Anti-Dühring/Primera Parte/VII
VII
FILOSOFÍA DE LA NATURALEZA.—EL MUNDO ORGÁNICO
«De la mecánica de la presión y del choque, hasta la unión de sensaciones e ideas, existe una escala única y homogénea de grados intermedios.» Con esta afirmación el Sr. Dürhing se ahorra el trabajo de hablar del origen, bien que haya derecho a esperar de un pensador que se ha remontado en la evolución universal hasta el estado idéntico a sí mismo, y a quien le son tan familiares los demás astros el que esté exactamente informado acerca del asunto. Además, tal afirmación sólo es exacta a medias, en tanto no se completa por la línea nodal de relaciones de medida de Hegel, de que ya hemos hablado. Sea cual fuere la continuidad progresiva, el paso de una forma de movimiento a otra, siempre hay un salto, una transición decisiva. Así, el paso de la mecánica de los cuerpos celestes a la de las pequeñas masas materiales en un planeta determinado, lo mismo que el paso de la mecánica de las masas a la de las moléculas, incluyendo los movimientos estudiados en la física propiamente dicha—calor, luz, electricidad, magnetismo—, que el paso de la física de las moléculas a la física de los átomos—a la quimica—se efectúa por un salto muy preciso, y ese es también el caso para el paso de la química ordinaria al quimismo de la albúmina, que no otra cosa es si no la vida. En el mundo de la vida los saltos devienen cada vez más raros e insensibles.
Aquí también Hegel tiene que corregir al Sr. Dürhing. El tránsito ideal al mundo orgánico se opera en el señor Dürhing por virtud del concepto de finalidad—y esto también está tomado de Hegel, que en su Lógica (teoría del concepto) pasa por medio de la teleología o teoría del fin, del mundo físico-químico a la vida. Desde cualquier punto que miremos, nos tropezamos en el señor Dürhing, con una «grosería hegeliana» que él nos sirve sin molestarse, por su propia y profunda ciencia. Nos llevaría muy lejos, el investigar ahora en qué medida es legítimo y oportuno aplicar las ideas de medio y de fin al mundo orgánico. De todas maneras, la aplicación misma de la idea hegeliana del «fin interno», es decir, de un fin que no se introduce en la naturaleza por un ser exterior que obra con intención (por ejemplo, la sabiduría de la Providencia), sino que es inmanente a la cosa misma y a su desenvolvimiento necesario, conduce a las gentes, que no tienen una cultura filosófica completa, al supuesto irreflexivo de una acción conciente e intencional. El mismo Sr. Dürhing, a quien la menor veleidad espiritista en otro pone en una indignación moral sin límites, nos asegura, sin vacilar, que «las sensaciones del instinto han sido creadas, sobre todo, en vista de la satisfacción que va unida a su función» y nos cuenta que la pobre naturaleza «debe sin cesar restablecer y mantener el orden en el mundo objetivo» y esto en más de una circunstancia «exige de parte de la naturaleza más sutileza de cuanto se acostumbra a concedérsele». Mas no sólo la naturaleza sabe porque crea esto o lo otro, no sólo necesita librarse del menester de una servidora, no sólo tiene sutileza—lo cual, sin embargo, es ya un lindísimo perfeccionamiento para un pensamiento conciente y subconciente—sino que por cima de todo eso tiene también una voluntad, porque si el instinto cumple, además de su propio fin, condiciones que pone la naturaleza (nutrición, reproducción, etc.), estas funciones complementarias «no deben considerarse como directas, sino indirectamente queridas». Y henos aquí habiendo llegado a una naturaleza cuyo pensamiento y acción son concientes, henos ya sobre el puente que conduce, no ciertamente de lo estático a lo dinámico, sino del panteísmo al deísmo. ¿O se complacerá él Sr. Dürhing en la «poesía bastarda de la filosofía de la naturaleza?
No, no es posible, porque todo cuanto nos dice nuestro filósofo de la realidad de la naturaleza orgánica se reduce a luchar, precisamente, contra «esta poesía bastarda de la filosofía de la naturaleza», contra «el charlatanismo de estos atontamientos superficiales» y «mixtificaciones científicas», contra las «fantasías» del Darwinismo.
Ante todo el Sr. Dühring reprocha a Darwin el haber transportado la teoría de la población de Malthus del terreno de la economía política al de las ciencias naturales, el haber sido juguete de los métodos de los criadores y el haber hecho una poesía bastarda y anticientífica con la lucha por la existencia: todo el darwinismo, si se exceptúa los hechos que toma de Lamarck, no es más que una fantasía brutal dirigida contra el sentimiento de humanidad.
Darwin había sacado de sus viajes científicos la idea de que las especies vegetales y animales, lejos de ser permanentes, se transforman. Para desarrollar esta idea, una vez vuelto a su casa, el campo más favorable que se le ofrecía era el de la cría de animales y plantas. Ahora bien; Inglaterra precisamente es la tierra clásica de la cría; los resultados obtenidos en otros países, por ejemplo, Alemania, no permiten formarse una idea ni aun lejana, de las maravillas realizadas en Inglaterra en este punto. Además, los mayores éxitos datan de los cien años últimos, de suerte que, la constatación de los hechos ofrece pocas dificultades. Darwin descubrió, pues, que la crianza había creado artificialmente, en animales y plantas de una misma especie, diferencias mayores que cuantas se encuentran entre especies que todo el mundo reconoce como distintas. De este modo, se probaba de una parte la variabilidad de las especies, dentro de ciertos límites y, de otra, la posibilidad de la existencia de antepasados comunes para organismos que difieren por sus caracteres específicos. Darwin investigó entonces si no podían hallarse en la naturaleza, causas que, sin la intención conciente del criador, condujeran sin embargo, a la larga, en los organismos vivos, a cambios semejantes a cuantos produce la cría artificial, y descubrió dicha causa en la desproporción entre el formidable número de gérmenes como crea la naturaleza y el reducido número de organismos verdaderos que llegan a la madurez. Pero como cada germen tiende a desarrollarse, de aquí resulta necesariamente una lucha por la existencia que se manifiesta no sólo como lucha directa, corporal, seguida de destrucción, si que también aun en las plantas, como lucha por el terreno y por la luz. Y es evidente que en esta lucha los individuos que cuenten con mayores probabilidades para llegar a la madurez y reproducirse, serán los que poseerán alguna particularidad individual, por insignificante que sea, ventajosa en la lucha por la existencia. De donde resulta que tales particularidades individuales tienden a transmitirse hereditariamente y si se encuentran en muchos individuos de la misma especie a acentuarse por herencia múltiple en su dirección primera; mientras que los individuos que no poseen tales particularidades, sucumben más fácilmente en la lucha por la existencia, y poco a poco desaparecen. De esta manera, una especie se transforma por la selección natural, por la supervivencia del más apto.
He aquí ahora lo que dice el señor Dühring contra la teoría de Darwin. El origen de la idea de la lucha por la existencia, como Darwin mismo ha reconocido, es una generalización de las ideas del economista Malthus, autor de la teoría de la población, y por consecuencia, está manchado por todos los vicios propios de las ideas clericales de Malthus acerca del incremento y la plétora de la población. Pues bien; Darwin nunca tuvo idea de declarar que el origen de la idea de la lucha por la existencia debe buscarse en Malthus; dice solamente que su teoría de la lucha por la vida es la teoría de Malthus aplicada al mundo animal y vegetal enteros. Por tanto, cualquier error que haya cometido Darwin, al aceptar cándida e inconsideradamente la teoría malthusiana, se ve inmediatamente que no hay necesidad de usar los anteojos de Malthus para darse cuenta de la lucha por la vida en la naturaleza—el contraste entre la muchedumbre innumerable de gérmenes como ésta engendra en su prodigalidad y el corto número de los que pueden llegar a madurez—contraste de hecho que se resuelve en su mayor parte en una lucha por la existencia; lucha, en ciertos lugares, sumamente cruel. Y lo mismo que la ley del salario de Ricardo ha conservado su valor mucho tiempo después de que se olvidasen los argumentos de Malthus, en que asimismo la fundara, la lucha por la existencia puede reinar en la naturaleza, aun sin ninguna intepretación malthusiana. Además, los organismos naturales también tienen sus leyes de población, que no han sido, por decirlo así, investigadas y que serían, sin embargo, de una capital importancia para la teoría de la evolución de las especies. Pero ¿quién en tal dirección dió impulso tan decisivo? Nadie más que Darwin.
El señor Dühring se guarda muy bien de abordar este aspecto positivo del problema y se contenta con reprochar sin tregua a Darwin su teoría de la lucha por la vida.
En su opinión, no puede haber cuestión respecto a una lucha por la existencia entre las plantas inconcientes y los vegetarianos sentimentales, pues «en el preciso sentido de los términos, la lucha por la vida no se da sino en el reino de la brutalidad y en aquella medida en que se alimentan los seres cogiendo su presa por la fuerza y devorándola». Y una vez reducida a tan estrechos límites la idea de la lucha por la vida, da rienda suelta a su indignación contra la brutalidad de semejante idea, que él mismo redujo artificialmente a la brutalidad. Pero tal indignación moral, no tiene valor sino para el mismo señor Dühring, único autor de la lucha por la existencia en tan restringido sentido, pues sólo él es responsable de ella. No es, pues, Darwin «quien busca en el mundo de las bestias carniceras las leyes y la inteligencia de toda acción en la naturaleza» (porque Darwin, por lo contrario, ha sometido toda la naturaleza orgánica á esa ley de la lucha), ese es un fantasma imaginado por el señor Dühring.
Las palabras «lucha por la vida» pueden abandonarse a la cólera ultra-moral del señor Dühring; pero que la cosa existe aun entre las plantas, puede probarlo cada prado, cada trigal y cada bosque. Y lo importante no es el nombre, no es que se hable de «lucha por la vida» o de «falta de condiciones de vida» y de «acciones mecánicas», sino el conocer la acción de tal hecho en la conservación y en la variación de las especies. En este punto, el señor Dühring se obstina en quedar en silencio «idéntico a sí mismo». Por tanto, pues, atengámonos a eso por el momento, en cuanto concierne a la selección natural.
Mas el darwinismo «saca de la nada sus metamorfosis y sus diferencias». Verdad es que Darwin, cuando trata de la selección natural, prescinde de las causas que produjeron esas transformaciones en los individuos, considerados como tales, y muestra desde luego de qué modo esas desviaciones individuales devienen poco a poco características de una raza, de una variedad o de una especie. Y es que, ante todo, para Darwin, se trata más de investigar las causas (por el momento aún enteramente desconocidas o que no pueden señalarse sino en conjunto) que de establecer las formas racionales en que ejercen su acción y una acción durable. Sin duda, Darwin atribuye a su descubrimiento un campo de aplicación muy extenso, y hace la causa exclusiva de las variaciones de las especies, y preocupado del modo en que se generalizan las variaciones individuales repetidas, se ha olvidado de las causas que las producen: es este un error común a la mayor parte de los hombres que realizan un verdadero progreso. Además, como Darwin saca de la nada las variaciones individuales, invocando exclusivamente «la sabiduría del criador», menester es que el criador saque igualmente de la nada las metamorfosis de las formas animales y vegetales, metamorfosis que no están solamente en la mente, sino que se cumplen en la realidad. Todo esto es cierto, ¿pero quién dió impulso a las investigaciones acerca del origen de esta metamorfosis y de sus diferencias? Nadie más que Darwin.
Recientemente se ha ampliado la idea de la selección natural, particularmente por Haeckel, y la variación de las especies se ha concebido como el resultado de la recíproca acción de la adaptación y de la herencia, siendo la adaptación en su proceso lo que transforma y la herencia lo que conserva. Pero esto no conviene al señor Dühring: «La adaptación verdadera a las condiciones de vida ofrecidas o negadas por la naturaleza, supone tendencias y actividades determinadas por representaciones. De no ser así, la adaptación es sólo aparente y la causalidad que determina el fenómeno no se eleva por cima de los grados inferiores del mundo de la física, de la química y de la fisiología vegetal.» También en tal caso el nombre escandaliza al señor Dühring; pero sea cualquiera el apelativo que dé al fenómeno, la cuestión es saber si tales fenómenos conducen o no a variaciones en las especies de los seres orgánicos. Tampoco ahora el Sr. Dühring da contestación alguna.
«Cuando una planta al crecer tiende en dirección al punto en que hay más luz, tal excitación no es sino la combinación de fuerzas físicas y de acciones químicas: y si se pretende hablar seriamente de adaptación, y no por metáfora, no se hace más que introducir en los conceptos una confusión espiritista.» ¡Tan severo se muestra para los demás quien sabe muy exactamente que voluntad anima a la naturaleza cuando hace esto o lo otro, quien habla de la sutileza de la naturaleza, y aun de su voluntad! Confusión espiritista hay, en efecto; pero ¿en quién, en Haeckel o en Dühring?
Confusión lógica también y no solamente espiritista. Ya hemos visto que el Sr. Dühring hace todos los esfuerzos imaginables para que prevalezca en la naturaleza la idea de fin. «La relación de medio a fin no supone en modo alguno una intención conciente.» ¿Pero que es esa adaptación sin intención conciente, sin la mediación de las representaciones, contra la cual protesta tan enérgico, sino una actividad inconciente y teleológica?
En tanto, pues, las ranas que viven en los árboles y los insectos que se alimentan de verdura, tienen un color verde; las fieras del desierto presentan el color amarillo de la arena; los animales de las comarcas polares, comúnmente el blanco color de la nieve y, es bien cierto, no adquirieron esos colores intencionadamente o dirigidos por alguna idea; muy al contrario, esos colores no se explican sino por fuerzas físicas y acciones químicas. Y, sin embargo, innegablemente esos animales, por sus colores, están adaptados al medio en que viven, y esto conforme a un fin, pues de esa manera están mucho menos expuestos a la vista de sus enemigos. Asimismo, los órganos, con ayuda de los cuales ciertas plantas atrapan y devoran los insectos que posan en ellas, están adaptados a esa función, y aun de un modo muy conveniente para su fin. El Sr. Dühring pretende que la adaptación debe producirse siempre por representaciones y se limita a decir en otros términos, que la actividad teleológica debe también ser dirigida por representaciones, ser conciente, intencional. Pero entonces henos conducidos, como es lo ordinario en la filosofía de la realidad, al Creador, a la actividad finalista, a Dios. «En otro tiempo, dice en cierto pasaje el Sr. Dühring, se llamaba a este expediente deísmo y se le tenía en mediocre estima; pero después parece que en este punto también ha habido un retroceso.»
Pasemos de la adaptación a la herencia. También en esto el darwinismo, según el Sr. Dühring, se extravia enteramente. Darwin diría que todo el mundo orgánico desciende de un ser primitivo, que es, por decirlo así, la descendencia de un ser único; según él, no habría coexistencia de productos de la naturaleza independientes, de igual especie, sin mediación de la descendencia; habría llegado, pues, en su mirada al pasado a agotar todos sus medios, en el punto en que la cadena de la generación y de la reproducción, en general, se rompe en sus manos.
Mas la afirmación de que Darwin deriva todos los organismos actuales de un ser primitivo único, no es sino «una libre creación e imaginación» del Sr. Dühring, para expresarnos cortésmente. Darwin sostiene expresamente en la penúltima página del Origen de las especies (6.ª edición) que considera todos los seres, no como creaciones especiales, sino como los descendientes en linea directa de un corto número de seres.» Haeckel va todavía mucho más lejos, pues admite una matriz absolutamente independiente para el reino vegetal y otra para el reino animal; y entre ambos reinos «un cierto número de matrices de protistas aisladas, cada una de las cuales se desarrolla de una manera enteramente independiente, a partir de un tipo particular de moneras arquigónicas. El Sr. Dühring no ha imaginado ese «ser primitivo sino para desacreditarlo, lo más posible, comparándole con Adán, a quien llama lindamente el «Judío primitivo»; pero por desgracia se encuentra—hablo del Sr. Dühring—con que los descubrimientos asiriológicos de Smith han mostrado en ese «Judío primitivo» un Semita primitivo, y han revelado que toda la historia de la creación y del diluvio, en la Biblia, no es sino un episodio del cicio de los mitos religiosos paganos, común a Judíos y a Babilonios, a Caldeos y a Asirios.
Cierto, es un grave reproche, pero exacto, el que hace a Darwin, de agotar sus argumentos cuando se quiebra en sus manos la cadena de la descendencia de los seres.» Mas, por desgracia, semejante reproche lo merece todo el sistema de nuestra ciencia de la naturaleza, pues no ha logrado hacer que nazcan seres orgánicos fuera de la descendencia, ni llegó todavía a componer simple protoplasma u otros cuerpos albuminoideos con elementos químicos. No puede, pues, decir nada con certeza acerca del origen de la vida, sino que ese origen ha debido ser un proceso químico. ¿Pero quizás la filosofía de la realidad pueda venir en su auxilio, ya que dispone de productos de la naturaleza coexistentes de un modo independiente y que no descienden unos de otros? ¿Será la generación espontánea? Mas hasta ahora los más celosos partidarios de la generación espontánea no pretendieron crear por tal medio sino bacterias, gérmenes de hongos y otros organismos muy sencillos, mas no insectos, peces, aves y mamíferos. Si, pues, «estos productos de la naturaleza» (orgánicos bien entendido, no se trata sino de éstos), no tienen por vínculo la descendencia, menester es que ellos o alguno de sus antepasados hayan sido dados a la luz por un acto de creación particular, en que se rompe la cadena de la descendencia.
Y tenemos de nuevo el Creador, y lo que se llama deísmo.
Más adelante, el Sr. Dühring reprocha a Darwin el haberse mostrado superficial «haciendo del simple acto de combinación sexual de cualidades, el principio fundamental de desarrollo de esas cualidades». Pero esto es una nueva prueba de la libre imaginación de nuestro penetrante filósofo. Muy al contrario, Darwin declara expresamente (página 63) que la expresión de selección natural comprende la conservación de las variaciones, pero no su origen. Si Dühring atribuye a Darwin cosas que éste nunca ha dicho, es para entregarse a reflexiones profundas de este gusto: «Si se hubiese buscado en el esquematismo inmanente a la generación, algún principio de variación independiente, tal pensamiento sería muy racional, porque es una idea enteramente natural referir a la unidad el principio general de la génesis y de la reproducción sexual y concebir, desde un punto de vista superior, lo que se denomina la generación espontánea no como la absoluta antitesis de la reproducción, sino precisamente como una producción.» ¡Y el hombre que pudo escribir este galimatías no vacila en censurar a Hegel por su «jerga»!
Mas hay bastantes lamentaciones y protestas entre dientes y contradictorias, en que el Sr. Dühring da suelta a su cólera por el progreso inmenso que las ciencias naturales deben al impulso de la teoría darwiniana. Ni Darwin ni los naturalistas partidarios de Darwin tratan de disminuir en ninguna manera los grandes méritos de Lamarck; ¿no son ellos quienes los primeros han llamado la atención sobre él? Pero podemos olvidar que en los tiempos de Lamarck la ciencia no disponía, y estaba muy lejos de disponer, de materiales suficientes para responder a la cuestión del origen de las especies de otra manera que por anticipaciones y de un modo, por decirlo así, profético. Sin contar la masa enorme de materiales relativos a la zoología y a la botánica anatómicas y descriptivas que se han reunido después; posteriormente a Lamarck se han visto nacer dos ciencias enteramente nuevas, cuya importancia es decisiva en la materia: la embriología, ciencia de la evolución de los gérmenes vegetales y animales, y la Paleontología, ciencia de los restos orgánicos conservados en las diversas capas de la costra terrestre. Notoriamente existe un acuerdo singular entre la evolución gradual, según la cual devienen organismos adultos los gérmenes orgánicos y la serie de plantas y animales que se han sucedido en la historia de la Tierra. Y precisamente tal coincidencia ha dado a la teoría de la evolución su base más sólida. Pero la teoría de la evolución aún es muy joven y no cabe duda, por consecuencia, que investigaciones ulteriores modifiquen de una manera muy notable las concepciones actuales, aun estrictamente darwinistas, respecto a la forma de la evolución de las especies.
¿Qué nociones positivas nos da la filosofía de la realidad acerca de la evolución de la vida orgánica?
«La... variabilidad de las especies es un supuesto admisible, pero paralelamente hay que admitir «la yuxtaposición de producciones naturales de la misma especie, aunque independientes, sin la mediación de la descendencia.» Según tales palabras, se puede creer que los seres de especies diferentes, es decir, pertenecientes a especies que varían, descienden unos de otros; mientras que los seres de la misma especie no podrían tener entre si vínculos de descendencia. Pero no es enteramente esto, porque, aun en las especies que se modifican, «la descendencia no debe ser, por lo contrario, sino un acto completamente secundario de la naturaleza»: es como si dijéramos una descendencia de segunda clase. Regocijemonos de que la descendencia, después que el Sr. Dühring le ha atribuído tantos desaciertos y oscuridad, sea al fin admitida, sin embargo, a entrar por la puerta trasera. Lo mismo acontece con la selección natural, después de tanta indignación moral contra la lucha por la existencia, que sin embargo es el medio según el cual se cumple la selección natural, se lee de repente: «La razón profunda de la naturaleza de los seres estriba en las con diciones vitales y cósmicas; la selección natural exaltada por Darwin no puede venir sino en segunda línea.» Hay, pues, una selección natural, aunque sea una selección de segunda clase y, por consecuencia, con la selección natural, lucha por la existencia y plétora de población según la fórmula «clerical» de Malthus. Y esto es todo, pues para lo demás el Sr. Dühring nos remite a Lamarck.
Para terminar, nos advierte no empleemos mal las palabras metamorfosis y evolución: la idea de metamorfosis es una idea oscura y no hay que admitir la idea de evolución sino en la medida en que verdaderamente puede probarse la existencia de las leyes de la evolución. A una y a otra, hay que sustituir el término composición y entonces todo marcha bien. En suma, siempre tenemos la misma historia: las cosas quedan como estaban y el señor Dühring se contenta con un cambio de palabras. Hablar de la evolución del pollo en el huevo, es una confusión, porque no conocemos sino incompletamente las leyes de la evolución; pero si hablamos de «composición», todo se aclara. Nunca más diremos, pues; «el niño se desarrolla de una manera magnífica», sino «el niño se compone excelentemente.» Podemos felicitar al Sr. Dühring de que, no contento con igualar al autor de los Nibelungos del Rhin, en la notable adoración de sí mismo, no se queda atrás en tanto que compositor del porvenir.