Anti-Dühring/Primera Parte/III
PRIMERA PARTE
FILOSOFÍA
III
DIVISIÓN. EL APRIORISMO
La filosofía, que, según el Sr. Dühring, es el desenvolvimiento de la más alta forma de conciencia del mundo y de la vida, comprende en su más ámplio sentido los principios de todo saber y de todo querer. Desde que se ofrece a la conciencia humana un cierto número de conocimientos o de tendencias o un grupo de seres, los principios devienen necesariamente objeto de la filosofía. Tales principios constituyen los elementos simples, o provisionalmente considerados como simples, de que se compone el saber y el querer en su riqueza y en su diversidad. De igual manera que la composición química de los cuerpos, la constitución general de las cosas puede referirse a formas y elementos esenciales. De que se han adquirido los últimos elementos o principios, valen no solamente para las cosas conoscibles y accesibles si que también para el mundo desconocido e inaccesible. Los principios filosóficos constituyen de este modo el complemento último que necesitan las ciencias para formar un sistema homogéneo de la naturaleza y de la vida humana. La Filosofía, fuera de las formas fundamentales de toda existencia, no tiene sino dos grandes objetos de estudio: la naturaleza y la humanidad. Así, se ve formarse muy naturalmente tres grandes divisiones de la filosofía, a saber: Esquematismo general del mundo; estudio de los principios de la naturaleza y, por último, estudio de los principios de la humanidad. Esta sucesión contiene, al mismo tiempo, un orden lógico interno por que los principios formales fundamentales, válidos para todo ser pensante, primero, y los dominios objetivos a que se aplican estos principios vienen después en su jerarquía. Todo cuanto se acaba de consignar es el pensamiento del señor Dühring, reproducido palabra por palabra.
En el Sr. Dühring se trata de principios, se trata de aplicar a la naturaleza y al hombre «principios» formales derivados del «pensamiento» y no del mundo exterior, y por esos principios tendrán que regirse la naturaleza y el hombre. ¿Pero de dónde puede sacar el pensamiento esos principios? ¿De sí mismo? No; puesto que el mismo Sr. Dühring dice que la esfera de las ideas puras se limita a los «esquemas» lógicos y a las formas matemáticas (lo cual es falso, por otra parte, como tendremos ocasión de ver).
Los esquemas lógicos no pueden referirse sino a «las formas del pensamiento», y aquí, por lo contrario, no se trata sino de las formas del «ser», del mundo exterior, y estas formas no puede crearlas ni sacarlas de sí mismo el pensamiento, sino del mundo exterior. Mas de esta manera todas las relaciones están invertidas, los principios no son el punto de partida en la investigación, sino más bien el resultado final; no son aplicados a la naturaleza y a la historia de la humanidad, sino que derivan de éstas; no es la humanidad y la naturaleza quienes se rigen y modelan por estos principios, sino que los principios no son verdaderos sino en la medida en que concuerdan con la naturaleza y con la historia. Tal es la concepción materialista, mas la que a ésta opone el Sr. Dühring es idealista, invierte todas las relaciones, pone lo de arriba abajo y constituye el mundo real según la idea, según esquenas o categorías «preexistentes» al mundo... todo como un Hegel.
En efecto, comparemos la Enciclopedia de Hegel y sus «fantasías febriles», con las verdades definitivas y sin apelación del Sr. Dühring. En éste hallamos la «esquemática universal» que en Hegel lleva el nombre de Lógica; después hallamos en ambos la aplicación de esos esquemas, de esas categorías lógicas, a la naturaleza (la «Filosofía de la Naturaleza») y, por último, su aplicación a la humanidad, lo que Hegel designa con el nombre de «Filosofía del Espíritu.» El «orden lógico interno» de la deducción de Dühring nos conduce muy naturalmente a la Enciclopedia de Hegel, de donde está sacada con una fidelidad tal, que el judío errante de la escuela hegeliana, el profesor Michelet de Berlín, sin duda se conmoverá por ello hasta derramar lágrimas.
Esto proviene de que la conciencia, «la reflexión», se toma en sentido naturalista como algo dado y opuesto totalmente al Ser, a la naturaleza. Así, se hallará también muy notorio que, la conciencia y la naturaleza, la reflexión y el ser, que las leyes del pensamiento y las de la naturaleza concuerdan entre sí. Si se considera de más cerca lo que sea el pensamiento y la conciencia y de dónde provienen, se halla son el producto del cerebro humano y que el hombre mismo es un producto de la naturaleza, que se ha desarrollado en y con el medio ambiente; lo cual permite comprender cómo los productos del cerebro humano que, en último análisis, son igualmente productos de la naturaleza, no estén en contradicción con el orden de la naturaleza y coincidan con él mismo.
Pero el Sr. Dühring no podría permitirse tratar tan sencillamente la cuestión; él piensa, no sólo en nombre de la humanidad—lo cual ya sería algo—sino también en nombre de los seres concientes y pensantes de todos los cuerpos celestes. En efecto, sería «destruir los conceptos fundamentales de la conciencia y del saber» el querer disminuir o dudar solamente de su «valor soberano» y de su «pretensión incondicionada a la verdad si se las añadiese el epíteto de humanos. Y para que a nadie se le ocurra que en otro planeta cualquiera dos veces dos pueden ser igual a cinco, el Sr. Dühring se ve obligado a hacer del pensamiento algo independiente del hombre y a aislarle de la única base real que se nos ofrece, es decir, del hombre y de la naturaleza y, de esta suerte, cae temerariamente en una ideología que le convierte en un epigono del «epigono Hegel». De otra parte, aquí se nos presentará la ocasión, con frecuencia, de saludar al Sr. Dühring en otros planetas.
Dicho queda, no puede fundarse ningún sistema materialista sobre una base tan ideológica. Más tarde veremos al Sr. Dühring obligado, más de una vez, a atribuir a la naturaleza una forma de acción conciente y hacer de ella lo que en buen francés se llama un Dios.
Pero nuestro filósofo de la realidad tenía aún otros motivos para transportar el eje de toda realidad del mundo real al mundo del pensamiento. La ciencia de «este esquematismo general del mundo», de estos principios formales del ser, es precisamente la base de la filosofía del Sr. Dühring. Si sacamos el «esquematismo del universo», no de nuestro cerebro, sino solamente por medio de nuestro cerebro del mundo real; si sacamos los principios del ser de lo que es, no tenemos necesidad para esto de filosofía, sino únicamente de los conocimientos positivos acerca del mundo y de los fenómenos; y lo que de aquí resulta, tampoco es filosofía, sino ciencia positiva. Entonces, el volumen entero del Sr. Dühring no sería sino trabajo perdido.
Además, si no hay ya necesidad de filosofía como tal, tampoco hay ya necesidad de ningún sistema de filosofía, aun cuando ese sistema fuese «natural». La ciencia, cuando ve que el conjunto de fenómenos de la naturaleza forma un todo sistemático, por sí misma se mueve a poner de manifiesto dicha conexión sistemática en toda cosa, en el todo y en las partes. Mas una ciencia correspondiente, completa, de esa conexión; la construcción de una imagen ideal y exacta del sistema del mundo en que vivimos, es para nosotros, como para todos los tiempos, imposible. Si, en un momento cualquiera de la evolución humana, se realizara tal sistema definitivo de las conexiones y de las relaciones físicas, espirituales e históricas de que el mundo se compone, la esfera del conocimiento humano, por lo mismo, habría terminado; y, a partir del momento en que la sociedad estuviere organizada conforme a ese sistema, habría concluido la evolución histórica, el progreso en lo porvenir; lo cual sería un absurdo, un contra sentido. Los hombres, pues, se encuentran colocados en presencia de la siguiente contradicción: o bien conocerán de una manera completa el sistema del mundo en su conexión total, o bien, conforme a su propia naturaleza como a la naturaleza del mundo, no podrán nunca cumplir plenamente esa tarea.
Mas las contradicción no estriba sólo en la naturaleza de ambos factores, el mundo y los hombres, sino que es también el factor esencial de todo progreso intelectual, y se resuelve constante y diariamente en la evolución infinita y progresiva de la humanidad, como se resuelven los problemas matemáticos en una serie infinita o en una fracción continua. De hecho, toda imagen ideal del mundo es y permanece limitada; objetivamente, por la situación histórica y subjetivamente, por la constitución física y psicológica de su autor. Pero el señor Dühring, anuncia desde luego, que su pensamiento es tal, que «excluye toda representación subjetiva y, por lo mismo, limitada del mundo». Ya hemos visto, que él está dotado del don de ubicuidad y se presenta en todos los cuerpos celestes posibles. Ahora vemos que, también es igualmente omnisciente, pues ha resuelto los problemas últimos de la ciencia y ha clavado en un ataud el porvenir de toda la ciencia.
El Sr. Dühring cree poder sacar de su cabeza à priori es decir, sin utilizar la experiencia que nos ofrece el mundo exterior, no solamente las formas esenciales del ser, sino las matemáticas puras enteras. En su opinión, el entendimiento «en las matemáticas puras», está en posesión de lo que libremente ha creado e imaginado; los conceptos de número y de forma «son para las matemáticas puras un objeto que les basta y que pueden crear por sí mismas», y tienen de este modo «un valor independiente de la experiencia particular y del contenido real, objetivo del mundo».
Sin duda, es exacto que las matemáticas puras tienen un valor independiente de la experiencia particular de los individuos; pues lo mismo es cierto, de cuantos hechos establecen todas las ciencias y, de una manera general, de todos los hechos. Los polos magnéticos, la composición del agua (hidrógeno y oxígeno), el hecho de Hegel ha muerto y de que el Sr. Dühring está vivo, son independientes de mi experiencia o de la de otros individuos, e independientes aun de la experiencia del Sr. Dühring, desde que duerme el sueño de los justos.
Pero no es del todo exacto, ni aun en las matemáticas puras, que el entendimiento se ocupe exclusivamente de lo que él mismo ha creado e imaginado. Los conceptos de número y forma no se han sacado sino del mundo exterior: los diez dedos con los cuales los hombres han aprendido a contar, a efectuar la primera operación aritmética, son todo lo que se quiera, salvo una libre creación del entendimiento. Para contar, precisa, no sólo objetos numerables, sino también la capacidad de considerar esos objetos prescindiendo de todas sus diversas propiedades distintas de su número; capacidad que es el resultado de una larga evolución histórica y de una larga experiencia.
De igual manera que el concepto de número, el concepto de forma está tomado exclusivamente del mundo exterior, y no ha nacido en la cabeza del pensamiento puro, sino que ha sido menester haya habido cosas que tuviesen una forma y cuyas formas se comparasen para que se pudiese llegar al concepto de forma. Las matemáticas puras tienen por objeto las formas especiales y las relaciones cuantitativas del mundo exterior, materia por consecuencia muy real. Semejante materia se manifiesta en una forma muy abstracta que no podía por tanto ocultar sino muy superficialmente su origen: el mundo exterior.
Para poder estudiar estas formas y sus relaciones en su pureza, es preciso separarlas por completo de su contenido y prescindir de este último como indiferente; de este modo se obtienen puntos sin dimensiones, líneas sin ancho ni grueso, a y b, x e y, constantes y variables, para llegar, en último término, a cuanto verdaderamente constituye una libre creación del entendimiento, a saber: las cantidades imaginarias. Y aun el hecho de que se deduzcan en apariencia magnitudes matemáticas unas de otras, no prueba su origen à priori, sino únicamente su conexión racional. Antes de que se llegase a la idea de deducir la forma de un cilindro de la rotación de un rectángulo alrededor de uno de sus lados, era menester se estudiase, por imperfectamente que fuera, numerosos rectángulos y cilindros reales. Como todas las ciencias, las matemáticas han nacido de las necesidades de los hombres: de la agrimensura, de la medición de la capacidad de los recipientes, de la cronología y de la mecánica. Pero, como en todas las esferas del pensamiento, en un cierto momento de la evolución las leyes abstraídas del mundo real, se les separa del mundo real, se les oponen como algo independiente, como leyes provinientes de fuera y a las cuales el mundo ha de conformarse. Así aconteció a la sociedad y al Estado; así, y no de otra manera, las matemáticas puras, son después aplicadas al mundo, bien que se hayan sacado del mundo y no representen más que una parte de sus formas de combinación—y sólo por esta razón, además, le son aplicables.
Pero, de la misma manera que se figura poder deducir axiomas matemáticos «que, según la pura lógica, no requieren ni implican ninguna justificación», las matemáticas puras enteras, sin ninguna adición empírica, y las aplica en seguida al mundo; así también el Sr. Dühring cree poder sacar desde luego de su cerebro los aspectos esenciales del ser, los elementos simples de todo saber, los axiomas de la filosofía, sacando por deducción toda la filosofía o «esquematismo del universo», y otorgar después soberanamente esta constitución a la naturaleza y al reino humano. Desgraciadamente, la naturaleza, de ninguna manera, y el reino humano, en muy pequeña parte, está constituído por los prusianos del señor de Manteuffel de 1850.
Los axiomas matemáticos son la expresión de elementos del pensamiento, tan pobres, que las matemáticas se ven obligadas a tomarlos de la lógica: se reducen a dos:
1.º El todo es mayor que la parte. Tal proposición es pura tautología, porque la idea de parte, considerada desde el punto de vista cuantitativo, se refiere inmediatamente y de una manera precisa a la idea de todo, de tal suerte, que la sola palabra de «parte», dice por sí que el «todo» cuantitativo se compone de varias partes cuantitativas. Este axioma, haciendo constatación expresa, no nos hace dar un paso más. En cierta medida aún puede probarse dicha tautología diciendo: el todo es lo que se compone de partes; una parte es aquello cuya pluralidad constituye un todo; en consecuencia, la parte es más pequeña que el todo. La vacuidad de semejante repetición muestra mejor aún el vacío del contenido.
2.º Dos magnitudes iguales a una tercera, son iguales entre sí. Semejante proposición, como ha mostrado Hegel, es una conclusión cuya exactitud está garantida por la lógica y que por tanto, se prueba aun fuera de las matemáticas puras. Los demás axiomas acerca de la igualdad y la desigualdad, no son sino simples consecuencias lógicas de esta conclusión.
Estas proposiciones no llegan a conclusión alguna en matemáticas ni en cosa alguna. Para ir más lejos, se necesita que entren en consideración relaciones reales, relaciones y formas espaciales derivadas de cuerpos reales. La representación de líneas, de superficies, de ángulos, de polígonos, de cubos, de esferas, etc., se sacan de la realidad y se necesita mucho candor ideológico en los matemáticos para creer que la primera línea ha nacido del movimiento de un punto en el espacio, la primer superficie del movimiento de una línea, el primer cuerpo del movimiento de una superficie, etc. Ya la misma lengua se rebela contra semejante idea: una forma matemática de tres dimensiones, se llama cuerpo, corpus solidum en latín, es decir, un cuerpo palpable; lleva, pues, un nombre que viene, no de la libre imaginación del espíritu, sino de la realidad sólida y tangible.
Mas ¿para qué tantos ambages? Después que el Sr. Dühring ha cantado con fervor (páginas 42 y 43) la independencia de las matemáticas puras respecto del mundo de la experiencia; su carácter à priori, su elaboración como creaciones libres y originales del espíritu, dice en la página 63: «Se olvida muy fácilmente que estos elementos matemáticos (el número, la magnitud, el tiempo, el espacio y el movimiento matemático) no son ideales, sino en cuanto a su forma... las magnitudes absolutas son pues, algo absolutamente empírico, a cualquier especie que pertenezcan, mas «los esquemas matemáticos son susceptibles de una determinación separada de la experiencia, y sin embargo, adecuada». Por otra parte, esto es cierto, más o menos, de toda abstracción, mas no prueba, de ninguna manera, que no sea abstraída de la realidad. En el «Esquematismo del Universo», las matemáticas puras nacen del pensamiento puro; en la Filosofía de la naturaleza, son algo absolutamente empírico, sacadas primero del mundo exterior, separadas después de él. ¿Qué, pues, se ha de creer?