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Anti-Dühring/Prefacios

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ANTI-DÜHRING

PREFACIOS DE LAS TRES EDICIONES

I

Londres 11 Junio 1878.

El trabajo que sigue en modo alguno es fruto de una «necesidad interior» cualquiera; al contrario.

Cuando, hace tres años, el Sr. Dürhing, en calidad de adepto y de reformador al mismo tiempo del socialismo mandó de pronto su siglo a la barra, muchas veces los amigos de Alemania me rogaron insistentemente hiciera un examen crítico de esta nueva teoría socialista, en el órgano central del partido demócrata socialista, el Volksstaat: lo creían absolutamente necesario para no dar de nuevo ocasión—en el partido, todavía tan joven y que acababa de llegar al fin a su unificación definitiva—a una división y confusión sectaria. Como mis amigos estaban en mejores condiciones que yo para juzgar la situación de Alemania, tenía el deber de creerlos. Parecía, al mismo tiempo, que el nuevo converso era acogido por una parte de la prensa socialista con cálida benevolencia, la cual sin duda se dirigía a su buena voluntad; pero que al mismo tiempo dejaba traslucir, en esa parte de la prensa socialista, la intención de fundarse precisamente en esa buena voluntad del señor Dühring para aceptar además, inconsideradamente, su doctrina.

Había también gentes que se disponían ya a difundir esa doctrina entre los trabajadores en una forma vulgarizada, y, por último, Dühring y su pequeña secta adoptaban todos los artificios del reclamo y de la intriga para obligar a Volksstaat a tomar decididamente posición frente a esta nueva doctrina, que entraba en escena con tan grandes pretensiones.

Sin embargo, vacilé un año antes de resolverme a prescindir de otros trabajos para morder este fruto agrio, fruto que precisaba comer por entero de que se catara, y fruto no sólo muy agrio sino muy grueso: como que la nueva teoría socialista se presentaba como el resultado práctico de un nuevo sistema filosófico. Se trataba, pues, de indagarla en el conjunto del sistema y al mismo tiempo de indagar el sistema mismo; se trataba de seguir al señor Dühring por ese vasto campo en que trata de todas las cosas posibles y de algunas otras más. Tal fue el origen de una serie de artículos que, a partir de comienzos del año 1878, aparecieron en el periódico que sucedió al Volksstaat, el Vorwärts, de Leipzig, y que ahora presento reunidos.

Así, la naturaleza del objeto mismo obligaba al crítico a detalles poco en relación con el contenido científico. del objeto; es decir, de los escritos de Dühring. Pero otras circunstancias aún podían excusar el detalle de esta crítica. De una parte, me daba ocasión de desarrollar, de una manera positiva, mi concepto acerca de cuestiones. controvertidas en campos muy diversos, y que era menester abordar—cuestiones que hoy tienen un interés científico y práctico general—; así en cada capítulo, y bien que esta publicación no tenga por objeto oponer otro sistema al «sistema» del Sr. Dühring, el lector hallará, sin embargo—lo esperamos—, en las ideas que hemos expuesto, su consecuencia y encadenamiento interno. De que mi trabajo, en este punto, no ha sido absolutamente infructuoso, tengo ahora bastantes pruebas.

De otra parte, Dühring, «creador de sistema», no es un caso aislado en la Alemania contemporánea. Desde hace algún tiempo, en Alemania los sistemas de cosmogonía, de filosofía de la naturaleza en general, de política, de economía, etc., brotan por docenas como los hongos. El menor doctor philosophiæ, aun el menor estudiante, no se cuida nada menos que de confeccionar un sistema integral. De igual manera que en el Estado moderno se supone que cada ciudadano es capaz de un sano juicio sobre todas las cuestiones acerca de las cuales está llamado a votar, de igual modo que en economía política se admite que cada consumidor conoce perfectamente todas las mercaderías que tiene ocasión de comprar para mantener su existencia, acontecerá en lo sucesivo en la ciencia. ¿Qué significa la libertad de la ciencia sino que se escribe sobre todas las cosas que no se han aprendido y que se presenta dicho método como el único rigurosamente científico? El Sr. Dühring es uno de los tipos más característicos de esta pseudociencia presumida que en todas partes se pone en primer término hoy en Alemania y apaga todos los ruidos del estrépito del palastro extra que hace resonar. Palastro extra en poesía, en filosofía, en política, en economía, en historia; palastro extra en la cátedra y en la tribuna; palastro extra en todas partes, con la pretensión de profundidad de pensamiento y de superioridad sobre el palastro sencillo, soso y vulgar de otras naciones; palastro extra, producto el más característico y abundante de la industria intelectual alemana «barata, pero de mala calidad» como cualquier otro producto de fabricación alemana y a cuyo lado, por desgracia, no estaba representada en Filadelfia[1]. También el socialismo alemán, principalmente después del buen ejemplo del Sr. Dühring, se ha dedicado hace poco, da una manera enteramente regocijante, a la fabricación del palastro extra, y produce tanto y tanto que se envanece de la ciencia y no ha aprendido ni una palabra de ella. Es una enfermedad de la infancia, síntoma de la conversión incipiente del estudiante alemán a la democracia social, síntoma que no puede separarse de tal conversión y de que triunfará el natural, notablemente sano, de nuestros obreros.

No es falta mía si he de seguir al Sr. Dühring por terreno en que puedo, a lo sumo, reivindicar el nombre de diletanti. Mas en casos semejantes me limito, las más de las veces, a oponer a las falsas o mal presentadas afirmaciones de mi adversario hechos exactos e incontestados: así hago en las ciencias jurídicas y, muy frecuentemente, en las ciencias naturales. Por otra parte, se trata de ideas generales de la ciencia teórica de la naturaleza, de un terreno en que aun el naturalista profesional se ve obligado a salir de su especialidad para meterse en campos vecinos, en un terreno en que, como ha confesado el señor Virchow, él es un semisabio, lo mismo que todos los demás. Espero se me conceda la misma indulgencia para pequeñas inexactitudes o inhabilidades del lenguaje que los sabios tienen costumbre de concederse mutuamente en semejante materia.

En el momento en que termino este prefacio, recibo un anuncio de librería redactado por el Sr. Dühring, en que anuncia una nueva obra «capital» del expresado señor con el título de Nuevas leyes fundamentales de física y química racionales. Por conciencia que tenga de la insuficiencia de mis conocimientos en física y en química, creo, sin embargo, conocer bastante a Dühring para poder anticipar, sin haber leído su obra, que las leyes físicas y químicas que en ella se establecen, se colocarán, por su incomprensión o vulgaridad, en el género de leyes económicas, cosmológicas y demás que hasta aquí ha descubierto y he examinado en mi libro, y que el rigometro o instrumento para medir temperaturas muy bajas, servirá para medir, no temperaturas altas o bajas, sino pura y simplemente la presunción ignara del Sr. Dühring.

II

Londres 23 de Septiembre 1885.

No esperaba que esta obra contase con nuevas ediciones. El objeto de la crítica, en efecto, está hoy como olvidado por completo. Y la crítica misma, no sólo ha tenido millares de lectores, cuando aparecía fragmentariamente en el Vorwärts de Leipzig en 1877 y 1878, sino que ha sido publicada separada e íntegramente en una edición de numerosos ejemplares. ¿Cómo aún hay gentes que se interesan en cuanto yo tenía que decir, hace muchos años, acerca del Sr. Dühring?

En primer lugar, lo debo a la circunstancia de que esta obra, como por otra parte casi todos aquellos de mis escritos que aún estaban en circulación, fueron prohibidos en el Imperio alemán, al punto de promulgarse la ley contra los socialistas. Quien no está amarrado a los prejuicios de los funcionarios tradicionales en los países de la Santa Alianza, debía prever el efecto de tal medida con toda claridad: doble o triple salida para los libros prohibidos, y manifestación de la impotencia de los señores de Berlín que promulgan prohibiciones sin poder hacer se las respete. De hecho, la amabilidad del gobierno Imperial me procura más nuevas ediciones de mis pequeñas publicaciones, de las que puedo prometer: yo no tengo tiempo de corregir el texto, como fuera menester, y es forzoso me contente con frecuencia con hacerlas reimprimir simplemente.

A esto se añade otra razón. El «sistema» del Sr. Dühring, cuya critica se hace en este libro, se extiende a un campo teórico muy vasto; por eso me vi obligado a seguirle por todas partes y oponer a sus concepciones las mías. De este modo, la crítica negativa se hizo positiva, pues la polémica se transformó en una exposición más o menos coherente del método dialéctico y del concepto o intuición del mundo propia de Marx y de mí; y esto en una serie bastante comprensiva del asunto. Esta filosofía, después que hizo su aparición en el mundo, mediante la Miseria de la Filosofía de Marx y el Manifiesto comunista, atravesó un período de incubación de más de veinte años, hasta que, después de la publicación de El Capital, se extendió con velocidad creciente a medios cada vez más apartados, y llegando más allá de las fronteras de Europa, conquistó la atención y los sufragios en todos los países en que existen proletarios, de una parte, y teóricos científicos independientes, de otra. Parece, pues, hay un público que se interesa bastante por esta causa, para acoger, por añadidura, la polémica contra las tesis de Dühring (polémica al presente sin objeto en muchos respetos) a causa de los desenvolvimientos positivos dados al mismo tiempo.

Y hago incidentalmente esta manifestación. Como la filosofía que expongo en este libro, en su mayor parte ha sido fundada y desarrollada por Marx, y en su menor parte por mi, era muy natural que yo no escribiera esta exposición sin que lo supiese. Antes de la impresión le leí el manuscrito entero y, por lo que respecta al décimo capítulo de la segunda parte, dedicado a la economía política (Sobre la Historia crítica), lo escribió Marx mis mo; desgraciadamente, tuve que abreviarlo un poco, por razones extrínsecas. Nosotros en todo tiempo tuvimos por costumbre ayudarnos uno a otro en los asuntos especiales de la ciencia.

Esta nueva edición, excepto un capítulo, es una reimpresión de la precedente. El tiempo me faltó para una revisión rigurosa, bien que yo hubiera deseado hacer más de una modificación, pero tengo el deber de preparar la impresión de los manuscritos que Marx ha dejado, y esta tarea es de más importancia que la otra. De otra parte, mi conciencia se opone a todo cambio; pues siendo esta obra de polémica, me veo obligado con mi adversario a no hacer correcciones, puesto que él no puede hacerlas. Podría únicamente reivindicar el derecho de contestar de nuevo a la respuesta del Sr. Dühring; pero yo no he leido lo que el Sr. Dühring ha escrito después de mi ataque, y no lo leeré si no se me presenta una ocasión especial: teóricamente he terminado con él. Además, debo tanto más respetar con él las reglas de conveniencia del duelo literario, cuanto después ha sido victima de una vergonzosa iniquidad por parte de la Universidad de Berlín. Sin duda ella ha sido la castigada, pues una Universidad que consiente en retirar la libertad de enseñar al Sr. Dühring, en las circunstancias que se sabe, no debe sorprenderse si, en las circunstancias que tampoco se ignoran, se le impone el Sr. Schwenninger.

El único capítulo en que me he permitido algunas adiciones explicativas es el segundo de la tercera parte: «Teoría». Se trata únicamente de exponer el punto fundamental de la concepción que defiendo, y mi adversario no podría, por tanto, quejarse si me esfuerzo por hablar de una manera más asequible y completar mi exposición sistemática. He sido llevado a ello por una circunstancia exterior. Tres capítulos de la obra (el primero de la introducción, el primero y segundo de la tercera parte), han sido transformados en un folleto original, para mi amigo Lafargue, en vista de una traducción francesa, y cuando esta traducción ha servido de base a una edición italiana y a una polonesa, hice una edición alemana con el título: El desenvolvimiento del socialismo de la utopía a la ciencia, que ha tenido en pocos meses tres ediciones, y apareció traducido al ruso y al danés. En todas estas ediciones el capítulo en cuestión había sido aumentado, y hubiese habido algo de pedantismo en atenerme en la nueva edición de la obra original a la letra del texto primitivo, en lugar de su forma ulterior que ha llegado a ser internacional.

En cuanto a las otras modificaciones que hubiese deseado, se refieren principalmente a dos puntos: primero, a la historia primitiva de la humanidad, de que Morgan nos da la clave sólo en 1877; pero como después he tenido ocasión en mi libro: Origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado, de elaborar los materiales que me fueron asequibles en el intervalo, me basta con indicar esta obra posterior.

Segundo, hubiera querido cambiar la parte que trata de la ciencia teórica de la naturaleza. La exposición es muy imperfecta y muchas cosas podrían expresarse de modo más claro y preciso. Como no me atribuyo el derecho de corregir, me veo obligado a criticarme a mí mismo.

Marx y yo fuimos, sin duda, casi los únicos en conservar la dialéctica conciente de la filosofía idealista alemana en nuestra concepción materialista de la naturaleza y de la historia. Pero para concebir la naturaleza de una manera dialéctica y al mismo tiempo materialista, es preciso conocer las matemáticas y las ciencias de la naturaleza. Marx, era un profundo matemático, pero no podíamos estudiar las ciencias naturales sino de una manera fragmentaria, discontinua, esporádica. Cuando después de haberme retirado del comercio me establecí en Londres, tuve ya tiempo e hice, en tanto que pude, una muda completa, como dice Liebig, y consagré a ello la mejor parte de ocho años. Estaba metido de lleno en este proceso de muda cuando tuve la ocasión de ocuparme de la pretendida filosofía de la naturaleza del Sr. Dühring. Si, pues, no encuentro siempre la expresión técnica exacta, y si además me muevo con cierta dificultad en el terreno de la ciencia teórica de la naturaleza, la cosa es natural. De otra parte, la conciencia de mi inseguridad aún no superada me hizo prudente; así no se me podrá reprochar verdaderos errores en cuanto a los hechos entonces conocidos. Desde este punto de vista no ha habido si no un gran matemático que se queje, en una carta a Marx, de que yo atenté criminalmente al honor de √-1. Se trataba para mí, naturalmente, en una recapitulación de las matemáticas y de las ciencias naturales, de convencerme en el pormenor (pues en conjunto no me cabía la menor duda) de que en la naturaleza regian—entre la confusión de innumerables metamorfosis—las mismas leyes del movimiento que dominan, igualmente en la historia, la aparente contingencia de los sucesos; las mismas leyes que igualmente van de uno a otro extremo, como hilo. conductor—la historia de la evolución del pensamiento humano—y llegan poco a poco a la conciencia del hombre pensante; leyes desde luego desarrolladas por Hegel de una manera integral, pero en forma mística, y que nuestro esfuerzo hizo pasar de esa forma mística a otra claramente comprensible para el espíritu en su sencillez y valor universal. Dicho queda que, la antigua filosofía de la naturaleza, bien que contiene más de una cosa realmente buena y más de un germen fecundo[2] no podía satisfacernos.

Como este libro muestra en detalle, su defecto fue, principalmente en su forma hegeliana, el no reconocer en la naturaleza una evolución en el tiempo, una sucesión sino sólo yuxtaposición. Tal vicio tenía su razón de ser, de una parte, en el mismo sistema de Hegel, que no atribuye una evolución histórica sino al «Espíritu»; y de otra, el estado general de las ciencias de la naturaleza en esta época. Así, Hegel, en este punto, quedó muy por bajo de Kant, cuya teoría de la nebulosa había proclamado el comienzo del sistema solar y cuyo descubrimiento del obstáculo que oponía a la rotación de la tierra la marea, proclamaba su desaparición. Por último, para mí no se trataba de imponer leyes dialécticas a la naturaleza sino de hallarlas y hacerlas derivar de ella.

Mas cumplir tal tarea de una manera sistemática y en todos los terrenos sería un trabajo gigante. No sólo es inmenso el objeto que precisa dominar, sino que en todo ese campo de la misma ciencia de la naturaleza existe un movimiento tan grande, que sólo puede seguirle quien tiene libre todo el tiempo para esto. Mas después de la muerte de Carlos Marx, estoy tan ocupado por deberes más apremiantes que he tenido que interrumpir mi trabajo. Preciso es, pues, hasta nueva orden, me contente con las ideas contenidas en esta obra, y espere a que llegue más tarde la ocasión de reunir y publicar los resultados obtenidos, quizás al mismo tiempo que los importantísimos manuscritos matemáticos que Marx ha dejado.

Quizás el progreso de la ciencia teórica de la naturaleza haga sea superfluo, en gran parte o en totalidad, mi trabajo; porque tal es la revolución acaecida en la ciencia teórica de la naturaleza, por la simple necesidad de poner en orden los hechos puramente empíricos que se acumulan en masa, que cada vez más debe mostrar el carácter dialéctico de los fenómenos de la naturaleza aun al empirista más recalcitrante. Las viejas rígidas oposiciones, las delimitaciones, imposibles de superar, desaparecen de día en día. Desde la liquefacción de los últimos gases «permanentes», desde que se ha encontrado que un cuerpo puede ponerse en un estado tal que no podría diferenciarse su forma líquida de su forma gaseosa, los estados de agregación han perdido hasta sus últimos restos de carácter absoluto, de hace poco tiempo. La proposición de la teoría cinemática de los gases, según la cual, para los gases perfectos, los cuadrados de las velocidades de movimiento de cada molécula gaseosa, a igual temperatura, están en proporción inversa de sus pesos moleculares, incluye el calor directamente en la serie de formas de movimiento inmediatamente mensurables como tales. Hace diez años, la gran ley fundamental del movimiento que se acababa de descubrir, no se concebía sino como una ley de conservación de la energía, como la simple expresión de la indestructibilidad y de la imposibilidad de la creación del movimiento; no se consideraba sino desde el punto de vista cuantitativo; pero, de día en día, esta expresión estrecha y negativa se ha reemplazado por la expresión positiva de transformación de la energía, en la cual, por vez primera, aparece el contenido cualitativo del proceso; por donde se ha desvanecido hasta el último recuerdo de un creador sobrenatural. Ya no precisa predicar como una novedad que la cantidad de movimiento (de lo que se llama «energía») no cambia cuando se convierte en electricidad, en calor, en energía potencial y recíprocamente: es la base, al cabo asegurada, del estudio en lo sucesivo mucho más completo del proceso de transformación mismo, del gran proceso fundamental, cuyo conocimiento agota el conocimiento integral de la naturaleza. Y después que se hace biología, a la luz de la teoría de la evolución, en el campo de la naturaleza orgánica, se ha visto desvanecerse una a una las rígidas líneas fronterizas de la clasificación pues un estudio más preciso transfiere organismos de una a otra clase y signos distintivos que habían llegado a ser cuasi artículos de fe, pierden su valor absoluto al contar al presente con mamíferos ovíparos, y si la nueva se confirma, con aves que marchan a cuatro patas. Hace ya tiempo que Virchow se vió obligado por el descubrimiento de la célula (más como progresista que como sabio y dialéctico naturalista), a descomponer la unidad del individuo animal en una federación de estados celulares, y la noción de individualidad animal (y por consecuencia, humana), deviene aún más complicada con el descubrimiento de los glóbulos blancos de la sangre, que a la manera de los amibos, circulan por el cuerpo de los animales superiores. Ahora bien, precisamente los contrarios opuestos, como dos polos, dado como irreconciliables; las líneas fronterizas y los criterios de clase, arbitrariamente fijados, son los que han dado a la ciencia moderna de la naturaleza su carácter limitado y metafísico. Reconocer que esos contrarios y sus diferencias se encuentran, sin duda, en la naturaleza, pero no tienen sino un valor relativo; que esta rigidez y este valor absoluto no se han introducido en la naturaleza sino por nuestra reflexión; reconocer todo esto, es lo esencial de la concepción dialéctica de la naturaleza. Puede llegarse a este concepto obligado por los hechos de la ciencia de la naturaleza y su acumulación; pero se llega más fácilmente a lo mismo, si se sale al encuentro del carácter dialéctico de esas leyes en la conciencia de las leyes del pensamiento dialéctico. De todas maneras, la ciencia de la naturaleza ha llegado al punto de no poder eximirse de la sistematización dialéctica, y hará menos penoso dicho proceso si no olvida que los resultados en que sintetiza sus experiencias son conceptos, y que el arte de operar con tales conceptos no es ni innato, ni dado en la conciencia habitual de que se hace uso ordinariamente, sino que exige un verdadero pensamiento, pensamiento que a su vez tiene una larga historia experimental, ni más ni menos que la ciencia experimental de la naturaleza. Y por lo mismo que se apropiará los resultados de esta evolución de la filosofía, que ha durado dos mil quinientos años, se desembarazará, de una parte, de toda filosofía de la naturaleza que lleve una existencia aparte, fuera y por encima de ella, y de otro lado de ese método limitado de pensar que le es propio y que ha heredado del empirismo inglés.

III

Londres 23 de Mayo de 1894.

Esta nueva edición, prescindiendo de algunos cambios de expresión sin importancia, es una reimpresión de la precedente. Sólo en un capítulo, el décimo de la segunda parte, Sobre la Historia crítica, me he permitido hacer adiciones fundamentales, por las siguientes razones:

Como ya hice notar en el prefacio de la segunda edición, ese capítulo, en todo cuanto tiene de importancia, es de Marx. En su primera forma, destinado como estaba a ser un artículo de periódico, me vi obligado a abreviar considerablemente el manuscrito de Marx, precisamente en las partes en que la crítica de las declaraciones de Dühring pasa a segundo término, con relación a los desarrollos originales sobre la historia de la economía política. Pero hoy justamente son estos últimos los que tienen aún el mayor y más durable interés. Por eso me creo obligado a reproducir tan completa y textualmente como sea posible, los estudios en que Marx asigna a hombres tales como Petty, North, Loke, Hume, la parte que les corresponde en la génesis de la economía clásica y más aún su explicación del Tableau economique de Quesnay, ese enigma de esfinge, que había quedado sin resolver por toda la economía moderna. Por lo contrario, cuanto se refería exclusivamente a los escritos del Sr. Dühring, lo he pasado tan en silencio, cuanto la continuidad de la exposición lo requería.

Por lo demás, tengo derecho a estar plenamente satisfecho de la manera como las ideas defendidas en este libro se han difundido, desde la edición anterior, en la conciencia colectiva de la ciencia y de la clase obrera; y esto en todos los países civilizados del mundo.

  1. En la Exposición internacional de Filadelfia en 1876.
  2. Es mucho más fácil caer en la antigua filosofía de la naturaleza, como el vulgar ininteligente, al modo de Carlos Vogt, que apreciar en su justo valor su significación histórica. La antigua contiene muchas tonterías y fantasías, pero no más que las teorías contemporáneas y nuestras filosofías de naturalistas empíricos; y se comienza a percibir, desde que se difunde la teoría de la evolución, que contiene muchas cosas profundas y sensatas. Así Haeckel ha reconocido muy justamente los méritos de Treviranus y de Oken. Oken ha sostenido, como postulados de la biología, la substancia coloide primitiva (Urschlein), y la vesícula primitiva (Uzbläschen), que después han sido reconocidas, en la realidad, como protoplasma y como célula. En lo que concierne especialmente a Hegel, en muchos sentidos es superior a sus contemporáneos empíricos que creían haber explicado todos los fenómenos oscuros, refiriéndolos a una fuerza, fuerza de gravedad, fuerza de natación, fuerza de contacto eléctrico, etc., y cuando eso era imposible, a una sustancia desconocida, sustancia luminosa, sustancia calorífica, sustancia eléctrica, etc. Las sustancias imaginarias hoy están casi abandonadas, pero el charlatanismo de las «fuerzas» combatido por Hegel, reaparece como un aparecido; por ejemplo, el discurso pronunciado por Helmboltz en Innsbruck en 1869 (cf. Helmholtz Populäre Norlesungen, cuaderno II, 1871, pág. 190). En presencia de la deificación (heredada de los franceses del siglo XVII) de Newton, que Inglaterra cubrió de oro y de honores, Hegel hizo notar que Képlero, que Alemania dejó morir de hambre, es el verdadero fundador de la mecánica moderna de los cuerpos celestes, y que la ley de la gravitación de Newton ya está contenida en las tres leyes de Képlero y, de una manera explicita, aun en la tercera de estas leyes. Lo que Hegel prueba por algunas simples ecuaciones en su Filosofía de la Naturaleza, § 270 y en las adiciones (Hegel Werke, edic. 1842, tomo VII, páginas 98 y 113-115), se encuentra como resultado de la mecánica matemática, la más nueva, en Gustavo Kirchhoff (Vorlesungen über Mathematische Physik., 2.ª edic. Leipzig, 1877, pág. 10), en una forma esencialmente idéntica a la forma matemática simple, primeramente expuesta por Hegel. La relación de los filósofos de la naturaleza con la ciencia de la naturaleza concientemente dialéctica, es la misma que la de los utopistas con el comunismo moderno.