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Anti-Dühring/Primera Parte/XII

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XII
DIALECTICA. CANTIDAD Y CUALIDAD

«La primera y más importante proposición acerca de las propiedades lógicas esenciales del ser es la exclusión de la contradicción. Lo contradictorio es una categoría que no puede pertenecer sino a la combinación de los pensamientos, mas no a una realidad cualquiera. En las cosas no existe, en modo alguno, contradicción, o dicho de otro modo, la contradicción puesta como real es el colmo del absurdo...[1]. El antagonismo de las fuerzas, que se miden en direcciones opuestas, es la forma fundamental de todas las acciones en la existencia del mundo y de los seres que forman parte de él. Pero esta oposición en la dirección de las fuerzas de los elementos y de los individuos no se confunde, en manera alguna, con la idea de la realización de los absurdos de la contradicción[2]. Contentémonos con haber disipado, por una clara imagen del verdadero absurdo de la contradicción real, las brumas que se desprenden ordinariamente de los pretendidos misterios de la lógica y con haber puesto en evidencia la inutilidad del incienso prodigado, aquí y allá, a ese monigote de madera tan groseramente tallado como se ha sustituido al esquematismo antagónico del mundo, la dialéctica de los contradictorios [3]. He aquí, aproximadamente, todo cuanto se encuentra en el Curso de filosofía acerca de la dialéctica. En la Historia crítica, por lo contrario, la dialéctica de los contradictorios, y con ella—en particular Hegel—se ataca con otra vivacidad. «La contradicción, en efecto, según la Lógica (o mejor según la teoría del Logos!) de Hegel, se encuentra, no en el pensamiento, que no puede representarse según su naturaleza de otro modo que como sugestivo y conciente, sino objetivamente y por decirlo así encarnado en las cosas y en los fenómenos mismos; de tal suerte, que el absurdo no queda como una combinación imposible del pensamiento pero deviene una fuerza efectiva. La realidad del absurdo es el primer articulo de fe de la unidad hegeliana de la lógica y de la ilógica... Cuanto más contradictorio, más verdad, tal es la expresión no encubierta del pretendido principio dialéctico[4], máxima que no es nueva sino que está tomada de la Teología de la revelación y de la mística.» El pensamiento contenido en los dos pasajes citados se resume en esta proposición: contradicción = absurdo, y no puede darse por consecuencia en el mundo real. Tal proposición puede tener el mismo valor evidente que la proposición según la cual lo que es recto no puede ser curvo, ni lo curvo recto, para gentes de razón medianamente sana. Por tanto, el cálculo diferencial, a pesar de todas las protestas de la sana razón, toma en ciertas circunstancias recto y curvo como idénticos y obtiene de ese modo resultados que no alcanza la sana razón, que se resiste contra la identidad de lo recto y lo curvo. Y según el papel importante que «la dialéctica de las contradictorios» ha jugado en la filosofía, desde los más antiguos griegos hasta el presente, aun un adversario más fuerte que el Sr. Dühring hubiese tenido el deber de oponerse con otros argumentos que el de una sola afirmación y muchas injurias.

Sin duda, mientras consideramos las cosas en reposo y como sin vida, cada una aparte y una al lado de otra, no tropezamos con ninguna contradicción. Nosotros encontramos ciertas propiedades unas comunes, otras diferentes y hasta contradictorias entre las cosas, pero en este último repartidas en objetos diferentes y, por consecuencia, no implican en sí contradicción. En los límites de este orden de cosas, nos salimos del modo del pensamiento habitual, metafísico; pero, cuando consideramos las cosas en el movimiento, en el cambio, en su vida, en la acción recíproca de unas en otras, el caso es muy diferente, y entonces caemos al punto en las contradicciones. El movimiento mismo es una contradicción: ya el mismo simple cambio mecánico de lugar no puede realizarse sino porque un cuerpo en un solo y mismo momento, está en un lugar y al mismo tiempo en otro lugar, en un solo y mismo lugar y no en este lugar. Y la posición constante y la solución simultánea de esta contradicción justamente es el movimiento.

Aquí tenemos, pues, una contradicción que se encuentra «objetivamente y por decirlo así encarnada en las cosas y en los fenómenos mismos»: ¿qué dice a esto el señor Dühring? Declara, en suma, que hasta al presente no existe «en la mecánica racional puente entre lo rigurosamente estático y lo dinámico». Al cabo ahora el lector se da cuenta de lo que se oculta tras esa frase favorita del Sr. Dühring: no más de ésta; el entendimiento que piensa metafísicamente es absolutamente incapaz de pasar de la idea del reposo a la de movimiento, porque la contradicción de que hablamos anteriormente le sale al paso. El movimiento, por ser una contradicción, le es incomprensible por completo y mientras afirma que el movimiento es incomprensible, concede, a pesar suyo, la existencia de semejante contradicción y concede, pues, que exista en las cosas y en los fenómenos mismos, objetivamente, una contradicción que además es una fuerza efectiva. Si ya el simple cambio mecánico de lugar implica en sí una contradicción, esto es aun más cierto de las formas superiores del movimiento de la materia y, muy particularmente, de la vida orgánica y de su evolución. Anteriormente hemos visto que la vida consiste ante todo en que un ser, en cada instante, es el mismo y no obstante es otro. La vida, pues, es igualmente una contradicción «existente en las cosas y en los fenómenos mismos», una contradicción que constantemente se pone, y se resuelve, y cuando cesa la contradicción, la vida cesa también, y es la muerte. De igual manera, hemos visto cómo, en el orden del pensamiento, no podemos escapar tampoco a las contradicciones y cómo, por ejemplo, la contradicción entre la facultad interiormente limitada de conocer del hombre y, de otra parte, la existencia real del conocimiento de una manera limitada, se resuelve en la serie de generaciones (serie que, para nosotros al menos, es prácticamente sin fin) se resuelve, digo, en el progreso infinito.

Ya notamos que las matemáticas superiores cuenta entre sus bases fundamentales la contradicción según la cual recto y curvo deben ser idénticos en ciertas circunstancias. También realizan esta otra contradicción: dos líneas que se cortan a nuestra vista, ya a cinco o seis centímetros de su intersección, pasan por paralelas, por líneas tales que aun cuando se prolongaran hasta el infinito no podrían cortarse. Y sin embargo la matemáticas superiores obtienen, con tales contradicciones y aun otras mayores, resultados no sólo exactos, sino enteramente inaccesibles a las matemáticas inferiores.

Pero aun esas mismas están plagadas de contradicciones. Por ejemplo: es una contradicción que una raiz de a tenga que ser una potencia de a, y sin embargo . Es una contradicción que una magnitud negativa sea el cuadrado de algo, pues toda magnitud negativa, multiplicada por sí misma, da un cuadrado positivo. La raiz cuadrada de -1 es, pues, no sólo una contradicción, sino una contradicción absurda, un verdadero contrasentido. Y no obstante es, en muchos casos, el resultado necesario de operaciones matemáticas exactas; aún más, ¿dónde estarían las matemáticas, lo mismo las superiores que las inferiores, si se les prohibiera operar con ?

Las matemáticas mismas penetran, operando con magnitudes variables, en el terreno dialéctico y, cosa significativa, un filósofo dialéctico, Descartes, es quien ha introducido tal progreso. La relación, en las matemáticas, de las magnitudes variables con las magnitudes invariables, es la misma que la del pensamiento dialéctico, en general, con el pensamiento metafísico; lo cual no impide, de ninguna manera, a la gran mayoría de los matemáticos el no reconocer la legitimidad de la dialéctica, sino en el terreno de la matemática y el que buen número de ellos continúen operando con los métodos dialécticamente obtenidos, según la antigua manera limitada y metafísica.

Posible nos sería extendernos acerca del «antagonismo de las fuerzas» del Sr. Dühring y acerca de su esquematismo «antagonístico» del mundo, si nos hubiera dado, respecto a este asunto, algo más que una simple frase. Pero después de hacer eso, no nos muestra, una sola vez, ese antagonismo en acción ni en el esquematismo del mundo, ni en la filosofía de la naturaleza, y esa es la mejor señal, de que el Sr. Dühring nada positivo puede obtener con esa «forma fundamental de todas las acciones en la existencia del mundo y de los seres». Fundamentalmente, cuando se ha rebajado la «teoría del ser» de Hegel, hasta la tontería de fuerzas que se mueven en direcciones opuestas, pero no en contradicciones, sin duda, mejor es evitar toda aplicación de semejante lugar común.

El Capital, de Marx, ofrece nueva ocasión al Sr. Dühring para dar rienda suelta a su cólera antidialéctica: «falta lógica natural e inteligible que caracteriza estas marañas de dialéctica embarazosas y de arabescos de ideas... en la parte ya publicada, es preciso aplicar el principio—que desde cierto punto de vista, y en general según un principio filosófico que conocemos—, de que hay que buscar todo en cada cosa y cada cosa en todo y que según esta idea, compuesta y malograda, finalmente todo es uno[5]. Tan penetrante vista del «prejuicio filosófico conocido permite también al Sr. Dühring el predecir con seguridad lo que será el fin de la especulación económica de Marx y, por consecuencia, cuál será el contenido del volumen siguiente del Capital; y lo dice justamente a las seis líneas de haber declarado que no se puede verdaderamente adivinar lo que seguirá en los últimos volúmenes».

Además, no es la primera vez que los escritos de Dühring se nos manifiestan como «cosas en que la contradicción se halla objetivamente y por decirlo así encarnada», lo cual no impide, en ningún modo, el que continúe con «tono victorioso.» No obstante, se puede prever, la sana lógica triunfará de su caricatura... Esos grandes vuelos y esos misterios dialécticos, no le harán caer a cualquiera que tenga aún sano juicio en la tentación de meterse en las deformidades de esas ideas y de ese estilo. Con la muerte de esos últimos restos de locuras dialécticas, tal medio engañoso perderá su influencia ilusoria y nadie creerá tener que atormentarse para descubrir una verdad profunda, cuando el núcleo puesto al descubierto de esas cosas encubiertas, presente, en el mejor de los casos, los rasgos de teorías comunes y aun de lugares comunes... Es completamente imposible reproducir los intrincamientos de Marx conformes a la teoría del Logos, sin prostituir la sana lógica. El método de Marx consiste en «manejar milagros dialécticos para sus fieles, etc.»[6].

Nada tenemos que ver con la exactitud o inexactitud de los resultados económicos de la investigación de Marx, sino solamente con el método dialéctico aplicado por Marx. Unica cosa cierta es que la mayor parte de los lectores del Capital no habrán aprendido sino ahora del señor Dühring, lo que verdaderamente han leído; y entre estos mismos lectores se cuenta el mismo Sr. Dühring, el cual, en 1867, era aún incapaz de escribir[7] un análisis de ese libro relativamente razonable para un pensador de su calibre, sin verse obligado, como cree hoy inevitable, a traducir previamente los desenvolvimientos de Marx al lenguaje de Dühring. Bien que entonces ya había cometido el error grosero de identificar la dialéctica de Marx con la de Hegel, aún no había perdido enteramente la capacidad de distinguir el método de los resultados obtenidos gracias al mismo y de comprender que no se han refutado estos últimos, en detalle, haciendo trizas en general al primero.

En todo caso, la declaración más sorprendente del Sr. Dühring es la de que, desde el punto de vista de Marx, «finalmente todo es uno». Así para Marx, capitalistas y asalariados, por ejemplo, modo de producción feudal, capitalista y socialista «todo esto es uno» y, finalmente, sin duda, Marx también y el Sr. Dühring «es todo uno»! Para explicar la posibilidad de tal locura, no queda más sino admitir que la sola palabra de dialéctica coloca al Sr. Dühring en un estado de irresponsabilidad en que «conforme a una cierta idea compuesta y mal nacida», todo lo que dice y hace «es todo uno».

He aquí un ejemplar de lo que el Sr. Dühring llama «mi forma de gran estilo de escribir la historia» o también «el método sumario que pone en orden la especie y el tipo, sin descender hasta honrar el poner al descubierto, en particularidades micrológicas», lo que Hume llama el populacho de los sabios, este método de estilo elevado y noble, único compatible con los intereses de la plena verdad y con los deberes que se tiene con el público libre de las trabas de casta».

La forma de gran estilo de escribir la historia y el método sumario que pone en orden la especie y el tipo, en efecto, son muy cómodos para el Sr. Dühring, puesto que puede, en adelante, desdeñar como «micrológicos» todos los hechos precisos, darlos como nulos y no tiene más que en lugar de demostrar, hacer frases generales, afirmar y tronar. También tiene la ventaja de no ofrecer al adversario ningún punto de apoyo efectivo y no dejarle, en consecuencia, otro medio de responder que, afirmar a su vez lo contrario sumariamente y «en gran estilo», extenderse en formas generales de hablar y, finalmente, fulminar rayos a su vez al Sr. Dühring; en una palabra, jugar a devolverse la pelota, lo cual no es del gusto de todo el mundo. Debemos, pues, estar reconocidos al Sr. Dühring cuando por excepción abandona el estilo noble y elevado para darnos al menos dos ejemplos de la detestable «teoría del Logos» de Marx. «Qué efecto cómico produce, por ejemplo, esta referencia a la nebulosa y confusa idea hegeliana, de que la cantidad se transforma en cualidad, y, por esta razón un anticipo, cuando alcanza cierto límite, por la sola virtud de dicho incremento cuantitativo deviene capital»![8]

Sin duda, esto hace un efecto bastante divertido en esa forma «corregida» por el Sr. Dühring. Veamos cómo se presenta en el original, es decir, en Marx. En la página 313 de la segunda edición del Capital, Marx infiere del estudio precedente del capital constante y variable y de la supervalía, la conclusión de «que una suma de dinero o de valor cualquiera no es transformable en capital, pues para tal transformación se requiere una previa condición, a saber, que un mínimo determinado de dinero o de valor de cambio esté en manos de un poseedor único de dinero o de objetos». Y pone como ejemplo que, en una rama cualquiera de industria, el trabajador trabaja todos los días ocho horas para él, es decir, para producir el valor del salario de su trabajo, y las cuatro horas siguientes para el capitalista, esto es, para producir la supervalía que irá a parar, al punto, a la bolsa de este último. Entonces es menester, pues, que un hombre disponga de una suma de valores que le permitan suministrar a dos trabajadores las primeras materias, los instrumentos de trabajo y el salario, para meterse en el bolsillo diariamente una supervalía que le permita vivir tan bien como sus obreros. Y como la producción capitalista tiene por objeto, no el mantenimiento puro y simple de la existencia, sino el aumento de la riqueza, nuestro hombre con esos dos trabajadores no sería aún capitalista. Luego para vivir dos veces mejor que un trabajador ordinario y para transformar en capital la mitad de la supervalía producida, sería menester que pudiese ocupar ocho trabajadores y que poseyera, por tanto, el cuádruple de la suma de valor supuesto anteriormente. Y no es sino después de esto—en el curso de otros desarrollos destinados a aclarar y a asentar el hecho de que una pequeña suma de valor cualquiera no basta para transformarse en capital y que para semejante transformación existen límites mínimos, en cada período de la evolución y en cada rama de la industria—, cuando Marx hace notar: «Aquí como en la ciencia de la naturaleza, se verifica la exactitud de la ley descubierta por Hegel en su Lógica, de que cambios puramente cuantitativos se transforman de pronto en un cierto grado, en diferencias cualitativas». Admirad ahora el estilo noble y elevado del Sr. Dühring que atribuye a Marx lo contrario de cuanto dice en realidad. Marx dice: el hecho de que una suma de valores no puede transformarse en capital sino cuando alcanza una magnitud mínima variable, según el caso, pero determinada en cada caso en particular, prueba la exactitud de la ley formulada por Hegel. El Sr. Dühring le hace decir: porque según la ley de Hegel, la cantidad se muda en calidad, por esta razón, un anticipo, cuando alcanza cierto límite determinado, deviene capital. «Todo lo contrario, por consecuencia»!

La costumbre de citar en falso en «interés de la verdad» y por causa de los «deberes que se tienen respecto al público libre de las trabas de casta» hemos llegado ya a conocerla con ocasión de la discusión del Sr. Dühring respecto de Darwin—muéstrase cada vez más como una necesidad interna de la «Filosofía de la realidad» y sin duda es un «método sumario». Sin hablar de lo que por añadidura hace decir el Sr. Dühring a Marx de un «anticipo» cualquiera, cuando se trata únicamente del anticipo hecho en primeras materias, en instrumentos de trabajo y en salario y de lo que el Sr. Dühring cuelga también a Marx de puros contrasentidos. ¡Y después tiene la desfachatez de encontrar cómico el absurdo que él mismo ha formado! Así como se había forjado un Darwin fantástico para probar su fuerza con él, ahora también se las ha con un Marx fantástico. ¡Forma de gran estilo de escribir la historia, en efecto!

Anteriormente vimos, con motivo del esquematismo del universo y de la línea nodal de relaciones de medida concebida por Hegel, en que, a ciertos grados de mutación cuantitativa se produce de pronto una conversión cualitativa, que el Sr. Dühring había tenido la debilidad de reconocer y aplicar también en un momento de flaqueza. Hemos presentado uno de los ejemplos más conocidos: el de la transformación de los estados del agua que a la presión normal, y temperatura de 0 centígrados, pasa del estado líquido al sólido y a la temperatura de 100 grados, del estado líquido al estado gaseoso, de suerte que en cada uno de los momentos de la transformación puramente cuantitativa de la temperatura se produce un estado cualitativamente modificado del agua.

Habríamos podido citar, en la naturaleza como en la sociedad humana, centenares de hechos semejantes para probar esa ley. Así, en el Capital de Marx, toda la cuarta sección (Producción de la supervalía relativa en el orden de la cooperación, división del trabajo y manufactura, maquinismo y gran industria), trata de los innumerables casos en que un cambio cuantitativo muda la cualidad e igualmente un cambio cualitativo, la cantidad de cosas de que se trata, o en que para usar la expresión, tan detestada por el Sr. Dühring, la cantidad se convierte en cualidad, y recíprocamente. Así, por ejemplo, el hecho de la cooperación de muchos hombres, la fusión de muchas fuerzas en una fuerza total—para hablar como Marx—«eleva la fuerza a nueva potencia» esencialmente diferente de la suma de las fuerzas individuales.

Marx, había hecho además en este pasaje (falseado en contrario sentido por el Sr. Dühring «en interés de la plena verdad») la observación siguiente: «La teoría molecular aplicada en la química moderna y científicamente desarrollada, primero por Laurent y Gerhardt no se funda en otra ley». Pero ¿qué podía sentar bien al Sr. Dühring? No sabía que «los elementos educativos eminentemente modernos que ofrece el pensamiento científico, faltan precisamente a aquellos que como Marx y su rival Lassalle, han hecho de la semiciencia y de un poco de filosofía el débil pretexto de su sabia afectación» mientras que en el Sr. Dühring son los principios fundamentales establecidos por la ciencia exacta en «mecánica, en física y en química», etc., los que sirven de base (como ya lo hemos visto!) Mas para que terceras personas estén en condiciones de decidir, consideremos, de algo más cerca, el ejemplo citado en la nota de Marx.

Se trata de series homólogas, de combinaciones del carbono, de las cuales se conoce gran número y cada una tiene su fórmula algébrica de combinación que le es propia. Si, por ejemplo, expresamos, como se hace en química, un átomo de carbono por C, uno de hidrógeno por H, otro de oxígeno por O y el número de átomos de carbono contenidos en cada combinación por n, podemos representar como sigue las fórmulas moleculares de algunas de esas series:

CnH2n + 2 serie de la parafina normal.
CnH2n + 2O serie de los alcoholes primarios.
CnH2nO2 serie de los ácidos grasos monobásicos.

Tomemos por ejemplo la última de las series, hagamos sucesivamente n=1, n=2, n=3, etc., y tendremos los resultados siguientes (prescindiendo de los isomeros).

Punto de ebullición. Punto de efusión.
CH2O2 ácido fórmico 100°
C2H4O2 ácido acético 118° 17°
C3H6O2 ácido propiónico 140° 17°
C4H8O2 ácido butírico 160° 17°
C5H10O2 ácido valeriánico 175° 17°

y así sucesivamente hasta C30H60O2 ácido melísico que no funde sino hasta 80° y no tiene punto de ebullición, pues no puede volatilizarse sin descomponerse.

Vemos, pues, toda una serie de cuerpos cualitativamente diferentes, formados por la simple adición cuantitativa de los elementos y siempre en la misma relación. Este hecho muéstrase lo más claramente allí donde los elementos de la combinación cambian su cantidad en la misma relación, es decir, en las parafinas normales CnH2n+2; el menos elevado es el metano CH4, un gas; el más elevado que se conoce el hecdecan C16H34, es un cuerpo sólido que forma cristales incoloros, que funde a 21° y no hierve sino a 278°. En las dos series todo nuevo miembro nace de la adición de CH2 (un átomo de carbono y dos de hidrógeno) a la fórmula molecular del miembro precedente y, ese cambio cuantitativo de la fórmula molecular, pone cada vez en función un cuerpo cualitativamente diferente.

Mas tales series no son sino un ejemplo particular palpable. Casi en todos los casos, en química, ya con los diversos óxidos de nitrógeno, con los diversos oxácidos del fósforo o del azufre puede verse cómo «la cantidad se convierte en cualidad» y cómo esa pretendida «idea nebulosa y confusa de Hegel» se encuentra como encarnada en las cosas y fenómenos, donde no hay nada confuso y nublado sino el Sr. Dühring. Y si Marx ha sido el primero en llamar la atención acerca de este punto, y si el Sr. Dühring ha leído esa indicación sin comprenderla (pues sin eso no habría dejado pasar esa fechoría inaudita) basta eso sólo para dejar sentado (aun sin mirar atrás en la gloriosa filosofía de la naturaleza del Sr. Dühring) si es a Marx o al Sr. Dühring, a quien faltan «los elementos de educación eminentemente modernos del pensamiento científico» y el conocimiento «de las leyes fundamentales establecidas en la química».

Para terminar, invocaremos aún un testigo en favor de la conversión de la cantidad en cualidad, y ese testigo será Napoleón, el cual describe como sigue el combate de la caballería francesa—mal montada, pero disciplinada—con los Mamelucos, incontestablemente la mejor caballería de su tiempo para el combate individual, pero indisciplinados: «Dos Mamelucos eran, en absoluto, superiores a tres franceses; cien Mamelucos y cien franceses se equivalían; trescientos franceses superaban ordinariamente a trescientos Mamelucos, mil franceses desmontaban siempre a mil quinientos Mamelucos». De igual modo que según Marx, se necesitaba una cantidad mínima determinada pero variable, de valor en cambio para que fuera posible su transformación en capital, así también para Napoleón era menester una magnitud mínima determinada de la división de caballería para permitir a la fuerza de la disciplina, que consiste en el orden cerrado y la utilización sistemática, que se mostrase y acreciese hasta llegar a ser superior a las masas más considerables de caballeros irregulares mejor montados, más hábiles a caballo y en el combate, y por lo menos, tan valerosos. ¿Pero qué prueba esto contra el Sr. Dühring? ¿No ha sucumbido miserablemente Napoleón en su lucha contra Europa? ¿No ha sufrido derrota tras derrota? ¿Y por qué? ¡Sólo por haber introducido los conceptos nebulosos y confusos de Hegel en la táctica de la caballería!

  1. Kursus der Philosophie, pág. 30.
  2. Idem, pág. 31.
  3. Kritische Geschichte der Philosophie, pág. 445.
  4. Kritische Geschichte der Philosophie, pág. 445.
  5. Kristiche Geschichte der Nationalökonomie und des Socialismus, pág. 478 y sig.
  6. Kritische Geschichte der Nationalökonomie und des Socialismus, pág. 480.
  7. Esgänzungsbläter III Hoft.
  8. Kursus der Nationalökonomie, pág. 481.