Anti-Dühring/Introducción/II
II
LO QUE PROMETE EL SEÑOR DUHRING
Las obras del Sr. Dühring que nos interesan ante todo son: el Curso de Filosofía, el Curso de Economía política y social y la Historia crítica de la Economía política y del Socialismo. La primera de estas obras nos interesa particularmente.
Inmediatamente, desde la primera página, el Sr. Dühring, pretende ser el representante de este poder—la filosofía—de su tiempo y de todo el desarrollo previsible de la filosofía, pues declara ser el verdadero filósofo del tiempo presente y del próximo porvenir; y quien se aparta de él se separa, por lo mismo, de la verdad. Muchas gentes, aun antes que el Sr. Dühring, han pensado de igual manera, pero nadie, salvo Ricardo Wagner, lo ha dicho.
En cuanto a la verdad de que habla el Sr. Dühring, en último análisis, es «la verdad definitiva».
La filosofía del Sr. Dühring es el «sistema natural de la filosofía y de la realidad». La realidad está representada de tal manera, que «toda tendencia hacia una cosmogonía fantástica y subjetiva queda con antelación excluída». Dicha filosofía está construída de tal modo, que permite al Sr. Dühring «superar los límites» cuya existencia no podría negar; los límites, digo, «de su personalidad subjetiva». Por otra parte, es indispensable que así sea, para que él pueda asentar «verdades definitivas y sin apelación», bien que no nos demos cuenta todavía de cómo podría realizarse tal milagro.
Este «sistema de la ciencia, cuyo valor para el espíritu es absoluto», ha establecido de una manera segura y sin que la profundidad de los pensamientos pierda nada en ello, las formas esenciales del Ser. Su «punto de vista verdaderamente crítico» permite percibir los elementos de una filosofía real y, en consecuencia, «orientada hacia la realidad de la naturaleza y de la vida». Dicha filosofía «no admite en modo alguno un horizonte aparente, en el movimiento potente de su revolución presenta todas las tierras y todos los cielos del mundo interior y exterior»; es «un método nuevo de pensar»; sus resultados son ideas absolutamente originales... ideas generatrices de un sistema... la verdad establecida de una vez para todas...».
En esa filosofía tenemos «un trabajo que debe buscar su fuerza en una iniciativa enérgica» (¿qué puede significar esto?); un «estudio que va hasta el fondo de las cosas», una «ciencia agotante», una «concepción científica rigurosa de las cosas y de los hombres...», «un trabajo de un espíritu que profundiza todo en todas sus fases», «un programa fecundo de tesis y de corolarios exigidos por la razón», «lo fundamental, lo absoluto».
El Sr. Dühring, en orden de la Economía política, no sólo nos ofrece trabajos de historia «considerables, desde el punto de vista sistemático» y que se distinguen además por una «manera de escribir la historia de gran estilo» (¿?) de los trabajos que determinaron en el terreno de la Economía política «una tendencia fecunda», sino que acaba por dar un plan completamente elaborado de una sociedad socialista del porvenir, «plan que deriva de una teoría clara y que llega hasta el fondo de las cosas», plan tan infalible y tan el único capaz de hacer feliz por su sola virtud, como la misma filosofía del Sr. Dühring: «Sólo en la construcción socialista, tal cual la he expuesto en mi Curso de Economía política y social, una propiedad verdadera puede reemplazar a la propiedad aparente y precaria: la propiedad de coacción.»
Esta antología de alabanzas que a sí mismo se dirige el Sr. Dühring podría aumentarse diez veces y, seguramente, desde ahora suscitará algunas dudas en el lector que se preguntará si verdaderamente tiene que habérselas con un filósofo ó con un... pero rogamos al lector reserve su juicio hasta el momento en que conozca mejor el carácter «esencialmente agotante» de la doctrina. Además, no ofrecemos la antología en cuestión sino para mostrar que no nos hallamos frente a un filósofo o socialista ordinario, que desarrolla pura y simplemente sus pensamientos, dejando a los demás el cuidado de decidir en lo sucesivo respecto a su valer, sino de un ser absolutamente extraordinario, que afirma no ser menos infalible que el Papa y cuya doctrina únicamente puede dar la felicidad, de tal suerte, que precisa adoptarla si no se quiere caer en la más condenable de las herejías.
No tenemos, en modo alguno, que vérnoslas con uno de esos trabajos en que abundan todas las literaturas socialistas, y desde hace poco la literatura socialista en lengua alemana, trabajos en que hombres de diverso valer tratan con la mayor lealtad de esclarecer ciertas cuestiones para cuya solución puede muy bien faltarles más o menos materiales, trabajos en que, cualquiera que sean sus defectos literarios y científicos, siempre es de estimar la buena voluntad socialista.
Al contrario, el Sr. Dühring nos ofrece tesis que declara como verdades definitivas y sin apelación, respecto de las cuales toda otra opinión se considera previamente falsa, y como verdad definitiva, posee de modo exclusivo el riguroso método científico y toda otra carece de valor científico. Ahora bien, o la razón está de su parte, y por tanto nos hallamos en presencia del mayor genio de todos los tiempos, del primer superhombre, puesto que es infalible; o se equivoca, y entonces, cualquiera que sea nuestra opinión respecto de él, todos los miramientos benévolos por su buena voluntad a los ojos del Sr. Dühring serían la más mortal de las ofensas. Cuando se está en posesión de la verdad definitiva y sin apelación, como del único método científico riguroso—no hay para qué decir—que se está henchido de desprecio para el resto de la humanidad, sumida en el error. No nos maravillamos, pues, si el Sr. Dühring habla con el mayor desdén de sus predecesores, y si ante su profundidad radical sólo algunos grandes hombres, a los cuales excepcionalmente da este nombre, encuentran gracia para él.
Oigámosle primero hablar de los filósofos: Leibnitz, está desprovisto de todo sentimiento moral superior, es el mejor posible de todos los filósofos de corte; a «Kant le tolera, pero después de él todo está trastrocado»; luego, vienen «las imaginaciones fantásticas, las locuras tan tontas como nebulosas de los epigones, de un Fichte y de un Schelling... monstruosas caricaturas de una ignorante filosofía de la naturaleza... enormidades postkantianas, ensueños febriles, cuyo apogeo alcanza Hegel, aquel que hablaba no sé qué «jerga» y difundía en derredor «la peste hegeliana» y su moda anticientífica hasta en la «forma» y en sus «brutalidades».
Los sabios no salen mejor parados de sus manos, mas sólo nombra a Darwin y a él tenemos que limitarnos. «La semipoesía de Darwin y su, juego de transformismo, sus ideas groseramente estrechas y la fuerza mediocre de sus distinciones...» En mi opinión, el darwinismo propiamente dicho—naturalmente hay que exceptuar las ideas lamarckianas—no es sino una brutalidad dirigida contra la humanidad[1].
Pero los más maltratados son los socialistas. A excepción de Luis Blanc, el más insignificante de todos—todos son culpables y se les priva del renombre que debían tener antes (o después) del Sr. Dühring; pues son inferiores no sólo desde el punto de vista de la ciencia la verdad, sino por su carácter. A excepción de Babeuf y de algunos Comunalistas de 1871, ni unos ni otros son «hombres». Los tres utopistas son «alquimistas sociales». A Saint Simón le trata todavía con cierta dulzura, pues no le reprocha sino la exaltación y misericordiosamente insinúa que sufría monomanía religiosa. Fourier hace perder la paciencia por completo al Sr. Dühring porque... Fourier «ha manifestado todos los elementos de la locura... ideas que más bien se encontrarían en las casas de locos, sueños insensatos... productos de la locura... Fourier indeciblemente tonto... cabeza de niño, «idiota», ni aun es socialista; su falansterio no forma parte de ningún socialismo racional y es una «forma abortada, concebida según la vulgaridad de la vida social ordinaria». Por último, a quien no le convenzan las palabras de Fourier, respecto de Newton, de que en el nombre de Fourier y en todo el fourierismo no hay más verdad que la primera sílaba (fou) se le deberá incluir en cualquiera de las clases de idiotas.» Roberto Owen, «no tenía sino pobres y mediocres ideas... su pensamiento tan grosero en materia moral... algunos lugares comunes degenerados en absurdos... concepción insensata y brutal... La exposición de las ideas de Owen casi no vale la pena de hacer una crítica seria... su vanidad». Así el Sr. Dühring caracteriza graciosamente a los utopistas por sus nombres: Saint Simón, santo; Fourier, loco [fou]. Eufantin [enfant] niño. De esta suerte, con tres palabras anonada bonitamente un periodo importantísimo de la historia del socialismo, y al que le quepa duda alguna «deberá incluírsele en una de las clases de idiotas».
En cuanto al juicio que le merecen al Sr. Dühring los socialistas que sucedieron a los citados, para ser breves no notaremos sino los proferidos acerca de Lassalle y de Marx.
He aquí algunas apreciaciones acerca de Lassalle: «tentativas pedantescas, de vulgarización...» «escolástica exagerada...» «mezcla colosal de teorías generales y de escándalo inútil...» «idolatría por Hegel»... ni sentido ni forma... ejemplo repugnante... inteligencia limitada... agitación de ambicioso... preocupación de cosas las más insignificantes... nuestro héroe judío... «libelista grosero.. desarreglo interno en el concepto de la vida mundo».
Ved ahora algunos juicios referentes a Marx: «corta vista... estos trabajos y producciones, consideradas en sí mismas, es decir, desde el punto de vista puramente teórico, son para nuestro asunto, la historia crítica del socialismo, sin valor durable; y para la historia general de la corriente intelectual son de citar como síntomas de la influencia de una especie de escolástica sectaria»... impotente para la concentración e incapaz de orden»... Pensamiento y estilo informes... aire vulgar... estilo sin dignidad... fatuidad británica... engaño... conceptos audaces, efectos bastardos de imaginación histórica y lógica... giros falaces... vanidad personal... maneras insolentes... impertinencias... juegos ingeniosos, historietas, espíritu reaccionario en filosofía y en ciencia», etc.; porque lo dicho no es sino un espigueo muy superficial en el jardín de flores del Sr. Dühring. Y entiéndase bien, no tenemos por qué averiguar en estos momentos si semejantes amables invectivas, que deberían prohibir al Sr. Dühring, por poca educación que tuviere, el calificar sea a quien fuere, de «insolente» y de «impertinente», constituyen verdades definitivas y sin apelación. También nos guardaremos de formular la menor duda respecto a su profundidad «radical», porque quizás se nos prohibiría buscar la clase de idiotas a que pertenecemos. Pero hemos creído debíamos presentar un ejemplo de cuanto el señor Dühring llama «lenguaje elegido, medido, y modesto en el sentido más acertado de la palabra; y de otra. parte dejar sentado que para el Sr. Dühring, la nulidad de estos predecesores no está menos asegurada que su propia infalibilidad. Y nosotros, guardaremos toda nuestra vida el más profundo respeto al más potente genio de todos los tiempos... si es verdad cuanto nos dice.
- ↑ Cursus der Philosophie, 2.ª parte, cap. III, pág. 116-120.