Anti-Dühring/Primera Parte/V
V
FILOSOFÍA DE LA NATURALEZA.—EL TIEMPO Y EL ESPACIO
Ahora llegamos a la Filosofía de la Naturaleza. Aquí los predecesores del Sr. Dühring le dan de nuevo todos los motivos de descontento. La filosofía de la naturaleza «cae tan bajo, que desciende a la categoría de una mala poesía, grosera y basada en la ignorancia», y fue abandonada a la pseudo-filosofía prostituída de un Schelling y otros frescos del mismo pelo, que hacen su oficio en el templo de lo absoluto y mixtifican al público. La fatiga nos ha librado de estos «monstruos», pero, hasta aquí, no ha dado lugar sino a la más completa «licencia»; porque, en lo que respecta al gran público, se sabe que la retirada de un gran charlatán, frecuentemente da ocasión para que aparezca otro de menor cuantía, pero hábil, para vender los productos del otro bajo una nueva marca». Los mismos naturalistas muestran poco entusiasmo en la perspectiva de una excursión por el reino de las ideas «que abarcan el mundo», y por eso cometen todo género de «inconsistentes niñerías» en la esfera teórica. La necesidad de salvar la situación se deja sentir imperiosamente: por fortuna, se nos presenta el señor Dühring.
Para apreciar justamente lo que nos revela en lo sucesivo tocante al desenvolvimiento del mundo en el tiempo y su limitación en el espacio, necesitamos mirar atrás: al «esquematismo del mundo» y a algunas páginas en que trata de ello.
El Sr. Dühring atribuye al ser, de acuerdo todavía con Hegel (Enciclopedia, § 93), la infinidad, lo que Hegel llama la mala infinidad, y examina luego esa infinidad.
«La infinidad que más claramente puede pensarse sin contradicción es la acumulación ilimitada de los números en la serie numérica... Lo mismo que a cada número podemos añadir una nueva unidad sin que jamás se agote la posibilidad de continuar la numeración, así también a cada estado del ser se añade uno nuevo; y en esta ilimitada producción de estados consiste la infinidad. Por esta razón, esta infinidad, tomada y pensada en sentido preciso, no tiene sino una sola forma fundamental en una dirección única, pues, aun cuando sea indiferente para nuestro pensar representarnos una dirección opuesta a la acumulación de los estados del ser, la infinidad que progresa hacia atrás es, sin embargo, una representación ilegítima, porque sería preciso que en la realidad se hubiese recorrido en sentido contrario; y de este modo habría, en cada uno de estos estados, una serie infinita de números detrás, mas así se cometería la inadmisible contradicción de una serie numérica infinita numerada: lo que muestra es absurdo suponer una segunda dirección del espacio[1].
La primera consecuencia que se saca de semejante concepto de la infinidad, es que el encadenamiento de las causas y de los efectos en el mundo debe haber tenido un comienzo; «un número infinito de causas que se hubieran yuxtapuesto unas a otras es impensable, por el sólo hecho de que supone el innumerable numerado»[2]. Lo que prueba la existencia de una causa primera.
El segundo corolario es «la ley del número determinado: la acumulación de lo idéntico en cualquier especie real de seres u objetos independientes no puede concebirse sino como formando un número determinado». No sólo el número de cuerpos celestes existentes debe ser en cada momento del tiempo un número en sí determinado, si que también es del número total de todas las más pequeñas partes independientes de la materia existente en el mundo. Y esta última necesidad es la verdadera razón de que no se pueda pensar compuestos sin átomos. Toda realidad compuesta de partes tiene en sí siempre un número determinado y finito, y debe tenerlo, si no se quiere que aparezca la contradicción de lo innumerable numerado. Por tal razón, no sólo el número de giros que la Tierra ha dado hasta el día en derredor del Sol debe ser un número determinado, aunque no asignable, si que también todos los procesos periódicos de la naturaleza deben haber tenido un comienzo, y todas las diferencias, todas las variedades y diversidades de la naturaleza, en su sucesión, deben tener su raíz en un estado idéntico a sí mismo. Y este último puede concebirse sin contradicción, como habiendo existido de toda eternidad; mas esta concepción aún quedaría excluída si el tiempo, en sí mismo, se compusiera de elementos reales y no fuera dividido arbitrariamente por nuestro entendimiento en tanto que éste pone posibilidades ideales. De otro modo se da el contenido real y discreto del tiempo; el tiempo en la medida en que realmente está lleno de sucesos o acaecimientos tales que pueden distinguirse, y las existencias que se colocan en el tiempo, por lo mismo que son distintas, son susceptibles de ser numeradas. Pensemos un estado sin cambio, y que en su perfecta identidad consigo mismo no ofrece ninguna diferencia, ninguna sucesión: el concepto más restringido del tiempo deviene en tal caso la idea más general del ser. Imposible formarse idea de la acumulación de una duración vacia».
Así habla el Sr. Dühring, y no se crea por esto está medianamente edificado por la importancia de sus descubrimientos, pues espera que «al menos no se les considere como verdades sin importancia»; y más tarde añade «que se recuerde el método sumamente sencillo por el cual nosotros hemos dado a los conceptos de infinito, y a su crítica, un alcance hasta aquí desconocido... purificación y profundidad de conceptos que dan al presente un sentido tan sencillo a los elementos del tiempo y del espacio universales».
¡Nosotros hemos dado! ¡Purificación y profundidad que datan del presente! Pero ¿quién somos nosotros? ¿Cuál es este presente? ¿Quién ha profundizado y purificado?
Tesis: El mundo ha tenido un comienzo en el tiempo, y en cuanto al espacio, está igualmente contenido dentro de sus límites.
Prueba: admítase, en efecto, que el mundo no ha tenido comienzo en el tiempo; a cada momento dado del tiempo, una eternidad ha transcurrido, y al mismo tiempo, una serie infinita de estados sucesivos de cosas en el mundo. Pero la infinidad de una serie consiste precisamente en esto, en que nunca puede ser acabada por una síntesis sucesiva. Una serie del mundo infinito y parado es, pues, imposible y, en consecuencia, un comienzo del mundo es una condición necesaria de su existencia: que es cuanto nos proponíamos demostrar.
«Desde el segundo punto de vista, admitiendo de nuevo la tesis contraria, el mundo será un todo dado e infinito de objetos existentes simultáneamente. Entonces no podemos pensar la magnitud de una cantidad que no se da a la intuición con límites determinados, sino por la síntesis de las partes y la totalidad de tal cantidad, sino por la síntesis acabada o por la adición repetida de la unidad consigo misma. En consecuencia, para pensar como un todo el mundo que llena todos los espacios, debería considerarse la síntesis sucesiva de las partes de un mundo infinito como acabada, es decir, seria preciso considerar, en la enumeración de todos los objetos coexistentes, como transcurrido un tiempo infinito, lo cual es imposible. De donde resulta que, no puede considerarse un agregado infinito de objetos reales como un todo dado, ni por consiguiente, como simultáneamente dado. Por tanto, un mundo no es infinito en cuanto a su extensión en el espacio, sino contenido en sus límites; segundo punto que había que demostrar.»
Tales proposiciones están copiadas textualmente de un libro muy conocido, cuya primera edición apareció en 1871, y que se titula Crítica de la razón pura, de Manuel Kant, en el cual todo el mundo puede leerlas en la primera parte, sección II, libro II, segundo capítulo, artículo segundo: «Primera antinomía de la razón pura». Pertenece, pues, al Sr. Dühring únicamente la gloria de haber adjuntado a una idea expresada por Kant el nombre de ley del número determinado y descubrir que hubo un tiempo en que todavía no había tiempo, pero en que ya había mundo. En cuanto a todo lo demás, es decir, a todo cuanto en el análisis del Sr. Dühring tiene aún sentido, nosotros es... Manuel Kant, y «hoy» es ya viejo de noventa y cinco años. Cierto, he aquí lo que es «sumamente simple». ¡Y es una cosa admirable ese «alcance hasta hoy desconocido»!
Pero Kant no presenta de ninguna manera la tesis citada como definitivamente fundada por su prueba. Muy al contrario, en la página de enfrente sostiene y prueba lo contrario: que el mundo no tiene comienzo en el tiempo, ni fin en el espacio; y que la antinomía, la contradicción insoluble, consiste en que lo uno puede probarse por lo otro. Gentes ordinarias quizás habrían sentido algunos escrúpulos viendo que un hombre como Kant encontraba en este caso una dificultad insoluble; pero no, nuestro atrevido, fabricando «resultados y teorías enteramente originales» copia, sin entrecomarlo, cuanto puede servirle de la antinomía de Kant, y echa a un lado lo demás.
El problema, en sí mismo, se resuelve muy sencillamente. Desde luego, como indica el mismo sentido de las palabras, la eternidad en el tiempo, la infinitud en el espacio, consiste en no tener fin en ningún sentido, ni por delante, ni por detrás, ni en alto, ni en bajo, ni a la derecha ni a la izquierda. Esta infinidad es cosa distinta de una serie infinita, porque ésta comienza siempre por la unidad, o en un primer miembro. La representación de serie es inaplicable a nuestro objeto, como se ve al punto que se aplica al espacio. La serie infinita, traducida especialmente, es la línea que va al infinito a partir de un punto determinado en una dirección determinada; ahora bien ¿expresa eso, en alguna manera, la infinidad del espacio? Muy al contrario, basta tirar seis líneas a partir de un punto único en tres direcciones divergentes, para comprender las dimensiones del espacio y tendremos de este modo seis de esas dimensiones. Kant lo vió tan bien que no transportó su serie numérica al mundo espacial sino indirectamente, por cierto sesgo. Por lo contrario, el Sr. Dühring, nos fuerza a admitir seis dimensiones en el espacio y al punto no encuentra bastantes palabras para expresar su indignación contra el misticismo matemático de Gauss que no quería contentarse con las tres dimensiones ordinarias del espacio[3].
Aplicada al tiempo, la línea o serie infinita de unidades en dos direcciones, tiene una cierta significación metafórica. Pero, si nos representamos el tiempo como una magnitud, contada a partir de la unidad o como una línea tirada a partir de un punto determinado, decimos por eso mismo que el tiempo ha tenido un comienzo: suponemos precisamente lo que sería menester demostrar. Así damos a la infinitud del tiempo el carácter de una infinitud unilateral, de una semi-infinidad; ahora, esto es una contradicción en sí y, precisamente, lo contrario de «una infinidad pensada sin contradicción». Y no podemos salir de tal contradicción sino admitiendo que la unidad de que partimos para contar la serie, o el punto a partir del cual comenzamos a medir la línea, son una unidad arbitrariamente elegida en la serie, o un punto cualquiera de la línea, tales que sea indiferente para la línea o para la serie saber dónde empieza. Y la contradicción, que consiste en «enumerar una serie numérica infinita». Estaremos en condiciones de examinar más de cerca, semejante contradicción cuando el Sr. Dühring haya realizado ante nosotros el prodigio de enumerarla. Cuando haya logrado contar -∞ (menos infinito) hasta cero, entonces podrá volver, porque está muy claro que, comience donde se quiera, dejará tras sí una serie infinita, y con esta serie el problema que debía resolver. Invierta solamente su propia serie infinita 1+2+3+4 o trate, comenzando por el fin infinito, de contar hasta uno, evidentemente es la tentativa de un hombre que no ve nada de lo que constituye la cuestión. ¡Más aún! cuando el señor Dühring afirma que la serie infinita del tiempo transcurrido es enumerada, afirma al propio tiempo que el tiempo tiene un comienzo, porque sin eso no podría de ninguna manera comenzar a «enumerar.» Por tanto, pues, introduce subrepticiamente como postulado cuanto es preciso demostrar. La idea de la serie infinita numerada, dicho de otro modo, la «ley universal del número determinado», de Dühring es, pues, una contradiction in objeto, implica una contradicción, y una contradicción absurda.
La cosa es muy clara: una infinitud que tiene un fin sin tener comienzo, no es más ni menos infinita que la infinitud que tiene un comienzo sin tener fin. El menor sentido dialéctico habría debido hacer comprender al señor Dühring que, comienzo y fin son dos cosas necesariamente unidas como el polo norte y el polo sur, y que si se suprime el fin, el principio es quien deviene fin; el único fin de la serie, y recíprocamente. Semejante confusión sería imposible sin el hábito que tienen los matemáticos de operar con series infinitas. Como en matemáticas es menester de lo determinado, de lo finito, para llegar a lo indeterminado, a lo infinito, preciso es que todas las series matemáticas, positivas o negativas, comiencen en la unidad, sin lo cual es imposible calcular con series. Pero la necesidad subjetiva del matemático está muy lejos de ser una ley que obligue al mundo real.
Además, el Sr. Dühring no llegará nunca a pensar la infinitud real sin contradicción. La infinitud es una contradicción y está llena de contradicciones. Ya es contradictorio que una infinitud esté formada de cantidades finitas, y sin embargo ése es el caso. Admitir que el mundo material tiene límites, no es exponerse menos a las contradicciones que admitir que es ilimitada; y toda tentativa para esquivar semejantes contradicciones, conduce, ya lo hemos visto, a nuevas y peores contradicciones; precisamente porque la infinitud es una contradicción, es un proceso infinito que se desarrolla sin fin en el tiempo y en el espacio. La supresión de la contradicción sería el fin de la infinitud. Ya lo había visto muy bien Hegel, y por eso trata con merecido desprecio a los personajes que rumian tal contradicción.
Continuemos. El tiempo ha tenido un comienzo, ¿qué habrá antes de tal comienzo? El mundo que se hallaba en un estado idéntico a sí mismo e invariable. Y como en ese estado no había cambio alguno para sucederse los unos a los otros, el concepto más estricto de tiempo se transforma en la idea más general del ser (!). Desde luego no es enteramente indiferente saber qué conceptos se transforman en la cabeza del Sr. Dühring: mas no se trata del concepto del tiempo sino del tiempo real, del cual no se desembarazará el Sr. Dühring tan fácilmente. En segundo lugar, que el concepto de tiempo se transforme en la idea más general de ser, eso no nos hace adelantar un paso en la cuestión, porque las formas esenciales de todo ser son el espacio y el tiempo y un ser fuera del tiempo es un absurdo tan grande como fuera del espacio.
El ser de Hegel, cuyo pasado se ha desenvuelto de un modo intemporal (das zeitlos vergangue Sein) y el «ser inmemorial» neo-schellinguiano ('das nuvordenkliche Sein) son ideas racionales cuando se las compara a la idea de ese ser fuera del tiempo. Así, el Sr. Dühring marcha prudentemente en su trabajo: habla claro de un tiempo, pero de un tiempo tal que en el fondo no podría llamarse tiempo, porque el tiempo no se compone de partes reales, y sólo nuestro entendimiento introduce divisiones arbitrarias, porque sólo un tiempo realmente lleno de hechos, susceptible de ser distinguidos, puede ser contado, pues de otro modo no podría descubrirse lo que podría significar la acumulación de una duración vacía. Mas poco importa lo que significa esa acumulación; la cuestión es saber si el mundo, en el estado en que aquí suponemos, atraviesa una duración de tiempo. Ya sabíamos que no se obtiene ningún resultado midiendo semejante duración sin contenido, lo mismo que tomando medidas sin objeto y sin finalidad en el espacio vacío; y justamente porque es fastidioso el procedimiento, Hegel llama a esta infinitud, la mala infinitud. Pero si el tiempo no fuere distinto e independiente del cambio, no se le podría medir por el cambio, pues en todo caso precisa que el instrumento de medida sea diferente de la cosa que se mide. Y el tiempo en que no se produjesen cambios susceptibles de ser conocidos, está muy lejos de no ser, de no ser ningún tiempo; es más bien el tiempo puro no afecto por mezclas extrañas, y, por consecuencia, el tiempo verdadero, el tiempo como tal. En efecto, cuando queremos comprender la idea de tiempo en toda su pureza, fuera de todas las mezclas extrañas que no le convienen, nos vemos obligados a apartar como extraños todos los acaecimientos diversos que se producen simultánea y sucesivamente en el tiempo y a representarnos de ese modo un tiempo en que nada acontece. Y no por eso hemos hecho desaparecer, en modo alguno, la idea del tiempo en la idea general del ser; al contrario, sólo por esto hemos llegado a la idea pura del tiempo.
Pero todas estas contradicciones y estas imposibilidades no son sino simples bagatelas al lado de la caótica confusión en que se mete el Sr. Dühring con su «estado primitivo del mundo idéntico a sí mismo». Porque si el mundo ha sido por siempre en un estado tal, que en él no se producía absolutamente ningun cambio, ¿cómo de semejante estado ha podido pasar al cambio? Lo que absolutamente no cambia, lo que sobre todo se halla en tal estado de toda eternidad, no puede en manera alguna salir por sí mismo para pasar al estado de movimiento y de cambio. Es preciso, pues, que de fuera, de fuera del mundo, haya venido un primer impulso que lo pusiese en movimiento. Y como se sabe, el «primer impulso» no es sino otro nombre de Dios. Este Dios y este más allá que el Sr. Dühring pretendía haber eliminado tan bien en su «esquematismo del universo», los reintroduce, reacabados y profundizados, en su filosofía de la naturaleza.
Pasemos. El Sr. Dühring dice: Cuando una magnitud pertenece a un elemento permanente del ser, permanece invariable en su cantidad determinada. Esto es verdad... de la materia y de la fuerza mecánica[4]. La primera proporción nos muestra, sea dicho de paso, un precioso ejemplo de la grandilocuencia axiomática y tautológica del Sr. Dühring. Cuando una magnitud no cambia, permanece idéntica; así la cantidad de fuerza mecánica que existe en el universo, permanece eternamente la misma. Pasemos sobre el hecho de que en la medida en que esto es exacto, ha sido sabido y dicho por Descartes hace ya cerca de tres siglos, que en las ciencias de la naturaleza la teoría de la conservación de la ciencia se difunde por todas partes hace veinte años y que, por último, el Sr. Dühring, limitándola a la fuerza mecánica, está muy lejos de perfeccionarla. Pero ¿dónde estaba la fuerza mecánica en el tiempo de ese estado sin cambio? A esta cuestión, el Sr. Dühring rehusa obstinadamente contestar.
¿Dónde, Sr. Dühring, se encontraba entonces esa fuerza mecánica que eternamente permanece igual a sí misma, y qué hacía? Contestación: «El estado primitivo del universo, o más precisamente de una materia invariable, no comprendiendo cambios de estado acumulados en el tiempo, es una cuestión que no puede ser derivada sino por una inteligencia que ve en la auto-mutilación de su fuerza de generación la suprema sabiduría.» (¡!)
Así, pues, o bien aceptaréis a cierraojos mi «estado primitivo invariable, o bien yo, el prolífico Sr. Dühring, diré que sois eunucos intelectuales». Esta amenaza puede horrorizar a muchas gentes, pero nosotros, que hemos visto ya algunos ejemplos de la virtud prolífica del señor Dühring, nos permitimos dejar sin más contestación esa elegante injuria para volver a preguntarle: pero señor Dühring, si hacéis el favor, ¿qué es lo que ocurre con la fuerza mecánica?
El Sr. Dühring se queda inmediatamente perplejo. Sin duda, balbucea la identidad absoluta de este estado-límite primitivo, no ofrece, en sí misma, principio de movimiento. «Por tanto, recordamos que lo propio acontece en el fondo para cada anillo nuevo, por pequeño que sea, de esa cadena de la existencia que conocemos. Quien quiera, pues, suscitar dificultades, en el caso fundamental propuesto, debe apercibirse para no ahorrárselas en circunstancias menos aparentes. Además, es posible intercalar estados intermedios en gradación progresiva, y de este modo volver a descender, por el puente de la continuidad, hasta la extinción de la sucesión de los fenómenos. Sin duda, ateniéndose a las ideas consideradas en sí mismas, semejante continuidad no nos permite superar la idea primitiva y esencial; pero para nosotros es la forma misma de todo orden necesario y de todos los tránsitos que no son conocidos; de suerte, que tenemos derecho a utilizarla también como intermedio entre el equilibrio primero y la ruptura de ese equilibrio. Pero si pensamos ese equilibrio, por decirlo así, inmóvil (!¡), según las ideas admitidas al presente sin gran dificultad (¡!) en la mecánica, sería enteramente imposible decir cómo la materia ha podido alcanzar el cambio. Además de la mecánica de las masas habría aún una transformación del movimiento de las masas en movimiento de partes muy pequeñas; pero en cuanto a saber cómo se produce tal transformación, «no tenemos todavía a nuestra disposición principio general y no hay por qué maravillarse, pues, si estos fenómenos se pierden algo en la oscuridad.»
He ahí lo que el Sr. Dühring tiene que decirnos. Y ciertamente sería menester ver, no solamente en la automutilación de nuestra fuerza de generación sino en la fe ciega del carbonero la suprema sabiduría para contentarnos con semejantes frases y fuegos fatuos, verdaderamente lamentables. Ya lo reconoce el propio Sr. Dühring; la identidad absoluta no puede cambiar el equilibrio absoluto por sí mismo, no tiene medio alguno para pasar al movimiento. ¿Qué sucede, pues? Tres malas defecciones.
Primeramente, se nos dice cuán difícil es mostrar el tránsito de cualquier minúsculo eslabón al que le sigue, en la cadena bien conocida de la existencia. Como se ve, el Sr. Dühring toma a sus lectores por chicos de teta—mostrar las relaciones de los más minúsculos anillos de la cadena de la existencia y el paso de uno a otro, constituye precisamente la obra de las ciencias de la naturaleza—y oyendo campanas sin saber dónde, nadie, ni aun el Sr. Dühring, piensa en explicar el movimiento observado por la nada, sino por la transmisión, la transformación o propagación del movimiento precedente. Mas en este caso se trata, en opinión del propio Sr. Dühring, de hacer surgir el movimiento de la inmovilidad y, por consecuencia, de la nada.
En segundo lugar, tenemos «el puente de la continuidad». Sin duda, desde el punto de vista puramente conceptual, la dificultad no está resuelta; pero, sin embargo, tenemos derecho para utilizar la continuidad como intermedio entre la inmovilidad y el movimiento. Por desgracia, la continuidad de la inmovilidad consiste en no moverse; cómo, pues, se puede hacer movimiento de lo continuidad, es un misterio impenetrable, y aun cuando el Sr. Dühring dividiese su paso de la nada de movimiento al movimiento universal en una infinidad de partes pequeñas, y aun cuando atribuyese a tal paso una duración tan larga como quisiera, no habríamos adelantado una diezmilésima de milímetro. De nada, no podemos llegar a algo sin un acto creador, aunque este algo fuese tan pequeño como una diferencia matemática. El puente de la continuidad, no es, pues, ni aun un puente de los asnos: sólo el Sr. Dühring puede pasarlo.
Tercero. En tanto quiera la mecánica actual—y ésta, según el Sr. Dühring, es uno de los factores esenciales de la formación intelectual—será enteramente imposible decir cómo se puede pasar de la inmovilidad al movimiento. Pero, la teoría mecánica del calor nos muestra el movimiento de masas transformándose en movimiento molecular en ciertas circunstancias (por tanto, aquí también el movimiento deriva de otro movimiento, jamás de la inmovilidad): he aquí quizás, insinúa tímidamente el señor Dühring, lo que podría ofrecer un tránsito entre lo rigurosamente estático, es decir, en equilibrio, y lo dinámico, es decir, en movimiento. Pero todos estos fenómenos se pierden algo en la oscuridad, y en la oscuridad nos deja el Sr. Dühring.
He aquí adónde hemos llegado a fuerza de «profundizar» y de «purificar»; nos hemos metido siempre más profundamente en un absurdo cada vez más puro, para llegar «a la oscuridad». Mas esto no molesta al Sr. Dühring; en la página siguiente tiene el valor de afirmar que él ha «llenado con un contenido real, inmediatamente sacado de la relación de la materia y de las fuerzas mecánicas, el concepto de la permanencia idéntica a sí misma». ¡Y este hombre trata de «charlatanes» a las gentes!
Felizmente, en medio de estos errores y de esta confusión enmarañada «en la oscuridad», tenemos un consuelo, y un consuelo suficiente para enardecer nuestros corazones: «La matemática de los habitantes de otros cuerpos celestes no puede fundarse en otros axiomas que la nuestra.»