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Anti-Dühring/Primera Parte/IV

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IV
ESQUEMATISMO DEL UNIVERSO

El ser que comprende todo es único; se basta a sí mismo, nada tiene al lado ni por cima de él. Darle como. compañero un segundo ser, sería hacer de él lo que no es, a saber: una parte o elemento de un todo más comprensivo. Nosotros exponemos, por decirlo así, nuestro pensamiento homogéneo como un cuadro y nada de cuanto debe comprenderse bajo esa unidad conceptual puede conservar en sí dualidad, ni puede tampoco sustraerse a esta unidad conceptual... La esencia de todo pensamiento consiste en la síntesis de los elementos de conciencia en una unidad... La unidad de la síntesis es la que da origen al concepto de un mundo indivisible y nos hace reconocer en el universo, como la palabra indica, algo en que todo está unido en una unidad[1].

Así habla el Sr. Dühring, y con esto se ve la primer aplicación del método matemático: «Cada cuestión debe resolverse de una manera axiomática en algunas formas. simples y esenciales, como si se tratase de principios simples de las matemáticas[2].

«El ser que comprende todo, es único». Si una tautología, si la simple repetición en el predicado de lo ya expresado en el sujeto, basta para formular un axioma, he aquí uno de los de más bello oriente.

El Sr. Dühring, nos dice que en el sujeto, el ser comprende todo, y en el predicado—afirma atrevidamente—que, por consecuencia, nada existe fuera de él. ¡Qué idea colosal y «creadora»!

Creadora, en efecto; pues antes de seis líneas después, el Sr. Dühring ha transformado, por medio de su pensamiento homogéneo, la unicidad del ser en su unidad. Como la esencia de todo pensamiento consiste en una síntesis unitaria, el ser, de que es pensado, es pensado como homogéneo y el concepto del mundo como indivisible; y como el pensamiento del ser, como el concepto del mundo son homogéneos, el ser real pues, el mundo real constituye, por tanto, una unidad indivisible. Y de este modo, «las falsas representaciones del más allá ya no tienen lugar, una vez que el espíritu ha llegado a comprender el ser en su universalidad homogénea.»

He aquí una campaña ante la cual Austerlitz y Jena, Sadowa y Sedán desaparecen como bagatelas. En algunas frases, apenas en una página, después que se ha movilizado el primer axioma, todo el más allá, Dios, los ejércitos celestiales, el cielo, el infierno y el purgatorio con la inmortalidad del alma, quedan abolidos, finitos, anonadados.

¿Cómo pasamos de la unicidad del ser a su unidad? Muy sencillamente; representándonosle. Como tendemos nuestro pensamiento homogéneo alrededor de él a la manera de un cuadro, el ser único deviene en el pensamiento un ser homogéneo, una unidad conceptual; y esto porque la esencia de todo pensamiento consiste en la síntesis de los elementos de conciencia en una unidad.

Pero esta última proposición es falsa evidentemente. Primero, el pensamiento consiste lo mismo en descomponer los objetos representados en la conciencia en sus elementos, que en unir elementos homogéneos en una unidad. Sin análisis no hay síntesis. En segundo lugar, el pensamiento, legítimamente, no puede formar una unidad sino de elementos de conciencia, entre los cuales, o entre los originales reales de los cuales, la unidad existía anteriormente.

Si yo subsumo un cepillo de las botas en la unidad mamífero, éste, sin embargo, no tiene mamas. La unidad del ser, la justificación del punto de vista que le comprende como unidad, es, pues, precisamente lo que hay que demostrar; y cuando el Sr. Dühring nos asegura que él piensa el ser como unidad y no como dualidad, no nos enseña otra cosa que su opinión, que ciertamente no tiene fuerza de ley.

Si queremos dar una imagen fiel de la marcha del pensamiento, hela aquí: «Yo comienzo por el ser. Yo pienso, pues, el ser.» El pensamiento del ser es homogéneo. Pero el pensamiento y el ser deben darse de acuerdo, corresponderse, «cubrirse». El ser es, pues, igualmente homogéneo en la realidad. No hay, por tanto, en modo alguno un más allá. Pero si el Sr. Dühring hubiese hablado tan claramente, en lugar de regalarnos con las frases estilo de oráculo, que hemos citado, la ideología era evidente. Probar la realidad de un resultado cualquiera del pensamiento por la identidad del pensamiento y el ser, es justamente una de las imaginaciones más locas de un... Hegel...

Aun cuando toda la argumentación del Sr. Dühring fuese exacta, todavía no hubiera ganado una pulgada de terreno respecto de los espiritualistas, porque éstos le responderían sencillamente: para nosotros también el mundo es simple y homogéneo: la oposición del más acá y el más allá no existe sino desde nuestro punto de vista específicamente terrestre, producto del pecado original; en sí y por sí, es decir, en Dios, el ser entero es uno. Y acompañarán al Sr. Dühring a «otros cuerpos celestes» que tanto le placen, y le mostrarán uno o varios en que la caída y el pecado no se han cumplido y en que, por consecuencia, no existe oposición entre el más acá y el más allá, y en que la unidad del mundo es exigida por la fe.

Lo más cómico del asunto es que el Sr. Dühring, para probar la no existencia de Dios por el concepto de ser, aduce la prueba ontológica de la existencia de Dios. Ya se sabe en qué consiste esta prueba: Cuando pensamos a Dios, le pensamos como el conjunto de todas las perfecciones; pero al conjunto de todas las perfecciones pertenece ante todo la existencia, pues un ser inexistente es necesariamente imperfecto; preciso es, por tanto, contar la existencia en el número de las perfecciones; por consecuencia, Dios debe existir. El Sr. Dühring discurre enteramente de la misma manera: cuando pensamos el ser, le pensamos como un concepto uno; lo comprendido en un mismo concepto es homogéneo—el ser no respondería, pues, a su concepto, si no fuera homogéneo—luego debe ser homogéneo, luego no hay Dios, etc.

Cuando hablamos del ser y solamente del ser, la unidad no puede consistir sino en una cosa: en que todos los objetos de que se trata son, existen. En la unidad de este ser, y no en ningún otro, están comprendidos, y la expresión que se aplica a todos ellos en común (que todos son) no puede conferirles otras cualidades comunes o no comunes, y aun los excluye a todos provisionalmente de nuestra consideración, porque desde que nos desviamos, así sea un solo milímetro, de este simple hecho fundamental—que el ser pertenece en común a todas las cosas—desde entonces las diferencias de las cosas comienzan a mostrarse a nuestros ojos; y en cuanto a decidir si tales diferencias consisten en que algunas de estas cosas son blancas, otras negras, unas animadas, otras inanimadas, las unas quizás del lado de acá y las otras del lado de allá, no podríamos hacerlo por la sola consideración del hecho de que la existencia nuda les es atribuída a todos igualmente.

La unidad del mundo no consiste en su existencia, bien que su existencia sea la condición de su unidad, puesto que evidentemente precisa que sea antes de poder ser uno. Por lo demás, el ser, en si mismo, es un problema a partir del punto en que nuestra vista se para. La unidad verdadera del mundo está en su materialidad, y esta última se prueba, no por algunas frases de charlatán y por algunos manejos de pasa-pasa, sino por una larga y laboriosa evolución de la filosofía y de las ciencias de la naturaleza.

Prosigamos nuestra lectura. El ser de que nos habla el Sr. Dühring, no es el ser puro que, idéntico a sí mismo, necesariamente privado de toda determinación particular, no es de hecho sino el equivalente de la idea de la nada, es decir, de la ausencia de idea». Bien pronto veremos que el mundo del Sr. Dühring comienza por un estado en que falta toda determinación interna, todo movimiento y todo cambio; por un estado que equivale pues, de hecho, a una idea inexistente y que no es sino una pura nada.

Sólo a partir de esta nada del ser se desarrolla el estado actual del universo, diferenciado, cambiante, evolucionante, en devenir; y sólo después de haber comprendido esto, llegaremos a hallar y a «mantener» bajo este cambio perpetuo «la idea del ser universal idéntico a si mismo». La idea de ser se encuentra desde este momento elevada a un grado superior en que comprende en sí la permanencia lo mismo que el cambio, el ser lo mismo que el devenir. Llegados ahí, sabemos que el género y la especie, lo general y lo particular, son los signos distintivos los más simples, sin los cuales no puede ser comprendida la naturaleza de los cosas». Pero esos son signos cualitativos.

Dicho esto, continuemos: A los géneros se opone la idea de la magnitud, como la cosa homogénea en la cual ya no se encuentran diferencias específicas; dicho de otro modo, pasamos de la cualidad a la cantidad, y ésta siempre es mensurable.

Comparemos ahora esta «distinción precisa de los esquemas generales de la acción» y este «punto de vista verdaderamente crítico» a las ingenuidades, a las groserías, a las fantasías febriles de un Hegel. Vemos que la lógica de Hegel comienza por el ser, como el Sr. Dühring; que el ser se manifiesta como nada, como el señor Dühring; que de esta nada se pasa al devenir, cuyo resultado es la existencia, es decir, una forma más elevada, más rica del ser; todo como el Sr. Dühring. La existencia conduce a la cualidad, la cualidad a la cantidad, todo como el Sr. Dühring. Y para que nada falte de esencial, el Sr. Dühring nos cuenta en otra ocasión que: «Del reino de la insensibilidad no se entra en el de la sensación, a pesar de la continuidad cuantitativa, sino por un salto cualitativo, del cual podemos decir que es infinitamente diferente de la simple gradación de una sola y misma propiedad»[3]. Todo como la línea nodal de relaciones de medida de Hegel, en que una adición o una sustracción puramente cuantitativa produce, en ciertos puntos determinados, un salto cualitativo; por ejemplo, para el agua que se calienta o enfría, el punto de fusión y el punto de congelación son los nudos en que se cumple, a la presión normal, el paso brusco a un nuevo estado de agregación[4], en que, por consecuencia, la cantidad se muda en cualidad.

Nuestro estudio ha intentado llegar hasta el fondo de las cosas, y en la raíz de los profundos «esquemas fundamentales» del Sr. Dühring ha encontrado... las «fantasías febriles» de un Hegel, las categorías de la Lógica de Hegel, primera parte, teoría del ser, «deducidas» rigurosamente según el antiguo método hegeliano; el plagio a penas velado!

Y no contento con haber tomado a aquel de sus predecesores que más ha calumniado, la teoría del ser, el Sr. Dühring tiene valor, después de dar él mismo anteriormente ese ejemplo de transmutación brusca de la cantidad en cualidad, tiene valor, digo, para escribir, respecto a Marx, «que es cómico el verle invocar esta idea confusa y nebulosa de Hegel, de que la cantidad se muda en cualidad».

¡Idea confusa y nebulosa! ¿Quién, pues, «se muda» en tal caso, y quién es cómico, Sr. Dühring? Todas esas hermosas cositas no son, pues, como se nos había anunciado, «establecidas de una manera axiomática», sino simplemente introducidas desde fuera de la lógica de Hegel. Y tan verdad es esto, que en todo el capítulo podría cogerse ni sombra de razonamiento consecuente y seguido que no se haya tomado de Hegel; de suerte que todo se reduce a una fría y vacía rapsodia respecto del espacio y el tiempo, la permanencia y el cambio.

Hegel pasa del ser a la esencia, a la dialéctica. Allí trata de las determinaciones de la reflexión, de sus oposiciones y de sus contradicciones inmanentes (por ejemplo, lo positivo y lo negativo); después llega a la causalidad o relación de la causa y el efecto, y termina tratando de la necesidad. El Sr. Dühring hace exactamente lo mismo: lo que Hegel llama teoría de la esencia, el Sr. Dühring lo denomina propiedades lógicas del ser; y éstas consisten, ante todo, en el «antagonismo de las fuerzas», en sus oposiciones. En compensación, el señor Dühring niega en absoluto la contradicción. Ya volveremos sobre esta cuestión[5]. Después pasa a la causalidad, y de ésta a la necesidad. Entonces es cuando el señor Dühring dice de sí mismo: «Nosotros, que no lanzamos nuestra filosofía fuera de la reja de una caja...» Entiende, sin duda, que filosofa dentro de una jaula, en la del esquematismo de las categorías hegelianas.

  1. Cursus der Philosophie, pág. 16.
  2. Ibidem, pág. 44.
  3. Cursus der Philosophie part. III cap. I, sobre todo pág. 137 y siguientes.
  4. Cf. cap. VI. Philosophie de la naturaleza, Cosmogonía Física, Química y el cap. XII. Dialéctica, cantidad y cualidad.
  5. Cap. XI Dialéctica: Negación de la negación.