¿hay alguien que lo sepa?

DON ÍÑIGO:

¿Cómo aqueste caballero
que tan deslumbrado entra
os llama Lisardo?

LISARDO:

Como
el disgusto de mi ausencia
me obligó a mudar el nombre,
por el riesgo que pudiera
tener el ser conocido;
y esta fue la causa mesma
porque dudé antes de agora
decirle.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON ÍÑIGO:

Prevención cuerda.
Mas, ya que esa prevención
tuvisteis, ¿cómo en aquesta
posada, viniendo yo
ayer a veros en ella,
preguntando por don Félix...

DON FÉLIX:

¿Qué mandáis?

HERNANDO:

[Aparte.]
Detente, espera,
que hay otro don Félix ya.

DON ÍÑIGO:

... me dijeron que este era
vuestro cuarto?

LISARDO:

Como, aunque
quise que no se supiera,
no lo pude conseguir,
que personas de mi tierra,
con quien no pude fingirle,
deshicieron la advertencia;
y así Félix y Lisardo
me llaman a un tiempo en esta
posada, y yo no he querido,
por no engendrar más sospecha,
advertirles que me nieguen
a nadie que a verme venga.


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DON FÉLIX:

[A HERNANDO.]
¿Qué secreto es este, Hernando?

HERNANDO:

El demonio que lo entienda.

DON ÍÑIGO:

Con todo eso, es gran descuido
el vivir de esa manera,
y más agora teniendo
de vuestro enemigo nuevas.

LISARDO:

Yo procuraré guardarme.

DON ÍÑIGO:

Sabe Dios cuánto me pesa
de no poder ofreceros
mi casa para que della
vais desde luego a serviros;
pero dilatarlo es fuerza,
señor, hasta que acomode
el modo de la vivienda,
que luego habéis de ir a honrarla.
Y ahora, porque no quisiera
que ese caballero espere,
quedad con Dios.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

Mi defensa
no os ponga en tanto cuidado,
pues basta que yo merezca
saber dónde os he de hallar
para que os pague esta deuda.

DON ÍÑIGO:

Yo vivo, porque sepáis
para cuanto se os ofrezca,
donde tenéis un criado,
en la calle de las Huertas.

LISARDO:

Para acudir a serviros
usaré de esa licencia.

DON ÍÑIGO:

Quedad con Dios.

LISARDO:

Él os guarde.

DON ÍÑIGO:

[Aparte.]
¡Qué brío! ¡Qué gentileza!
De su padre es un retrato.
(Vase.)

DON FÉLIX:

Lisardo, por Dios, que sepa
desta novedad la causa.
¿Qué es esto?


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

Todo se encierra
en que hay amigos que matan,
por ignorancia, con buena
intención, y yo os he muerto
hoy, don Félix, por tenerla.

DON FÉLIX:

¿Cómo?

LISARDO:

Tomad esta carta
de vuestro padre y en ella
veréis la amistad que tiene
con don Íñigo. A traerla
vino y yo, cuando por vós
preguntó, entrando en sospecha
de que os buscaba, quejoso
por satisfacer la ofensa,
creyendo que por alguna
de sus criadas hubiera
sabido el nombre, por dar
a vuestro amor franca puerta,
quebrándose en mí el enojo,
fingí vuestro nombre en prueba
de mi amistad, escusándoos
o el aviso o la pendencia.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

Bien decís, Lisardo, que
ha sido acción como esta
matar con buena intención,
pues me quitasteis que sea
huésped dichoso de Laura,
a quien adoro.

LISARDO:

Paciencia,
y persuadiros a que
fue yerro de mi fineza.

DON FÉLIX:

Esta, sin duda, es la carta
de que quiso Laura bella
anoche avisarme.

LISARDO:

Y no
en eso el disgusto cesa,
pues vuestro padre os envía
aviso, Félix, en ella
de que ya vuestro enemigo
viene a Madrid.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

Aunque venga
a solo darme la muerte,
no podrá, pues de manera
me tienen muerto mis ansias
que será inútil la ofensa.
Venid, Lisardo, conmigo:
veremos cómo se pueda
aquesto enmendar, porque
quiero también daros cuenta
de un papel que me ha enviado
Laura, en que dice la vea
esta tarde, porque importa
su vida y honor que sepa
el estado en que la tiene
mi amor.

LISARDO:

Pues, ¿de qué manera
en su casa habéis de entrar?

DON FÉLIX:

Pues ella lo dice, ella
lo habrá mirado.

LISARDO:

El empeño
es grande.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

Cuando lo sea,
¿qué importa si es cierto que
no quiere el que no se arriesga?
(Vanse.)
(Salen DOÑA CLARA y DON ANTONIO.)

DON ANTONIO:

Haz hoy esto por mí, hermana.

CLARA:

¿Qué imposible cosa hubiera
que por ti mi amor no hiciera?
Pero es tu esperanza vana.

DON ANTONIO:

¿Cómo?

CLARA:

Como es tan tirana
de Laura la condición,
tan libre la presunción,
tan altiva la estrañeza,
tan discreta la belleza,
tan bella la discreción,
que temo que tu cuidado
desairado ha de quedar.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON ANTONIO:

Nunca un hombre por amar
quedar puede desairado,
pues el que más despreciado
llora uno y otro desdén,
más olvidado de quien
más adora, en duelo tal,
no es posible quedar mal,
pues queda queriendo bien.
Demás de que nada ha habido
de tan grave rebeldía
que a la industria o la porfía
no se haya dado a partido.
Nace el mármol escondido
de un monte y no está seguro
del sincel; de un centro obscuro
nace el bronce y del buril
no escapa, siendo sutil
basto bronce y mármol duro;
nace el oro hijo del sol
en la más oculta mina
y a una experiencia divina
le hace tratable el crisol;
émulo al mayor farol
nace el diamante constante,
solo a sí tan semejante
que no se deja labrar
hasta que viene a cortar
un diamante otro diamante.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON ANTONIO:

¿Y quieres que un temor vil
niegue a mi pena cruel
lo porfiado de un sincel,
lo prolijo de un buril
y del crisol lo sutil,
del diamante lo constante?
No, que mi amor arrogante,
mármol, jaspe, oro, arrebol,
ha de ablandar al crisol,
sincel, buril y diamante.

CLARA:

Notable estremo de amor
el tuyo es. Ayer veniste,
esta mañana la viste,
¿y ya con tanto rigor
la vecindad de su ardor
te abrasa? Si ya no fuese
aspirar a que se hiciese
por ti el tono que decía:
«Junto a mi casa vivía
porque más cerca muriese».


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON ANTONIO:

No es tan liviano mi afecto,
tan fácil mi voluntad,
que por solo vecindad
se atreviese a su respeto.
Días ha que mi alma objeto
fue de sus rayos ardientes
y que Amor , los accidentes
trocando a nuestras pasiones,
hirió nuestros corazones
con arpones diferentes.
Antes, Clara hermosa, que
me ausentase, la serví,
de su padre amigo fui
y a entrambos los visité,
ausente la idolatré
en el sol, que, como él
a un laurel adoró fiel
y yo a una Laura, creía
que darme nuevas podía
de mi Laura su laurel.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON ANTONIO:

Confieso que despreciado
siempre viví de su amor
y que la amé con temor,
porque no hay más triste estado
que el de un pobre enamorado.
Mas, ya que en favor ha sido
el pleito con que he salido,
es justo que el suyo aguarde,
porque no hay rico cobarde
como no hay pobre atrevido.
Y así, viendo que podré
con su padre declararme,
hermana, y para casarme
pedírsela, mal haré
en malograr tanta fe,
si bien obligarla quiero
antes.

CLARA:

Haces bien, si infiero
cuán necio en el mundo es
quien osa gozar después
lo que no agradó primero.
Pero déjame admirar
que una ausencia y una herida,
que a lo último de tu vida
te tuvo, para olvidar
no bastasen.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON ANTONIO:

Mi pesar
no me renueves, porque
si en él me hablas, no tendré
en ira el alma ocupada,
gusto para hablar en nada,
hasta que vengado esté.

CLARA:

Pues hablemos en tu amor,
si aquesto te da disgusto,
que, siendo, hermano, tan justo,
fuera no ayudarte error.
¿Qué podré hacer en favor
de tu pena?

DON ANTONIO:

Visitar
hoy a Laura, con que entrar
podré, buscándote y ver
su beldad.

CLARA:

Si la vi ayer,
¿cómo hoy tengo de tornar
a verla?

DON ANTONIO:

Pues dame, hermana,
de tu parte algún recado
con que yo entre disculpado.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CLARA:

Eso haré de mejor gana.
Dila que yo he de ir mañana
a dar cierto parabién,
y así que me preste es bien
sus joyas, y que no envío
criado porque no me fío
de uno que es nuevo.

DON ANTONIO:

Está bien.
Quédate con Dios, que ya
muero por llegar a vella.
¡Ay, Laura divina y bella!
Una esperanza me da,
que bien merecida está
de tanto amar y sentir.
(Vase.)


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CLARA:

Aunque debiera advertir
a mi hermano del amor
de Laura y Félix, error
el llegárselo a decir
tan presto fuera, pues queda
tiempo antes que por mujer
la pida, que eso ha de ser
cuando ya callar no pueda,
si bien siento que conceda
con tanta seguridad
a Laura su libertad
sabiendo yo que ella adora
otro amante. ¡Oh, cuánto ignora
rendida una voluntad!
Pues si así ha compadecido
galán que ignorando está
que otro admitido es, ¿qué hará
galán que lo haya sabido,
y enamorado y rendido
pasa por sus desconsuelos?
Pero mal he dicho, ¡cielos!,
que lástima no merece
galán tan vil que se ofrece
voluntarioso a sus celos.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Sale LEONOR.)
LEONOR:

Al tiempo que ya de casa
don Antonio, mi señor,
sale, ostentando su amor
Lisardo la calle pasa.

CLARA:

Leonor, el pecho se abrasa
por hablarle, y pues que va
mi hermano donde estará
divertido, hablarle aguardo.
Haz una seña a Lisardo,
dile que suba.

LEONOR:

Será
aventurarte, señora.

CLARA:

Pues, ¿qué querías que amara
yo si nada aventurara?
Y supuesto que es agora
buena ocasión, ve, Leonor,
dile que entre. Corazón,
no temas, que no es razón,
si amor te llega a valer,
porque ser Dios y temer
implica contradición.
(Vanse.)


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Sale[n] LAURA, BEATRIZ y DON FÉLIX.)
LAURA:

Sabiendo que ocupado
hoy mi padre estaría,
don Félix, todo el día
en un negocio, he dado
lugar a que esta tarde
entres aquí, que amor nunca es cobarde.

DON FÉLIX:

Del papel advertido,
para el riesgo llamado,
por la ocasión buscado
y al tiempo agradecido,
a verte vengo, Laura;
con mi peligro tu temor restaura.

LAURA:

Beatriz desde esa puerta,
pues no ha de estar cerrada,
de una seña avisada
está por si alguien viene.

BEATRIZ:

¡Yo estoy muerta!
(Vase.)


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LAURA:

Tantas penas me ofrece
a un tiempo mi fortuna
que, atenta a cada una,
no sé por cuál empiece,
don Félix, que cualquiera
pretende, por mayor, ser la primera.

DON FÉLIX:

Detente y más no llores,
que en vender fuera necio
mis finezas a precio
de lágrimas que son perlas y flores,
pues mayo y sol, al verlas,
uno las hace flores y otro perlas.
No ha de costar tan caro
lo que tú me pidieres.
Dime, pues, lo que quieres,
y aun es mi amor tan raro
que solo siente agora
el que hayas de decírmelo, señora,
que aun una vez quisiera
que el verte obedecida no costara.
¡Oh, quién adivinara!
¡Quién astrólogo fuera
para saber el fin de tus enojos
mirado en el eclipse de los ojos!


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LAURA:

Don Félix, yo he pensado
el más lícito medio
que pueda ser remedio
de uno y otro cuidado,
si es verdad que me quieres.

DON FÉLIX:

¿Cuál es?

LAURA:

Pues que mi padre quién tú eres
sabe y de tu nobleza
está tan informado,
que no dudo que ya te haya buscado
para darte unas cartas su fineza
(que era lo que decía
Beatriz anoche, cuando ya él volvía),
declárate con él, que, declarado
una vez, trataremos,
sin que sean tan costosos los estremos,
de los medios, quedando asegurado
mi honor, Félix, mi padre agradecido,
mi amor logrado y mi deseo cumplido.

DON FÉLIX:

Dices bien, y mil veces
agradezco el partido que me ofreces.
La causa, Laura, de que al mismo instante
tus leyes no obedezca
y a tu padre me ofrezca
será porque primero es importante,
porque él se satisfaga
de quién soy, que un engaño se deshaga.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LAURA:

¡Ay de mí! Pues, ¿qué engaño
puede haber en quien eres?

DON FÉLIX:

No te asustes ni alteres,
que bien fácil es, Laura, el desengaño.

LAURA:

Pues dime, ¿tú no has sido
para quien unas cartas han venido?

DON FÉLIX:

Sí, hermosa Laura mía.

LAURA:

¿Y ya no te ha buscado?

DON FÉLIX:

En mi posada ha estado,
amaneciendo en ella con el día.

LAURA:

Pues, ¿qué engaño en quien eres haber puede?

DON FÉLIX:

Oye y sabrasle.

LAURA:

Un mal a otro sucede.

DON FÉLIX:

Buscándome...


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Sale BEATRIZ.)
BEATRIZ:

Señora...

LAURA:

¿Qué hay, Beatriz?

BEATRIZ:

Que a la puerta llega agora
don Antonio, el hermano
de doña Clara, y dice que conviene
hablarte, que a un recado suyo viene.

LAURA:

Di que mi padre no está en casa.

BEATRIZ:

En vano
será, que ya hasta esta
sala se entró sin esperar respuesta.

LAURA:

Don Félix, no te vea.

DON FÉLIX:

No entre y no me verá, que quien no sea
tu padre, Laura, a mí no ha de obligarme
hoy a esconderme dél ni a retirarme.


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LAURA:

Pues mi honor, ¿no te debe
más atención?

DON FÉLIX:

Él mismo a esto me mueve,
que tu honor es el mío.

LAURA:

Que he de deberte esta fineza fío.
Éntrate a ese aposento;
yo le despediré luego al momento.

BEATRIZ:

Ved que entra.

LAURA:

Haz por mí esto.

DON FÉLIX:

¡Oh, dulce encanto
del hombre! ¿Qué no puede vuestro llanto?
(Escóndese DON FÉLIX y sale DON ANTONIO.)

DON ANTONIO:

Sin licencia, señora,
de un recado que ahora
me dio mi hermana a entrar aquí no osara.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LAURA:

Qué manda la señora doña Clara
me decid brevemente,
y perdonad, que el tiempo no consiente
que en visita os reciba
no estando aquí mi padre.

DON ANTONIO:

Tan esquiva
como os dejé os he hallado.

BEATRIZ:

[Aparte.]
¿Mas que el recado pone a mal recado
aqueste caballero?

LAURA:

Solo a lo que venís es lo que espero.
(Sale DON FÉLIX al paño y repara en DON ANTONIO.)

DON FÉLIX:

[Aparte.]
¡Cielos! ¿Qué es lo que miro?
Él es. Con nueva causa ya me admiro
de mis sucesos.

LAURA:

¿Qué mandáis?


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON ANTONIO:

Mi hermana
un parabién que dar tiene mañana
y, por ir más gallarda, hermosa y rica,
que la deis vuestras joyas os suplica
para lucir con ellas,
que, al fin, joyas del sol serán estrellas.

LAURA:

¿Un criado no había
que trajera el recado?

DON ANTONIO:

No le envía,
señora, con criado
que de uno que tiene no ha fiado
porque ha poco que en casa
está, tanto interés.

LAURA:

Pues si eso pasa,
por aquesa ventana de su cuarto
que cae a mi jardín, ¿no me mandara
que algún criado mío las llevara?

DON ANTONIO:

Si había de venir un criado suyo
o ir uno vuestro, justamente arguyo
que hizo que como suyo aquí viniese
para que como vuestro allá volviese,
pues claramente muestro
que lo fui suyo para serlo vuestro.


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LAURA:

(Aparte.)
Solo ahora le faltaba a mi cuidado
que este me hablase en el amor pasado.

DON FÉLIX:

[Aparte.]
Solo ahora les faltaba a mis desvelos
que mi enemigo se vengase a celos.

LAURA:

Beatriz, saca al instante
de aquese tocador las joyas mías.

DON ANTONIO:

Si salen de la esfera de los días,
rayo será de luz cada diamante.

LAURA:

¿Qué aguardas?

BEATRIZ:

Voy volando.
(Entra BEATRIZ donde está DON FÉLIX.)

DON ANTONIO:

No la deis tanta prisa, que, esperando,
más contento estaré.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LAURA:

Conviene esto,
que venga presto, porque os vais vós presto.

DON ANTONIO:

Pues si tan breve, señora,
es el espacio que tengo
de vida, que por minutos
me la está contando el tiempo,
mal haré en desperdiciarle,
que fuera ignorante o necio
el que un momento perdiera
cuando vive por momentos.
Aunque vengo a llevar joyas,
mejor dijera que vengo
a traerlas, pues que traigo
la firmeza de mi pecho.

LAURA:

[Aparte.]
¡Cielos! ¿Qué es esto que oigo?

DON FÉLIX:

[Aparte.]
¿Qué es esto que escucho, cielos?

DON ANTONIO:

Bien os acordaréis, Laura,
de cuán rendido mi afecto
os adoró y...


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LAURA:

No digáis
más, que de nada me acuerdo,
sino de que un tiempo fuisteis...

DON FÉLIX:

[Aparte.]
Oigamos qué fue.

LAURA:

... el objeto
de mis altivos rigores,
de mis desdenes severos.

DON FÉLIX:

[Aparte.]
Eso sí.

DON ANTONIO:

Y eso es lo mismo
que yo iba a decir; que, atento
a tantos agravios, quise
haceros memoria dellos
porque en aquesta ocasión,
encontrados los estremos,
vós volváis a repetirlos
y yo vuelva a padecerlos.


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(A la puerta BEATRIZ y DON FÉLIX.)
DON FÉLIX:

¿Quién tendrá paciencia para
escuchar que esté diciendo
otro amores a su dama
aunque ella diga desprecios?
¡Vive Dios!
(Quiere salir.)

BEATRIZ:

[A DON FÉLIX, deteniéndolo.]
Señor, ¿qué haces?

DON FÉLIX:

¡Beatriz, suelta!

BEATRIZ:

Estate quedo,
que ya yo saco las joyas
con que se irá.
[Sale.]

DON ANTONIO:

¿Qué es aquello?
 |-

LAURA:

[Aparte.]
¡Ay de mí!

BEATRIZ:

Yo, que en la puerta
tropecé deste aposento.
Ya están las joyas aquí.


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LAURA:

Estas son cuantas yo tengo.
Si esto es a lo que venisteis,
veislas aquí y idos luego,
señor don Antonio.

DON ANTONIO:

Yo,
perdonad mi atrevimiento,
no me tengo de ir, señora,
sin que vós oigáis primero,
que no solo a aquesto vine.

LAURA:

Si yo no quiero saberlo,
¿de qué servirá el decirlo?

DON ANTONIO:

De cumplir yo con afecto.

LAURA:

Hacedme merced de iros.

DON FÉLIX:

[Aparte.]
Ya que le dé Laura siento
prisa. ¿Si será porque
no descubra algún secreto?

DON ANTONIO:

En diciendo de una vez,
Laura, todo cuanto siento.


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LAURA:

Decid, pues, que no podéis
decir más, que os aborrezco.

DON ANTONIO:

Yo, hermosa Laura, jamás
tener pude atrevimiento
de miraros, si no es
con el decoro y respeto
que vuestro estado y mi sangre
permiten a mis deseos,
a cuya cuenta sufrí
iras y desdenes vuestros.
Acobardábame más
que vuestro rigor severo
mi fortuna, porque un pobre
homicida es de sí mesmo.
Para alentarme a serviros...
no, señora, a mereceros,
con un noble mayorazgo
hoy rico y honrado vuelvo:
todo es poco para vós.
Mas lo que fuere os ofrezco,
advirtiéndoos que no os pido
licencia, que no la espero,
para pediros, señora,
a vuestro padre por dueño,
sino que os aviso solo
desta esperanza que tengo,
porque me tratéis con más
rigores, pues todos ellos
serán honras de un marido
si son de un galán desprecios.


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DON FÉLIX:

[Aparte.]
Ya para oír más no hay
ni valor ni sufrimiento.

LAURA:

Mi padre os responderá,
señor don Antonio, a eso
cuando vós le habléis y yo,
cuando él lo diga. Ahora os ruego
que aquestas joyas toméis
y os vais con Dios.

DON ANTONIO:

Cuando llego
de vuestra mano a tomarlas,
que es joya cristal pienso.
Y así, pues tomo las joyas,
también podré...
(Al ir a tomarle la mano, sale DON FÉLIX.)

DON FÉLIX:

Deteneos,
que esa mano ni tomada
ni pedida ha de ser.

LAURA:

¡Cielos,
muerta estoy!


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DON ANTONIO:

¿Qué es lo que miro?
De que vós seáis me huelgo
quien lo estorbe, por tomar
ambas venganzas a un tiempo.

BEATRIZ:

[Aparte.]
Muertes de hombres ha de haber.

DON FÉLIX:

Si vós, por el lance nuestro,
ocasión para matarme
tenéis, yo también la tengo:
vós, porque yo os di una herida;
yo porque vós me dais celos.
Y pues yo, con mayor causa,
me reporto, haced lo mesmo,
que el estrado de una dama
no es campaña para el duelo.

DON FÉLIX:

Decís bien: fuera salgamos,
donde los dos cuerpo a cuerpo
nos veamos.

DON FÉLIX:

Ya os sigo yo.

LAURA:

Mirad...


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DON ÍÑIGO:

(Dentro.)
¿Cómo está aquí abierto?

BEATRIZ:

[Aparte.]
¿No lo dije yo que haría
diez aqueste padre nuestro?

LAURA:

Llenose el número, ¡ay, triste!,
de mis penas y tormentos.
Caballeros, pues lo sois,
y en los que son caballeros
antes que todo es la dama,
ved mi peligro.

LOS DOS:

Sí haremos.

DON FÉLIX:

Por su honor y por su vida
aquí a retirarme vuelvo.
Valeos vós de la disculpa
de esas joyas, que al momento
que él se asegure saldré
a la calle.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Escóndese DON FÉLIX y sale DON ÍÑIGO.)
DON ÍÑIGO:

Pues, ¿qué es esto,
señor don Antonio? ¿Aquí
qué mandáis?

DON ANTONIO:

([Aparte.]
Paciencia, cielos,
que soy quien soy y no es bien
vengarme por bajos medios.)
A pedir aquestas joyas
de parte...

LAURA:

[Aparte.]
¡Yo estoy muriendo!

DON ANTONIO:

... de doña Clara mi hermana
he venido.

LAURA:

Y a ese efecto
las sacaba ahora Beatriz
del tocador, porque entiendo
que quiere honrarlas en un
parabién de cumplimiento.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON ANTONIO:

Por no haber criado en casa
vine yo.

DON ÍÑIGO:

Mucho me alegra
de que en la mía haya cosa
con que serviros.

DON ANTONIO:

El cielo,
señor, os guarde mil años;
y pues desta casa llevo
más que vine a pedir, dadme
licencia ya.

DON ÍÑIGO:

Deteneos
y esperad a que una luz
saquen, que va anocheciendo.
Beatriz, trae luces.

BEATRIZ:

Aquí
están.

DON ANTONIO:

¿Dónde vais?


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON ÍÑIGO:

Sirviéndoos.

DON ANTONIO:

Quedaos, señor.

DON ÍÑIGO:

Esto es justo.

DON ANTONIO:

Por no porfiar, lo consiento.

DON ÍÑIGO:

La escalera es por aquí.

DON ANTONIO:

[Aparte.]
Iré a mi casa corriendo
por un jaco y un broquel
y, a dos venganzas atento,
le mataré cuando salga.
[Se van DON ÍÑIGO, DON ANTONIO y BEATRIZ. Sale DON FÉLIX.]

LAURA:

Don Félix, ¿qué es lo que has hecho?

DON FÉLIX:

Lo que tuve obligación,
porque me debieras menos
en que callara que no
en que me arriesgara, viendo
que a tu mano se atrevía.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LAURA:

Tu temeridad me ha muerto.

DON FÉLIX:

No en vano antes, ¡oh, enemiga!,
que te conociese el pecho
le pasé, astrólogo entonces,
por sacarte de allá dentro.

LAURA:

Solo me faltaba agora
el que me pidieses celos.

DON FÉLIX:

No pediré, porque solo
pedirán mis sentimientos
que diviertas a tu padre
y a Beatriz digas que luego
me saque de aquí, porque...
(Sale BEATRIZ.)

BEATRIZ:

Buena hacienda habemos hecho.
No ha quedado puerta en casa
que no esté cerrando el viejo,
escarmentado de anoche.

DON FÉLIX:

Yo he de salir, ¡vive el cielo!,
aunque por un balcón sea.


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(Sale DON ÍÑIGO y retírase DON FÉLIX.)
DON ÍÑIGO:

[Aparte.]
Corazón, disimulemos
el disgusto que me ha dado
haber hallado aquí dentro
a don Antonio, pues son
las joyas disculpa dello,
que no lo han de llevar todo
hasta el fin mis sentimientos.

LAURA:

(Aparte.)
¡Muerta estoy!

DON ÍÑIGO:

Laura...

LAURA:

¿Señor?

DON ÍÑIGO:

Un grande cuidado tengo
que comunicar contigo
para pedirte un consejo.

LAURA:

¿Consejo a mí tu prudencia?


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DON ÍÑIGO:

Tanto fío de tu ingenio.
Ya te dije que tenido
había de Granada un pliego
con una carta que viene
a un don Félix de Toledo.

LAURA:

Sí, señor.

DON ÍÑIGO:

Aunque encarezca
la obligación que le tengo,
no es posible. Fui y hablele
en su posada, y leyendo
la carta que le llevé
tenía un aviso que presto
vendría aquí un su enemigo;
y a mi obligación atento
le quisiera asegurar
la vida, que te prometo
que debo a su padre cuanto
ser, honor y vida tengo;
y él lo merece, porque
es el mejor caballero
que en toda mi vida he hablado:
¡qué gala!, ¡qué entendimiento!

LAURA:

[Aparte, al paño.]
¡Qué bien suena a quien bien quiere
la alabanza de su dueño!


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DON FÉLIX:

[Aparte.]
¡Qué infeliz fui, pues Lisardo
me ganó todo este afecto!

DON ÍÑIGO:

No le he ofrecido mi casa
por hablarte a ti primero,
que eres el inconveniente
y te he de hacer el remedio.

LAURA:

Pues, ¿qué inconveniente yo
puedo ser si tú eres dueño
de todo? Venga, señor,
a casa ese caballero,
que yo le serviré.

DON ÍÑIGO:

¡Oh, cuánto
esa obediencia agradezco!
Pero mira, él no ha de verte,
que lo que rogarte quiero
es que tú a estar te reduzgas
en mi cuarto, y componiendo
esta sala, que se mande
por otro recibimiento;
le diré que venga a ella,
pues por aqueste aposento
puerta se le puede dar
a la escalera. Entra dentro:
verás dónde se ha de abrir.


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DON FÉLIX:

[Aparte, al paño.]
Llegó mi pena a su estremo.

BEATRIZ:

[Aparte.]
Dimos al traste con todo.
(Quiere entrar DON ÍÑIGO y detiénele LAURA.)

LAURA:

Detente, que ya yo entiendo
lo que me quieres decir
y ahora es escusado el verlo.
Trae a tu huésped, señor,
que yo me obligo, y te ofrezco
estarme tan retirada
dentro de tu cuarto mesmo
que no me vean entonces
más que ahora me están oyendo.

DON ÍÑIGO:

Así lo creo de ti.
Ven conmigo porque hablemos
cómo se ha de disponer
aqueste hospedaje.

LAURA:

(Aparte.)
¡Cielos!
Salga yo bien desta noche,
que lo demás no lo temo,
si Félix viene a ser huésped
de mi casa y de mi pecho.
(Vanse.)


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Sale DON FÉLIX.)
DON FÉLIX:

¡Cé, Beatriz!, pues tu señor
va a su cuarto, di si puedo
salir ya.

BEATRIZ:

Pues, ¿no has oído
que cerró las puertas? Pero
a un traidor, dos alevosos:
quiero decirte un secreto.
El postigo de la calle,
aunque echen la llave, es cierto
que se puede abrir con solo
que le metas los dos dedos
detrás de la cerradura
y el pestillo tires luego,
porque no muerde en las guardas
o muerde poco, que es viejo.
Yo lo sé, pues yo lo digo.

DON FÉLIX:

El aviso te agradezco.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


BEATRIZ:

No lo agradezcas, porque
si la verdad te confieso,
diera por verte en la calle
ya cuanto tengo y no tengo.
Ven conmigo y, por si haces
tú algún ruido, al mismo tiempo
cerraré yo esas ventanas.

DON FÉLIX:

[Aparte.]
Don Antonio, por lo menos,
no podrá decir mi honor,
que pude salir más presto.

BEATRIZ:

Baja delante.
(Vanse.)
(Salen a una ventana en lo alto DOÑA CLARA y LISARDO.)

CLARA:

Lisardo,
esto has de hacer.

LISARDO:

Yo no tengo
de dejarte en riesgo a ti
por asegurar mi riesgo.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CLARA:

Aquí no hay otro mayor
que el hallarte a ti aquí dentro
mi hermano, que, como he dicho,
sin color, turbado y muerto
a casa ha venido y solo
se ha cerrado en su aposento,
y previniéndose queda.
Por el resquicio pequeño
de la llave lo he mirado;
no dudo que es causa desto
alguna sospecha que
le dio el no abrirle tan presto.
Y si ha de mirar la casa,
¿qué desengaño más cierto
que no hallar en ella nadie?
Y así, llorando te ruego
que por aquesa ventana,
que de doña Laura a un huerto
cae, te arrojes, pues sin ti
yo libre y segura quedo
y tú allá podrás hallar
muchas disculpas.

LISARDO:

No es eso
lo que reparo, que yo
soy quien siempre importa menos,
sino el no dejarte, que
si te sucediese luego
una desdicha, sería
desdicha muy sin consuelo
para mi amor y mi honor.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


CLARA:

Si tú te vas, nada temo.

LISARDO:

Yo lo haré, aunque a mi pesar.
(Échase él por la ventana y cierra LAURA.)

CLARA:

Y yo la ventana cierro,
que estando Lisardo fuera
no hay que temer.
(Vase.)
(Suena dentro ruido.)

DON ÍÑIGO:

(Dentro.)
¿Qué es aquello?

LISARDO:

 [Entra por el balcón.]
Ya me han sentido.

LAURA:

(Dentro.)
Señor,
detente.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON ÍÑIGO:

[Dentro.]
¡Hola, acudid presto
todos!

LISARDO:

De algo servirá
de Félix el fingimiento,
pues disculpándome yo
con decir que vine huyendo
de la justicia, hallaré
en don Íñigo remedio.
Mas como no sé la casa,
no sé por dónde más presto
dé con él. Puerta es aquesta:
entraré por aquí dentro.
(Escóndese donde estaba DON FÉLIX y salen DON ÍÑIGO con la espada desnuda, LAURA deteniéndole y criados con luces y espadas desnudas.)

LAURA:

Mira, señor...

DON ÍÑIGO:

¡Suelta, Laura!
¡Ver toda la casa tengo!


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Sale BEATRIZ por otra puerta.)
BEATRIZ:

[Aparte.]
Si ya no hubiera salido
Félix, hubiéramos hecho
linda necedad. ¡Oh, quién
avisara a Laura dello
porque perdiera el temor
de que le hallen!

DON ÍÑIGO:

Recorriendo
id toda la casa.

LAURA:

(Aparte.)
¿Habrá
más infeliz mujer, cielos?

DON ÍÑIGO:

Este aposento mirad.

BEATRIZ:

[Aparte.]
Mas, si no le hubiera puesto
de paticas en la calle...

LAURA:

No mires este aposento,
señor, sin que antes me oigas
lo que prevenirte quiero.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


BEATRIZ:

[Aparte.]
Ella ha de echarse a perder
por pensar que está aquí dentro.

DON ÍÑIGO:

¿Qué he de oír?

LAURA:

Estoy turbada.

DON ÍÑIGO:

Habla.

LAURA:

Fáltame el aliento.

DON ÍÑIGO:

Di.

LAURA:

La voz se me ha embargado.

DON ÍÑIGO:

Prosigue.

LAURA:

Toda soy yelo.

DON ÍÑIGO:

Pues déjame entrar.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LAURA:

Escucha
de mi amor atrevimientos.
Señor, tú mismo me has dicho
cuán ilustre caballero,
cuán galán, cuán entendido
es don Félix de Toledo:
tercerías son que deben
desenojarte más presto.
Él es mi esposo, señor,
y él está en este aposento.
Agora dame la muerte,
que habiendo dicho primero
que es mi esposo, moriré
contenta, pues por lo menos
curo la facilidad,
llegándote en tanto aprieto
antes la satisfación
que no la ofensa, el remedio
que el dolor, la paz que el susto,
la triaca que el veneno.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

[Aparte.]
Fortuna, ya es este lance
muy otro que era. Y supuesto
que el haber caído en don Félix
ha sido piedad del cielo,
no le quiero ser ingrato:
acudamos al remedio.
[Llégase a la puerta del cuarto donde está LISARDO.]
Señor don Félix, salid,
que aunque yo quejarme puedo
que tan justas conveniencias
traten tan injustos medios,
todo os lo perdono, todo,
en albricias de suceso
tan feliz para mi casa.

LAURA:

Bien se ha logrado mi intento.

DON ÍÑIGO:

Salid, pues.

BEATRIZ:

¿Qué ha de salir
si ya no hay nadie allá dentro?


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(Entra LAURA y saca a LISARDO.)
LAURA:

Llegad, señor, pues mi padre
nos perdona.
[Aparte.]
Mas, ¿qué veo?

LISARDO:

[Aparte.]
¿A quién habrá sucedido
lo que me está sucediendo?

LAURA:

[A LISARDO.]
Hombre, ¿quién eres o cómo
estás aquí?

BEATRIZ:

(Aparte.)
¡Santos cielos!

LAURA:

(Aparte.)
Ahora mi padre me da
muerte, que no es Félix viendo.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON ÍÑIGO:

Señor don Félix, llegad,
dadme los brazos, que quiero
que aún no os cueste a vós agora
la vergüenza que yo tengo,
advirtiéndoos que no pudo
acaecer este suceso
por quien no fuérades vós,
que ya no le hubiera muerto.

LISARDO:

(Aparte.)
(¿Qué he de hacer? Desengañarle
de quién soy no es a buen tiempo,
pues, si me avisa que solo
a Félix sus sentimientos
disimularan la ofensa,
será empeñarme de nuevo
el decir que no lo soy.
Aquí no hay otro remedio
que esperar a otra ocasión.)
Fuerza fue turbarme al veros,
mas cuanto os ha dicho Laura
de nuevo, señor, lo ofrezco
y aseguro que sea esposa
de don Félix de Toledo.


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


DON ÍÑIGO:

Solo eso pudiera ser
de mis penas el consuelo.

LAURA:

[Aparte.]
Y solo eso de las mías
pudiera ser de aumento
si este es Félix y no el otro.

DON ÍÑIGO:

Pues ha de ser, en efecto.
No habéis de salir de aquí
sin desposaros primero,
y mañana yo traeré
la licencia.

LISARDO:

(Aparte.)
¡Estraño empeño!
¿Yo con dama de mi amigo?

LAURA:

(Aparte.)
¿Yo con galán, ¡qué tormento!,
de mi amiga?

LISARDO:

(Aparte.)
¿Yo con quien
no amo...


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LAURA:

(Aparte.)
¿Yo con quien no quiero...

LISARDO:

[Aparte.]
... y está enamorada de otro?

LAURA:

[Aparte.]
... y está a otra dama queriendo?

LISARDO:

[Aparte.]
Mejor es que se declare
de una vez todo el despecho.

LAURA:

[Aparte.]
Pues yo tengo de morir,
mejor es morir más presto.

LISARDO:

Señor...

LAURA:

Señor...

DON ÍÑIGO:

¿De qué entrambos
habláis agora suspensos?

LISARDO:

Oye...

LAURA:

Escucha...


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


(Cuchilladas dentro.)
DON ANTONIO:

(Dentro.)
Aquí verás
de qué manera me vengo.

DON FÉLIX:

[Dentro.]
Tú de qué modo castigo
osados atrevimientos.

DON ÍÑIGO:

¿Qué es aquello?

LISARDO:

La voz es
de un amigo.

DON ÍÑIGO:

¡Deteneos!
No habéis de salir de aquí.

LISARDO:

Pues, ¿cómo, oyéndola, puedo
dejar de salir?

CLARA:

(Dentro.)
¡Señor
don Íñigo! ¡Acudid presto,
que dan la muerte a mi hermano!


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Antes que todo es mi dama Jornada II Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

[Aparte.]
¡De Clara es esta voz, cielos!
¡«Hermano» y «muerte» entendí,
su vida corre gran riesgo!
¿Qué he de hacer cuando me llaman
mi amigo y mi dama a un tiempo?
Mas, ¿qué dudo? En todo trance
mi dama ha de ser primero.
(Vase.)

DON ÍÑIGO:

Salgamos todos.

LAURA:

¿Hay más
desdichas?

BEATRIZ:

[Aparte.]
¿Hay más enredos?

DON ÍÑIGO:

[Aparte.]
No le dejaré del lado.
(Vase.)

LAURA:

¿Qué es esto, Beatriz?

BEATRIZ:

¿Qué es esto?
Que el Amor y la Fortuna
están hechos unos cueros
y hacen dos mil disparates
que no es posible entenderlos.


Jornada III
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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


Salen DON FÉLIX y LISARDO, MENDOZA y HERNANDO.
LISARDO:

Pues hemos llegado a casa
sin que nadie nos siguiese,
el uno y otro, a pesar
de tantos inconvenientes,
salíos los dos allá fuera
y mirad que nadie entre
sin avisarnos en tanto
que aquí hablamos yo y don Félix.

HERNANDO:

Juro a Dios no te sirviera
una hora más si supiese
medrar, con ser caso hoy
negado a todo sirviente.
Porque, ¿qué cosa es que os vais
a pesares y a placeres
los dos sin algún criado
que los murmure y los cuente,
que vengáis tan tarde a casa,
coléricos e impacientes
y alborotados, y que...?

DON FÉLIX:

Bueno está. Déjanos, que este
de burlas no es tiempo, Hernando.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


HERNANDO:

Estas son veras.

LISARDO:

Advierte
que se pierde un siglo en cada
instante que aquí se pierde.

DON FÉLIX:

Llévale de aquí, Mendoza.

MENDOZA:

¿No basta que yo me lleve
a mí?

HERNANDO:

Juro a Dios que antes
he de servir a un hereje
que a un enamorado, aunque
con algún premio le trueque.
(Vanse MENDOZA y HERNANDO.)

DON FÉLIX:

Ya, Lisardo, estamos solos.
Y aunque mis sucesos pueden
darme tanto que pensar
y que temer, no me tienen
tan rendido las fortunas
de sus varios accidentes
como vuestras prevenciones,
según la lengua encarece
lo que importa darme cuenta
de un suceso.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

Sí, don Félix.
Pero, porque la mayor
parte dél agora pende
de las mismas cuchilladas
en que yo os halle, conviene
saber yo la causa dellas
antes porque se encadene
de un suceso otro suceso.

DON FÉLIX:

Yo os lo diré brevemente:
en Granada un hombre herí
forastero.

LISARDO:

Sí.

DON FÉLIX:

Pues este
hermano es de doña Clara,
vuestra dama, y pretendiente
de doña Laura, la mía,
que a uno estorba y a otro ofende.

LISARDO:

Aún no le he visto la cara
yo ni sé qué señas tiene.
Mas, ¿qué mucho, si ayer vino
y le he andado huyendo siempre?


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

Estaba con Laura yo...
Mas no importa que no os cuente
más de que allí nos hallamos
y que, al tratar que no fuese
nuestra campaña su sala,
vino el padre, que parece
que parlera la fortuna
le trae maliciosamente.
En fin, a su honor atentos
dejamos allí pendiente
el lance, escondime yo,
él se disculpó y, en breve,
aunque me cerró las puertas,
salí a la calle, valientes
nos embestimos los dos,
alborotose la gente
de todo el barrio a las voces
de Clara y a los crueles
golpes de las dos espadas,
rayos de acero, de suerte
que, de la gente y la luz
despartidos, no consienten
ni que él vengue sus heridas
ni que yo mis celos vengue.
Entre los que allí vinieron
fuisteis vós, que noblemente
os pusisteis a mi lado
diciéndome que me ausente
de la calle porque importa
que faltemos igualmente
della los dos. Esto es
todo lo que me sucede
a mí. Decid vós qué ha habido.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

No sé ya por dónde empiece.
Estando en casa de Clara,
su hermano llamó; esconderme
fue fuerza, que parecidos
son en cualquiera accidente
los lances de amor. ¿Qué mucho
si son uno mismo siempre?
Turbose Clara, Leonor
se embarazó; finalmente,
tardando en abrirle, entró
haciendo estremos crueles.
Encerrose en su aposento
y, por un resquicio breve,
Clara (que, en efecto, no hay
temeroso que no aceche)
le vio de no sé qué armas
prevenirse y componerse.
No le culpo, si ahora infiero
cuán justa disculpa tiene
para cualquier prevención
el que vengarse pretende,
porque una cosa es reñir
y otra es satisfacerse.
Clara, pues, viéndole armar,
se persuadió justamente
a que el tardar en abrirle
en sospecha le pusiese
y que aquellas prevenciones
para ver la casa fuesen.
Pidiome que me arrojase
por la ventana que tiene
su cuarto, que al jardín cae
de Laura. Hícelo. ¡Ah, mujeres!
¡Y cuántas cosas ha errado
seguir vuestros pareceres!
Al ruido de mi caída...


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Sale HERNANDO.)
HERNANDO:

Aunque os enojéis, no puede
dejar mi voz de deciros
que aquí don Íñigo viene
buscando a Félix. Mirad
a cuál le toca hoy ser Félix.

LISARDO:

¿Tú qué le has dicho?

HERNANDO:

Yo nada.

LISARDO:

No espero que en nada aciertes.

HERNANDO:

(Aparte.)
Que estaba aquí dije;
pero negarelo, pues lo siente.

LISARDO:

A mí me busca; y en tanto
que yo lo demás no os cuente,
importa que no me vea.
Despedidle brevemente.
(Escóndese).


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

Sí haré. ¡Oh, cuántas ilusiones
mi imaginación padece!
(Sale DON ÍÑIGO.)
¿Qué es, señor, lo que mandáis?

DON ÍÑIGO:

Hablar al señor don Félix
quisiera.

DON FÉLIX:

Agora salió
de casa; mas, si pudiere
suplir yo su ausencia, puedo
afirmar seguramente
que yo soy don Félix.

DON ÍÑIGO:

Bien
de vuestra amistad se infiere;
pero hablarle me importaba,
y estraño que se saliese
tan de mañana de casa.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

Los que pretensiones tienen
no tienen hora segura.

DON ÍÑIGO:

Direisle que vine a verle
cuidadoso de que anoche
de mi lado se perdiese
en las cuchilladas que hubo
en mi calle, que solo este
cuidado tan de mañana
me trae a buscarle.
(Aparte.)
(Miente
mi voz, que mayor cuidado
me trae. ¡Grave pena! ¡Fuerte
dolor! ¡Que le halle en mi casa,
que ser esposo confiese
de Laura, que salga al ruido,
que de mi lado se ausente
y que se me niegue agora!)
Direisle, en fin, que se deje
ver, pues sabe que ha de ir
desde hoy a ser mi huésped.
(Aparte.)
Mucho hago en disimular.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

Yo lo diré de esa suerte.

DON ÍÑIGO:

Hareisme mucha merced.

DON FÉLIX:

Serviros solo pretende
mi amistad.

DON ÍÑIGO:

Pues si es tan grande,
hablémonos claramente,
quitémonos los embozos
y escuchadme, que no puede
mi pecho, porque es volcán
que arde cubierto de nieve,
estorbar, que tanto fuego
por la boca no reviente.
Y puesto que sois su amigo
y es fuerza que él os lo cuente,
nada aventuro yo en que
hoy vuestra amistad le lleve
un recado, que, aunque en cosas
de honor ninguno hablar debe,
yo fío tanto del mío
y de mi valor que en este
caso no ha de embarazarme
el hablar, porque el que siente
de sí que sabrá vengarse
cada razón que dijere
más será otro empeño más
que le anime a que se vengue.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

En cuanto vós me mandéis,
os serviré noblemente.

HERNANDO:

[Aparte.]
Gloria a Dios, que ya oiré algo.

DON ÍÑIGO:

Pues mandad, antes que empiece,
que este criado se vaya
allá fuera.

DON FÉLIX:

Hernando, vete.

HERNANDO:

[Aparte.]
La inquisición es de amor
esta casa, porque siempre
se hacen las causas secretas.
(Vase.)

DON FÉLIX:

Ya estáis solo.


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Antes que todo es mi dama Jornada I Pedro Calderón de la Barca


(Salen DON FÉLIX y MENDOZA.)
DON FÉLIX:

¿Aqueso te sucedió?

MENDOZA:

Yo pienso que no escapara
de allí vivo si no fuera
por Beatriz y por la carta.

DON FÉLIX:

¿Lisardo por estos barrios?

LISARDO:

Aqueso no os preguntara
yo a vós, que ya sé que en ellos
tenéis que hacer.

DON FÉLIX:

Cosa es clara,
pues del sol que adoro es
hoy breve esfera esta casa
y a ella vengo como a centro
donde mi vida descansa.
En ella, Lisardo, está
la deidad a quien el alma
adora y...


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

Escuchad... Mirad, señor...

DON ÍÑIGO:

A nada mi enojo atiende.
Nada me habléis hasta darme
la respuesta que él os diere.
(Vase.)

DON FÉLIX:

¿Qué es lo que pasa por mí,
cielos? ¿Qué encanto es aqueste?
(Sale LISARDO.)

LISARDO:

Bien claro se deja ver,
pues lo que dejó pendiente
mi voz prosiguió la suya,
que al ruido que hice me siente
y...

DON FÉLIX:

No prosigáis, que ya
todo lo demás se entiende.
¡Ay, Lisardo! Vós me habéis
quitado ya de dos veces
la dicha: una, cuando pude
ser de Laura feliz huésped;
y otra, cuando pude ser
su esposo, porque de suerte
el lance se ha barajado
que no es posible que llegue
ya a enmendarse.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

¿Cómo no
si el desengaño no tiene
peligro, Félix, ninguno
en el estado presente?
Que el haberle dilatado
hasta aquí fue porque siempre
hubo riesgo en declararme:
una vez, porque no hiciese
concepto de que tomé
vuestro nombre inútilmente
y entrase en mayor sospecha
habiendo la antecedente
noche seguido a los dos;
y otra porque, en fin, el verme
dentro de su misma casa
cerrado, después de haberle
dicho Laura el nombre, y no
era ocasión conveniente
de desengañarle. Agora
sí, puesto que puede hacerse
con toda seguridad.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

¿De qué suerte?

LISARDO:

Desta suerte:
yo le escribiré un papel
diciendo que quiero verle
en una parte, y allí
le contaré claramente
todo el suceso, supuesto
que el fin peligro no tiene,
pues si con don Félix él
casar su hija pretende,
cesará el enojo viendo
que se casa con don Félix.

DON FÉLIX:

Eso tiene un riesgo solo.

LISARDO:

¿Cuál es?

DON FÉLIX:

Yo he juzgado siempre
el ajeno corazón
por el mío y me parece
que, si escondido en mi casa
hallado algún hombre hubiese,
satisfacer mi opinión
con aquel quisiera siempre,
mayormente habiendo en él
todas las partes que pueden
ponerle en mayor codicia.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

No hablemos en ellas, Félix,
sino volvamos al caso:
¿hay más que satisfacerle
contándole yo la causa,
aunque en esto se atropelle
el secreto de mi amor,
y decirle de qué suerte
entré en su casa?

DON FÉLIX:

Ya, ¿qué importa
que por ajeno amor fuese?
Que la ajena conveniencia
jamás a la propria excede.
Y, en fin, si por esta causa,
o porque ya de vós tiene
tan agradado el afecto,
o por sentir el haberse
engañado, no viniera
en que yo el esposo fuese
de Laura, ella ¿no es forzoso
que expuesta a las iras quede
de su enojo y, como ha dicho,
en ella su ofensa vengue?

LISARDO:

No decís mal, y así fuera,
Félix, lo más conveniente
ponerla en salvo primero.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

Pues eso mi amor intente.
Escribid vós el papel
a don Íñigo y con ese
resguardo iré yo a su casa,
pues me dijo que le lleve
la respuesta; y entretanto
que él fuere con vós a verse
podré yo en casa de Laura
entrar más seguramente.
Direla todo el suceso;
vistos los inconvenientes
de nuestro amor, dispondrá
lo que mejor la estuviere.

LISARDO:

Pues a escribir el papel
quiero ir.

DON FÉLIX:

Cumplan lo que deben,
Laura, mi amor y mi honor,
pues la obligación que tiene
un amante caballero
en todos los accidentes
del tiempo y de la fortuna,
de la vida y de la muerte,
del amor y de la honra,
es saber que ha de ser siempre
antes que todo la dama,
y como ella no se arriesgue
y se asegure, después
que venga lo que viniere.
[Vase.]


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Salen LAURA y BEATRIZ.)
LAURA:

Si opinión es recibida
que penas saben dar muerte,
¿cómo una pena tan fuerte
no acaba con una vida?
No lo sé, que desmentida
en mí yace esta opinión,
porque si homicidas son,
¿cómo la mía este día
no mata, siendo la mía
de amor, riesgo y opinión?
De amor, porque enamorada
me llego a mirar de un hombre
que ha tomado ajeno nombre
para dejarme burlada;
de riesgo, porque postrada
la vida a mi padre estoy;
y de opinión pues, si hoy
juzga la suya ofendida,
mi opinión, mi amor, mi vida
dirán cuán infeliz soy.
Yo no me puedo casar
con hombre que me engañó
fingiendo el nombre, ni yo
la mano tengo de dar
a otro porque acertó a estar,
sin saber cómo, escondido.
Si no me quita el sentido,
poco debo a mi cuidado.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


BEATRIZ:

Que habiendo, señora, echado
fuera yo al Félix fingido
se viniese el verdadero
a entrar allí cosa es
que, si se escribe después,
no se ha de creer.

LAURA:

Si infiero
mi suerte, bien considero
que sola ella pudo ser
bastante a eso. ¿Qué he de hacer?

BEATRIZ:

Si mi consejo valiera,
yo bien sé lo que yo hiciera.

LAURA:

¿Qué?

BEATRIZ:

Ausentarme por no ver
mi muerte.

LAURA:

Pues el morir,
¿no es mejor, sufriendo agora,
que, huyendo, vivir?


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


BEATRIZ:

Señora,
no hay cosa como vivir.

LAURA:

Solo para conseguir
la venganza de un traidor
quisiera en tanto rigor
la vida, Beatriz, guardar.
(Sale DON ÍÑIGO.)

DON ÍÑIGO:

¿Hame venido a buscar
alguien aquí?

BEATRIZ:

No, señor.

DON ÍÑIGO:

(Aparte.)
En efecto, no parece
don Félix. ¡Cielos! ¿Qué haré
en tal desdicha? No sé
de cuantos medios me ofrece
la confusión que padece
mi pecho para vengar
tan infelice pesar
cuál elija.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


LAURA:

[Aparte.]
Apenas puedo,
o de vergüenza o de miedo,
atreverme hoy a mirar
su rostro.

DON ÍÑIGO:

¿Tú estás aquí?

LAURA:

Y siempre humilde a tus pies
aguardando a que me des
muerte no porque, ¡ay de mí!,
culpada la merecí,
sino engañada, señor.

DON ÍÑIGO:

Vete de aquí, que el dolor
que me obligue no quisiera
a algún despecho, que fuera
añadir error a error.
Retírate a tu aposento.

LAURA:

Ya, señor, que convencida
no intento guardar mi vida,
guardar tu opinión intento.
Escúchame, pues, atento.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON ÍÑIGO:

No quiero escucharte, no.

LAURA:

Mira...

DON ÍÑIGO:

¿Qué engaño buscó
ya en tu disculpa tu culpa?

LAURA:

Yo no busco mi disculpa.
Mas sabe que es Félix...
(Sale DON FÉLIX.)

DON FÉLIX:

Yo
vengo, señor,...

LAURA:

(Aparte.)
¡Hay más tristes
penas!

DON FÉLIX:

... a buscaros...

BEATRIZ:

(Aparte.)
¡Qué
osadía!


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

... porque hallé
la respuesta que pedistes.
(Dale un papel.)

DON ÍÑIGO:

Muy grande favor me hicistes.
Retiraos las dos.

LAURA:

[Aparte.]
¡Que así
se entre este traidor aquí!
(Retíranse las dos al paño.)

DON FÉLIX:

[Aparte.]
¡Con qué de temores lidio!

BEATRIZ:

[Aparte.]
La desvergüenza le envidio.
¡Oh, cuál era para mí!

DON ÍÑIGO:

(Lee.)
«Para ajustar ciertas conveniencias entre los dos, me importa hablaros, así en la disculpa de haberme ausentado anoche como en la satisfación de no haberos buscado hoy, a cuyo efecto os espero en la Lonja de San Sebastián. Dios os guarde».
Mucha merced me habéis hecho.
Decidle a don Félix que
esto que me manda haré.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

Pues id presto.
(Vase.)

LAURA:

[Aparte, al paño.]
Ya sospecho
muchas desdichas.

DON ÍÑIGO:

Mi pecho
todo es confusión. ¿Hablarme
quiere don Félix y darme
satisfación? No la habrá
para mí, no, si no está
dispuesto a desenojarme
con ser hoy de Laura esposo.
Si esta plática divierte,
le tengo de dar la muerte.
A hablarle iré cuidadoso,
y puesto que en tan forzoso
lance el amigo con él
está, que trajo el papel,
mal haré en ir solo yo;
y pues socorro le dio
anoche mi pecho fiel
a don Antonio y ha sido
mi amigo y es caballero,
dél acompañarme espero.
 (Vase.)


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


[Salen del cuarto LAURA y BEATRIZ.]
LAURA:

Beatriz, ¿qué puede haber sido
esto?

BEATRIZ:

Yo nada he entendido,
y mi confusión es mucha.

LAURA:

¿Qué temor conmigo lucha?
Cuanto valgo, Beatriz, diera
a quien esto me dijera.
(Sale DON FÉLIX.)

DON FÉLIX:

Si quieres saberlo, escucha.

LAURA:

Aunque por saberlo muero,
no lo he de saber de ti,
que verdad no dirá quien
está tan hecho a mentir.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

Por salvar esa opinión
que tienes, Laura, de mí
y asegurar hoy tu vida,
que corre peligro, en fin,
aquesta ocasión busqué
que le obligase a salir
de casa a tu padre. Oye
agora.

LAURA:

¿Qué puedo oír
de un amante tan traidor,
de un caballero tan vil,
de un pecho tan alevoso
y de un trato tan ruin
que con nombre ajeno engaña
a una mujer infeliz?
Ya quién eres sé, o ya sé,
mejor pudiera decir,
quién no eres, que, en efecto,
esto no sé, aquello sí.
Pero para no creerte
es argumento sutil
que el que toma nombre de otro
mal contento está de sí,
y el que a sí se miente, ¿cómo
me dirá verdad a mí?


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

Hasta que me escuches quiero
esos baldones sufrir,
porque el repetir agora
cada cosa fuera aquí
gastar el tiempo, que importa
más a tu vida; y así,
solo te digo que nunca
nombre o calidad mentí.
Don Félix soy de Toledo,
que si alguien pudo fingir
ajeno nombre, señora,
el otro fue, yo no fui.
¿Qué más testigo de abono?

LAURA:

Ponte a esa puerta, Beatriz.

BEATRIZ:

Si es para avisar, señora,
que tu padre ha de venir,
siendo el padre general,
desde ahora digo que sí.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

¿Qué más testigo de abono,
vuelvo, Laura, a repetir,
de ser yo quien soy que el verme
con don Antonio reñir
nombrándome por mi nombre
porque en Granada le herí?
Y cuando tú no me creas,
no importa ahora, pues, en fin,
yo no digo que te fíes
en esta parte de mí,
solo digo que procures
asegurarte. Elegir
puedes tú el medio, señora,
que te esté mejor; y si
no dijere el desengaño
cuanto yo te digo aquí,
no me veas en tu vida,
que ese será para mí
el mayor castigo, pues
de amor me verás morir.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


LAURA:

Señor don Félix, o quien
sois, en vano persuadís
eso a mi honor, que yo tengo
el pecho tan varonil,
el espíritu tan noble,
el esfuerzo tan gentil,
que, si mil muertes hubiera
de padecer y sufrir
por un átomo de honor,
aun fueran pocas las mil.
Constante quiero esperar
lo que suceda, y así
idos con Dios, que ni un punto
de mi casa he de salir.

DON FÉLIX:

Mira...

LAURA:

Aquí no hay que mirar.

DON FÉLIX:

Advierte...

LAURA:

No hay que advertir.

DON FÉLIX:

... que Lisardo...


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


LAURA:

Nada escucho.

DON FÉLIX:

... está...

LAURA:

No hay que persuadir.

DON FÉLIX:

... esperando...

LAURA:

Pues, ¿qué importa?

DON FÉLIX:

... para llegarte a decir
el desengaño.

LAURA:

Por eso
le quiero esperar yo aquí:
si es verdad, porque lo es;
y si no, porque os creí.

DON FÉLIX:

Pues, si irritado tu padre
vuelve, ¿qué has de hacer?

LAURA:

Morir.

DON FÉLIX:

¿Que no has de ausentarte?


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


LAURA:

No.

DON FÉLIX:

¿Que quieres esperar?

LAURA:

Sí.

DON FÉLIX:

Pues tengo que agradecer
lo que tengo que sentir
viendo al riesgo de la vida
el del honor preferir.
A la mira del suceso
estaré, con que decir
podré que, estando avisada
antes, ¡oh, Laura!, de mí
y socorrida después,
con mi obligación cumplí.

LAURA:

Y yo con la mía, si eres
don Félix, con admitir
tu mano; y si no, con darme
muerte, porque te creí.

DON FÉLIX:

Yo lo soy.

LAURA:

Quiéralo el cielo.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


BEATRIZ:

Acabad ya. ¿No advertís
que será mal hecho un día
que ha dejado de venir
el padre plana a renglón
estaros los dos así?

LAURA:

Yo no acierto a despedirle.

DON FÉLIX:

Y yo no me acierto a ir.

BEATRIZ:

A ver si yo acierto. Vete
por aquí y tú por allí.

LAURA:

Duélase de mí el honor.
(Vase.)

DON FÉLIX:

Duélase el amor de mí.
(Vase.)

BEATRIZ:

Y de mí también se duela
no el honor, que es un gentil,
no el amor, que es un hereje,
sino el miedo, que es, en fin,
un católico cristiano,
y hasta ver él destos chismes
que andan en esta casa
sobre si es Félix o Lisardo
este hombre que queremos,
pendiente el alma de un hilo
está a las iras de un tras
puesta la vida en un tris.
 [Vase.]


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Salen DON ANTONIO y DON ÍÑIGO.)
DON ÍÑIGO:

Después de haber sabido
que en el lance de anoche no ha tenido
segunda novedad vuestro cuidado,
el mío, don Antonio, os ha buscado
porque os ha menester.

DON ANTONIO:

Pues bien agora
decir podéis lo que mandáis.

DON ÍÑIGO:

No ignora
vuestro valiente pecho,
de sus obligaciones satisfecho,
la que a un noble le corre
cuando otro de su esfuerzo se socorre,
y más cuando haya sido
trance de honor el que a esto le ha movido.

DON ANTONIO:

Bien mi valor alcanza
todo eso.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON ÍÑIGO:

Pues en esa confianza
en un caso que tengo
de honor hoy a valerme de vós vengo:
anoche hallé en mi casa
un caballero (el alma se me abrasa)
escondido. ¡Oh, si fuera
posible que sin mí yo lo dijera!
Quísele dar la muerte
cuando Laura me advierte
quién es y que es su esposo; yo, mirando
que la venganza no es remedio cuando
lo puede ser, ¡ay, Dios!, la conveniencia,
ferié toda la cólera a prudencia.

DON ANTONIO:

(Aparte.)
Este es Félix, supuesto que escondido
yo le dejé en su casa.

DON ÍÑIGO:

Prevenido
de cordura y de agrado,
sentimiento y dolor disimulado,
le hablaba cuando oímos
vuestro ruido en la calle y a él salimos.

DON ANTONIO:

(Aparte.)
Ya no es Félix, supuesto
que él conmigo reñía. ¿Amor, qué es esto?
¿Uno riñendo, ¡ah, cielos!,
y otro escondido? ¿Celos hay de celos?


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON ÍÑIGO:

Entre la gente y ruido
se me perdió. Busquele y, atrevido,
se me negó en su casa.
Yo, viendo lo que pasa,
enviele un recado
con un amigo suyo. Hame enviado
a decir que le vea
aquí, en San Sebastián, porque desea
satisfacerme a todo; mas yo, viendo
que no hay satisfación, darle pretendo
la muerte si se escusa
de casarse con Laura o lo rehúsa.
No dudo que con él esté el amigo
que el papel me llevó; y así, conmigo
que vós vais os suplico, satisfecho
de la sangre y valor de vuestro pecho.

DON ANTONIO:

Vamos donde quisiereis, que en aquesta
plática haber no puede otra respuesta.
Pero, aunque es asentada
opinión en buen duelo que de nada
se ha de informar cualquiera que llamado
va de su amigo, importa a mi cuidado
saber quién es el hombre.

DON ÍÑIGO:

¿Cómo puedo
negarlo? Él es don Félix de Toledo,
un noble caballero:
no le conoceréis, que es forastero.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON ANTONIO:

Antes, por conocelle
tan bien, es fuerza hacelle
otra pregunta a vuestro sentimiento.

DON ÍÑIGO:

Decid, que a todo responder intento.

DON ANTONIO:

¿En vuestra casa no decís que estaba
escondido don Félix cuando andaba
acá en la calle el ruido
de las espadas?

DON ÍÑIGO:

Sí.

DON ANTONIO:

Pues advertido
estad de que no pudo
ser don Félix.

DON ÍÑIGO:

Aqueso no lo dudo,
que le conozco bien.

DON ANTONIO:

¿Cómo podía
don Félix ser si él era el que reñía
en la calle conmigo?


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON ÍÑIGO:

¡Qué engañado
estáis!

DON ANTONIO:

Más lo estáis vós.

DON ÍÑIGO:

De ese cuidado
bien presto ahora saldremos,
supuesto que en la lonja le hallaremos.

DON ANTONIO:

¿Cómo estar escondido a un tiempo mismo
pudo y reñir conmigo? Ciego abismo
es.
(Aparte.)
Y no menos ciego
si al lado de don Íñigo ahora llego
a verme yo con él, ¡estraña duda!,
pues no sé a qué intención primero acuda,
de su empeño o el mío.

DON ÍÑIGO:

Que os desengañaréis bien presto fío.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Salen HERNANDO y LISARDO.)
LISARDO:

Pues él acompañado
de otro viene, allí espera retirado
por lo que sucediere.

HERNANDO:

Y si acaso este lance se viniere,
puesto que es rucio el que le trae, rodado,
¿qué he de hacer?

LISARDO:

¿Qué? Ponerte tú a mi lado.

HERNANDO:

Mientras llegan quisiera
hacerte una pregunta: si esto fuera
un sarao, un convite, un cumplimiento,
un acompañamiento,
señor, ¿en esto todo
daríasme tu lado?

LISARDO:

No.

HERNANDO:

De modo
que al mísero criado
¿solo para reñir da el amo el lado?


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON ÍÑIGO:

Esperad, que aquel es el caballero.

DON ANTONIO:

¿Aquel?

DON ÍÑIGO:

Sí.

DON ANTONIO:

Pues yo vuelvo a lo primero,
que aquel...

DON ÍÑIGO:

¿Qué?

DON ANTONIO:

... ni es don Félix ni lo ha sido.

DON ÍÑIGO:

¡Ah, sí! Agora he caído
en la causa que os tiene, bien lo infiero,
en ese engaño: aqueste caballero,
vós no podéis saberlo, de Granada
vino porque dio a un hombre una estocada,
y por asegurarse
mejor el nombre le obligó a mudarse;
y así, aquí no os asombre
que no le conozcáis vós por su nombre.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON ANTONIO:

Mal, don Íñigo, hiciera
si, viniendo con vós, os encubriera
nada. A quien dio esa herida
don Félix en Granada, y cuya vida
a tanto riesgo estuvo,
soy yo. Ved cómo puedo, si esto hubo,
dejar de conocelle,
don Íñigo, llegando agora a velle.

DON ÍÑIGO:

A tanto desengaño
ya recela mi vida nuevo engaño
y no dudo que ha sido
esta la causa con que aquí ha querido
satisfacerme. Pero
satisfación ninguna, ¡ay de mí!, espero.
Aquí aguardad, que de cualquiera suerte
que aventure mi honor le he de dar muerte.

DON ANTONIO:

Con vós a todo vengo.

LISARDO:

Ya para el desengaño me prevengo.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Sale DON FÉLIX.)
DON FÉLIX:

[Aparte.]
Pues Laura no ha querido
dejar su casa, a todo prevenido,
deste umbral amparado
he de estar viendo el fin de mi cuidado.
[Éntrase en un portal.]

DON ÍÑIGO:

Mucho he estrañado, señor
don Félix, que el que en mi casa
pudiera hablarme me llame
aquí por papel.

LISARDO:

De tanta
confusión y pena como
esa novedad os causa
en oyéndome saldréis,
siendo la primer palabra
que os diga que vuestro honor
peligrar no puede en nada,
porque sobre este principio
cualquier desengaño caiga.


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DON ÍÑIGO:

No hube menester oírle
jamás yo, pues no dudara
yo jamás que nunca
pudo mi honor peligrar; es clara
cosa teniendo vós vida
y yo, don Félix, espada.

LISARDO:

Ni yo lo dudo tampoco.
Y así, en esa confianza,
la primera cosa que
vós habéis de saber...

DON ÍÑIGO:

[Aparte.]
¡Rara
confusión!

LISARDO:

... es que no soy
don Félix yo. ¿Qué os espanta?

DON ÍÑIGO:

Nada me espanta, que solo
me admira que un hombre me haya
hecho un engaño y que yo
no vengue.
(Empuña la espada.)


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LISARDO:

Tened la espada,
don Íñigo, que no dudo
que, en sabiendo vós la causa
del engaño y de la ofensa,
veáis distintamente y clara
no ser ofensa ni engaño.

DON FÉLIX:

[Aparte.]
¡Oh! ¡Quiera el cielo que salga
bien Lisardo deste empeño!

DON ÍÑIGO:

Si cuando os hallo en mi casa
me dice Laura que sois
su esposo y Félix os llama
y vós convenís en ello
después de tomar las cartas
que yo os llevé. A esta evidencia
ninguna disculpa aguarda
mi valor. A mí y a ella
vuestra lengua nos engaña,
y si entonces yo previne
el remetir en mis ansias
la venganza a la cordura,
agora es fuerza que haga
lo contrario y que remita
la cordura a la venganza.


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LISARDO:

¿Vós podéis pretender más
de que se case con Laura
don Félix?

DON ÍÑIGO:

Sí, pues a vós
dentro os hallé de mi casa;
y si por ser otro a quien
tengo obligaciones tantas
hice el dolor conveniencia,
no siéndolo todas faltan.

LISARDO:

¿Y si haberme hallado en ella
un acaso fue en que Laura
ni yo tuvimos la culpa?

DON ÍÑIGO:

¿Cómo es posible escusarla
si ella os nombra antes de veros
y vós estáis en su sala?

DON FÉLIX:

[Aparte.]
Sin duda que las disculpas
admiten, pues tanto hablan.

LISARDO:

Oídme y dadme luego muerte,
que, como me oigáis, la espada,
el ser, la vida y honor
veréis, señor, a esas plantas
para que os venguéis, si os queda
acción de vengaros.


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DON ÍÑIGO:

Nada
por mi honor dejar de hacer
quiero. Decid.v

LISARDO:

Pues la causa
de que yo...

DON ÍÑIGO:

Tened, que habiendo
yo, lleno de penas y ansias,
hecho capaz a ese amigo
de mi ofensa, es bien le haga
de vuestra satisfación
capaz también porque vaya
enterado de mi honor
quien lo vino de mi rabia.

LISARDO:

Llamadle, que nada escusa
quien dice verdades claras.

DON ÍÑIGO:

[A DON ANTONIO.]
Llegad, que quiero que oigáis
cuanto aquí entre los dos pasa.

DON ANTONIO:

¿Dice que es don Félix?


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DON ÍÑIGO:

No.

DON ANTONIO:

Ved cuál de los dos se engaña.

DON FÉLIX:

[Aparte.]
Al hombre que retirado
estaba aquí los dos llaman.
Quién será no sé, porque
siempre le tuve de espaldas.

HERNANDO:

[Aparte.]
A mí me toca el llegarme,
pues se llega el camarada.


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[Llegan DON ANTONIO y DON ÍÑIGO a LISARDO.]
LISARDO:

Caballero, aunque yo a vós
no os conozco, a mí me basta
para lo que he de fiaros
la segura confianza
del valor que tendrá quien
a don Íñigo acompaña.
Él tiene de mí dos quejas:
una, que tomado haya
de un amigo el nombre; y otra,
que anoche me halló en su casa
escondido y yo pretendo
hoy satisfacerle a entrambas;
y por obligarle a que
me escuche con más templanza
hasta el fin, quiero empezar
por lo de más importancia,
que oída la causa primera
por que yo escondido estaba
en su casa quedará
su pasión más desahogada
para la causa segunda.


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DON ÍÑIGO:

Decid.
(Aparte.)
Quiera el cielo que haya
satisfación a mi pena. }}

LISARDO:

Yo sirvo a una hermosa dama
vecina suya.

DON ANTONIO:

(Aparte.)
¿Qué escucho?

DON ÍÑIGO:

[Aparte.]
Ya va recelando el alma
nuevo empeño.

LISARDO:

Anoche yo
con ella en su cuarto estaba
cuando su hermano llamó,
y yo por una ventana
que cae de Laura al jardín...


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DON ANTONIO:

¿Ya mi colera qué aguarda?
Caballero, si lo sois,
nunca deben ser buscadas
las disculpas en ofensa
de ninguna ilustre dama.
Si disculparos queréis
con don Íñigo, no a tanta
costa ha de ser de otra honra,
de otra virtud y otra fama,
de cuya satisfación
me toca a mí la demanda.
(Sacan las espadas.)

DON FÉLIX:

([Aparte.]
Las espadas han sacado
y, aunque sea padre de Laura,
antes que todo es mi amigo.)
Lisardo, a tu lado me hallas.

DON ANTONIO:

Este, don Íñigo, es
don Félix. Ya con más causa
me toca reñir con ambos.

DON ÍÑIGO:

[Aparte.]
¿Quién se vio en confusión tanta?
Infamia es el defenderle
y el ofenderle es infamia.
[Riñen.]


Antes que todo es mi dama:1 88

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DON ÍÑIGO:

[Aparte.]
Pues desengaño o venganza
conseguir no puedo agora,
lo mejor es ir a casa
y sacar a Laura della
porque el temor no la haga
hacer cosa que resulte
contra mi honor y su fama.
(Vase.)
(Éntranse riñendo [los demás] .)
[Salen DON FÉLIX y HERNANDO.]

DON FÉLIX:

¡Oh, mal haya el hombre que
saca en público la espada,
pues solamente hace ruido
sin ejecución! La causa
misma que nos apartó
anoche sin hacer nada
a don Antonio y a mí,
a mí hoy y a Lisardo aparta.

HERNANDO:

¿Adónde a mi señor dejas?


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DON FÉLIX:

Como fue la gente tanta
que llegó, nos dividimos
en aquesa encrucijada
de la calle de las Huertas
y del Prado, porque el alma,
atenta a Laura, no quiso
un solo instante dejarla.
Y así, en tanto que yo llego
de todo a informar a Laura,
entra y dila a Clara tú
lo que con su hermano pasa.

MENDOZA:

Con más miedo que vergüenza
entraré, señor, a hablarla.
(Vase HERNANDO y sale MENDOZA.)

DON FÉLIX:

Yo sin recato ninguno
tengo de entrar en la casa
de Laura y hacer...

MENDOZA:

Señor...

DON FÉLIX:

¿Qué hay, Mendoza?


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MENDOZA:

Gran desgracia:
viniendo yo por la calle
del Prado arriba, bajaba
Lisardo, que al parecer
había algunas cuchilladas
tenido; alcanzole allí
la justicia, que las armas
le pidió y que fuese preso;
él no quiso dar la espada
ni dejarse prender quiso,
cuya resistencia para
en que quedan sobre él
más de cuatrocientas almas
acuchillándole.

DON FÉLIX:

¿Qué es
lo que mi amistad aguarda?
Antes que todo es mi amigo.
Iré.


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(Salen DOÑA CLARA, con manto, y HERNANDO.)
CLARA:

Si una desdichada
mujer en los caballeros
siempre amparo y favor halla,
pues lo sois, señor don Félix,
hállele en vós mi desgracia.
Ese criado me ha dicho
que Lisardo cara a cara
a mi hermano le ha contado
que anoche conmigo estaba.
Si viene, me ha de dar muerte.
Acompañadme a la casa
de un deudo que por sagrado
elijo.

DON FÉLIX:

Divina Clara,
yo lo hiciera; mas Lisardo
al mismo tiempo me llama:
su persona está en peligro
y en él no puedo dejarla.

CLARA:

Tampoco podéis dejarme
a mí, siendo yo su dama,
y más ahora que mi hermano
me ha visto. No os digo nada.
Ved vós lo que habéis de hacer.
Mujer soy y desdichada,
noble sois, mi hermano viene,
a riesgo estoy: esto basta.


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DON FÉLIX:

¿Quién en el mundo se vio
en confusión tan estraña?
Dejar yo de socorrer
a mi amigo será infamia
y infamia será dejar
de socorrer a una dama,
y más suya. Y pues ahora
él su vida aventurara
por su dama, haciendo yo
lo que él hiciera no falta
mi valor. Con vós me quedo:
poneos a mis espaldas
y id los dos a socorrer
a Lisardo en pena tanta.

HERNANDO:

[A MENDOZA.]
Muy buen socorro le envía
tu señor en nuestra espada
a mi amo, pero de aquí
nos vamos, pues él lo manda.


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(Vanse y sale DON ANTONIO.)
DON ANTONIO:

Saliendo, señor don Félix,
de la pendencia pasada,
por huir de la justicia
tomé la vuelta tan larga.
Esa dama pude ver
que salía de mi casa,
y habiendo entrado en recelo
de que aumente mi desgracia
su ausencia, he de conocerla,
y si es quien pienso, llevarla
conmigo.

DON FÉLIX:

A aquesta señora
yo no la he visto la cara
ni sé quién es. Pero sea
quien fuere, debo ampararla,
ya que de mí se ha valido.

DON ANTONIO:

Pésame de que tan raras
sean las pendencias nuestras
que siempre suceder hayan
en la calle, donde hallemos
gente que pueda estorbarlas.


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DON FÉLIX:

De aqueso no tiene culpa
el valor. Mas si eso os cansa,
solos estamos agora
y detrás de Atocha hay tapias.

DON ANTONIO:

Aunque aceto el desafío,
es con una circunstancia:
que aquesa dama he de ver
primero que al campo salga.

DON FÉLIX:

Es volver a lo primero,
porque tengo de guardarla.

LAURA:

(Dentro.)
¡Ay, infelice de mí!

DON FÉLIX:

Aquella voz es de Laura.
Alla iré.

CLARA:

¿Habéis de dejarme
en tanto riesgo empeñada?

LISARDO:

(Dentro.)
Aunque me hagáis mil pedazos,
yo no he de entregar la espada.


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DON ÍÑIGO:

(Dentro.)
Con tu sangre he de sacar
de mi honor la primer mancha.

DON ANTONIO:

Aquesa dama he de ver
y conmigo he de llevarla.

DON FÉLIX:

(Aparte.)
¿Quién en el mundo se ha visto
lleno de dudas tan varias?
Allí a un amigo dan muerte,
aquí una mujer se ampara
de mi valor, mi enemigo
contra mí empuña la espada
y mi dama dando voces
está dentro de su casa.

DON ANTONIO:

Aunque hablando en desafío,
sacar yo agora la espada
es especie de temor;
matar tengo a quien me agravia.

DON FÉLIX:

Yo tengo de defenderla.


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LISARDO:

(Dentro.)
Félix, ¿agora me faltas?

CLARA:

Félix, mi riesgo mirad.

DON ANTONIO:

Félix, en vano la guardas.

LAURA:

(En una ventana.)
Félix, pues es mi ventura
ver que en la calle te hallas,
sabe que mi padre agora,
porque sacarme intentaba
de mi casa y repliqué,
sacó para mí la daga.
Huyendo en el breve espacio
que con él Beatriz se abraza,
me cerré en este aposento
y él, lleno de furia y rabia,
está rompiendo la puerta.
Deste peligro me saca.

DON ANTONIO:

Ya nuevamente me animan
honor, celos y venganzas
hoy contra su pecho.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


DON FÉLIX:

Ya
entro a socorrerte, Laura.

CLARA:

Pues, ¿cómo quieres dejarme
en este trance empeñada?

LAURA:

Si soy la dama que quieres,
atropella cuanto haya
por mí.

CLARA:

De ti me he amparado.
En faltándome a mí, faltas
a tu obligación.

LAURA:

La puerta
rompe mi padre. ¿Qué aguardas?
(Sale LISARDO.)

LISARDO: Apenas con la justicia

mi honor se desembaraza
de un riesgo cuando da en otro.
Félix, a tu lado me hallas.


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DON FÉLIX:

([A LISARDO.]
Lisardo, pues has venido
a tan buen tiempo, repara
en que doña Clara es esta.
Su hermano intenta matarla;
mi enemigo es, con quien tengo
ocasión por otras causas
para reñir, pero todas
las he de dejar por Laura.)
Bien sé que mi obligación
es valeros, bella Clara,
porque de mí os amparasteis;
bien sé que, en esta demanda,
mi obligación, don Antonio,
es no volveros la espalda;
bien sé, Lisardo, que sois
mi amigo y que os hago falta.
Mas mi amigo, mi enemigo
y la dama que se ampara
de mí, todos me perdonen,
que antes que todo es mi dama.
(Vase.)


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


LISARDO:

Si uno te deja, verás
que otro tienes que te guarda.

DON ANTONIO:

Quien no sea su marido,
siendo esa dama mi hermana,
no ha de guardarla de mí.

LISARDO:

Pues yo, si solo eso falta,
lo soy. Para merecerla
sangre tengo ilustre y clara.
Luego, ¿ampararla podré?

DON ANTONIO:

Sí, y con aquesa palabra
a socorrer es forzoso
que yo a don Íñigo vaya.
(Va a entrar, y salen DON FÉLIX, LAURA y BEATRIZ.)

DON FÉLIX:

Venid, señora; conmigo
segura vais.


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Antes que todo es mi dama Jornada III Pedro Calderón de la Barca


(Sale DON ÍÑIGO.)
DON ÍÑIGO:

De mi casa
no ha de llevar a mi hija
quien su esposo no se llama.

DON ANTONIO:

Para eso tenéis mi acero.

LISARDO:

Para eso está aquí mi espada.

DON ÍÑIGO:

Pues, ¿cómo vós defendéis
que otro lleve a quien aguarda
ser esposa vuestra?

LISARDO:

Como
don Félix, que es quien la ama,
es su esposo y es mi amigo.

DON FÉLIX:

Y quien se rinde a esas plantas
asegurando que soy
don Félix, y que la causa
de que Lisardo tomase
mi nombre siempre fue Laura.


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DON ÍÑIGO:

¿Si yo en mi casa le hallé?

DON FÉLIX:

Como yo me satisfaga
siendo su esposo, ¿qué importa?
Aquesta es mi mano, Laura.

LAURA:

Dichosa yo, que llegué
al fin de venturas tantas.

DON ANTONIO:

Pues porque de lo que dijo
Lisardo duda no haya
ya de Clara en la opinión,
está casado con Clara.

LISARDO:

Es así.

CLARA:

Felice he sido.
 |-

LISARDO:

Solo lo que agora falta
es que don Antonio y Félix
sean amigos, pues no agravia
una herida que se dio
sin traición y sin ventaja.


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DON ANTONIO:

Yo lo soy vuestro.

DON FÉLIX:

Yo y todo.

BEATRIZ:

Pues demos al cielo gracias
de que nos sacó de tantos
enredos con... Lengua, calla;
no digas con bien, porque,
si la comedia no agrada,
con mal nos habrá sacado.
Pero perdonad las faltas.

Con Privilegio. En Madrid. Por Francisco Sanz, Impresor del Reino, Año de MDCLXXXIV.

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