Anti-Dühring/Primera Parte/IX
IX
LA MORAL Y EL DERECHO: VERDADES ETERNAS
Nos abstenemos de ofrecer algunas ejemplares, de las soserías y de los oráculos de que están plagadas las cincuenta páginas que el Sr. Dühring presenta a sus lectores como ciencia profunda de los elementos de la conciencia[1]. Citemos únicamente: «quien no es capaz de pensar sino con el auxilio del lenguaje jamás ha sabido lo que es el pensamiento abstracto aislado, el pensamiento verdadero». De ser así, los animales son los pensadores más abstractos y verdaderos, pues su pensamiento jamás fue perturbado por la intervención del lenguaje. En lo demás, ya bien se ve por los pensamientos de Dühring y por el lenguaje que los expresa, que sus pensamientos no están hechos para un lenguaje cualquiera, más que nuestra lengua para sus pensamientos.
En fin, somos libertados por la cuarta parte que, además de sus vagos y fugitivos discursos, presenta aquí y allá ideas comprensibles acerca de la moral y el derecho[2]. Desde los comienzos se nos invita a hacer un viaje a los demás astros: los elementos de la moral «deben encontrarse de una manera concordante en todos los seres no humanos cuya inteligencia activa debe poner un orden conciente en sus movimientos vitales e instintivos... Por lo tanto, no ha lugar a interesarse mucho en estas diferencias... pero siempre será una idea propia para ampliar de una manera bienhechora nuestro horizonte al representarnos la vida individual y social en otros. astros sometida a un plan tal, que no puede ni abolir la constitución general y fundamental de un ser que obra de una manera razonable, ni escapar a sus leyes».
En este caso, por excepción, es al principio y no al fin de capítulo donde se afirma el valor de las verdades de Dühring para todos los mundos posibles, como para el nuestro; hay para ello una buena razón. Cuando se ha sentado que las ideas de Dühring acerca de la moral y la justicia son válidas para todos los mundos, será facilisimo extender «de una manera bienhechora» a todos los tiempos su validez. Pero también en este caso no se trata de nada menos que de verdades definitivas y sin apelación. El mundo moral «como el de la ciencia general tiene sus principios permanentes y sus elementos simples». Los principios morales son «superiores a la historia y a las diferencias actuales entre los caracteres étnicos. Las verdades particulares de que se compone en el curso de la evolución la conciencia moral, pueden, por poco que se les siga hasta a su principio, pretender un valor y una extensión análogas a las de las nociones y aplicaciones matemáticas. Por otra parte, en general, las verdades que son verdaderamente verdades, son inmutables... de suerte que siempre es una necedad hacer creer que el tiempo y los cambios en la realidad hacen mella en la realidad del conocimiento. La certeza del saber riguroso y el valor del conocimiento común son, pues, tales que, por poco que reflexionemos, no podríamos dudar del valor absoluto del principio del saber.
«Por sí misma la duda que persiste es una debilidad enfermiza y el síntoma de una confusión caótica que a veces intenta revestirse de la apariencia de alguna solidez para la conciencia sistemática que adopta de su inanidad. En materia moral la negación de los principios universales se acoge a la diversidad geográfica e histórica de las costumbres y de los principios, y a poco se conceda la existencia necesaria inevitable del mal moral, cree haber dado fin a la realidad de los instintos morales unánimes, con su valor y eficacia. Este escepticismo disolvente, que se ejerce no contra tal o cual falsa teoría, sino contra la facultad misma que tiene el hombre de alcanzar una moralidad conciente, llega, en fin de cuentas, a una verdadera nada, aun hasta a algo que es peor que el puro nihilismo... y se envanece de dominar sin esfuerzo en medio del caos confuso de ideas morales disueltas y de poder abrir las grandes puertas al capricho sin ley. Mas su error es inmenso, pues basta señalar cuanto acontece necesariamente al entendimiento cuando se trata de verdad y error, para comprender por esta sola analogía, que la falibilidad natural en nada excluye la posibilidad del éxito[3].
Hasta aquí hemos aceptado tranquilamente todas las pomposas declaraciones del Sr. Dühring respecto a las verdades definitivas y sin apelación, la soberanía del pensamiento, la absoluta certeza del conocimiento; pero hemos llegado a un punto en que debe tratarse la cuestión. Hasta aquí bastaba investigar en qué medida tal cual proposición de la filosofía de la realidad tiene un «valor absoluto» y posee una «verdad incondicionada»; hoy se trata de saber de una manera general si hay productos del conocimiento humano que puedan pretender ser un valor absoluto y una verdad incondicionada. Cuando yo digo: del conocimiento humano no tengo ciertamente ninguna intención ofensiva para los habitantes de otros astros—a quienes no tengo el honor de conocer—, si lo digo es porque los animales también conocen, pero su conocimiento en modo alguno es soberano. El perro reconoce a su dueño como a un Dios, aunque su dueño pueda ser un gran pillo.
El pensamiento humano, ¿es soberano? Antes de responder sí o no, necesitamos, en primer lugar, investigar qué es el pensamiento humano. ¿Es el pensamiento de un sólo hombre? No, ciertamente. Pero tampoco existe sino como pensamiento aislado de muchos millones de hombres, pasados, presentes y futuros. Y bien; cuando digo que este pensamiento de todos los hombres, incluso los hombres del porvenir, cuya síntesis hago en mi inteligencia; cuando digo, pues, que este pensamiento es soberano, capaz de conocer el mundo, por poco que la humanidad subsista bastante tiempo y que no se produzca ni en los órganos, ni en los objetos del conocimiento, modificación susceptible de limitarla, digo algo bastante vulgar y aun bastante inútil. Porque el más preciado resultado de esta idea sería hacernos sumamente desconfiados respecto a nuestro conocimiento actual, pues es infinitamente probable estemos aún poco lejos de los comienzos de la historia de la humanidad y que las generaciones que nos corrijan serán más numerosas que cuantas tenemos la ocasión de corregir sus conocimientos (no sin gran desdén por nuestra parte).
Dühring mismo declara que la conciencia y, por consecuencia también, el pensamiento y el conocimiento, no puede manifestarse sino en una serie de seres individuales. Y el pensamiento de cada uno de estos seres individuales no puede calificarse de soberano, sino en tanto no conocemos potencia capaz, cuando se encuentra en estado de salud y de vigilia, de imponerles por la fuerza ningún pensamiento. Pero en lo que concierne al valor soberano de los conocimientos de cada ser individual, sabemos todos que no hay cuestión, y toda nuestra experiencia pasada prueba sin excepción que estos conocimientos son mucho más ricos en elementos perfectibles que en elementos imperfectibles y perfectamente exactos.
En otros términos: la soberanía del pensamiento se realiza en una cadena de seres humanos cuyo pensamiento es grandemente poco soberano, y el conocimiento, con pretensiones de verdad incondicionada, se resuelve en una serie de errores relativos; ni uno ni otro, pues, puede plenamente ser realizado, si no por la humanidad, en el curso de una vida de duración infinita.
Y henos de nuevo ante una contradicción semejante a la que ya señalamos entre el carácter del pensamiento, que nos representamos como absoluto, y la realidad de este pensamiento en una multitud de seres humanos individuales de pensamiento limitado; es una contradicción que sólo puede resolverse en el progreso infinito, en la serie, al menos prácticamente infinita, de las generaciones humanas sucesivas. En este sentido, el pensamiento humano posee la soberanía y no la posee, y su capacidad de conocer es tan ilimitada como limitada. Soberana ilimitada, por su naturaleza, en potencia y en cuanto a su objetivo final en la historia, es sin soberanía y limitada en cada una de sus determinaciones y en uno cualquiera de sus estados.
Lo propio acontece con las verdades eternas. Si siempre acaeciese a la humanidad el no tener que habérselas sino con verdades eternas, resultados del pensamiento, soberanos en cuanto a su valor e incondicionados en cuanto a su verdad, entonces se daría en aquel punto en que la infinidad intelectual del mundo se habría agotado, en potencia como en acto, y en que se habría cumplido, por ende, el milagro tan cacareado de lo innumerable numerado.
sin embargo, hay verdades tan bien fundadas, que la menor duda respecto de ellas nos parécería sinónimo de locura: dos y dos son cuatro, los tres ángulos de un triángulo valen dos rectos, Paris está en Francia, un hombre privado de alimento muere de hambre, etc. Así, a pesar de todo, hay verdades eternas, verdades definitivas y sin apelación?
Ciertamente. Según tradición antigua, podemos dividir el campo del conocimiento en tres partes. La primera, comprende todas las ciencias de la naturaleza no viva, más o menos susceptibles de ser matemáticamente tratadas: matemáticas, astronomía, mecánica, física, química. Si a alguna le place servirse de palabras sonoras para decir cosas muy sencillas, puede decir que ciertos resultados de estas ciencias—que por esta razón se han llamado ciencias exactas—son verdades eternas, verdades definitivas y sin apelación: entendámonos, ciertos resultados, pero no todos, pues aún falta mucho. La introducción de magnitudes variables, la extensión de su variabilidad hasta lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande han hecho cometer a los matemáticos, sin embargo, tan austeros, el pecado original: han comido el fruto del árbol del conocimiento y con ello se abrieron el camino de progresos gigantescos, y también de errores. Perdido para siempre ese estado original en que todo lo que era matemático tenía un valor absoluto y se demostraba de un modo indudable, se abrió el reino de las controversias, y en el punto en que estamos, la mayoría diferencia e integra, sin comprender lo que hace, por un puro acto de fe, porque eso siempre ha dado resultado hasta aquí. El estado de la astronomía y de la mecánica es peor todavía, y en física y química se está en medio de hipótesis como entre un enjambre de abejas. Y no puede ser de otra manera. En física tenemos que habérnosla con el movimiento de las moléculas, en química con moléculas formadas de átomos, y si la interferencia de las ondas luminosas no es un mito, casi no hay probabilidad de ver jamás con nuestros ojos todas esas cosas interesantes. Las verdades definitivas y sin apelación devienen notablemente raras con el tiempo.
Peor aún es en geología: pues por su naturaleza se ocupa de fenómenos cuya producción no sólo nosotros sino ningún hombre ha presenciado. El ramo de verdades definitivas y sin apelación en este caso es muy difícil y también, muy corto.
La segunda categoría de ciencias comprende el estudio de los organismos vivos. Aquí se desarrolla una vegetación tan lujuriosa de relaciones de causalidad recíproca, que cada cuestión que se resuelve plantea una infinidad de cuestiones nuevas; más aún, cada cuestión particular no puede resolverse sino fragmentariamente por una serie de investigaciones que con frecuencia exige siglos. Al mismo tiempo, la necesidad de comprender los conjuntos, de sistematizar, obliga sin cesar a cubrir algunas verdades definitivas y sin apelación con una exuberante florescencia de hipótesis. ¡Cuántos intermedios fueron necesarios, de Galeno a Malpighi, para establecer exactamente un hecho tan sencillo como la circulación de la sangre en los mamíferos! ¿y qué sabemos del origen de los corpúsculos de la sangre? ¡y cuántos anillos de la cadena faltan para establecer un vínculo racional entre los sintomas de una enfermedad y sus causas! Por otra parte, con bastante frecuencia se producen descubrimientos como la célula que nos obligan a someter a una revisión total todas las verdades biológicas definitivas y sin apelación y a eliminar, de una vez para todas, buen número de ellas. Quien, quiera pues, establecer verdades auténticas, invariables, deberá contentarse con sosainas como éstas. Todos los hombres son mortales, todos los mamíferos hembras tienen mamas, etc.; y no podrá ni aun decir que todos los animales superiores digieren con el estómago y el intestino y no con la cabeza, porque la actividad nerviosa centralizada en la cabeza es necesaria para la digestión.
Pero a las verdades eternas les corresponde aún la peor parte en el tercer grupo de ciencias, en las ciencias históricas, que estudian las condiciones de la existencia humana, los estados sociales, las formas juridicas y políticas, así como su superestructura ideológica, la filosofía, la religión, el arte, etc., en su continuidad histórica y en su estado actual. En la naturaleza orgánica tenemos que habérnosla, al menos, con una serie de fenómenos que, en tanto los observamos inmediatamente, se repiten de una manera bastante regular en muy amplios límites.
Las especies de los seres organizados en su conjunto son las mismas desde Aristóteles. En la historia de la sociedad, por lo contrario, de que superamos el estado primitivo de la humanidad, lo que se llama la edad de piedra, la repetición es la excepción, no la regla, y aun en el caso en que un fenómeno se repita, jamás se repite exactamente en las mismas circunstancias;—así, la presencia de la propiedad común primitiva de la tierra en todos los pueblos civilizados y la forma de su disolución—por eso la ciencia en el dominio de la historia de la humanidad está aún mucho menos adelantada que en biología. Aún más; cuando por excepción se llega a reconocer la relación íntima entre las formas y las instituciones políticas y sociales de una época, regularmente es cuando dichas formas ya han sobrevivido la mitad y marchan a su decadencia. El conocimiento, pues, en este caso, es fundamentalmente relativo, en el sentido de que se reduce a comprender las relaciones y consecuencias de las formas políticas y sociales determinadas, que nunca existen sino para un tiempo y en pueblos dados, y que esencialmente son perecederas. Quien vaya, pues, en este campo, persiguiendo verdades definitivas y sin apelación, verdades auténticas e inmutables, volverá con el cesto casi vacío, traerá unos cuantos lugares comunes de la peor especie: por ejemplo, en general, los hombres no pueden vivir sin trabajar; ordinariamente se han dividido hasta aquí en dominadores y dominados; Napoleón ha muerto el 5 de Mayo de 1821, etc.
Pero es muy digno de observarse que, precisamente en esto, se encuentra el mayor número de pretendidas verdades eternas, verdades definitivas, sin apelación, etc. No se proclama como verdades eternas las proposiciones: dos y dos son cuatro, las aves tienen pico, etc., sino cuando se intenta concluir la existencia de verdades eternas en general—que también existen verdades eternas en la esfera de la historia de la humanidad—una moral eterna, una justicia eterna, etc., de valor y alcance análogos al de las verdades y aplicaciones matemáticas y podemos contar con que a la primera ocasión el mismo amigo de los hombres declarará que todos los fabricantes de verdades eternas, antes que él son más o menos burros y charlatanes, que todos se han engañado y equivocado; que su error y su falibilidad son naturales y prueban la existencia de la verdad adecuada a ellos; y que él, el profeta que al fin se alzó, trae en el bolsillo la verdad definitiva y sin apelación, la moral eterna, la justicia eterna, enteramente perfecta y dispuesta... Todo ello ya se vió mil y mil veces y es de admirar haya aún hombres tan crédulos que crean eso, no de los demás, sino de sí mismos. Y, sin embargo, henos una vez más. en presencia de un profeta que, según costumbre, se enciende en una cólera ultramoral cuando otros le niegan que un solo hombre pueda ponernos nunca en posesión de la verdad definitiva y sin apelación. Negar esto, querer aún proferir la menor duda, es debilidad, confusión caótica, nada, escepticismo disolvente, algo peor que el puro nihilismo, y otras lindezas de este género. Como sucede con todos los profetas, en vez de un estudio y un juicio científico y crítico, tenemos, sin más ambages, anatemas morales. Habríamos podido citar también, anteriormente, las ciencias que estudian las leyes del pensamiento humano, la lógica y la dialéctica. Las verdades eternas no les va mejor en ellas. La dialéctica propiamente dicha no es para el Sr. Dühring sino un contrasentido, y las numerosas obras que se han escrito y todavía se escriben sobre la lógica, prueban suficientemente que las verdades definitivas y sin apelación són también más raras de lo que se cree.
Por lo demás, no hay absolutamente por qué sorprendernos de que el grado de conocimiento en que nos hallamos sea tan poco definitivo como los que le precedieron. Estamos ya en posesión de un enorme material de ideas y de hechos, que exige una muy grande especialización de estudios para que cualquiera quiera estar como en su casa en cualquier rincón de la ciencia. Y quien aplica la medida de una verdad inmutable, definitiva y sin apelación a conocimientos que, por la naturaleza de su objeto, o bien continúan siendo relativos para una larga serie de generaciones y no se completan sino a trozos, o bien, como en cosmogonía, en geología, en historia, vista la insuficiencia de materiales, quedan siempre incompletos y llenos de lunares—prueba solamente su propia ignorancia y su ininteligencia, aunque en el verdadero fondo de sus declaraciones no hubiese, como en éste, la pretensión de una infalibilidad personal. La verdad y el error, como todas las determinaciones del pensamiento que son opuestas radicalmente, no tienen valor absoluto, sino en muy estrechos límites, como hemos visto, y como el Sr. Dühring sabría también, si tuviese algún tinte de los primeros elementos de la dialéctica, los cuales precisamente muestran como todas las antítesis absolutas son inadecuadas. Cuando transportamos, fuera de este limitado orden circunscrito, la antítesis de la verdad y el error deviene relativa y no puede utilizarse en el lenguaje riguroso de la ciencia, y si tratamos de aplicarla fuera de ese orden, dándole un valor absoluto, nuestro fracaso es completo, pues los dos polos de la antítesis se convierten en sus contrarios; la verdad deviene error, y el error, verdad. Tomemos por ejemplo una ley bien conocida—la de Boyle—, según la cual, a una temperatura constante, el volumen de los gases es inversamente proporcional a la presión a que están sometidos. Regnault descubrió que tal ley no es exacta en todos los casos. Si hubiese sido un «filósofo de la realidad» como el Sr. Dühring, habría tenido la obligación de decir: la ley de Boyle no es inmutable; luego no es verdad, luego es error. Pero de haber dicho eso, habría cometido un error mucho mayor que el contenido en la ley de Boyle, y su grano de verdad habría desaparecido bajo un montón de errores; habría hecho de su resultado primitivo, exacto, un error, en proporción del cual la ley de Boyle, con todo el pequeño error que implica, hubiese parecido verdad. Mas Regnault, espíritu científico, en lugar de caer en tales puerilidades, continuó sus investigaciones y descubrió que la ley de Boyle no es sino aproximadamente exacta y que, principalmente, no es válida para los gases que licua la presión, cuando dicha presión se acerca al punto en que se produce la liquefacción.
La ley de Boyle era exacta, pero sólo dentro de límites determinados.
¿Pero es verdadera, de un modo absoluto, definitivo, dentro de esos límites? Ningún físico lo pretenderá; dirá que es válida para ciertos gases en determinados límites de temperatura y presión, y aun en tales restringidos límites, no excluirá la posibilidad de una limitación más estrecha todavía o de una modificación de la fórmula, como consecuencia de indagaciones futuras[4]. He aquí, pues, cómo se presentan en física, por ejemplo, las verdades definitivas y sin apelación. Así, regla general, en los trabajos verdaderamente cientificos se evitan las expresiones dogmáticas y morales de error y de verdad, mientras se encuentran a cada momento en libros, como la Filosofía de la realidad, en que se pretende imponer una palabreria vacía, como supremo resultado del pensamiento supremo.
Pero, quizás pregunte un ingenuo lector, ¿dónde el señor Dühring ha declarado expresamente que el contenido de la realidad es verdad definitiva y sin apelación? ¿Dónde está eso? Pues bien, por ejemplo, en el ditirambo que consagra a su sistema (pág. 13), y del cual hemos copiado algunos pasajes en el capítulo II. O cuando dice en la frase citada anteriormente: Las verdades morales, por poco que se las comprenda hasta sus últimas razones, pueden pretender tener un valor análogo al de las verdades matemáticas. Y el Sr. Dühring—desde su punto de vista, verdaderamente crítico, y por su penetrante investigación—¿no tiene la pretensión de haber alcanzado esas últimas razones, esos esquemas esenciales y haber conferido, por consecuencia, a las verdades morales el carácter de verdades definitivas y sin apelación? Y si el Sr. Dühring no ha emitido semejante pretensión ni para sí ni para su tiempo, si sólo ha querido decir que un día quizás, en un porvenir lejano y oculto, podrían afirmarse verdades definitivas y sin apelación; si se contenta con decir aproximadamente, aunque más confusamente, lo mismo que dicen el «escepticismo disolvente» y «los espíritus en que reina una confusión caótica». ¡Oh! entonces ¿a qué tanto ruido y qué es lo que quiere el Sr. Dühring?
Y si no vamos más lejos cuando se trata de verdad y de error, ¿qué será cuando se trate del bien y del mal? Semejante oposición pertenece exclusivamente al orden moral, es decir, a un orden que se refiere a la historia de la humanidad, y en tal caso, justamente, las verdades definitivas y sin apelación son de lo más raro.
Las ideas de bien y de mal han variado tanto de pueblo a pueblo y de siglo a siglo, que con frecuencia son aún contradichas. Pero, se objetará, el bien, sin embargo, no es el mal, y el mal no es bien; pues si se confunde bien y mal, toda moralidad se acaba y cada uno puede hacer y admitir lo que le plazca. Tal es precisamente, despojándole del tono con oráculo de que lo reviste, el pensamiento del Sr. Dühring. Pero la cosa no es tan sencilla; si fuese tan poco complicada jamás se disputaría acerca del bien y del mal, y cada cual sabría lo que es bien y mal. ¿Dónde estamos hoy? ¿Qué moral se nos predica? He aquí desde luego la moral cristiana feudal, heredada de los siglos de fe, y esta moral se divide fundamentalmente en moral católica y protestante, sin perjuicio de nuevas subdivisiones, desde la moral de los jesuítas y del protestantismo ortodoxo, hasta la moral «avanzada».
Al lado de éstas tenemos la moral burguesa moderna y aun la moral proletaria del porvenir, de tal suerte que, en los países de Europa en que la civilización es más elevada, el pasado, el presente y el porvenir presenta tres grandes tipos de teorías morales que simultánea y sucesivamente están en vigor. ¿Cuál es la verdadera? Ninguna, en el sentido absoluto de verdad definitiva. Pero, con seguridad, la moral que contiene más elementos durables, es la que al presente representa la negación del presente, la del porvenir: la moral proletaria.
Pero cuando vemos que cada una de las tres clases de la sociedad moderna, la aristocracia feudal, la burguesía y el proletariado tiene su moral propia, no podemos sacar más que una conclusión, y es que, conciente o inconcientemente, los hombres toman, en último análisis, sus ideas morales de la situación práctica de su clase, del estado económico de producción y de cambio.
Sin embargo, hay muchos elementos comunes a esas tres teorias morales; ¿no serían esos al menos, una parte de la moral fijada para siempre, la moral eterna? Esas tres teorias morales representan tres grados diferentes de una misma evolución histórica; tienen, pues, un sustrato histórico común, y de ahí necesariamente rasgos comunes; más aún, a grados idénticos, o aproximadamente idénticos de evolución económica, deben corresponder teorías morales que necesariamente se concuerdan más o menos. A partir del momento en que se ha desarrollado la propiedad privada de los objetos muebles, una ley moral debe ser común a todas las sociedades que admiten esa propiedad privada: Tú no robarás. ¿Pero esa ley es para ella una ley moral eterna? De ninguna manera. En una sociedad donde no hay motivos para robar, en que, a la larga, no se puede ser robado sino a lo sumo por enfermos, qué risotadas no acogerian al predicador de moral que solemnemente quisiese proclamar esta verdad eterna: ¡Tú no robarás!
En consecuencia, rechazamos toda tentativa para imponernos un sistema cualquiera de moral dogmática como ley moral eterna, definitiva, en lo sucesivo inmutable, bajo pretexto de que el mundo moral también tiene sus principios permanentes superiores a la historia y a las diversidades étnicas. Por lo contrario, afirmamos que toda teoría moral hasta ahora fue producto, en último análisis, del estado económico de la sociedad en la época correspondiente. Y como la sociedad se ha movido siempre en antagonismos de clases, la moral ha sido siempre una moral de clase; o bien ha justificado el dominio y los intereses de la clase dominante o bien ha representado, de que la clase oprimida se hacía bastante potente para eso, la revuelta contra esa dominación y los intereses del porvenir de los oprimidos. Ahora, que en conjunto se haya producido un progreso de la moral, como de todas las demás ramas del conocimiento humano, eso no hay que dudarlo. Pero aún no hemos superado la moral de clase. Una moral verdaderamente humana, superior a los antagonismos de las clases sociales y a sus supervivencias, no será posible sino en una sociedad que no sólo haya superado, sino hasta olvidado en la vida práctica, la oposición entre las clases sociales. Y ahora puede medirse la presunción del Sr. Dühring que, en medio de la vieja sociedad dividida en clases, pretende la víspera de la revolución social, imponer a la sociedad futura, que ya no reconocerá las clases sociales, una moral eterna, independiente del tiempo y de las mudanzas de la realidad. Aun suponiendo, lo que aún no sé, que comprenda la estructura de semejante sociedad futura, al menos en sus líneas fundamentales.
Para terminar, vaya una revelación «absolutamente original», pero que no deja por eso de ir «al fondo de las cosas». Desde el punto de vista del origen del mal, «el hecho de que el tipo del gato, con la falsedad que se le confiere» se encuentre en una forma animal, debe ponerse en las mismas condiciones que la existencia de un carácter análogo en el hombre... El mal, pues, no tiene nada de misterioso, a menos de que se tenga el gusto de ver un misterio hasta en la existencia del gato o, en general, de un animal de presa»[5]. El mal es... el gato. El diablo no tiene, pues, cuernos y pie hendido, sino garras y ojos abiertos. Goethe ha cometido una falta imperdonable al dar a Mefistófeles la apariencia de un perro negro y no la de dicho gato. ¡El mal es... el gato! He ahí una moral, no sólo para todos los mundos posibles, sino también... para los gatos.
- ↑ Cursus der Philosophie, tercera parte.—Los elementos de la conciencia. Sensación y sentidos (páginas 130-187)
- ↑ Cursus, cuarta parte.—Las costumbres, la justicia, las manifestaciones superiores de la vida humana, cap. I, las leyes fundamentales de la Moral; ver sobre todo pág. 193.
- ↑ Cursus, pág. 195.
- ↑ Después de escritas estas líneas, parecen haber sido confirmadas. Según las más recientes investigaciones de Mendelejeff y Bogusky, con aparatos más precisos, todos los gases permanentes muestran una relación variable entre el volumen y la presión, El coeficiente de dilatación para el hidrógeno era positivo para todas las presiones que se habían aplicado hasta el día; es decir, la disminución del volumen era más lenta que el aumento de presión. En cuanto al aire atmosférico y demás gases estudiados se ha encontrado un punto de presión nulo, de suerte que ese coeficiente es positivo a una presión más pequeña y negativo a una presión mayor. La ley de Boyle, siempre prácticamente utilizable, exige, por tanto, completarse con toda una serie de leyes especiales. Sabemos al presente—en 1885—que no hay «gases permanentes», pues todos los gases se han reducido al estado líquido.
- ↑ Dühring, Cursus der Philosophie, pág. 211.