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Anti-Dühring/Primera Parte/VIII

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VIII
FILOSOFÍA DE LA NATURALEZA.—EL MUNDO ORGÁNICO (Fin)

«Reflexiónese en todos los conocimientos científicos positivos que supone nuestro capítulo sobre la filosofía de la naturaleza. Por primer fundamento os dan todos los resultados adquiridos de la matemática; después los principios esenciales establecidos por las ciencias exactas, física, química y, en general, los descubrimientos de las ciencias de la naturaleza, fisiología, zoología y otros dominios del saber.»

El Sr. Dühring juzga con esta confianza y esta firmeza la ciencia matemática del Sr. Dühring y su erudición en las ciencias naturales. Y, sin embargo, viendo tan reducido capítulo y más aún sus reducidos resultados, se dudaría de que oculten tantos conocimientos positivos y profundos. Por lo demás, no era menester, para obtener los oráculos que pronuncia el Sr. Dühring en física y en química, de otro conocimiento en física que el de la ecuación que expresa el equivalente mecánico del calor, ni de otro conocimiento en química que el del hecho de que todos los cuerpos se dividen en elementos y compuestos de elementos. Ahora, quien habla como el Sr. Dühring, página 131, de la gravitación de los átomos prueba solamente que no ha comprendido bien la diferencia que existe entre átomo y molécula. Ya se sabe que no hay átomos para la gravitación o para cualquier otra forma de movimiento mecánico o físico, sino únicamente para la acción química.

Y cuando se llega a leer el capítulo sobre la naturaleza orgánica, cuando se lee esa palabrería vacia, contradictoria, estúpida y solemne en los momentos decisivos, y se da uno cuenta del resultado final, que es la nada absoluta, no puede menos de pensarse que el Sr. Dühring habla de cosas que conoce rematadamente mal. Y esa idea se afirma cuando se ve proponer la sustitución en la teoría del ser orgánico (Biología) de la palabra composición por la de evolución. Enunciar semejante proposición es probar que no se tiene la menor sospecha de la formación de los cuerpos orgánicos.

Todos los cuerpos orgánicos, con excepción de los que se encuentran en lo mas bajo de la escala, se componen de células, es decir, de pequeñas masas albuminoideas—visibles solamente con un fuerte aumento—que contienen un núcleo celular. En general, la célula desarrolla también una membrana exterior y su contenido, entonces, es más o menos líquido. Los seres celulares, los menos elevados, se componen de una célula única: la enorme mayoría de los seres orgánicos son pluricelulares, son complejos coherentes de numerosas células que, homogéneas aun en los organismos más inferiores, afectan en los organismos más elevados formas, modos de agrupación y de función cada vez más diferenciados. En el cuerpo humano, por ejemplo, los huesos, los músculos, los nervios, los tendones, los ligamentos, los cartilagos, la piel, en una palabra, todos los tejidos tienen por elemento la célula, o al menos por origen. Pero, en todos los seres orgánicos celulares, desde la amiba—que es un simple grumo albuminoide, las más de las veces sin cubierta, con un núcleo interior—, hasta al hombre; y desde la más pequeña Desmidiacea unicelular hasta la planta más elevada, las células tienen una sola manera de multiplicarse: la división. El núcleo celular se estrangula primero, en su parte media; la estrangulación que separa ambas partes abultadas del núcleo, deviene cada vez más delgada y, al fin, se separan y forman dos núcleos celulares. El mismo proceso se cumple en la célula misma: cada uno de los dos núcleos deviene al centro de un agregado de materia celular unido a otro agregado por una estrangulación que se adelgaza cada vez más, hasta que se separan y siguen viviendo como dos células independientes. Por medio de tales repetidas divisiones, el germen del huevo animal deviene poco a poco el animal adulto entero, después de la fecundación; y en el animal adulto la restauración de los tejidos gastados no se cumple de otro modo. Ahora, llamar a semejante fenómeno «composición» y tratar como cosa de pura imaginación la denominación de «evolución», es seguramente el acto de un hombre que (apenas es creíble al presente) ignora enteramente dicho fenómeno, porque, en el sentido propio del término, en tal caso existe evolución, pero composición ni soñarlo.

Más adelante tendremos que hablar del sentido general que da el Sr. Dühring a la palabra vida. He aquí lo que él se representa bajo el nombre de vida. «El mundo inorgánico es también un sistema de movimientos que se efectúan por sí mismos, pero no debe comenzarse a hablar de vida propiamente dicha, en el sentido estricto y riguroso del término, sino cuando se presenta una verdadera diferenciación, cuando la circulación de las sustancias se realiza por canales especiales de un punto interior a un esquema de germen transmisible a una forma más pequeña.»

Esta frase en sentido estricto y riguroso es un sistema de movimientos (¡Dios mío! ¡qué es todo esto!) de inepcia efectuados por sí mismos, sin hablar del caos gramatical que reina en todo ello. Si la vida no comienza sino con la diferenciación propiamente dicha, menester es que coloquemos en el reino de la muerte todos los protistas de Haeckel y quizás mucho más aún, según el sentido que se asocia a la idea de diferenciación. Si la vida no comienza allí donde esta diferenciación es transmisible por medio de un germen más pequeño al menos, todos los organismos, remontándonos hasta los seres unicelulares, incluso estos últimos, no son vivos. Si la característica de la vida es la circulación de las sustancias por medio de canales especiales, precisa borremos de la lista de los seres vivos, además de aquellos seres que acabamos de nombrar, toda clase superior de los Celentereos, excepto las medusas, todos los pólipos y otros fitozoarios. Y, en fin, si la circulación de las sustancias, por canales especiales a partir de un punto interior, es el criterio esencial de la vida, debemos declarar muertos todos los animales que no tienen corazón o que tiene varios, a saber: además de todos los seres citados anteriormente, todos los gusanos, las estrellas de mar y los rotíferos (Annuloida y Annulosa, según la clasificación de Husley) una parte de los crustáceos (cangrejos) y, en fin, aun un vertebrado, el Anfioxus; sin contar todo el reino vegetal.

Cuando, pues, el Sr. Dühring trata de caracterizar la vida propiamente dicha, en el sentido estricto y riguroso del término, da de la vida cuatro criterios enteramente contradictorios, de los cuales uno condena a muerte eterna, no solamente a todo el reino vegetal, si que también a la mitad, próximamente, del reino animal. Después de esto, verdaderamente no podremos decir nos engañaba cuando nos prometia «resultados enteramente nuevos y concepciones esencialmente originales!»

En otra parte se lee: «Igualmente en la naturaleza todos los organismos, desde el más bajo hasta el más alto, tienen por base un tipo simple» y este tipo puede descubrirse por entero en sus rasgos fundamentales, en el movimiento más secundario de «la planta menos perfecta». También esta afirmación es «por entero» una necedad. El tipo más simple que puede descubrirse, en toda la naturaleza orgánica, es la célula, y ciertamente la célula es la base de los organismos más elevados. Y entre los organismos menos elevados se encuentra una porción de seres muy inferiores a la célula: el protoamibo, simple grumo albuminoide sin ninguna diferenciación, todo una serie de móneras y todos los sifonoforos. Todos esos seres nada tienen de común con los organismos superiores, sino que su elemento fundamental lo constituye la albúmina y, en consecuencia, cumplen las funciones de la albúmina, es decir, viven y mueren.

El Sr. Dühring nos cuenta también: Fisiológicamente la sensación va ligada a la existencia de un aparato nervioso, por simple que sea. La característica de todos los seres animales es, pues, ser capaces de sensación, es decir, de una percepción subjetiva conciente de sus estados internos. El límite preciso entre la planta y el animal está donde se cumple el salto a la sensación. Y lejos de borrarse por las formaciones intermedias conocidas, dicho límite es necesario para esas formaciones indecisas e indistintas y llega a ser para las mismas una exigencia lógica...» Y más lejos dice: «Las plantas, por lo contrario, están, absolutamente y para siempre, desprovistas de toda traza de sensación y en sí no contienen las condiciones para la misma.»

Desde luego, Hegel ha dicho en su Filosofía de la Naturaleza que «la sensación es la diferencia específica, el signo absolutamente distintivo del animal»[1]. He aquí, pues, una «grosería de Hegel», que por el hecho sólo de adoptarla el Sr. Dühring, la eleva á la dignidad de verdad definitiva y sin apelación.

En segundo lugar, oímos hablar por primera vez de formaciones intermedias, indecisas e indistintas (¡qué lenguaje!) entre el animal y la planta. Dichas formas intermedias existen, hay organismos que no podemos decir en absoluto si son plantas o animales; no podemos establecer rigurosamente el límite entre la planta y el animal..., todo esto crea en el Sr. Dühring la necesidad lógica de fijar un criterio que al mismo tiempo reconoce es inadmisible! Mas no tenemos necesidad de remontarnos a ese reino obscuro intermedio entre el reino vegetal y el reino animal, ¿puede decirse que las sensitivas, que al menor contacto extienden sus hojas o cierran sus corolas, puede decirse que las plantas insectívoras estén desprovistas de toda sensación y no tengan en sí mismas las condiciones requeridas para ello? El Sr. Dühring mismo no pretendería tal cosa.

En tercer lugar, es pura imaginación del Sr. Dühring el pretender que la sensación está ligada psicológicamente a la existencia de un aparato nervioso cualquiera. No solamente los seres primitivos, sino aun los fitozoarios o al menos la gran mayoría de los mismos, no cuentan con el menor resquicio de aparato nervioso. Sólo a partir de los gusanos se encuentra, y el Sr. Dühring es el primero en pretender que esos animales no tienen sensaciones porque no tienen nervios. La sensación no está unida necesariamente a los nervios, sino a ciertos cuerpos albuminoides que no han sido aún determinados con precisión.

Además, los conocimientos biológicos del Sr. Dühring, quedan suficientemente caracterizados por esta cuestión, que no teme plantear a Darwin. «¿De este modo la planta sería el punto de partida del desarrollo del animal?» Semejante problema no puede plantearse sino por un hombre que nada sabe ni de animales, ni de plantas.

De la vida, en general, el Sr. Dühring nos dice únicamente: «El cambio de sustancias que se cumple mediante un esquematismo plástico y creador (¿qué quiere decir eso, cielos!) es siempre el carácter distintivo del proceso vital propiamente dicho.»

He aquí todo cuanto aprendemos acerca de la vida y nos quedamos metidos hasta las corvas, en este «esquematismo plástico y creador», en el inepto galimatías de la más pura jerga dühringiana. Si, pues, queremos saber lo que es la vida, menester será indagarlo por nosotros mismos.

El cambio orgánico de sustancia es el fenómeno más general y característico de la vida; esto se ha dicho desde hace treinta años millones de veces por los autores de química biológica y de biología química, y el señor Dühring se limita a traducir esta verdad en su propia lengua, que como se sabe, es tan elegante y tan clara. Pero definir la vida como cambio orgánico de sustancia es definirla... como vida, pues el cambio orgánico de sustancia o el cambio de sustancia «con esquematismo plástico y creador» son expresiones que implican en sí mismas la necesidad de explicar la vida, una explicación por la diferencia entre lo que es orgánico e inorgánico, es decir, entre lo que vive y lo que no vive. Y esta explicación no nos hace adelantar un paso.

El cambio de sustancia, como tal, se produce también fuera de la vida. Existe toda una serie de procesos químicos, en que se ve un cuerpo determinado engendrar siempre de nuevo estas condiciones a poco que se le provea de una cantidad suficiente de materias brutas. Así, cuando se fabrica ácido sulfúrico por la combustión del azufre, se produce anhidrido sulfuroso —SO², y si se añade vapor de agua y ácido azótico, el anhidrido sulfuroso absorbe el vapor de agua y el oxígeno se transforma en ácido sulfúrico SO⁴H². El ácido azótico desprende el oxigeno y se reduce a óxido azótico; este óxido toma, al punto, del aire nuevo oxigeno y se metamorfosea en óxidos superiores al ázoe, pero para desprender enteramente el oxigeno al anhídrido sulfuroso y para recomenzar de nuevo este mismo proceso; de suerte que, teóricamente, una cantidad infinitamente pequeña de ácido azótico bastaria para cambiar en ácido sulfúrico una cantidad ilimitada de anhidrido sulfuroso, de oxígeno y de agua.

El cambio de sustancia se produce además por el paso de líquidos a través de membranas orgánicas muertas o aun a través de membranas inórganicas, como tiene lugar en las células artificiales de Traube. Mas se ve también que el cambio de sustancia no nos hace progresar un paso; porque el cambio particular de sustancia que debía explicar la vida misma, necesita ser explicado por la vida. Es preciso, pues, indagar en otra parte.

La vida es el modo de existencia de los cuerpos albuminoides: y tal modo de existencia consiste esencialmente en que dichos cuerpos renuevan por sí mismos, constantemente sus elementos químicos.

La palabra cuerpos albuminoides se toma aquí en el sentido que le da la química moderna, como compren diendo en su designación todos los cuerpos cuya composición es análoga a la de la albúmina ordinaria. El término es desgraciado, porque la albúmina ordinaria es, entre las sustancias análogas, la menos viva, la más pasiva, pues con el amarillo de huevo es simple sustancia nutritiva para el germen que se desarrolla. Mas en tanto no se sepa mucho más acerca de los cuerpos albuminoides, dicho nombre será aún el mejor, por ser el más general.

En todas partes en que encontremos vida, la vemos unida a los cuerpos albuminoides y en todas partes en que hallamos un cuerpo albuminoide, que no está en descomposición, encontramos, también sin excepción, fenómenos vitales. Sin duda la presencia de otras síntesis químicas son necesarias en un cuerpo vivo para producir variaciones determinadas de estos fenómenos vitales, para que ellos se diferencien; pero no son necesarias para la vida pura y simple sino en la medida en que son asimiladas como alimentos y transformadas en albúmina. Los seres vivos menos elevados que conocemos son precisamente simples grumos albuminosos y manifiestan ya todos los fenómenos vitales fundamentales.

¿En qué consisten esos fenómenos vitales que por igual se encuentran en todas partes en todos los seres vivos? Ante todo en que los cuerpos albuminosos toman de cuanto les rodea otras sustancias convenientes, las absorbe y las asimila, en tanto que las partes gastadas de los cuerpos se descomponen y son desasimiladas. Otros cuerpos, los no vivos, cambian, se descomponen y se combinan tambien en el curso natural de las cosas; pero entonces dejan de ser lo que eran. El rocal que se deshace en polvo ya no es un rocal, el metal que se oxida se cambia en moho. Mas cuanto es causa de desaparición en las materias muertas, en la albúmina representa condición esencial de existencia; a partir del momento en que cesa esta metamorfosis ininterrumpida en los cuerpos albuminosos, en que cesa ese cambio permanente de elementos asimilados, a partir de ese momento deja también de vivir el cuerpo albuminoso mismo, se descompone, muere. La vida, el modo de existencia del cuerpo albuminoso consiste, pues, ante todo en que en el mismo momento es él y otro; y esto, no a consecuencia de influencias que se ejercen de fuera, como quizás sea el caso para las materias no vivas, sino por lo contrario, la vida, el cambio de sustancia por la alimentación y la eliminación constituyen un proceso que se cumple por sí mismo, que es inmanente, innato en su sustrato, la albúmina, y no puede producirse sin él. De donde se sigue que si la química lograse alguna vez producir artificialmente albúmina, ésta debería manifestar fenómenos vitales, por tenues que fueran. Sin duda puede uno decirse, si la química descubriría al mismo tiempo los alimentos convenientes para esa albúmina.

De este cambio de sustancia por vía de alimentación y de eliminación, considerado como función esencial de la albúmina y de la plasticidad que le es propia, se deducen entonces todos los demás factores simples de la vida: la irritabilidad, implícita ya en la acción entre la albúmina y su alimento; la contractibilidad, que se manifiesta ya en un grado muy bajo de la escala en la absorción de los alimentos; la facultad de crecimiento que, en los grados más inferiores, comprende la generación por segmentación y, por último, el movimiento interno, sin el cual ni absorción, ni asimilación del alimento fuera posible.

Nuestra definición de la vida es naturalmente muy insuficiente, puesto que muy lejos de comprender todos los fenómenos vitales, se limita necesariamente a aquellos de entre ellos que son los más generales y sencillos. Científicamente todas las definiciones son de poco valor. Para tener un conocimiento verdaderamente completo de la vida, fuera menester recorrer todas las formas en que se manifiesta, desde la más baja a la más elevada. Mas por el uso cuotidiano tales definiciones resultan muy cómodas y hay casos en que es dificil pasarse sin ellas; así no habrá inconveniente en su empleo, siempre que se olvide sus inevitables defectos.

Y ahora volvamos al Sr. Dühring. Cuando se siente mal en el dominio de la biología terrestre sabe consolarse, se refugia en su cielo estrellado. «No es solo la constitución particular de un órgano de las sensaciones, sino todo el mundo objetivo quien tiene por fin la aparición del placer y del dolor. Por esa razón, admitimos que la oposición del placer y del dolor, bajo la forma exacta que nos es conocida, es universal y representa en todos los mundos que componen el gran todo por sentimientos fundamentalmente idénticos... Y la significación de tal acuerdo universal lejos de ser mediocre, constituye la clave del universo de las sensaciones. Así, el universo cósmico objetivo no nos es más extraño que el subjetivo. La constitución de ambos reinos debe concebirse bajo un modelo único, y de este modo obtenemos las bases de una psicología, de un alcance más que terrestre»...

¿Qué pueden pesar algunas faltas groseras en la ciencia terrestre para quien tiene en su bolsillo la clave del universo de las sensaciones? Vayamos adelante.

  1. § 351 adicion.