Anti-Dühring/Introducción/I
INTRODUCCIÓN
NOCIONES GENERALES
Ante todo, el socialismo moderno se muestra como la expresión del antagonismo de intereses entre poseedores y proletarios, obreros y burgueses; y, en segundo lugar, como resultado de la anarquía existente en la producción. La doctrina del Socialismo parece resultar de los principios establecidos por los grandes Enciclopedistas del siglo XVII. Como toda nueva teoría, el Socialismo hay que referirlo de una manera inmediata a los principios elaborados en el momento de su aparición; mas la raíz, la fuente real del socialismo, estriba en las condiciones económicas.
Los grandes hombres que en Francia han emancipado los espíritus, mostráronse muy revolucionarios: no reconocían autoridad ninguna, cualquiera que fuese. La religión, la cosmogonía, la sociedad y el orden social, todo se sometió a implacable crítica: todo debía justificar su existencia ante el tribunal de la pura razón o dejar de ser. La razón era el único criterio que a todo se aplicaba. Era la época en que, como dijo Hegel, el mundo «se ponía sobre la cabeza»; primero, porque la cabeza y los principios elaborados por el pensamiento servían de base a toda acción y asociación humana; después, porque no se vacilaba, más tarde, en derrocar cuanto se oponía a los principios y doctrinas proclamados. Todas las constituciones políticas, todas las nociones legadas por la tradición, se echaron por la borda. El mundo, hasta entonces, se había dejado gobernar sólo por los prejuicios y todo cuanto pertenecía al pasado no merecia sino compasión y desprecio. Al fin, vino la aurora y en lo sucesivo todo prejuicio, superstición, arbitrariedad, privilegio y opresión debía ceder su puesto a la verdad eterna, a la justicia, a la igualdad, a los derechos imprescriptibles del hombre.
Al presente, sabemos que ese imperio de la razón no fue otra cosa que el reino idealizado de la burguesía; que la eterna justicia se realiza en la justicia burguesa; que la igualdad se compendia en la igualdad ante la ley; que la propiedad se proclamó como uno de los derechos esenciales del hombre; que el Estado ideal, según el contrato social de Rousseau, no podía realizarse sino bajo la forma de una república democrática burguesa. Los grandes pensadores del siglo XVIII no podían casi superar los limites que su tiempo les imponía.
Pero entre la aristocracia feudal y la burguesía existía una oposición bien marcada entre explotadores y explotados, entre ricos ociosos y pobres trabajadores, y precisamente semejante circunstancia permitió a los representantes de la burguesía presentarse como campeones, no sólo de una clase, sino más bien de toda la humanidad doliente. Mas desde su origen, la burguesía llevaba en su seno su contrario.
Los capitalistas no podían existir sin trabajadores asalariados, y así como el burgués de la Edad Media, miembro de una corporación, vino a ser el burgués moderno, así el compañero y el jornalero, ajeno a toda corporación, han llegado a ser el proletario. Y bien que en su conjunto la burguesía tuvo derecho para pretender, en su lucha con la nobleza, que representaba al mismo tiempo los diversos intereses de las clases trabajadoras de la época, no obstante a cada movimiento burgués producianse movimientos autónomos de la clase que era más o menos la delantera del proletariado moderno. Así, en tiempos de la reforma y de la guerra de los campesinos, el partido de Tomás Munzer; en la gran revolución inglelos Niveladores, y en la gran revolución francesa, Babeuf.
A estas protestas revolucionarias de una clase aún imperfectamente desarrollada, correspondían las manifestaciones teóricas; al siglo XVI y XVII, las descripciones utópicas de sociedades ideales; al XVIII, las teorías ya francamente comunistas (Morelly y Mably). La reivindicación de la igualdad no se limitaba ya a los derechos políticos, extendíase también a la situación social de los individuos; era preciso abolir, no sólo los privilegios de clase, sino la distinción de clase.
Un comunismo ascético, que se enlazaba con la tradición espartana, fue la primer forma de la nueva doctrina. Después, vinieron los tres grandes utopistas: Saint-Simon, en quien conserva aún la tendencia burguesa cierta importancia al lado de la tendencia proletaria, Fourier y Owen. El último, en la patria de la producción capitalista la más desarrollada y bajo la influencia de las contradicciones engendradas por la misma, desenvuelve sistemáticamente, en relación directa con el materialismo francés, sus proyectos de abolición de la distinción de clases.
Los tres escritores tienen como nota común el no representar los intereses del proletariado que en el entretanto había nacido en la historia, pues como los hombres del siglo XVII no pretendían emancipar una clase determinada, sino la humanidad entera, y querían instaurar el reino de la razón y de la eterna justicia; pero el reino que ellos soñaban era muy diferente al de los hombres del mencionado siglo. En su opinión, el mundo burgués, constituído según los principios de esos hombres, era irracional e injusto y, por consecuencia, caminaba a su condenación, lo mismo que el régimen feudal y todas las sociedades precedentes. Si la razón y la justicia verdaderas no han reinado hasta aquí en el mundo, proviene de que aún no se les ha conocido suficientemente. Por eso justamente precisa el individuo genial que ahora aparecía y reconocía la verdad; mas tal aparición y descubrimiento de la verdad, en tal momento y no en otro, no era un suceso inevitable, derivado de una manera necesaria de la evolución histórica, sino un hecho fortuito, una pura suerte, y por tanto hubiera podido igualmente darse quinientos años antes y ahorrar a la humanidad cinco siglos de errores, de luchas y de sufrimientos.
Semejante concepción es fundamentalmente la de todos los socialistas ingleses y franceses y la de los primeros socialistas alemanes, incluso Weitling. El socialismo representa la expresión de la verdad, de la razón y de la justicia absoluta y no se necesita más que descubrirlas para conquistar el mundo por virtud de la fuerza es inherente; y como la verdad absoluta es independiente del tiempo, del lugar y de la evolución histórica, el tiempo y lugar de su descubrimiento no depende sino del azar. Además, la verdad, la razón y la justicia absoluta son diferentes para cada jefe de escuela, y como para cada uno su verdad, su razón y su justicia absoluta está condicionada por su inteligencia subjetiva, según las condiciones de su vida, el grado de sus conocimientos y la cultura de su pensamiento, resulta que no había solución al conflicto de verdades absolutas, sino desgastándose, por decirlo así, unas con otras al tropezarse. De esta suerte no podrá resultar otra cosa que una especie de término medio de socialismo ecléctico, tal cual se halla aún en el pensamiento de la mayor parte de los trabajadores socialistas de Francia y Alemania; mezcla, de una parte, de manifestaciones criticas de los principios económicos los menos contradictorios y, de otro lado, de ideas de los diferentes jefés de escuela, concernientes a la sociedad futura; mezcla que permite los matices más variados, mezcla que se realiza tanto más fácilmente cuanto en el curso de la discusión las vivas aristas de la precisión de los conceptos se amortiguan como las de los cantos rodados en el arroyo.
Para hacer una ciencia del socialismo precisaba ponerlo en el terreno de la realidad.
Sin embargo, al lado de la filosofía francesa del siglo XVIII y después de ésta, la nueva filosofía alemana había nacido y hallado en Hegel su conclusión: su mayor mérito es el haber restaurado la dialéctica como forma suprema del pensamiento. Los antiguos filósofos griegos eran todos dialécticos natos, por excelencia de su naturaleza. Aristóteles, es también quien ha estudiado las formas esenciales del pensamiento dialéctico. Por lo contrario, la filosofía moderna, bien que la dialéctica haya sido brillantemente representada por Descartes y Espinosa, principalmente por influencias inglesas, fue impulsada por las vías del pensamiento que puede llamarse metafísico, que domina también casi exclusivamente entre los franceses del siglo XVIII, al menos en sus trabajos estrictamente filosóficos. Mas, fuera de la filosofía propiamente dicha, eran capaces de crear obras maestras de dialéctica; recordemos al propósito únicamente El sobrino de Rameau de Diderot, y el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres de Rousseau. Indico ahora brevemente lo esencial de ambos métodos del pensamiento: más tarde volveremos a esto con más pormenor.
Cuando sometemos al examen del pensamiento la naturaleza o la historia de la humanidad, o nuestra propia actividad espiritual se nos ofrece desde luego la imagen de un complejo infinito de relaciones, de acciones y de reacciones, en que nada permanece, cualquiera que sea la naturaleza, la situación o la cualidad; en que todo se mueve, se transforma, deviene y pasa. Semejante concepción del mundo, espontánea, ingenua, pero objetivamente verdadera, es la de la antigua filosofía griega, desde luego claramente expresada por Heráclito. Todo es y no es al mismo tiempo, porque todo fluye, todo está en metamorfosis constante, en vía de devenir y de desaparecer. Mas tal concepción, bien que comprenda exactamente el carácter general y la imagen total de los fenómenos, no basta, sin embargo, para explicar los pormenores individuales de que se compone esta imagen total; y en tanto esto no es posible, tampoco hemos podido sacar en claro la imagen total. Ahora bien; para conocer esos detalles precisa abstraerlos del conjunto natural, o histórico de que forman parte y estudiar cada uno de por sí, en cuanto a su naturaleza, a sus causas y efectos particulares, etc. Esa es, ante todo, la tarea de las ciencias de la naturaleza y de la investigación histórica, estudios que, por muchas razones, no ocupaban entre los griegos de la época clásica sino un lugar enteramente subalterno, porque ante todo tenían que reunir los materiales.
Sólo entre los griegos de la época alejandrina y más tarde en la Edad Media, entre los árabes, se desarrolla el estudio exacto de la naturaleza; mas la verdadera Ciencia de la naturaleza no data sino de la primera mitad del siglo XV y luego no ha dejado de progresar con rapidez siempre creciente. Analizar la naturaleza en sus partes, dividir los fenómenos y objetos naturales en clases determinadas, estudiar la constitución interna de los cuerpos orgánicos y sus numerosas formas anatómicas, he ahí las condiciones fundamentales de los progresos gigantes que nos han traído los cuatro últimos siglos en el conocimiento de la naturaleza. Pero todo esto nos ha dejado el hábito de considerar aisladamente los objetos y fenómenos naturales, fuera de su conjunto y de su totalidad y, por lo mismo, no en su movimiento sino en el reposo, no como esencialmente cambiantes sino como fijos y permanentes, no como vivos sino como muertos. Esta concepción transportada, por Bacon y Locke, de la Ciencia de la naturaleza a la filosofía, creó el pensamiento estrecho que caracteriza los últimos siglos; el pensamiento metafísico.
Para el metafísico las cosas y sus copias en el pensamiento, los conceptos, son objetos aislados de estudio, que se consideran uno tras otro y sin el otro, fijos, rígidos, dados de una vez para todas. Su pensamiento está formado de antítesis sin término medio; él dice: sí, sí, no, no, y todo cuanto pasa de esto le parece mal. Para él, de dos cosas la una; un objeto existe o no existe; una cosa no puede ser a la vez ella misma y otra; positivo y negativo se excluyen en absoluto; la causa y el efecto se ponen igualmente en una contradicción radical. Tal manera de pensar nos parece a primera vista sumamente plausible porque es la que se llama del sentido común. Pero, el sentido común, respetable compañero si lo hay en tanto se circunscribe a los cuatro muros de su casa, se expone a aventuras muy maravillosas cuando se mete en el vasto mundo de la investigación científica. De otra parte, el pensamiento metafísico, aunque justificado y necesario en terrenos más o menos extensos según la naturaleza del objeto, tropieza no obstante, tarde o temprano, con un limite más allá del cual deviene exclusivo, estrecho, abstracto y se pierde en antinomias insolubles, porque olvida al considerar los objetos particulares sus relaciones, y olvida por su ser, su devenir y su desaparición; por su reposo, su movimiento; y en fuerza de ver los árboles, ya no ve el bosque. En el caso de todos los días, sabemos y podemos decir con certeza si existe o no un animal, pero una investigación más precisa muestra que a veces es cosa sumamente complicada, como saben muy bien los juristas, que se han esforzado en vano por descubrir el límite racional, a partir del cual, matar un niño en el seno de su madre puede constituir un asesinato, y lo mismo resulta imposible fijar el momento de la muerte, pues la fisiología muestra que la muerte no es un suceso único e instantáneo sino un proceso bastante largo. Igualmente todo ser orgánico a cada instante es el mismo y no es el mismo; pues a cada instante elabora materias que le vienen de fuera y segrega otras al exterior; a cada instante se separan células de su cuerpo y se forman otras, y siempre tras un tiempo, más o menos largo, se renueva enteramente la sustancia del cuerpo reemplazado por otros átomos; de suerte que, todo ser organizado, constantemente es el mismo y no obstante es otro. Así hallamos, considerando las cosas de más cerca, que los dos polos de la contradicción—lo positivo y lo negativo—son tan inseparables como opuestos y se penetran recíprocamente a pesar de la contradicción que entre ellos existe; así hallamos que causa y efecto son ideas que no valen como tales sino aplicadas al caso particular; mas desde el momento que consideramos ese caso particular en sus relaciones con el todo universal, causa y efecto se identifican, se resuelven en la consideración de la acción y la reacción universales, en que causa y efecto cambian constantemente de lugar, de tal suerte que lo aquí y en este momento efecto deviene por otra parte causa, y recíprocamente.
Todos estos hechos y métodos citados no entran en el cuadro del pensamiento metafísico; mas al contrario, para la dialéctica que comprende las cosas y sus imágenes conceptuales en sus relaciones, su encadenamiento, movimiento, nacimiento y desaparición, fenómenos tales cuales los descritos son otras tantas confirmaciones del método que le es propio. La naturaleza es la piedra de toque de la dialéctica, y preciso es decir que, las ciencias modernas de la naturaleza han dado para tal prueba, materiales sumamente ricos, cuya masa aumenta cada día, y han probado también, cómo en una última instancia, la naturaleza procede dialécticamente y no de un modo metafísico. Sin embargo, al presente pueden contarse los sabios que han aprendido a pensar dialécticamente, y el conflicto entre los resultados adquiridos y el método tradicional explica la inefable confusión que domina actualmente en la ciencia teórica de la naturaleza y desespera a maestros y discípulos, a escritores y lectores.
No puede obtenerse una representación exacta del universo, de su evolución y de la evolución humana, como del reflejo en el espíritu humano de semejante evolución, sino mediante la dialéctica, por la consideración constante de la acción reciproca del devenir y del desaparecer, de los cambios en el sentido del progreso y del retroceso. Y tal ha sido, desde sus comienzos, la dirección de la filosofía alemana. El comenzar de Kant consistió en resolver en un proceso histórico el sistema solar estable de Newton y la duración eterna que le confería, una vez dado el famoso primer impulso; en referir el origen del sol y de todos los planetas al movimiento de rotación de una nebulosa, concluyendo de aquí, cómo a semejante origen se ligaba necesariamente el anonadamiento futuro del sistema sólar. Cincuenta años más tarde tales ideas fueron matemáticamente confirmadas por Laplace y después de otros cincuenta años, se probó la existencia de tales masas gaseosas en fusión, según grados diferentes de condensación.
Esta moderna filosofía alemana encuentra su conclusión en el sistema de Hegel en que por primera vez—tal es su gran mérito—todo el universo de la naturaleza, de la historia y del espiritu se describe como un proceso, es decir, como determinado por un movimiento constante, en perpetuo cambio, transformación y evolución: Hegel trataba de mostrar la lógica inmanente de ese movimiento y de esa evolución. Desde tal punto de vista la historia de la humanidad ya no se muestra como un caos de violencias brutas igualmente culpables ante el tribunal de la razón ya madura, las cuales conviene olvidar lo más pronto posible; sino más bien, como la evolución de la misma humanidad cuyo pensamiento, en lo sucesivo, habrá de seguir en progresión gradual a través de todos los errores y mostrar su necesidad interna a través de todas las contingencias aparentes.
Poco importa, por el momento, que Hegel haya fracasado en su propósito; su mérito, su obra, que hace época en la historia, es haber trazado el programa. Por lo demás, es una tarea que ningún individuo aislado podría conducir a feliz término. Aunque Hegel, como Saint-Simón, fuera el cerebro más universal de su tiempo, ha tenido por límite la extensión necesariamente finita de sus conocimientos profundos y, de otra parte, los conocimientos e ideas de su tiempo también limitados en extensión y en profundidad. Y no sólo esto; Hegel, era idealista, es decir, no consideraba las ideas de su cerebro como las copias más o menos abstractas de los objetos y de los fenómenos reales sino, por lo contrario, entendía que los objetos y su evolución eran imágenes realizadas de la idea que, antes de que el mundo fuese, ya existía, no se sabe dónde. De ahí que todo estaba, si así puede decirse «puesto en la cabeza» y la realidad, en su conjunto, estaba completamente invertida. Era por tanto inevitable, por las razones dichas, que por exacta y genial idea que Hegel se formara de ciertas relaciones particulares, muchas cosas en el por menor fuesen artificiales, construídas arbitrariamente, falsas, en una palabra. El sistema de Hegel fue un aborto colosal, el último en su género. Además, adolecía también de una contradicción interna e incurable; de una parte, su postulado fundamental era la concepción histórica según la cual la historia de la humanidad es una evolución, que en razón de su misma naturaleza, no puede hallar su conclusión en el descubrimiento de una verdad absoluta, y, de otra parte, este sistema pretende ser justamente la expresión de esta verdad absoluta. Un sistema de la naturaleza y de la historia que abarca todo y contiene todo, está en contradicción con las leyes fundamentales del pensamiento dialéctico; pero esto no se opone, de otra parte, en ninguna manera, sino por lo contrario implica que el conocimiento sistemático del conjunto del mundo exterior hace progresos gigantes de generación en generación.
Desde el momento que se comprendía el error total de todo el idealismo alemán, necesariamente se llegaba al materialismo puramente mecanicista y metafísico del siglo XVII. En lugar de condenar pura y simplemente toda la historia pasada, a la manera de los revolucionarios ingenuos, el materialismo moderno ve en la historia la evolución misma de la humanidad cuyo movimiento se halla sometido a leyes que es fuerza reconocer. Hegel, como los franceses del siglo XVIII, se representa la naturaleza como un todo que permanece idéntico a sí mismo, se mueve en un movimiento circular dentro de estrechos límites, un mundo de astros eternos, como los de Newton y en que los seres organizados están clasificados en especies invariables como lo enseñó Linneo: por lo contrario, el materialismo sintetiza los progresos recientes de las ciencias naturales, según los cuales la naturaleza también tiene su historia en el tiempo: los planetas como las especies vivas que los habitan, si las condiciones exteriores les son favorables, nacen y desaparecen, y las órbitas que recorren, si aún hay razón para creer sean circulares, tienen dimensiones infinitamente más considerables de cuanto se suponía. En uno y otro caso, tal materialismo, esencialmente dialéctico, no implica ninguna filosofía superpuesta a las demás ciencias. Desde el momento que se pide a cada ciencia se dé cuenta de su posición en el conjunto total de las cosas y del conocimiento de las cosas, deviene superflua una ciencia especial del conjunto; lo que subsiste de toda la antigua filosofía y conserva una existencia propia es la teoría del pensamiento y sus leyes—la lógica formal y la dialéctica. Todo lo demás se resuelve en la ciencia positiva de la naturaleza y de la historia.
Por eso, el concepto de la naturaleza no podía adelantar sino en aquella medida en que la investigación positiva le suministrase la materia científica correspondiente: al contrario, mucho antes se habían realizado hechos históricos que debían producir una decisiva revolución en la concepción de la historia. En Lyon, en 1831, tuvo lugar el primer levantamiento obrero; y en los años de 1832 a 1842 fue el apogeo del primer movimiento obrero nacional, el de los cartistas ingleses. La lucha de clases entre el proletariado y la burguesía pasó a ocupar el primer lugar de la historia en los países más civilizados de Europa, en la medida en que se desarrollaban, de una parte, la gran industria, y de otra, el dominio político nuevamente conquistado por la burguesía. Las teorías de la economía burguesa acerca de la identidad de intereses del capital y del trabajo, respecto a la armonía general y la prosperidad general que debían resultar de la libre concurrencia, eran cada día más brutalmente desmentidas por los hechos. Imposible no tener en cuenta todos estos hechos, así como el socialismo francés e inglés, que eran su expresión teórica, sumamente imperfecta en verdad. Pero la vieja concepción idealista de la historia, aun todavía no abandonada, no conocía la lucha de clases suscitada por los intereses materiales, ni aun, en general, los intereses materiales: la producción, como todo cuanto toca a la economía, no se mostraba sino en la ocasión, como elemento subordinado de «la historia de la civilización». Los nuevos hechos nos han obligado a someter la historia entera a nuevo análisis y entonces se ha podido ver que la historia entera no es sino la historia de la lucha de clases, y que esas clases que combaten entre sí, no son sino el producto de las condiciones de producción y de cambio; en una palabra, de las condiciones económicas de la época, y que cada vez la estructura económica de la sociedad constituye la base real, que permite, en último análisis, explicar toda la superestructura de instituciones políticas y jurídicas, así como la ideología religiosa y filosófica de cada período histórico. De este modo fue lanzado de su último asidero—la Historia—el idealismo, y la nueva concepción enteramente materialista se impuso; se halló un nuevo medio de explicar la conciencia de los hombres por su vida, en vez de explicar su vida por su conciencia, como se había hecho anteriormente.
Mas el socialismo de los antiguos tiempos era tan incompatible con la concepción materialista de la historia, cual la cosmogonía del materialismo francés lo era con la dialéctica y las ciencias naturales modernas. El socialismo criticaba la producción capitalista existente, y sus consecuencias no las explicaba, ni podía, por consecuencia, adueñarse de ella; no podía hacer más podía hacer más que condenarlas como perjudiciales. Sin embargo, se trataba de mostrar la producción capitalista, en relación con la historia y con su carácter necesario para tal época histórica y por lo mismo perecedera; y de otra parte, de revelar su intimo carácter, oculto hasta entonces, porque la crítica se había preocupado más bien de las consecuencias molestas que de la evolución de la producción capitalista.
Tal fue lo realizado por el descubrimiento de la plusvalía. Se ha demostrado que la apropiación de un trabajo no pagado constituye lo fundamental de la forma de producción capitalista y de la explotación del obrero, realizada por tal forma de producción; se ha demostrado que el capitalista, aun cuando compre el trabajo del obrero al precio máximo que éste alcanza, en tanto que es mercancía ofrecida en el mercado, saca de él un valor mayor que pagó por él; y que esta plusvalía, en último análisis, representa el valor que sirve para formar el capital, siempre creciente, en manos de las clases poseedoras. Así, el modo de producción capitalista y el origen del capital quedaban explicados.
Estos dos descubrimientos, la concepción materialista de la historia y la revelación del misterio de la producción capitalista por medio de la plusvalía, los debemos a Marx, y por ellos el socialismo ha llegado a ser una ciencia que al presente se trata de estudiar en sus detalles y en sus relaciones.
De esta suerte, se presentaban las cosas en el dominio del socialismo teórico y de la filosofía difunta cuando el Sr. Eugenio Dühring entra en escena con gran estruendo y anuncia la revolución de la filosofía de la economía política del socialismo por él efectuada.
Veamos ahora lo que el Sr. Dühring nos promete y lo que cumple.